sábado, 28 de agosto de 2010

V NO MATARAS

V
No matarás
Yahvé escucha en silencio las acusaciones del señor Savater
Éste es el mandamiento que menos vamos a discutir. Nadie, ni los más escépticos y menos entusiasmados por las prohibiciones, rechaza este impedimento: no matarás. Es imprescindible y necesario, pero reconoce que estamos frente a una gran contradicción. En la historia se ha matado más en tu nombre que en el de los demás dioses...
Perdón... perdón... no te enfades, ya sabemos que no hay más dioses que tú, y que los demás son falsos. Lo que sí debes reconocer es que utilizándote como excusa se han declarado terribles guerras, cometido saqueos, se ha asesinado a millones de hombres, mujeres y niños.
¿Recuerdas la guerra de los albigenses? Seguro que sí. En una ciudad habían decidido pasar a cuchillo a, los pobres albigenses. Le preguntaron al obispo cómo había que hacer para reconocer quiénes eran herejes y quiénes no antes de ejecutarlos, entonces tu representante en la tierra recomendó matarlos a todos, ya que Dios reconocería a los suyos.
Debes aceptar que no te honran este tipo de planteamientos que se han repetido a lo largo de la historia.
Pero además hay otros problemas. Tú dices: «No matarás», pero tú nos matas a todos. No cabe duda de que eres el gran asesino universal. Claro, dirás que el quinto mandamiento sólo cabe para los humanos y no para ti, que estás por encima de ellos. Bueno... aceptémoslo así, pero de todas formas quedan una serie de dudas y temores, porque ya ves cómo está el mundo. No es un lugar donde reine el «no matarás» que tú nos ordenaste, sino todo lo contrario.

NO MATARÁS, PERO SIN EXAGERAR
El precepto sólo dice «no matarás», y a simple vista es una norma más que razonable. Sin embargo, dentro de la propia Biblia existen numerosos reos que merecen la muerte. Hay castigo mortal para los sodomitas, los adúlteros o los enemigos del pueblo elegido. Hay otros ejemplos que añaden confusión. Todos los ejércitos llevan su capellán castrense que bendice sus tropas, los condenados a muerte tienen a su lado a un sacerdote que los acompaña hasta el patíbulo.
En su libro ¿Qué sabemos de la Biblia?, el padre Ariel Álvarez Valdez enumera los pecados mortales que se definen en el Deuteronomio:
—«Si aparece alguien entre ustedes diciendo vamos a servir a otros dioses, distintos de Yahvé, ese hombre debe morir».
—«Si un hombre o una mujer va a servir a otros dioses y se postra ante ellos o ante el sol, la luna o las estrellas, los apedrearás hasta que mueran.»
—«Si alguno no obedece lo que se le mandó en un juicio en el que se comprometió jurando por el nombre de Yahvé en vano, ese hombre debe morir.»
—«Si un hombre tiene un hijo rebelde que no obedece a sus padres lo apedrearás hasta que muera.»
—«Si un hombre mata a otro, el homicida debe morir.»
—«Si una joven se casa con un hombre y resulta que no es virgen, la apedrearás hasta que muera.»
—«Si un hombre rapta a otro, el ladrón debe morir.»
—«Si un testigo injusto se presenta ante otro y da testimonio falso, lo harás morir.»
—«Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos.»
En la Inglaterra del siglo XIX se intentó suprimir la condena a la horca para el robo, que incluía delitos por quince o veinte libras. Entre las fuerzas que se opusieron estaban los tres arzobispos que tenían representación en el Parlamento inglés.
Con estos ejemplos quiero mostrar cómo este «no matarás» que nos parece tan sublime ha sido desmentido no sólo por los laicos, sino también por los propios eclesiásticos.
Pero la lista es innumerable; por ejemplo, los conductores irresponsables que cogen un coche habiendo bebido unas copas y causan un accidente, también matan; matan las personas que consienten políticas que llevan al hambre o al abandono de millones de personas.
Luis de Sebastián habla de muerte directa e indirecta: «Todos los días más de diez mil niños mueren en el mundo de causas relacionadas con la desnutrición. A esos niños los mata el hambre, dirán algunos. Pero ¿quién es el responsable de esas muertes? Miles de personas cada año quedan mutiladas a causa de las minas antipersonas que se sembraron en distintos escenarios de guerras. ¿Quién es el responsable de esas muertes? También deberíamos fijarnos en los millones de muertes que se producen anualmente por la mala organización de la economía, por la discriminación en el reparto de los bienes materiales contra los que no tienen dinero y por falta de solidaridad». Hay una serie de conductas insensatas que tienen que ver con este mandamiento, como por ejemplo las de los médicos y científicos que durante el nazismo hicieron terribles experimentos utilizando a seres humanos como cobayas con la excusa del progreso de la ciencia.
Este precepto no se puede entender simplemente como «tú no emplearás la violencia de muerte contra otro», ya que habría que tomarlo de una manera más amplia como «no causarás por acción u omisión la muerte de otros».
La verdad es que el precepto «no matarás» se aplica a los de la propia tribu. Nadie admite el asesinato entre congéneres. Ni siquiera ocurre esto entre una banda de gángsters. La cuestión es si se puede asesinar a los otros. El precepto se vuelve sublime cuando se aplica a toda la humanidad y no solamente a los de la propia facción.
Ningún grupo humano podría sustentarse ante el peligro de ser asesinado por los más próximos. El enemigo es exterior, ajeno, el que es distinto, el que no es como yo. Esos no están protegidos por el «no matarás».
El rabino Sacca amplía el tema: «La traducción exacta del mandamiento es "no asesinarás". Obviamente el matar no está prohibido en la Biblia de una forma total. Uno puede defenderse cuando lo atacan, reaccionar y matar a su opositor antes que éste lo mate a uno. La Biblia también contempla la pena de muerte en algunos casos, por ejemplo al que asesina. Cuando se cumplen los requisitos se enjuicia al culpable y puede ser ejecutado, debe ser ejecutado.
»Lo que está prohibido es el asesinato, y cualquier forma de quitarle la vida a otro individuo, cuando la propia Tora no lo contempla. Aquí también entra en juego la honorabilidad de los seres humanos. ¿En qué medida considero que una persona me viene a matar?, ¿cómo sé que el que pasa por mi vereda es una amenaza para mí y para mi familia? Aquí debo dar muestras de sentido común y raciocinio para evaluar qué grado de peligro tiene mi supuesto enemigo».

LOS QUE MATAN Y SUS CÓMPLICES
Los grandes asesinatos masivos no habrían podido llevarse a cabo si los inspiradores no hubiesen tenido cómplices y voluntarios emprendedores que los ayudaran a cometer sus delitos. En muchas ocasiones dichas personas no se sienten culpables y dicen que cumplían órdenes. La famosa y siniestra obediencia debida que tantas veces hemos escuchado mencionar.
Ellos son el final de una escala, el responsable es la cabeza, el que organiza y decide. Los cómplices creen que no hacen nada. En un libro espléndido de Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, se comenta el proceso a Adolf Eichmann. Arendt explica que se trataba de un burócrata que se consideraba a sí mismo totalmente inocente, que todo lo que hizo fue poner la firma en un papel y que no cometió ningún delito. Sin embargo, ya no queda ninguna duda de que él fue parte imprescindible para cometer esos terribles crímenes y asesinatos.
La verdad es que nunca le faltan razones a quien desea matar; desde las justificaciones que busca Raskolnikov para asesinar a la vieja usurera en la novela Crimen y castigo de Dostoievski, que se elimina a un ser superfluo y dañino, hasta las grandes justificaciones heroicas, la salvación de la patria, la revolución, el triunfo del proletariado.
En cualquier caso, nunca han faltado argumentos para justificar muertes y crímenes. Frente a estas circunstancias se alza esta súplica, esta exigencia de «nunca más». Quizá sea mucho pedir que «nunca más» se cometan crímenes y violaciones. Pero no que «nunca más» se intente justificar, legitimar, convertir en decentes asesinatos y abusos. «Nunca más» se incurrirá en la legitimación de la muerte.

¿CUÁNDO COMIENZA LA MUERTE?
¿Qué es la muerte? ¿Cuándo se está muerto? El límite que distingue entre la vida y la muerte se desplazó poco a poco a lo largo de los siglos. Hoy se recuperan personas que hace cien o doscientos años estaban clínicamente desahuciados. Los avances tecnológicos nos permiten sorprendentes posibilidades de reactivación del corazón, del cerebro y, en definitiva, de la vida.
El punto donde se establece la muerte irreversible es cada vez más tenue. Se trata no sólo de la prolongación de la vida vegetativa, sino de la posibilidad de la existencia personal y consciente. Con toda seguridad, los años que están por venir nos permitirán tener más posibilidades de recuperar personas del seno de las tinieblas irreversibles.
Existe una justificación religiosa del no matarás a partir de la orden divina. Pero recordemos a otro personaje de Dostoievski, aquel de Los hermanos Karamázov que decía: «Si Dios no existe, todo está permitido». Los que no somos religiosos pensamos de otra manera: «Pese a que Dios no existe, hay muchas cosas que no pueden estar permitidas».
Entonces, ¿cuál es la justificación racional del quinto mandamiento? Matar significa introducir un principio antisocial por excelencia dentro de la comunidad. La sociedad se basa en la confianza mutua de quienes la componen. Los que están en ella deben ser socios, cómplices en la vida, y no deben transformarse en los enemigos que la amenazan y la destruyen. El hombre que está rodeado de asesinos vive peor que en la selva, porque sus propios semejantes pueden representar el crimen.
De modo que hay una visión religiosa: «No matemos porque Dios no quiere que matemos», a pesar de que él —insisto— nos mata a todos, algo que no debemos olvidar. Pero, por otra parte, está el principio racional: no matemos porque eso destruye la sociedad y termina con la confianza imprescindible para que los seres humanos podamos reposar y descansar unos al lado de otros, sabiendo que nos guardamos las espaldas y no estamos amenazados por los que están cerca de nosotros.

El mayor crimen está ahora, no en los que matan, sino en los que no matan pero dejan matar.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET

El quinto mandamiento convierte el matar en un acto escandaloso por excelencia, la muerte en algo antinatural. Sin embargo, todos sabemos que la muerte es lo más natural que existe, lo menos escandaloso y lo más absolutamente trivial. El mismo dios que prohibe que los hombres se asesinen unos a otros es el que ha establecido que la muerte es el precepto universal que prolonga la vida: morimos para que los demás puedan vivir.
Entonces la muerte es el gran instrumento, el mecanismo por el cual se prolonga la existencia en la naturaleza, en la divinidad, en la creación o en lo que ustedes quieran. ¿Cómo puede ser que ese precepto sea el más divino y el más natural? En el fondo los seres humanos hemos luchado contra la muerte y el asesinato, en contra de la naturaleza y la propia divinidad, que nos mata a todos por igual.

LA GUERRA, LA GRAN EXCUSA PARA MATAR
No hay nada que diga que un territorio es o no imprescindible para la subsistencia de un determinado grupo humano. Hitler consideraba que el espacio vital de su país exigía la conquista de Polonia, Austria y de Europa entera. Y así hemos visto en la modernidad muchos otros casos en los que distintas naciones vieron como necesaria la posesión de territorios limítrofes.
Desde el siglo XVI los estudiosos del derecho natural han hablado de la existencia de guerras justas e injustas. Y entre las primeras, se encuentran aquellas que se producen en defensa de la vida humana, aunque destruyan otras vidas.
Creo que no hay que entender el proceso biológico como un absoluto, como un criterio zoológico. Hay que tomarlo como referencia a la vida humana, que exige libertad, autonomía, capacidad de intervención y decisión en los asuntos que nos afectan. En esa instancia, en la defensa de esos valores, entonces sí creo que se debe recurrir a la violencia, cuando todo está amenazado por la tiranía y la invasión destructora.
Me parece muy bueno no verter sangre humana, pero hay un momento en que el tirano se convierte en una causa de sufrimientos, crímenes y muerte, por lo que el respeto a la vida exige el enfrentamiento en un terreno en el que también pueden perderse vidas biológicas.
León Tolstoi se preguntaba y contestaba en Guerra y paz: «¿Qué es la guerra? ¿Qué se necesita para tener éxito en las operaciones militares? ¿Cuáles son las costumbres de la sociedad militar? La finalidad de la guerra es el homicidio; sus instrumentos, el espionaje, la traición, la ruina de los habitantes, el saqueo y el robo para aprovisionar al ejército, el engaño y la mentira, llamadas astucias militares; las costumbres de la clase militar son la disciplina, el ocio, la ignorancia, la crueldad, el libertinaje y la borrachera, es decir, la falta de libertad. A pesar de esto, esa clase superior es respetada por todos. Todos los reyes, excepto el de China, llevan el uniforme militar, y se conceden las mayores recompensas al que ha matado más gente... Los soldados se reúnen, como por ejemplo sucederá mañana, para matarse unos a otros. Se matarán y mutilarán decenas de miles de hombres, y después se celebrarán misas de acción de gracias porque se ha exterminado a mucha gente (cuyo número se suele exagerar) y se proclamará la victoria creyendo que cuantos más hombres se ha matado mayor es el mérito».

Sólo hay una guerra que puede permitirse el ser humano: la guerra contra su extinción.
ISAAC ASIMOV

Para Baltasar Garzón existe una alternativa a la violencia y la muerte: «La Corte Penal Internacional. Ni siquiera el Tribunal de Nüremberg tuvo tanta importancia. Sin embargo, llama la atención que países que son paladines de los derechos humanos no solamente desprecian, sino que incluso manifiestan su intención de combatir esta iniciativa, que no es para perseguir a quienes desarrollan misiones humanitarias o de paz, sino para protegerlos de quienes quebrantan el orden internacional fijado. Precisamente esta corte y el estatuto vienen a ejercer el principio de igualdad. Es decir, no se van a tomar en cuenta ni inmunidades, ni impunidades, ni principios de obediencias debidas, que tan malvadas consecuencias han tenido en otros países, como por ejemplo la Argentina».

LA PENA DE MUERTE
Una de las aberraciones mayores de nuestra época es el mantenimiento de la pena de muerte, incluso por parte de países tan importantes y distinguidos como democráticos. Ninguna legislación internacional sanciona la pena de muerte. Ni siquiera el genocidio está penado así. Sí existen condenas muy duras, reclusiones de por vida, pero no la muerte.
Entonces la pregunta que se plantea es: ¿cómo puede ser que países que firman convenciones internacionales en las que se descarta la pena capital, la empleen dentro de su territorio por delitos menores al genocidio?
Pero también resulta absurdo lo que se considera delito según los países. Por ejemplo, la homosexualidad, que en Occidente es un derecho libremente aceptado, en otras culturas está castigado con la muerte. Hoy en día, en algunos lugares del mundo se convierten en delitos capitales cosas que ni siquiera son sancionadas en otros.
El juez Baltasar Garzón considera que «la visión que se ha tenido de la privación legal de la vida ha sido netamente utilitarista y muy sectaria, desde la Iglesia católica hasta cualquiera de los tiranos que hayan estado o estén pululando por el mundo. En definitiva, la pena de muerte ha sido planteada con un alcance económico, estratégico, político y religioso, que según ha convenido se ha suprimido o se ha aplicado. Por lo tanto, si se hiciera un análisis de cada una de estos elementos, se llegaría a la convicción ineludible de que el respeto a la vida conlleva la abolición de todo tipo de pena de muerte».
Además el mantenimiento irracional de la pena de muerte tiene que ver con el deseo de venganza y de mantener un fondo de atrocidad colectiva que no creo que mejore ni eduque a ninguno de los habitantes de los países donde todavía pervive esta aberración.

Un torturador no se redime suicidándose, pero algo es algo.
MARIO BENEDETTI

NO TORTURARÁS A MENOS QUE SEA NECESARIO
Otra realidad atroz a lo largo de los siglos es la tortura, el empleo del dolor físico para obtener información, humillar o destruir a los contendientes y adversarios políticos.
Lo curioso es que uno de los elementos básicos de la justicia divina son las torturas del infierno y los castigos de los que tantas veces nos han hablado.
Hoy nadie justificaría la tortura, pero sin embargo hay algunos que dicen: «Bueno... hay que tener en cuenta la tortura si es un medio para conseguir información vital». Si, por ejemplo, como suelen plantear los profesores de ética, alguien ha puesto una bomba en uno de los cuarenta colegios de la ciudad y sólo quedan tres cuartos de hora para la explosión, y el que ha puesto el artefacto se niega a declarar, ¿es lícito o no torturar a esa persona para que confiese y se evite la muerte de esos inocentes?
Este tipo de suposiciones arbitrarias, confusas y complejas son las que llevan a decir: «Una vez que uno puede torturar para obtener información, todo lo que obtenga termina siendo interesante, si uno decide que quiere obtenerla y por lo tanto lo que quiere es torturar a partir de ello».
Yo admito que una persona, sea un padre o un policía, en un caso como el hipotético de los cuarenta colegios y la bomba, coja al criminal y le retuerza las orejas hasta que confiese dónde estallará el artefacto. Pero después de haber salvado a los niños debe aceptar recibir el castigo que sea por haberse comportado así. Lo que no admito es que se cree una norma según la cual unos individuos decidan cuándo una información es interesante, para a continuación obtenerla mediante el sufrimiento físico del potencial informante.
En la tortura, el ser humano queda en las manos de otro, convertido en un guiñapo que puede ser estrujado y destruido. Es el punto máximo de abominación, de la destrucción de la dignidad, y esto no se puede legislar. Si en algún momento hay que torturar a alguien para sacarle datos, que quien lo haga se atenga a las consecuencias, pero que no pida una ley para que justifique esa acción.
«La tortura es una especie de muerte —dice Garzón—, de matanza autorizada, y lo llamo así porque estoy pensando en los crímenes de torturas y desaparición forzada de personas. En definitiva, el trato degradante es llevar a la persona humana hasta un límite mismo que roce la muerte. A tal punto que, en la mayoría de los casos de personas torturadas y a los que yo he tenido ocasión de recibirles declaración en los procesos de investigación de crímenes contra la humanidad, deseaban la muerte en algún momento de su cautiverio o prácticamente día a día. Y si aguantaban, era por las ganas de vivir, pero de hecho la muerte por parte del victimario se había producido. Es decir, la degradación que la tortura supone de la persona y de su dignidad es tal, que sin lugar a dudas es equivalente a morir.»
Hay casos impresionantes de individuos destacados que han pasado por campos de concentración, por ejemplo en la época nazi o soviética. Muchos de ellos, años después de ser liberados se quitaron la vida. Creo que llegaron a la conclusión de que ya habían muerto, de que en verdad no habían logrado sobrevivir al campo porque su vida quedó allí.
Un ejemplo es el del psicólogo Bruno Bettelheim, quien en su libro Sobrevivir: el holocausto de una generación después afirma: «Ser uno de los pocos que se salvaron cuando perecían millones de personas como tú parece entrañar una obligación especial de justificar tu buena suerte, tu misma existencia, ya que se permitió que ésta continuara cuando ocurría lo contrario con otras exactamente iguales a ella.
»El haber sobrevivido también parece entrañar una responsabilidad imprecisa, pero muy especial. Ello se debe a que lo que debería haber sido tu derecho de nacimiento: vivir tu vida en relativa paz y seguridad —no ser asesinado caprichosamente por el Estado, que debería tener la obligación de protegerte la vida— se experimenta en realidad como un golpe de suerte inmerecida e inexplicable. Fue un milagro que el superviviente se salvase cuando perecían millones de seres como él, por lo tanto, parece que ello sucediera con algún propósito insondable.
»Una voz, la de la razón, trata de responder a la pregunta "¿Por qué me salvé?" con las palabras "Fue pura suerte, simple casualidad; no hay otra respuesta a la pregunta", mientras la voz de la conciencia replica: "Cierto, pero la razón por la que tuviste oportunidad de sobrevivir fue que algún otro prisionero murió en tu lugar". Y detrás de esta respuesta, como un susurro, cabría oír una acusación aún más severa, más crítica: "Algunos de ellos murieron porque tú los expulsaste de un puesto de trabajo más fácil, otros porque no les prestaste un poco de ayuda, comida, por ejemplo, de la que posiblemente hubieses podido prescindir". Y existe siempre la acusación última para la que no hay respuesta aceptable: "Te alegraste de que hubiera muerto otro en vez de ti"».

ABORTO, SUICIDIO Y EUTANASIA
Es obvio que el quinto mandamiento se refiere a no matar personas. Entonces la cuestión es si un feto es una persona o un conjunto de células, cuyo desarrollo puede llegar a constituirse en un ser humano. A las dos o tres semanas de producida la concepción, ¿puede pasar a vivir en forma independiente de la madre? Es cierto que un conjunto de células que pueden llegar a formar un ser humano no lo son, de la misma manera que una castaña no es un castaño, aunque puede llegar a serlo. La cuestión es: ¿dónde se establece esa distinción? ¿Cuándo se produce el paso del embrión al ser ya realizado? Se trata de un tema que ha provocado muchas discusiones y que ha cambiado a lo largo de los años. Pensemos que en el pasado había menos abortos porque existía más infanticidio. A las niñas no deseadas se las ejecutaba, al igual que a los niños que nacían con taras.
Hoy por fortuna no existe el infanticidio, pero sí la polémica sobre el aborto. Por supuesto que abortar no es algo irrelevante. Creo que ninguna mujer lo hace por gusto ni por capricho. Se trata de un problema no sólo legal, sino también moral, y hay que planteárselo. Hay visiones diferentes, las laicas y las religiosas, pero dentro de estas últimas hay también divergencias en el tratamiento del tema.
En el caso del judaísmo está prohibido como concepto general, pero existe la posibilidad de realizar el aborto terapéutico cuando corre peligro el embarazo y la vida de la madre. «Consideramos que la vida de la madre se antepone a la vida del feto —dice el rabino Sacca—, porque no se lo considera un ser vivo total sino relativo. De acuerdo a la ley, el que asesina a una persona tiene una condena, pero el que practica un aborto, aunque está prohibido, no tiene condena. Porque no mató a un ser humano, sino a algo que está en un proceso de vida. Hasta que la persona no nace no es considerada totalmente viva como ser humano, pero sí está en proceso de vida y está prohibido asesinarlo, salvo que otro ser vivo total corra peligro por causa de él, esto es aborto terapéutico.»
El catolicismo condena de forma específica el aborto y lo castiga con la excomunión ipso facto. El padre Busso explica la posición de la Iglesia: «La persona que realiza un aborto y los que le ayudan y colaboran caen en este castigo, siempre que el aborto se realice efectivamente y el individuo conozca la existencia del mismo, porque se trata de una de las formas de matar más graves. Para nosotros hay vida desde la concepción y hasta la muerte natural. La concepción está dada desde el momento en que se unen las dos células: la masculina y la femenina. No siempre fue considerado así, porque antes se pensaba que el alma era infundida al tercer mes de vida, por lo tanto recién a partir de ese mes se consideraba que el aborto producía una muerte. Muchas legislaciones civiles conservan la expresión "personas por nacer" al referirse al no nacido».
Cuando se habla de no matar parece que uno se refiere a no matar al otro. Pero ¿qué pasa con los suicidas, los que se matan a sí mismos? Allí existe una complicidad entre el delincuente y la víctima. Es decir, son la misma persona. Podríamos decir que es el único crimen realmente perfecto; el asesino —el suicida— nunca puede ser castigado. Escapa en definitivamente de la justicia, al menos de la terrena.
Si consideramos que la vida humana está en manos de Dios, que es una propiedad divina, que sólo somos usufructuarios o que vivimos de alquiler, entonces no tenemos derecho a quitárnosla. Otra cosa es si pensamos que la vida es un bien al que le debemos dar una jerarquía: alta, baja o sin ningún tipo de interés.
El suicida lo único que hace es renunciar a algo que ha sido un bien, y que ha dejado de serlo. Tal vez uno pueda suicidarse incluso por amor a la vida. Uno ha amado tanto la vida y las cosas buenas que ella tiene, que no se resigna a aceptarla cuando carece de lo que la hacía apreciable.
Para los judíos es tan condenable el suicidio como el asesinato. Según el rabino Sacca, «cuando una persona se deprime y se debilita, debe encontrar fuerzas para sobrellevar ese problema y no atentar contra su vida, porque si Dios nos está exhortando a no hacerlo es porque tenemos fuerza para lograrlo».
Existieron grandes maestros de moral como Séneca, por ejemplo, que defendieron la licitud del suicidio. Otros lo han considerado como una agresión a los derechos de la divinidad, y hasta ha llegado a ser un delito en algunas legislaciones.
Pero se trata de un tema de reflexión relacionado también con cuestiones como la eutanasia, que es la muerte que se da a enfermos terminales que no desean seguir viviendo; un fenómeno complejo que se plantea ante la decisión moral y jurídica en relación con este mandamiento. ¿Cuándo tiene un paciente derecho a pedir que sus sufrimientos se acaben, que no le prolonguen la vida de manera artificial? En síntesis, cuando un médico no sabe cómo curar a una persona y ni siquiera puede paliar de forma suficiente los sufrimientos del enfermo, ¿qué derecho tiene a mantenerlo vivo? Hay consenso en la sociedad: evitar el encarnizamiento terapéutico. Es decir, que no se hagan esfuerzos desmesurados, incluso inhumanos, por mantener a toda costa una vida, aunque sea vegetativa, en contra de toda voluntad y esperanza.
Garzón considera que «entran en conflicto el principio de respeto a la vida como bien inalienable y los espacios de libertad y autonomía. En todo caso, si fundimos unos con otros, creo que no tiene sentido mantener la vida cuando ésta en realidad no existe. En estos casos deben primar la libertad y la autonomía de la persona. De lo contrario, lo único que se consigue no es alabar a Dios o justificar un componente ético mínimo, sino una forma de tortura legal».
Pero una cosa es prolongar la vida activamente y otra muy distinta es terminar con ella de manera también activa. No es lo mismo mantener enchufado a un enfermo que necesita determinado instrumento para seguir viviendo, que poner una inyección o hacer algún tipo de práctica que acabe con la existencia.
«El dejar morir, la eutanasia negativa, es lo que hacemos las personas —dice el padre Busso—, porque llega un momento en que las fuerzas naturales y el conocimiento de la ciencia en ese momento indican que deben bajar los brazos ante la realidad de la naturaleza... Una persona puede decidir sobre su propia vida en ciertos casos, lo que no puede hacer es matarse, pero puede pedir en un momento dado "déjenme morir", que es algo totalmente lícito. Por otro lado, el médico no tiene la obligación de mantenerlo con vida indefinidamente; tiene la obligación de curarlo y en un momento dado tendrá que resignarse y reconocer que "no se puede hacer más", porque cuando no existen más posibilidades cualquier acción terapéutica ordinaria puede transformarse en un acto de crueldad. Un valor al que se subordina el valor primario, pero no absoluto, de la vida propia es el motivo de caridad, como en el caso del martirio o de la ayuda a otro. La misma ley que permite disponer de la vida propia en ese sentido le prohibe disponer de la ajena por cualquier motivo.»
Se trata de un límite difícil, porque la omisión de un tratamiento también es causa de muerte. Por esa razón me parece lícito que exista lo que se llama un testamento vital. Es decir, un documento que firman los individuos cuando están en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, y en el que expresan su deseo de no ser mantenidos con vida en caso de que sus posibilidades de supervivencia sean sólo de carácter artificial. Pero todas estas cuestiones relacionadas con la vida y la muerte no se pueden solucionar y sancionar con un decreto, necesitan y exigen un profundo debate.
Para la religión judía también hay una clara diferenciación entre la eutanasia activa y la pasiva. «Cuando vemos que una persona está enferma —dice el rabino Sacca—, está sufriendo y pide que le quitemos la vida, no podemos hacerlo. La eutanasia activa está prohibida dentro del judaísmo, se la considera un asesinato. La eutanasia pasiva es la abstención de tratamiento al paciente, para que deje de existir por causas naturales. Hay una prohibición de alargar la vida por medios médicos a aquellas personas que inevitablemente van a morir y pasan por un gran sufrimiento. No podemos prolongarle el dolor. Tenemos prohibido por un lado acortarle la vida en forma activa y por el otro producir dolor innecesario.»
Los regímenes totalitarios y el terrorismo son en la actualidad los que ignoran de forma sistemática el quinto mandamiento. Estela de Carlotto dice que «en la Argentina se ha violado en forma terrible por la dictadura militar. Estamos hablando de treinta mil desaparecidos. Utilizamos esta palabra porque no han aparecido, pero después de tantos años, del no regreso de ellos y por propia confesión de los asesinos, estamos hablando de la muerte. Estos cristianos falsos que se persignan y comulgan todos los días han hecho uso de las armas, programado un plan de exterminio ideológico y concreto. Parece mentira que seres humanos hayan hecho esto y que se nieguen a pedir perdón por lo que hicieron».
Respecto del terrorismo, Garzón dice que «pese a que puede haber diferencias entre organizaciones, todas se plantean la muerte como un elemento más de su estrategia, pero no el único. La muerte es un instrumento más y a veces ni siquiera el más importante, aunque lo más importante sea la pérdida de la vida. Pero respecto al terrorismo hay mucha connivencia, pasividad. Hay incluso planteamientos que apoyan este tipo de soluciones violentas, que de alguna forma infringen el quinto mandamiento, más en el sentido ético que jurídico».
El quinto mandamiento —no matarás— es una ley de extremos, porque cubre las puntas, los cabos de la vida. Por una parte, ¿dónde empieza la muerte, qué la produce? ¿Cuándo podemos dar por irreversible el fin de una persona? En el otro extremo: ¿cuándo empieza la vida, cuándo se da el nacimiento y un conjunto de células, un embrión, se convierte realmente en una persona?
Es el mandamiento más nuclear, que pone en cuestión permanente lo esencial de nuestra propia condición humana.
El «no matarás» ¿afecta a la eliminación de un ser que es viable como persona al comienzo de la vida; o permite de alguna manera hacerlo al final? El «no matarás», como la propia muerte, pesa y está presente de forma permanente a lo largo de nuestra vida. Nos hace preguntarnos por nuestro origen y por nuestro fin, por nuestras obligaciones respecto de nosotros mismos, por nuestra existencia y por el mantenimiento de nuestra vida.

IV HONRARAS A TU PADRE Y A TU MADRE

IV
Honrarás a tu padre y a tu madre
El Señor, que se considera padre de todo y todos, escucha algunas reflexiones del autor
Ordenaste «honrar a padre y madre». Creo que toda persona bien nacida tiende a amar a sus padres de forma casi espontánea. De la misma manera que los padres aman a sus hijos.
Los padres son vistos por sus hijos como la puerta de entrada al mundo. Honrar a los padres es una buena idea, pero puede dar lugar a malos entendidos. Muchas veces, esos padres creen que honrarlos significa que su autoridad debe ser indiscutible; que hay que obedecerlos deforma ciega y cumplir con todos sus caprichos. A veces llegan a exigir a sus hijos que lleven la vida que ellos hubieran querido tener y no pudieron. Así los transforman en una especie de prolongación de sus deseos y de sus sueños.
Pese a tus exigencias, esta justa idea de honrar a los padres ha tenido, en ocasiones, consecuencias muy negativas. Yo no sé si tú habrás ido mucho al cine, pero, si eres aficionado al séptimo arte, recordarás una película excelente de Alfred Hitchcock que se llama Psicosis. Allí se muestran con toda contundencia los problemas que le pueden generar a un pobre chico el excesivo amor por su madre. De modo que, aunque no voy a negarte que la idea es buena, creo que, como todas, hay que matizarla.
Ten en cuenta que hoy la situación en el mundo es muy distinta de la que existía cuando tú estableciste este mandamiento. Pareciera que esto de honrar a los mayores está en desuso. Por si no lo sabes, en la actualidad el mundo de la compraventa se basa precisamente en los deseos juveniles. Ahora lo importante son los jóvenes porque son los que consumen. Mira... tiene tanta entidad ser joven, que es casi una obligación. Incluso, muchos padres y madres prefieren que los confundan con sus hijos, que los tomen por sus hermanos mayores. No me mires tan sorprendido... ya sé que en los tiempos en que entregabas leyes en el monte Sinaí los ancianos eran los más venerados, pero ahora todo ha cambiado. Nadie quiere ser padre, porque es algo que envejece en exceso. Todos quieren mantenerse jóvenes eternamente. Hoy se considera que perder la juventud es una enfermedad atroz. Así, nos encontramos en presencia de otro mandamiento que los hechos y costumbres de la gente cuestionan todos los días.

LA PROTECCIÓN PATERNA
Luis de Sebastián explica las razones de los hebreos cuando dispusieron el cuarto mandamiento: «Moisés estaba tratando de formar un pueblo homogéneo y unido, y vio claramente que la familia era un elemento básico del orden social. La autoridad paterna era el vínculo que ligaba a los individuos a la autoridad política y religiosa que daba unidad a la masa de individuos. Honrar a los padres es básicamente reconocer su autoridad sobre los hijos, reconocer que nuestros padres pueden mandarnos y aceptar nuestra obligación de obedecerlos».
Sin embargo, para el escritor Martín Caparros11 hay algunas cuestiones de este cuarto mandamiento que le llaman la atención: «Es un poco extraño, porque honrar a tu padre y a tu madre es algo que te ocurre naturalmente. El hecho de que exista un mandamiento que te ordene hacerlo da, de alguna manera, la pauta de que no se les ocurría, y que no serían muy amables con el papá y la mamá. Creo que se trataba de gente un poco rara. Lo que está claro es que el establecimiento del linaje y la transmisión de la propiedad necesitaban de una familia bien constituida, algo que posiblemente no estaba muy sólido cuando este muchacho, Moisés, bajó de la montaña con un par de piedras mal talladas. Supongo que los mandamientos hablan de las carencias, de aquello que mucha gente no quiere hacer por sí misma, y el hecho de que estos ancestros no estuvieran dispuestos a honrar a su padre y a su madre me da la sensación de que no hay nada nuevo bajo el sol. Es bastante habitual escuchar: "Ustedes no respetan a los mayores". Me lo decían a mí mis padres y ahora se lo siguen diciendo a los hijos».
A lo largo de nuestra infancia estamos protegidos por la figura de nuestros padres. Ellos se interponen entre nosotros y las responsabilidades; entre nosotros y los problemas, entre nosotros y las necesidades de la vida y la propia muerte. Los padres nos sirven como muralla a cuyo abrigo vamos creciendo.
Pero llega un momento en el que los padres comienzan a disminuir en su tamaño protector, hasta que desaparecen.
Entonces nos damos cuenta de que nosotros estamos en esa primera fila y nuestros hijos comienzan a guarecerse detrás. Esto va acompañado de la pérdida de la muralla que estaba entre nosotros y la necesidad, el dolor, las exigencias de la vida y la propia muerte. Es un momento dramático. Ya nos hemos convertido en maduros, somos padres y vamos camino a cumplir nuestro ciclo vital de la mejor o peor manera.

AUTORIDAD Y LIBERTAD
Una de las características de la paternidad es la subordinación de los hijos, que es la contrapartida de la responsabilidad que tiene el padre, el representar de alguna forma la autoridad.
Esta palabra no debe confundirse con autoritarismo ni con tiranía. «Autoridad» viene del término latino auctor, que significa «lo que hace crecer, lo que ayuda a crecer». Por lo tanto, se define como aquello que ayuda a crecer bien. Es precisamente lo contrario a la tiranía, porque el interés del tirano es mantener en una infancia perpetua a aquellos a los que quiere someter. La verdadera libertad es la que proporciona al hijo los elementos para alcanzarla.
La educación es básica en el desarrollo de la libertad. Pero éste es un tema que encierra un drama. Quien educa, padre o maestro, lo hace para que el educado se vaya, se autonomice. Pero hay una lucha interna, porque uno quisiera retener al educado, ser imprescindible. Entonces tal vez diga: «Bueno... voy a educarle un poco peor para que sea dependiente y no pueda irse de mi lado». Por lo tanto, el éxito de educar bien significa quedarse solo.
Otra particularidad es la relación con los padres ficticios, espirituales o artísticos. Muchas veces uno dice: «Has sido como un padre para mí». Esto tiene algunas ventajas, se trata de padres a los que uno puede descartar sin gran culpa. «Hasta aquí me serviste, no eres más mi padre, me busco uno nuevo. » Lo tratamos como si fuera un automóvil. Por ejemplo, en el terreno artístico, cuando uno se siente influido por alguien y lo considera un padre, no tiene claro si honrarlo es algo beneficioso. Tal vez lo que haya que hacer sea traicionarlo, porque muchas veces de las traiciones en el arte han surgido los grandes cambios y evoluciones, a partir de la energía que provoca intentar superar al maestro.
De todas formas se trata de una tarea difícil, porque en el empleo de la autoridad se pueden producir excesos y carencias que pueden bloquear el crecimiento hacia la libertad que se busca.

EL HONRAR SEGÚN LAS ÉPOCAS
Honrarás a padre y madre, pero ¿honrarás igual al padre que a la madre? Esto se vio condicionado por las distintas épocas. A lo largo de los siglos ha habido períodos patriarcales, en los que se honraba al padre por encima de todas las cosas y la madre ocupaba un lugar marginal. Pero también existieron momentos y grupos humanos que funcionaban alrededor del matriarcado, donde la madre era la figura fundamental y el padre un personaje secundario. Sobre este particular Emilio Corbiére tiene su visión: «El mundo ha vivido el matriarcado y el patriarcado como formas de dominación. Hay también una cuestión jerárquica. Yo creo que los hijos deben sublevarse contra los padres en algún momento en tanto en cuanto sean solidarios unos con otros. Eso lo explica la moderna pedagogía y el psicoanálisis. Un cambio generacional es como una carrera donde la generación más vieja le entrega la llama deportiva a la nueva. Pero debe haber una actitud solidaria en el concepto de este mandamiento, y no creo que haya sido así, por lo menos en el cuadro de época en la que se escribió, sino que se basa en una cuestión de autoridad, porque la ley mosaica es fundamentalmente autoritaria».

EL MUNDO DE LOS HUÉRFANOS
Es imposible pensar en la obligación de honrar padre y madre, si tal obligación no está acompañada del derecho a tenerlos, a saber quiénes son, a identificarlos como tales.
En la actualidad, la ciencia, a través de la inseminación artificial, le permite tener hijos a aquellas parejas que por algún impedimento natural no los pueden concebir. Pero esta herramienta se está desvirtuando. Personas sin pareja, una mujer sola, dos mujeres o dos hombres pueden decidir programar un hijo, al que ya lo dejan de antemano sin padre o sin madre. Estamos frente a una idea que considera que los padres son fenómenos culturales de los cuales se puede prescindir. Frente a estas situaciones, tengo otra lectura de este mandamiento: existe el derecho a tener padre y madre, el derecho a contar con una filiación.
Los avatares históricos pueden privarlo a uno del padre o de la madre, pueden hacer que uno tenga padres adoptivos. Lo que no hay que hacer es programar huérfanos. No hay derecho a que se prepare el nacimiento de un ser que va a carecer de padre o de madre, como si éstos fueran simples aditamentos superfluos.
Yo creo que nuestro origen simbólico de una doble filiación masculina y femenina, y del apasionamiento de esa doble filiación, nos crea un imaginario, que nadie tiene derecho a pasar por alto. Por lo tanto insisto: estamos frente a un mandamiento que requiere de un complemento imprescindible: la obligación de honrar a padre y madre trae aparejado el derecho de tener un padre y una madre a quienes honrar.

LA JUVENTUD, UN VALOR EN SÍ MISMO
Durante siglos, los ancianos han sido portadores de uno de los grandes beneficios sociales: la experiencia. Eran el registro viviente de aquello que se podía y debía hacer en cada una de las circunstancias. En tribus que no tenían escritura, las personas con experiencia eran las del buen consejo, las que habían pasado por distintas circunstancias y por lo tanto se consideraba que ellas sabían qué se debía hacer y qué se debía evitar.
La creación de la escritura dio a los conocimientos, recuerdos y leyendas un sustento más sólido que el de la memoria individual. Pero la experiencia de vida de los mayores, su madurez y su sosiego ante los apresuramientos y las pasiones determinó que las comunidades siguieran confiando en sus consejos, lo que los convertía en líderes.
En la antigüedad éste era el gran tema, relacionado a su vez directamente con el concepto del mando. La lógica primitiva consideraba que los padres de los padres de los padres debieron de ser aún más fuertes y sabios que los padres actuales; casi parientes y colegas de los dioses. Lo que aquéllos habían considerado bueno, porque se lo había revelado alguna divinidad, no podían discutirlo los individuos del presente, mucho más frágiles y simples humanos.
En este sentido, José María Blázquez explica que «en todas las culturas del mundo antiguo, era obligación respetar al padre y a la madre. Lo que hizo en este caso el legislador hebreo fue darle un carácter religioso a la norma. A partir de ese momento era el propio Yahvé el que ordenaba respetar a los padres. Pero el mandamiento abarcaba también a los abuelos, los tíos carnales, los tíos lejanos, etcétera. Honrar significaba socorrerlos en caso de necesidad, enfermedad, vivir con ellos si no podían hacerlo solos. El cuarto mandamiento siempre tuvo un carácter social y económico».
Sin embargo, en nuestra época, cada vez se da menos importancia a la experiencia, que hasta incluso se convierte en un obstáculo. En el mundo laboral, alguien que nunca haya manejado una máquina de nueva generación aprende a dominar mejor un aparato recién inventado que aquel que conoce modelos anteriores y que tarda más en acostumbrarse a su uso. Además, la persona sin experiencia alguna en el trabajo es más fácil de manejar, ya que es menos consciente de sus derechos. En cambio, quien tiene cierta edad sabe lo que le corresponde y crea conflictos a sus patrones ya que no se deja manipular con tanta facilidad. Por lo tanto, la gente con más trayectoria no es la más buscada ni la más aceptada.
Para el poeta y sacerdote Hugo Mujica,12 «nuestra cultura desprecia al anciano porque además desprecia la sabiduría; no es una cultura de vida, sino de funcionamiento. La sabiduría es el saber vivir, y el funcionar es técnico, y lo que se respetaba del anciano en la antigüedad era su memoria de sabiduría».
Ser joven se ha convertido en un valor en sí mismo. Hay una tendencia a considerar enfermo todo lo que tiene algunos años de más. Conocemos los valores de la juventud: fuerza, belleza, agilidad, espontaneidad. No se consideran atributos la madurez ni la ancianidad, ni se tiene una valoración positiva de esta etapa de la vida.
Es así como las personas mayores van perdiendo importancia, como cuenta la célebre novela de Adolfo Bioy Casares, El diario de la guerra del cerdo, y poco a poco se las va arrinconando y destruyendo. Estamos ante el riesgo de ir hacia una juvenilización permanente de la sociedad.
De cualquier manera, este cuarto mandamiento tiene sus propios límites. El rabino Isaac Sacca explica que «si la obediencia y el respeto a los padres implica un perjuicio para mí como ente físico o espiritual, yo no tengo la obligación de respetar a mis padres. Uno debe honrar, pero no debe vivir en función de sus padres, no debe ser esclavo de ellos. Honrar, como explica el Talmud, significa alimentarlos en su ancianidad, no ocupar el lugar de ellos en la vida, hablarles de una forma respetuosa, pero no quiere decir que uno debe aceptar la carrera que el padre elija o la esposa que ellos prefieran».
En este aspecto, Luis de Sebastián agrega que padres e hijos tienen la obligación compartida de mantener la familia. «Muchos padres están dispuestos a aceptar estas responsabilidades, pero exigen a cambio un fuerte tributo. Exigen a sus hijos una sumisión total y una obediencia ciega. Los padres no son propietarios de los hijos, ni los hijos son sus súbditos o siervos. La base de la relación, parece necesario recordarlo, es el amor que genera mutua comprensión, mutuo respeto, tolerancia y adaptación. »
Como contrapartida De Sebastián indica que «después de la hora de la convivencia llega la hora del agradecimiento y de la retribución. Las determinaciones biológicas se invierten. Los hijos son más fuertes y los padres los débiles... ».
Marcos Aguinis tiene una posición similar a la de De Sebastián: «Antiguamente los padres tenían una actitud muy autoritaria y se consideraba que el hijo debía acatar de una manera casi irracional su mandato. La voluntad de los mayores era sagrada, decidían los matrimonios, existía la ley de mayorazgo y una serie de iniquidades que se fueron corrigiendo con el progreso de la humanidad. Pero, en la actualidad, lo que estructura la familia y da mayor seguridad y riqueza es el respeto que se deben unos a otros y lograr que haya un permanente flujo de afectos entre padres e hijos».

PUBLICIDAD: LA FORMA DE SEDUCIR A LOS JÓVENES
Si comparamos la publicidad de hace cincuenta años con la actual, una de las primeras cosas que salta a la vista es que antes los anuncios estaban dirigidos a personas de edad mediana o entradas en años.
Poco a poco la publicidad se vio invadida por la presencia de los jóvenes y la venta de cosas que refuerzan aún más esta etapa de la vida: productos de belleza, ropa, bebidas, automóviles, etcétera. ¿Por qué este cambio? Porque cada vez con menos edad las personas tienen capacidad de gastar mucho, antes que otras generaciones. Hoy poseen tal posibilidad de consumo que hace que los publicistas se dirijan a ellos casi en forma exclusiva.
Los jóvenes conforman un mercado más abierto, prometedor y duradero, un mercado con más futuro y también más ingenuo. Hay pocos anuncios en los que aparezca gente mayor. Incluso cuando se ven, están maquillados y transformados en jóvenes postizos. Esto quiere decir que lo que debe hacer un viejo es vivir disfrazado comportándose como un joven el mayor tiempo. La regla que se impone es que la gente mayor no debe vivir de acuerdo a la edad que tiene y están excluidas del ideario publicitario. Voltaire daba el consejo contrario. Decía que, si uno no tiene las virtudes de su edad, seguro que tendrá siempre todos los vicios. Así pues, uno debería tener, o al menos intentarlo, las virtudes y capacidades de su edad. Voltaire no estaría muy contento hoy en día cuando lo que se potencia es que seamos verdaderos y falsos jóvenes, sin salir nunca de esa órbita consumista y hedonista.
Según el publicitario Marcelo Capurro, «pareciera ser que la publicidad deja de lado a los viejos, salvo cuando tienen que vender lentes de contacto o algo por el estilo. De cualquier manera, no considero que tenga tanta responsabilidad en esta concepción juvenil del mundo que vivimos. En realidad, las responsables son las grandes corporaciones que contratan a las agencias. Además lo que nosotros vivimos son reflejos de la publicidad norteamericana, donde los viejos son dejados de lado. En definitiva, los publicistas proyectan lo que la sociedad siente sobre la vigencia o no del cuarto mandamiento».

LA VIOLENCIA DESHONRA A PADRE Y MADRE POR IGUAL
Uno de los aspectos más terribles de la historia contemporánea es la inmensa cantidad de familias destrozadas y separadas por guerras, dictaduras y persecuciones de todo tipo. Hablamos de honrar a padre y madre, pero a veces hay que encontrarlos, ya que han sido arrebatados por la crueldad de personas que se comportan como fieras hacia otros seres humanos.
Tal vez uno de los ejemplos más claros en este sentido fue la dictadura militar que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983. El resultado de esa barbarie, entre otros, es la gran cantidad de personas que luchan por reconstruir el vínculo familiar. Uno de los grupos es el de las Abuelas de Plaza de Mayo, que buscan encontrar a sus nietos para, a través de ellos, recuperar de algún modo a sus hijos perdidos. La entidad está presidida por Estela de Carlotto, quien sufrió la desaparición de su hija embarazada. Aunque no ha podido dar con su nieto, su lucha le permitió reintegrar a más de sesenta hijos de desaparecidos. Así pudieron recrear un nuevo vínculo afectivo familiar, aquella memoria común que la dictadura deshizo.
Según la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, el sentido de la familia se basa «en el ejemplo que recibí de mis padres, lo que me permitió después devolverlo a ellos. Honrarás a padre y madre fue para mí la repetición de los ejemplos que me dieron. Aprendí que hay que hacer el bien, criar a los hijos en libertad, ser solidario, perdonar, convivir, que hay que entender y sobre todo que hay que amar».
Una de las experiencias más atroces es la de los nietos que vivían con padres falsos, que se habían apropiado de ellos. «Yo quizá puse el foco en estos 'nietos que estamos encontrando —dice Carlotto— que tenían una familia falsa, una mamá y un papá que no era el propio. Esos chicos, con su sinceridad e inocencia, los honraban. Los querían, creyendo que eran sus padres. Muchos años después, descubren que les han mentido, engañado, que los han robado y a pesar de eso no odian, no tienen rencores, pero empiezan a entender la historia de sus verdaderos padres, que dieron la vida por un país mejor. Entonces comienzan a honrarlos buscándolos, sabiendo que no van a venir, que como los mataron ya no están. Pero tratan de saber cómo eran, qué hacían, qué les gustaba, con quiénes vivían. Intentan, de alguna manera, encontrar su historia.»
El contrasentido a esta adoración de la juventud, es que nuestras sociedades desarrolladas, plutocráticas, cada vez tienen menos hijos. Estamos ante un fenómeno de envejecimiento de la población. Nacen pocos niños y eso crea una serie de descompensaciones sociales.
Los fondos para pensiones y seguridad social se mantienen con la aportación de los trabajadores en activo. Es por ello por lo que resulta necesario que se incorporen permanentemente jóvenes al mundo laboral. Por otra parte, muchas tareas tienen que ser cubiertas por gente que viene de fuera. La inmigración sustituye a esos hijos que no queremos tener. En el fondo, los hijos no queridos se presentan con otro color de piel, con otras ideas. Llegan a nosotros para cubrir esos huecos de la población que hemos dejado libres.
Uno de los temas importantes de la relación social es el del trato con los ancianos en las instituciones geriátricas. No todos llegan a ese momento de la vida en el mismo estado, capacidad, lucidez y autonomía de movimientos. Por lo tanto, hay ocasiones en las que se vuelve imprescindible que estén atendidos en una institución donde reciban determinados tipos de cuidados.
Sobre este tema el padre Busso discrepa y dice que «el anciano ya no tiene lugar en la vida familiar. Hemos creado un sistema perverso que son los geriátricos de pago. El anciano forma parte de la familia. El abuelo no es un agregado, y por lo tanto tiene mucho que hacer y mucho que decir. Creo que, si se tiene que pagar para que otro cuide a su padre pudiéndolo hacer el mismo hijo, es realmente una perversión de los fines. Es cierto que la vida contemporánea es muy compleja, que todo el mundo trabaja fuera de casa. Pero si hay dinero para pagar un geriátrico, también lo hay para contratar a una persona para que atienda al anciano en la propia casa. En el hogar de los pobres los ancianos siempre tienen su lugar».
Este es un tema polémico, porque en algunos casos hay quienes piensan de forma parecida a Busso: que dejar a los parientes en los geriátricos es una forma de egoísmo de los más jóvenes y que se debe plantear la posibilidad de que la familia se ocupe de cuidar al anciano. Pero la unidad familiar ha variado mucho. Antes se contaba con la mujer sacrificada y esclavizada dentro de la casa, dedicada a hacer de enfermera, cuidar niños y abuelos. Carecía de una vida autónoma, y no tenía gran incidencia en el mundo del trabajo. Hoy todas estas circunstancias han cambiado. Trabajan, tienen autonomía y no están en el hogar para poder cumplir como antaño las funciones asistenciales, que antes eran tan necesarias. Como consecuencia de ello, se produjo un vacío en lo referente al trato de los mayores en el marco de la familia.
Honrar a padre y madre implica el análisis de la relación entre los padres y los hijos. Pero va mucho más allá, porque involucra la educación, la preparación del hombre para la libertad. Es un mandamiento que contempla las formas de respeto hacia los mayores, pero también la ruptura de estereotipos y rutinas. Esta cuarta ley de Yahvé nos hace interrogarnos acerca de cómo aprovechar la experiencia de la ancianidad, que en nuestro tiempo está siendo desplazada por una adoración comercial de la juventud. Se centra en el tratamiento de nuestros mayores desde el punto de vista social y también, en ocasiones, en cómo buscar la reconstrucción de esas familias deshechas por la violencia, la guerra y las dictaduras. Se trata de una cuestión que plantea más preguntas que respuestas y dogmas, siempre abierta al debate.
Los padres son dos elementos básicos de la biografía individual. Pero además de preguntarnos por esta relación entre hijos y padres en cada uno de los núcleos familiares, hay una consideración más amplia, más abierta y más social que hay que tener en cuenta: ¿cuál es la relación en nuestras sociedades entre los jóvenes, las personas maduras y los ancianos? ¿Cuál es el trato que damos a quienes forman parte del eufemismo llamado «tercera edad»? ¿Qué hacemos con las personas que ya no se encuentran en el orden productivo, con quienes representan la memoria, la tradición y que a veces constituyen un obstáculo para ciertas renovaciones? ¿Cuál es el papel de la gente venerable en la sociedad actual? Éstas son las grandes preguntas sobre las que debemos debatir, y que nacen del análisis actualizado del cuarto mandamiento.

III SANTIFICARAS EL DÍA DEL SEÑOR

III
Santificarás el día del Señor
El escritor tiene una discusión laboral con Dios
«Santificar las fiestas»... pues muchas gracias. ¡Por fin un mandamiento en el que se nos ordena algo agradable! Es el único caso de tu lista de prohibiciones en la que se recomienda algo divertido: un día de descanso, de fiesta y de satisfacción.
De cualquier manera, tampoco es tanto, es sólo un beneficio sobre diez obligaciones. Pero, la verdad, es mejor esto a no tener ninguno. No... no creas que nosotros no te lo agradecemos. Quizá no tanto como tú quisieras, pero reconoce que siempre eres un poco exagerado, ya sea para ordenarnos como para pedir agradecimientos.
Sí... también sé que siempre generamos la discordia y no nos ponemos de acuerdo acerca de cuál es el día que propusiste para el descanso. Los musulmanes consideran el viernes, los judíos insisten con el sábado y los cristianos prefieren el domingo. Supongo que además habrá otras religiones que tendrán sus propios días, que no son ni viernes, ni sábado ni domingo.
Pero debes reconocer que es muy difícil cumplir este mandato porque, en definitiva, mientras hay alguien descansando otros tienen que trabajar. Además, en este mundo sucedió algo que ni tú ni Moisés imaginasteis en su momento, y es que a muchos hombres les iba a ser imposible tener un día de descanso, porque lo que no tendrían sería trabajo. Entonces, ¿descansar de qué?
El problema de millones de seres humanos en continentes enteros es que están en el paro. Son desocupados y ni se les ocurre pensar en los beneficios del tercer mandamiento porque lo que más anhelan es tener algo que hacer. Querrían poder cansarse trabajando, obtener beneficios para luego poder disfrutarlos. Descansan a la fuerza y, aunque no lo parezca, se trata de una situación que no es nada placentera. Así pues, muchísima gente ha cambiado su relación con el trabajo y con el ocio. Aunque, entre tú y yo, podrías haber sido más amable y haber puesto en la semana seis días de descanso y sólo uno para ganar el pan con el sudor de nuestra frente. De esta manera se habría repartido más el trabajo y es probable que todo el mundo tuviese ocupación. Sí, ya sé que no eres una agencia de empleo. Comprendo que estabas iniciando el mundo y no podías tener todo en la cabeza, con lo que algunas cosas se te pasaron. Pero si tú no has podido con todo, ¡imagina lo difícil que es para nosotros, que sólo somos seres de carne y hueso!

DESCANSAR CUANDO SE PODÍA
«Recordad el día sábado para mantenerlo santo, trabajarás seis días y en ellos harás todo tu trabajo, pero el séptimo día es un día consagrado a Yahvé, tu Dios. En él no harás ningún trabajo, ni tu hijo o tu hija, ni el criado y la sirvienta, tu ganado o el viajero que esté en tu morada, porque en seis días Yahvé hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos y descansó el séptimo día. Por eso Yahvé bendijo el día sábado y lo consagró. »
La idea de un día para santificar y que sea una fiesta ritual para ofrendar al Señor está ligada al concepto de semana. Para los griegos y los romanos cada uno de los días estaban dedicados a un dios determinado.
Además, como señala Luis de Sebastián, si las personas trabajaban de sol a sol todos los días del año, ¿cómo iban a dedicar tiempo al culto? «Y si no tenían tiempo para el culto y la religión, ¿cómo iban a ponerse bajo el influjo de los líderes religiosos del pueblo para ser dirigidos por ellos? ¿Cómo iban a dar sentido, poder social y consistencia económica al aparato religioso del templo, las sinagogas y los funcionarios? La institución del sábado, del día sagrado en que no se trabaja, es la forma histórica de reserva de tiempo de la vida humana para la religión y hacerla así socialmente relevante. »
Una jornada para un Dios, fuera del mundo del trabajo, quedó unida a la rutina en las ciudades, la de los comerciantes, y la de aquellas personas que abandonaron el campo. Los campesinos nunca han trabajado, ni en el pasado ni hoy, dividiendo su tiempo en semanas, sino según las estaciones y las épocas del año. Tenían que sembrar en un momento y cosechar en otro y no podían atenerse al pequeño período de siete días.
Esta rotación abstracta de una semana no tiene nada que ver con el sol, la lluvia o el viento, pues está relacionada con la forma de acotar el tiempo en la ciudad. El día de descanso es una cesura en ese ininterrumpido camino de las semanas laborales, que apareció cuando los seres humanos dejaron de lado los trabajos más ligados a los ciclos de la naturaleza. Entonces se inventó ese miniciclo perpetuo, al margen del calendario solar, que es la semana laboral tal y como hoy la conocemos. Por lo tanto, el día de descanso es una convención que sortea la naturaleza, en el que nada tiene que ver el sol ni las estrellas, ni las siembras ni las cosechas.
El catedrático José María Blázquez10 explica que «en el mundo judío había cinco grandes fiestas, planificadas en función de la agricultura, que al parecer estaban copiadas de los cananeos y los fenicios. Estas grandes fiestas, como la de los Tabernáculos, las Pascuas, etcétera, eran de carácter obligatorio y generaban una interrupción en el trabajo, porque la gente debía desplazarse hasta Jerusalén, que era el centro de la celebración».
Los cristianos cambiaron el día a santificar, que en su religión pasó a ser el domingo. ¿Por qué el domingo y no el sábado? Porque desde el primer día se celebró la resurrección de Cristo.
«Esto fue así —explica el padre Busso— porque a la semana misma de la resurrección de Cristo, el domingo, los apóstoles se reunieron para celebrar el milagro. Pero por otro lado, qué importa el día. Uno llega a Jerusalén los viernes y están los musulmanes, el sábado los hebreos y el domingo los cristianos. Lo importante es que la religión tenga la unión concreta del hombre con Dios y se manifieste en un acto de culto, más allá del día elegido, aunque para los cristianos sigue siendo el domingo el día de santificación.»

TRABAJAR, PERO NO MORIR EN EL INTENTO
Un amigo mío solía repetir que la prueba más contundente de que el trabajo no es bueno, sino todo lo contrario, es que te pagan por hacerlo. No hay que olvidar, especialmente cuando hablamos de vivir para trabajar, que lo importante es sólo trabajar para vivir, y no sacrificar la vida al trabajo. No es casual que la palabra «trabajo» venga de tripalium, que era un instrumento de tortura.
En realidad, la idea de dedicar un día a Dios fue una excusa magnífica, ya que no se podía cocinar, trabajar, ni encender fuego, etcétera. Lo único posible era permanecer en un estado de pasividad. Además, este mandamiento ponía paños fríos sobre la histórica maldición bíblica a Adán y Eva, cuando fueron expulsados del Paraíso, y que dejó a la humanidad sin más opción que trabajar y trabajar para ganar el pan con el sudor de su frente. La maldición fue terrible: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y por haber comido del árbol del que se te dijo: "No comerás de él", ¡maldita es la tierra de tu causa! Con esfuerzo comerás de ella todos los días de tu vida, la cual producirá ortigas y cardos y tú comerás los frutos del campo. Con el sudor de tu frente comerás pan hasta que vuelvas a la tierra de donde fuiste sacado. Eres polvo y al polvo regresarás». El judaísmo asoció desde un principio la idea del descanso al Génesis, a la creación del mundo. «Dios creó el mundo durante seis días y el séptimo descansó.»
«El hombre no puede estar constantemente creando, —dice en su contemporánea explicación el rabino Isaac Sacca— porque eso genera estrés. Tienen que existir momentos para el relax. Basta de crear. Hay que mirarse a sí mismo para reflexionar, analizar y descansar espiritualmente. Existen treinta y nueve trabajos básicos creativos y sus derivados que están prohibidos el séptimo día, que es un regalo de Dios al hombre para que éste lo disfrute.»

LA ESCLAVITUD FUE UN AVANCE
La esclavitud es uno de los males más terribles que ha padecido la humanidad durante siglos. Pero a riesgo de ser considerado un hombre de las cavernas, les aseguro que ser esclavo tenía su lado bueno, y con todo, fue uno de los grandes avances de la civilización.
En el fondo de los tiempos, los pueblos guerreaban entre sí y el destino de los adversarios derrotados no era otro que el de la muerte. No existía piedad para el vencido, ni para su familia. El triunfador masacraba a hombres, mujeres, niños y ancianos.
Cuando los pueblos comenzaron a necesitar mano de obra para cubrir sus requerimientos de agricultura, ganadería y construcciones, entendieron que era mucho más útil esclavizar a los sojuzgados que matarlos, con lo que además les daban una posibilidad de supervivencia.
Ese esclavo conquistado y sometido por la fuerza se convertía en parte de la sociedad a la que se integraba, aunque careciera de todos los derechos que poseían sus amos. Poco a poco, a lo largo de los siglos esos trabajadores fueron ganando reconocimiento y dignidad, de tal modo que el trabajo pasó de ser una obligación atroz a ser un derecho exigible y necesario, rodeado de garantías. Esta historia de la evolución de las fuerzas laborales está inmersa en el desarrollo de la civilización.
Pero el trabajo no siempre ha sido un valor tan bien visto. En el pasado era identificado con las clases bajas, una maldición a la que estaban obligados los pobres. Los valores imperantes eran los aristocráticos: la guerra, la caza, el baile, el mando. Las personas que vivían de forma deseable no trabajaban y se enorgullecían de no hacerlo. Las mujeres debían tener sus manos finas y tersas, no encallecidas por las tareas diarias. Sus rostros debían ser blancos, lo que las diferenciaba de las miserables campesinas que se exponían todos los días al sol.
A partir del siglo XIII las cosas empezaron a cambiar, con el ascenso de la burguesía, se comenzó a tener en cuenta la importancia de que una persona fuera trabajadora, responsable y que pudiera levantar una empresa con su esfuerzo.
Al llegar el siglo XIX estos conceptos se impusieron de forma definitiva. Como contraposición, a fines del siglo pasado hubo una nueva revaloración del ocio, del que todos intentamos aprovechar para volver a ser, por lo menos un poco, aquellos aristócratas que dejamos en el pasado.
El dinero, que a veces es producto del trabajo y otras no, creó nuevas jerarquías. Por lo tanto, lo que tengas en tu cuenta bancada tiene más importancia que la herencia de sangre. La habilidad comercial reemplaza al conocimiento en el manejo de las armas, aunque éstas sean utilizadas muchas veces para defender los intereses económicos.
Van surgiendo nuevas servidumbres que Yahvé no tuvo en cuenta como legislador. Siempre me hago la misma pregunta: ¿ha merecido la pena este proceso modernizador que nos llevó a ser propietarios? También respondo con otra pregunta: ¿tiene sentido ahora calificar ese proceso, que no veo cómo se podría cambiar?
Sin embargo, no toda la humanidad es igual. Los pueblos considerados incivilizados trabajan muy pocas horas al día y no necesitan de muchos objetos para vivir. Tampoco se preocupan por las posibles dificultades que pueda acarrear el futuro. Lo que sí tienen, y de sobra, es tiempo libre, que utilizan para divertirse o sencillamente para no hacer nada. Los especialistas en temas económicos insisten en que esta gente vive en la escasez. Lo que no entienden los economistas es que son millonarios en ocio, uno de los bienes más preciados en estos días. A propósito de los economistas, en el siglo XIX el escritor escocés Thomas Carlyle se refería a ellos como «respetables profesores de una ciencia lúgubre». Y no hay que pensar mucho para llegar a la conclusión de que en la médula misma de la economía está lo más lúgubre de la ciencia lúgubre: el trabajo.

El problema más acuciante es el ocio, pues es muy dudoso que el hombre se aguante a sí mismo.
NACHO DUATO

Vivimos en una época en la cual el ocio es más cansado que el trabajo. Por ejemplo, la gente siempre vuelve agotada de las vacaciones, y sería conveniente inventar una forma que permita descansar del descanso.
Nuestro tiempo es de la «Revolución del ocio», que se convierte en un ideal y en un destino para la mayoría de las personas. Aunque parezca un contrasentido, el ocio es hoy un tiempo ligado íntimamente a la producción. Es el momento del gasto. Se trabaja con intensidad para acumular dinero que luego será gastado durante las vacaciones, la segunda residencia de recreo, las diversiones, el entretenimiento, etcétera.
Pero de nada sirve el dinero que uno pueda acumular para utilizarlo en los momentos de ocio, si no está enmarcado en lo cultural. Porque es la cultura la que prepara al hombre para el ocio, no sólo para la productividad y la vida laboral, sino para poder crear y recrear cosas en los momentos en los que no trabaja para otros. La cultura le permite al individuo utilizar la totalidad de sus fuerzas para sus gustos, sin necesidad de comprarlos.
Una persona inculta se diferencia de una culta porque debe gastar más dinero en sus momentos de ocio, porque no puede generar nada por sí mismo y necesita comprar todo fuera. Pasa como con los países que no tienen producción propia, toda su riqueza se les escapa pagando lo que tienen que traer de fuera.
Una persona culta aprovecha los momentos de descanso para desarrollar lo que lleva dentro. Por supuesto que puede utilizar cosas externas, por ejemplo libros o discos, pero es él quien pone el valor agregado en el ocio. Utiliza sus conocimientos, memoria y sensibilidad para generar algo distinto al trabajo diario.
Por estas razones se debe tener en cuenta que no solamente hay que educar para desarrollar un oficio o una profesión. También hay que educar para el ocio, y conseguir una capacidad creativa, que nos evite vivir esos momentos sólo en el despilfarro y el consumo, como hacen los prisioneros de su propia incultura.
Luis de Sebastián explica que «el tercer mandamiento supone que se trabaja para vivir decentemente y sólo manda que no se viva para trabajar exclusivamente. Además, hay que vivir para causas nobles, para los demás y para uno mismo en cuanto persona lúdica, que necesita descanso y ocio para ser más humana y para aprovechar las capacidades de disfrute con que está dotada. En ese sentido, es éste el mandamiento del ocio y del juego, de la diversión, del cultivo del deporte, de las bellas artes y del disfrute de la vida. Y no solamente el mandamiento de ir a misa los domingos bajo la angustiosa amenaza del fuego eterno».
También hay que reflexionar acerca de para qué queremos todo lo que conseguimos con el trabajo. Estás trabajando seis días a la semana y de pronto hay un día en que paras, miras al cielo y al infierno, y te preguntas, como haría un andaluz: «¿Y to pa qué?». Y ese instante de reflexión es el descanso.

MODERNIDAD, DESEMPLEO Y DESEQUILIBRIOS SOCIALES
A comienzos del siglo XX, escritores de ciencia ficción y utopistas imaginaron que íbamos hacia una civilización del ocio, en la que cada vez se trabajaría menos y habría más tiempo para el descanso, la creatividad y el juego.
Lo que ocurrió fue algo parecido, pero con un signo bastante más siniestro. En lugar de llegar a la civilización del ocio vivimos en la civilización del paro. Está compuesta por grupos de personas que trabajan mucho, horas y horas, pero sólo para defender sus puestos de trabajo, que no se los quiten. La gente renuncia, incluso, a descansos y se obligan a hacer horas extraordinarias.
Por otro lado, otros millones de personas no tienen acceso al trabajo, viven en el paro, de la asistencia pública en el mejor de los casos, porque en muchos países son sencillamente indigentes que no tienen cómo conseguir ningún tipo de ingreso.
Esta situación dispar hizo que se produjera una modificación en el significado del ocio. Hoy ha dejado de ser un tiempo de descanso. Como ya dije, es el momento del gasto, del consumo. Así, la gente se esfuerza y acumula más estrés en los momentos de ocio que en los de trabajo. Porque es en esos momentos cuando tiene que pensar en qué y cómo comprar todo aquello que le divierte o que le puede proporcionar la sensación de un estatus superior.
En esta desproporción del trabajo, unos mueren de infarto por exceso de ocupación, mientras que otros mueren de hambre o de abandono por haber perdido las posibilidades de integrarse laboralmente a la sociedad.
¿Por qué el trabajo está tan mal repartido y no se pueden equilibrar estas desproporciones? Lo que sucede es que hoy ya es un bien social, no sólo un camino de producción, sino un camino para incorporarse a la comunidad. La gente necesita trabajar no sólo para comer, sino para no sentirse excluida de la utilidad y el reconocimiento social.
Creo que uno de los grandes desafíos económicos, sociales y políticos del siglo XXI es alcanzar un justo reparto de la demanda laboral para evitar que se siga profundizando la enorme brecha que hay entre los países donde existe el trabajo y los otros, obligados al ocio forzoso.

Acá hay tres clases de gente, la que se mata trabajando, la que debería trabajar y la que tendría que matarse.
MARIO BENEDETTI

El trabajo en la antigüedad podía ser extenuante pero, al menos, el individuo guardaba siempre la impresión de que era el dueño de aquello que estaba haciendo. Con su esfuerzo veía brotar un objeto, un producto. Algo completo y determinado que salía de sus manos.
El trabajo moderno es distinto. Tiene como característica que los trabajadores, además de fatigarse hasta la extenuación, nunca ven el producto de lo que están haciendo. El obrero sólo aporta una pequeña tuerca, una mínima modificación. Luego, mucho más tarde, aparece el producto, pero más allá de lo que puede ver el trabajador.
Existe entonces una sensación de automatismo en el vacío. De hacer un gesto final que el autor nunca puede ver y que tiene que componerse de otros cientos de gestos similares. Esto es lo que produce la especial angustia de la cadena de montaje y del trabajo de la modernidad, que ha sido tan bien representado por el cine.
Por supuesto que las imágenes de Tiempos modernos, de Charles Chaplin, son de gran impacto. Las filas de esclavos de Metrópolis, de Fritz Lang, también están en la memoria colectiva, y cada vez que se vuelven a ver tienen la contundencia del primer día. Allí se muestra lo que explicaba: la idea del trabajo desligado de la obra, que era lo que compensaba el esfuerzo; la robotización de las tareas. No es casual que la palabra «robot», que inventó Karel Capek, signifique «trabajador forzado», un símbolo del tipo de conducta que el cine muchas veces ha denunciado.

LA MÁQUINA, UN SUEÑO FRUSTRADO
Uno de los sueños más antiguos de la humanidad ha sido que las máquinas libraran a los hombres del trabajo, que fueran una especie de esclavos mecánicos que les permitieran vivir en un ocio creativo mientras ellas se encargaban de todas las labores. Existen obras de ciencia ficción, e incluso textos sociológicos, que en su día planteaban cómo las máquinas podían terminar con esa condena humana que es el trabajo.
La realidad ha sido bien distinta. Si bien es cierto que, en algunas regiones privilegiadas del planeta, el hombre se ha librado de una serie de tareas, sin embargo, ha quedado ligado a otras. La máquina aumenta nuestras posibilidades de hacer cosas. Multiplica nuestras obligaciones y nuestro tiempo de trabajo. Además incrementa los problemas sociales, porque al suprimir horas de tarea, deja a muchos en el paro, sin que se encuentre una solución.
La máquina no ha servido para hacer un reparto racional del trabajo, sino que ha dado más obligaciones a un grupo y condenó a otros a la inactividad.
Pero las máquinas en sí mismas no pueden resolver los problemas sociales, somos los hombres quienes debemos asumir el tema utilizándolas en forma racional. Tal vez una solución fuera disminuir el horario laboral sin reducir los salarios para que pudiese trabajar más gente. O tal vez se podría instituir un modo de tener actividad por períodos, alternándola con años de descanso, relevándonos unos a otros en los empleos. Y me pregunto si no ha llegado la hora de comenzar a pensar en una forma de ganarse la vida que no sea sólo mediante el trabajo. Quizá fuera necesario imponer un salario mínimo y fijo que se cobrase por la simple razón de pertenecer a un grupo social. Es la llamada «renta básica», conocida como «ingreso mínimo universal de ciudadanía». No sería un subsidio de desempleo ni un remedio a la menesterosidad, sino una base económica previa a las tareas laborales e independiente de la situación financiera de cada cual. A partir de este ingreso de subsistencia, cada persona podría organizar sus proyectos de trabajo, sus períodos de ocio o de empleo y las actividades no remuneradas que quisiera desempeñar.
Esta renta básica se puede imaginar de distintas maneras, moderadas o extremas. Por otra parte, no puede negarse que plantea desafíos complejos, porque sería imprescindible transformar el esquema de asistencia social que rige en la actualidad y la forma en que los Estados deberían financiar su instrumentación. El resultado más inmediato sería distribuir el trabajo de forma más equitativa, y aliviar los problemas de la desocupación, así como dignificar tareas como las de las amas de casa, imprescindibles, pero que hoy carecen de salario. Pero lo más novedoso sería convertir la actividad remunerada en una opción graduable de acuerdo con las ambiciones de cada persona, y dejar de ser, de ese modo, la tradicional maldición que impuso Yahvé a los hombres que no supieron obedecerle.
Es muy posible que esto no suene bien a los oídos de los expertos, pero yo no soy un especialista en economía. Alguien que sí lo es —el economista neoliberal Milton Friedman— fue quien ideó el proyecto de instaurar un impuesto negativo sobre la renta. Es decir, que todos paguen impuestos de acuerdo a lo que perciban, pero cuando los ingresos de la persona sean mínimos que ésta cobre en lugar de pagar.
Marcos Aguinis explica que «el trabajo es una bendición, nos ordena, nos recrea y nos inspira. Hay trabajos que gustan y trabajos que disgustan, pero la falta total de trabajo es muy negativa. En los países cuyo ordenamiento social y opulencia les permite que los subsidios por desempleo se extiendan en el tiempo, ya hay generaciones de desempleados, es decir padres, hijos, y en esos casos supongo que debe existir una atmósfera que humanamente me resulta difícil de comprender. De cualquier manera prefiero decir que la humanidad necesita trabajar».

UN MANDAMIENTO AMABLE
La sociedad Yahvé-Moisés no pensó ningún mandamiento que obligase a trabajar. La necesidad de trabajar era tan elemental que no se consideró necesario incluirla entre las obligaciones de los hombres.
Este tercer mandamiento es el único que nos veda algo que no nos apetece. Se dice: no trabajéis. Algo que a nadie le amarga. Es el mandamiento más jubiloso y más fácil de seguir. Yo supongo que nadie presenta objeciones a pasar un día de descanso. La expresión es santificar las fiestas, pero quiere decir que se debe dedicar la jornada al propio yo, al propio gusto, al desarrollo de la propia personalidad y no simplemente a la productividad. De modo que estamos ante el más hedonista de los mandamientos. Se trata de una ley que cubre una serie de aspectos que en primera instancia no se nos hubiesen ocurrido: las relaciones con el trabajo, con el ocio, con el sentido mismo de la vida. En definitiva, mucho más rico y profundo que simplemente pensar en obligarnos a dejar de hacer nuestra rutina una vez por semana.

II NO TOMARAS EL NONBRE DE DIOS EN VANO

II
No tomarás el nombre de Dios en vano
El escritor tiene un cambio de opiniones con el Señor
Vamos a ver... porque hay cosas que me parecen un error de tu parte. Prohibiste la utilización de tu nombre en vano. Pero deberías entender que hay veces en las que uno no puede cumplir aquello que prometió en nombre tuyo. Eso no es porque uno carezca de intención, ni porque no ponga la mejor voluntad del mundo para cumplir. Creo que deberías sentirte halagado de que los hombres echemos mano de tu nombre deforma constante para apoyar nuestros juicios y promesas. No sólo lo hacemos en esos momentos, sino también cuando mostramos enfado. Y aunque te parezca un contrasentido, si blasfemamos lo hacemos de alguna manera como un homenaje. Hay veces que nos sentimos tan indignados que la única forma que encontramos para enfrentarnos al mundo es meternos contigo directamente. En fin... tu nombre ha sido utilizado durante siglos para apoyar la jurisprudencia, negocios, gobiernos, etcétera. Mira la importancia que tiene el poder jurar en tu nombre, que cuando necesitamos convencer a alguien de que lo amamos nos respaldamos en ti. ¡Cuántas veces te habrás enfadado al escuchar: «Mi vida, te necesito tanto..., te lo juro por Dios!».
Bueno... bueno... tienes razón... tal vez abusamos un poco, pero pienso que tu mayor motivo de preocupación debería ser la falta de respeto que la gente tiene hoy por tu nombre. Es decir, juran amor y después lo traicionan. Los políticos juran que van a cumplir todo tipo de preceptos, que van a hacer toda clase de hazañas en tu nombre, y cuando empiezan a ejercer como funcionarios se olvidan de ti con suma facilidad. Parece que tu nombre se va devaluando, está perdiendo fuerza, aunque te caiga fatal, y eso no está bien para cualquier divinidad que se precie como tal.

DIOS COMO TESTIGO CUANDO SE JURA O SE PROMETE
Cuando era pequeño y quería asegurar algo decía: «Te lo juro», y el otro preguntaba: «¿Juras o prometes?»... y claro, en esa situación uno retrocedía porque eso de jurar ya era excesivo, y entonces decía: «Lo prometo». Así aliviaba mi conciencia porque, al no tener una ofrenda del testimonio divino, quería decir que se podía saltar lo prometido. Por esa razón, siempre los niños pedíamos: «No prometas, júramelo». «No... no... sólo lo prometo porque no se puede jurar». Allí ya se planteaba la dialéctica. Todos sabíamos que prometer era una cosa muy poco fiable. Había que escuchar de la boca del otro: «Te lo juro por ésta», y entonces eso lo convertía en algo definitivo... o por lo menos, casi definitivo.
Y éstas son situaciones que no sólo han tenido importancia en los juegos infantiles, sino también en la historia política. John Locke, en su libro Tratado sobre la tolerancia, obra fundamental para propugnar la tolerancia en Europa, excluía de las normas políticas a los ateos. Admitía en su «Estado ideal» a todas las Iglesias y creencias, pero no a los ateos. ¿Por qué? Sencillo, los ateos no eran fiables cuando juraban, que era algo básico en los procesos civiles de la época. Había que jurar cargos y la aceptación de las leyes ante los tribunales, entre otras cosas; por lo tanto, un ateo no era fiable porque juraba con toda tranquilidad y luego no cumplía o no podía cumplir lo que decía.
Es como un juego. Ponemos a Dios como testigo, aun sabiendo que no vamos a cumplir o que podríamos llegar a no cumplir.
Lo mismo pasa con nuestros circunstanciales interlocutores, quienes no le dan la mínima importancia a nuestro juramento. En definitiva, todos los que participamos de esa ceremonia hemos usado el nombre de Dios.
Lo utilizamos como un testigo trascendental, aunque sepamos de antemano que no va a poder intervenir públicamente para respaldar lo que uno afirma o niega. Es una especie de ritual de sobreentendidos, por no decir malentendidos, que en algunas ocasiones, salvo milagros, podría dar lugar a situaciones curiosas.
Existe una leyenda española, la del Cristo de la Vega, de Toledo. Habla de un soldado que antes de partir hacia la guerra le prometió matrimonio a una doncella. Se lo juró frente al Cristo de la Vega, un crucifijo que existe en la ciudad. El muchacho volvió luego de unos años, sano y salvo, pero ya no estaba enamorado de esa chica. Entonces se negó a cumplir con la promesa y todo derivó en un escándalo en el que intervino un juez, quien le preguntó a la dama si tenía algún testigo del hecho. Ella contestó: «Pues sí, estaba el Cristo de la Vega». Entonces al juez no se le ocurrió nada mejor que enviar a un escribano para tomarle declaración al Cristo. Todo esto que a nosotros nos parece descabellado, la leyenda lo transforma en un hecho razonable, ya que cuando el escribano le preguntó al Cristo si juraba haber presenciado los hechos que se discutían la figura de madera, muy segura de sí misma, descolgó una de sus manos que estaban clavadas en la cruz y afirmó: «Sí, juro». Más allá de la historia piadosa que fue inventada por Zorrilla, hoy uno puede ver al Cristo de la Vega con una de sus manos desclavadas de la cruz. Podríamos decir que éste es uno de los pocos casos conocidos en los que este testimonio trascendental se cumple.
Lo que pasa es que, con el tiempo, cuando los juramentos y los «te quiero» se multiplican, muchas veces lo hacen en vano, van perdiendo fuerza, se convierten en una simple moda y pierden veracidad. Hay muchos amantes descarriados que todavía prometen el oro y el moro pero cuando llega el momento cumbre de pronunciar las dos palabras más esperadas: «Te quiero», el terror los invade. Incluso conozco a mucha gente que sin ser creyente, si se encuentran frente a una situación donde deben prestar un juramento, un incómodo escalofrío les recorre la espalda.
El jurar era una parte fundamental en los juicios que se llevaban a cabo en el mundo judío. Por lo tanto el mandamiento era muy claro en ese sentido: no había que emitir falsos juicios, porque podían perjudicar al prójimo. El juramento era el elemento clave, tomado en cuenta por los jueces en sus decisiones y servía también como forma de mantener el orden social.
Por lo tanto, los israelitas debían ser muy cuidadosos y mesurados en la utilización del nombre de Dios. Cuanto menos se manoseara la palabra, más valor tenía.
En ese sentido el rabino Isaac Sacca dice que «si uno utiliza el nombre de Dios para asuntos banales, está despreciando la palabra y el nombre de Dios, y por carácter transitivo está despreciando al mismo Dios».
En la vida cotidiana el jurar es casi un acto reflejo. Como en tantas otras cuestiones, algunos religiosos se niegan a aceptar esta costumbre. Al respecto, el rabino Sacca explica que: «El juramento excesivo no es bien visto en el judaísmo. Sí es correcto hacerlo por algo serio en el momento adecuado. En ese caso se puede y se debe utilizar, aunque siempre contemplando la extensa reglamentación que tenemos al respecto que indica las formas y las causas que permiten hacerlo».
Pero, como en otros casos, las leyes de Moisés fueron superadas por la utilización del lenguaje. Cuántas veces habremos dicho «te juro que es cierto, que vi a fulano de tal en ese lugar». Esto no implicaría nada más que el refuerzo de algún relato o una idea, y no pretende ofender a Dios. Creo también, que salvo algún troglodita nostálgico de la Inquisición—que nunca falta—, los mismos religiosos hablan hoy del tema como una simple formalidad. Porque en realidad lo que importa es lo que acompaña al juramento, la afirmación que se intenta respaldar y si existe intención de perjudicar a alguien con una mentira. El padre Ariel Busso,8 decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica Argentina no cree que en estos casos haya intenciones ofensivas hacia Dios: «Cuando alguien dice "Te juro que es cierto" y se lleva los dedos en forma de cruz a la boca, la gente no quiere ofender a Dios. El problema es cuando se lo invoca en forma oficial, sabiendo de antemano que lo van a traicionar. Total, lo anotan en la cuenta de Dios, que no castiga como los hombres con la cárcel o con una pena que duela».
Lo que hoy subsiste en lo profundo de nuestra sociedad es el miedo reverencial al nombre de Dios y de Jesús, fuera de los contextos estrictamente religiosos o culturales que prescribe la Biblia. Tal como dice Luis de Sebastián en su libro Los mandamientos del siglo XXI. «Ha quedado en la tradición protestante, y por contagio probablemente también entre los católicos anglosajones, que se escandalizan ante el hecho de que un hombre lleve el nombre de Jesús. Pongo por testigo a Jesús Luzurraga, un compañero mío en la Universidad de Oxford a quien los ingleses no se avenían a llamarle por su nombre, porque les sonaba como una auténtica blasfemia, o al menos como un desacato a la divinidad».
En la actualidad, los tribunales seculares tienen una figura, que es la del «falso testimonio», con la que se puede acusar al que incurre en él, luego de jurar y después mentir ante un tribunal. Por lo tanto, es cierto que el juramento se ha devaluado. Pero también es verdad que su significado ha perdurado a través de los siglos y vive dentro de una de las instituciones fundamentales de la sociedad moderna: la justicia, ámbito donde nació.
Pero si bien es verdad que en la actualidad el juramento en nombre de Dios ha perdido su contundencia, no es menos cierto que en términos generales todas las palabras han perdido su valor. Sobre todo el valor de la «palabra empeñada». Me decía un amigo empresario televisivo: «Hasta no hace muchos años, te dabas la mano con tu interlocutor y el negocio estaba cerrado, sólo quedaba que los abogados se ocuparan del resto. Hoy todo ha cambiado, no hay palabra ni apretón de manos que valga, estamos en un mundo sin códigos». No quiero desalentar a mi amigo, pero en todo caso lo que han cambiado son los códigos, que siempre existen. Lo que sucede es que uno no se adapta o no quiere adaptarse a los nuevos que aparecen.
Ocurre además que la palabra oral ha perdido importancia frente a la escrita. El padre Busso es más explícito en este tema: «El problema no es el hábito de jurar, sino la pérdida de los valores. Estamos en un mundo donde las cosas que se dicen no tienen valor. Vivimos en la cultura de la falsedad y entonces es muy probable que el juramento se utilice para respaldar la mentira, que es lo habitual».
Cuando Yahvé le entregó sus leyes a Moisés en el monte Sinaí, el pueblo judío entendió que no había diferencias entre las normas religiosas y las seculares. Todo era una sola cosa. Entonces se planteaba el inconveniente de siempre: que como Dios no podía atender uno por uno a todos los hombres, otros individuos harían el trabajo por él.
Con Cristo y su Sermón de la Montaña, se produjo un cambio que se convirtió en definitivo cuando el cristianismo pasó a ser la religión oficial del Imperio romano. Entonces, se produjo una clara diferencia entre lo religioso y lo civil. De cualquier manera, las Iglesias siempre se las ingeniaron para reforzar su poder, y lograron manipular ciertas normas civiles. Por lo tanto, algunos de los mandamientos que no son más que el fruto del sentido común, con o sin Dios de por medio, pasaron al fuero civil:
«No matarás»; «No robarás»; «No levantarás falsos testimonios»; «No codiciarás los bienes ajenos».

QUÉ JURAMOS CUANDO JURAMOS
En los usos del lenguaje hay una serie de expresiones que reciben el nombre técnico de uso «performativo». Son aquellas que significan hacer algo, es decir, que no solamente enuncian o señalan, sino que al proferirlas se está realizando una acción. Por ejemplo, decir «sí, juro», no es solamente enunciar una frase, sino también realizar algo. El acto de jurar consiste en decir «sí, juro». Decir «te quiero» implica el acto de querer, ya que significa en forma explícita que quieres al destinatario del enunciado. De allí la exigencia del «júramelo» o «dime que me quieres», porque no se trata de frases de adorno o de explicación. Son palabras que conllevan en sí mismas la acción que se enuncia. Liga y compromete de manera automática a quien las diga.
De todas maneras, creo que no siempre es conveniente que algunas personas cumplan con lo prometido. Si bien la historia está llena de gente que no cumplió con lo que dijo que iba a hacer, desgraciadamente también está cargada de dictadores y asesinos que prometieron masacres y venganzas que hicieron realidad en nombre de una justicia pergeñada para ellos mismos.
Muchas veces, hasta el hacer valer promesas absurdas se volvió en contra de quienes las profirieron. Tal fue el caso de Jefté, uñó de los jueces de Israel, quien luego de vencer en una batalla, le prometió con ligereza a Dios que, en agradecimiento, cuando llegara al lugar donde vivía, sacrificaría a la primera persona que saliera a recibirlo. Nunca imaginó que la primera que aparecería iba a ser su hija, la única que tenía. Sin dudarlo ni un instante, la mató y la quemó sólo para cumplir con su promesa a Dios.
Queda claro que es un error pensar que lo mejor es que siempre se cumplan las promesas.

SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS
Sin duda son los políticos quienes, en cualquier lugar del planeta, cargan, con mayor o menor justicia, con el sambenito de ser quienes más promesas hacen y, por contra, los más incumplidores.
Uno de los episodios más impresionantes se encuentra en los escritos de Platón cuando en la Carta VII cuenta su malhadada aventura y se le acusa de intentar convertir al tirano Dionisio en una especie de rey filósofo como él soñaba. En un momento determinado, un amigo de Platón y de Dionisio tuvo que huir porque el tirano había decidido matarlo. Platón intercedió y Dionisio le dijo que el exiliado se presentase con toda tranquilidad porque él prometía perdonarlo. Cuando el perseguido volvió fue de inmediato condenado a muerte y ejecutado/Platón, conmocionado, fue a protestarle a Dionisio: «Tú me habías prometido perdonarle», dijo. Entonces el tirano miró a Platón con frialdad a los ojos y le dijo: «Yo no te he prometido nada».
Esta es la verdad. El tirano no promete nada. Es decir, puede hacer el gesto de prometer, puede pronunciar las palabras, pero no las considera un compromiso, porque se siente por encima de todos y nadie le puede obligar a cumplir con lo que él dice.
Muchas veces somos demasiado exigentes con las promesas de los políticos. Estos personajes las utilizan para ofrecerse y venderse a los electores.
De todas formas, habría que preguntarse: ¿les toleraríamos que no nos hicieran esas promesas? ¿Realmente votaríamos a un político que confesara sin pudor sus limitaciones, o que reconociese que las dificultades son grandes y que, a corto plazo, no podría resolver los problemas, o que va a exigir grandes sacrificios a la población? ¿Cuántos hombres podrían prometer, como hizo Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial: «Sangre, sudor y lágrimas»? ¿Admitiríamos que un político nos dijese la verdad con crudeza, y nos exigiese que le aceptásemos?
Muchas veces nos quejamos de que los políticos mienten, pero de forma inconsciente les pedimos que lo hagan. Nunca los votaríamos si dijesen la verdad tal cual es, si no diesen esa impresión de omnisciencia y omnipotencia que todos sabemos que están muy lejos de poseer. De modo que aquí hay una especie de paradoja: por un lado no queremos ser engañados por los políticos, pero a la vez exigimos que lo hagan.
La mejor manera de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás.
NAPOLEÓN BONAPARTE

EL ARTE DE HACERNOS CREER LO QUE NUNCA SE VA A CUMPLIR
Pero hay varias profesiones que le disputan a los políticos la explotación de las promesas y el acto de involucrar a Dios en sus intereses. Allí tenemos a la publicidad, que se mete con nosotros a cada paso que damos. «Si encuentra usted un detergente que lave más blanco le devolvemos su dinero. » Este tipo de promesas y otras aún más impactantes —porque esa promesa del jabón en polvo no es en realidad tan estruendosa— son constantes en la televisión, en la radio y en los periódicos.
La publicidad es una sarta permanente de promesas y juramentos al consumidor. «Esto es lo mejor»; «esto contiene los productos más naturales»; «esto es lo que a usted le producirá mayor satisfacción»; «compare con otros».
Lo curioso es que creemos a personas que nos intentan persuadir de cosas que sólo los benefician a ellos, cuando, en otros ámbitos no mostramos tanta credulidad. Confiar en un publicitario es hacerlo en alguien que está sacando beneficio de nuestra credibilidad. Éste también es un juego parecido al que desarrollamos con los políticos, pero con distintas características. Marcelo Capurro,9 publicitario y periodista, considera excesivo el uso de la imagen o el nombre de Dios en campañas publicitarias. «Sobre todo porque existe una visión impuesta por Hollywood que presenta, por ejemplo, un Cristo rubio y de ojos celestes como el de Rey de Reyes protagonizado por Jeffrey Hunter. Los americanos se han inventado su imagen física de Dios, que tiene más de noruego que de semita. Estoy en contra de la utilización del nombre de Dios de manera frívola, sobre todo cuando invade y ofende a los creyentes. Por otra parte, no creo que la imagen o el nombre de Dios hoy tenga un peso lo suficientemente positivo en una campaña publicitaria como para aumentar las ventas del producto promocionado.»
De cualquier manera, en nuestro lenguaje, las expresiones de juramento, promesa con el refrendo divino, son omnipresentes, quizá como resultado de atavismos de ciertas épocas del lenguaje. Después de todo, Dios siempre está allí para poder darle las gracias por lo bueno que ocurre, o maldecirle o llorarle por lo malo que nos pasa.
Muchas veces los orígenes divinos están integrados en nuestras fórmulas verbales. Por ejemplo, «ojalá» quiere decir «Alá lo quiera», y se trata de una expresión en la cual todos hacemos una profesión de fe musulmana cada vez que la utilizamos, aunque sin saberlo, ya que son expresiones que están integradas a nuestros usos lingüísticos y sociales.

INSULTAR A DIOS
El segundo mandamiento contempla también el precepto de no blasfemar. Blasfemia significa, según el diccionario de la Real Academia: «Palabra injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos».
Para Luis de Sebastián el respeto a esta norma debe ser más amplio, y tiene que definirse como el mandamiento de la tolerancia. «Pero lo hacemos no en virtud de dogma alguno —dice—, sino en virtud de la tolerancia necesaria en un mundo con una gran pluralidad de religiones y creencias filosóficas. Esto se debe aplicar especialmente a los católicos practicantes y a todos los fundamentalistas que están dispuestos a morir y matar por defender la unicidad, la verdad y suprema importancia de su religión. La blasfemia es una curiosidad mediterránea, porque fuera de estos pueblos católicos no debe haber sitio alguno donde se blasfeme como en España. »
La blasfemia además tiene un contenido social. Durante muchos años «cagarse en Dios» o «cagarse en la hostia», significaba hacerlo en Franco, porque estaba todo íntimamente ligado, y se transformaba en una forma de protesta contra el régimen.
En el libro Mi último suspiro el director de cine Luis Buñuel agrega: «El idioma español es, ciertamente, el más blasfematorio del mundo. A diferencia de otros idiomas, en los que juramentos y blasfemias son, por regla general, breves y separados, la blasfemia española asume fácilmente la forma de un largo discurso en el que tremendas obscenidades, relacionadas principalmente con Dios, Cristo, el Espíritu Santo, la Virgen y los santos apóstoles, sin olvidar al Papa, pueden encadenarse y formar frases escatológicas e impresionantes. La blasfemia es un arte español. En México, por ejemplo, donde sin embargo la cultura española se halla presente desde hace cuatro siglos, nunca he oído blasfemar convenientemente».

NADIE OFRECE TANTO COMO EL QUE NO PIENSA CUMPLIR
En efecto, si uno no piensa dar nada, entonces, ¿por qué no prometerlo todo? Ése es el éxito de los grandes estafadores, que siempre hacen unas ofertas irresistibles porque no piensan cumplir con nada de lo que predicen. Entonces, si tú no vas a dar nada, por lo menos sé generoso en la cantidad de lo que prometes, dado que no lo serás a la hora de cumplir.
De cualquier manera, la vida cotidiana nos muestra que el juramento se desvirtúa, va bajando de calidad, al convertirse en un mero acto ritual, a veces exigido y que uno no puede evitar.
Recuerdo que, cuando era joven e ingresé en la universidad, los alumnos y los catedráticos teníamos que firmar una adhesión a los principios del Movimiento Nacional y de su caudillo, Francisco Franco. Si no lo hacías, no podías participar de la vida universitaria. Y allí íbamos y firmábamos ese papel sin mirar, y sin hacerle ningún caso, y luego te dedicabas al activismo político en contra de lo que uno acababa de asegurar que acataba. Era un ejemplo de la banalización de un juramento. Pero como ya hemos visto en el caso del desgraciado Jefté, el israelita que sacrificó a su hija, en la vida universitaria de aquellos tiempos lo correcto era no cumplir con lo que se juraba.
Lo curioso es que estamos en un mundo que se basa en buena medida en el crédito, que significa dar por bueno un juramento, una promesa. Por ejemplo, el dinero, las tarjetas de crédito, los cheques, incluso el propio patrón de conversión de las divisas de cada país, todo se basa en el crédito. Uno cree que hay algo que respalda el billete que tiene en el bolsillo; uno cree que la tarjeta será respaldada por su banco y el banco cree que el individuo la pagará; uno cree que el cheque que recibió tiene fondos. Estamos dándonos créditos unos a otros. Llama la atención que sea en el mundo del crédito donde el juramento y la promesa se hayan trivializado.
Promesas, juramentos. Hay leyes civiles que se crean para reforzar lo que se ha prometido en un documento público. Hay también legislación religiosa que castiga al que jura en vano. Sin embargo, al que sufre un fraude y es engañado, le da igual saber si el que le hizo daño será castigado por la justicia de Dios o por la justicia humana. Lo único que querrá saber es en qué se verá afectado el que lo perjudicó y si podrá recuperar algo de lo que perdió.
«No tomarás el nombre de Dios en vano. » ¿Qué implica entonces esto? Más allá de cuestiones religiosas quiere decir que no se debe utilizar a Dios. Que no se deben utilizar las grandes palabras para abusar de la confianza de tus semejantes. No debes invocar en nombre de lo trascendente, de la divinidad, de los grandes valores, de las libertades, de los objetivos públicos de la sociedad, para abusar de la confianza de tus semejantes, para engañarlos, para someterlos a tu capricho o a tu deseo. Lo valioso no debe ser utilizado para la mentira y el fraude, porque produce un ambiente de banalidad que termina quitando el peso y valor a lo que debería ser más estimable.