sábado, 28 de agosto de 2010

VIII NO LEVANTARAS FALSOS TESTIMONIOS NI MENTIRAS

VIII
No levantarás falsos testimonios ni mentirás
Yavhé y el filósofo piden no mentirse mutuamente
«No levantarás falsos testimonios ni mentirás.» Pero ¿estás seguro de que uno puede hablar sin mentir? Ya sabes lo que dijo Goethe, que tú nos concediste la palabra para que pudiéramos ocultar mejor nuestros pensamientos. Por lo menos, el efecto ha sido ése: la palabra se utiliza para enmascarar, en parte o todo, lo que no se quiere decir.
Esto ocurre en todos los ámbitos y muchas veces lo hemos visto entre tus representantes. Cuando se trata de la mentira, es casi inevitable recordar las cosas que, a lo largo de los siglos, hemos tenido que escuchar a tus lenguaraces sobre la tierra. Me refiero a algunos que, según ellos, tienen una gran relación contigo y no son ejemplos de probidad ni veracidad. Para mí hay algo que no funciona.
Sí... me lo has dicho... ya sé que tú te propusiste como la verdad, el verbo. Pero ¿cómo logramos casar esa realidad con la palabra? ¿Somos amos de lo que decimos? Se afirma que uno domina sus silencios y no sus palabras. Es probable que sea así, que seamos más dueños de lo que callamos que de lo que decimos. Cuando hablamos entramos de forma inmediata en el mundo del subterfugio, de la ficción, del malentendido... y en nuestro tiempo dominado por la publicidad... bueno ya sé que son cosas que tú y Moisés no pensasteis al propagar este mandamiento. Por aquellos años no existían los publicitarios, internet, los políticos en campaña electoral, y todas aquellas cosas que llegaron con lo que llamamos la era de la información. Todo muy difícil de prever, incluso para ti.

EL CONTEXTO DE LA MENTIRA
Hay mentiras que pueden ser incluso de cortesía, poéticas, que no tienen que escandalizar ni perturbar. Muy al contrario, algunas se encuentran ya integradas en el juego social. Lo importante de la mentira es el contexto y a quién se miente.
Pero también hay mentiras que son graves y dañinas para la mutua confianza de una sociedad. Son las que entran en el contexto oficial, por ejemplo las del político, las del periodista que tiene que dar información o del maestro que tiene que educar. Esas son las mentiras peligrosas, las que no pueden ser pasadas por alto.

Sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento.
ANATOLE FRANCE

El problema no es que todo el mundo mienta, sino que determinadas mentiras queden impunes en el contexto oficial. Lo importante es que no sean utilizadas para ir en contra de la justicia, del interés público o individual.
En ese sentido, el mundo anglosajón, con todos sus defectos y sus licencias, suele ser muy estricto. Hemos visto cómo reacciona la sociedad en algunos casos donde está involucrada la máxima magistratura, como el ejemplo de Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinsky. Aparte de que el asunto nos parezca más o menos chusco, el problema era la mentira, el hecho de que el presidente hubiera faltado en algún momento a la verdad. Lo mismo ocurrió con Richard Nixon y el caso Watergate. La verdadera acusación es que, cuando sus votantes, el pueblo, esperan la verdad del servidor público, éste no la dice. El funcionario miente sentado ante un tribunal, cuando habla a la nación, o cuando se dirige a un grupo de personas que esperan ser informadas. Ese es el verdadero problema y a eso alude el mandamiento.

MENTIRA, FICCIÓN Y CORTESÍA
El arte, el teatro, el cine tienen elementos de ficción. Las cosas que muestran no ocurren en la realidad y nosotros admitimos dicha situación porque sabemos que no es verdad lo que se nos cuenta. Pero al mismo tiempo nos interesan porque tienen un parecido con situaciones que son verdaderas, o porque pueden iluminarnos sobre lo que es la realidad propiamente dicha.
La cortesía está llena de mentiras. Todos nos deseamos unos a otros los buenos días, decimos a las otras personas que las encontramos con un aspecto excelente, o que estamos encantados de conocerlos. Lo que en general ocurre es que no siempre creemos que los días sean especialmente buenos, ni el aspecto del otro nos parece tan bueno, ni estamos tan encantados de conocerlos. Pero en este tipo de amabilidad está basada nuestra relación mutua y, aunque todos estamos al tanto de la ficción que se esconde detrás de estas fórmulas, nos molesta cuando alguien abusa de su sinceridad y deja de lado la cortesía. Supongo que hay un tipo de mentiras que nosotros exigimos a los demás: las de cortesía, las del arte, las de la ficción, y en ocasiones hasta pedimos que se nos oculten realidades desagradables que no podemos cambiar.
Hay gente, por ejemplo, que si padeciese una grave enfermedad, preferiría que no le dijesen que no tiene cura y pasar así los últimos días convencido de que está mejor y que pronto recuperará la salud. Muchos de nosotros actuamos como aquella señorita Luz, personaje de la obra teatral Mi Fausto, de Paul Valéry, cuando le pregunta a Fausto: «¿Quiere usted que le diga la verdad?». A lo que Fausto responde: «Dígame usted la mentira que considere más digna de ser verdad». Lo mismo pasa con nosotros. Por una u otra razón, preferimos que nos digan la mentira que el otro considere más digna de ser verdad, o que nosotros vamos a aceptar como más digna de ser verdad.
Hugo Mujica afirma que «el falso testimonio está metido en nosotros. Inventamos con una gran facilidad, y si no lo hacemos creemos todo lo que nos conviene. Vivimos en un mar, ya no diría de falso testimonio, sino de mentira existencial. Nuestra vida es muy falsa. Esto ocurre desde el mismo momento en que somos incapaces de corroborar lo que estamos escuchando, a lo que hay que agregar que tenemos una enorme facilidad de transmitir lo escuchado y agregarle inventos. La verdad se ha perdido con esa solidez de una palabra que se dice, con conocimiento o al menos con compromiso».

Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería.
Otto von BISMARK

Cuando pensamos en política, ¿no estamos también engañando o haciendo trampas? Por ejemplo, la gente dice que le gusta la libertad. ¿Realmente es así? ¿Puede vivir en libertad? ¿Acepta los riesgos y las contradicciones que puede tener la libertad? Libertad es también la libertad de equivocarse, de hacerse daño. Lo que sucede es que muchos sólo quieren la parte positiva y buena de la libertad, que se mantenga sin esfuerzo y sin ningún trabajo. La gente quiere que, en un momento determinado, lo que es de su interés, sea llamado justicia o libertad.
Para el judaísmo, según el rabino Sacca, «no levantar falso testimonio es un pilar de la sociedad que se constituye civilizadamente. Si se miente, no se puede formar una sociedad. El que promete no paga, el que compra no retribuye, el que da su palabra no cumple, el que da su testimonio lo hace mintiendo. Es una comunidad condenada a la destrucción. Nosotros consideramos que la sociedad que practica la mentira desaparece, no puede constituirse».
Marcos Aguinis coincide con esta visión: «Culturalmente hay países donde la mentira no es adecuadamente castigada, y esto es muy corrosivo para la sociedad, porque impide tener claridad de rutas, no se sabe con exactitud adonde ir, a qué atenerse, predomina la confusión, el engaño. El orden social requiere que la mentira sea sancionada y que sea aceptada la verdad. Las sociedades que no actúan contra la mentira avanzan más lentamente y tienen más dificultades para resolver sus problemas. Estar en condiciones de aceptar ciertas verdades no es fácil. A veces hay mucha resistencia y miedo de decirlas. La verdad pareciera que es propia de personas más duras, que están en condiciones de soportar esa herida que produce enterarse de algo malo, pero que sabiéndolo están en posición de lograr superarlo».
En lo que a mí respecta, no creo haber sido más mentiroso que otros a lo largo de mi vida. Es probable que le deba esta tendencia espontánea a la sinceridad a algo que me ocurrió cuando era muy pequeño. Cuando tenía cinco años mis padres me habían puesto un profesor particular para que me preparara en las primeras letras y números. Era una persona muy bondadosa, amiga de la familia. Pero a mí me fastidiaba mucho tener que estar con él en lugar de jugar con mis hermanos. Lo peor era que siempre me dejaba deberes para que practicara fuera de la clase. Eso ya me resultaba intolerable. Entonces un día, con toda tranquilidad, le mentí: «Mis padres me han dicho que no me ponga usted deberes, porque no quieren sobrecargarme de trabajo». Este pobre hombre tan bondadoso y crédulo me contestó: «Ah, bueno, pues nada, no te pondré deberes». A los dos días, cuando mi madre salió a despedirlo, se enteró de la conversación y se indignó. A partir de ese momento me di cuenta de que la mentira puede traer malas consecuencias.
También reconozco que en otra ocasión he prestado falso testimonio. En la época de la dictadura de Franco, un amigo fue detenido por haber repartido propaganda política, y yo testimonié ante el tribunal que él estaba conmigo en la otra punta del universo. Pero nunca tuve ningún conflicto con ese tema, porque en las dictaduras todo es falso, no sólo el testimonio que uno presta.
Tal vez he mentido a bastantes mujeres. Pero no lo hacía cuando les decía que las quería, sino cuando afirmaba que no quería a nadie más.
De cualquier modo, insisto en que no creo haber mentido más que otros y, aunque me interesa el mundo de la ficción, también me gusta la exactitud. Quizá, en ese sentido, me parece que la filosofía es la búsqueda de la verdad.

INFORMACIÓN Y MENTIRA
En los últimos cien años la información se ha convertido en el eje de la sociedad. Las personas más poderosas son aquellas que tienen información de primera mano, y su poder es mayor incluso que el de los que poseen bienes tangibles. La diferencia estriba entre quienes hacen llegar la información a los demás y entre aquellos que la reciben. Estas diferencias son esenciales y de ahí surge la verdad como un tema clave.
Todos sabemos que la información no puede ofrecer verdades absolutas. No es lo mismo el terreno de la información que el de la opinión. Los medios de comunicación tienen que distinguir entre dar información, para lo cual deben atenerse al máximo a la objetividad de los hechos, y ofrecer opiniones, que son personales, son interpretaciones y van firmadas.
La opinión no tiene que ser creída con la misma certeza que se le da a la información objetiva. Hay que tener en cuenta además que los informadores trabajan en medios de comunicación, algunos de los cuales forman parte de grandes conglomerados que tienen sus propios intereses, que muchas veces no coinciden con ofrecer buena información a la sociedad, sino con la búsqueda de poder para acrecentar sus negocios. No hace falta más que ver la oferta de varios medios de comunicación, para darse cuenta de cómo cada uno de ellos —de algún modo— está al servicio de grupos de presión, partidos políticos, etcétera. Esto no quiere decir que falseen la información, sino que la están sesgando, hacia lo que interesa a su sector. Dudo que exista una solución definitiva a este problema. La única que se me ocurre es comprar varios periódicos y revistas, ver distintas cadenas de televisión y escuchar muchas radios. Es decir, buscar uno mismo la información en diversas fuentes, contrastarla y crearse su propia visión. Pero, por supuesto, esto no está al alcance de todo el mundo por razones económicas y de tiempo.

Lo que me preocupa no es que hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti.
FRIEDRICH NIETZSCHE

Según Hugo Mujica: «En los medios se recicla la palabra como mercancía porque hay que transformarla en un producto vendible. La palabra puede ir asociada a la mentira como seducción. Pero lo curioso es que nadie pide la verdad, como dice un tango: "Mi corazón una mentira pide". Creo que partimos de la mentira porque estamos instalados en la mentira».
Hace poco leí en la prensa una noticia que me pareció muy curiosa. Se iba a crear en Estados Unidos algo así como una oficina de mentiras para esparcir rumores intencionados que beneficiaran, por ejemplo, a la lucha contra el terrorismo. Al día siguiente salió un desmentido oficial sobre la creación de semejante agencia. Entonces muchos pensamos que ésa había sido la primera tarea de la central de creación de mentiras: decir que no existía.
Los rumores interesados se han utilizado en todas las épocas. Winston Churchill lo hizo durante la Segunda Guerra Mundial. Inventaba supuestos éxitos de sus tropas frente a Alemania, para mantener el ánimo de la población. Recordemos los rumores que se hicieron correr sobre que los judíos envenenaban los caramelos que les daban a los niños o contaminaban el agua potable. Falsedades que fueron la base de atroces persecuciones.

LA GUERRA DE LOS MUNDOS
Un caso histórico en este sentido fue la recreación radiofónica que hizo Orson Welles de La guerra de los mundos, la novela de H. G. Wells que cuenta una invasión de la Tierra por parte de marcianos que empiezan a cometer todo tipo de atropellos por el mundo. El programa de radio era tan realista que la gente que conectó con la emisora cuando la narración ya estaba avanzada creyó que se estaba dando una noticia. Se informaba de que habían llegado unas naves que estaban destruyendo las ciudades. Se creó una situación de pánico que con el tiempo pareció divertida, pero que en su momento produjo escenas dramáticas. El episodio resultó ser una muestra del poder de la radio y de la información, cuando su único objetivo consistía en hacer un buen producto artístico. Sirvió de alerta sobre la importancia de los medios de comunicación y el peligro de difundir falsedades, medias verdades, trastocar opiniones de la gente y crear pánicos y entusiasmos infundados.
Una de las tendencias de quienes están en posesión del poder consiste en cambiar el pasado mediante mentiras y hacer desaparecer realidades que no les gustan. En 1984, la novela de George Orwell, hay un Ministerio de la Mentira, dedicado a cambiar la historia de forma permanente y transformar la realidad, una copia de lo que ha ocurrido en los últimos cien años.
Recuerdo que en los pasillos de mi colegio estaban las fotografías de las anteriores promociones. Hubo en España un famoso asesino múltiple, Jarabo, que había pasado por esas aulas. Las autoridades del colegio borraron con acetona la imagen de Jarabo niño. Se trata de un claro ejemplo de cómo hacer desaparecer, en nombre del presente, a una persona del pasado.
El franquismo lo hacía siempre. Se prohibía mencionar los nombres de determinados escritores, cineastas o artistas adversos al régimen. Stalin también hacía borrar de las fotografías oficiales a Trotski o a cualquiera de los enemigos que iban cayendo en desgracia. Este intento permanente de transformar el pasado, de cambiar las cosas, la realidad que no queremos aceptar acaba en la supresión por decreto.
Hay algo que siempre me ha fascinado cada vez que voy al supermercado a hacer algunas compras y me encuentro con unos botes con zumo de naranja que dicen: «Frutas recién exprimidas». Es obvio que, si el zumo está dentro de un recipiente, y éste fue de la fábrica al supermercado, puede ser cualquier cosa, menos «recién exprimido». Todos sabemos que se trata de algo imposible, pero lo aceptamos y no querríamos que pusieran otra cosa en la publicidad. No estaríamos de acuerdo si anunciaran: «Zumo de naranjas exprimidas hace quince días, pero que está bastante bien todavía». No, queremos que se nos garantice la frescura y la inmediatez que es sencillamente imposible. Ésta es una situación que se repite con diferentes productos que la publicidad anuncia y que asumimos como una ficción. En general, la publicidad es una especie de elemento amplificador de la fantasía humana que primero adivina y a continuación corporeíza las ilusiones que proyectamos sobre cosas muy sencillas, cuya utilidad puede ser más o menos indudable, pero que, desde luego, no van a tener efectos asombrosos sobre nuestras vidas. La publicidad es una fábrica de sueños, de inventos maravillosos, que nosotros creamos en nuestro interior y que ella materializa en el exterior.
Según Marcelo Capurro, «la publicidad no miente. A veces exagera, radicaliza conceptos y extrema situaciones para llamar la atención. Nadie cree, salvo en niveles culturales muy bajos, que "Este jabón lava más blanco que este otro". Los jabones lavan más o menos parecido. Lo que sucede es que la publicidad genera afectos, simpatías y adhesiones que a veces están relacionadas con el actor o modelo que aparece en el anuncio. La publicidad es condenable cuando apela a la mentira directa y flagrante. Pero, en líneas generales, se trata de exageraciones que en términos católicos yo definiría como pecados veniales».

OMISIÓN Y OCULTAMIENTO
No todas las mentiras lo son en el sentido positivo, ya que se puede decir algo que no necesariamente sea falso. Uno también miente cuando no dice algo que es verdadero y cuya omisión hace que cambie el sentido de las cosas. Por ejemplo, en los contratos que hacen las personas para comprar una casa, un apartamento o cualquier otra cosa, se omite lo que suele llamarse la letra pequeña, lo que puede convertir en negativo lo que parecía muy positivo. En los juicios, omitir un pequeño detalle también es falso testimonio, porque con ese ocultamiento se desvirtúa el resto que se cuenta. Se trata de un acto más sutil, porque no se puede reprochar una mentira al individuo, pero puede crear una situación perversa en juicios, en política o cuando se habla a la opinión pública.
«Para nosotros la omisión es condenable —explica el rabino Sacca—cuando esconde un testimonio ante los tribunales. El individuo sabe algo, no se presenta y no lo dice. Es una no acción, pero es incorrecta. Pero en la vida cotidiana hay omisiones que pueden ser correctas. Por ejemplo, cuando se trata de preservar una buena relación familiar entre un hombre y una mujer y uno de ellos omite hacer un comentario que puede traer una discusión. En ese momento es preferible callar aunque lo que se estaba por decir fuese verdad. Otro caso se da con las malas noticias, que hay que tratar de no darlas en la medida en que se pueda, en la que el otro no tenga la obligación de conocer lo ocurrido.»
Para el padre Busso «omisión puede llegar a ser también el consentimiento de una verdad. Muchas veces el que calla otorga. El padre con los hijos hace omisiones de muchas cosas, a sabiendas, porque va contestando de acuerdo a las preguntas que va haciendo el chico, en la medida que crece, y eso no puede considerarse como mentira. El ocultamiento de toda la verdad a veces puede ser una obligación. Otro tema es la restricción mental. Es lo que utilizamos para salvar los secretos más sagrados, por ejemplo, en ciertos casos límite. No podemos decir mentiras, pero podemos hablar sobre un tema determinado, mediante generalidades para no revelar el secreto».
Quienes no somos creyentes no tenemos ningún inconveniente en engañar a un sicario de una dictadura o a un asesino. Si a mí un terrorista de la ETA o un agente de algún dictador, me pregunta algo y yo puedo engañarle, lo haré sin ningún escrúpulo y con toda tranquilidad para de esta manera ayudar a gente perseguida por ellos, o simplemente para fastidiarlos. En este caso no me consideraré de modo alguno reo de faltar a la verdad.
Pero éste es mi punto de vista. Kant no coincidiría conmigo, ya que escribió un opúsculo donde dijo que no podía mentirse en ninguna condición, ni siquiera para salvar la vida de un inocente.
Para quienes acuñaron este mandamiento la cuestión crucial era el testimonio en los procesos penales, que no tenían otra forma de prueba más que la palabra dada por las partes, por lo cual era imprescindible la sinceridad de quienes declaraban.
¿Qué es la verdad? Así interrogó Pilatos a Cristo en una ocasión célebre. Uno de los grandes filósofos medievales, santo Tomás de Aquino, la definía diciendo que es la adecuación entre el intelecto, la inteligencia humana y la cosa; la adecuación del intelecto con la realidad. Pero a nosotros la que nos interesa es la verdad que surge del mandamiento: no levantar falso testimonio, no mentir. Es la verdad que se adecúa entre lo que nosotros intelectualmente captamos como realidad y lo que decimos o lo que contamos. En ocasiones, por razones morales o jurídicas, debemos decir exactamente lo que sabemos o lo que creemos que es cierto y se ajusta a la realidad. En otras, no es obligatorio. También existen cuestiones triviales en las que es superfluo decir o no la verdad que en otros momentos se nos puede exigir. Lo peligroso, en definitiva, es cuando la mentira causa graves perjuicios a los individuos o a la comunidad en general.

VII NO ROBARAS

VII
No robarás
El escritor le pide a Dios que le aclare qué significa robar
«No robarás»... muy bien dicho. Es en verdad un buen precepto. El robo es y ha sido durante siglos uno de los males de la humanidad. Pero no hiciste precisiones. ¿Qué es con exactitud robar? ¿Roba el padre que ve muriéndose de hambre a su hijo y toma un mendrugo de pan para alimentarle? ¿Roba también el que saquea una provincia entera y se queda con todos sus bienes para su disfrute personal?
No sé cómo sería en los tiempos de Moisés, pero en la actualidad hay distintas denominaciones: al que roba poco lo llaman ratero y le encarcelan en cambio al que lo hace en gran escala le llaman gran financiero, y recibe todo tipo de elogios y felicitaciones por su espíritu empresarial.
Deberías haberte esforzado un poco más. ¿No podrías haber entrado en detalles y haber aclarado lo que significa robar en sus distintas variantes? Al no haber hecho todas estas precisiones, el resultado de este mandamiento no ha sido bueno.
Hay veces en las que pienso que en lugar de establecer tabúes con tus leyes, lo que hiciste fue dar ideas para que la gente hiciera todo lo contrario. Hoy, las grandes corporaciones, las más respetables, cometen robos enormes. Por cierto, ¿no podrías volver a repetir eso de que los ricos no pasarán a tu reino, como un camello nunca podrá pasar por el ojo de la aguja? Pero hazme un favor... aclara que el ojo de la aguja no se trata de ninguna puerta que hay en Jerusalén, sino de una aguja muy pequeñita, y que no hay excepciones ni para los ricos... y por supuesto tampoco para los camellos.

NO ROBAR ALMAS
Como ya hemos visto en otros casos, los enunciados originales de los mandamientos difieren mucho, o bastante, de los actuales. El mismo sentido del precepto ha evolucionado a través de los siglos.
No robarás se refería en principio a los secuestros, a no robar almas, a otros seres humanos. El rapto era algo muy frecuente en la época de Moisés, como motivo de la esclavitud o por otro tipo de razones, por lo que con este mandamiento se intentó castigar esa práctica.
«Robar una persona —explica el rabino Sacca— es como matarla. El que secuestra y vende un ser humano como un objeto tiene condena a muerte en el judaísmo, pero no el que roba objetos materiales. El pueblo judío lo sufrió en carne propia cuando fue secuestrado por los egipcios, quienes los tenían como esclavos, y la lucha de Moisés con el faraón fue para terminar con esa condición.»
El cuerpo es la propiedad elemental que tenemos cada uno de nosotros y nadie quiere que sea utilizado, raptado o manipulado por otros. De ahí proviene la normativa legal de Habeas Corpus, el derecho al propio cuerpo, que debe ser jurídica y socialmente respetado. Sin embargo, hay veces en que muchas personas han sido desprovistas hasta de su cuerpo, y esto no sólo se refiere a lo físico, sino que habla de un mundo de relaciones, de afectos, ternuras y esperanzas para otras personas. Por ejemplo, nuestros parientes más próximos, que también se preocupan por nuestro cuerpo y sufren un golpe terrible al verse privado de él.
Hay ladrones a los que no se castiga, pero que roban lo más preciado: el tiempo.

NAPOLEÓN BONAPARTE
La historia del último siglo está marcada por estas aberrantes situaciones. Numerosas dictaduras raptaron hombres y mujeres de todas las edades, y transformaron este hecho en un pecado extendido y de gran vigencia. Para Estela de Carlotto, cuando «se hace desaparecer a opositores políticos, también se los está robando. Todos nos damos cuenta ahora que falta una franja generacional en la Argentina, que sea inteligente, capaz y honesta, que si viviera estaría ocupando un lugar clave del poder para resolver cosas, de la manera que ellos querían: con justicia. Pero les han robado el derecho a pensar y a vivir. En la Argentina hubo un robo no sólo material, sino también intelectual, emocional e histórico».
«Yo creo —agrega Carlotto— que la dictadura tenía un plan elaborado, y entre tantas actitudes criminales está la del robo de bebes. Implementaron el más macabro e infame de los robos: el del hijo de la joven secuestrada en un campo de concentración, donde nace en las condiciones más miserables, porque no hay atención, ni alimentos, ni sanidad. Sacárselo de los brazos a la madre para entregárselo quién sabe a quién y adonde. El primer robo que se les hace a nuestros nietos que viven con sus apropiado res es el de su derecho a vivir con su papá y con su mamá.»
El escritor Luis Sepúlveda agrega que «ese robo terrible ha sido practicado por sujetos que tienen una profunda vinculación con el pensamiento religioso. Los militares de América Latina se dicen todos furibundos católicos, suelen ser hombres de misa dominical. Por ejemplo, en el caso de la Argentina, el almirante Massera era un hombre de misa diaria. Además, había una serie de canallas que no se movían si no era con su capellán o su vicario, a quienes estaban solicitándoles de forma constante la repetición de los mandamientos. Sin embargo, practicaron el robo descarado de personas, que va más allá del robo físico del cuerpo del hombre, la mujer o el niño. Lo más terrible es que robaron la idea del tiempo y obligaron a muchas personas a vivir en un atroz presente, el presente de la incertidumbre. A mí me tocó estar bajo la piel de aquellos que lo han padecido. Mi mujer fue secuestrada en Chile y estuvo en condición de desaparecida durante seis meses, o sea, fue robada al hijo, al esposo y a los padres. Ha sido una experiencia terrible, porque sentíamos que el calendario y los relojes estaban paralizados».
Cuando nos referimos al robo, en general hablamos de la depredación, de privar a personas de forma injusta de cosas que tienen derecho a disfrutar. En cambio, dudamos en utilizar la expresión robo cuando se trata de una acción efectuada por una necesidad. ¿Quién, al ver morir a un hijo de hambre o que necesita de forma desesperada una medicina, no cometería un latrocinio si no tuviera otra forma de obtener el dinero para resolver el problema? Sobre todo si se roba a una persona o a una institución adinerada. En tales circunstancias no estamos dispuestos a condenar esta situación de forma tajante. Hay matices morales y jurídicos que diferencian a quien roba por un pedazo de pan, y quien le quita a una viuda el sustento con que alimenta a sus hijos.

Todo lo que se come sin necesidad, se roba al estómago de los pobres.
MAHATMA GANDHI

En apoyo a esta frase de Gandhi, surge esa sensación de repugnancia que tenemos ante la inmensa cantidad de millones que mueren de hambre, mientras un grupo de privilegiados muere de indigestión. Esta idea de que el exceso de unos de alguna manera ha sido causa, o al menos acompaña la carencia de otros, es un hecho injusto que rechazamos de manera intuitiva, pero es una situación que persiste, pese a las voces que se alzan en su contra.

LAS MASAS Y LOS SAQUEOS
Como la nuestra es una época de masas, el robo en ocasiones está protagonizado por ellas. Así ocurren los saqueos, el desvalijamiento masivo en poblaciones inmersas en el caos o el desorden. Por lo general, las causas de los saqueos son de origen social y económico, como por ejemplo la violencia racial en Estados Unidos o las hambrunas provocadas después de una guerra, tras la cual una población desfavorecida y maltratada asalta negocios y se aprovisiona de víveres para paliar su necesidad o para vengarse por padecerla. También hay saqueos que son repulsivos y que tienen lugar cuando ocurre una desgracia, como un terremoto o una inundación. Entonces algunas personas, en lugar de ayudar a los damnificados, roban lo que encuentran a sus semejantes. En una sociedad de consumo, de ofertas, de tentaciones, la idea del saqueo puede transformarse en una gran fiesta.
Martín Caparrós11 cree que el saqueo «es un momento en el que la gente se siente extremadamente libre; puede por fin acceder a aquello que no posee, porque carece del dinero que le permitiría conseguirlo. En ese instante se quiebra el orden capitalista y las personas son libres de conseguir aquello que necesitan porque dejan de lado la intermediación del dinero».
Hugo Mujica tiene otra visión del tema: «No se trata de un momento de libertad, sino de necesidad. La libertad sería que no necesites saquear. El que lo hace ya no tiene libertad. Quizá en ese momento el saqueador tenga la euforia de sentirse reivindicado, pero cualquiera que tenga que cometer un acto por encima de la dignidad humana ha perdido la libertad. La libertad se ejerce cuando el individuo tiene un trabajo y con eso siente que le da de comer a su familia».

El fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba pan.
PABLO NERUDA

Hay un antiguo dicho que asegura que si robas un poco te dirán robaperas o ratero y, si lo haces a gran escala, te llamarán gran financiero. Es verdad que en ocasiones no es fácil establecer el límite entre lo que es un robo real y aquello que son operaciones económicamente audaces. Los financieros que conocen mejor los entresijos del sistema llevan a cabo operaciones que, sin estar estrictamente por fuera de la ley, rozan lo ilegal. En ocasiones se pasa en una misma operación de lo legal a algo menos legal o a lo francamente ilegal. Existen paraísos fiscales, esos lugares que son como espacios en blanco, donde pareciera que están suspendidas leyes que en otros lados tienen plena vigencia. Hay toda una parafernalia de especuladores que se mueven y se enriquecen al utilizar sistemas que, si bien no son delictivos en el sentido literal del término, equivalen a robar a efectos morales. Hay que distinguir qué es la legalidad y la moralidad de los comportamientos, sobre todo en situaciones de penuria y escasez.
Una de las cuestiones que más asombra es la insaciabilidad de algunas personas que cuentan con cantidades de dinero suficientes para más de diez vidas y que siguen robando. En realidad, no puedes comer más de dos o tres veces al día, y tampoco se puede dormir más que en una cama en cada ocasión. En el fondo hay un tope, más allá del cual el dinero se convierte en una molestia y no en una ayuda.
Para Luis Sepúlveda, el dinero se ha transformado «en el fetiche más popular, más recurrente y en el que más se cree. A mayor acumulación de fetiches, mayor prestigio. Se roba, por ejemplo, para ser incluido en la guía Forbes de las grandes fortunas del planeta. Gente que se ha enriquecido traficando armas, potenciando el robo de vidas humanas, gente que trafica drogas, robando posibilidades de vidas sanas y otros que corrompen, robando posibilidades de que las sociedades se desarrollen con cierta normalidad».
El robo está siempre asociado a la idea del poder. Desde los primeros tiempos, cuando un hombre primitivo vio que uno de sus congéneres salía a cazar, no con las manos, sino con un garrote, allí descubrió que ese elemento tenía varias propiedades además de matar. Y no se le ocurrió confeccionar otro, sino que se lo robó al dueño en un descuido, y lo transformó en un elemento de poder en sus manos.
Pero, como en todo, existen los matices, que han variado con el correr de los siglos. Recuerdo la primera vez que llegué a la preciosa ciudad italiana de Ferrara, llena de villas delicadas y maravillosas. En el Renacimiento tenía menos del uno por ciento de analfabetismo. Era una ciudad culta. En medio de tanta belleza está el castillo de la familia Este, que es como el de Blanca Nieves, cerrado, amurallado, donde vivían quienes mandaban allí, unos personajes shakesperianos o de Mario Puzzo, el creador de El Padrino. Eran crueles, asesinos, se mataban unos a otros. Sin embargo, emplearon sus depredaciones para la promoción artística y en alfabetizar a la población. Es curioso cómo dentro de esa brutalidad tenían una idea de alguna manera estética del dinero, mientras hoy se lo quema en las fiestas marbellíes o cosas por el estilo.

CUANDO ROBA EL ESTADO
El Estado de bienestar moderno es uno de los indudables logros de la civilización. Por ejemplo, la seguridad social, la protección del desempleo y la salud garantizados por el Estado son argumentos claros a favor del progreso moral de la humanidad. En ese sentido, podemos afirmar que hoy vivimos en una época moralmente más avanzada que la de Aristóteles o Voltaire.
Los elementos del bienestar hoy no son un logro ni de la derecha ni de la izquierda, sino de la civilización. Hemos pasado a una posición superior, en la que la sociedad se ocupa de los miembros y no simplemente los yuxtapone como en otras épocas. Lo que sucede es que la protección social es muy cara y necesita recaudar mucho dinero de los contribuyentes. Pensemos que en algunos países los individuos llegan a pagar el cincuenta por ciento de sus ganancias al Estado. Nunca ha existido recaudador, ni feudal ni medieval, que se haya llevado ese porcentaje de lo que ganaba la gente. Los señores feudales ofrecían algún tipo de protección, no tan completa o sofisticada como la del Estado de bienestar, pero se conformaban con recaudar mucho menos.
Martín Caparrós tiene su visión particular sobre el tema: «La gente acepta que el Estado le saque parte de lo que consigue por un viejísimo pacto, que tiene miles de años: "Te doy parte de lo que .tengo, para que a cambio me des cierta protección". Es el viejo pacto mafioso. La protección al principio podía ser estrictamente militar, y después fue ampliándose a salud, educación, organización. Uno se deja robar alguna parte de lo que tiene a cambio de que le den cierta seguridad. Por eso mucha gente reacciona cuando el Estado no cumple con su parte del pacto mafioso».
En la actualidad hay ocasiones en las que los impuestos estatales son abrumadores, y si el Estado no cumple con su función redistributiva —facilitar servicios, protección, ayuda, apoyo y comodidad a los ciudadanos—, éstos se lo demandan de forma violenta. Así, estamos en presencia de un verdadero robo cuando vemos a funcionarios que contratan obras faraónicas, involucrados en fraudes, en comidas supuestamente de trabajo con grandes dignatarios, o comprando armas cada vez más sofisticadas que luego se pudren en los cuarteles porque simplemente se trata de inversiones técnicas que aumentan año a año. Todo esto es una forma legal de robo. Por lo tanto, la protección y el beneficio de la sociedad son la única justificación que tienen los impuestos, y lo que evita que se transformen en una máquina de aplastar conciencias y voluntades.
«Hoy se supone —dice el padre Busso— que la gente debe estar amparada por un sistema de asistencia social, por las leyes, a diferencia de la antigüedad, donde los pobres sólo eran amparados por la beneficencia. Se presume, con razón, de que la sociedad ha avanzado hasta legalizar la salud, la educación, etcétera. Por lo tanto, subleva el corazón cuando los pobres son perjudicados y sienten que su vida está atravesada por la injusticia social.»

YO TE ROBO UNA O VARIAS IDEAS
Cuando hablamos de robo imaginamos dinero y propiedades tangibles, pero qué pasa con las cosas intangibles. Por ejemplo, con las ideas, las patentes de los grandes inventos, un tema musical, el argumento de una novela o de una obra teatral. ¿Cómo se protege la creatividad humana que produce esos bienes intangibles, pero muy valiosos, en una época en la cual lo que importa es la información? En la actualidad es más importante este tipo de propiedad intelectual que los objetos físicos.
Marcos Aguinis es muy claro en su consideración sobre el tema:
«Yo creo que esta idea está vinculada con el esfuerzo que se debe hacer para no apropiarse de lo ajeno, en dejar que cada uno tenga el mérito que le corresponde y reconocérselo. Aceptar que cada individuo es fuente de riquezas que no deben ser quitadas, que son de su autoría porque son parte también del estímulo y la dignidad. Por ejemplo, algunas teorías colectivistas y autoritarias tratan de establecer una especie de anonimato. En el arte es donde se ve con precisión la importancia singular del ser humano. Nadie podría haber escrito la Novena sinfonía si no hubiese sido Beethoven, nadie habría escrito Los hermanos Karamázov si no hubiese sido Dostoievski».
Para el escritor Marcelo Birmajer «el alma humana necesita la individualidad, como el cuerpo requiere de comida. Tenemos que poder decir: esto lo inventé yo, esto lleva mi nombre. Porque mi escaso consuelo es saber cuál fue mi creación, en esta tierra de desconcierto, donde el único que sabe lo que ocurre es Dios o el misterio, y yo no sé nada».
Vivimos una época dominada por los desarrollos tecnológicos. En relación con este mandamiento y los derechos de autor, estamos frente a situaciones que todavía no se han definido, pero que están cambiando todo lo conocido hasta ahora. Hoy cualquiera puede obtener a través de internet el texto del último libro, grabaciones musicales o de una película aún no estrenada.
Me pregunto cómo el concepto tradicional de derecho de autor podrá resistir esta extraordinaria facilidad actual para el plagio. También es cierto que en la actualidad es cada vez más fácil que uno haga sus propios libros o discos al margen de las empresas. Así disminuyen los beneficios de las grandes corporaciones, que a veces son abusivos.
Pero, por otra parte, el artista queda desprotegido, porque ¿qué posibilidades tiene él de obtener los beneficios de su trabajo y qué sentido tiene para él mismo desarrollarlo, si cualquiera va a poder disfrutarlo de forma gratuita?
Creo que el tema de los derechos de autor, relacionado con internet y con las nuevas formas de reproducción tecnológica, va a cambiar en buena medida nuestro concepto del plagio, del robo intelectual. ¿Hasta qué punto vamos a poder seguir llamando robo a este comportamiento que quizá termine por convertirse en algo habitual? Cuando empezó a popularizarse la fotocopiadora ocurrió algo similar. Hoy la fotocopia de libros es normal, y nadie se siente culpable ni ladrón por haber fotocopiado el libro de un amigo para poder disfrutarlo, en lugar de comprarlo en un comercio.

EL ROBO ESTÁ ENTRE NOSOTROS
Como hemos visto, el séptimo mandamiento se refería originalmente a no robar almas, personas. Luego su significado se amplió: no expoliarás, no desvalijarás, no abusarás de la credulidad o la ingenuidad de tu prójimo para quitarle lo que lo beneficia de forma legítima. También surge la pregunta sobre si puede haber robos justificados por la necesidad o por otros robos anteriores de los que uno ha sido víctima y lo han dejado en situación de indefensión. Los Estados también se caracterizan por no cumplir con la séptima ley de Moisés cuando sustraen buena parte de sus ganancias a los contribuyentes y no lo revierten en beneficios para la sociedad. Finalmente, el robo de las ideas es una acción mucho más sutil que el sustraer objetos físicos, como también ocurre con los fraudes especulativos y financieros.
Se trata de un mandamiento que abarca todos los campos, relacionado con la moral de las sociedades y los individuos ya que muchas veces tan sólo una delgada línea separa al robo de lo que no lo es.