HOLA: Aquí les prsentó LOS DIEZ MANDAMIENTOS EN EL SIGLO XXI, es para reflexionar sobre los mismos. Es un libro de Fernando Savater,uno de los pensadores más destacados de nuestro días, y entre sus numerosas obras destacan Ética para Amador y El contenido de la felicidad.
Pensar en la vigencia de los diez mandamientos en pleno siglo XXI puede ser tornado como una antigüedad, o por lo menos corno una pérdida de tiempo. La relación que tengo con estas leyes se remonta a mi más tierna infancia. Eran los años en los que Dios y Franco estaban por todas partes. En nuestras clases de religión nos intentaban convencer, entre otras cosas, de respetar a pie juntillas los mandamientos y la palabra del Caudillo.
Pero los años hicieron su labor y a medida que crecí le fui dando menos importancia a las leyes de Dios, que hoy son un lejano recuerdo infantil, que llegan a mezclarse y me producen confusión. Hay veces en que no tengo claro si algunas decían: «No robarás a padre y madre» o «Fornicarás las fiestas». Si de algo me sirve volver a analizar estos temas es, por un lado, para recordar mi infancia, y por el otro, para poner las cosas en su lugar.
Tal vez quien más hizo por fijar la majestuosidad de Moisés y su encuentro con Dios fue Cecil B. de Mille en su memorable película Los diez mandamientos, cuando Charlton Heston se puso en la piel del guía de los judíos. Lo que sucedió desde su estreno en 1956 es que, para millones de personas que vieron los 220 minutos de la película, no hay otro Moisés que Charlton. Pero en materia cinematográfica prefiero otro Moisés, el de Mel Brooks en La loca historia del mundo. Uno no puede dejar de reír cuando el personaje baja del monte Sinaí con tres trozos de piedra labrados anunciando «Los quince mandamientos», que se transforman en diez cuando el bueno de Mel-Moisés tropieza y una de las tablas que contenía cinco de las leyes divinas se le cae de las manos para partirse en mil pedazos. Después de un segundo de confusión, Moisés no duda en anunciar la devaluada buena nueva: los diez mandamientos.
Lo cierto es que, más allá de la superficialidad con que en líneas generales tratamos el tema en estos días, los mandamientos forman parte de la humanidad desde hace siglos y, en mayor o menor medida, han acompañado con sus conceptos el desarrollo de más de la mitad de la civilización. Aunque sus exigencias estén contempladas bajo distintas formas en todas las culturas conocidas, estas leyes que recibió Moisés hace miles de años en mitad del desierto son un compendio de obligaciones y reglas que prometen castigos divinos de la peor especie para quien se aparte una letra de ellas. La verdad es que, en la actualidad, son tantas las imposiciones escritas, y las no escritas, que algunos de los mandamientos han perdido entidad. Nosotros, pobres mortales, hoy en día tememos, más que a la palabra del mismísimo Dios, a las obligaciones que surgen de muchas leyes ideadas por burócratas y funcionarios de turno, o a los dictados de una moda pasajera. Si los comparamos con los de las Tablas de la Ley, los actuales no son menos temibles: «No dejarás de pagar impuestos aunque aumenten y no sepas dónde va el dinero»; «No podrás quejarte de los servicios públicos, porque aunque lo hagas, todo seguirá igual»; «Deberás esforzarte y preocuparte para acertar cómo divertirte en los momentos de ocio». Y así podríamos seguir con innumerables principios que nos acosan y de los que siempre soñamos con desembarazarnos.
En esto, las cosas no han cambiado mucho a través de los siglos. Los judíos que escapaban de Egipto siempre estaban imaginando de qué manera podían esquivar las órdenes que emanaban de los mandamientos, algo que ponía furioso a Moisés, siempre celoso guardián de los deseos de su jefe directo y sus leyes.
Cuando los historiadores y los defensores ortodoxos de la fe analizan el tema, comienzan a surgir puntos polémicos y controvertidos. Para empezar, quienes han realizado el estudio comparado entre los hechos históricos objetivos y los textos del Antiguo Testamento dudan sobre si fue el propio Moisés quien reveló la legislación divina. Sospechan que fue confeccionada unos ciento cincuenta años después de su muerte, pero que se la atribuyeron a él. En tal caso la verdad histórica se vería superada por la tradición y por la justicia que significaba atribuirle un hecho trascendente a un hombre que, en definitiva, había sido el organizador de toda la vida legal del pueblo. Por lo tanto, la imagen de Moisés recibiendo de parte de Dios las Tablas es una síntesis que lo muestra como lo que fue: el gran legislador de su tiempo.
No faltan estudios serios que ponen en duda la existencia misma de Moisés y de hechos como el Éxodo de Egipto. Otros dicen que no existió un Jesús tal como nos llegó hasta nuestros días, sino que se trata de la suma de situaciones creadas por distintos hombres llamados igualmente Jesús —era el nombre más común en su época— que fueron fundidas en una sola historia para mejor comprensión del pueblo. Aunque parezca paradójico, la verdad histórica en este caso importa poco porque se trata de la transmisión de la supuesta verdad divina para la humanidad. Lo único importante es lo que construyeron los hombres para ordenar su sociedad con el respaldo de alguien que fuera indiscutible: Dios. En definitiva, fue el comienzo de una estrategia que, con relativo éxito, siempre han desarrollado quienes controlan ciertas cuotas de poder en una sociedad: evitar ser rebatidos, ya que hacerlo es ponerse en contra de Dios.
Tanto tiempo pasó, tanto se preocuparon los hombres en reinterpretar, modificar y acomodar las cosas a su gusto, que ni Dios se salvó. Y así es como llegamos a tener doce mandamientos en lugar de diez, producto de desdoblamientos y reinterpretaciones. Sin embargo, nosotros no nos moveremos de los diez. Los que desarrollaremos son:
I. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
II. No tomarás el nombre de Dios en vano.
III. Santificarás el día del Señor.
IV Honrarás a tu padre y a tu madre.
V. No matarás.
VI. No cometerás adulterio.
VIL No robarás.
VIII. No levantarás falsos testimonios ni mentirás.
IX. No desearás a la mujer del prójimo.
X. No codiciarás los bienes ajenos.
En materia de crecimiento y desarrollo personal, por llamarlo de alguna manera, pocos dioses pueden jactarse del éxito alcanzado por Yahvé. Comenzó de forma modesta venerado sólo por pastores nómadas, cuya única preocupación era encontrar pastos y agua que les permitieran mantener sus rebaños. El patriarca Abraham no tenía otras necesidades divinas, y por lo tanto aquel Dios, llamado el de los padres, no tenía muchas preocupaciones. Bastaba algún que otro sacrificio de un animalillo antes y después de iniciar el camino en busca de alimento para el ganado y todos estaban en paz y tranquilidad.
Todo duró hasta que Abraham y los suyos llegaron a la región de Canaán. Allí sus habitantes adoraban a un Dios al que llamaban Él. Era una divinidad que los asombró: El era el creador del cielo y de la tierra, autoría que nunca se le había ocurrido reclamar al Dios de los padres, ni al propio Abraham atribuírsela, ya que, a diferencia de los cananeos, que eran agrícolas, ellos no necesitaban nada de la tierra.
Allí, la mano del hombre moldeó una nueva divinidad. Cuando los antiguos judíos comenzaron, a transformarse en sedentarios, le incorporaron a su modesto Dios atributos que lo hicieron más cualificado. Seguía siendo la divinidad casi familiar que se ocupaba de las cosas de todos los días. Pero ahora también era aquel que estaba por encima de todo lo imaginable: era el creador y dominador de todo, de absolutamente todo lo que se conocía. Podemos ver que las cosas no han sido tan inmutables como algunos, cualquiera que sea su religión, nos han querido hacer creer. Yahvé, tal como lo comenzaron a llamar los judíos después de su huida de Egipto, no se contentó con ser una combinación entre el nómada de los albores y el majestuoso de los cananeos. No quería, ni él ni sus principales mentores —adoradores—, tener sólo un pasado y un presente. Entonces llegó el momento de inflexión en la historia: Moisés recibió las Tablas de la Ley. Los hebreos y su Dios empezaron a pensar un futuro juntos. Se trataba de un Dios que había ofrecido a un pueblo una alianza, un proyecto en común. En definitiva, que el uno sostuviera al otro. Todo basado en un acuerdo que los mortales deberían cumplir sin rechistar porque, de lo contrario, ese Dios celoso y terrible haría caer las peores desgracias sobre ellos. Comenzaba la, era de las leyes, del ordenamiento. A partir de ese momento había un blanco sobre negro acerca de qué se podía y qué no se debía hacer.
La libertad es autocontrol, y los dirigentes pusieron en conocimiento de sus seguidores cuál era el marco del funcionamiento social y cuáles serían las consecuencias para el que traspasara esas fronteras escritas por el mismo Yahvé. En pocas palabras, se estaba frente a lo que hoy podría parecer una libertad condicional, pero que para la época fue un gran avance, al tratar de ordenar a un enorme grupo de personas que, a partir de su enlace con la divinidad, tuvieron un objetivo común para el cual tendrían que disciplinarse.
Pasaron miles de años, surgieron nuevos dioses, religiones, costumbres, adelantos, etcétera, pero nadie duda de la presencia de los diez mandamientos en el inconsciente colectivo, más allá de su vigencia. Aquel comunicado que leyó Moisés al pie del Sinaí, como portavoz oficial de una zarza en llamas —así le gustaba presentarse a Yahvé—, hizo que me dedicara durante un año a encabezar un proyecto televisivo en el que se tratara de explicar cómo afectan a la gente de hoy los diez mandamientos. El libro que tiene el lector en sus manos es la versión editorial de todo ese trabajo que pudimos concretar gracias a Moisés y por supuesto a su jefe.
I
Amarás a Dios sobre todas las cosas
Diálogo del filósofo con el Señor
Nos mandaste amarte sobre todas las cosas. Me pregunto y te pregunto: ¿tanta necesidad tienes de que te amen? ¿No es un poco exagerado? ¿No delata una especie de zozobra, de inquietud extraña? Sí... sí... ya sé que eres un dios celoso, que no acepta ningún tipo de competencia. Pero quiero que entiendas que no eres muy original. Esto que te sucede le pasa prácticamente a todos los dioses. Estoy viendo que en ese aspecto sois todos bastante parecidos: excluyentes y posesivos. Siempre queréis todo el amor para vosotros. Se os ve un poco inseguros de vosotros mismos y necesitados de que los demás estemos siempre refrendando vuestra superioridad sobre el cosmos y el mundo. Mira... ni siquiera ése es nuestro problema. Nuestra verdadera dificultad son tus representantes, porque normalmente no te diriges a los hombres deforma directa. Aquellos que hablan en tu nombre son un verdadero dolor de cabeza. Siempre nos sugieren y ordenan lo que tenemos que hacer de acuerdo con su nivel de poder.
Aquí estamos frente al primer mandamiento, algo inmodificable según tus leyes: Amarás a Dios sobre todas las cosas, y no se hable más.
Pero vivimos en el siglo XXI, discutiendo tus leyes... no pongas mala cara si ahora, mal que te pese, te cuestionamos... son los tiempos que corren.
DE LOS DIOSES CONCRETOS AL ABSTRACTO
El primer mandamiento es el más religioso de todos, porque mientras que los demás se relacionan con cuestiones de comportamiento social y de grupo, éste plantea una exigencia que la divinidad le demanda al individuo.
Así, un profeta anónimo le hace decir a Yahvé: «Yo soy el primero y el último; fuera de mí no existe ningún dios»; «Antes de mí ningún dios había, y ninguno habrá después de mí»; «Yo soy Yahvé y fuera de mí ningún dios existe»; «Todos ellos son nada; nada pueden hacer, porque sólo son ídolos vacíos». Frente a estas formas de definirse no podemos negar que, por lo menos, se trata de alguien con una autoestima superlativa y, sin exagerar, digna de un dios.
Debo admitir que, como no soy creyente, me resultaría muy difícil amarle, y que, incluso aunque creyera, me costaría describir bien la relación que podría mantener con un ser infinito, inmortal, invulnerable y eterno. Personalmente entiendo el amor como el deseo casi desesperado de que alguien perdure, a pesar de sus deficiencias y de su vulnerabilidad. Por eso sólo puedo amar a seres mortales.
La inmortalidad me merece respeto, agobio, pero no me merece amor. Por otra parte, nunca he sabido muy bien qué se entiende por esa palabra misteriosa que otros manejan con tanta facilidad: Dios.
Hay un libro de Umberto Eco y el cardenal Cario Maria Martini en el que discuten sobre estas cuestiones. Su título es En qué creen los que no creen1. A quienes no creemos nos es muy fácil explicar en qué creemos. Lo que me resulta misterioso es saber en qué creen los que creen y, sinceramente, por más que los he escuchado nunca he entendido a qué se refieren.
Sin embargo, los no creyentes creemos en algo: en el valor de la vida, de la libertad y de la dignidad, y en que el goce de los hombres está en manos de éstos y de nadie más. Son los hombres quienes deben afrontar con lucidez y determinación su condición de soledad trágica, pues es esa inestabilidad la que da paso a la creación y a la libertad. Los emisarios y los administradores de Dios personifican en realidad lo más bajo de una conciencia crítica e ilustrada: el fanatismo o la hipocresía, la negación del cuerpo y la apología del poder jerárquico en su raíz misma.
Un dios abstracto, ¡qué gran novedad! Unos dos mil años antes de Cristo, los dioses siempre habían sido animales, o árboles, o ríos, o piedras, o mares. Habían tenido un cuerpo, habían sido dioses visibles. Precisamente las divinidades eran fenómenos que podían verse. Entonces apareció un ser abstracto, hecho de pura alma y se produjo una verdadera revolución.
Los romanos admitían que cada cual podía tener sus divinidades, porque ellos creían que los dioses de todos los pueblos eran tolerantes entre sí. Por esta razón, fue paradójico que acusaran de ateos a los primeros cristianos, aunque veremos que esta manera de razonar tenía su lógica. Los romanos veían que los cristianos rechazaban a todos los dioses existentes. Resultaba una actitud incomprensible y sectaria, ya que había una gran variedad. Se les ofrecían los de Oriente, los de Occidente, los de forma animal, los de forma vegetal. Pero no había nada que hacer: los cristianos los rechazaban a todos. No querían saber nada con el culto al Emperador, ni con los encarnados en las glorias de cada una de las ciudades. Por tal motivo, los seguidores de ese dios, que no se veía en ninguna parte, que era la nada, fueron tachados de ateos por los paganos de Roma.
Los cristianos traían consigo el legado judío. La idea del monoteísmo, de un dios único, excluyente, infinito, abstracto e invisible, era lo normal para ellos, pero resultó de verdad sorprendente y revolucionario para el resto.
Pero esa concepción religiosa ¿fue un retroceso o un avance en el desarrollo espiritual de la humanidad? En cierto sentido la podríamos calificar de positiva porque significó un paso hacia una mayor universalidad, hacia una mayor abstracción conceptual, El dios se convirtió en un concepto, en una idea. Dejó de ser cosa, ídolo. Los dioses anteriores estaban siempre ligados a realidades concretas: la naturaleza, la ciudad, la vida. Entonces surgió un dios que no conocía la naturaleza porque estaba por encima de ella y además era su dueño. Ignoraba las ciudades porque vivía en todas y en ninguna, pero además en el desierto y también en una zarza ardiente. ¿Ese dios supuso un progreso respecto a los otros, o más bien fue una especie de recaída hacia algo más primitivo y atávico? Porque, si bien significó una ganancia en universalidad, amplitud y espiritualidad, también fue una pérdida en lo que se refiere a la relación de los hombres con lo natural, con el mundo, con lo que podemos celebrar de la vida concreta y material.
Por ejemplo, para el escritor y filósofo Marcos Aguinis2 «el monoteísmo ha sido un avance prodigioso de la humanidad hacia niveles de abstracción que no existían hasta ese momento. Fue pasar del pensamiento concreto al abstracto, con un ser que no podía ser representado y además era único. Pero, por ser único, contenía algo muy peligroso: era un dios celoso que no aceptaba competencias. De manera que el monoteísmo significó dos cosas contrapuestas: una muy positiva que era un progreso espiritual y otra muy negativa que fue el progreso de la intolerancia».
El monoteísmo también obsesionó a Sigmund Freud al final de su vida. En 1938 el padre del psicoanálisis huía de los nazis que avanzaban sobre Europa continental, y encontró refugio en Inglaterra. Allí terminó de dar forma a su teoría según la cual Moisés no fue judío sino egipcio. Para Freud se trataba de un hombre que perteneció a una familia noble, y que difundió entre los israelitas —casi 1. 400 años antes de Cristo— las creencias de Akenatón, el faraón creador del primer culto monoteísta conocido: el de Atón, el Dios Sol. Esta idea fue desterrada por la rebelión que encabezaron en su contra los sacerdotes responsables del antiguo politeísmo, y que tenía como principal figura al Dios Anión. Por lo tanto, según esta teoría, Yahvé no sería más que el nuevo nombre que tomó Atón para transformarse en el dios judío.
Aunque el dato pueda sentar mal a quienes consideran que las cosas son inamovibles desde un principio, lo cierto es que los israelitas no siempre fueron monoteístas. El teólogo Ariel Álvarez Valdez3 es contundente cuando asegura que los israelitas eran en realidad monólatras, es decir, creían que existían muchos dioses, aunque ellos adoraban sólo a uno.
Pero todo cambió después de uno de los hechos más traumáticos por los que pasó el pueblo judío: la invasión de los babilonios a las órdenes del legendario Nabucodonosor, quien, en 437 a. C, y no contento con derrotarlos y tomar Jerusalén, llevó a todos sus habitantes como esclavos a Babilonia. Los judíos quedaron deslumbrados por la magnificencia y el lujo de la capital de sus vencedores. Se preguntaron cómo podía ser que ellos, que se consideraban tan bien cuidados por Yahvé, nunca hubieran conocido semejante nivel de vida.
Pero en lugar de renegar de su dios, los cautivos llegaron a una conclusión que les sirvió para sentirse bien con ellos mismos: el dios de los Babilonios no existía, como tampoco existía ningún otro. Yahvé era el creador de todo, incluso de la belleza y el poder de Babilonia. De esta manera convirtieron la tristeza del forzado exilio en el orgullo de adorar al único dios vivo y verdadero.
Otra prueba de que los judíos no eran monoteístas antes de su cautividad en Babilonia es que la traducción literal de la fórmula del primer mandamiento es «No tendrás otros dioses frente a mí», lo que implicaba la aceptación de otros dioses aunque sólo se venerase a Yahvé.
Para el estudioso de los diez mandamientos, Luis de Sebastián,4 «el primer mandamiento es el mandamiento del amor. Primero, negativamente, porque no hay que amarse a uno mismo sobre todas las cosas, y segundo, positivamente, porque hay que amar a los demás, a todos con quienes tenemos que ver de cualquier manera que sea, todo dentro de un orden de proximidades y responsabilidades que empieza en casa: con uno mismo, con su persona, su familia, sus vecinos, amigos, compañeros, y que se extiende, si es verdadero amor, con alas de águila a todos los rincones donde la vida nos lleve».
Según De Sebastián, el primer mandamiento «simboliza el pacto de la conveniencia, del mutuo beneficio, en el que se basa la democracia. Así todos sacan provecho de lo que se hace en la polis, a cambio del respeto a las leyes».
Sin embargo, la realidad es que la gente define las cosas de acuerdo al lugar donde se encuentra. El amor por algo o por alguien puede tener una contrapartida siempre alejada de la indiferencia: desamor u odio hacia quien no piensa igual o no corresponde a esos sentimientos.
Entonces, el amor a lo infinito, a lo inabarcable ¿es incluyente o excluyente? ¿Se ama también a los que no veneran a ningún dios? Hay una expresión medieval que habla del odium teologicum, del odio que se tienen los teólogos entre sí. Poseídos por el infinito, en ocasiones, en vez de incluir a todos los demás en su amor, los excluyen. Ésta es una de las paradojas del amor monoteísta, del amor a un dios único.
Amo a todas las religiones, pero estoy enamorada de la mía.
MADRE TERESA DE CALCUTA
¿Es posible que quien ama a un dios único, infinito, absoluto, ame o simplemente acepte otras religiones y a otros dioses? ¿También es susceptible de amor aquel que no cree en ninguna religión o divinidad?
En un hermoso cuento Jorge Luis Borges narra la historia de Aureliano y Juan de Panomia, dos teólogos que durante toda su existencia se persiguen y se censuran el uno al otro hasta que, cuando mueren, Dios les revela que para él ambos son una sola persona, un solo ser. En cierta medida, la lección última sería que esos teólogos que rivalizan, esas religiones que se excluyen y se persiguen, vistos desde una altura lo suficientemente elevada, no sean más que la misma cosa. Una misma verdad o un mismo error.
LA TOLERANCIA: ESA DEBILIDAD DE LAS RELIGIONES
Es sabido que las religiones han sido fuente de animadversión, de persecución, de intolerancias, de guerras y de crímenes. A lo largo de los siglos los llamados representantes de los dioses sobre la tierra, es decir los hombres, han encontrado motivo de discordia echándose culpa unos a otros sobre reales o supuestas ofensas a sus respectivos dioses.
También podemos decir que las religiones fueron causa de una serie de gestos generosos y valientes. Pero ¿por qué las religiones han sido incompatibles unas con otras? Todos los hombres de religión predican palabras hermosas de aceptación a los demás, pero pocas veces sus actos tienen que ver con su prédica. El ejemplo del catolicismo es evidente: las religiones se hacen tolerantes cuando se debilitan, cuando pierden poder terrenal. Mientras controlan los hilos de la política y la economía y tienen un brazo secular para poder hacer cumplir sus preceptos, rara vez dan muestras de tolerancia. Este sentimiento aparece cuando los que controlan la práctica de una creencia tienen que ser aceptados, no cuando tienen que aceptar. Éste es un fenómeno que ocurre en casi todas las religiones.
Uno de los ejemplos más claros fueron las Cruzadas. A fines del siglo xi, Venecia, Génova y Pisa querían recuperar el control del comercio con Oriente. El problema eran los turcos, quienes controlaban los pasos marítimos y terrestres hacia los lugares santos y, en especial, hacia los centros de comercio más importantes. Allí se conjugaron intereses mercantiles con los políticos del papa Urbano II, cuyo objetivo era controlar a toda la cristiandad mediante la dominación de la ciudad de Constantinopla, que se había separado de su autoridad en el año 1054. Urbano también estaba obsesionado con los emperadores germanos, quienes se movían con gran autarquía en materia religiosa. Así, como tapadera de este cúmulo de intereses, el Papa golpeó en el corazón de la cristiandad europea y, con la magnífica excusa de recuperar los lugares sagrados de Oriente y proteger a los cristianos de esas zonas, promovió la Primera Cruzada. Hacia allí partieron miles de hombres para matarse con otros tantos miles de hombres al grito de «Deus lo volt» («Dios lo quiere»).
Hoy las religiones van perdiendo su poder terrenal —o al menos eso espero—, y no me cabe duda de que el mundo se beneficiará ante esta situación, ya que se alejarán los elementos de tensión que se desprenden de ese excluirse unas a otras utilizando la fuerza o la persecución. De todas formas estamos hablando de Iglesias más que de religiones. Dios nunca habla en forma directa con los humanos, o por lo menos no lo hace con la mayoría. Siempre hay alguien que se interpone. Nunca tenemos a Dios delante, sino a sacerdotes, obispos, muecines, rabinos, etcétera. Es decir, otras personas tan comunes como los demás, pero que hablan en su nombre. Cuando uno analiza las guerras de religión, se pregunta si Dios no habrá sido la coartada para justificar los odios que los hombres se tenían entre ellos, para impulsar los deseos de conquista y depredación.
LA APLICACIÓN DE LA LIBERTAD DEL INDIVIDUO O CÓMO ENTENDER LOS MANDAMIENTOS
A medida que avanzamos en el análisis, nos queda claro que los mandamientos son imposiciones antiguas, pasadas de moda, y algunas hasta fuera de toda lógica, pero que, al igual que las leyes actuales, son fruto de convenciones sociales. Más allá del tiempo en que se dieron a conocer, en que fueron respetadas y hasta temidas, lo cierto es que no formaron parte inamovible de la realidad, como ocurre por ejemplo con la ley de la gravedad. Tampoco brotan de la voluntad de un dios misterioso. Las leyes han sido inventadas por los hombres, responden a designios humanos antiguos, algunos de los cuales nos cuesta entender hoy, y pueden ser modificadas o abolidas por un nuevo acuerdo entre humanos. Sin ir más lejos, los mandamientos originales fueron modificados por los católicos, aunque esto no quiere decir que las convenciones sean simples caprichos o algo sin sustancia.
Cuando se vive en una sociedad multicultural, hay que asumir que se acepta el derecho a tener religión, y creencias, y esto comporta el hecho de tener que soportar alfilerazos de la realidad. Por ejemplo, a esas personas que dicen «ha herido usted mis convicciones», yo les diría: «Lo siento... amigo, usted no puede convertir sus convicciones en una especie de prolongación de su cuerpo».
Pero además esto va de la mano de una liviandad que se percibe en todos lados y que se define con la máxima de «todas las opiniones son respetables». Esto es una tontería. Quienes son respetables son las personas, no las creencias. Las opiniones no son todas respetables. Si así hubiese sido, la humanidad no habría podido avanzar un solo paso. No se pueden respetar las ideas totalitarias, xenófobas, racistas, excluyentes, que violen los elementales derechos humanos. No podemos utilizar el ataque, la crítica, incluso la sátira contra una idea, para provocar algo que humille u ofenda a los demás. Ahora, si se trata de ideas, hay que saber pararse frente a aquellas que son peligrosas.
¿Qué respeto merecen las ideas tras las que se parapetan los terroristas de distintos signos? ¿Cómo dejar de repudiar el asesinato, las bombas a mansalva que reivindican los nacionalismos excluyentes? ¿Gomo aceptar que bajo la excusa de la identidad cultural se practique la mutilación del clítoris a millones de niñas?
Los defensores de esos métodos son tan peligrosos como los sacerdotes que repudian a las demás religiones, a sus seguidores y a aquellos que no creen en ningún dios en particular. No se puede respetar a los irrespetuosos.
Esto tiene que ver también con algo que dijo John Stuart Mili: «La única libertad que merece ese nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a los demás del suyo o le impidamos esforzarse por conseguirlo. Cada uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La humanidad sale ganando más consintiendo que cada cual viva a su manera antes que obligándose a vivir a la manera de los demás».
El primer mandamiento, como los otros nueve, lleva implícita la amenaza del castigo en caso de que no se cumpla. Yahvé había prometido proteger al pueblo judío, el elegido, pero con la condición de cumplir al pie de la letra el Libro de la Ley. La palabra de Dios daba lugar a pocas interpretaciones: «Mira, hoy he puesto ante ti la vida y la felicidad, pero también la muerte y la desgracia. Si escuchas los mandamientos de Yahvé, tu Dios... entonces vivirás y tendrás muchos hijos y el Señor, tu Dios, te bendecirá... pero si no haces caso a todo eso... te advierto que morirás sin remedio».
Cuando leo esto y pienso que hay gente que cree lógico que exista el castigo a estas cuestiones, insisto en que lo primero que hay que dejar claro, es que la ética de un hombre libre nada tiene que ver con los castigos, ni con los premios repartidos por la autoridad, sea ésta humana o divina, que para el caso es lo mismo.
Sobre la observancia del primer mandamiento y su relación con la intolerancia, el rabino Isaac Sacca5 asegura que «hay que estar muy atentos a cómo está expresada la orden "no tendrás otros dioses delante de mí" ya que, interpretando la cuestión de mala manera, se corre el riesgo de que pueda ser utilizada para practicar la intolerancia y la imposición de ideas».
Según el judaísmo se trata de un asunto bilateral entre Dios y el ser humano, a quien no se le pide que intente convencer o hacerlo cumplir a otra persona, sino sólo que se ocupe de sí mismo.
Este comentario del rabino Sacca no impide que, tal como él lo define, el mandamiento pueda caer en malas manos que hagan un uso indebido del mismo y se transforme en una herramienta de exclusión. Ya hemos dicho que las leyes han sido inventadas y modificadas por los hombres, y está claro que una misma ley puede tener varias interpretaciones. Pero las visiones sobre Yahvé, Moisés y los diez mandamientos son innumerables y surgen desde todos los ángulos ideológicos. El historiador socialista Emilio Corbiére6 considera el Antiguo Testamento «como la parte más negativa. Allí se plantea una visión de dios terrible, casi malvado, perseguidor. Es realmente la visión de un dios despótico Yahvé-Jehová. Pero también es la historia de la liberación; el movimiento de liberación nacional de un pueblo. Es decir, se trata de una visión revolucionario-popular de un pueblo oprimido, en este caso por el Imperio romano. Por lo tanto, el Antiguo Testamento es la historia del crimen, de la traición, de las guerras, de las relaciones poco comunes entre madres e hijos y padres e hijas y, por otro lado, la lucha ejemplar de ese mito de Moisés, que no se sabe si era judío o un egipcio revolucionario».
ÍDOLOS E IDOLATRÍA
El tema de las imágenes y los ídolos en la religión ha marcado una de las grandes diferencias entre católicos y judíos. El texto del primer mandamiento que figura en el Antiguo Testamento dice: «Se prohibe realizar esculturas, imagen alguna ni de lo que hay arriba de los cielos, ni de lo que hay debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas, ni le darás culto».
Los católicos eliminaron esa precisión pero en ambas religiones, y aun con la diferencia de matices, hay una clara oposición a la idolatría.
Frente a la cuestión de las imágenes religiosas, la Biblia y la realidad histórica han demostrado ser contradictorias. Pese a la prohibición de hacer esculturas, el templo construido por Salomón en Jerusalén estuvo repleto de ellas. Junto al Arca de la Alianza se habían tallado en madera dos enormes querubines. También se podían observar bajo el depósito de agua de las purificaciones doce toros de metal.
«Los recipientes para las abluciones litúrgicas —dice el padre Ariel Álvarez Valdez— estaban revestidos con imágenes de leones, bueyes y querubines, todo con el consentimiento del propio Dios. Y por si esto fuera poco, una enorme serpiente de bronce, que había labrado Moisés en el desierto por orden de Yahvé para sanar a cuantos mordidos por ofidios la miraran, estuvo doscientos años expuesta en el Templo hasta que el rey Ezequías la eliminó. »
Con este ejemplo, se vuelve a ratificar que las leyes se modifican al igual que sus interpretaciones, más allá de sus orígenes humanos o divinos. No digo que hecha la ley hecha la trampa, pero el ámbito jurídico, como todo, es adaptable a cualquier situación.
Yo no sé si Dios habrá muerto, como dijo Nietzsche y han repetido tantos otros después de él. Pero es innegable que los ídolos gozan de una excelente salud. Vivimos en un mundo en el que, multiplicados por las comunicaciones y la imagen, su presencia es casi abrumadora. Tenemos ídolos en el fútbol, la pantalla, la canción, el dinero, el triunfo social o la belleza. Convivimos con idolillos portátiles y pequeños, algunos casi simpáticos y entrañables, como el E. T. de Spielberg, u otros que se nos hicieron próximos y amables. También los hay feroces, que exigen sacrificios de sangre. Ésos son los ídolos de la tribu. Los que convierten el propio grupo, la propia nación, la propia facción en un ídolo. Son aquellos que por desgracia suelen llevar a cabo sacrificios humanos.
Sin embargo, creo que hay ídolos benévolos, simpáticos, que nos ayudan a vivir, que nos traen alegría. La idolatría es algo inherente al hombre. El ser humano no lo puede evitar. Pero cuidado, tenemos que ser idólatras cautelosos, prudentes con lo que subimos a nuestros altares, porque a veces es difícil bajarlos sin que se derrame sangre.
MOISÉS Y EL PENSAMIENTO ÚNICO
Creo que, en alguna medida, Moisés era un hombre muy realista. Era consciente de que tanto su sociedad como las anteriores, y con acertada intuición las futuras, no eran nada del otro mundo y que por lo tanto estaban llenas de defectos, de abusos y de crímenes. Fue así como el líder israelí hizo lo que estaba a su alcance para mejorar la comunidad en la que le tocaba vivir. Y pienso que está claro que, como tantas otras personas antes y después de él, luchó para que las relaciones humanas políticamente establecidas fueran simplemente eso: más humanas, o sea, menos violentas y más justas. Pero, como debió de ser un tipo bastante realista, seguramente nunca esperó que todo a su alrededor fuera perfecto.
Hay dos frases a las que se suele recurrir: «No trates a los demás como no quieres que te traten a ti» o, en positivo, «haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti». George Bernard Shaw tenía un epigrama que sintetiza estas ideas: «No hagas a los demás lo que te guste que te hagan a ti, ellos pueden tener gustos diferentes». Aquí hay que tener cuidado, porque es en estos casos cuando se corre el riesgo de toparse con aquellos para quienes la única verdad es la suya o la de su dios.
Hoy está de moda hablar del «pensamiento único», que, según dicen algunos, imperaría después de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe del sistema comunista de Europa del Este. No creo que el problema de la intolerancia pase por ese denominado «pensamiento único», porque para mí no existe como tal. En el mundo hay grupos que apuestan por el Fondo Monetario Internacional, y otros grupos «antiglobalización» que se manifiestan contra este organismo. Vivimos en un planeta donde existe bastante discordia y oposición de opiniones, así que es injusto, y un poco absurdo, hablar de un pensamiento único, aunque no son pocos los que desarrollan sus teorías en base a esta falacia. Sí, es cierto que existe una tendencia al pensamiento simple. Hay diversas concepciones simplistas: simplismo neoliberal y simplismo anticapitalista. Ante una realidad tan compleja como la que vivimos se le oponen «pensamientos descafeinados». La cuestión es que nuestro mundo está cada vez más unificado y tendemos a buscar soluciones que involucren a toda la humanidad. Soluciones que creemos que deben ser simples. Y esto es falso. Por este camino no vamos a llegar a mejorar este mundo, ya que la situación por la que atravesamos es de una complejidad mayor a cualquier otra que hayamos conocido a través de los siglos.
Durante la historia del hombre sobre la tierra, infinidad de ejércitos se han enfrentado en nombre de dioses o de creencias. Se habla incluso de un Dios de los ejércitos; todos tienen sus capellanes castrenses, sus banderas y estandartes. En 5.500 años de historia, para no ir más lejos, se han producido 14.513 guerras que han costado 1.240 millones de vidas y nos han dejado un respiro de no más de 292 años de paz, aunque seguro que durante dicho tiempo también debieron de haber guerras menores en curso. En el momento en el que usted lea estas estadísticas ya se habrán convertido en anticuadas. Estas cifras tienen la particularidad de incrementarse minuto a minuto por obra y gracia de los propios hombres. De hecho, una gran parte de las guerras tuvieron su origen en desencuentros e intolerancias debidas a distintas creencias. Pero también está claro que, casi siempre, lo religioso fue una simple excusa para resolver diferencias territoriales o económicas. Como verán, nada ha cambiado.
Hoy en día podemos ver en nuestras casas, sentados cómodamente ante el televisor, a aquellos que mediante atentados tiran abajo edificios en nombre de una divinidad vengadora que persigue al Gran Satán Occidental. Y desde Estados Unidos se utiliza una frase arcaica: «Dios está con nosotros». Un lenguaje propio de la época de las Cruzadas. Nos encontramos en pleno auge de la justificación teológica de los enfrentamientos terrenos.
EVANGELIZACIÓN: CONVERSIÓN O MUERTE
Casi todas las religiones han tenido una vertiente proselitista y misionera que trató de extender sus enseñanzas como un pensamiento indiscutible. El cristianismo y el islam son las más expansivas. Pero para ser sinceros, se pueden encontrar elementos misioneros en muchas otras creencias.
La idea predominante a lo largo de la historia es que el hombre religioso tiene la obligación de llevar la buena nueva y tratar de imponerla. Y para lograr estos objetivos se ha recurrido tanto a mansos pastores como a promotores de la palabra de Dios, o a fieros soldados cuyo lema fue: «La religión con sangre entra». Por supuesto que ofrecer y utilizar la persuasión para dar a conocer la buena nueva no tiene nada de malo. La cosa cambia cuando el mandato pasa a ser: «Conviértete o muere».
En su Tratado de la tolerancia Voltaire decía que el lema de todos los fanáticos era: «Piensa como yo o muere». La historia nos ha mostrado innumerables ejemplos de cómo los misioneros, los evangelizadores y los proselitistas, al no poder persuadir por las buenas a los no creyentes, han impuesto este terrible dilema de la conversión o la muerte.
Es evidente que el proselitismo religioso está más acentuado en las religiones viajeras e itinerantes. El ejemplo claro es el cristianismo con sus variantes, y el islam. Los conquistadores españoles impusieron sus verdades a los conquistados, pasando por sangre y fuego a quienes no querían aceptarla.
Pero hay que aclarar que esta forma de imponer la religión por la fuerza no es una característica exclusiva de las religiones. Creo que esto se ha contagiado a otras formas de ideología. Hay doctrinas políticas, nacionalistas y raciales que practican los mismos métodos: «Debes pensar como nosotros o de lo contrario tu destino será la exclusión, la expulsión o la muerte, porque no podemos convivir con quien no comparte nuestras creencias».
El ejemplo de esta concepción se dio entre 1482 y 1492, con uno de los tres confesores de la reina Isabel la Católica: Torquemada, el Inquisidor. Su nombre aparece ligado a tres mil ejecuciones en la hoguera y un número varias veces superior de encarcelamientos, confiscaciones y torturas. Aquí estamos en presencia del misionero fanático, que va más allá de las obligaciones de su misión y se transforma en un ser absolutamente negativo para la sociedad.
En definitiva, Adolf Hitler, Joseph McCarthy, Francisco Franco, Josef Stalin, Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla —por mencionar sólo algunos exponentes— se consideraban misioneros que debían salvar al resto de los humanos obligando por la fuerza a adoptar sus convicciones a quienes no creían en ellas.
Pero esta tendencia misionera suele tener sus tropiezos. Un libro delicioso, La Biblia en España,1 que traza un cuadro absolutamente fresco del país de los siglos XVIII y XIX, cuenta las peripecias de George Borrow7, un evangelista inglés que recorrió la península vendiendo biblias protestantes. En un momento de su recorrido Borrow llegó a Andalucía y se encontró con un campesino que estaba arando la tierra. Se le acercó con su libro y le dijo: «Amigo, yo soy protestante, vengo aquí con la Biblia y quiero explicarle lo que pensamos». Pero el campesino lo interrumpió explicándole: «Mire usted, no se moleste, porque si yo no creo en la religión católica, que es la verdadera, cómo voy a creer en la protestante que es la falsa».
Hubo cientos de miles de Borrows recorriendo el planeta y muchos más soldados tratando de imponer sus verdades por la fuerza. Pero ahora estamos además en presencia de una nueva situación que Yahvé y Moisés nunca imaginaron: la expansión de los medios de comunicación, lo cual ha creado nuevos campos de batalla donde los evangelizadores no se dan tregua ni cuartel. En el medievo los predicadores llenaban las iglesias y catedrales y hablaban como mucho para dos o tres mil personas. Un representante que hablase en la Asamblea de Atenas rara vez lo hacía para más de quince o veinte mil asistentes. Las investigaciones más recientes indican que el propio Jesús en su momento de mayor convocatoria, durante el Sermón de la Montaña, logró reunir a sólo treinta mil personas, una multitud en aquellos años, pero que hoy significan menos de medio punto en las mediciones de audiencias televisivas. El desafío de los telepredicadores y de los papas viajeros consiste en ser capaces de dirigirse a millones de personas; enfrentándose también, como contrapartida, al hecho de que las idolatrías tienen el mismo beneficio de la hipercomunicación, y en este campo la competencia por la audiencia suele ser desfavorable para la divinidad, sea cual sea, frente a, por ejemplo, las patéticas peripecias de los concursantes de Gran Hermano.
La comunicación ha aumentado la proyección de las ideas, sean éstas malas, piadosas, intolerantes, fanáticas y hasta de ansias redentoras. Los medios han magnificado lo que antes era casi un movimiento de corazón a corazón, o de persona a persona. Hoy se trata de un eco universal. Es una situación que implica aspectos terribles y que quizá en algún momento pueda involucrar otros liberadores. El desafío consiste en evitar que la palabra caiga desde arriba sobre las personas y en posibilitar que los individuos se comuniquen cada vez más entre sí para que puedan cambiar opiniones entre ellos.
Nada malo puede pasarme que Dios no quiera, y todo lo que él quiere por muy malo que nos parezca es en realidad lo mejor.
Carta en la que TOMÁS MORO consuela a su hija antes de ser ejecutado
En este fragmento Tomás Moro presenta una actitud fatalista. Pero se trata de un fatalismo alegre, que se justifica a sí mismo.
A través de las épocas, los hombres han aprendido a aceptar el destino porque no hay forma de luchar contra él. Lo que aporta esta visión de Moro es la dimensión del destino como producto de una voluntad, que sabe lo que es mejor para nosotros aunque ello implique nuestra destrucción y eso haga que desaparezcan nuestros proyectos y deseos, por esa situación fatal que se nos impone. Nietzsche habló también del amor al destino, y del deseo, no sólo de aceptarlo, porque es irremediable, sino también de amarlo como lo que es más propio. Quizá la versión de Tomás Moro sea la variante religiosa de ese amor al destino.
Durante siglos se tomó como irremediable la transmisión de los conocimientos y convicciones religiosas de padres a hijos. Era lo natural. Pero hoy el planteamiento consiste en cómo enseñar las creencias personales a nuestros descendientes. Por una parte, si consideramos que algo es verdadero, bueno y útil, intentamos que nuestros hijos compartan ese saber. Educar es seleccionar de todo lo que conocemos aquello que nos parece más relevante e importante para transmitirlo. Por lo tanto, es lógico para la persona religiosa que sus creencias deban ser transferidas a sus hijos. Pero, por otra parte, se debe respetar la posibilidad de que el hijo escuche otras voces, otros puntos de vista y conocimientos. Entonces es cuando los padres debemos asumir que nuestros hijos podrían no tener las mismas ideas o creencias que nosotros, lo que para algunos suele ser muy duro. Pero no es obligatorio que la serie se prolongue de padres a hijos, como bien supo un proselitista fascista de la época de Mussolini. El personaje iba por los pueblos pregonando la buena nueva del fascismo. Encontró a un muchacho y le dijo que debía afiliarse al Partido porque era el futuro de Italia. Entonces el joven le contestó: «No, mira, mi padre era socialista, mi abuelo era socialista, tengo otros parientes comunistas. Yo no puedo hacerme fascista». El militante del «fascio» arremetió indignado: «¿Qué argumento es ese de que tu padre y de que tu abuelo? ¿Y si tu padre fuera un asesino; y si tu abuelo hubiera sido un asesino?». El muchacho lo interrumpió: «¡Ah!, entonces sí... entonces sí me haría del partido fascista».
sábado, 28 de agosto de 2010
LOS 10 MANDAMIENTOS EN EL SIGLO XXI
HOLA: Aquí les prsentó LOS DIEZ MANDAMIENTOS EN EL SIGLO XXI
Pensar en la vigencia de los diez mandamientos en pleno siglo XXI puede ser tornado como una antigüedad, o por lo menos corno una pérdida de tiempo. La relación que tengo con estas leyes se remonta a mi más tierna infancia. Eran los años en los que Dios y Franco estaban por todas partes. En nuestras clases de religión nos intentaban convencer, entre otras cosas, de respetar a pie juntillas los mandamientos y la palabra del Caudillo.
Pero los años hicieron su labor y a medida que crecí le fui dando menos importancia a las leyes de Dios, que hoy son un lejano recuerdo infantil, que llegan a mezclarse y me producen confusión. Hay veces en que no tengo claro si algunas decían: «No robarás a padre y madre» o «Fornicarás las fiestas». Si de algo me sirve volver a analizar estos temas es, por un lado, para recordar mi infancia, y por el otro, para poner las cosas en su lugar.
Tal vez quien más hizo por fijar la majestuosidad de Moisés y su encuentro con Dios fue Cecil B. de Mille en su memorable película Los diez mandamientos, cuando Charlton Heston se puso en la piel del guía de los judíos. Lo que sucedió desde su estreno en 1956 es que, para millones de personas que vieron los 220 minutos de la película, no hay otro Moisés que Charlton. Pero en materia cinematográfica prefiero otro Moisés, el de Mel Brooks en La loca historia del mundo. Uno no puede dejar de reír cuando el personaje baja del monte Sinaí con tres trozos de piedra labrados anunciando «Los quince mandamientos», que se transforman en diez cuando el bueno de Mel-Moisés tropieza y una de las tablas que contenía cinco de las leyes divinas se le cae de las manos para partirse en mil pedazos. Después de un segundo de confusión, Moisés no duda en anunciar la devaluada buena nueva: los diez mandamientos.
Lo cierto es que, más allá de la superficialidad con que en líneas generales tratamos el tema en estos días, los mandamientos forman parte de la humanidad desde hace siglos y, en mayor o menor medida, han acompañado con sus conceptos el desarrollo de más de la mitad de la civilización. Aunque sus exigencias estén contempladas bajo distintas formas en todas las culturas conocidas, estas leyes que recibió Moisés hace miles de años en mitad del desierto son un compendio de obligaciones y reglas que prometen castigos divinos de la peor especie para quien se aparte una letra de ellas. La verdad es que, en la actualidad, son tantas las imposiciones escritas, y las no escritas, que algunos de los mandamientos han perdido entidad. Nosotros, pobres mortales, hoy en día tememos, más que a la palabra del mismísimo Dios, a las obligaciones que surgen de muchas leyes ideadas por burócratas y funcionarios de turno, o a los dictados de una moda pasajera. Si los comparamos con los de las Tablas de la Ley, los actuales no son menos temibles: «No dejarás de pagar impuestos aunque aumenten y no sepas dónde va el dinero»; «No podrás quejarte de los servicios públicos, porque aunque lo hagas, todo seguirá igual»; «Deberás esforzarte y preocuparte para acertar cómo divertirte en los momentos de ocio». Y así podríamos seguir con innumerables principios que nos acosan y de los que siempre soñamos con desembarazarnos.
En esto, las cosas no han cambiado mucho a través de los siglos. Los judíos que escapaban de Egipto siempre estaban imaginando de qué manera podían esquivar las órdenes que emanaban de los mandamientos, algo que ponía furioso a Moisés, siempre celoso guardián de los deseos de su jefe directo y sus leyes.
Cuando los historiadores y los defensores ortodoxos de la fe analizan el tema, comienzan a surgir puntos polémicos y controvertidos. Para empezar, quienes han realizado el estudio comparado entre los hechos históricos objetivos y los textos del Antiguo Testamento dudan sobre si fue el propio Moisés quien reveló la legislación divina. Sospechan que fue confeccionada unos ciento cincuenta años después de su muerte, pero que se la atribuyeron a él. En tal caso la verdad histórica se vería superada por la tradición y por la justicia que significaba atribuirle un hecho trascendente a un hombre que, en definitiva, había sido el organizador de toda la vida legal del pueblo. Por lo tanto, la imagen de Moisés recibiendo de parte de Dios las Tablas es una síntesis que lo muestra como lo que fue: el gran legislador de su tiempo.
No faltan estudios serios que ponen en duda la existencia misma de Moisés y de hechos como el Éxodo de Egipto. Otros dicen que no existió un Jesús tal como nos llegó hasta nuestros días, sino que se trata de la suma de situaciones creadas por distintos hombres llamados igualmente Jesús —era el nombre más común en su época— que fueron fundidas en una sola historia para mejor comprensión del pueblo. Aunque parezca paradójico, la verdad histórica en este caso importa poco porque se trata de la transmisión de la supuesta verdad divina para la humanidad. Lo único importante es lo que construyeron los hombres para ordenar su sociedad con el respaldo de alguien que fuera indiscutible: Dios. En definitiva, fue el comienzo de una estrategia que, con relativo éxito, siempre han desarrollado quienes controlan ciertas cuotas de poder en una sociedad: evitar ser rebatidos, ya que hacerlo es ponerse en contra de Dios.
Tanto tiempo pasó, tanto se preocuparon los hombres en reinterpretar, modificar y acomodar las cosas a su gusto, que ni Dios se salvó. Y así es como llegamos a tener doce mandamientos en lugar de diez, producto de desdoblamientos y reinterpretaciones. Sin embargo, nosotros no nos moveremos de los diez. Los que desarrollaremos son:
I. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
II. No tomarás el nombre de Dios en vano.
III. Santificarás el día del Señor.
IV Honrarás a tu padre y a tu madre.
V. No matarás.
VI. No cometerás adulterio.
VIL No robarás.
VIII. No levantarás falsos testimonios ni mentirás.
IX. No desearás a la mujer del prójimo.
X. No codiciarás los bienes ajenos.
En materia de crecimiento y desarrollo personal, por llamarlo de alguna manera, pocos dioses pueden jactarse del éxito alcanzado por Yahvé. Comenzó de forma modesta venerado sólo por pastores nómadas, cuya única preocupación era encontrar pastos y agua que les permitieran mantener sus rebaños. El patriarca Abraham no tenía otras necesidades divinas, y por lo tanto aquel Dios, llamado el de los padres, no tenía muchas preocupaciones. Bastaba algún que otro sacrificio de un animalillo antes y después de iniciar el camino en busca de alimento para el ganado y todos estaban en paz y tranquilidad.
Todo duró hasta que Abraham y los suyos llegaron a la región de Canaán. Allí sus habitantes adoraban a un Dios al que llamaban Él. Era una divinidad que los asombró: El era el creador del cielo y de la tierra, autoría que nunca se le había ocurrido reclamar al Dios de los padres, ni al propio Abraham atribuírsela, ya que, a diferencia de los cananeos, que eran agrícolas, ellos no necesitaban nada de la tierra.
Allí, la mano del hombre moldeó una nueva divinidad. Cuando los antiguos judíos comenzaron, a transformarse en sedentarios, le incorporaron a su modesto Dios atributos que lo hicieron más cualificado. Seguía siendo la divinidad casi familiar que se ocupaba de las cosas de todos los días. Pero ahora también era aquel que estaba por encima de todo lo imaginable: era el creador y dominador de todo, de absolutamente todo lo que se conocía. Podemos ver que las cosas no han sido tan inmutables como algunos, cualquiera que sea su religión, nos han querido hacer creer. Yahvé, tal como lo comenzaron a llamar los judíos después de su huida de Egipto, no se contentó con ser una combinación entre el nómada de los albores y el majestuoso de los cananeos. No quería, ni él ni sus principales mentores —adoradores—, tener sólo un pasado y un presente. Entonces llegó el momento de inflexión en la historia: Moisés recibió las Tablas de la Ley. Los hebreos y su Dios empezaron a pensar un futuro juntos. Se trataba de un Dios que había ofrecido a un pueblo una alianza, un proyecto en común. En definitiva, que el uno sostuviera al otro. Todo basado en un acuerdo que los mortales deberían cumplir sin rechistar porque, de lo contrario, ese Dios celoso y terrible haría caer las peores desgracias sobre ellos. Comenzaba la, era de las leyes, del ordenamiento. A partir de ese momento había un blanco sobre negro acerca de qué se podía y qué no se debía hacer.
La libertad es autocontrol, y los dirigentes pusieron en conocimiento de sus seguidores cuál era el marco del funcionamiento social y cuáles serían las consecuencias para el que traspasara esas fronteras escritas por el mismo Yahvé. En pocas palabras, se estaba frente a lo que hoy podría parecer una libertad condicional, pero que para la época fue un gran avance, al tratar de ordenar a un enorme grupo de personas que, a partir de su enlace con la divinidad, tuvieron un objetivo común para el cual tendrían que disciplinarse.
Pasaron miles de años, surgieron nuevos dioses, religiones, costumbres, adelantos, etcétera, pero nadie duda de la presencia de los diez mandamientos en el inconsciente colectivo, más allá de su vigencia. Aquel comunicado que leyó Moisés al pie del Sinaí, como portavoz oficial de una zarza en llamas —así le gustaba presentarse a Yahvé—, hizo que me dedicara durante un año a encabezar un proyecto televisivo en el que se tratara de explicar cómo afectan a la gente de hoy los diez mandamientos. El libro que tiene el lector en sus manos es la versión editorial de todo ese trabajo que pudimos concretar gracias a Moisés y por supuesto a su jefe.
I
Amarás a Dios sobre todas las cosas
Diálogo del filósofo con el Señor
Nos mandaste amarte sobre todas las cosas. Me pregunto y te pregunto: ¿tanta necesidad tienes de que te amen? ¿No es un poco exagerado? ¿No delata una especie de zozobra, de inquietud extraña? Sí... sí... ya sé que eres un dios celoso, que no acepta ningún tipo de competencia. Pero quiero que entiendas que no eres muy original. Esto que te sucede le pasa prácticamente a todos los dioses. Estoy viendo que en ese aspecto sois todos bastante parecidos: excluyentes y posesivos. Siempre queréis todo el amor para vosotros. Se os ve un poco inseguros de vosotros mismos y necesitados de que los demás estemos siempre refrendando vuestra superioridad sobre el cosmos y el mundo. Mira... ni siquiera ése es nuestro problema. Nuestra verdadera dificultad son tus representantes, porque normalmente no te diriges a los hombres deforma directa. Aquellos que hablan en tu nombre son un verdadero dolor de cabeza. Siempre nos sugieren y ordenan lo que tenemos que hacer de acuerdo con su nivel de poder.
Aquí estamos frente al primer mandamiento, algo inmodificable según tus leyes: Amarás a Dios sobre todas las cosas, y no se hable más.
Pero vivimos en el siglo XXI, discutiendo tus leyes... no pongas mala cara si ahora, mal que te pese, te cuestionamos... son los tiempos que corren.
DE LOS DIOSES CONCRETOS AL ABSTRACTO
El primer mandamiento es el más religioso de todos, porque mientras que los demás se relacionan con cuestiones de comportamiento social y de grupo, éste plantea una exigencia que la divinidad le demanda al individuo.
Así, un profeta anónimo le hace decir a Yahvé: «Yo soy el primero y el último; fuera de mí no existe ningún dios»; «Antes de mí ningún dios había, y ninguno habrá después de mí»; «Yo soy Yahvé y fuera de mí ningún dios existe»; «Todos ellos son nada; nada pueden hacer, porque sólo son ídolos vacíos». Frente a estas formas de definirse no podemos negar que, por lo menos, se trata de alguien con una autoestima superlativa y, sin exagerar, digna de un dios.
Debo admitir que, como no soy creyente, me resultaría muy difícil amarle, y que, incluso aunque creyera, me costaría describir bien la relación que podría mantener con un ser infinito, inmortal, invulnerable y eterno. Personalmente entiendo el amor como el deseo casi desesperado de que alguien perdure, a pesar de sus deficiencias y de su vulnerabilidad. Por eso sólo puedo amar a seres mortales.
La inmortalidad me merece respeto, agobio, pero no me merece amor. Por otra parte, nunca he sabido muy bien qué se entiende por esa palabra misteriosa que otros manejan con tanta facilidad: Dios.
Hay un libro de Umberto Eco y el cardenal Cario Maria Martini en el que discuten sobre estas cuestiones. Su título es En qué creen los que no creen1. A quienes no creemos nos es muy fácil explicar en qué creemos. Lo que me resulta misterioso es saber en qué creen los que creen y, sinceramente, por más que los he escuchado nunca he entendido a qué se refieren.
Sin embargo, los no creyentes creemos en algo: en el valor de la vida, de la libertad y de la dignidad, y en que el goce de los hombres está en manos de éstos y de nadie más. Son los hombres quienes deben afrontar con lucidez y determinación su condición de soledad trágica, pues es esa inestabilidad la que da paso a la creación y a la libertad. Los emisarios y los administradores de Dios personifican en realidad lo más bajo de una conciencia crítica e ilustrada: el fanatismo o la hipocresía, la negación del cuerpo y la apología del poder jerárquico en su raíz misma.
Un dios abstracto, ¡qué gran novedad! Unos dos mil años antes de Cristo, los dioses siempre habían sido animales, o árboles, o ríos, o piedras, o mares. Habían tenido un cuerpo, habían sido dioses visibles. Precisamente las divinidades eran fenómenos que podían verse. Entonces apareció un ser abstracto, hecho de pura alma y se produjo una verdadera revolución.
Los romanos admitían que cada cual podía tener sus divinidades, porque ellos creían que los dioses de todos los pueblos eran tolerantes entre sí. Por esta razón, fue paradójico que acusaran de ateos a los primeros cristianos, aunque veremos que esta manera de razonar tenía su lógica. Los romanos veían que los cristianos rechazaban a todos los dioses existentes. Resultaba una actitud incomprensible y sectaria, ya que había una gran variedad. Se les ofrecían los de Oriente, los de Occidente, los de forma animal, los de forma vegetal. Pero no había nada que hacer: los cristianos los rechazaban a todos. No querían saber nada con el culto al Emperador, ni con los encarnados en las glorias de cada una de las ciudades. Por tal motivo, los seguidores de ese dios, que no se veía en ninguna parte, que era la nada, fueron tachados de ateos por los paganos de Roma.
Los cristianos traían consigo el legado judío. La idea del monoteísmo, de un dios único, excluyente, infinito, abstracto e invisible, era lo normal para ellos, pero resultó de verdad sorprendente y revolucionario para el resto.
Pero esa concepción religiosa ¿fue un retroceso o un avance en el desarrollo espiritual de la humanidad? En cierto sentido la podríamos calificar de positiva porque significó un paso hacia una mayor universalidad, hacia una mayor abstracción conceptual, El dios se convirtió en un concepto, en una idea. Dejó de ser cosa, ídolo. Los dioses anteriores estaban siempre ligados a realidades concretas: la naturaleza, la ciudad, la vida. Entonces surgió un dios que no conocía la naturaleza porque estaba por encima de ella y además era su dueño. Ignoraba las ciudades porque vivía en todas y en ninguna, pero además en el desierto y también en una zarza ardiente. ¿Ese dios supuso un progreso respecto a los otros, o más bien fue una especie de recaída hacia algo más primitivo y atávico? Porque, si bien significó una ganancia en universalidad, amplitud y espiritualidad, también fue una pérdida en lo que se refiere a la relación de los hombres con lo natural, con el mundo, con lo que podemos celebrar de la vida concreta y material.
Por ejemplo, para el escritor y filósofo Marcos Aguinis2 «el monoteísmo ha sido un avance prodigioso de la humanidad hacia niveles de abstracción que no existían hasta ese momento. Fue pasar del pensamiento concreto al abstracto, con un ser que no podía ser representado y además era único. Pero, por ser único, contenía algo muy peligroso: era un dios celoso que no aceptaba competencias. De manera que el monoteísmo significó dos cosas contrapuestas: una muy positiva que era un progreso espiritual y otra muy negativa que fue el progreso de la intolerancia».
El monoteísmo también obsesionó a Sigmund Freud al final de su vida. En 1938 el padre del psicoanálisis huía de los nazis que avanzaban sobre Europa continental, y encontró refugio en Inglaterra. Allí terminó de dar forma a su teoría según la cual Moisés no fue judío sino egipcio. Para Freud se trataba de un hombre que perteneció a una familia noble, y que difundió entre los israelitas —casi 1. 400 años antes de Cristo— las creencias de Akenatón, el faraón creador del primer culto monoteísta conocido: el de Atón, el Dios Sol. Esta idea fue desterrada por la rebelión que encabezaron en su contra los sacerdotes responsables del antiguo politeísmo, y que tenía como principal figura al Dios Anión. Por lo tanto, según esta teoría, Yahvé no sería más que el nuevo nombre que tomó Atón para transformarse en el dios judío.
Aunque el dato pueda sentar mal a quienes consideran que las cosas son inamovibles desde un principio, lo cierto es que los israelitas no siempre fueron monoteístas. El teólogo Ariel Álvarez Valdez3 es contundente cuando asegura que los israelitas eran en realidad monólatras, es decir, creían que existían muchos dioses, aunque ellos adoraban sólo a uno.
Pero todo cambió después de uno de los hechos más traumáticos por los que pasó el pueblo judío: la invasión de los babilonios a las órdenes del legendario Nabucodonosor, quien, en 437 a. C, y no contento con derrotarlos y tomar Jerusalén, llevó a todos sus habitantes como esclavos a Babilonia. Los judíos quedaron deslumbrados por la magnificencia y el lujo de la capital de sus vencedores. Se preguntaron cómo podía ser que ellos, que se consideraban tan bien cuidados por Yahvé, nunca hubieran conocido semejante nivel de vida.
Pero en lugar de renegar de su dios, los cautivos llegaron a una conclusión que les sirvió para sentirse bien con ellos mismos: el dios de los Babilonios no existía, como tampoco existía ningún otro. Yahvé era el creador de todo, incluso de la belleza y el poder de Babilonia. De esta manera convirtieron la tristeza del forzado exilio en el orgullo de adorar al único dios vivo y verdadero.
Otra prueba de que los judíos no eran monoteístas antes de su cautividad en Babilonia es que la traducción literal de la fórmula del primer mandamiento es «No tendrás otros dioses frente a mí», lo que implicaba la aceptación de otros dioses aunque sólo se venerase a Yahvé.
Para el estudioso de los diez mandamientos, Luis de Sebastián,4 «el primer mandamiento es el mandamiento del amor. Primero, negativamente, porque no hay que amarse a uno mismo sobre todas las cosas, y segundo, positivamente, porque hay que amar a los demás, a todos con quienes tenemos que ver de cualquier manera que sea, todo dentro de un orden de proximidades y responsabilidades que empieza en casa: con uno mismo, con su persona, su familia, sus vecinos, amigos, compañeros, y que se extiende, si es verdadero amor, con alas de águila a todos los rincones donde la vida nos lleve».
Según De Sebastián, el primer mandamiento «simboliza el pacto de la conveniencia, del mutuo beneficio, en el que se basa la democracia. Así todos sacan provecho de lo que se hace en la polis, a cambio del respeto a las leyes».
Sin embargo, la realidad es que la gente define las cosas de acuerdo al lugar donde se encuentra. El amor por algo o por alguien puede tener una contrapartida siempre alejada de la indiferencia: desamor u odio hacia quien no piensa igual o no corresponde a esos sentimientos.
Entonces, el amor a lo infinito, a lo inabarcable ¿es incluyente o excluyente? ¿Se ama también a los que no veneran a ningún dios? Hay una expresión medieval que habla del odium teologicum, del odio que se tienen los teólogos entre sí. Poseídos por el infinito, en ocasiones, en vez de incluir a todos los demás en su amor, los excluyen. Ésta es una de las paradojas del amor monoteísta, del amor a un dios único.
Amo a todas las religiones, pero estoy enamorada de la mía.
MADRE TERESA DE CALCUTA
¿Es posible que quien ama a un dios único, infinito, absoluto, ame o simplemente acepte otras religiones y a otros dioses? ¿También es susceptible de amor aquel que no cree en ninguna religión o divinidad?
En un hermoso cuento Jorge Luis Borges narra la historia de Aureliano y Juan de Panomia, dos teólogos que durante toda su existencia se persiguen y se censuran el uno al otro hasta que, cuando mueren, Dios les revela que para él ambos son una sola persona, un solo ser. En cierta medida, la lección última sería que esos teólogos que rivalizan, esas religiones que se excluyen y se persiguen, vistos desde una altura lo suficientemente elevada, no sean más que la misma cosa. Una misma verdad o un mismo error.
LA TOLERANCIA: ESA DEBILIDAD DE LAS RELIGIONES
Es sabido que las religiones han sido fuente de animadversión, de persecución, de intolerancias, de guerras y de crímenes. A lo largo de los siglos los llamados representantes de los dioses sobre la tierra, es decir los hombres, han encontrado motivo de discordia echándose culpa unos a otros sobre reales o supuestas ofensas a sus respectivos dioses.
También podemos decir que las religiones fueron causa de una serie de gestos generosos y valientes. Pero ¿por qué las religiones han sido incompatibles unas con otras? Todos los hombres de religión predican palabras hermosas de aceptación a los demás, pero pocas veces sus actos tienen que ver con su prédica. El ejemplo del catolicismo es evidente: las religiones se hacen tolerantes cuando se debilitan, cuando pierden poder terrenal. Mientras controlan los hilos de la política y la economía y tienen un brazo secular para poder hacer cumplir sus preceptos, rara vez dan muestras de tolerancia. Este sentimiento aparece cuando los que controlan la práctica de una creencia tienen que ser aceptados, no cuando tienen que aceptar. Éste es un fenómeno que ocurre en casi todas las religiones.
Uno de los ejemplos más claros fueron las Cruzadas. A fines del siglo xi, Venecia, Génova y Pisa querían recuperar el control del comercio con Oriente. El problema eran los turcos, quienes controlaban los pasos marítimos y terrestres hacia los lugares santos y, en especial, hacia los centros de comercio más importantes. Allí se conjugaron intereses mercantiles con los políticos del papa Urbano II, cuyo objetivo era controlar a toda la cristiandad mediante la dominación de la ciudad de Constantinopla, que se había separado de su autoridad en el año 1054. Urbano también estaba obsesionado con los emperadores germanos, quienes se movían con gran autarquía en materia religiosa. Así, como tapadera de este cúmulo de intereses, el Papa golpeó en el corazón de la cristiandad europea y, con la magnífica excusa de recuperar los lugares sagrados de Oriente y proteger a los cristianos de esas zonas, promovió la Primera Cruzada. Hacia allí partieron miles de hombres para matarse con otros tantos miles de hombres al grito de «Deus lo volt» («Dios lo quiere»).
Hoy las religiones van perdiendo su poder terrenal —o al menos eso espero—, y no me cabe duda de que el mundo se beneficiará ante esta situación, ya que se alejarán los elementos de tensión que se desprenden de ese excluirse unas a otras utilizando la fuerza o la persecución. De todas formas estamos hablando de Iglesias más que de religiones. Dios nunca habla en forma directa con los humanos, o por lo menos no lo hace con la mayoría. Siempre hay alguien que se interpone. Nunca tenemos a Dios delante, sino a sacerdotes, obispos, muecines, rabinos, etcétera. Es decir, otras personas tan comunes como los demás, pero que hablan en su nombre. Cuando uno analiza las guerras de religión, se pregunta si Dios no habrá sido la coartada para justificar los odios que los hombres se tenían entre ellos, para impulsar los deseos de conquista y depredación.
LA APLICACIÓN DE LA LIBERTAD DEL INDIVIDUO O CÓMO ENTENDER LOS MANDAMIENTOS
A medida que avanzamos en el análisis, nos queda claro que los mandamientos son imposiciones antiguas, pasadas de moda, y algunas hasta fuera de toda lógica, pero que, al igual que las leyes actuales, son fruto de convenciones sociales. Más allá del tiempo en que se dieron a conocer, en que fueron respetadas y hasta temidas, lo cierto es que no formaron parte inamovible de la realidad, como ocurre por ejemplo con la ley de la gravedad. Tampoco brotan de la voluntad de un dios misterioso. Las leyes han sido inventadas por los hombres, responden a designios humanos antiguos, algunos de los cuales nos cuesta entender hoy, y pueden ser modificadas o abolidas por un nuevo acuerdo entre humanos. Sin ir más lejos, los mandamientos originales fueron modificados por los católicos, aunque esto no quiere decir que las convenciones sean simples caprichos o algo sin sustancia.
Cuando se vive en una sociedad multicultural, hay que asumir que se acepta el derecho a tener religión, y creencias, y esto comporta el hecho de tener que soportar alfilerazos de la realidad. Por ejemplo, a esas personas que dicen «ha herido usted mis convicciones», yo les diría: «Lo siento... amigo, usted no puede convertir sus convicciones en una especie de prolongación de su cuerpo».
Pero además esto va de la mano de una liviandad que se percibe en todos lados y que se define con la máxima de «todas las opiniones son respetables». Esto es una tontería. Quienes son respetables son las personas, no las creencias. Las opiniones no son todas respetables. Si así hubiese sido, la humanidad no habría podido avanzar un solo paso. No se pueden respetar las ideas totalitarias, xenófobas, racistas, excluyentes, que violen los elementales derechos humanos. No podemos utilizar el ataque, la crítica, incluso la sátira contra una idea, para provocar algo que humille u ofenda a los demás. Ahora, si se trata de ideas, hay que saber pararse frente a aquellas que son peligrosas.
¿Qué respeto merecen las ideas tras las que se parapetan los terroristas de distintos signos? ¿Cómo dejar de repudiar el asesinato, las bombas a mansalva que reivindican los nacionalismos excluyentes? ¿Gomo aceptar que bajo la excusa de la identidad cultural se practique la mutilación del clítoris a millones de niñas?
Los defensores de esos métodos son tan peligrosos como los sacerdotes que repudian a las demás religiones, a sus seguidores y a aquellos que no creen en ningún dios en particular. No se puede respetar a los irrespetuosos.
Esto tiene que ver también con algo que dijo John Stuart Mili: «La única libertad que merece ese nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a los demás del suyo o le impidamos esforzarse por conseguirlo. Cada uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La humanidad sale ganando más consintiendo que cada cual viva a su manera antes que obligándose a vivir a la manera de los demás».
El primer mandamiento, como los otros nueve, lleva implícita la amenaza del castigo en caso de que no se cumpla. Yahvé había prometido proteger al pueblo judío, el elegido, pero con la condición de cumplir al pie de la letra el Libro de la Ley. La palabra de Dios daba lugar a pocas interpretaciones: «Mira, hoy he puesto ante ti la vida y la felicidad, pero también la muerte y la desgracia. Si escuchas los mandamientos de Yahvé, tu Dios... entonces vivirás y tendrás muchos hijos y el Señor, tu Dios, te bendecirá... pero si no haces caso a todo eso... te advierto que morirás sin remedio».
Cuando leo esto y pienso que hay gente que cree lógico que exista el castigo a estas cuestiones, insisto en que lo primero que hay que dejar claro, es que la ética de un hombre libre nada tiene que ver con los castigos, ni con los premios repartidos por la autoridad, sea ésta humana o divina, que para el caso es lo mismo.
Sobre la observancia del primer mandamiento y su relación con la intolerancia, el rabino Isaac Sacca5 asegura que «hay que estar muy atentos a cómo está expresada la orden "no tendrás otros dioses delante de mí" ya que, interpretando la cuestión de mala manera, se corre el riesgo de que pueda ser utilizada para practicar la intolerancia y la imposición de ideas».
Según el judaísmo se trata de un asunto bilateral entre Dios y el ser humano, a quien no se le pide que intente convencer o hacerlo cumplir a otra persona, sino sólo que se ocupe de sí mismo.
Este comentario del rabino Sacca no impide que, tal como él lo define, el mandamiento pueda caer en malas manos que hagan un uso indebido del mismo y se transforme en una herramienta de exclusión. Ya hemos dicho que las leyes han sido inventadas y modificadas por los hombres, y está claro que una misma ley puede tener varias interpretaciones. Pero las visiones sobre Yahvé, Moisés y los diez mandamientos son innumerables y surgen desde todos los ángulos ideológicos. El historiador socialista Emilio Corbiére6 considera el Antiguo Testamento «como la parte más negativa. Allí se plantea una visión de dios terrible, casi malvado, perseguidor. Es realmente la visión de un dios despótico Yahvé-Jehová. Pero también es la historia de la liberación; el movimiento de liberación nacional de un pueblo. Es decir, se trata de una visión revolucionario-popular de un pueblo oprimido, en este caso por el Imperio romano. Por lo tanto, el Antiguo Testamento es la historia del crimen, de la traición, de las guerras, de las relaciones poco comunes entre madres e hijos y padres e hijas y, por otro lado, la lucha ejemplar de ese mito de Moisés, que no se sabe si era judío o un egipcio revolucionario».
ÍDOLOS E IDOLATRÍA
El tema de las imágenes y los ídolos en la religión ha marcado una de las grandes diferencias entre católicos y judíos. El texto del primer mandamiento que figura en el Antiguo Testamento dice: «Se prohibe realizar esculturas, imagen alguna ni de lo que hay arriba de los cielos, ni de lo que hay debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas, ni le darás culto».
Los católicos eliminaron esa precisión pero en ambas religiones, y aun con la diferencia de matices, hay una clara oposición a la idolatría.
Frente a la cuestión de las imágenes religiosas, la Biblia y la realidad histórica han demostrado ser contradictorias. Pese a la prohibición de hacer esculturas, el templo construido por Salomón en Jerusalén estuvo repleto de ellas. Junto al Arca de la Alianza se habían tallado en madera dos enormes querubines. También se podían observar bajo el depósito de agua de las purificaciones doce toros de metal.
«Los recipientes para las abluciones litúrgicas —dice el padre Ariel Álvarez Valdez— estaban revestidos con imágenes de leones, bueyes y querubines, todo con el consentimiento del propio Dios. Y por si esto fuera poco, una enorme serpiente de bronce, que había labrado Moisés en el desierto por orden de Yahvé para sanar a cuantos mordidos por ofidios la miraran, estuvo doscientos años expuesta en el Templo hasta que el rey Ezequías la eliminó. »
Con este ejemplo, se vuelve a ratificar que las leyes se modifican al igual que sus interpretaciones, más allá de sus orígenes humanos o divinos. No digo que hecha la ley hecha la trampa, pero el ámbito jurídico, como todo, es adaptable a cualquier situación.
Yo no sé si Dios habrá muerto, como dijo Nietzsche y han repetido tantos otros después de él. Pero es innegable que los ídolos gozan de una excelente salud. Vivimos en un mundo en el que, multiplicados por las comunicaciones y la imagen, su presencia es casi abrumadora. Tenemos ídolos en el fútbol, la pantalla, la canción, el dinero, el triunfo social o la belleza. Convivimos con idolillos portátiles y pequeños, algunos casi simpáticos y entrañables, como el E. T. de Spielberg, u otros que se nos hicieron próximos y amables. También los hay feroces, que exigen sacrificios de sangre. Ésos son los ídolos de la tribu. Los que convierten el propio grupo, la propia nación, la propia facción en un ídolo. Son aquellos que por desgracia suelen llevar a cabo sacrificios humanos.
Sin embargo, creo que hay ídolos benévolos, simpáticos, que nos ayudan a vivir, que nos traen alegría. La idolatría es algo inherente al hombre. El ser humano no lo puede evitar. Pero cuidado, tenemos que ser idólatras cautelosos, prudentes con lo que subimos a nuestros altares, porque a veces es difícil bajarlos sin que se derrame sangre.
MOISÉS Y EL PENSAMIENTO ÚNICO
Creo que, en alguna medida, Moisés era un hombre muy realista. Era consciente de que tanto su sociedad como las anteriores, y con acertada intuición las futuras, no eran nada del otro mundo y que por lo tanto estaban llenas de defectos, de abusos y de crímenes. Fue así como el líder israelí hizo lo que estaba a su alcance para mejorar la comunidad en la que le tocaba vivir. Y pienso que está claro que, como tantas otras personas antes y después de él, luchó para que las relaciones humanas políticamente establecidas fueran simplemente eso: más humanas, o sea, menos violentas y más justas. Pero, como debió de ser un tipo bastante realista, seguramente nunca esperó que todo a su alrededor fuera perfecto.
Hay dos frases a las que se suele recurrir: «No trates a los demás como no quieres que te traten a ti» o, en positivo, «haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti». George Bernard Shaw tenía un epigrama que sintetiza estas ideas: «No hagas a los demás lo que te guste que te hagan a ti, ellos pueden tener gustos diferentes». Aquí hay que tener cuidado, porque es en estos casos cuando se corre el riesgo de toparse con aquellos para quienes la única verdad es la suya o la de su dios.
Hoy está de moda hablar del «pensamiento único», que, según dicen algunos, imperaría después de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe del sistema comunista de Europa del Este. No creo que el problema de la intolerancia pase por ese denominado «pensamiento único», porque para mí no existe como tal. En el mundo hay grupos que apuestan por el Fondo Monetario Internacional, y otros grupos «antiglobalización» que se manifiestan contra este organismo. Vivimos en un planeta donde existe bastante discordia y oposición de opiniones, así que es injusto, y un poco absurdo, hablar de un pensamiento único, aunque no son pocos los que desarrollan sus teorías en base a esta falacia. Sí, es cierto que existe una tendencia al pensamiento simple. Hay diversas concepciones simplistas: simplismo neoliberal y simplismo anticapitalista. Ante una realidad tan compleja como la que vivimos se le oponen «pensamientos descafeinados». La cuestión es que nuestro mundo está cada vez más unificado y tendemos a buscar soluciones que involucren a toda la humanidad. Soluciones que creemos que deben ser simples. Y esto es falso. Por este camino no vamos a llegar a mejorar este mundo, ya que la situación por la que atravesamos es de una complejidad mayor a cualquier otra que hayamos conocido a través de los siglos.
Durante la historia del hombre sobre la tierra, infinidad de ejércitos se han enfrentado en nombre de dioses o de creencias. Se habla incluso de un Dios de los ejércitos; todos tienen sus capellanes castrenses, sus banderas y estandartes. En 5.500 años de historia, para no ir más lejos, se han producido 14.513 guerras que han costado 1.240 millones de vidas y nos han dejado un respiro de no más de 292 años de paz, aunque seguro que durante dicho tiempo también debieron de haber guerras menores en curso. En el momento en el que usted lea estas estadísticas ya se habrán convertido en anticuadas. Estas cifras tienen la particularidad de incrementarse minuto a minuto por obra y gracia de los propios hombres. De hecho, una gran parte de las guerras tuvieron su origen en desencuentros e intolerancias debidas a distintas creencias. Pero también está claro que, casi siempre, lo religioso fue una simple excusa para resolver diferencias territoriales o económicas. Como verán, nada ha cambiado.
Hoy en día podemos ver en nuestras casas, sentados cómodamente ante el televisor, a aquellos que mediante atentados tiran abajo edificios en nombre de una divinidad vengadora que persigue al Gran Satán Occidental. Y desde Estados Unidos se utiliza una frase arcaica: «Dios está con nosotros». Un lenguaje propio de la época de las Cruzadas. Nos encontramos en pleno auge de la justificación teológica de los enfrentamientos terrenos.
EVANGELIZACIÓN: CONVERSIÓN O MUERTE
Casi todas las religiones han tenido una vertiente proselitista y misionera que trató de extender sus enseñanzas como un pensamiento indiscutible. El cristianismo y el islam son las más expansivas. Pero para ser sinceros, se pueden encontrar elementos misioneros en muchas otras creencias.
La idea predominante a lo largo de la historia es que el hombre religioso tiene la obligación de llevar la buena nueva y tratar de imponerla. Y para lograr estos objetivos se ha recurrido tanto a mansos pastores como a promotores de la palabra de Dios, o a fieros soldados cuyo lema fue: «La religión con sangre entra». Por supuesto que ofrecer y utilizar la persuasión para dar a conocer la buena nueva no tiene nada de malo. La cosa cambia cuando el mandato pasa a ser: «Conviértete o muere».
En su Tratado de la tolerancia Voltaire decía que el lema de todos los fanáticos era: «Piensa como yo o muere». La historia nos ha mostrado innumerables ejemplos de cómo los misioneros, los evangelizadores y los proselitistas, al no poder persuadir por las buenas a los no creyentes, han impuesto este terrible dilema de la conversión o la muerte.
Es evidente que el proselitismo religioso está más acentuado en las religiones viajeras e itinerantes. El ejemplo claro es el cristianismo con sus variantes, y el islam. Los conquistadores españoles impusieron sus verdades a los conquistados, pasando por sangre y fuego a quienes no querían aceptarla.
Pero hay que aclarar que esta forma de imponer la religión por la fuerza no es una característica exclusiva de las religiones. Creo que esto se ha contagiado a otras formas de ideología. Hay doctrinas políticas, nacionalistas y raciales que practican los mismos métodos: «Debes pensar como nosotros o de lo contrario tu destino será la exclusión, la expulsión o la muerte, porque no podemos convivir con quien no comparte nuestras creencias».
El ejemplo de esta concepción se dio entre 1482 y 1492, con uno de los tres confesores de la reina Isabel la Católica: Torquemada, el Inquisidor. Su nombre aparece ligado a tres mil ejecuciones en la hoguera y un número varias veces superior de encarcelamientos, confiscaciones y torturas. Aquí estamos en presencia del misionero fanático, que va más allá de las obligaciones de su misión y se transforma en un ser absolutamente negativo para la sociedad.
En definitiva, Adolf Hitler, Joseph McCarthy, Francisco Franco, Josef Stalin, Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla —por mencionar sólo algunos exponentes— se consideraban misioneros que debían salvar al resto de los humanos obligando por la fuerza a adoptar sus convicciones a quienes no creían en ellas.
Pero esta tendencia misionera suele tener sus tropiezos. Un libro delicioso, La Biblia en España,1 que traza un cuadro absolutamente fresco del país de los siglos XVIII y XIX, cuenta las peripecias de George Borrow7, un evangelista inglés que recorrió la península vendiendo biblias protestantes. En un momento de su recorrido Borrow llegó a Andalucía y se encontró con un campesino que estaba arando la tierra. Se le acercó con su libro y le dijo: «Amigo, yo soy protestante, vengo aquí con la Biblia y quiero explicarle lo que pensamos». Pero el campesino lo interrumpió explicándole: «Mire usted, no se moleste, porque si yo no creo en la religión católica, que es la verdadera, cómo voy a creer en la protestante que es la falsa».
Hubo cientos de miles de Borrows recorriendo el planeta y muchos más soldados tratando de imponer sus verdades por la fuerza. Pero ahora estamos además en presencia de una nueva situación que Yahvé y Moisés nunca imaginaron: la expansión de los medios de comunicación, lo cual ha creado nuevos campos de batalla donde los evangelizadores no se dan tregua ni cuartel. En el medievo los predicadores llenaban las iglesias y catedrales y hablaban como mucho para dos o tres mil personas. Un representante que hablase en la Asamblea de Atenas rara vez lo hacía para más de quince o veinte mil asistentes. Las investigaciones más recientes indican que el propio Jesús en su momento de mayor convocatoria, durante el Sermón de la Montaña, logró reunir a sólo treinta mil personas, una multitud en aquellos años, pero que hoy significan menos de medio punto en las mediciones de audiencias televisivas. El desafío de los telepredicadores y de los papas viajeros consiste en ser capaces de dirigirse a millones de personas; enfrentándose también, como contrapartida, al hecho de que las idolatrías tienen el mismo beneficio de la hipercomunicación, y en este campo la competencia por la audiencia suele ser desfavorable para la divinidad, sea cual sea, frente a, por ejemplo, las patéticas peripecias de los concursantes de Gran Hermano.
La comunicación ha aumentado la proyección de las ideas, sean éstas malas, piadosas, intolerantes, fanáticas y hasta de ansias redentoras. Los medios han magnificado lo que antes era casi un movimiento de corazón a corazón, o de persona a persona. Hoy se trata de un eco universal. Es una situación que implica aspectos terribles y que quizá en algún momento pueda involucrar otros liberadores. El desafío consiste en evitar que la palabra caiga desde arriba sobre las personas y en posibilitar que los individuos se comuniquen cada vez más entre sí para que puedan cambiar opiniones entre ellos.
Nada malo puede pasarme que Dios no quiera, y todo lo que él quiere por muy malo que nos parezca es en realidad lo mejor.
Carta en la que TOMÁS MORO consuela a su hija antes de ser ejecutado
En este fragmento Tomás Moro presenta una actitud fatalista. Pero se trata de un fatalismo alegre, que se justifica a sí mismo.
A través de las épocas, los hombres han aprendido a aceptar el destino porque no hay forma de luchar contra él. Lo que aporta esta visión de Moro es la dimensión del destino como producto de una voluntad, que sabe lo que es mejor para nosotros aunque ello implique nuestra destrucción y eso haga que desaparezcan nuestros proyectos y deseos, por esa situación fatal que se nos impone. Nietzsche habló también del amor al destino, y del deseo, no sólo de aceptarlo, porque es irremediable, sino también de amarlo como lo que es más propio. Quizá la versión de Tomás Moro sea la variante religiosa de ese amor al destino.
Durante siglos se tomó como irremediable la transmisión de los conocimientos y convicciones religiosas de padres a hijos. Era lo natural. Pero hoy el planteamiento consiste en cómo enseñar las creencias personales a nuestros descendientes. Por una parte, si consideramos que algo es verdadero, bueno y útil, intentamos que nuestros hijos compartan ese saber. Educar es seleccionar de todo lo que conocemos aquello que nos parece más relevante e importante para transmitirlo. Por lo tanto, es lógico para la persona religiosa que sus creencias deban ser transferidas a sus hijos. Pero, por otra parte, se debe respetar la posibilidad de que el hijo escuche otras voces, otros puntos de vista y conocimientos. Entonces es cuando los padres debemos asumir que nuestros hijos podrían no tener las mismas ideas o creencias que nosotros, lo que para algunos suele ser muy duro. Pero no es obligatorio que la serie se prolongue de padres a hijos, como bien supo un proselitista fascista de la época de Mussolini. El personaje iba por los pueblos pregonando la buena nueva del fascismo. Encontró a un muchacho y le dijo que debía afiliarse al Partido porque era el futuro de Italia. Entonces el joven le contestó: «No, mira, mi padre era socialista, mi abuelo era socialista, tengo otros parientes comunistas. Yo no puedo hacerme fascista». El militante del «fascio» arremetió indignado: «¿Qué argumento es ese de que tu padre y de que tu abuelo? ¿Y si tu padre fuera un asesino; y si tu abuelo hubiera sido un asesino?». El muchacho lo interrumpió: «¡Ah!, entonces sí... entonces sí me haría del partido fascista».
Pensar en la vigencia de los diez mandamientos en pleno siglo XXI puede ser tornado como una antigüedad, o por lo menos corno una pérdida de tiempo. La relación que tengo con estas leyes se remonta a mi más tierna infancia. Eran los años en los que Dios y Franco estaban por todas partes. En nuestras clases de religión nos intentaban convencer, entre otras cosas, de respetar a pie juntillas los mandamientos y la palabra del Caudillo.
Pero los años hicieron su labor y a medida que crecí le fui dando menos importancia a las leyes de Dios, que hoy son un lejano recuerdo infantil, que llegan a mezclarse y me producen confusión. Hay veces en que no tengo claro si algunas decían: «No robarás a padre y madre» o «Fornicarás las fiestas». Si de algo me sirve volver a analizar estos temas es, por un lado, para recordar mi infancia, y por el otro, para poner las cosas en su lugar.
Tal vez quien más hizo por fijar la majestuosidad de Moisés y su encuentro con Dios fue Cecil B. de Mille en su memorable película Los diez mandamientos, cuando Charlton Heston se puso en la piel del guía de los judíos. Lo que sucedió desde su estreno en 1956 es que, para millones de personas que vieron los 220 minutos de la película, no hay otro Moisés que Charlton. Pero en materia cinematográfica prefiero otro Moisés, el de Mel Brooks en La loca historia del mundo. Uno no puede dejar de reír cuando el personaje baja del monte Sinaí con tres trozos de piedra labrados anunciando «Los quince mandamientos», que se transforman en diez cuando el bueno de Mel-Moisés tropieza y una de las tablas que contenía cinco de las leyes divinas se le cae de las manos para partirse en mil pedazos. Después de un segundo de confusión, Moisés no duda en anunciar la devaluada buena nueva: los diez mandamientos.
Lo cierto es que, más allá de la superficialidad con que en líneas generales tratamos el tema en estos días, los mandamientos forman parte de la humanidad desde hace siglos y, en mayor o menor medida, han acompañado con sus conceptos el desarrollo de más de la mitad de la civilización. Aunque sus exigencias estén contempladas bajo distintas formas en todas las culturas conocidas, estas leyes que recibió Moisés hace miles de años en mitad del desierto son un compendio de obligaciones y reglas que prometen castigos divinos de la peor especie para quien se aparte una letra de ellas. La verdad es que, en la actualidad, son tantas las imposiciones escritas, y las no escritas, que algunos de los mandamientos han perdido entidad. Nosotros, pobres mortales, hoy en día tememos, más que a la palabra del mismísimo Dios, a las obligaciones que surgen de muchas leyes ideadas por burócratas y funcionarios de turno, o a los dictados de una moda pasajera. Si los comparamos con los de las Tablas de la Ley, los actuales no son menos temibles: «No dejarás de pagar impuestos aunque aumenten y no sepas dónde va el dinero»; «No podrás quejarte de los servicios públicos, porque aunque lo hagas, todo seguirá igual»; «Deberás esforzarte y preocuparte para acertar cómo divertirte en los momentos de ocio». Y así podríamos seguir con innumerables principios que nos acosan y de los que siempre soñamos con desembarazarnos.
En esto, las cosas no han cambiado mucho a través de los siglos. Los judíos que escapaban de Egipto siempre estaban imaginando de qué manera podían esquivar las órdenes que emanaban de los mandamientos, algo que ponía furioso a Moisés, siempre celoso guardián de los deseos de su jefe directo y sus leyes.
Cuando los historiadores y los defensores ortodoxos de la fe analizan el tema, comienzan a surgir puntos polémicos y controvertidos. Para empezar, quienes han realizado el estudio comparado entre los hechos históricos objetivos y los textos del Antiguo Testamento dudan sobre si fue el propio Moisés quien reveló la legislación divina. Sospechan que fue confeccionada unos ciento cincuenta años después de su muerte, pero que se la atribuyeron a él. En tal caso la verdad histórica se vería superada por la tradición y por la justicia que significaba atribuirle un hecho trascendente a un hombre que, en definitiva, había sido el organizador de toda la vida legal del pueblo. Por lo tanto, la imagen de Moisés recibiendo de parte de Dios las Tablas es una síntesis que lo muestra como lo que fue: el gran legislador de su tiempo.
No faltan estudios serios que ponen en duda la existencia misma de Moisés y de hechos como el Éxodo de Egipto. Otros dicen que no existió un Jesús tal como nos llegó hasta nuestros días, sino que se trata de la suma de situaciones creadas por distintos hombres llamados igualmente Jesús —era el nombre más común en su época— que fueron fundidas en una sola historia para mejor comprensión del pueblo. Aunque parezca paradójico, la verdad histórica en este caso importa poco porque se trata de la transmisión de la supuesta verdad divina para la humanidad. Lo único importante es lo que construyeron los hombres para ordenar su sociedad con el respaldo de alguien que fuera indiscutible: Dios. En definitiva, fue el comienzo de una estrategia que, con relativo éxito, siempre han desarrollado quienes controlan ciertas cuotas de poder en una sociedad: evitar ser rebatidos, ya que hacerlo es ponerse en contra de Dios.
Tanto tiempo pasó, tanto se preocuparon los hombres en reinterpretar, modificar y acomodar las cosas a su gusto, que ni Dios se salvó. Y así es como llegamos a tener doce mandamientos en lugar de diez, producto de desdoblamientos y reinterpretaciones. Sin embargo, nosotros no nos moveremos de los diez. Los que desarrollaremos son:
I. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
II. No tomarás el nombre de Dios en vano.
III. Santificarás el día del Señor.
IV Honrarás a tu padre y a tu madre.
V. No matarás.
VI. No cometerás adulterio.
VIL No robarás.
VIII. No levantarás falsos testimonios ni mentirás.
IX. No desearás a la mujer del prójimo.
X. No codiciarás los bienes ajenos.
En materia de crecimiento y desarrollo personal, por llamarlo de alguna manera, pocos dioses pueden jactarse del éxito alcanzado por Yahvé. Comenzó de forma modesta venerado sólo por pastores nómadas, cuya única preocupación era encontrar pastos y agua que les permitieran mantener sus rebaños. El patriarca Abraham no tenía otras necesidades divinas, y por lo tanto aquel Dios, llamado el de los padres, no tenía muchas preocupaciones. Bastaba algún que otro sacrificio de un animalillo antes y después de iniciar el camino en busca de alimento para el ganado y todos estaban en paz y tranquilidad.
Todo duró hasta que Abraham y los suyos llegaron a la región de Canaán. Allí sus habitantes adoraban a un Dios al que llamaban Él. Era una divinidad que los asombró: El era el creador del cielo y de la tierra, autoría que nunca se le había ocurrido reclamar al Dios de los padres, ni al propio Abraham atribuírsela, ya que, a diferencia de los cananeos, que eran agrícolas, ellos no necesitaban nada de la tierra.
Allí, la mano del hombre moldeó una nueva divinidad. Cuando los antiguos judíos comenzaron, a transformarse en sedentarios, le incorporaron a su modesto Dios atributos que lo hicieron más cualificado. Seguía siendo la divinidad casi familiar que se ocupaba de las cosas de todos los días. Pero ahora también era aquel que estaba por encima de todo lo imaginable: era el creador y dominador de todo, de absolutamente todo lo que se conocía. Podemos ver que las cosas no han sido tan inmutables como algunos, cualquiera que sea su religión, nos han querido hacer creer. Yahvé, tal como lo comenzaron a llamar los judíos después de su huida de Egipto, no se contentó con ser una combinación entre el nómada de los albores y el majestuoso de los cananeos. No quería, ni él ni sus principales mentores —adoradores—, tener sólo un pasado y un presente. Entonces llegó el momento de inflexión en la historia: Moisés recibió las Tablas de la Ley. Los hebreos y su Dios empezaron a pensar un futuro juntos. Se trataba de un Dios que había ofrecido a un pueblo una alianza, un proyecto en común. En definitiva, que el uno sostuviera al otro. Todo basado en un acuerdo que los mortales deberían cumplir sin rechistar porque, de lo contrario, ese Dios celoso y terrible haría caer las peores desgracias sobre ellos. Comenzaba la, era de las leyes, del ordenamiento. A partir de ese momento había un blanco sobre negro acerca de qué se podía y qué no se debía hacer.
La libertad es autocontrol, y los dirigentes pusieron en conocimiento de sus seguidores cuál era el marco del funcionamiento social y cuáles serían las consecuencias para el que traspasara esas fronteras escritas por el mismo Yahvé. En pocas palabras, se estaba frente a lo que hoy podría parecer una libertad condicional, pero que para la época fue un gran avance, al tratar de ordenar a un enorme grupo de personas que, a partir de su enlace con la divinidad, tuvieron un objetivo común para el cual tendrían que disciplinarse.
Pasaron miles de años, surgieron nuevos dioses, religiones, costumbres, adelantos, etcétera, pero nadie duda de la presencia de los diez mandamientos en el inconsciente colectivo, más allá de su vigencia. Aquel comunicado que leyó Moisés al pie del Sinaí, como portavoz oficial de una zarza en llamas —así le gustaba presentarse a Yahvé—, hizo que me dedicara durante un año a encabezar un proyecto televisivo en el que se tratara de explicar cómo afectan a la gente de hoy los diez mandamientos. El libro que tiene el lector en sus manos es la versión editorial de todo ese trabajo que pudimos concretar gracias a Moisés y por supuesto a su jefe.
I
Amarás a Dios sobre todas las cosas
Diálogo del filósofo con el Señor
Nos mandaste amarte sobre todas las cosas. Me pregunto y te pregunto: ¿tanta necesidad tienes de que te amen? ¿No es un poco exagerado? ¿No delata una especie de zozobra, de inquietud extraña? Sí... sí... ya sé que eres un dios celoso, que no acepta ningún tipo de competencia. Pero quiero que entiendas que no eres muy original. Esto que te sucede le pasa prácticamente a todos los dioses. Estoy viendo que en ese aspecto sois todos bastante parecidos: excluyentes y posesivos. Siempre queréis todo el amor para vosotros. Se os ve un poco inseguros de vosotros mismos y necesitados de que los demás estemos siempre refrendando vuestra superioridad sobre el cosmos y el mundo. Mira... ni siquiera ése es nuestro problema. Nuestra verdadera dificultad son tus representantes, porque normalmente no te diriges a los hombres deforma directa. Aquellos que hablan en tu nombre son un verdadero dolor de cabeza. Siempre nos sugieren y ordenan lo que tenemos que hacer de acuerdo con su nivel de poder.
Aquí estamos frente al primer mandamiento, algo inmodificable según tus leyes: Amarás a Dios sobre todas las cosas, y no se hable más.
Pero vivimos en el siglo XXI, discutiendo tus leyes... no pongas mala cara si ahora, mal que te pese, te cuestionamos... son los tiempos que corren.
DE LOS DIOSES CONCRETOS AL ABSTRACTO
El primer mandamiento es el más religioso de todos, porque mientras que los demás se relacionan con cuestiones de comportamiento social y de grupo, éste plantea una exigencia que la divinidad le demanda al individuo.
Así, un profeta anónimo le hace decir a Yahvé: «Yo soy el primero y el último; fuera de mí no existe ningún dios»; «Antes de mí ningún dios había, y ninguno habrá después de mí»; «Yo soy Yahvé y fuera de mí ningún dios existe»; «Todos ellos son nada; nada pueden hacer, porque sólo son ídolos vacíos». Frente a estas formas de definirse no podemos negar que, por lo menos, se trata de alguien con una autoestima superlativa y, sin exagerar, digna de un dios.
Debo admitir que, como no soy creyente, me resultaría muy difícil amarle, y que, incluso aunque creyera, me costaría describir bien la relación que podría mantener con un ser infinito, inmortal, invulnerable y eterno. Personalmente entiendo el amor como el deseo casi desesperado de que alguien perdure, a pesar de sus deficiencias y de su vulnerabilidad. Por eso sólo puedo amar a seres mortales.
La inmortalidad me merece respeto, agobio, pero no me merece amor. Por otra parte, nunca he sabido muy bien qué se entiende por esa palabra misteriosa que otros manejan con tanta facilidad: Dios.
Hay un libro de Umberto Eco y el cardenal Cario Maria Martini en el que discuten sobre estas cuestiones. Su título es En qué creen los que no creen1. A quienes no creemos nos es muy fácil explicar en qué creemos. Lo que me resulta misterioso es saber en qué creen los que creen y, sinceramente, por más que los he escuchado nunca he entendido a qué se refieren.
Sin embargo, los no creyentes creemos en algo: en el valor de la vida, de la libertad y de la dignidad, y en que el goce de los hombres está en manos de éstos y de nadie más. Son los hombres quienes deben afrontar con lucidez y determinación su condición de soledad trágica, pues es esa inestabilidad la que da paso a la creación y a la libertad. Los emisarios y los administradores de Dios personifican en realidad lo más bajo de una conciencia crítica e ilustrada: el fanatismo o la hipocresía, la negación del cuerpo y la apología del poder jerárquico en su raíz misma.
Un dios abstracto, ¡qué gran novedad! Unos dos mil años antes de Cristo, los dioses siempre habían sido animales, o árboles, o ríos, o piedras, o mares. Habían tenido un cuerpo, habían sido dioses visibles. Precisamente las divinidades eran fenómenos que podían verse. Entonces apareció un ser abstracto, hecho de pura alma y se produjo una verdadera revolución.
Los romanos admitían que cada cual podía tener sus divinidades, porque ellos creían que los dioses de todos los pueblos eran tolerantes entre sí. Por esta razón, fue paradójico que acusaran de ateos a los primeros cristianos, aunque veremos que esta manera de razonar tenía su lógica. Los romanos veían que los cristianos rechazaban a todos los dioses existentes. Resultaba una actitud incomprensible y sectaria, ya que había una gran variedad. Se les ofrecían los de Oriente, los de Occidente, los de forma animal, los de forma vegetal. Pero no había nada que hacer: los cristianos los rechazaban a todos. No querían saber nada con el culto al Emperador, ni con los encarnados en las glorias de cada una de las ciudades. Por tal motivo, los seguidores de ese dios, que no se veía en ninguna parte, que era la nada, fueron tachados de ateos por los paganos de Roma.
Los cristianos traían consigo el legado judío. La idea del monoteísmo, de un dios único, excluyente, infinito, abstracto e invisible, era lo normal para ellos, pero resultó de verdad sorprendente y revolucionario para el resto.
Pero esa concepción religiosa ¿fue un retroceso o un avance en el desarrollo espiritual de la humanidad? En cierto sentido la podríamos calificar de positiva porque significó un paso hacia una mayor universalidad, hacia una mayor abstracción conceptual, El dios se convirtió en un concepto, en una idea. Dejó de ser cosa, ídolo. Los dioses anteriores estaban siempre ligados a realidades concretas: la naturaleza, la ciudad, la vida. Entonces surgió un dios que no conocía la naturaleza porque estaba por encima de ella y además era su dueño. Ignoraba las ciudades porque vivía en todas y en ninguna, pero además en el desierto y también en una zarza ardiente. ¿Ese dios supuso un progreso respecto a los otros, o más bien fue una especie de recaída hacia algo más primitivo y atávico? Porque, si bien significó una ganancia en universalidad, amplitud y espiritualidad, también fue una pérdida en lo que se refiere a la relación de los hombres con lo natural, con el mundo, con lo que podemos celebrar de la vida concreta y material.
Por ejemplo, para el escritor y filósofo Marcos Aguinis2 «el monoteísmo ha sido un avance prodigioso de la humanidad hacia niveles de abstracción que no existían hasta ese momento. Fue pasar del pensamiento concreto al abstracto, con un ser que no podía ser representado y además era único. Pero, por ser único, contenía algo muy peligroso: era un dios celoso que no aceptaba competencias. De manera que el monoteísmo significó dos cosas contrapuestas: una muy positiva que era un progreso espiritual y otra muy negativa que fue el progreso de la intolerancia».
El monoteísmo también obsesionó a Sigmund Freud al final de su vida. En 1938 el padre del psicoanálisis huía de los nazis que avanzaban sobre Europa continental, y encontró refugio en Inglaterra. Allí terminó de dar forma a su teoría según la cual Moisés no fue judío sino egipcio. Para Freud se trataba de un hombre que perteneció a una familia noble, y que difundió entre los israelitas —casi 1. 400 años antes de Cristo— las creencias de Akenatón, el faraón creador del primer culto monoteísta conocido: el de Atón, el Dios Sol. Esta idea fue desterrada por la rebelión que encabezaron en su contra los sacerdotes responsables del antiguo politeísmo, y que tenía como principal figura al Dios Anión. Por lo tanto, según esta teoría, Yahvé no sería más que el nuevo nombre que tomó Atón para transformarse en el dios judío.
Aunque el dato pueda sentar mal a quienes consideran que las cosas son inamovibles desde un principio, lo cierto es que los israelitas no siempre fueron monoteístas. El teólogo Ariel Álvarez Valdez3 es contundente cuando asegura que los israelitas eran en realidad monólatras, es decir, creían que existían muchos dioses, aunque ellos adoraban sólo a uno.
Pero todo cambió después de uno de los hechos más traumáticos por los que pasó el pueblo judío: la invasión de los babilonios a las órdenes del legendario Nabucodonosor, quien, en 437 a. C, y no contento con derrotarlos y tomar Jerusalén, llevó a todos sus habitantes como esclavos a Babilonia. Los judíos quedaron deslumbrados por la magnificencia y el lujo de la capital de sus vencedores. Se preguntaron cómo podía ser que ellos, que se consideraban tan bien cuidados por Yahvé, nunca hubieran conocido semejante nivel de vida.
Pero en lugar de renegar de su dios, los cautivos llegaron a una conclusión que les sirvió para sentirse bien con ellos mismos: el dios de los Babilonios no existía, como tampoco existía ningún otro. Yahvé era el creador de todo, incluso de la belleza y el poder de Babilonia. De esta manera convirtieron la tristeza del forzado exilio en el orgullo de adorar al único dios vivo y verdadero.
Otra prueba de que los judíos no eran monoteístas antes de su cautividad en Babilonia es que la traducción literal de la fórmula del primer mandamiento es «No tendrás otros dioses frente a mí», lo que implicaba la aceptación de otros dioses aunque sólo se venerase a Yahvé.
Para el estudioso de los diez mandamientos, Luis de Sebastián,4 «el primer mandamiento es el mandamiento del amor. Primero, negativamente, porque no hay que amarse a uno mismo sobre todas las cosas, y segundo, positivamente, porque hay que amar a los demás, a todos con quienes tenemos que ver de cualquier manera que sea, todo dentro de un orden de proximidades y responsabilidades que empieza en casa: con uno mismo, con su persona, su familia, sus vecinos, amigos, compañeros, y que se extiende, si es verdadero amor, con alas de águila a todos los rincones donde la vida nos lleve».
Según De Sebastián, el primer mandamiento «simboliza el pacto de la conveniencia, del mutuo beneficio, en el que se basa la democracia. Así todos sacan provecho de lo que se hace en la polis, a cambio del respeto a las leyes».
Sin embargo, la realidad es que la gente define las cosas de acuerdo al lugar donde se encuentra. El amor por algo o por alguien puede tener una contrapartida siempre alejada de la indiferencia: desamor u odio hacia quien no piensa igual o no corresponde a esos sentimientos.
Entonces, el amor a lo infinito, a lo inabarcable ¿es incluyente o excluyente? ¿Se ama también a los que no veneran a ningún dios? Hay una expresión medieval que habla del odium teologicum, del odio que se tienen los teólogos entre sí. Poseídos por el infinito, en ocasiones, en vez de incluir a todos los demás en su amor, los excluyen. Ésta es una de las paradojas del amor monoteísta, del amor a un dios único.
Amo a todas las religiones, pero estoy enamorada de la mía.
MADRE TERESA DE CALCUTA
¿Es posible que quien ama a un dios único, infinito, absoluto, ame o simplemente acepte otras religiones y a otros dioses? ¿También es susceptible de amor aquel que no cree en ninguna religión o divinidad?
En un hermoso cuento Jorge Luis Borges narra la historia de Aureliano y Juan de Panomia, dos teólogos que durante toda su existencia se persiguen y se censuran el uno al otro hasta que, cuando mueren, Dios les revela que para él ambos son una sola persona, un solo ser. En cierta medida, la lección última sería que esos teólogos que rivalizan, esas religiones que se excluyen y se persiguen, vistos desde una altura lo suficientemente elevada, no sean más que la misma cosa. Una misma verdad o un mismo error.
LA TOLERANCIA: ESA DEBILIDAD DE LAS RELIGIONES
Es sabido que las religiones han sido fuente de animadversión, de persecución, de intolerancias, de guerras y de crímenes. A lo largo de los siglos los llamados representantes de los dioses sobre la tierra, es decir los hombres, han encontrado motivo de discordia echándose culpa unos a otros sobre reales o supuestas ofensas a sus respectivos dioses.
También podemos decir que las religiones fueron causa de una serie de gestos generosos y valientes. Pero ¿por qué las religiones han sido incompatibles unas con otras? Todos los hombres de religión predican palabras hermosas de aceptación a los demás, pero pocas veces sus actos tienen que ver con su prédica. El ejemplo del catolicismo es evidente: las religiones se hacen tolerantes cuando se debilitan, cuando pierden poder terrenal. Mientras controlan los hilos de la política y la economía y tienen un brazo secular para poder hacer cumplir sus preceptos, rara vez dan muestras de tolerancia. Este sentimiento aparece cuando los que controlan la práctica de una creencia tienen que ser aceptados, no cuando tienen que aceptar. Éste es un fenómeno que ocurre en casi todas las religiones.
Uno de los ejemplos más claros fueron las Cruzadas. A fines del siglo xi, Venecia, Génova y Pisa querían recuperar el control del comercio con Oriente. El problema eran los turcos, quienes controlaban los pasos marítimos y terrestres hacia los lugares santos y, en especial, hacia los centros de comercio más importantes. Allí se conjugaron intereses mercantiles con los políticos del papa Urbano II, cuyo objetivo era controlar a toda la cristiandad mediante la dominación de la ciudad de Constantinopla, que se había separado de su autoridad en el año 1054. Urbano también estaba obsesionado con los emperadores germanos, quienes se movían con gran autarquía en materia religiosa. Así, como tapadera de este cúmulo de intereses, el Papa golpeó en el corazón de la cristiandad europea y, con la magnífica excusa de recuperar los lugares sagrados de Oriente y proteger a los cristianos de esas zonas, promovió la Primera Cruzada. Hacia allí partieron miles de hombres para matarse con otros tantos miles de hombres al grito de «Deus lo volt» («Dios lo quiere»).
Hoy las religiones van perdiendo su poder terrenal —o al menos eso espero—, y no me cabe duda de que el mundo se beneficiará ante esta situación, ya que se alejarán los elementos de tensión que se desprenden de ese excluirse unas a otras utilizando la fuerza o la persecución. De todas formas estamos hablando de Iglesias más que de religiones. Dios nunca habla en forma directa con los humanos, o por lo menos no lo hace con la mayoría. Siempre hay alguien que se interpone. Nunca tenemos a Dios delante, sino a sacerdotes, obispos, muecines, rabinos, etcétera. Es decir, otras personas tan comunes como los demás, pero que hablan en su nombre. Cuando uno analiza las guerras de religión, se pregunta si Dios no habrá sido la coartada para justificar los odios que los hombres se tenían entre ellos, para impulsar los deseos de conquista y depredación.
LA APLICACIÓN DE LA LIBERTAD DEL INDIVIDUO O CÓMO ENTENDER LOS MANDAMIENTOS
A medida que avanzamos en el análisis, nos queda claro que los mandamientos son imposiciones antiguas, pasadas de moda, y algunas hasta fuera de toda lógica, pero que, al igual que las leyes actuales, son fruto de convenciones sociales. Más allá del tiempo en que se dieron a conocer, en que fueron respetadas y hasta temidas, lo cierto es que no formaron parte inamovible de la realidad, como ocurre por ejemplo con la ley de la gravedad. Tampoco brotan de la voluntad de un dios misterioso. Las leyes han sido inventadas por los hombres, responden a designios humanos antiguos, algunos de los cuales nos cuesta entender hoy, y pueden ser modificadas o abolidas por un nuevo acuerdo entre humanos. Sin ir más lejos, los mandamientos originales fueron modificados por los católicos, aunque esto no quiere decir que las convenciones sean simples caprichos o algo sin sustancia.
Cuando se vive en una sociedad multicultural, hay que asumir que se acepta el derecho a tener religión, y creencias, y esto comporta el hecho de tener que soportar alfilerazos de la realidad. Por ejemplo, a esas personas que dicen «ha herido usted mis convicciones», yo les diría: «Lo siento... amigo, usted no puede convertir sus convicciones en una especie de prolongación de su cuerpo».
Pero además esto va de la mano de una liviandad que se percibe en todos lados y que se define con la máxima de «todas las opiniones son respetables». Esto es una tontería. Quienes son respetables son las personas, no las creencias. Las opiniones no son todas respetables. Si así hubiese sido, la humanidad no habría podido avanzar un solo paso. No se pueden respetar las ideas totalitarias, xenófobas, racistas, excluyentes, que violen los elementales derechos humanos. No podemos utilizar el ataque, la crítica, incluso la sátira contra una idea, para provocar algo que humille u ofenda a los demás. Ahora, si se trata de ideas, hay que saber pararse frente a aquellas que son peligrosas.
¿Qué respeto merecen las ideas tras las que se parapetan los terroristas de distintos signos? ¿Cómo dejar de repudiar el asesinato, las bombas a mansalva que reivindican los nacionalismos excluyentes? ¿Gomo aceptar que bajo la excusa de la identidad cultural se practique la mutilación del clítoris a millones de niñas?
Los defensores de esos métodos son tan peligrosos como los sacerdotes que repudian a las demás religiones, a sus seguidores y a aquellos que no creen en ningún dios en particular. No se puede respetar a los irrespetuosos.
Esto tiene que ver también con algo que dijo John Stuart Mili: «La única libertad que merece ese nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a los demás del suyo o le impidamos esforzarse por conseguirlo. Cada uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La humanidad sale ganando más consintiendo que cada cual viva a su manera antes que obligándose a vivir a la manera de los demás».
El primer mandamiento, como los otros nueve, lleva implícita la amenaza del castigo en caso de que no se cumpla. Yahvé había prometido proteger al pueblo judío, el elegido, pero con la condición de cumplir al pie de la letra el Libro de la Ley. La palabra de Dios daba lugar a pocas interpretaciones: «Mira, hoy he puesto ante ti la vida y la felicidad, pero también la muerte y la desgracia. Si escuchas los mandamientos de Yahvé, tu Dios... entonces vivirás y tendrás muchos hijos y el Señor, tu Dios, te bendecirá... pero si no haces caso a todo eso... te advierto que morirás sin remedio».
Cuando leo esto y pienso que hay gente que cree lógico que exista el castigo a estas cuestiones, insisto en que lo primero que hay que dejar claro, es que la ética de un hombre libre nada tiene que ver con los castigos, ni con los premios repartidos por la autoridad, sea ésta humana o divina, que para el caso es lo mismo.
Sobre la observancia del primer mandamiento y su relación con la intolerancia, el rabino Isaac Sacca5 asegura que «hay que estar muy atentos a cómo está expresada la orden "no tendrás otros dioses delante de mí" ya que, interpretando la cuestión de mala manera, se corre el riesgo de que pueda ser utilizada para practicar la intolerancia y la imposición de ideas».
Según el judaísmo se trata de un asunto bilateral entre Dios y el ser humano, a quien no se le pide que intente convencer o hacerlo cumplir a otra persona, sino sólo que se ocupe de sí mismo.
Este comentario del rabino Sacca no impide que, tal como él lo define, el mandamiento pueda caer en malas manos que hagan un uso indebido del mismo y se transforme en una herramienta de exclusión. Ya hemos dicho que las leyes han sido inventadas y modificadas por los hombres, y está claro que una misma ley puede tener varias interpretaciones. Pero las visiones sobre Yahvé, Moisés y los diez mandamientos son innumerables y surgen desde todos los ángulos ideológicos. El historiador socialista Emilio Corbiére6 considera el Antiguo Testamento «como la parte más negativa. Allí se plantea una visión de dios terrible, casi malvado, perseguidor. Es realmente la visión de un dios despótico Yahvé-Jehová. Pero también es la historia de la liberación; el movimiento de liberación nacional de un pueblo. Es decir, se trata de una visión revolucionario-popular de un pueblo oprimido, en este caso por el Imperio romano. Por lo tanto, el Antiguo Testamento es la historia del crimen, de la traición, de las guerras, de las relaciones poco comunes entre madres e hijos y padres e hijas y, por otro lado, la lucha ejemplar de ese mito de Moisés, que no se sabe si era judío o un egipcio revolucionario».
ÍDOLOS E IDOLATRÍA
El tema de las imágenes y los ídolos en la religión ha marcado una de las grandes diferencias entre católicos y judíos. El texto del primer mandamiento que figura en el Antiguo Testamento dice: «Se prohibe realizar esculturas, imagen alguna ni de lo que hay arriba de los cielos, ni de lo que hay debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas, ni le darás culto».
Los católicos eliminaron esa precisión pero en ambas religiones, y aun con la diferencia de matices, hay una clara oposición a la idolatría.
Frente a la cuestión de las imágenes religiosas, la Biblia y la realidad histórica han demostrado ser contradictorias. Pese a la prohibición de hacer esculturas, el templo construido por Salomón en Jerusalén estuvo repleto de ellas. Junto al Arca de la Alianza se habían tallado en madera dos enormes querubines. También se podían observar bajo el depósito de agua de las purificaciones doce toros de metal.
«Los recipientes para las abluciones litúrgicas —dice el padre Ariel Álvarez Valdez— estaban revestidos con imágenes de leones, bueyes y querubines, todo con el consentimiento del propio Dios. Y por si esto fuera poco, una enorme serpiente de bronce, que había labrado Moisés en el desierto por orden de Yahvé para sanar a cuantos mordidos por ofidios la miraran, estuvo doscientos años expuesta en el Templo hasta que el rey Ezequías la eliminó. »
Con este ejemplo, se vuelve a ratificar que las leyes se modifican al igual que sus interpretaciones, más allá de sus orígenes humanos o divinos. No digo que hecha la ley hecha la trampa, pero el ámbito jurídico, como todo, es adaptable a cualquier situación.
Yo no sé si Dios habrá muerto, como dijo Nietzsche y han repetido tantos otros después de él. Pero es innegable que los ídolos gozan de una excelente salud. Vivimos en un mundo en el que, multiplicados por las comunicaciones y la imagen, su presencia es casi abrumadora. Tenemos ídolos en el fútbol, la pantalla, la canción, el dinero, el triunfo social o la belleza. Convivimos con idolillos portátiles y pequeños, algunos casi simpáticos y entrañables, como el E. T. de Spielberg, u otros que se nos hicieron próximos y amables. También los hay feroces, que exigen sacrificios de sangre. Ésos son los ídolos de la tribu. Los que convierten el propio grupo, la propia nación, la propia facción en un ídolo. Son aquellos que por desgracia suelen llevar a cabo sacrificios humanos.
Sin embargo, creo que hay ídolos benévolos, simpáticos, que nos ayudan a vivir, que nos traen alegría. La idolatría es algo inherente al hombre. El ser humano no lo puede evitar. Pero cuidado, tenemos que ser idólatras cautelosos, prudentes con lo que subimos a nuestros altares, porque a veces es difícil bajarlos sin que se derrame sangre.
MOISÉS Y EL PENSAMIENTO ÚNICO
Creo que, en alguna medida, Moisés era un hombre muy realista. Era consciente de que tanto su sociedad como las anteriores, y con acertada intuición las futuras, no eran nada del otro mundo y que por lo tanto estaban llenas de defectos, de abusos y de crímenes. Fue así como el líder israelí hizo lo que estaba a su alcance para mejorar la comunidad en la que le tocaba vivir. Y pienso que está claro que, como tantas otras personas antes y después de él, luchó para que las relaciones humanas políticamente establecidas fueran simplemente eso: más humanas, o sea, menos violentas y más justas. Pero, como debió de ser un tipo bastante realista, seguramente nunca esperó que todo a su alrededor fuera perfecto.
Hay dos frases a las que se suele recurrir: «No trates a los demás como no quieres que te traten a ti» o, en positivo, «haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti». George Bernard Shaw tenía un epigrama que sintetiza estas ideas: «No hagas a los demás lo que te guste que te hagan a ti, ellos pueden tener gustos diferentes». Aquí hay que tener cuidado, porque es en estos casos cuando se corre el riesgo de toparse con aquellos para quienes la única verdad es la suya o la de su dios.
Hoy está de moda hablar del «pensamiento único», que, según dicen algunos, imperaría después de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe del sistema comunista de Europa del Este. No creo que el problema de la intolerancia pase por ese denominado «pensamiento único», porque para mí no existe como tal. En el mundo hay grupos que apuestan por el Fondo Monetario Internacional, y otros grupos «antiglobalización» que se manifiestan contra este organismo. Vivimos en un planeta donde existe bastante discordia y oposición de opiniones, así que es injusto, y un poco absurdo, hablar de un pensamiento único, aunque no son pocos los que desarrollan sus teorías en base a esta falacia. Sí, es cierto que existe una tendencia al pensamiento simple. Hay diversas concepciones simplistas: simplismo neoliberal y simplismo anticapitalista. Ante una realidad tan compleja como la que vivimos se le oponen «pensamientos descafeinados». La cuestión es que nuestro mundo está cada vez más unificado y tendemos a buscar soluciones que involucren a toda la humanidad. Soluciones que creemos que deben ser simples. Y esto es falso. Por este camino no vamos a llegar a mejorar este mundo, ya que la situación por la que atravesamos es de una complejidad mayor a cualquier otra que hayamos conocido a través de los siglos.
Durante la historia del hombre sobre la tierra, infinidad de ejércitos se han enfrentado en nombre de dioses o de creencias. Se habla incluso de un Dios de los ejércitos; todos tienen sus capellanes castrenses, sus banderas y estandartes. En 5.500 años de historia, para no ir más lejos, se han producido 14.513 guerras que han costado 1.240 millones de vidas y nos han dejado un respiro de no más de 292 años de paz, aunque seguro que durante dicho tiempo también debieron de haber guerras menores en curso. En el momento en el que usted lea estas estadísticas ya se habrán convertido en anticuadas. Estas cifras tienen la particularidad de incrementarse minuto a minuto por obra y gracia de los propios hombres. De hecho, una gran parte de las guerras tuvieron su origen en desencuentros e intolerancias debidas a distintas creencias. Pero también está claro que, casi siempre, lo religioso fue una simple excusa para resolver diferencias territoriales o económicas. Como verán, nada ha cambiado.
Hoy en día podemos ver en nuestras casas, sentados cómodamente ante el televisor, a aquellos que mediante atentados tiran abajo edificios en nombre de una divinidad vengadora que persigue al Gran Satán Occidental. Y desde Estados Unidos se utiliza una frase arcaica: «Dios está con nosotros». Un lenguaje propio de la época de las Cruzadas. Nos encontramos en pleno auge de la justificación teológica de los enfrentamientos terrenos.
EVANGELIZACIÓN: CONVERSIÓN O MUERTE
Casi todas las religiones han tenido una vertiente proselitista y misionera que trató de extender sus enseñanzas como un pensamiento indiscutible. El cristianismo y el islam son las más expansivas. Pero para ser sinceros, se pueden encontrar elementos misioneros en muchas otras creencias.
La idea predominante a lo largo de la historia es que el hombre religioso tiene la obligación de llevar la buena nueva y tratar de imponerla. Y para lograr estos objetivos se ha recurrido tanto a mansos pastores como a promotores de la palabra de Dios, o a fieros soldados cuyo lema fue: «La religión con sangre entra». Por supuesto que ofrecer y utilizar la persuasión para dar a conocer la buena nueva no tiene nada de malo. La cosa cambia cuando el mandato pasa a ser: «Conviértete o muere».
En su Tratado de la tolerancia Voltaire decía que el lema de todos los fanáticos era: «Piensa como yo o muere». La historia nos ha mostrado innumerables ejemplos de cómo los misioneros, los evangelizadores y los proselitistas, al no poder persuadir por las buenas a los no creyentes, han impuesto este terrible dilema de la conversión o la muerte.
Es evidente que el proselitismo religioso está más acentuado en las religiones viajeras e itinerantes. El ejemplo claro es el cristianismo con sus variantes, y el islam. Los conquistadores españoles impusieron sus verdades a los conquistados, pasando por sangre y fuego a quienes no querían aceptarla.
Pero hay que aclarar que esta forma de imponer la religión por la fuerza no es una característica exclusiva de las religiones. Creo que esto se ha contagiado a otras formas de ideología. Hay doctrinas políticas, nacionalistas y raciales que practican los mismos métodos: «Debes pensar como nosotros o de lo contrario tu destino será la exclusión, la expulsión o la muerte, porque no podemos convivir con quien no comparte nuestras creencias».
El ejemplo de esta concepción se dio entre 1482 y 1492, con uno de los tres confesores de la reina Isabel la Católica: Torquemada, el Inquisidor. Su nombre aparece ligado a tres mil ejecuciones en la hoguera y un número varias veces superior de encarcelamientos, confiscaciones y torturas. Aquí estamos en presencia del misionero fanático, que va más allá de las obligaciones de su misión y se transforma en un ser absolutamente negativo para la sociedad.
En definitiva, Adolf Hitler, Joseph McCarthy, Francisco Franco, Josef Stalin, Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla —por mencionar sólo algunos exponentes— se consideraban misioneros que debían salvar al resto de los humanos obligando por la fuerza a adoptar sus convicciones a quienes no creían en ellas.
Pero esta tendencia misionera suele tener sus tropiezos. Un libro delicioso, La Biblia en España,1 que traza un cuadro absolutamente fresco del país de los siglos XVIII y XIX, cuenta las peripecias de George Borrow7, un evangelista inglés que recorrió la península vendiendo biblias protestantes. En un momento de su recorrido Borrow llegó a Andalucía y se encontró con un campesino que estaba arando la tierra. Se le acercó con su libro y le dijo: «Amigo, yo soy protestante, vengo aquí con la Biblia y quiero explicarle lo que pensamos». Pero el campesino lo interrumpió explicándole: «Mire usted, no se moleste, porque si yo no creo en la religión católica, que es la verdadera, cómo voy a creer en la protestante que es la falsa».
Hubo cientos de miles de Borrows recorriendo el planeta y muchos más soldados tratando de imponer sus verdades por la fuerza. Pero ahora estamos además en presencia de una nueva situación que Yahvé y Moisés nunca imaginaron: la expansión de los medios de comunicación, lo cual ha creado nuevos campos de batalla donde los evangelizadores no se dan tregua ni cuartel. En el medievo los predicadores llenaban las iglesias y catedrales y hablaban como mucho para dos o tres mil personas. Un representante que hablase en la Asamblea de Atenas rara vez lo hacía para más de quince o veinte mil asistentes. Las investigaciones más recientes indican que el propio Jesús en su momento de mayor convocatoria, durante el Sermón de la Montaña, logró reunir a sólo treinta mil personas, una multitud en aquellos años, pero que hoy significan menos de medio punto en las mediciones de audiencias televisivas. El desafío de los telepredicadores y de los papas viajeros consiste en ser capaces de dirigirse a millones de personas; enfrentándose también, como contrapartida, al hecho de que las idolatrías tienen el mismo beneficio de la hipercomunicación, y en este campo la competencia por la audiencia suele ser desfavorable para la divinidad, sea cual sea, frente a, por ejemplo, las patéticas peripecias de los concursantes de Gran Hermano.
La comunicación ha aumentado la proyección de las ideas, sean éstas malas, piadosas, intolerantes, fanáticas y hasta de ansias redentoras. Los medios han magnificado lo que antes era casi un movimiento de corazón a corazón, o de persona a persona. Hoy se trata de un eco universal. Es una situación que implica aspectos terribles y que quizá en algún momento pueda involucrar otros liberadores. El desafío consiste en evitar que la palabra caiga desde arriba sobre las personas y en posibilitar que los individuos se comuniquen cada vez más entre sí para que puedan cambiar opiniones entre ellos.
Nada malo puede pasarme que Dios no quiera, y todo lo que él quiere por muy malo que nos parezca es en realidad lo mejor.
Carta en la que TOMÁS MORO consuela a su hija antes de ser ejecutado
En este fragmento Tomás Moro presenta una actitud fatalista. Pero se trata de un fatalismo alegre, que se justifica a sí mismo.
A través de las épocas, los hombres han aprendido a aceptar el destino porque no hay forma de luchar contra él. Lo que aporta esta visión de Moro es la dimensión del destino como producto de una voluntad, que sabe lo que es mejor para nosotros aunque ello implique nuestra destrucción y eso haga que desaparezcan nuestros proyectos y deseos, por esa situación fatal que se nos impone. Nietzsche habló también del amor al destino, y del deseo, no sólo de aceptarlo, porque es irremediable, sino también de amarlo como lo que es más propio. Quizá la versión de Tomás Moro sea la variante religiosa de ese amor al destino.
Durante siglos se tomó como irremediable la transmisión de los conocimientos y convicciones religiosas de padres a hijos. Era lo natural. Pero hoy el planteamiento consiste en cómo enseñar las creencias personales a nuestros descendientes. Por una parte, si consideramos que algo es verdadero, bueno y útil, intentamos que nuestros hijos compartan ese saber. Educar es seleccionar de todo lo que conocemos aquello que nos parece más relevante e importante para transmitirlo. Por lo tanto, es lógico para la persona religiosa que sus creencias deban ser transferidas a sus hijos. Pero, por otra parte, se debe respetar la posibilidad de que el hijo escuche otras voces, otros puntos de vista y conocimientos. Entonces es cuando los padres debemos asumir que nuestros hijos podrían no tener las mismas ideas o creencias que nosotros, lo que para algunos suele ser muy duro. Pero no es obligatorio que la serie se prolongue de padres a hijos, como bien supo un proselitista fascista de la época de Mussolini. El personaje iba por los pueblos pregonando la buena nueva del fascismo. Encontró a un muchacho y le dijo que debía afiliarse al Partido porque era el futuro de Italia. Entonces el joven le contestó: «No, mira, mi padre era socialista, mi abuelo era socialista, tengo otros parientes comunistas. Yo no puedo hacerme fascista». El militante del «fascio» arremetió indignado: «¿Qué argumento es ese de que tu padre y de que tu abuelo? ¿Y si tu padre fuera un asesino; y si tu abuelo hubiera sido un asesino?». El muchacho lo interrumpió: «¡Ah!, entonces sí... entonces sí me haría del partido fascista».
VIII NO LEVANTARAS FALSOS TESTIMONIOS NI MENTIRAS
VIII
No levantarás falsos testimonios ni mentirás
Yavhé y el filósofo piden no mentirse mutuamente
«No levantarás falsos testimonios ni mentirás.» Pero ¿estás seguro de que uno puede hablar sin mentir? Ya sabes lo que dijo Goethe, que tú nos concediste la palabra para que pudiéramos ocultar mejor nuestros pensamientos. Por lo menos, el efecto ha sido ése: la palabra se utiliza para enmascarar, en parte o todo, lo que no se quiere decir.
Esto ocurre en todos los ámbitos y muchas veces lo hemos visto entre tus representantes. Cuando se trata de la mentira, es casi inevitable recordar las cosas que, a lo largo de los siglos, hemos tenido que escuchar a tus lenguaraces sobre la tierra. Me refiero a algunos que, según ellos, tienen una gran relación contigo y no son ejemplos de probidad ni veracidad. Para mí hay algo que no funciona.
Sí... me lo has dicho... ya sé que tú te propusiste como la verdad, el verbo. Pero ¿cómo logramos casar esa realidad con la palabra? ¿Somos amos de lo que decimos? Se afirma que uno domina sus silencios y no sus palabras. Es probable que sea así, que seamos más dueños de lo que callamos que de lo que decimos. Cuando hablamos entramos de forma inmediata en el mundo del subterfugio, de la ficción, del malentendido... y en nuestro tiempo dominado por la publicidad... bueno ya sé que son cosas que tú y Moisés no pensasteis al propagar este mandamiento. Por aquellos años no existían los publicitarios, internet, los políticos en campaña electoral, y todas aquellas cosas que llegaron con lo que llamamos la era de la información. Todo muy difícil de prever, incluso para ti.
EL CONTEXTO DE LA MENTIRA
Hay mentiras que pueden ser incluso de cortesía, poéticas, que no tienen que escandalizar ni perturbar. Muy al contrario, algunas se encuentran ya integradas en el juego social. Lo importante de la mentira es el contexto y a quién se miente.
Pero también hay mentiras que son graves y dañinas para la mutua confianza de una sociedad. Son las que entran en el contexto oficial, por ejemplo las del político, las del periodista que tiene que dar información o del maestro que tiene que educar. Esas son las mentiras peligrosas, las que no pueden ser pasadas por alto.
Sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento.
ANATOLE FRANCE
El problema no es que todo el mundo mienta, sino que determinadas mentiras queden impunes en el contexto oficial. Lo importante es que no sean utilizadas para ir en contra de la justicia, del interés público o individual.
En ese sentido, el mundo anglosajón, con todos sus defectos y sus licencias, suele ser muy estricto. Hemos visto cómo reacciona la sociedad en algunos casos donde está involucrada la máxima magistratura, como el ejemplo de Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinsky. Aparte de que el asunto nos parezca más o menos chusco, el problema era la mentira, el hecho de que el presidente hubiera faltado en algún momento a la verdad. Lo mismo ocurrió con Richard Nixon y el caso Watergate. La verdadera acusación es que, cuando sus votantes, el pueblo, esperan la verdad del servidor público, éste no la dice. El funcionario miente sentado ante un tribunal, cuando habla a la nación, o cuando se dirige a un grupo de personas que esperan ser informadas. Ese es el verdadero problema y a eso alude el mandamiento.
MENTIRA, FICCIÓN Y CORTESÍA
El arte, el teatro, el cine tienen elementos de ficción. Las cosas que muestran no ocurren en la realidad y nosotros admitimos dicha situación porque sabemos que no es verdad lo que se nos cuenta. Pero al mismo tiempo nos interesan porque tienen un parecido con situaciones que son verdaderas, o porque pueden iluminarnos sobre lo que es la realidad propiamente dicha.
La cortesía está llena de mentiras. Todos nos deseamos unos a otros los buenos días, decimos a las otras personas que las encontramos con un aspecto excelente, o que estamos encantados de conocerlos. Lo que en general ocurre es que no siempre creemos que los días sean especialmente buenos, ni el aspecto del otro nos parece tan bueno, ni estamos tan encantados de conocerlos. Pero en este tipo de amabilidad está basada nuestra relación mutua y, aunque todos estamos al tanto de la ficción que se esconde detrás de estas fórmulas, nos molesta cuando alguien abusa de su sinceridad y deja de lado la cortesía. Supongo que hay un tipo de mentiras que nosotros exigimos a los demás: las de cortesía, las del arte, las de la ficción, y en ocasiones hasta pedimos que se nos oculten realidades desagradables que no podemos cambiar.
Hay gente, por ejemplo, que si padeciese una grave enfermedad, preferiría que no le dijesen que no tiene cura y pasar así los últimos días convencido de que está mejor y que pronto recuperará la salud. Muchos de nosotros actuamos como aquella señorita Luz, personaje de la obra teatral Mi Fausto, de Paul Valéry, cuando le pregunta a Fausto: «¿Quiere usted que le diga la verdad?». A lo que Fausto responde: «Dígame usted la mentira que considere más digna de ser verdad». Lo mismo pasa con nosotros. Por una u otra razón, preferimos que nos digan la mentira que el otro considere más digna de ser verdad, o que nosotros vamos a aceptar como más digna de ser verdad.
Hugo Mujica afirma que «el falso testimonio está metido en nosotros. Inventamos con una gran facilidad, y si no lo hacemos creemos todo lo que nos conviene. Vivimos en un mar, ya no diría de falso testimonio, sino de mentira existencial. Nuestra vida es muy falsa. Esto ocurre desde el mismo momento en que somos incapaces de corroborar lo que estamos escuchando, a lo que hay que agregar que tenemos una enorme facilidad de transmitir lo escuchado y agregarle inventos. La verdad se ha perdido con esa solidez de una palabra que se dice, con conocimiento o al menos con compromiso».
Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería.
Otto von BISMARK
Cuando pensamos en política, ¿no estamos también engañando o haciendo trampas? Por ejemplo, la gente dice que le gusta la libertad. ¿Realmente es así? ¿Puede vivir en libertad? ¿Acepta los riesgos y las contradicciones que puede tener la libertad? Libertad es también la libertad de equivocarse, de hacerse daño. Lo que sucede es que muchos sólo quieren la parte positiva y buena de la libertad, que se mantenga sin esfuerzo y sin ningún trabajo. La gente quiere que, en un momento determinado, lo que es de su interés, sea llamado justicia o libertad.
Para el judaísmo, según el rabino Sacca, «no levantar falso testimonio es un pilar de la sociedad que se constituye civilizadamente. Si se miente, no se puede formar una sociedad. El que promete no paga, el que compra no retribuye, el que da su palabra no cumple, el que da su testimonio lo hace mintiendo. Es una comunidad condenada a la destrucción. Nosotros consideramos que la sociedad que practica la mentira desaparece, no puede constituirse».
Marcos Aguinis coincide con esta visión: «Culturalmente hay países donde la mentira no es adecuadamente castigada, y esto es muy corrosivo para la sociedad, porque impide tener claridad de rutas, no se sabe con exactitud adonde ir, a qué atenerse, predomina la confusión, el engaño. El orden social requiere que la mentira sea sancionada y que sea aceptada la verdad. Las sociedades que no actúan contra la mentira avanzan más lentamente y tienen más dificultades para resolver sus problemas. Estar en condiciones de aceptar ciertas verdades no es fácil. A veces hay mucha resistencia y miedo de decirlas. La verdad pareciera que es propia de personas más duras, que están en condiciones de soportar esa herida que produce enterarse de algo malo, pero que sabiéndolo están en posición de lograr superarlo».
En lo que a mí respecta, no creo haber sido más mentiroso que otros a lo largo de mi vida. Es probable que le deba esta tendencia espontánea a la sinceridad a algo que me ocurrió cuando era muy pequeño. Cuando tenía cinco años mis padres me habían puesto un profesor particular para que me preparara en las primeras letras y números. Era una persona muy bondadosa, amiga de la familia. Pero a mí me fastidiaba mucho tener que estar con él en lugar de jugar con mis hermanos. Lo peor era que siempre me dejaba deberes para que practicara fuera de la clase. Eso ya me resultaba intolerable. Entonces un día, con toda tranquilidad, le mentí: «Mis padres me han dicho que no me ponga usted deberes, porque no quieren sobrecargarme de trabajo». Este pobre hombre tan bondadoso y crédulo me contestó: «Ah, bueno, pues nada, no te pondré deberes». A los dos días, cuando mi madre salió a despedirlo, se enteró de la conversación y se indignó. A partir de ese momento me di cuenta de que la mentira puede traer malas consecuencias.
También reconozco que en otra ocasión he prestado falso testimonio. En la época de la dictadura de Franco, un amigo fue detenido por haber repartido propaganda política, y yo testimonié ante el tribunal que él estaba conmigo en la otra punta del universo. Pero nunca tuve ningún conflicto con ese tema, porque en las dictaduras todo es falso, no sólo el testimonio que uno presta.
Tal vez he mentido a bastantes mujeres. Pero no lo hacía cuando les decía que las quería, sino cuando afirmaba que no quería a nadie más.
De cualquier modo, insisto en que no creo haber mentido más que otros y, aunque me interesa el mundo de la ficción, también me gusta la exactitud. Quizá, en ese sentido, me parece que la filosofía es la búsqueda de la verdad.
INFORMACIÓN Y MENTIRA
En los últimos cien años la información se ha convertido en el eje de la sociedad. Las personas más poderosas son aquellas que tienen información de primera mano, y su poder es mayor incluso que el de los que poseen bienes tangibles. La diferencia estriba entre quienes hacen llegar la información a los demás y entre aquellos que la reciben. Estas diferencias son esenciales y de ahí surge la verdad como un tema clave.
Todos sabemos que la información no puede ofrecer verdades absolutas. No es lo mismo el terreno de la información que el de la opinión. Los medios de comunicación tienen que distinguir entre dar información, para lo cual deben atenerse al máximo a la objetividad de los hechos, y ofrecer opiniones, que son personales, son interpretaciones y van firmadas.
La opinión no tiene que ser creída con la misma certeza que se le da a la información objetiva. Hay que tener en cuenta además que los informadores trabajan en medios de comunicación, algunos de los cuales forman parte de grandes conglomerados que tienen sus propios intereses, que muchas veces no coinciden con ofrecer buena información a la sociedad, sino con la búsqueda de poder para acrecentar sus negocios. No hace falta más que ver la oferta de varios medios de comunicación, para darse cuenta de cómo cada uno de ellos —de algún modo— está al servicio de grupos de presión, partidos políticos, etcétera. Esto no quiere decir que falseen la información, sino que la están sesgando, hacia lo que interesa a su sector. Dudo que exista una solución definitiva a este problema. La única que se me ocurre es comprar varios periódicos y revistas, ver distintas cadenas de televisión y escuchar muchas radios. Es decir, buscar uno mismo la información en diversas fuentes, contrastarla y crearse su propia visión. Pero, por supuesto, esto no está al alcance de todo el mundo por razones económicas y de tiempo.
Lo que me preocupa no es que hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti.
FRIEDRICH NIETZSCHE
Según Hugo Mujica: «En los medios se recicla la palabra como mercancía porque hay que transformarla en un producto vendible. La palabra puede ir asociada a la mentira como seducción. Pero lo curioso es que nadie pide la verdad, como dice un tango: "Mi corazón una mentira pide". Creo que partimos de la mentira porque estamos instalados en la mentira».
Hace poco leí en la prensa una noticia que me pareció muy curiosa. Se iba a crear en Estados Unidos algo así como una oficina de mentiras para esparcir rumores intencionados que beneficiaran, por ejemplo, a la lucha contra el terrorismo. Al día siguiente salió un desmentido oficial sobre la creación de semejante agencia. Entonces muchos pensamos que ésa había sido la primera tarea de la central de creación de mentiras: decir que no existía.
Los rumores interesados se han utilizado en todas las épocas. Winston Churchill lo hizo durante la Segunda Guerra Mundial. Inventaba supuestos éxitos de sus tropas frente a Alemania, para mantener el ánimo de la población. Recordemos los rumores que se hicieron correr sobre que los judíos envenenaban los caramelos que les daban a los niños o contaminaban el agua potable. Falsedades que fueron la base de atroces persecuciones.
LA GUERRA DE LOS MUNDOS
Un caso histórico en este sentido fue la recreación radiofónica que hizo Orson Welles de La guerra de los mundos, la novela de H. G. Wells que cuenta una invasión de la Tierra por parte de marcianos que empiezan a cometer todo tipo de atropellos por el mundo. El programa de radio era tan realista que la gente que conectó con la emisora cuando la narración ya estaba avanzada creyó que se estaba dando una noticia. Se informaba de que habían llegado unas naves que estaban destruyendo las ciudades. Se creó una situación de pánico que con el tiempo pareció divertida, pero que en su momento produjo escenas dramáticas. El episodio resultó ser una muestra del poder de la radio y de la información, cuando su único objetivo consistía en hacer un buen producto artístico. Sirvió de alerta sobre la importancia de los medios de comunicación y el peligro de difundir falsedades, medias verdades, trastocar opiniones de la gente y crear pánicos y entusiasmos infundados.
Una de las tendencias de quienes están en posesión del poder consiste en cambiar el pasado mediante mentiras y hacer desaparecer realidades que no les gustan. En 1984, la novela de George Orwell, hay un Ministerio de la Mentira, dedicado a cambiar la historia de forma permanente y transformar la realidad, una copia de lo que ha ocurrido en los últimos cien años.
Recuerdo que en los pasillos de mi colegio estaban las fotografías de las anteriores promociones. Hubo en España un famoso asesino múltiple, Jarabo, que había pasado por esas aulas. Las autoridades del colegio borraron con acetona la imagen de Jarabo niño. Se trata de un claro ejemplo de cómo hacer desaparecer, en nombre del presente, a una persona del pasado.
El franquismo lo hacía siempre. Se prohibía mencionar los nombres de determinados escritores, cineastas o artistas adversos al régimen. Stalin también hacía borrar de las fotografías oficiales a Trotski o a cualquiera de los enemigos que iban cayendo en desgracia. Este intento permanente de transformar el pasado, de cambiar las cosas, la realidad que no queremos aceptar acaba en la supresión por decreto.
Hay algo que siempre me ha fascinado cada vez que voy al supermercado a hacer algunas compras y me encuentro con unos botes con zumo de naranja que dicen: «Frutas recién exprimidas». Es obvio que, si el zumo está dentro de un recipiente, y éste fue de la fábrica al supermercado, puede ser cualquier cosa, menos «recién exprimido». Todos sabemos que se trata de algo imposible, pero lo aceptamos y no querríamos que pusieran otra cosa en la publicidad. No estaríamos de acuerdo si anunciaran: «Zumo de naranjas exprimidas hace quince días, pero que está bastante bien todavía». No, queremos que se nos garantice la frescura y la inmediatez que es sencillamente imposible. Ésta es una situación que se repite con diferentes productos que la publicidad anuncia y que asumimos como una ficción. En general, la publicidad es una especie de elemento amplificador de la fantasía humana que primero adivina y a continuación corporeíza las ilusiones que proyectamos sobre cosas muy sencillas, cuya utilidad puede ser más o menos indudable, pero que, desde luego, no van a tener efectos asombrosos sobre nuestras vidas. La publicidad es una fábrica de sueños, de inventos maravillosos, que nosotros creamos en nuestro interior y que ella materializa en el exterior.
Según Marcelo Capurro, «la publicidad no miente. A veces exagera, radicaliza conceptos y extrema situaciones para llamar la atención. Nadie cree, salvo en niveles culturales muy bajos, que "Este jabón lava más blanco que este otro". Los jabones lavan más o menos parecido. Lo que sucede es que la publicidad genera afectos, simpatías y adhesiones que a veces están relacionadas con el actor o modelo que aparece en el anuncio. La publicidad es condenable cuando apela a la mentira directa y flagrante. Pero, en líneas generales, se trata de exageraciones que en términos católicos yo definiría como pecados veniales».
OMISIÓN Y OCULTAMIENTO
No todas las mentiras lo son en el sentido positivo, ya que se puede decir algo que no necesariamente sea falso. Uno también miente cuando no dice algo que es verdadero y cuya omisión hace que cambie el sentido de las cosas. Por ejemplo, en los contratos que hacen las personas para comprar una casa, un apartamento o cualquier otra cosa, se omite lo que suele llamarse la letra pequeña, lo que puede convertir en negativo lo que parecía muy positivo. En los juicios, omitir un pequeño detalle también es falso testimonio, porque con ese ocultamiento se desvirtúa el resto que se cuenta. Se trata de un acto más sutil, porque no se puede reprochar una mentira al individuo, pero puede crear una situación perversa en juicios, en política o cuando se habla a la opinión pública.
«Para nosotros la omisión es condenable —explica el rabino Sacca—cuando esconde un testimonio ante los tribunales. El individuo sabe algo, no se presenta y no lo dice. Es una no acción, pero es incorrecta. Pero en la vida cotidiana hay omisiones que pueden ser correctas. Por ejemplo, cuando se trata de preservar una buena relación familiar entre un hombre y una mujer y uno de ellos omite hacer un comentario que puede traer una discusión. En ese momento es preferible callar aunque lo que se estaba por decir fuese verdad. Otro caso se da con las malas noticias, que hay que tratar de no darlas en la medida en que se pueda, en la que el otro no tenga la obligación de conocer lo ocurrido.»
Para el padre Busso «omisión puede llegar a ser también el consentimiento de una verdad. Muchas veces el que calla otorga. El padre con los hijos hace omisiones de muchas cosas, a sabiendas, porque va contestando de acuerdo a las preguntas que va haciendo el chico, en la medida que crece, y eso no puede considerarse como mentira. El ocultamiento de toda la verdad a veces puede ser una obligación. Otro tema es la restricción mental. Es lo que utilizamos para salvar los secretos más sagrados, por ejemplo, en ciertos casos límite. No podemos decir mentiras, pero podemos hablar sobre un tema determinado, mediante generalidades para no revelar el secreto».
Quienes no somos creyentes no tenemos ningún inconveniente en engañar a un sicario de una dictadura o a un asesino. Si a mí un terrorista de la ETA o un agente de algún dictador, me pregunta algo y yo puedo engañarle, lo haré sin ningún escrúpulo y con toda tranquilidad para de esta manera ayudar a gente perseguida por ellos, o simplemente para fastidiarlos. En este caso no me consideraré de modo alguno reo de faltar a la verdad.
Pero éste es mi punto de vista. Kant no coincidiría conmigo, ya que escribió un opúsculo donde dijo que no podía mentirse en ninguna condición, ni siquiera para salvar la vida de un inocente.
Para quienes acuñaron este mandamiento la cuestión crucial era el testimonio en los procesos penales, que no tenían otra forma de prueba más que la palabra dada por las partes, por lo cual era imprescindible la sinceridad de quienes declaraban.
¿Qué es la verdad? Así interrogó Pilatos a Cristo en una ocasión célebre. Uno de los grandes filósofos medievales, santo Tomás de Aquino, la definía diciendo que es la adecuación entre el intelecto, la inteligencia humana y la cosa; la adecuación del intelecto con la realidad. Pero a nosotros la que nos interesa es la verdad que surge del mandamiento: no levantar falso testimonio, no mentir. Es la verdad que se adecúa entre lo que nosotros intelectualmente captamos como realidad y lo que decimos o lo que contamos. En ocasiones, por razones morales o jurídicas, debemos decir exactamente lo que sabemos o lo que creemos que es cierto y se ajusta a la realidad. En otras, no es obligatorio. También existen cuestiones triviales en las que es superfluo decir o no la verdad que en otros momentos se nos puede exigir. Lo peligroso, en definitiva, es cuando la mentira causa graves perjuicios a los individuos o a la comunidad en general.
No levantarás falsos testimonios ni mentirás
Yavhé y el filósofo piden no mentirse mutuamente
«No levantarás falsos testimonios ni mentirás.» Pero ¿estás seguro de que uno puede hablar sin mentir? Ya sabes lo que dijo Goethe, que tú nos concediste la palabra para que pudiéramos ocultar mejor nuestros pensamientos. Por lo menos, el efecto ha sido ése: la palabra se utiliza para enmascarar, en parte o todo, lo que no se quiere decir.
Esto ocurre en todos los ámbitos y muchas veces lo hemos visto entre tus representantes. Cuando se trata de la mentira, es casi inevitable recordar las cosas que, a lo largo de los siglos, hemos tenido que escuchar a tus lenguaraces sobre la tierra. Me refiero a algunos que, según ellos, tienen una gran relación contigo y no son ejemplos de probidad ni veracidad. Para mí hay algo que no funciona.
Sí... me lo has dicho... ya sé que tú te propusiste como la verdad, el verbo. Pero ¿cómo logramos casar esa realidad con la palabra? ¿Somos amos de lo que decimos? Se afirma que uno domina sus silencios y no sus palabras. Es probable que sea así, que seamos más dueños de lo que callamos que de lo que decimos. Cuando hablamos entramos de forma inmediata en el mundo del subterfugio, de la ficción, del malentendido... y en nuestro tiempo dominado por la publicidad... bueno ya sé que son cosas que tú y Moisés no pensasteis al propagar este mandamiento. Por aquellos años no existían los publicitarios, internet, los políticos en campaña electoral, y todas aquellas cosas que llegaron con lo que llamamos la era de la información. Todo muy difícil de prever, incluso para ti.
EL CONTEXTO DE LA MENTIRA
Hay mentiras que pueden ser incluso de cortesía, poéticas, que no tienen que escandalizar ni perturbar. Muy al contrario, algunas se encuentran ya integradas en el juego social. Lo importante de la mentira es el contexto y a quién se miente.
Pero también hay mentiras que son graves y dañinas para la mutua confianza de una sociedad. Son las que entran en el contexto oficial, por ejemplo las del político, las del periodista que tiene que dar información o del maestro que tiene que educar. Esas son las mentiras peligrosas, las que no pueden ser pasadas por alto.
Sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento.
ANATOLE FRANCE
El problema no es que todo el mundo mienta, sino que determinadas mentiras queden impunes en el contexto oficial. Lo importante es que no sean utilizadas para ir en contra de la justicia, del interés público o individual.
En ese sentido, el mundo anglosajón, con todos sus defectos y sus licencias, suele ser muy estricto. Hemos visto cómo reacciona la sociedad en algunos casos donde está involucrada la máxima magistratura, como el ejemplo de Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinsky. Aparte de que el asunto nos parezca más o menos chusco, el problema era la mentira, el hecho de que el presidente hubiera faltado en algún momento a la verdad. Lo mismo ocurrió con Richard Nixon y el caso Watergate. La verdadera acusación es que, cuando sus votantes, el pueblo, esperan la verdad del servidor público, éste no la dice. El funcionario miente sentado ante un tribunal, cuando habla a la nación, o cuando se dirige a un grupo de personas que esperan ser informadas. Ese es el verdadero problema y a eso alude el mandamiento.
MENTIRA, FICCIÓN Y CORTESÍA
El arte, el teatro, el cine tienen elementos de ficción. Las cosas que muestran no ocurren en la realidad y nosotros admitimos dicha situación porque sabemos que no es verdad lo que se nos cuenta. Pero al mismo tiempo nos interesan porque tienen un parecido con situaciones que son verdaderas, o porque pueden iluminarnos sobre lo que es la realidad propiamente dicha.
La cortesía está llena de mentiras. Todos nos deseamos unos a otros los buenos días, decimos a las otras personas que las encontramos con un aspecto excelente, o que estamos encantados de conocerlos. Lo que en general ocurre es que no siempre creemos que los días sean especialmente buenos, ni el aspecto del otro nos parece tan bueno, ni estamos tan encantados de conocerlos. Pero en este tipo de amabilidad está basada nuestra relación mutua y, aunque todos estamos al tanto de la ficción que se esconde detrás de estas fórmulas, nos molesta cuando alguien abusa de su sinceridad y deja de lado la cortesía. Supongo que hay un tipo de mentiras que nosotros exigimos a los demás: las de cortesía, las del arte, las de la ficción, y en ocasiones hasta pedimos que se nos oculten realidades desagradables que no podemos cambiar.
Hay gente, por ejemplo, que si padeciese una grave enfermedad, preferiría que no le dijesen que no tiene cura y pasar así los últimos días convencido de que está mejor y que pronto recuperará la salud. Muchos de nosotros actuamos como aquella señorita Luz, personaje de la obra teatral Mi Fausto, de Paul Valéry, cuando le pregunta a Fausto: «¿Quiere usted que le diga la verdad?». A lo que Fausto responde: «Dígame usted la mentira que considere más digna de ser verdad». Lo mismo pasa con nosotros. Por una u otra razón, preferimos que nos digan la mentira que el otro considere más digna de ser verdad, o que nosotros vamos a aceptar como más digna de ser verdad.
Hugo Mujica afirma que «el falso testimonio está metido en nosotros. Inventamos con una gran facilidad, y si no lo hacemos creemos todo lo que nos conviene. Vivimos en un mar, ya no diría de falso testimonio, sino de mentira existencial. Nuestra vida es muy falsa. Esto ocurre desde el mismo momento en que somos incapaces de corroborar lo que estamos escuchando, a lo que hay que agregar que tenemos una enorme facilidad de transmitir lo escuchado y agregarle inventos. La verdad se ha perdido con esa solidez de una palabra que se dice, con conocimiento o al menos con compromiso».
Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería.
Otto von BISMARK
Cuando pensamos en política, ¿no estamos también engañando o haciendo trampas? Por ejemplo, la gente dice que le gusta la libertad. ¿Realmente es así? ¿Puede vivir en libertad? ¿Acepta los riesgos y las contradicciones que puede tener la libertad? Libertad es también la libertad de equivocarse, de hacerse daño. Lo que sucede es que muchos sólo quieren la parte positiva y buena de la libertad, que se mantenga sin esfuerzo y sin ningún trabajo. La gente quiere que, en un momento determinado, lo que es de su interés, sea llamado justicia o libertad.
Para el judaísmo, según el rabino Sacca, «no levantar falso testimonio es un pilar de la sociedad que se constituye civilizadamente. Si se miente, no se puede formar una sociedad. El que promete no paga, el que compra no retribuye, el que da su palabra no cumple, el que da su testimonio lo hace mintiendo. Es una comunidad condenada a la destrucción. Nosotros consideramos que la sociedad que practica la mentira desaparece, no puede constituirse».
Marcos Aguinis coincide con esta visión: «Culturalmente hay países donde la mentira no es adecuadamente castigada, y esto es muy corrosivo para la sociedad, porque impide tener claridad de rutas, no se sabe con exactitud adonde ir, a qué atenerse, predomina la confusión, el engaño. El orden social requiere que la mentira sea sancionada y que sea aceptada la verdad. Las sociedades que no actúan contra la mentira avanzan más lentamente y tienen más dificultades para resolver sus problemas. Estar en condiciones de aceptar ciertas verdades no es fácil. A veces hay mucha resistencia y miedo de decirlas. La verdad pareciera que es propia de personas más duras, que están en condiciones de soportar esa herida que produce enterarse de algo malo, pero que sabiéndolo están en posición de lograr superarlo».
En lo que a mí respecta, no creo haber sido más mentiroso que otros a lo largo de mi vida. Es probable que le deba esta tendencia espontánea a la sinceridad a algo que me ocurrió cuando era muy pequeño. Cuando tenía cinco años mis padres me habían puesto un profesor particular para que me preparara en las primeras letras y números. Era una persona muy bondadosa, amiga de la familia. Pero a mí me fastidiaba mucho tener que estar con él en lugar de jugar con mis hermanos. Lo peor era que siempre me dejaba deberes para que practicara fuera de la clase. Eso ya me resultaba intolerable. Entonces un día, con toda tranquilidad, le mentí: «Mis padres me han dicho que no me ponga usted deberes, porque no quieren sobrecargarme de trabajo». Este pobre hombre tan bondadoso y crédulo me contestó: «Ah, bueno, pues nada, no te pondré deberes». A los dos días, cuando mi madre salió a despedirlo, se enteró de la conversación y se indignó. A partir de ese momento me di cuenta de que la mentira puede traer malas consecuencias.
También reconozco que en otra ocasión he prestado falso testimonio. En la época de la dictadura de Franco, un amigo fue detenido por haber repartido propaganda política, y yo testimonié ante el tribunal que él estaba conmigo en la otra punta del universo. Pero nunca tuve ningún conflicto con ese tema, porque en las dictaduras todo es falso, no sólo el testimonio que uno presta.
Tal vez he mentido a bastantes mujeres. Pero no lo hacía cuando les decía que las quería, sino cuando afirmaba que no quería a nadie más.
De cualquier modo, insisto en que no creo haber mentido más que otros y, aunque me interesa el mundo de la ficción, también me gusta la exactitud. Quizá, en ese sentido, me parece que la filosofía es la búsqueda de la verdad.
INFORMACIÓN Y MENTIRA
En los últimos cien años la información se ha convertido en el eje de la sociedad. Las personas más poderosas son aquellas que tienen información de primera mano, y su poder es mayor incluso que el de los que poseen bienes tangibles. La diferencia estriba entre quienes hacen llegar la información a los demás y entre aquellos que la reciben. Estas diferencias son esenciales y de ahí surge la verdad como un tema clave.
Todos sabemos que la información no puede ofrecer verdades absolutas. No es lo mismo el terreno de la información que el de la opinión. Los medios de comunicación tienen que distinguir entre dar información, para lo cual deben atenerse al máximo a la objetividad de los hechos, y ofrecer opiniones, que son personales, son interpretaciones y van firmadas.
La opinión no tiene que ser creída con la misma certeza que se le da a la información objetiva. Hay que tener en cuenta además que los informadores trabajan en medios de comunicación, algunos de los cuales forman parte de grandes conglomerados que tienen sus propios intereses, que muchas veces no coinciden con ofrecer buena información a la sociedad, sino con la búsqueda de poder para acrecentar sus negocios. No hace falta más que ver la oferta de varios medios de comunicación, para darse cuenta de cómo cada uno de ellos —de algún modo— está al servicio de grupos de presión, partidos políticos, etcétera. Esto no quiere decir que falseen la información, sino que la están sesgando, hacia lo que interesa a su sector. Dudo que exista una solución definitiva a este problema. La única que se me ocurre es comprar varios periódicos y revistas, ver distintas cadenas de televisión y escuchar muchas radios. Es decir, buscar uno mismo la información en diversas fuentes, contrastarla y crearse su propia visión. Pero, por supuesto, esto no está al alcance de todo el mundo por razones económicas y de tiempo.
Lo que me preocupa no es que hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti.
FRIEDRICH NIETZSCHE
Según Hugo Mujica: «En los medios se recicla la palabra como mercancía porque hay que transformarla en un producto vendible. La palabra puede ir asociada a la mentira como seducción. Pero lo curioso es que nadie pide la verdad, como dice un tango: "Mi corazón una mentira pide". Creo que partimos de la mentira porque estamos instalados en la mentira».
Hace poco leí en la prensa una noticia que me pareció muy curiosa. Se iba a crear en Estados Unidos algo así como una oficina de mentiras para esparcir rumores intencionados que beneficiaran, por ejemplo, a la lucha contra el terrorismo. Al día siguiente salió un desmentido oficial sobre la creación de semejante agencia. Entonces muchos pensamos que ésa había sido la primera tarea de la central de creación de mentiras: decir que no existía.
Los rumores interesados se han utilizado en todas las épocas. Winston Churchill lo hizo durante la Segunda Guerra Mundial. Inventaba supuestos éxitos de sus tropas frente a Alemania, para mantener el ánimo de la población. Recordemos los rumores que se hicieron correr sobre que los judíos envenenaban los caramelos que les daban a los niños o contaminaban el agua potable. Falsedades que fueron la base de atroces persecuciones.
LA GUERRA DE LOS MUNDOS
Un caso histórico en este sentido fue la recreación radiofónica que hizo Orson Welles de La guerra de los mundos, la novela de H. G. Wells que cuenta una invasión de la Tierra por parte de marcianos que empiezan a cometer todo tipo de atropellos por el mundo. El programa de radio era tan realista que la gente que conectó con la emisora cuando la narración ya estaba avanzada creyó que se estaba dando una noticia. Se informaba de que habían llegado unas naves que estaban destruyendo las ciudades. Se creó una situación de pánico que con el tiempo pareció divertida, pero que en su momento produjo escenas dramáticas. El episodio resultó ser una muestra del poder de la radio y de la información, cuando su único objetivo consistía en hacer un buen producto artístico. Sirvió de alerta sobre la importancia de los medios de comunicación y el peligro de difundir falsedades, medias verdades, trastocar opiniones de la gente y crear pánicos y entusiasmos infundados.
Una de las tendencias de quienes están en posesión del poder consiste en cambiar el pasado mediante mentiras y hacer desaparecer realidades que no les gustan. En 1984, la novela de George Orwell, hay un Ministerio de la Mentira, dedicado a cambiar la historia de forma permanente y transformar la realidad, una copia de lo que ha ocurrido en los últimos cien años.
Recuerdo que en los pasillos de mi colegio estaban las fotografías de las anteriores promociones. Hubo en España un famoso asesino múltiple, Jarabo, que había pasado por esas aulas. Las autoridades del colegio borraron con acetona la imagen de Jarabo niño. Se trata de un claro ejemplo de cómo hacer desaparecer, en nombre del presente, a una persona del pasado.
El franquismo lo hacía siempre. Se prohibía mencionar los nombres de determinados escritores, cineastas o artistas adversos al régimen. Stalin también hacía borrar de las fotografías oficiales a Trotski o a cualquiera de los enemigos que iban cayendo en desgracia. Este intento permanente de transformar el pasado, de cambiar las cosas, la realidad que no queremos aceptar acaba en la supresión por decreto.
Hay algo que siempre me ha fascinado cada vez que voy al supermercado a hacer algunas compras y me encuentro con unos botes con zumo de naranja que dicen: «Frutas recién exprimidas». Es obvio que, si el zumo está dentro de un recipiente, y éste fue de la fábrica al supermercado, puede ser cualquier cosa, menos «recién exprimido». Todos sabemos que se trata de algo imposible, pero lo aceptamos y no querríamos que pusieran otra cosa en la publicidad. No estaríamos de acuerdo si anunciaran: «Zumo de naranjas exprimidas hace quince días, pero que está bastante bien todavía». No, queremos que se nos garantice la frescura y la inmediatez que es sencillamente imposible. Ésta es una situación que se repite con diferentes productos que la publicidad anuncia y que asumimos como una ficción. En general, la publicidad es una especie de elemento amplificador de la fantasía humana que primero adivina y a continuación corporeíza las ilusiones que proyectamos sobre cosas muy sencillas, cuya utilidad puede ser más o menos indudable, pero que, desde luego, no van a tener efectos asombrosos sobre nuestras vidas. La publicidad es una fábrica de sueños, de inventos maravillosos, que nosotros creamos en nuestro interior y que ella materializa en el exterior.
Según Marcelo Capurro, «la publicidad no miente. A veces exagera, radicaliza conceptos y extrema situaciones para llamar la atención. Nadie cree, salvo en niveles culturales muy bajos, que "Este jabón lava más blanco que este otro". Los jabones lavan más o menos parecido. Lo que sucede es que la publicidad genera afectos, simpatías y adhesiones que a veces están relacionadas con el actor o modelo que aparece en el anuncio. La publicidad es condenable cuando apela a la mentira directa y flagrante. Pero, en líneas generales, se trata de exageraciones que en términos católicos yo definiría como pecados veniales».
OMISIÓN Y OCULTAMIENTO
No todas las mentiras lo son en el sentido positivo, ya que se puede decir algo que no necesariamente sea falso. Uno también miente cuando no dice algo que es verdadero y cuya omisión hace que cambie el sentido de las cosas. Por ejemplo, en los contratos que hacen las personas para comprar una casa, un apartamento o cualquier otra cosa, se omite lo que suele llamarse la letra pequeña, lo que puede convertir en negativo lo que parecía muy positivo. En los juicios, omitir un pequeño detalle también es falso testimonio, porque con ese ocultamiento se desvirtúa el resto que se cuenta. Se trata de un acto más sutil, porque no se puede reprochar una mentira al individuo, pero puede crear una situación perversa en juicios, en política o cuando se habla a la opinión pública.
«Para nosotros la omisión es condenable —explica el rabino Sacca—cuando esconde un testimonio ante los tribunales. El individuo sabe algo, no se presenta y no lo dice. Es una no acción, pero es incorrecta. Pero en la vida cotidiana hay omisiones que pueden ser correctas. Por ejemplo, cuando se trata de preservar una buena relación familiar entre un hombre y una mujer y uno de ellos omite hacer un comentario que puede traer una discusión. En ese momento es preferible callar aunque lo que se estaba por decir fuese verdad. Otro caso se da con las malas noticias, que hay que tratar de no darlas en la medida en que se pueda, en la que el otro no tenga la obligación de conocer lo ocurrido.»
Para el padre Busso «omisión puede llegar a ser también el consentimiento de una verdad. Muchas veces el que calla otorga. El padre con los hijos hace omisiones de muchas cosas, a sabiendas, porque va contestando de acuerdo a las preguntas que va haciendo el chico, en la medida que crece, y eso no puede considerarse como mentira. El ocultamiento de toda la verdad a veces puede ser una obligación. Otro tema es la restricción mental. Es lo que utilizamos para salvar los secretos más sagrados, por ejemplo, en ciertos casos límite. No podemos decir mentiras, pero podemos hablar sobre un tema determinado, mediante generalidades para no revelar el secreto».
Quienes no somos creyentes no tenemos ningún inconveniente en engañar a un sicario de una dictadura o a un asesino. Si a mí un terrorista de la ETA o un agente de algún dictador, me pregunta algo y yo puedo engañarle, lo haré sin ningún escrúpulo y con toda tranquilidad para de esta manera ayudar a gente perseguida por ellos, o simplemente para fastidiarlos. En este caso no me consideraré de modo alguno reo de faltar a la verdad.
Pero éste es mi punto de vista. Kant no coincidiría conmigo, ya que escribió un opúsculo donde dijo que no podía mentirse en ninguna condición, ni siquiera para salvar la vida de un inocente.
Para quienes acuñaron este mandamiento la cuestión crucial era el testimonio en los procesos penales, que no tenían otra forma de prueba más que la palabra dada por las partes, por lo cual era imprescindible la sinceridad de quienes declaraban.
¿Qué es la verdad? Así interrogó Pilatos a Cristo en una ocasión célebre. Uno de los grandes filósofos medievales, santo Tomás de Aquino, la definía diciendo que es la adecuación entre el intelecto, la inteligencia humana y la cosa; la adecuación del intelecto con la realidad. Pero a nosotros la que nos interesa es la verdad que surge del mandamiento: no levantar falso testimonio, no mentir. Es la verdad que se adecúa entre lo que nosotros intelectualmente captamos como realidad y lo que decimos o lo que contamos. En ocasiones, por razones morales o jurídicas, debemos decir exactamente lo que sabemos o lo que creemos que es cierto y se ajusta a la realidad. En otras, no es obligatorio. También existen cuestiones triviales en las que es superfluo decir o no la verdad que en otros momentos se nos puede exigir. Lo peligroso, en definitiva, es cuando la mentira causa graves perjuicios a los individuos o a la comunidad en general.
VII NO ROBARAS
VII
No robarás
El escritor le pide a Dios que le aclare qué significa robar
«No robarás»... muy bien dicho. Es en verdad un buen precepto. El robo es y ha sido durante siglos uno de los males de la humanidad. Pero no hiciste precisiones. ¿Qué es con exactitud robar? ¿Roba el padre que ve muriéndose de hambre a su hijo y toma un mendrugo de pan para alimentarle? ¿Roba también el que saquea una provincia entera y se queda con todos sus bienes para su disfrute personal?
No sé cómo sería en los tiempos de Moisés, pero en la actualidad hay distintas denominaciones: al que roba poco lo llaman ratero y le encarcelan en cambio al que lo hace en gran escala le llaman gran financiero, y recibe todo tipo de elogios y felicitaciones por su espíritu empresarial.
Deberías haberte esforzado un poco más. ¿No podrías haber entrado en detalles y haber aclarado lo que significa robar en sus distintas variantes? Al no haber hecho todas estas precisiones, el resultado de este mandamiento no ha sido bueno.
Hay veces en las que pienso que en lugar de establecer tabúes con tus leyes, lo que hiciste fue dar ideas para que la gente hiciera todo lo contrario. Hoy, las grandes corporaciones, las más respetables, cometen robos enormes. Por cierto, ¿no podrías volver a repetir eso de que los ricos no pasarán a tu reino, como un camello nunca podrá pasar por el ojo de la aguja? Pero hazme un favor... aclara que el ojo de la aguja no se trata de ninguna puerta que hay en Jerusalén, sino de una aguja muy pequeñita, y que no hay excepciones ni para los ricos... y por supuesto tampoco para los camellos.
NO ROBAR ALMAS
Como ya hemos visto en otros casos, los enunciados originales de los mandamientos difieren mucho, o bastante, de los actuales. El mismo sentido del precepto ha evolucionado a través de los siglos.
No robarás se refería en principio a los secuestros, a no robar almas, a otros seres humanos. El rapto era algo muy frecuente en la época de Moisés, como motivo de la esclavitud o por otro tipo de razones, por lo que con este mandamiento se intentó castigar esa práctica.
«Robar una persona —explica el rabino Sacca— es como matarla. El que secuestra y vende un ser humano como un objeto tiene condena a muerte en el judaísmo, pero no el que roba objetos materiales. El pueblo judío lo sufrió en carne propia cuando fue secuestrado por los egipcios, quienes los tenían como esclavos, y la lucha de Moisés con el faraón fue para terminar con esa condición.»
El cuerpo es la propiedad elemental que tenemos cada uno de nosotros y nadie quiere que sea utilizado, raptado o manipulado por otros. De ahí proviene la normativa legal de Habeas Corpus, el derecho al propio cuerpo, que debe ser jurídica y socialmente respetado. Sin embargo, hay veces en que muchas personas han sido desprovistas hasta de su cuerpo, y esto no sólo se refiere a lo físico, sino que habla de un mundo de relaciones, de afectos, ternuras y esperanzas para otras personas. Por ejemplo, nuestros parientes más próximos, que también se preocupan por nuestro cuerpo y sufren un golpe terrible al verse privado de él.
Hay ladrones a los que no se castiga, pero que roban lo más preciado: el tiempo.
NAPOLEÓN BONAPARTE
La historia del último siglo está marcada por estas aberrantes situaciones. Numerosas dictaduras raptaron hombres y mujeres de todas las edades, y transformaron este hecho en un pecado extendido y de gran vigencia. Para Estela de Carlotto, cuando «se hace desaparecer a opositores políticos, también se los está robando. Todos nos damos cuenta ahora que falta una franja generacional en la Argentina, que sea inteligente, capaz y honesta, que si viviera estaría ocupando un lugar clave del poder para resolver cosas, de la manera que ellos querían: con justicia. Pero les han robado el derecho a pensar y a vivir. En la Argentina hubo un robo no sólo material, sino también intelectual, emocional e histórico».
«Yo creo —agrega Carlotto— que la dictadura tenía un plan elaborado, y entre tantas actitudes criminales está la del robo de bebes. Implementaron el más macabro e infame de los robos: el del hijo de la joven secuestrada en un campo de concentración, donde nace en las condiciones más miserables, porque no hay atención, ni alimentos, ni sanidad. Sacárselo de los brazos a la madre para entregárselo quién sabe a quién y adonde. El primer robo que se les hace a nuestros nietos que viven con sus apropiado res es el de su derecho a vivir con su papá y con su mamá.»
El escritor Luis Sepúlveda agrega que «ese robo terrible ha sido practicado por sujetos que tienen una profunda vinculación con el pensamiento religioso. Los militares de América Latina se dicen todos furibundos católicos, suelen ser hombres de misa dominical. Por ejemplo, en el caso de la Argentina, el almirante Massera era un hombre de misa diaria. Además, había una serie de canallas que no se movían si no era con su capellán o su vicario, a quienes estaban solicitándoles de forma constante la repetición de los mandamientos. Sin embargo, practicaron el robo descarado de personas, que va más allá del robo físico del cuerpo del hombre, la mujer o el niño. Lo más terrible es que robaron la idea del tiempo y obligaron a muchas personas a vivir en un atroz presente, el presente de la incertidumbre. A mí me tocó estar bajo la piel de aquellos que lo han padecido. Mi mujer fue secuestrada en Chile y estuvo en condición de desaparecida durante seis meses, o sea, fue robada al hijo, al esposo y a los padres. Ha sido una experiencia terrible, porque sentíamos que el calendario y los relojes estaban paralizados».
Cuando nos referimos al robo, en general hablamos de la depredación, de privar a personas de forma injusta de cosas que tienen derecho a disfrutar. En cambio, dudamos en utilizar la expresión robo cuando se trata de una acción efectuada por una necesidad. ¿Quién, al ver morir a un hijo de hambre o que necesita de forma desesperada una medicina, no cometería un latrocinio si no tuviera otra forma de obtener el dinero para resolver el problema? Sobre todo si se roba a una persona o a una institución adinerada. En tales circunstancias no estamos dispuestos a condenar esta situación de forma tajante. Hay matices morales y jurídicos que diferencian a quien roba por un pedazo de pan, y quien le quita a una viuda el sustento con que alimenta a sus hijos.
Todo lo que se come sin necesidad, se roba al estómago de los pobres.
MAHATMA GANDHI
En apoyo a esta frase de Gandhi, surge esa sensación de repugnancia que tenemos ante la inmensa cantidad de millones que mueren de hambre, mientras un grupo de privilegiados muere de indigestión. Esta idea de que el exceso de unos de alguna manera ha sido causa, o al menos acompaña la carencia de otros, es un hecho injusto que rechazamos de manera intuitiva, pero es una situación que persiste, pese a las voces que se alzan en su contra.
LAS MASAS Y LOS SAQUEOS
Como la nuestra es una época de masas, el robo en ocasiones está protagonizado por ellas. Así ocurren los saqueos, el desvalijamiento masivo en poblaciones inmersas en el caos o el desorden. Por lo general, las causas de los saqueos son de origen social y económico, como por ejemplo la violencia racial en Estados Unidos o las hambrunas provocadas después de una guerra, tras la cual una población desfavorecida y maltratada asalta negocios y se aprovisiona de víveres para paliar su necesidad o para vengarse por padecerla. También hay saqueos que son repulsivos y que tienen lugar cuando ocurre una desgracia, como un terremoto o una inundación. Entonces algunas personas, en lugar de ayudar a los damnificados, roban lo que encuentran a sus semejantes. En una sociedad de consumo, de ofertas, de tentaciones, la idea del saqueo puede transformarse en una gran fiesta.
Martín Caparrós11 cree que el saqueo «es un momento en el que la gente se siente extremadamente libre; puede por fin acceder a aquello que no posee, porque carece del dinero que le permitiría conseguirlo. En ese instante se quiebra el orden capitalista y las personas son libres de conseguir aquello que necesitan porque dejan de lado la intermediación del dinero».
Hugo Mujica tiene otra visión del tema: «No se trata de un momento de libertad, sino de necesidad. La libertad sería que no necesites saquear. El que lo hace ya no tiene libertad. Quizá en ese momento el saqueador tenga la euforia de sentirse reivindicado, pero cualquiera que tenga que cometer un acto por encima de la dignidad humana ha perdido la libertad. La libertad se ejerce cuando el individuo tiene un trabajo y con eso siente que le da de comer a su familia».
El fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba pan.
PABLO NERUDA
Hay un antiguo dicho que asegura que si robas un poco te dirán robaperas o ratero y, si lo haces a gran escala, te llamarán gran financiero. Es verdad que en ocasiones no es fácil establecer el límite entre lo que es un robo real y aquello que son operaciones económicamente audaces. Los financieros que conocen mejor los entresijos del sistema llevan a cabo operaciones que, sin estar estrictamente por fuera de la ley, rozan lo ilegal. En ocasiones se pasa en una misma operación de lo legal a algo menos legal o a lo francamente ilegal. Existen paraísos fiscales, esos lugares que son como espacios en blanco, donde pareciera que están suspendidas leyes que en otros lados tienen plena vigencia. Hay toda una parafernalia de especuladores que se mueven y se enriquecen al utilizar sistemas que, si bien no son delictivos en el sentido literal del término, equivalen a robar a efectos morales. Hay que distinguir qué es la legalidad y la moralidad de los comportamientos, sobre todo en situaciones de penuria y escasez.
Una de las cuestiones que más asombra es la insaciabilidad de algunas personas que cuentan con cantidades de dinero suficientes para más de diez vidas y que siguen robando. En realidad, no puedes comer más de dos o tres veces al día, y tampoco se puede dormir más que en una cama en cada ocasión. En el fondo hay un tope, más allá del cual el dinero se convierte en una molestia y no en una ayuda.
Para Luis Sepúlveda, el dinero se ha transformado «en el fetiche más popular, más recurrente y en el que más se cree. A mayor acumulación de fetiches, mayor prestigio. Se roba, por ejemplo, para ser incluido en la guía Forbes de las grandes fortunas del planeta. Gente que se ha enriquecido traficando armas, potenciando el robo de vidas humanas, gente que trafica drogas, robando posibilidades de vidas sanas y otros que corrompen, robando posibilidades de que las sociedades se desarrollen con cierta normalidad».
El robo está siempre asociado a la idea del poder. Desde los primeros tiempos, cuando un hombre primitivo vio que uno de sus congéneres salía a cazar, no con las manos, sino con un garrote, allí descubrió que ese elemento tenía varias propiedades además de matar. Y no se le ocurrió confeccionar otro, sino que se lo robó al dueño en un descuido, y lo transformó en un elemento de poder en sus manos.
Pero, como en todo, existen los matices, que han variado con el correr de los siglos. Recuerdo la primera vez que llegué a la preciosa ciudad italiana de Ferrara, llena de villas delicadas y maravillosas. En el Renacimiento tenía menos del uno por ciento de analfabetismo. Era una ciudad culta. En medio de tanta belleza está el castillo de la familia Este, que es como el de Blanca Nieves, cerrado, amurallado, donde vivían quienes mandaban allí, unos personajes shakesperianos o de Mario Puzzo, el creador de El Padrino. Eran crueles, asesinos, se mataban unos a otros. Sin embargo, emplearon sus depredaciones para la promoción artística y en alfabetizar a la población. Es curioso cómo dentro de esa brutalidad tenían una idea de alguna manera estética del dinero, mientras hoy se lo quema en las fiestas marbellíes o cosas por el estilo.
CUANDO ROBA EL ESTADO
El Estado de bienestar moderno es uno de los indudables logros de la civilización. Por ejemplo, la seguridad social, la protección del desempleo y la salud garantizados por el Estado son argumentos claros a favor del progreso moral de la humanidad. En ese sentido, podemos afirmar que hoy vivimos en una época moralmente más avanzada que la de Aristóteles o Voltaire.
Los elementos del bienestar hoy no son un logro ni de la derecha ni de la izquierda, sino de la civilización. Hemos pasado a una posición superior, en la que la sociedad se ocupa de los miembros y no simplemente los yuxtapone como en otras épocas. Lo que sucede es que la protección social es muy cara y necesita recaudar mucho dinero de los contribuyentes. Pensemos que en algunos países los individuos llegan a pagar el cincuenta por ciento de sus ganancias al Estado. Nunca ha existido recaudador, ni feudal ni medieval, que se haya llevado ese porcentaje de lo que ganaba la gente. Los señores feudales ofrecían algún tipo de protección, no tan completa o sofisticada como la del Estado de bienestar, pero se conformaban con recaudar mucho menos.
Martín Caparrós tiene su visión particular sobre el tema: «La gente acepta que el Estado le saque parte de lo que consigue por un viejísimo pacto, que tiene miles de años: "Te doy parte de lo que .tengo, para que a cambio me des cierta protección". Es el viejo pacto mafioso. La protección al principio podía ser estrictamente militar, y después fue ampliándose a salud, educación, organización. Uno se deja robar alguna parte de lo que tiene a cambio de que le den cierta seguridad. Por eso mucha gente reacciona cuando el Estado no cumple con su parte del pacto mafioso».
En la actualidad hay ocasiones en las que los impuestos estatales son abrumadores, y si el Estado no cumple con su función redistributiva —facilitar servicios, protección, ayuda, apoyo y comodidad a los ciudadanos—, éstos se lo demandan de forma violenta. Así, estamos en presencia de un verdadero robo cuando vemos a funcionarios que contratan obras faraónicas, involucrados en fraudes, en comidas supuestamente de trabajo con grandes dignatarios, o comprando armas cada vez más sofisticadas que luego se pudren en los cuarteles porque simplemente se trata de inversiones técnicas que aumentan año a año. Todo esto es una forma legal de robo. Por lo tanto, la protección y el beneficio de la sociedad son la única justificación que tienen los impuestos, y lo que evita que se transformen en una máquina de aplastar conciencias y voluntades.
«Hoy se supone —dice el padre Busso— que la gente debe estar amparada por un sistema de asistencia social, por las leyes, a diferencia de la antigüedad, donde los pobres sólo eran amparados por la beneficencia. Se presume, con razón, de que la sociedad ha avanzado hasta legalizar la salud, la educación, etcétera. Por lo tanto, subleva el corazón cuando los pobres son perjudicados y sienten que su vida está atravesada por la injusticia social.»
YO TE ROBO UNA O VARIAS IDEAS
Cuando hablamos de robo imaginamos dinero y propiedades tangibles, pero qué pasa con las cosas intangibles. Por ejemplo, con las ideas, las patentes de los grandes inventos, un tema musical, el argumento de una novela o de una obra teatral. ¿Cómo se protege la creatividad humana que produce esos bienes intangibles, pero muy valiosos, en una época en la cual lo que importa es la información? En la actualidad es más importante este tipo de propiedad intelectual que los objetos físicos.
Marcos Aguinis es muy claro en su consideración sobre el tema:
«Yo creo que esta idea está vinculada con el esfuerzo que se debe hacer para no apropiarse de lo ajeno, en dejar que cada uno tenga el mérito que le corresponde y reconocérselo. Aceptar que cada individuo es fuente de riquezas que no deben ser quitadas, que son de su autoría porque son parte también del estímulo y la dignidad. Por ejemplo, algunas teorías colectivistas y autoritarias tratan de establecer una especie de anonimato. En el arte es donde se ve con precisión la importancia singular del ser humano. Nadie podría haber escrito la Novena sinfonía si no hubiese sido Beethoven, nadie habría escrito Los hermanos Karamázov si no hubiese sido Dostoievski».
Para el escritor Marcelo Birmajer «el alma humana necesita la individualidad, como el cuerpo requiere de comida. Tenemos que poder decir: esto lo inventé yo, esto lleva mi nombre. Porque mi escaso consuelo es saber cuál fue mi creación, en esta tierra de desconcierto, donde el único que sabe lo que ocurre es Dios o el misterio, y yo no sé nada».
Vivimos una época dominada por los desarrollos tecnológicos. En relación con este mandamiento y los derechos de autor, estamos frente a situaciones que todavía no se han definido, pero que están cambiando todo lo conocido hasta ahora. Hoy cualquiera puede obtener a través de internet el texto del último libro, grabaciones musicales o de una película aún no estrenada.
Me pregunto cómo el concepto tradicional de derecho de autor podrá resistir esta extraordinaria facilidad actual para el plagio. También es cierto que en la actualidad es cada vez más fácil que uno haga sus propios libros o discos al margen de las empresas. Así disminuyen los beneficios de las grandes corporaciones, que a veces son abusivos.
Pero, por otra parte, el artista queda desprotegido, porque ¿qué posibilidades tiene él de obtener los beneficios de su trabajo y qué sentido tiene para él mismo desarrollarlo, si cualquiera va a poder disfrutarlo de forma gratuita?
Creo que el tema de los derechos de autor, relacionado con internet y con las nuevas formas de reproducción tecnológica, va a cambiar en buena medida nuestro concepto del plagio, del robo intelectual. ¿Hasta qué punto vamos a poder seguir llamando robo a este comportamiento que quizá termine por convertirse en algo habitual? Cuando empezó a popularizarse la fotocopiadora ocurrió algo similar. Hoy la fotocopia de libros es normal, y nadie se siente culpable ni ladrón por haber fotocopiado el libro de un amigo para poder disfrutarlo, en lugar de comprarlo en un comercio.
EL ROBO ESTÁ ENTRE NOSOTROS
Como hemos visto, el séptimo mandamiento se refería originalmente a no robar almas, personas. Luego su significado se amplió: no expoliarás, no desvalijarás, no abusarás de la credulidad o la ingenuidad de tu prójimo para quitarle lo que lo beneficia de forma legítima. También surge la pregunta sobre si puede haber robos justificados por la necesidad o por otros robos anteriores de los que uno ha sido víctima y lo han dejado en situación de indefensión. Los Estados también se caracterizan por no cumplir con la séptima ley de Moisés cuando sustraen buena parte de sus ganancias a los contribuyentes y no lo revierten en beneficios para la sociedad. Finalmente, el robo de las ideas es una acción mucho más sutil que el sustraer objetos físicos, como también ocurre con los fraudes especulativos y financieros.
Se trata de un mandamiento que abarca todos los campos, relacionado con la moral de las sociedades y los individuos ya que muchas veces tan sólo una delgada línea separa al robo de lo que no lo es.
No robarás
El escritor le pide a Dios que le aclare qué significa robar
«No robarás»... muy bien dicho. Es en verdad un buen precepto. El robo es y ha sido durante siglos uno de los males de la humanidad. Pero no hiciste precisiones. ¿Qué es con exactitud robar? ¿Roba el padre que ve muriéndose de hambre a su hijo y toma un mendrugo de pan para alimentarle? ¿Roba también el que saquea una provincia entera y se queda con todos sus bienes para su disfrute personal?
No sé cómo sería en los tiempos de Moisés, pero en la actualidad hay distintas denominaciones: al que roba poco lo llaman ratero y le encarcelan en cambio al que lo hace en gran escala le llaman gran financiero, y recibe todo tipo de elogios y felicitaciones por su espíritu empresarial.
Deberías haberte esforzado un poco más. ¿No podrías haber entrado en detalles y haber aclarado lo que significa robar en sus distintas variantes? Al no haber hecho todas estas precisiones, el resultado de este mandamiento no ha sido bueno.
Hay veces en las que pienso que en lugar de establecer tabúes con tus leyes, lo que hiciste fue dar ideas para que la gente hiciera todo lo contrario. Hoy, las grandes corporaciones, las más respetables, cometen robos enormes. Por cierto, ¿no podrías volver a repetir eso de que los ricos no pasarán a tu reino, como un camello nunca podrá pasar por el ojo de la aguja? Pero hazme un favor... aclara que el ojo de la aguja no se trata de ninguna puerta que hay en Jerusalén, sino de una aguja muy pequeñita, y que no hay excepciones ni para los ricos... y por supuesto tampoco para los camellos.
NO ROBAR ALMAS
Como ya hemos visto en otros casos, los enunciados originales de los mandamientos difieren mucho, o bastante, de los actuales. El mismo sentido del precepto ha evolucionado a través de los siglos.
No robarás se refería en principio a los secuestros, a no robar almas, a otros seres humanos. El rapto era algo muy frecuente en la época de Moisés, como motivo de la esclavitud o por otro tipo de razones, por lo que con este mandamiento se intentó castigar esa práctica.
«Robar una persona —explica el rabino Sacca— es como matarla. El que secuestra y vende un ser humano como un objeto tiene condena a muerte en el judaísmo, pero no el que roba objetos materiales. El pueblo judío lo sufrió en carne propia cuando fue secuestrado por los egipcios, quienes los tenían como esclavos, y la lucha de Moisés con el faraón fue para terminar con esa condición.»
El cuerpo es la propiedad elemental que tenemos cada uno de nosotros y nadie quiere que sea utilizado, raptado o manipulado por otros. De ahí proviene la normativa legal de Habeas Corpus, el derecho al propio cuerpo, que debe ser jurídica y socialmente respetado. Sin embargo, hay veces en que muchas personas han sido desprovistas hasta de su cuerpo, y esto no sólo se refiere a lo físico, sino que habla de un mundo de relaciones, de afectos, ternuras y esperanzas para otras personas. Por ejemplo, nuestros parientes más próximos, que también se preocupan por nuestro cuerpo y sufren un golpe terrible al verse privado de él.
Hay ladrones a los que no se castiga, pero que roban lo más preciado: el tiempo.
NAPOLEÓN BONAPARTE
La historia del último siglo está marcada por estas aberrantes situaciones. Numerosas dictaduras raptaron hombres y mujeres de todas las edades, y transformaron este hecho en un pecado extendido y de gran vigencia. Para Estela de Carlotto, cuando «se hace desaparecer a opositores políticos, también se los está robando. Todos nos damos cuenta ahora que falta una franja generacional en la Argentina, que sea inteligente, capaz y honesta, que si viviera estaría ocupando un lugar clave del poder para resolver cosas, de la manera que ellos querían: con justicia. Pero les han robado el derecho a pensar y a vivir. En la Argentina hubo un robo no sólo material, sino también intelectual, emocional e histórico».
«Yo creo —agrega Carlotto— que la dictadura tenía un plan elaborado, y entre tantas actitudes criminales está la del robo de bebes. Implementaron el más macabro e infame de los robos: el del hijo de la joven secuestrada en un campo de concentración, donde nace en las condiciones más miserables, porque no hay atención, ni alimentos, ni sanidad. Sacárselo de los brazos a la madre para entregárselo quién sabe a quién y adonde. El primer robo que se les hace a nuestros nietos que viven con sus apropiado res es el de su derecho a vivir con su papá y con su mamá.»
El escritor Luis Sepúlveda agrega que «ese robo terrible ha sido practicado por sujetos que tienen una profunda vinculación con el pensamiento religioso. Los militares de América Latina se dicen todos furibundos católicos, suelen ser hombres de misa dominical. Por ejemplo, en el caso de la Argentina, el almirante Massera era un hombre de misa diaria. Además, había una serie de canallas que no se movían si no era con su capellán o su vicario, a quienes estaban solicitándoles de forma constante la repetición de los mandamientos. Sin embargo, practicaron el robo descarado de personas, que va más allá del robo físico del cuerpo del hombre, la mujer o el niño. Lo más terrible es que robaron la idea del tiempo y obligaron a muchas personas a vivir en un atroz presente, el presente de la incertidumbre. A mí me tocó estar bajo la piel de aquellos que lo han padecido. Mi mujer fue secuestrada en Chile y estuvo en condición de desaparecida durante seis meses, o sea, fue robada al hijo, al esposo y a los padres. Ha sido una experiencia terrible, porque sentíamos que el calendario y los relojes estaban paralizados».
Cuando nos referimos al robo, en general hablamos de la depredación, de privar a personas de forma injusta de cosas que tienen derecho a disfrutar. En cambio, dudamos en utilizar la expresión robo cuando se trata de una acción efectuada por una necesidad. ¿Quién, al ver morir a un hijo de hambre o que necesita de forma desesperada una medicina, no cometería un latrocinio si no tuviera otra forma de obtener el dinero para resolver el problema? Sobre todo si se roba a una persona o a una institución adinerada. En tales circunstancias no estamos dispuestos a condenar esta situación de forma tajante. Hay matices morales y jurídicos que diferencian a quien roba por un pedazo de pan, y quien le quita a una viuda el sustento con que alimenta a sus hijos.
Todo lo que se come sin necesidad, se roba al estómago de los pobres.
MAHATMA GANDHI
En apoyo a esta frase de Gandhi, surge esa sensación de repugnancia que tenemos ante la inmensa cantidad de millones que mueren de hambre, mientras un grupo de privilegiados muere de indigestión. Esta idea de que el exceso de unos de alguna manera ha sido causa, o al menos acompaña la carencia de otros, es un hecho injusto que rechazamos de manera intuitiva, pero es una situación que persiste, pese a las voces que se alzan en su contra.
LAS MASAS Y LOS SAQUEOS
Como la nuestra es una época de masas, el robo en ocasiones está protagonizado por ellas. Así ocurren los saqueos, el desvalijamiento masivo en poblaciones inmersas en el caos o el desorden. Por lo general, las causas de los saqueos son de origen social y económico, como por ejemplo la violencia racial en Estados Unidos o las hambrunas provocadas después de una guerra, tras la cual una población desfavorecida y maltratada asalta negocios y se aprovisiona de víveres para paliar su necesidad o para vengarse por padecerla. También hay saqueos que son repulsivos y que tienen lugar cuando ocurre una desgracia, como un terremoto o una inundación. Entonces algunas personas, en lugar de ayudar a los damnificados, roban lo que encuentran a sus semejantes. En una sociedad de consumo, de ofertas, de tentaciones, la idea del saqueo puede transformarse en una gran fiesta.
Martín Caparrós11 cree que el saqueo «es un momento en el que la gente se siente extremadamente libre; puede por fin acceder a aquello que no posee, porque carece del dinero que le permitiría conseguirlo. En ese instante se quiebra el orden capitalista y las personas son libres de conseguir aquello que necesitan porque dejan de lado la intermediación del dinero».
Hugo Mujica tiene otra visión del tema: «No se trata de un momento de libertad, sino de necesidad. La libertad sería que no necesites saquear. El que lo hace ya no tiene libertad. Quizá en ese momento el saqueador tenga la euforia de sentirse reivindicado, pero cualquiera que tenga que cometer un acto por encima de la dignidad humana ha perdido la libertad. La libertad se ejerce cuando el individuo tiene un trabajo y con eso siente que le da de comer a su familia».
El fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba pan.
PABLO NERUDA
Hay un antiguo dicho que asegura que si robas un poco te dirán robaperas o ratero y, si lo haces a gran escala, te llamarán gran financiero. Es verdad que en ocasiones no es fácil establecer el límite entre lo que es un robo real y aquello que son operaciones económicamente audaces. Los financieros que conocen mejor los entresijos del sistema llevan a cabo operaciones que, sin estar estrictamente por fuera de la ley, rozan lo ilegal. En ocasiones se pasa en una misma operación de lo legal a algo menos legal o a lo francamente ilegal. Existen paraísos fiscales, esos lugares que son como espacios en blanco, donde pareciera que están suspendidas leyes que en otros lados tienen plena vigencia. Hay toda una parafernalia de especuladores que se mueven y se enriquecen al utilizar sistemas que, si bien no son delictivos en el sentido literal del término, equivalen a robar a efectos morales. Hay que distinguir qué es la legalidad y la moralidad de los comportamientos, sobre todo en situaciones de penuria y escasez.
Una de las cuestiones que más asombra es la insaciabilidad de algunas personas que cuentan con cantidades de dinero suficientes para más de diez vidas y que siguen robando. En realidad, no puedes comer más de dos o tres veces al día, y tampoco se puede dormir más que en una cama en cada ocasión. En el fondo hay un tope, más allá del cual el dinero se convierte en una molestia y no en una ayuda.
Para Luis Sepúlveda, el dinero se ha transformado «en el fetiche más popular, más recurrente y en el que más se cree. A mayor acumulación de fetiches, mayor prestigio. Se roba, por ejemplo, para ser incluido en la guía Forbes de las grandes fortunas del planeta. Gente que se ha enriquecido traficando armas, potenciando el robo de vidas humanas, gente que trafica drogas, robando posibilidades de vidas sanas y otros que corrompen, robando posibilidades de que las sociedades se desarrollen con cierta normalidad».
El robo está siempre asociado a la idea del poder. Desde los primeros tiempos, cuando un hombre primitivo vio que uno de sus congéneres salía a cazar, no con las manos, sino con un garrote, allí descubrió que ese elemento tenía varias propiedades además de matar. Y no se le ocurrió confeccionar otro, sino que se lo robó al dueño en un descuido, y lo transformó en un elemento de poder en sus manos.
Pero, como en todo, existen los matices, que han variado con el correr de los siglos. Recuerdo la primera vez que llegué a la preciosa ciudad italiana de Ferrara, llena de villas delicadas y maravillosas. En el Renacimiento tenía menos del uno por ciento de analfabetismo. Era una ciudad culta. En medio de tanta belleza está el castillo de la familia Este, que es como el de Blanca Nieves, cerrado, amurallado, donde vivían quienes mandaban allí, unos personajes shakesperianos o de Mario Puzzo, el creador de El Padrino. Eran crueles, asesinos, se mataban unos a otros. Sin embargo, emplearon sus depredaciones para la promoción artística y en alfabetizar a la población. Es curioso cómo dentro de esa brutalidad tenían una idea de alguna manera estética del dinero, mientras hoy se lo quema en las fiestas marbellíes o cosas por el estilo.
CUANDO ROBA EL ESTADO
El Estado de bienestar moderno es uno de los indudables logros de la civilización. Por ejemplo, la seguridad social, la protección del desempleo y la salud garantizados por el Estado son argumentos claros a favor del progreso moral de la humanidad. En ese sentido, podemos afirmar que hoy vivimos en una época moralmente más avanzada que la de Aristóteles o Voltaire.
Los elementos del bienestar hoy no son un logro ni de la derecha ni de la izquierda, sino de la civilización. Hemos pasado a una posición superior, en la que la sociedad se ocupa de los miembros y no simplemente los yuxtapone como en otras épocas. Lo que sucede es que la protección social es muy cara y necesita recaudar mucho dinero de los contribuyentes. Pensemos que en algunos países los individuos llegan a pagar el cincuenta por ciento de sus ganancias al Estado. Nunca ha existido recaudador, ni feudal ni medieval, que se haya llevado ese porcentaje de lo que ganaba la gente. Los señores feudales ofrecían algún tipo de protección, no tan completa o sofisticada como la del Estado de bienestar, pero se conformaban con recaudar mucho menos.
Martín Caparrós tiene su visión particular sobre el tema: «La gente acepta que el Estado le saque parte de lo que consigue por un viejísimo pacto, que tiene miles de años: "Te doy parte de lo que .tengo, para que a cambio me des cierta protección". Es el viejo pacto mafioso. La protección al principio podía ser estrictamente militar, y después fue ampliándose a salud, educación, organización. Uno se deja robar alguna parte de lo que tiene a cambio de que le den cierta seguridad. Por eso mucha gente reacciona cuando el Estado no cumple con su parte del pacto mafioso».
En la actualidad hay ocasiones en las que los impuestos estatales son abrumadores, y si el Estado no cumple con su función redistributiva —facilitar servicios, protección, ayuda, apoyo y comodidad a los ciudadanos—, éstos se lo demandan de forma violenta. Así, estamos en presencia de un verdadero robo cuando vemos a funcionarios que contratan obras faraónicas, involucrados en fraudes, en comidas supuestamente de trabajo con grandes dignatarios, o comprando armas cada vez más sofisticadas que luego se pudren en los cuarteles porque simplemente se trata de inversiones técnicas que aumentan año a año. Todo esto es una forma legal de robo. Por lo tanto, la protección y el beneficio de la sociedad son la única justificación que tienen los impuestos, y lo que evita que se transformen en una máquina de aplastar conciencias y voluntades.
«Hoy se supone —dice el padre Busso— que la gente debe estar amparada por un sistema de asistencia social, por las leyes, a diferencia de la antigüedad, donde los pobres sólo eran amparados por la beneficencia. Se presume, con razón, de que la sociedad ha avanzado hasta legalizar la salud, la educación, etcétera. Por lo tanto, subleva el corazón cuando los pobres son perjudicados y sienten que su vida está atravesada por la injusticia social.»
YO TE ROBO UNA O VARIAS IDEAS
Cuando hablamos de robo imaginamos dinero y propiedades tangibles, pero qué pasa con las cosas intangibles. Por ejemplo, con las ideas, las patentes de los grandes inventos, un tema musical, el argumento de una novela o de una obra teatral. ¿Cómo se protege la creatividad humana que produce esos bienes intangibles, pero muy valiosos, en una época en la cual lo que importa es la información? En la actualidad es más importante este tipo de propiedad intelectual que los objetos físicos.
Marcos Aguinis es muy claro en su consideración sobre el tema:
«Yo creo que esta idea está vinculada con el esfuerzo que se debe hacer para no apropiarse de lo ajeno, en dejar que cada uno tenga el mérito que le corresponde y reconocérselo. Aceptar que cada individuo es fuente de riquezas que no deben ser quitadas, que son de su autoría porque son parte también del estímulo y la dignidad. Por ejemplo, algunas teorías colectivistas y autoritarias tratan de establecer una especie de anonimato. En el arte es donde se ve con precisión la importancia singular del ser humano. Nadie podría haber escrito la Novena sinfonía si no hubiese sido Beethoven, nadie habría escrito Los hermanos Karamázov si no hubiese sido Dostoievski».
Para el escritor Marcelo Birmajer «el alma humana necesita la individualidad, como el cuerpo requiere de comida. Tenemos que poder decir: esto lo inventé yo, esto lleva mi nombre. Porque mi escaso consuelo es saber cuál fue mi creación, en esta tierra de desconcierto, donde el único que sabe lo que ocurre es Dios o el misterio, y yo no sé nada».
Vivimos una época dominada por los desarrollos tecnológicos. En relación con este mandamiento y los derechos de autor, estamos frente a situaciones que todavía no se han definido, pero que están cambiando todo lo conocido hasta ahora. Hoy cualquiera puede obtener a través de internet el texto del último libro, grabaciones musicales o de una película aún no estrenada.
Me pregunto cómo el concepto tradicional de derecho de autor podrá resistir esta extraordinaria facilidad actual para el plagio. También es cierto que en la actualidad es cada vez más fácil que uno haga sus propios libros o discos al margen de las empresas. Así disminuyen los beneficios de las grandes corporaciones, que a veces son abusivos.
Pero, por otra parte, el artista queda desprotegido, porque ¿qué posibilidades tiene él de obtener los beneficios de su trabajo y qué sentido tiene para él mismo desarrollarlo, si cualquiera va a poder disfrutarlo de forma gratuita?
Creo que el tema de los derechos de autor, relacionado con internet y con las nuevas formas de reproducción tecnológica, va a cambiar en buena medida nuestro concepto del plagio, del robo intelectual. ¿Hasta qué punto vamos a poder seguir llamando robo a este comportamiento que quizá termine por convertirse en algo habitual? Cuando empezó a popularizarse la fotocopiadora ocurrió algo similar. Hoy la fotocopia de libros es normal, y nadie se siente culpable ni ladrón por haber fotocopiado el libro de un amigo para poder disfrutarlo, en lugar de comprarlo en un comercio.
EL ROBO ESTÁ ENTRE NOSOTROS
Como hemos visto, el séptimo mandamiento se refería originalmente a no robar almas, personas. Luego su significado se amplió: no expoliarás, no desvalijarás, no abusarás de la credulidad o la ingenuidad de tu prójimo para quitarle lo que lo beneficia de forma legítima. También surge la pregunta sobre si puede haber robos justificados por la necesidad o por otros robos anteriores de los que uno ha sido víctima y lo han dejado en situación de indefensión. Los Estados también se caracterizan por no cumplir con la séptima ley de Moisés cuando sustraen buena parte de sus ganancias a los contribuyentes y no lo revierten en beneficios para la sociedad. Finalmente, el robo de las ideas es una acción mucho más sutil que el sustraer objetos físicos, como también ocurre con los fraudes especulativos y financieros.
Se trata de un mandamiento que abarca todos los campos, relacionado con la moral de las sociedades y los individuos ya que muchas veces tan sólo una delgada línea separa al robo de lo que no lo es.
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