Capítulo 3. EL CRECIMIENTO PERSONAL: BUSCANDO LA REALIZACION DE LA ESENCIA
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Muchas personas, individualmente o en grupos y organizaciones, buscan lo que se ha dado en llamar actualmente el "crecimiento personal". En función de ello se han desarrollado numerosas metodologías, técnicas y procedimientos, basadas en alguna combinación de conocimientos psicológicos, pedagógicos y espirituales de variado origen. El crecimiento personal es perseguido a través de sesiones especiales en las cuales los referidos métodos y técnicas son aplicados con mayor o menor intensidad, poniéndose especial énfasis en lo que suele entenderse como una "expansión de conciencia", que va desarrollando un nuevo modo de asumir los propios problemas, de encarar las circunstancias y vicisitudes de la vida, de relacionarse con los demás y con la naturaleza, de establecer relaciones afectivas y sexuales, de dormir, soñar, descansar, desplegar actividades creativas, etc.
El fuerte interés que despiertan especialmente en los jóvenes, las mujeres y los ancianos las variadas ofertas metodológicas de crecimiento personal es indicativo de la situación del hombre contemporáneo. Este por un lado experimenta una creciente insatisfacción y frustración interior no obstante la abundancia de oportunidades y alternativas que le abre la notable expansión de las informaciones, y por otro lado descubre la importancia de las diferentes facetas de la vida personal, independientemente de las opciones ideológicas, sociales y políticas por las que son solicitados intensamente sin que les sean ofrecidas en dichas opciones reales vías de realización personal.
No podemos sino valorar positivamente las motivaciones que subyacen en todas esas búsquedas; sin embargo, una observación y estudio más atento de lo que significan muchos de los caminos de crecimiento personal ofrecidos por diferentes y variados grupos pone de manifiesto la existencia de una fuerte desorientación. Se pone especial énfasis en los métodos y técnicas del llamado crecimiento personal, pero pocas veces las personas que lo intentan y quienes les ofrecen los procedimientos para alcanzarlo tienen clara la orientación, el sentido, la dirección en que tal proceso sea efectivamente realizador de la persona. La variedad y multiplicación de los métodos, técnicas y procedimientos oculta a menudo una carencia de perspectiva respecto a los objetivos y fines a conseguir.
No es ajena a esta insuficiencia la carencia de claridad que hemos visto impera en la cultura y el pensamiento contemporáneo respecto a lo que es el hombre, su sentido, su destino, su naturaleza y esencia. Si el hombre no tiene una naturaleza o esencia que lo defina, que le señale lo que es y lo que puede y debe llegar a ser, resulta explicable que el esfuerzo por su crecimiento siga caminos azarosos, imprevisibles, dejados al arbitrio del individuo, y que los esfuerzos sistemáticos que se hacen para ayudarlo se limiten a aprovisionarlo de una batería de métodos y técnicas que pueda utilizar en función de lo que en cada momento le parezcan posibilidades apropiadas y apropiables.
Pero si el hombre tiene, en lo más profundo de su ser, una esencia, ella se manifiesta como una matriz que ha de guiarlo en su búsqueda de crecimiento personal. Esto podría entenderse de dos maneras distintas. Si tal esencia fuera estática y estuviera ya toda entera presente actualmente en su ser, la realización del hombre, su crecimiento personal, habría de limitarse a no distorsionarla y a procurar algún crecimiento relativamente accesorio o circunstancial, mediante la ejecución de comportamientos que sean conformes a las normas y principios coherentes con dicha esencia.
En cambio, si la esencia del hombre es, como hemos dicho, la potencia de un acto siempre imperfectamente realizado, y ella representa no tanto lo que el hombre es como resultado y dato sino más bien aquello que puede llegar a ser a través del crecimiento y desarrollo de sus potencialidades, entonces la esencia -y el conocimiento y comprensión de la misma- le señalan un proyecto de vida, o mejor, el proyecto cuya realización ha de comprometerlo en todas las etapas y facetas de su existencia.
Una tarea urgente propia de la filosofía es entonces la de proporcionar aquello que falta a las mencionadas búsquedas de crecimiento personal, a saber, una claridad y precisión sobre los fines del mismo. Evidentemente, ello no puede ser otra cosa que una concepción del hombre y, más específicamente, una visión de su esencia. Porque, como hemos visto, la esencia señala precisamente el proyecto de lo que el hombre puede y debe llegar a ser, sus potencialidades fundamentales a partir de lo que es y de lo que está inscrito en su naturaleza más profunda. Crecimiento personal es crecimiento del hombre; pero no en aspectos secundarios y accesorios, que también pueden ser legítimamente perseguidos, sino en lo fundamental o sustancial, esto es, en su verdadera esencia o naturaleza.
Y crecimiento en el cual quedará comprometida la propia conciencia y libertad de las personas, en cuanto no se trata simplemente de la ejecución de un "programa" ya todo entero escrito y especificado en la naturaleza dada del hombre. Al contrario, como hemos dicho, el proceso de actualización de la esencia es obra de la propia conciencia y libertad del hombre, porque su esencia misma está constituída de libertad y de conciencia. Ello es así en razón de la naturaleza espiritual que define al hombre.
Entender la esencia del hombre en la forma en que hemos dicho, como el proyecto profundo inscrito en la naturaleza humana; entender que la esencia del hombre está en él no como un acto, como un dato o resultado estático, sino como una potencia cuya actualización está dejada al actuar de la propia subjetividad libre y consciente, nos llevan a comprender que la realización del hombre es el proceso de actualización de su esencia guiado por esa misma esencia en su proceso de constitución y actualización.
En este sentido entendemos ahora de un modo completamente nuevo como el actuar conforme a su esencia (lo que los antiguos entendían como actuar conforme a la moral natural) significa hacerlo de modo tal que a través de sus acciones vaya el hombre desplegando y realizando en plenitud sus más elevadas y superiores potencialidades. El proceso no consistirá tanto en usar la conciencia y la libertad de un cierto modo, sino en constituir, desarrollar, perfeccionar esa conciencia y libertad constitutivas de su esencia.
Pero ello es sólo una hipótesis y una primera aproximación hasta tanto no precisemos conceptualmente -no tengamos una clara visión- de la esencia del hombre. Esta es tarea propia de la reflexión filosófica.
Antes de ponernos a cumplirla pensemos cómo hacerlo. Al respecto, la indicación más relevante proviene del modo en que hemos concebido la esencia que buscamos. Esto nos lleva a tomar grandes distancias respecto a los modos en que procede el conocimiento científico moderno porque, de seguir sus derroteros, simplemente no la encontraremos. En efecto, es característico del conocimiento científico social moderno el dejarse guiar exclusivamente por aquello que aparece ante nosotros como dato objetivo. Pero la esencia del hombre, hemos dicho, no está toda entera en el dato del hombre tal como es: va más allá del mismo sumergiéndonos en lo que puede llegar a ser en base a lo que es. "Lo que puede llegar a ser en base a lo que es" nos parece, en efecto, una buena definición de la esencia de un ser.
Lo que puede llegar a ser el hombre en base a lo que es no lo encontraremos, pues, observando al hombre medio o común y dejándonos guiar por las estadísticas que nos manifiesten como es y como se comporta la mayoría de la gente. Pero tampoco hemos de alejarnos de la experiencia real de los hombres, pues entonces no tendríamos donde buscar. Alejándonos de la experiencia y realidad del hombre podríamos llegar a formular tal vez la idea de un hombre ideal, pero probablemente ello no sería sino un ejercicio de imaginación y creatividad subjetiva que nos proporcione un ideal irrealizable, una utopía, o sea, algo que el hombre no puede llegar a ser en base a lo que es.
Debemos tener en cuenta lo que es para acceder a conocer lo que puede llegar a ser. Debemos partir pues de la experiencia. Pero en ello no nos ayudará mucho la experiencia común, la experiencia media del hombre poco o medianamente realizado. El conocimiento de la esencia del hombre no debe hacerse mirando tanto al hombre corriente contemporáneo cuya realización potencial es con alta probabilidad incompleta e imperfecta, sino mirando especialmente a los hombres superiores, a los que hayan desplegado mayormente su esencia, a los que hayan crecido en la diversas dimensiones de su existencia. En efecto, en ellos encontraremos los mejores y más acertados indicios de lo que el hombre puede llegar a ser.
Ahora bien, por elevada que haya sido la realización de un hombre en alguna dimensión particular, ningún hombre ha realizado plenamente todas las potencialidades inscritas en su esencia. La esencia del hombre no la encontraremos, pues, mirando solamente a un hombre, por amplia y superior que haya sido su experiencia, sino a muchos de ellos, y en el límite a todos, pues cada uno habrá realizado a través de su particular experiencia sólo algunas dimensiones de las que son sus inmensas e infinitas potencialidades.
Si queremos formanos una idea de la esencia del hombre, conviene que observemos, analicemos y meditemos la experiencia de grandes hombres. Hagamos pasar frente a nosotros personas como Abraham, Moisés, Ruth, David y Salomón; Sócrates, Aristóteles, Séneca y Homero; Pitágoras, Galileo y Einstein; Juan Bautista, Juan Evangelista, Juan de la Cruz y Teresa de Avila; Hegel, Edith Stein, Pascal, Marx y Abraham Lincoln; Mahoma, Confucio, Lao Tsé y Gandhi; Leonardo, Miguel Angel, Claudel y Gabriela Mistral; y tantos más. Los más grandes hombres que a través de la historia humana se hayan destacado en los diversos campos de la experiencia humana: en la política, las artes, las ciencias, el deporte, la economía, la vida espiritual, el trabajo, el amor.
Tal es el camino que ha de seguir el conocimiento de la esencia del hombre. Conocimiento que ha de servirnos también en la búsqueda de la propia realización y del crecimiento personal. Detengámonos un momento en esto. Veamos si ya en lo dicho hasta aquí encontramos alguna orientación relativa al crecimiento personal que muchas personas se han puesto a buscar. Esto no nos alejará de la comprensión de la esencia del hombre, toda vez que el crecimiento del hombre es parte de su propia esencia. Comprender como se verifica el crecimiento del hombre, en efecto, nos hace entrar en una nueva dimensión de su esencia: el camino de su actualización, que es un componente esencial de su esencia misma toda vez que estamos ante un ser en cuya naturaleza está inscrito el crecer y perfeccionarse.
Cuando el hombre es concebido en el seno materno es como un punto. Las dimensiones de su corporeidad son microscópicas. En aquél mismo momento comienza el despliegue de su esencia. Ella está contenida toda entera en ese minúsculo centro corporal; no como acto, por cierto, sino como potencia. En otras palabras, lo que ese hombre puede llegar a ser, puede llegar a serlo ya desde ese momento. Es ya un hombre, en los términos en que lo hemos definido: un espíritu corporal. Lo que es en cuanto acto -su existencia- es infinitamente pequeño; casi todo en él es potencia. Su esencia en cambio está completa, en la casi plenitud de su no realización actual.
En ese mismo instante comienza su despliegue, el proceso de actualización de su esencia, su realización como ser humano. Para comprenderlo tomemos la imagen que dan los físicos modernos sobre el origen y expansión del universo. Sostienen ellos que al comienzo del tiempo y del espacio el universo entero estaba contenido en un punto de dimensiones minúsculas, de tremenda densidad y riqueza potencial aún no desarrollada. Como a partir de una gran explosión -el big-bang- comienza el proceso de expansión del universo, así comienza en el seno materno la expansión de la naturaleza humana. En los cromosomas del embrión humano está contenido todo el potencial genético que dará lugar a la formación de la plena corporeidad de ese espíritu.
Por muchos datos de la psicología moderna sabemos que en ese período de gestación empiezan a desarrollarse también los rasgos de la personalidad compleja del que será después un hombre maduro. Pasadas algunas semanas sabe apreciar la música y empieza a sentir el amor o el rechazo de sus progenitores. Por el testimonio de la madre de Juan Bautista y de la vida de muchos santos, sabemos también que ese hombre aún no nacido es susceptible de experiencias espirituales. El nacimiento no será sino un paso, un primer gran paso cualitativo que le abre el camino a una vida independiente. La expansión no se interrumpirá hasta el momento de la muerte.
El despliegue de las potencialidades del hombre es un proceso que avanzará simultáneamente en múltiples dimensiones, de tal manera que podemos imaginárnoslo como una serie de vectores que a partir de un punto originante se proyectan en todas las direcciones. Son las dimensiones de la vida, entre las que podemos destacar:
- La dimensión vegetativa, por la que el hombre va desarrollando los órganos que permiten el ejercicio de las diferentes funciones vitales.
- La dimensión animal, por la que despliega la capacidad de percibir estímulos y reaccionar ante ellos, de moverse y desplazarse, de sintetizar los compuestos orgánicos e inorgánicos que ingiere, de reproducirse mediante el ejercicio de la sexualidad.
- La dimensión social, por la cual los hombres se agrupan, constituyen familias y comunidades, se comunican y ayudan recíprocamente, entrando también en conflictos y tensiones que en alguna medida incentivan también su crecimiento.
- La dimensión afectiva, que implica el despliegue de sentimientos personales de unas personas para con otras, llevando al establecimiento de amistades y relaciones íntimas.
- La dimensión lúdica, por la cual despliega las capacidades de entretención, baile, deporte, emulación, competencia.
- La dimensión intelectual, por la cual desarrollan conocimientos de distinta índole referidos al mundo circundante, a sí mismos, a las formas lógicas y subjetivas, implicando las capacidades de observación, memoria, análisis, síntesis, abstracción, reflexión, comparación, etc.
- La dimensión estética, que se despliega en diversas sensibilidades para apreciar la belleza y en variadas formas de creatividad que la producen utilizando materias, formas, cuerpos, sonidos, colores, palabras, etc.
- La dimensión psíquica, que engloba a su vez las dimensiones subconscientes, inconscientes y supraconcientes, y que implican las capacidades de soñar, de prever el futuro, de conocer a distancia, de desplegar energías desconocidas y parapsicológicas, etc.
- La dimensión ética, por la que descubre y persigue el bien y la felicidad suya y de los demás, adquiriendo comportamientos razonables, prudentes, generosos, justos, templados, etc.
- La dimensión religiosa, por la cual desarrolla las capacidades de alabanza, acción de gracias, impetración, servicio, meditación, y unión en relación a Dios y al mundo trascendente.
En cada una de estas dimensiones el hombre tiene potencialidades notables, como lo demuestra la experiencia de los hombres que han descollado en algunas de ellas de manera sobresaliente.
A lo largo de la vida, los hombres vamos desarrollando simultáneamente estas diversas dimensiones, pero no en todas ellas lo hacemos con igual intensidad. Se van determinando así las diferentes personalidades, adquiriendo cada hombre un perfil individual, en una evolución en que también las diversas edades y etapas de la vida implican énfasis diferenciados.
¿De qué dependen estas diversas configuraciones personales? Hay por cierto múltiples motivos que hacen que cada persona despliegue de manera diferente sus potencialidades esenciales. Hay condicionamientos físicos, genéticos, hereditarios, de temperamento y de carácter. Hay motivaciones diversas, que van orientando las energías del espíritu corporal ora en unas ora en otras de ellas. Podemos pensar también que cada persona tiene una diferente estructura de necesidades, aspiraciones y deseos, según la cual hace predominar la búsqueda de satisfacción en una u otra de las dimensiones de la vida. Por estos conjuntos de fuerzas interiores que orientan la personalidad en unas u otras direcciones, decimos también que los hombres vamos realizando nuestras respectivas vocaciones personales.
Pero además de las motivaciones, impulsos y energías internas, influyen notablemente las solicitudes del entorno, la percepción de los éxitos, logros, dificultades y fracasos que cada hombre va experimentando en cada aspecto y actividad de la vida. El medio en que a cada hombre le ha tocado desarrollar su existencia, que es no solamente un medio geográfico sino también social y cultural, según el cual su proceso de aprendizaje va siendo estimulado y reconocido en unos aspectos más que en otros, va orientando las direcciones en que cada persona coloca sus mejores energías y fuerzas.
Cabe señalar, en este sentido, que el hombre no se desarrolla solo. Si fuera colocado en el mundo sin contacto con otras personas, podemos hipotetizar que su desarrollo personal alcanzaría niveles realmente lamentables probablemente en todas y cada una de estas dimensiones de expansión. En efecto, junto a su propio despliegue de energías personales, cada hombre es desarrollado por los otros. El contacto y la cercanía con personas que han perfeccionado, por ejemplo, la dimensión estética, atraerá el propio despliegue personal en esa dirección. Si una persona vive en un ambiente culto, tendrá mejores posibilidades de llegar a ser también él un hombre sabio. El participar en una comunidad con elevado sentido religioso favorecerá su religiosidad, el contacto con un santo lo santificará, de un modo similar como el contacto con deportistas facilitará el desarrollo de sus capacidades para el deporte. Un ambiente afectivamente pobre no será propicio para el desarrollo de la afectividad. Y así en todos los casos.
Más allá de la adopción de metodologías o técnicas de crecimiento personal que a través del ejercicio consciente y sistemático facilitan ciertas dimensiones del crecimiento personal, quien esté interesado en el desarrollo de su personalidad hará bien en buscar la proximidad, relacionamiento y compañía con hombres y mujeres de más completa y elevada realización. Relacionamiento, trato y compañía que no solamente puede verificarse de manera directa y personal, sino también a través del contacto con sus obras, es decir, mediante la apreciación de sus creaciones artísticas, la lectura de sus libros, el conocimiento de las biografías de personajes notables.
Mientras más ricas humana y espiritualmente hablando sean las comunidades en que el hombre participa, más posibilidades existen para su desarrollo personal y la actualización de su esencia. La participación y la vivencia de la solidaridad en el seno de comunidades plenas es uno de los principales caminos de perfeccionamiento humano.
sábado, 9 de octubre de 2010
EL MISTERIO DEL HOMBRE 3
Capítulo 2. MAS ALLA DE LA DEFINICION, BUSCANDO LA ESENCIA DEL HOMBRE
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La antropología filosófica, que había ocupado un lugar preponderante y central en la reflexión de los filosófos hasta los comienzos de la época moderna, experimentó una profunda crisis cuando, al calor del entusiasmo que despertaban los descubrimientos científicos de la psicología, la medicina, la sicología y la antropología cultural, fue cuestionada radicalmente la idea que había presidido toda la búsqueda anterior, a saber, que los hombres tienen una esencia común y de que existe en lo profundo de cada individuo una naturaleza humana compartida por todos.
La crisis de la antropología filosófica enraizaba por cierto en una crisis más profunda de la filosofía y de la metafísica, toda ella centrada hasta entonces en el conocimiento de la realidad mediante la búsqueda de las esencias de los seres. Se suponía que cada ente, cada especie o clase de seres, más allá y más adentro de sus apariencias fenoménicas, posee una naturaleza esencial que lo determina como un modo especial del ente. Cada ser particular era concebido como un compuesto inescindible de esencia y existencia, o más simplemente, como la existencia de una esencia, o como una esencia existente. En ello consistía la sustancia de un ser, compartida por todos los seres de su misma especie, independientemente de las condiciones de tiempo y lugar, de sus formas y apariencias externas, de su tamaño y nivel de desarrollo, de sus cualidades y cantidades fenoménicas.
La ciencia moderna se concentraba con notable éxito en la identificación cada vez más rigurosa de los fenómenos de la naturaleza y de las cosas, y en base a tal conocimiento no sólo va diciéndonos cómo son las cosas sino también proporcionándonos un extraordinario poder sobre ellas. La filosofía en cambio, concentrada en la abstracción de las esencias o del "noumeno" de los seres, se limitaba a proporcionar a sus cultores el placer intelectual de la contemplación de la verdad. La filosofía se dejó arrastrar por ese entusiasmo que generaba el descubrimiento de los fenómenos permanentemente cambiantes y siempre particulares de los seres, cuyos elementos comunes permitían a lo más la identificación de regularidades o leyes de comportamiento.
Junto a la crisis de la metafísica y de sus esencias entraba en crisis igualmente profunda la idea de la objetividad del conocimiento. Si no existe una esencia objetiva y natural en los seres tampoco es posible el conocimiento objetivo de ellos mediante el procedimiento simple de la abstracción filosófica. En efecto, los fenómenos que hacen presente las cosas ante la conciencia son percibidos por ésta ante todo y necesariamente mediante los sentidos, cuyo refinamiento corre a la par de la construcción de instrumentos cada vez más sofisticados que amplían y perfeccionan nuestras capacidades de percepción. Pero la percepción, especialmente si es efectuada mediante un instrumento, no nos permite nunca decir que la cosa es objetivamente tal como la percibo, porque la aplicación del instrumento la modifica directamente, o en el mejor de los casos, porque nuestra percepción de ellas resulta inevitablemente sesgada por el instrumento a través del cual nos llega al conocimiento. Evidentemente, esto es válido no sólo cuando, por ejemplo, vemos un objeto a través de un lente o un microscopio, sino también cuando lo vemos con nuestra simple vista natural, de nuestro ojo, que no por ser natural deja de ser un lente y un instrumento.
Si -como ya decían los antiguos- "nada hay en el intelecto que antes no pase por los sentidos", la duda respecto a la objetividad de nuestro conocimiento debía extenderse obviamente también al conocimiento racional y abstracto. Este mismo conocimiento se realiza a través de órganos interiores del cerebro que no pueden dejar de marcar y sesgar lo que con ellos conocemos. Aún sin caer en la negación de un conocimiento puramente racional, aún pensando que es posible un conocimiento independiente completamente de los sentidos, un conocimiento a priori anterior a cualquier experiencia fenoménica, su objetividad debe ser cuestionada, pues la realidad externa es captada por la conciencia aplicándole alguna de las "formas" o categorías propias de la conciencia misma que con ellas ordena la multiplicidad caótica de las impresiones que el objeto trasmite y deja en nuestra mente.
Todo esto es indiscutible en la medida que hayamos previamente negado que las cosas y los seres tengan una esencia interior cuya existencia no depende de los atributos y cualidades fenoménicas del ser en cuanto tal. Pero la existencia de esta realidad esencial no podía ser afirmada a priori, debiendo ser demostrada por el conocimiento mismo. Pero la objetividad de éste estaba ya cuestionada por la crítica, y asumirla acríticamente no demostraba sino la ingenuidad de quien lo hiciera.
Se había trastocado completamente el orden en que se sostenía toda la filosofía anterior; aquél orden que establecía la prioridad y precendencia de la metafísica (el conocimiento del ser) sobre la epistemología (el conocimiento del conocimiento). Ya no era posible fundar la epistemología sobre la metafísica, debiendo a la inversa fundarse cualquier pretensión de hacer metafísica sobre alguna epistemología que lo consintiera y justificara. El círculo estaba cerrado en sentido inverso al tradicional y no era posible escapar de él. Del círculo ingenuamente virtuoso en que había caminado hasta entonces, la filosofía se había puesto a recorrer un círculo críticamente vicioso.
Notables filósofos -el primero entre ellos G.W.F. Hegel- intentaron romper el círculo y fundamentar la posibilidad de una nueva metafísica asumiendo el desafío planteado por la filosofía crítica. El intento se desarrolló por la vía de encontrar alguna realidad objetiva, y con ello el ser mismo, tal que su conocimiento fuera inmediato y no implicara distancia alguna entre sujeto y objeto a través de la cual pudiera deslizarse el peligro de que el conocimiento resultara distorsionado por el sujeto. Para Hegel, esa realidad cuyo conocimiento no implicaba tomar distancia ni aplicar instrumento alguno para conocerlo era, evidentemente, el sujeto mismo. El sujeto que se conoce a sí mismo a través de un proceso de autoconciencia. El sujeto que se hace claro y trasparente al sujeto mismo que se vuelve sobre sí para conocerse y formular su concepto.
Tal vez así podría salvarse la metafísica en cuanto se había encontrado un nuevo camino capaz de conducir el conocimiento hacia el ser. Pero no era posible recuperar la idea de la objetividad del conocimiento. Este resultaba ser necesariamente subjetivo. Por más que se esforzara en demostrar dialécticamente que debía superarse la antinomia entre objeto y sujeto y entre lo subjetivo y lo objetivo mediante su síntesis en la idea de la sustancia como sujeto y del sujeto absoluto, aún frente a éste estamos siempre ante una idea que en último análisis es formulada por el sujeto cognoscente. El daño estaba irremediablemente hecho.
No es nuestra intención ofrecer alguna nueva solución filosófica al problema de la metafísica y del conocimiento. Nuestra opción es muchísimo más simple y consiste en intentar recorrer de nuevo el círculo en la dirección en que lo hacían fructuosamente los antiguos, corriendo el riesgo de ser calificados como ingenuos. Dicho más directamente, en aceptar la posibilidad de que exista objetivamente y de que sea cognoscible la esencia de los seres. El resultado que se alcance nos dirá si ello resulte ser en definitiva fructuoso desde el punto de vista del acceso a la verdad.
"¡Alto!", espetará nuevamente nuestro filósofo ilustrado. "La verdad, y ¿qué es ella? ¿En base a qué podemos aceptar no sólo que exista sino incluso que existiendo nos sea accequible?".
Nuevamente, no estamos en condiciones de satisfacerlo en sus preguntas. Nos limitamos a mostrarle el círculo vicioso en que él se encuentra y a decirle que hemos decidido recorrerlo en sentido inverso. En efecto:
Si crees que la verdad no existe no la buscarás.
Si no buscas la verdad no la encontrarás.
Si no encuentras la verdad creerás que no existe.
¡Estás atrapado!
Si no buscas la verdad no la encontrarás.
Si no encuentras la verdad pensarás que no existe.
Si piensas que la verdad no existe no te interesará buscarla.
Filósofo: ¡cambia de profesión!
Porque si no lo haces seguirás diciendo que la verdad es relativa y subjetiva.
y que depende de cada uno
y que vale tanto como queramos valorarla.
Pero, entonces, ¡ya no es importante encontrarla!
Retomemos, pues, la pregunta que interroga por la naturaleza humana o, mejor, por la esencia del hombre, al nivel en que la encontramos en la cultura actual.
En esta nueva búsqueda no nos pondremos simplemente en el plano en que se movían los antiguos filósofos pre-críticos; en efecto, no parece conveniente ni justificable desconocer el aporte que puede haber hecho el pensamiento filosófico y científico moderno en el desentrañamiento del ser y la esencia o naturaleza del hombre. Partamos, pues, del punto en que se encuentra actualmente el asunto.
Tenemos por un lado que en la cultura moderna y contemporánea se ha difundido una concepción del hombre (y de la sociedad) que suele denominarse subjetivista y relativista, que es la que ha impregnado el pensamiento filosófico y las principales tendencias de las ciencias sociales actualmente predominantes. Según esa concepción, en lo fundamental el hombre no posee una esencia natural constitutiva sino que se hace a sí mismo en base a sus propias formas de conciencia, a sus decisiones libres y a su voluntad particular, en el contexto de sus relaciones sociales, de la geografía y el entorno que habita, de su historia y cultura que lo condicionan. Van surgiendo así muchos modos de ser hombre, en un proceso de diferenciación que hace cada vez más difícil encontrar lo que sería común a todos ellos si no fuera porque en el mismo proceso van surgiendo interrelaciones y comunicaciones crecientes que los unifican históricamente en algún nivel.
Tal modo de concebir al hombre determina una visión de lo que sería su bienestar, su potenciamiento y desarrollo, según la cual no es posible identificar criterios o normas generales y objetivos, válidos para todos los hombres, comunidades y sociedades. Como consecuencia de ello, no parece haber otro modo de identificar lo que sea su felicidad y desarrollo, su ética y su bien, su sentido y su destino, que a través de la simple observación de sus preferencias relevadas empíricamente. Su más perfecta realización dependería fundamentalmente de que los hombres y asociaciones humanas puedan alcanzar los bienes y servicios que desean, y realizar las actividades que les interesen, con el mínimo de obstáculos posibles.
Tenemos, por otro lado, las concepciones del hombre y de la sociedad propuestas por las grandes filosofías que el hombre mismo había desarrollado en épocas antiguas y a la cual se aferran todavía hoy numerosos pensadores. La principal de ellas, la concepción aristotélico-tomista en que se basa la principal de las corrientes tradicionales de la antropología cristiana, sostiene que el hombre posee una esencia natural que es común a todos, objetiva, y que su plena realización consiste en actuar conforme a esa esencia natural. Las necesidades y aspiraciones del hombre estarían dadas por esa naturaleza esencial, y su felicidad y desarrollo dependerían fundamentalmente de su satisfacción según el orden y jerarquía también naturales, dados por la conformación ontológica del ser humano, que es espiritual y corporal, individual y social.
También la familia, como célula natural y primaria en que se realiza el ser social del hombre, y la sociedad política como expresión natural del ser político de los hombres, serían entidades naturales cuyas necesidades y aspiraciones deben ser definidas y ordenadas en base a la compresión de sus respectivas naturalezas esenciales.
De esta concepción surge una visión de la felicidad, del bien y de la plena realización del hombre como un proceso que depende básicamente de ser y actuar conforme a su esencia, a partir de la cual queda delimitada una ética natural y objetiva que indica el camino de la virtud y de la perfección.
Lo que el pensamiento moderno objeta a esta antropología -no careciendo completamente de razones- es que aparece como estática, en cuanto no podría reconocer adecuadamente la dinámica de la existencia humana y de la historia, ni comprender el significado profundo de la subjetividad y libertad características de la experiencia individual y social.
La crítica es fuerte e impacta profundamente al hombre contemporáneo; sin embargo puede ser superada en la media que se desarrolle teóricamente un elemento sustancial de la referida filosofía al que se ha prestado escasa atención incluso por parte de sus cultores. Es la afirmación de que la naturaleza esencial del hombre, con ser tal y precisamente por serlo, se encuentra presente en los hombres reales y particulares como la potencia de un acto siempre imperfectamente realizado, de tal manera que la existencia del hombre es la experiencia de búsqueda de realización o actualización de su esencia. Precisemos algo más esta idea.
Afirmaban en efecto los antiguos filósofos que todo ente está constituído básicamente de dos principios básicos indisolublemente unidos: el acto y la potencia. Con esta distinción querían dar cuenta del hecho que los seres no son estáticos sino que se mueven y cambian. El "acto" es la cosa en lo que es y en cuanto es. Si fuera solamente acto, un ser no podría tener movimiento ni cambio alguno, porque no le faltaría nada ni tendría un principio que justificara el llegar a ser algo distinto a lo que es. Pero el ser es también "potencia", es decir, contiene en sí la posibilidad de ser algo más o algo distinto de lo que es; por eso, se mueve y puede cambiar, en la medida que va realizando aquello que es todavía sólo en potencia.
Pues bien, en la metafísica aristotélico-tomista se aplica la distinción básica de la potencia y el acto, en referencia a la explicación de cualquier ser sustancial según aquella otra distinción entre su esencia y su existencia, de manera tal que se concibe la existencia como el acto del ser y la esencia como su potencia. En palabras más simples, en todo ser dinámico y cambiante, que evoluciona y tiene historia, su "acto" es lo que es en un momento determinado, lo que ha llegado a ser como dato, don y resultado de su experiencia y camino recorrido, su existencia, siendo su "potencia" lo que puede aún llegar a ser por el despliegue de su esencia. La potencia es la esencia de la existencia; la existencia es el acto de la esencia.
Se supera así de manera radical la supuesta estaticidad de la concepción del hombre en cuestión, toda vez que, sin negar que el hombre tiene una esencia natural y objetiva, se la concibe en permanente construcción, como un proceso y no como un dato.
Este primer paso en la superación de la crítica moderna a la idea de la esencia del hombre no implica sin embargo, todavía, el cabal reconocimiento de la subjetivad y libertad del ser humano. Para ello se hace necesario rescatar otro elemento descuidado pero también presente en la filosofía en referencia: que el hombre es subjetivo y libre esencialmente, esto es, precisamente en lo más radical de su propia esencia y naturaleza, de manera que su proceso de realización es obra de su propia subjetividad y libertad.
Como consecuencia de esto, la naturaleza humana se manifiesta como esencialmente abierta, y el proceso de su actualización como la realización de un proyecto que se encuentra sujeto a su propia y libre determinación.
La apertura, sin embargo, no es indeterminación pura, pues la esencia constitutiva del hombre, por abierta y potencial que sea, es también en alguna medida acto, el acto de su potencia, lo que en otras palabras signifca que la experiencia humana está volcada y llamada a realizar lo que potencialmente es, y no cualquier cosa.
Por cierto, esta concepción abierta de la naturaleza humana -sobre la cual volveremos y entremos en mayor profundidad en los capítulos sucesivos- impacta también la concepción de las expresiones de su ser social y político (la familia, las comunidades, la sociedad) llevando a pensarlas también de manera abierta y proyectual.
Por el momento hemos dado un pequeño pero importante y decisivo paso. Hemos recuperado la posibilidad de pensar en una esencia humana, reconociendo validez a las principales exigencias y aportes que a la comprensión del hombre ha hecho el pensamiento y la ciencia moderna. Hemos vislumbrado también algo de lo que puede contener y de como puede ser esa esencia del hombre, pero no hemos específicado aún lo que efectivamente sea la naturaleza humana. Es lo que intentaremos manifestar a continuación.
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La antropología filosófica, que había ocupado un lugar preponderante y central en la reflexión de los filosófos hasta los comienzos de la época moderna, experimentó una profunda crisis cuando, al calor del entusiasmo que despertaban los descubrimientos científicos de la psicología, la medicina, la sicología y la antropología cultural, fue cuestionada radicalmente la idea que había presidido toda la búsqueda anterior, a saber, que los hombres tienen una esencia común y de que existe en lo profundo de cada individuo una naturaleza humana compartida por todos.
La crisis de la antropología filosófica enraizaba por cierto en una crisis más profunda de la filosofía y de la metafísica, toda ella centrada hasta entonces en el conocimiento de la realidad mediante la búsqueda de las esencias de los seres. Se suponía que cada ente, cada especie o clase de seres, más allá y más adentro de sus apariencias fenoménicas, posee una naturaleza esencial que lo determina como un modo especial del ente. Cada ser particular era concebido como un compuesto inescindible de esencia y existencia, o más simplemente, como la existencia de una esencia, o como una esencia existente. En ello consistía la sustancia de un ser, compartida por todos los seres de su misma especie, independientemente de las condiciones de tiempo y lugar, de sus formas y apariencias externas, de su tamaño y nivel de desarrollo, de sus cualidades y cantidades fenoménicas.
La ciencia moderna se concentraba con notable éxito en la identificación cada vez más rigurosa de los fenómenos de la naturaleza y de las cosas, y en base a tal conocimiento no sólo va diciéndonos cómo son las cosas sino también proporcionándonos un extraordinario poder sobre ellas. La filosofía en cambio, concentrada en la abstracción de las esencias o del "noumeno" de los seres, se limitaba a proporcionar a sus cultores el placer intelectual de la contemplación de la verdad. La filosofía se dejó arrastrar por ese entusiasmo que generaba el descubrimiento de los fenómenos permanentemente cambiantes y siempre particulares de los seres, cuyos elementos comunes permitían a lo más la identificación de regularidades o leyes de comportamiento.
Junto a la crisis de la metafísica y de sus esencias entraba en crisis igualmente profunda la idea de la objetividad del conocimiento. Si no existe una esencia objetiva y natural en los seres tampoco es posible el conocimiento objetivo de ellos mediante el procedimiento simple de la abstracción filosófica. En efecto, los fenómenos que hacen presente las cosas ante la conciencia son percibidos por ésta ante todo y necesariamente mediante los sentidos, cuyo refinamiento corre a la par de la construcción de instrumentos cada vez más sofisticados que amplían y perfeccionan nuestras capacidades de percepción. Pero la percepción, especialmente si es efectuada mediante un instrumento, no nos permite nunca decir que la cosa es objetivamente tal como la percibo, porque la aplicación del instrumento la modifica directamente, o en el mejor de los casos, porque nuestra percepción de ellas resulta inevitablemente sesgada por el instrumento a través del cual nos llega al conocimiento. Evidentemente, esto es válido no sólo cuando, por ejemplo, vemos un objeto a través de un lente o un microscopio, sino también cuando lo vemos con nuestra simple vista natural, de nuestro ojo, que no por ser natural deja de ser un lente y un instrumento.
Si -como ya decían los antiguos- "nada hay en el intelecto que antes no pase por los sentidos", la duda respecto a la objetividad de nuestro conocimiento debía extenderse obviamente también al conocimiento racional y abstracto. Este mismo conocimiento se realiza a través de órganos interiores del cerebro que no pueden dejar de marcar y sesgar lo que con ellos conocemos. Aún sin caer en la negación de un conocimiento puramente racional, aún pensando que es posible un conocimiento independiente completamente de los sentidos, un conocimiento a priori anterior a cualquier experiencia fenoménica, su objetividad debe ser cuestionada, pues la realidad externa es captada por la conciencia aplicándole alguna de las "formas" o categorías propias de la conciencia misma que con ellas ordena la multiplicidad caótica de las impresiones que el objeto trasmite y deja en nuestra mente.
Todo esto es indiscutible en la medida que hayamos previamente negado que las cosas y los seres tengan una esencia interior cuya existencia no depende de los atributos y cualidades fenoménicas del ser en cuanto tal. Pero la existencia de esta realidad esencial no podía ser afirmada a priori, debiendo ser demostrada por el conocimiento mismo. Pero la objetividad de éste estaba ya cuestionada por la crítica, y asumirla acríticamente no demostraba sino la ingenuidad de quien lo hiciera.
Se había trastocado completamente el orden en que se sostenía toda la filosofía anterior; aquél orden que establecía la prioridad y precendencia de la metafísica (el conocimiento del ser) sobre la epistemología (el conocimiento del conocimiento). Ya no era posible fundar la epistemología sobre la metafísica, debiendo a la inversa fundarse cualquier pretensión de hacer metafísica sobre alguna epistemología que lo consintiera y justificara. El círculo estaba cerrado en sentido inverso al tradicional y no era posible escapar de él. Del círculo ingenuamente virtuoso en que había caminado hasta entonces, la filosofía se había puesto a recorrer un círculo críticamente vicioso.
Notables filósofos -el primero entre ellos G.W.F. Hegel- intentaron romper el círculo y fundamentar la posibilidad de una nueva metafísica asumiendo el desafío planteado por la filosofía crítica. El intento se desarrolló por la vía de encontrar alguna realidad objetiva, y con ello el ser mismo, tal que su conocimiento fuera inmediato y no implicara distancia alguna entre sujeto y objeto a través de la cual pudiera deslizarse el peligro de que el conocimiento resultara distorsionado por el sujeto. Para Hegel, esa realidad cuyo conocimiento no implicaba tomar distancia ni aplicar instrumento alguno para conocerlo era, evidentemente, el sujeto mismo. El sujeto que se conoce a sí mismo a través de un proceso de autoconciencia. El sujeto que se hace claro y trasparente al sujeto mismo que se vuelve sobre sí para conocerse y formular su concepto.
Tal vez así podría salvarse la metafísica en cuanto se había encontrado un nuevo camino capaz de conducir el conocimiento hacia el ser. Pero no era posible recuperar la idea de la objetividad del conocimiento. Este resultaba ser necesariamente subjetivo. Por más que se esforzara en demostrar dialécticamente que debía superarse la antinomia entre objeto y sujeto y entre lo subjetivo y lo objetivo mediante su síntesis en la idea de la sustancia como sujeto y del sujeto absoluto, aún frente a éste estamos siempre ante una idea que en último análisis es formulada por el sujeto cognoscente. El daño estaba irremediablemente hecho.
No es nuestra intención ofrecer alguna nueva solución filosófica al problema de la metafísica y del conocimiento. Nuestra opción es muchísimo más simple y consiste en intentar recorrer de nuevo el círculo en la dirección en que lo hacían fructuosamente los antiguos, corriendo el riesgo de ser calificados como ingenuos. Dicho más directamente, en aceptar la posibilidad de que exista objetivamente y de que sea cognoscible la esencia de los seres. El resultado que se alcance nos dirá si ello resulte ser en definitiva fructuoso desde el punto de vista del acceso a la verdad.
"¡Alto!", espetará nuevamente nuestro filósofo ilustrado. "La verdad, y ¿qué es ella? ¿En base a qué podemos aceptar no sólo que exista sino incluso que existiendo nos sea accequible?".
Nuevamente, no estamos en condiciones de satisfacerlo en sus preguntas. Nos limitamos a mostrarle el círculo vicioso en que él se encuentra y a decirle que hemos decidido recorrerlo en sentido inverso. En efecto:
Si crees que la verdad no existe no la buscarás.
Si no buscas la verdad no la encontrarás.
Si no encuentras la verdad creerás que no existe.
¡Estás atrapado!
Si no buscas la verdad no la encontrarás.
Si no encuentras la verdad pensarás que no existe.
Si piensas que la verdad no existe no te interesará buscarla.
Filósofo: ¡cambia de profesión!
Porque si no lo haces seguirás diciendo que la verdad es relativa y subjetiva.
y que depende de cada uno
y que vale tanto como queramos valorarla.
Pero, entonces, ¡ya no es importante encontrarla!
Retomemos, pues, la pregunta que interroga por la naturaleza humana o, mejor, por la esencia del hombre, al nivel en que la encontramos en la cultura actual.
En esta nueva búsqueda no nos pondremos simplemente en el plano en que se movían los antiguos filósofos pre-críticos; en efecto, no parece conveniente ni justificable desconocer el aporte que puede haber hecho el pensamiento filosófico y científico moderno en el desentrañamiento del ser y la esencia o naturaleza del hombre. Partamos, pues, del punto en que se encuentra actualmente el asunto.
Tenemos por un lado que en la cultura moderna y contemporánea se ha difundido una concepción del hombre (y de la sociedad) que suele denominarse subjetivista y relativista, que es la que ha impregnado el pensamiento filosófico y las principales tendencias de las ciencias sociales actualmente predominantes. Según esa concepción, en lo fundamental el hombre no posee una esencia natural constitutiva sino que se hace a sí mismo en base a sus propias formas de conciencia, a sus decisiones libres y a su voluntad particular, en el contexto de sus relaciones sociales, de la geografía y el entorno que habita, de su historia y cultura que lo condicionan. Van surgiendo así muchos modos de ser hombre, en un proceso de diferenciación que hace cada vez más difícil encontrar lo que sería común a todos ellos si no fuera porque en el mismo proceso van surgiendo interrelaciones y comunicaciones crecientes que los unifican históricamente en algún nivel.
Tal modo de concebir al hombre determina una visión de lo que sería su bienestar, su potenciamiento y desarrollo, según la cual no es posible identificar criterios o normas generales y objetivos, válidos para todos los hombres, comunidades y sociedades. Como consecuencia de ello, no parece haber otro modo de identificar lo que sea su felicidad y desarrollo, su ética y su bien, su sentido y su destino, que a través de la simple observación de sus preferencias relevadas empíricamente. Su más perfecta realización dependería fundamentalmente de que los hombres y asociaciones humanas puedan alcanzar los bienes y servicios que desean, y realizar las actividades que les interesen, con el mínimo de obstáculos posibles.
Tenemos, por otro lado, las concepciones del hombre y de la sociedad propuestas por las grandes filosofías que el hombre mismo había desarrollado en épocas antiguas y a la cual se aferran todavía hoy numerosos pensadores. La principal de ellas, la concepción aristotélico-tomista en que se basa la principal de las corrientes tradicionales de la antropología cristiana, sostiene que el hombre posee una esencia natural que es común a todos, objetiva, y que su plena realización consiste en actuar conforme a esa esencia natural. Las necesidades y aspiraciones del hombre estarían dadas por esa naturaleza esencial, y su felicidad y desarrollo dependerían fundamentalmente de su satisfacción según el orden y jerarquía también naturales, dados por la conformación ontológica del ser humano, que es espiritual y corporal, individual y social.
También la familia, como célula natural y primaria en que se realiza el ser social del hombre, y la sociedad política como expresión natural del ser político de los hombres, serían entidades naturales cuyas necesidades y aspiraciones deben ser definidas y ordenadas en base a la compresión de sus respectivas naturalezas esenciales.
De esta concepción surge una visión de la felicidad, del bien y de la plena realización del hombre como un proceso que depende básicamente de ser y actuar conforme a su esencia, a partir de la cual queda delimitada una ética natural y objetiva que indica el camino de la virtud y de la perfección.
Lo que el pensamiento moderno objeta a esta antropología -no careciendo completamente de razones- es que aparece como estática, en cuanto no podría reconocer adecuadamente la dinámica de la existencia humana y de la historia, ni comprender el significado profundo de la subjetividad y libertad características de la experiencia individual y social.
La crítica es fuerte e impacta profundamente al hombre contemporáneo; sin embargo puede ser superada en la media que se desarrolle teóricamente un elemento sustancial de la referida filosofía al que se ha prestado escasa atención incluso por parte de sus cultores. Es la afirmación de que la naturaleza esencial del hombre, con ser tal y precisamente por serlo, se encuentra presente en los hombres reales y particulares como la potencia de un acto siempre imperfectamente realizado, de tal manera que la existencia del hombre es la experiencia de búsqueda de realización o actualización de su esencia. Precisemos algo más esta idea.
Afirmaban en efecto los antiguos filósofos que todo ente está constituído básicamente de dos principios básicos indisolublemente unidos: el acto y la potencia. Con esta distinción querían dar cuenta del hecho que los seres no son estáticos sino que se mueven y cambian. El "acto" es la cosa en lo que es y en cuanto es. Si fuera solamente acto, un ser no podría tener movimiento ni cambio alguno, porque no le faltaría nada ni tendría un principio que justificara el llegar a ser algo distinto a lo que es. Pero el ser es también "potencia", es decir, contiene en sí la posibilidad de ser algo más o algo distinto de lo que es; por eso, se mueve y puede cambiar, en la medida que va realizando aquello que es todavía sólo en potencia.
Pues bien, en la metafísica aristotélico-tomista se aplica la distinción básica de la potencia y el acto, en referencia a la explicación de cualquier ser sustancial según aquella otra distinción entre su esencia y su existencia, de manera tal que se concibe la existencia como el acto del ser y la esencia como su potencia. En palabras más simples, en todo ser dinámico y cambiante, que evoluciona y tiene historia, su "acto" es lo que es en un momento determinado, lo que ha llegado a ser como dato, don y resultado de su experiencia y camino recorrido, su existencia, siendo su "potencia" lo que puede aún llegar a ser por el despliegue de su esencia. La potencia es la esencia de la existencia; la existencia es el acto de la esencia.
Se supera así de manera radical la supuesta estaticidad de la concepción del hombre en cuestión, toda vez que, sin negar que el hombre tiene una esencia natural y objetiva, se la concibe en permanente construcción, como un proceso y no como un dato.
Este primer paso en la superación de la crítica moderna a la idea de la esencia del hombre no implica sin embargo, todavía, el cabal reconocimiento de la subjetivad y libertad del ser humano. Para ello se hace necesario rescatar otro elemento descuidado pero también presente en la filosofía en referencia: que el hombre es subjetivo y libre esencialmente, esto es, precisamente en lo más radical de su propia esencia y naturaleza, de manera que su proceso de realización es obra de su propia subjetividad y libertad.
Como consecuencia de esto, la naturaleza humana se manifiesta como esencialmente abierta, y el proceso de su actualización como la realización de un proyecto que se encuentra sujeto a su propia y libre determinación.
La apertura, sin embargo, no es indeterminación pura, pues la esencia constitutiva del hombre, por abierta y potencial que sea, es también en alguna medida acto, el acto de su potencia, lo que en otras palabras signifca que la experiencia humana está volcada y llamada a realizar lo que potencialmente es, y no cualquier cosa.
Por cierto, esta concepción abierta de la naturaleza humana -sobre la cual volveremos y entremos en mayor profundidad en los capítulos sucesivos- impacta también la concepción de las expresiones de su ser social y político (la familia, las comunidades, la sociedad) llevando a pensarlas también de manera abierta y proyectual.
Por el momento hemos dado un pequeño pero importante y decisivo paso. Hemos recuperado la posibilidad de pensar en una esencia humana, reconociendo validez a las principales exigencias y aportes que a la comprensión del hombre ha hecho el pensamiento y la ciencia moderna. Hemos vislumbrado también algo de lo que puede contener y de como puede ser esa esencia del hombre, pero no hemos específicado aún lo que efectivamente sea la naturaleza humana. Es lo que intentaremos manifestar a continuación.
EL MISTERIO DEL HOMBRE 2
Capítulo 1. INTENTANDO UNA NUEVA DEFINICION DEL HOMBRE
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En el estado actual del pensamiento puede parecer banal o al menos ingenuo comenzar una reflexión sobre el hombre intentando formular una definición. Estas están en descrédito, resultado tal vez de la influencia del relativismo subjetivista que se resiste a reconocer validez y profundidad a definiciones generales y abstractas que pretendan proporcionar algún conocimiento verdadero que verse sobre supuestas esencias o naturalezas de las cosas. Tal es, en verdad, la pretención que puede tener la búsqueda de una definición.
No entraremos por el momento en el tema de la posibilidad y validez cognoscitiva que puedan alcanzar las definiciones. Aceptando el riesgo de ser calificados de ingenuos o banales, parece razonable entrar directamente a la búsqueda de la definición que precisamos, dejando para después de obtener algún resultado la emisión del juicio que merezca.
Pues bien, puestos a la tarea de definir al hombre ¿no encontramos que está ya cumplida desde hace siglos cuando Aristóteles utilizando las más estrictas categorías de la definición lógica lo definiera como animal racional? Formulada en los albores mismos de la reflexión filosófica de la humanidad esta definición ha sido la más difundida y universalmente aceptada de cuantas se han sucesivamente propuesto.
La razón de esta aceptación prácticamente universal reside precisamente en que ella se rige por la más rigurosa norma de toda definición filosófica, a saber, la determinación de la esencia y del lugar que ocupa en el ordenamiento natural el objeto (o sujeto) a definir, mediante la identificación de su "género próximo" (que precisa lo que tiene en común con la categoría inmediatamente más amplia de seres de que forma parte), y de su "diferencia específica" (que precisa aquella cualidad esencial que solamente los seres de su mismo tipo comparten, distinguiéndolo de todos los demás integrantes de su género como miembro de una especie, naturaleza o clase especial.
La mencionada definición identifica la animalidad como el género próximo del hombre, insertándolo en el ordenamiento natural como uno de aquellos seres vivientes y sensibles que tienen en sí mismos capacidad de automovimiento, desarrollo y reproducción; e identifica la racionalidad como su diferencia específica, distinguiéndolo y levantándolo por encima de toda otra especie animal en razón de su más elevada cualidad ontológica de ser capaz de pensar racionalmente y de tener no sólo conciencia del mundo circundante sino de su propia interior realidad conciente.
La definición parece perfecta. ¿Quién podría dudar de que, en la naturaleza de que forma parte, el hombre comparte con todas las demás especies animales el conjunto de los elementos y características propios de la vida y del ser animal? Más aún, la ciencia moderna inserta más radicalmente al ser humano en el mundo animal al ponerlo como culminación de un proceso evolutivo, emergiendo de otras especies animales a través de un complejo proceso biológico de selección y perfeccionamiento. ¿Y podría alguien negar que si hay algo especial, distinto y característico de los hombres, que los separa y diferencia de todas las otras especies animales, es su inteligencia racional, su capacidad de formular pensamientos abstractos, encadenar razonamientos, tomar conciencia de su propia interioridad subjetiva, y a partir de ello, desplegar la más extraordinaria capacidad creativa y ordenadora de información?
Así lo pensé y ninguna duda me cupo al respecto hasta que me encontré con el texto de un autor que, a través de un razonamiento y unos conceptos muy simples pero particularmente lúcidos proponía otra definición del hombre que contraponía a la tradicional. No se trataba -que esto sí me ha parecido siempre banal e ingenuo- de alguien que rechazara la definición por el expediente común de negar que el hombre tenga una naturaleza esencial, común a todos los seres humanos y susceptible de ser conocida y formulada conceptualmente mediante una definición, sino más profunda y radicalmente de alguien que cuestionaba que sea la animalidad el género próximo y la racionalidad la diferencia específica de la persona humana.
"¡Alto!", saltará de este punto del razonamiento el lector moderno bien apercibido de filosofía crítica. "Hacer referencia a la persona humana implica un sutil pero muy significativo deslizamiento del discurso, implicando ya una determinada concepción del hombre como sujeto personal, lo que aún no está demostrado".
Aceptemos por el momento la advertencia, sustituyamos en el párrafo anterior la expresión "persona humana" con el término hombre, y sigamos tranquilos nuestra reflexión. ¿Tranquilos? No parece ya posible. En efecto, el haber utilizado como sinónimo de hombre la expresión persona humana tal vez no fue sin motivo y fue más que una simple licencia redaccional. Nos deja en todo caso una inquietud, porque el ser persona parece ser algo tan esencial y connatural al hombre que no llegamos a entender que no aparezca en nuestra definición del mismo. Si es así ¿habremos realmente captado la esencia o naturaleza del hombre al identificarlo como "animal racional"?
Vengamos, pues, al referido texto que, en efecto, no hace distinción alguna entre hombre y persona humana. No se trata de un tratado filosófico sino de un libro -bastante sencillo e ingenuo, a decir verdad- de espiritualidad cristiana: son las cartas en que un sacerdote católico, el Pbro. E. Vivans Llorens comunica sus reflexiones en torno al tema de la purificación de la inteligencia a Sor Ester María de Gracia. Leamos:
"Sentí entonces la necesidad de definir qué es un ángel y por mis adentros tuve una percepción infusa con estos términos: ángel es un ser espiritual-personal incorpóreo.
"Inmediatamente sentí la necesidad de elevarme a Dios e intenté definirlo partiendo de la naturaleza angélica. Acto seguido intuí la nueva definición como por luz infusa y escribí: Dios es EL SER INFINITO, espiritual y tripersonal.
"(...) Acto seguido sentí la necesidad de definir al hombre tomando como base "el espíritu", ya que constituye la sede de la personalidad. Estamos acostumbrados a la clásica "animal racional" u otras equivalentes. En todas se parte de la naturaleza biológica a la cual se añade la diferencia específica "racional". Pero ahora voy a proponer otra a la inversa, en que el género próximo sea el espíritu. La percibí como sumamente atrevida, pero exacta. La formulé así: el hombre es un ser espiritual personal con vida corpórea superior.
"(...) Acto seguido con la misma claridad intuitiva me dí cuenta de una ontología en cascada en la cual por el espíritu fuese posible relacionar a Dios, el ángel y el hombre y con él el universo.
"(...) Tengo la impresión íntima que con estas definiciones todas las cosas quedan centradas en su sitio y desaparece la barrera que nos eclipsa la verdad. (...)"([1])
Nos preguntamos ahora nosotros: ¿qué hay de verdad en las intuiciones de este hombre de Dios? Ninguna luz infusa viene a iluminarnos, por lo que no tenemos sino el recurso a las luces de nuestra reflexión filosófica. A este nivel nuestro en que lo que buscamos por ahora es sólo una definición, la interrogante de fondo es la siguiente: ¿es sostenible la idea que el género próximo del hombre sea el de los seres espirituales y no el de los animales?
Para que ello sea aceptable deben concurrir las siguientes tres condiciones:
Uno, que existan seres espirituales de diferentes tipos o clases.
Dos, que el hombre sea un ser espiritual y que en cuanto tal pertenezca al género de los seres espirituales.
Tres, que este género que incluye a todos los seres espirituales de diferentes clases o especies, sea el grupo de pertenencia más próximo -más significativo y sustancial- para el hombre.
No es el caso que desarrollemos aquí respuestas y que lleguemos a conclusiones sobre la existencia o no de estas tres condiciones. Ante todo tendríamos que empezar definiendo lo que entendemos por espíritu, y ello sería sin duda una tarea aún más difícil de la que nos hemos propuesto en este capítulo introductorio. Digamos solamente que esos serán temas en que se centrarán los capítulos que siguen y que en ellos podrán encontrarse elementos que nos ayuden a dilucidar el asunto. Pero no podemos dejar de advertir que quienes estén convencidos de la verdad de esas tres condiciones tendrán que modificar su concepto y definición del hombre.
Quien escribe esto se cuenta entre los que tienen la convicción de que existen seres espirituales y que el hombre es uno de ellos, residiendo en tal permanencia a una realidad espiritual que lo sobrepasa lo más relevante de su ser, en donde el hombre encuentra su verdadero sentido y finalidad. Como hemos indicado, expondremos en seguida algunas de las razones o motivos que nos llevan a tal convicción.
Pero debemos antes continuar nuestra reflexión en torno a la definición del hombre. Aceptamos -provisoriamente- que el género próximo del hombre no es el animal sino el espíritu. La cuestión que inmediatamente se levanta es, entonces, cual sea su "diferencia específica", es decir, aquello que lo distingue como una especie propia y diferente de todos los demás seres espirituales.
La respuesta no será difícil porque aparece de manera inmediata y evidente. La diferencia específica del hombre es su corporalidad. En efecto, dando por aceptado que el hombre es un ser espiritual -en razón de su inteligencia, de su capacidad de amar, de su aptitud para elaborar conceptos inmateriales y abstractos, de su autoconciencia y subjetividad, de su búsqueda de trascendencia y de su tensión hacia lo infinito y eterno-, lo que lo distingue y diferencia de los otros seres espirituales -ángeles, demonios y personas divinas- es que vive esa su espiritualidad en, con y por medio de un cuerpo. Un cuerpo extraordinariamente complejo y perfeccionado en su capacidad de adaptación y flexibilidad.
Un cuerpo que tiene todos los atributos, características y condiciones de un cuerpo animal, capaz de experimentar y desarrollar una vida vegetativa, sensible e instintiva; pero un cuerpo también apto para sostener y desenvolver una más compleja vida psíquica, consciente e inconsciente, intelectual y cultural, afectiva y estética, volitiva y conciente, social, ética y religiosa. Todo ello precisamente en razón de que no se trata simplemente de un cuerpo que es sede de un animal sino de una realidad ontológicamente espiritual.
Si definimos al hombre como un espíritu corporal y sustituimos con ella la vieja fórmula del "animal racional", las consecuencias teóricas y prácticas que se siguen son relevantes; más aún, son profundamente revolucionarias y transformadoras en todo orden de cosas humanas. Cambios inmensos, increíbles, se siguen en efecto del simple pero profundo y radical hecho de identificarnos y sentirnos internamente vinculados, como especie y como individuos, al mundo de los seres espirituales antes y más realmente que al mundo de los animales y seres biológicos. De saber que nuestros parientes más próximos no son los caballos, los tucanes y las abejas, sino los ángeles, los arcángeles, las legiones y las personas divinas. De asumir que provenimos y somos parte de un linaje de seres superiores a nosotros mismos, antes de serlo de otro constituído de puras especies que nos son inferiores.
Quisiéramos por ahora y para empezar, detenernos en una primera, principal y decisiva, tal vez la más paradójica de tales consecuencias teóricas y prácticas. Se trata de la profunda y verdaderamente nueva valoración del cuerpo, de nuestra corporeidad, que consigue a nuestra definición como espíritus corporales.
Cuando nos definimos como animales racionales, nuestro cuerpo queda inmediata y naturalmente reconocido como un cuerpo animal, por perfeccionado que se presente en algunos de sus atributos (que por cierto no en todos) respecto al cuerpo de las otras especies animales.
De tal reducción del cuerpo como expresión de la animalidad del hombre deriva consecuencialmente una prácticamente inevitable tendencia al dualismo en la concepción del hombre, en cuanto no parece posible sostener que la racionalidad -el atributo esencial que hace la diferencia específica del hombre- aparezca como expresión natural de su corporeidad animal. La racionalidad -expresión superior de la vida intelectiva y espiritual- no tendría su sede ontológica en el cuerpo del hombre sino en el alma, en un principio vital diferente al cuerpo y subsistente independiente de éste: el espíritu humano incorpóreo. El hombre sería un compuesto de dos principios vitales íntimamente relacionados pero sustancialmente diferentes: el cuerpo animal y el alma espiritual.([2])
Si en cambio pensamos que el hombre es un espíritu corporal y que el cuerpo es el modo especial que distingue nuestra particular espiritualidad de todas las demás realidades espirituales, nuestra corporeidad resulta inmediatamente dignificada, elevada a la dignidad que reconocemos propia de lo espiritual. No es que seamos un espíritu que tiene un cuerpo, ni un cuerpo que es la base material sobre la que se asienta un espíritu, sino que somos, esencial y constitutivamente, sustancial y ontológicamente, un espíritu corporal.
Alguien podría pensar que definir al hombre como animal racional o como espíritu corporal no hace diferencia en cuanto a la inevitable conceptualización dualista del ser humano, pues en ambas definiciones se hace referencia a dos principios vitales, por más que se señale una diferente prioridad entre ellos. Pero no es así. La razón de que la concepción del "animal racional" conduzca al dualismo ontológico es, simplemente, que no se puede entender como lo menos sea capaz de actuar lo más, mientras que no hay dificultad alguna en comprender que lo que es más sea igualmente capaz de lo menos. Dicho más directamente: si la vida racional, intelectual y espiritual es más que la vida animal, no se entiende como pueda proceder y residir directamente en ésta última. Por el contrario, no hay dificultad ontológica (aunque sí, por cierto, psicológica y cultural) en comprender que la vida sensitiva y sensible, afectiva y sexual, vegetativa y animal, provenga y tenga sus raíces en la personalidad espiritual del hombre.
Revalorización de nuestra corporeidad y posible superación del dualismo no significan negar que el hombre sea en último análisis (o mejor, en última síntesis) un ente compuesto y no un ser simple y perfectamente unificado; y que en consecuencia pueda hablarse de las dinámicas y tendencias propias de su espíritu y de su cuerpo como a menudo contrastantes y radicadas profundamente en su propia realidad constitutiva y en alguna radical escisión ontológica. Sobre esto abundaremos en los próximos capítulos. Pero sí significa la posibilidad de abrirnos a la comprensión de un modo de unión mucho más estrecho e íntimo existente en el hombre entre lo que llamamos su cuerpo y lo que concebimos como su espíritu. En efecto, si el hombre es un espíritu corporal, la corporalidad no aparece como un atributo extraño, ajeno, como un agregado que viene a complementar (o a condicionar) su ser espiritual, sino como un modo particular, precisamente el modo humano, de ser espíritu; así como habría otros modos de serlo: el modo incorpóreo de ser espíritu propio de los ángeles, el modo infinito y eterno de serlo propio de Dios, que no es necesariamente un modo incorpóreo (como en la fe de los cristianos, en que el Verbo se hace cuerpo, se encarna y asume una corporeidad que en cuanto tal es y permanece divina).
Pero dejemos esto último sólo en el paréntesis, pues la reflexión sobre el Espíritu divino corporeizado nos llevaría demasiado lejos para las pretensiones de un primer capítulo y de una definición, en cuanto a la comprensión de lo que puede significar un espíritu corporal y de lo que puede "valer" la corporeidad.
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[1] E. Vivans Llorens - Ester Ma. de Gracia, Purificación de la Inteligencia, Editorial Balmes, Barcelona, 1973, pág. 183-4.
[2] Cabe anotar que si este dualismo se manifestaba tendencialmente ya en las formulaciones filosóficas antiguas y medievales su acentuación resulta mayor en la cultura moderna, donde el concepto del animal ha experimentado un claro reduccionismo biologicista; fácilmente nos olvidamos de lo que sabían los antiguos en cuanto a que la animalidad es también expresión de un alma; como el mismo término animal (de ánima) lo manifiesta.
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En el estado actual del pensamiento puede parecer banal o al menos ingenuo comenzar una reflexión sobre el hombre intentando formular una definición. Estas están en descrédito, resultado tal vez de la influencia del relativismo subjetivista que se resiste a reconocer validez y profundidad a definiciones generales y abstractas que pretendan proporcionar algún conocimiento verdadero que verse sobre supuestas esencias o naturalezas de las cosas. Tal es, en verdad, la pretención que puede tener la búsqueda de una definición.
No entraremos por el momento en el tema de la posibilidad y validez cognoscitiva que puedan alcanzar las definiciones. Aceptando el riesgo de ser calificados de ingenuos o banales, parece razonable entrar directamente a la búsqueda de la definición que precisamos, dejando para después de obtener algún resultado la emisión del juicio que merezca.
Pues bien, puestos a la tarea de definir al hombre ¿no encontramos que está ya cumplida desde hace siglos cuando Aristóteles utilizando las más estrictas categorías de la definición lógica lo definiera como animal racional? Formulada en los albores mismos de la reflexión filosófica de la humanidad esta definición ha sido la más difundida y universalmente aceptada de cuantas se han sucesivamente propuesto.
La razón de esta aceptación prácticamente universal reside precisamente en que ella se rige por la más rigurosa norma de toda definición filosófica, a saber, la determinación de la esencia y del lugar que ocupa en el ordenamiento natural el objeto (o sujeto) a definir, mediante la identificación de su "género próximo" (que precisa lo que tiene en común con la categoría inmediatamente más amplia de seres de que forma parte), y de su "diferencia específica" (que precisa aquella cualidad esencial que solamente los seres de su mismo tipo comparten, distinguiéndolo de todos los demás integrantes de su género como miembro de una especie, naturaleza o clase especial.
La mencionada definición identifica la animalidad como el género próximo del hombre, insertándolo en el ordenamiento natural como uno de aquellos seres vivientes y sensibles que tienen en sí mismos capacidad de automovimiento, desarrollo y reproducción; e identifica la racionalidad como su diferencia específica, distinguiéndolo y levantándolo por encima de toda otra especie animal en razón de su más elevada cualidad ontológica de ser capaz de pensar racionalmente y de tener no sólo conciencia del mundo circundante sino de su propia interior realidad conciente.
La definición parece perfecta. ¿Quién podría dudar de que, en la naturaleza de que forma parte, el hombre comparte con todas las demás especies animales el conjunto de los elementos y características propios de la vida y del ser animal? Más aún, la ciencia moderna inserta más radicalmente al ser humano en el mundo animal al ponerlo como culminación de un proceso evolutivo, emergiendo de otras especies animales a través de un complejo proceso biológico de selección y perfeccionamiento. ¿Y podría alguien negar que si hay algo especial, distinto y característico de los hombres, que los separa y diferencia de todas las otras especies animales, es su inteligencia racional, su capacidad de formular pensamientos abstractos, encadenar razonamientos, tomar conciencia de su propia interioridad subjetiva, y a partir de ello, desplegar la más extraordinaria capacidad creativa y ordenadora de información?
Así lo pensé y ninguna duda me cupo al respecto hasta que me encontré con el texto de un autor que, a través de un razonamiento y unos conceptos muy simples pero particularmente lúcidos proponía otra definición del hombre que contraponía a la tradicional. No se trataba -que esto sí me ha parecido siempre banal e ingenuo- de alguien que rechazara la definición por el expediente común de negar que el hombre tenga una naturaleza esencial, común a todos los seres humanos y susceptible de ser conocida y formulada conceptualmente mediante una definición, sino más profunda y radicalmente de alguien que cuestionaba que sea la animalidad el género próximo y la racionalidad la diferencia específica de la persona humana.
"¡Alto!", saltará de este punto del razonamiento el lector moderno bien apercibido de filosofía crítica. "Hacer referencia a la persona humana implica un sutil pero muy significativo deslizamiento del discurso, implicando ya una determinada concepción del hombre como sujeto personal, lo que aún no está demostrado".
Aceptemos por el momento la advertencia, sustituyamos en el párrafo anterior la expresión "persona humana" con el término hombre, y sigamos tranquilos nuestra reflexión. ¿Tranquilos? No parece ya posible. En efecto, el haber utilizado como sinónimo de hombre la expresión persona humana tal vez no fue sin motivo y fue más que una simple licencia redaccional. Nos deja en todo caso una inquietud, porque el ser persona parece ser algo tan esencial y connatural al hombre que no llegamos a entender que no aparezca en nuestra definición del mismo. Si es así ¿habremos realmente captado la esencia o naturaleza del hombre al identificarlo como "animal racional"?
Vengamos, pues, al referido texto que, en efecto, no hace distinción alguna entre hombre y persona humana. No se trata de un tratado filosófico sino de un libro -bastante sencillo e ingenuo, a decir verdad- de espiritualidad cristiana: son las cartas en que un sacerdote católico, el Pbro. E. Vivans Llorens comunica sus reflexiones en torno al tema de la purificación de la inteligencia a Sor Ester María de Gracia. Leamos:
"Sentí entonces la necesidad de definir qué es un ángel y por mis adentros tuve una percepción infusa con estos términos: ángel es un ser espiritual-personal incorpóreo.
"Inmediatamente sentí la necesidad de elevarme a Dios e intenté definirlo partiendo de la naturaleza angélica. Acto seguido intuí la nueva definición como por luz infusa y escribí: Dios es EL SER INFINITO, espiritual y tripersonal.
"(...) Acto seguido sentí la necesidad de definir al hombre tomando como base "el espíritu", ya que constituye la sede de la personalidad. Estamos acostumbrados a la clásica "animal racional" u otras equivalentes. En todas se parte de la naturaleza biológica a la cual se añade la diferencia específica "racional". Pero ahora voy a proponer otra a la inversa, en que el género próximo sea el espíritu. La percibí como sumamente atrevida, pero exacta. La formulé así: el hombre es un ser espiritual personal con vida corpórea superior.
"(...) Acto seguido con la misma claridad intuitiva me dí cuenta de una ontología en cascada en la cual por el espíritu fuese posible relacionar a Dios, el ángel y el hombre y con él el universo.
"(...) Tengo la impresión íntima que con estas definiciones todas las cosas quedan centradas en su sitio y desaparece la barrera que nos eclipsa la verdad. (...)"([1])
Nos preguntamos ahora nosotros: ¿qué hay de verdad en las intuiciones de este hombre de Dios? Ninguna luz infusa viene a iluminarnos, por lo que no tenemos sino el recurso a las luces de nuestra reflexión filosófica. A este nivel nuestro en que lo que buscamos por ahora es sólo una definición, la interrogante de fondo es la siguiente: ¿es sostenible la idea que el género próximo del hombre sea el de los seres espirituales y no el de los animales?
Para que ello sea aceptable deben concurrir las siguientes tres condiciones:
Uno, que existan seres espirituales de diferentes tipos o clases.
Dos, que el hombre sea un ser espiritual y que en cuanto tal pertenezca al género de los seres espirituales.
Tres, que este género que incluye a todos los seres espirituales de diferentes clases o especies, sea el grupo de pertenencia más próximo -más significativo y sustancial- para el hombre.
No es el caso que desarrollemos aquí respuestas y que lleguemos a conclusiones sobre la existencia o no de estas tres condiciones. Ante todo tendríamos que empezar definiendo lo que entendemos por espíritu, y ello sería sin duda una tarea aún más difícil de la que nos hemos propuesto en este capítulo introductorio. Digamos solamente que esos serán temas en que se centrarán los capítulos que siguen y que en ellos podrán encontrarse elementos que nos ayuden a dilucidar el asunto. Pero no podemos dejar de advertir que quienes estén convencidos de la verdad de esas tres condiciones tendrán que modificar su concepto y definición del hombre.
Quien escribe esto se cuenta entre los que tienen la convicción de que existen seres espirituales y que el hombre es uno de ellos, residiendo en tal permanencia a una realidad espiritual que lo sobrepasa lo más relevante de su ser, en donde el hombre encuentra su verdadero sentido y finalidad. Como hemos indicado, expondremos en seguida algunas de las razones o motivos que nos llevan a tal convicción.
Pero debemos antes continuar nuestra reflexión en torno a la definición del hombre. Aceptamos -provisoriamente- que el género próximo del hombre no es el animal sino el espíritu. La cuestión que inmediatamente se levanta es, entonces, cual sea su "diferencia específica", es decir, aquello que lo distingue como una especie propia y diferente de todos los demás seres espirituales.
La respuesta no será difícil porque aparece de manera inmediata y evidente. La diferencia específica del hombre es su corporalidad. En efecto, dando por aceptado que el hombre es un ser espiritual -en razón de su inteligencia, de su capacidad de amar, de su aptitud para elaborar conceptos inmateriales y abstractos, de su autoconciencia y subjetividad, de su búsqueda de trascendencia y de su tensión hacia lo infinito y eterno-, lo que lo distingue y diferencia de los otros seres espirituales -ángeles, demonios y personas divinas- es que vive esa su espiritualidad en, con y por medio de un cuerpo. Un cuerpo extraordinariamente complejo y perfeccionado en su capacidad de adaptación y flexibilidad.
Un cuerpo que tiene todos los atributos, características y condiciones de un cuerpo animal, capaz de experimentar y desarrollar una vida vegetativa, sensible e instintiva; pero un cuerpo también apto para sostener y desenvolver una más compleja vida psíquica, consciente e inconsciente, intelectual y cultural, afectiva y estética, volitiva y conciente, social, ética y religiosa. Todo ello precisamente en razón de que no se trata simplemente de un cuerpo que es sede de un animal sino de una realidad ontológicamente espiritual.
Si definimos al hombre como un espíritu corporal y sustituimos con ella la vieja fórmula del "animal racional", las consecuencias teóricas y prácticas que se siguen son relevantes; más aún, son profundamente revolucionarias y transformadoras en todo orden de cosas humanas. Cambios inmensos, increíbles, se siguen en efecto del simple pero profundo y radical hecho de identificarnos y sentirnos internamente vinculados, como especie y como individuos, al mundo de los seres espirituales antes y más realmente que al mundo de los animales y seres biológicos. De saber que nuestros parientes más próximos no son los caballos, los tucanes y las abejas, sino los ángeles, los arcángeles, las legiones y las personas divinas. De asumir que provenimos y somos parte de un linaje de seres superiores a nosotros mismos, antes de serlo de otro constituído de puras especies que nos son inferiores.
Quisiéramos por ahora y para empezar, detenernos en una primera, principal y decisiva, tal vez la más paradójica de tales consecuencias teóricas y prácticas. Se trata de la profunda y verdaderamente nueva valoración del cuerpo, de nuestra corporeidad, que consigue a nuestra definición como espíritus corporales.
Cuando nos definimos como animales racionales, nuestro cuerpo queda inmediata y naturalmente reconocido como un cuerpo animal, por perfeccionado que se presente en algunos de sus atributos (que por cierto no en todos) respecto al cuerpo de las otras especies animales.
De tal reducción del cuerpo como expresión de la animalidad del hombre deriva consecuencialmente una prácticamente inevitable tendencia al dualismo en la concepción del hombre, en cuanto no parece posible sostener que la racionalidad -el atributo esencial que hace la diferencia específica del hombre- aparezca como expresión natural de su corporeidad animal. La racionalidad -expresión superior de la vida intelectiva y espiritual- no tendría su sede ontológica en el cuerpo del hombre sino en el alma, en un principio vital diferente al cuerpo y subsistente independiente de éste: el espíritu humano incorpóreo. El hombre sería un compuesto de dos principios vitales íntimamente relacionados pero sustancialmente diferentes: el cuerpo animal y el alma espiritual.([2])
Si en cambio pensamos que el hombre es un espíritu corporal y que el cuerpo es el modo especial que distingue nuestra particular espiritualidad de todas las demás realidades espirituales, nuestra corporeidad resulta inmediatamente dignificada, elevada a la dignidad que reconocemos propia de lo espiritual. No es que seamos un espíritu que tiene un cuerpo, ni un cuerpo que es la base material sobre la que se asienta un espíritu, sino que somos, esencial y constitutivamente, sustancial y ontológicamente, un espíritu corporal.
Alguien podría pensar que definir al hombre como animal racional o como espíritu corporal no hace diferencia en cuanto a la inevitable conceptualización dualista del ser humano, pues en ambas definiciones se hace referencia a dos principios vitales, por más que se señale una diferente prioridad entre ellos. Pero no es así. La razón de que la concepción del "animal racional" conduzca al dualismo ontológico es, simplemente, que no se puede entender como lo menos sea capaz de actuar lo más, mientras que no hay dificultad alguna en comprender que lo que es más sea igualmente capaz de lo menos. Dicho más directamente: si la vida racional, intelectual y espiritual es más que la vida animal, no se entiende como pueda proceder y residir directamente en ésta última. Por el contrario, no hay dificultad ontológica (aunque sí, por cierto, psicológica y cultural) en comprender que la vida sensitiva y sensible, afectiva y sexual, vegetativa y animal, provenga y tenga sus raíces en la personalidad espiritual del hombre.
Revalorización de nuestra corporeidad y posible superación del dualismo no significan negar que el hombre sea en último análisis (o mejor, en última síntesis) un ente compuesto y no un ser simple y perfectamente unificado; y que en consecuencia pueda hablarse de las dinámicas y tendencias propias de su espíritu y de su cuerpo como a menudo contrastantes y radicadas profundamente en su propia realidad constitutiva y en alguna radical escisión ontológica. Sobre esto abundaremos en los próximos capítulos. Pero sí significa la posibilidad de abrirnos a la comprensión de un modo de unión mucho más estrecho e íntimo existente en el hombre entre lo que llamamos su cuerpo y lo que concebimos como su espíritu. En efecto, si el hombre es un espíritu corporal, la corporalidad no aparece como un atributo extraño, ajeno, como un agregado que viene a complementar (o a condicionar) su ser espiritual, sino como un modo particular, precisamente el modo humano, de ser espíritu; así como habría otros modos de serlo: el modo incorpóreo de ser espíritu propio de los ángeles, el modo infinito y eterno de serlo propio de Dios, que no es necesariamente un modo incorpóreo (como en la fe de los cristianos, en que el Verbo se hace cuerpo, se encarna y asume una corporeidad que en cuanto tal es y permanece divina).
Pero dejemos esto último sólo en el paréntesis, pues la reflexión sobre el Espíritu divino corporeizado nos llevaría demasiado lejos para las pretensiones de un primer capítulo y de una definición, en cuanto a la comprensión de lo que puede significar un espíritu corporal y de lo que puede "valer" la corporeidad.
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[1] E. Vivans Llorens - Ester Ma. de Gracia, Purificación de la Inteligencia, Editorial Balmes, Barcelona, 1973, pág. 183-4.
[2] Cabe anotar que si este dualismo se manifestaba tendencialmente ya en las formulaciones filosóficas antiguas y medievales su acentuación resulta mayor en la cultura moderna, donde el concepto del animal ha experimentado un claro reduccionismo biologicista; fácilmente nos olvidamos de lo que sabían los antiguos en cuanto a que la animalidad es también expresión de un alma; como el mismo término animal (de ánima) lo manifiesta.
EL MISTERIO DEL HOMBRE 1
¿Qué es el hombre? La pregunta algo abstracta resuena cercana formulada de este modo: ¿Quién soy? No hay en la historia del pensamiento universal cuestión más importante o que haya ocupadao mayores energías mentales de pensadores e intelectuales. Sin embargo la respuesta es, aún hoy, que el hombre permanece desconocido en su esencia, por más acumulación de informaciones y conocimientos que hayamos logrado mediante el trabajo de las ciencias, las artes, las letras, las filosofías, las religiones.
Si tan escasos son los resultados nos vemos tentados a abandonar el empeño. ¿Qué más podríamos nosotros lograr? Pero -desgraciada o felizmente- la pregunta no es abandonable, porque es ella que nos interroga y no nos deja, replanteándose renovada tantas veces en la vida. No es una interrogante puramente intelectual: necesitamos responderla porque precisamos clarificar el sentido de nuestra acción y orientar de manera eficaz nuestos procesos de crecimiento personal. Podremos tal vez acallarla, pero es una actitud que no es digna del hombre. Por lo demás, quizás tengamos hoy mejores elementos para intentar un búsqueda nueva, pues el camino recorrido por el pensamiento no ha sido en vano y podemos continuarlo desde el lugar en que otros lo han dejado.
El estudio que ofrecemos no es un tratado, una obra sistemática que vaya recorriendo minuciosamente todos los aspectos y dimensiones del hombre, sino un ensayo en que el pensamiento se despliega libremente a través de pocos y breves capítulos. Nos hemos propuesto ir directamente a lo esencial.
No es tampoco catalogable en las disciplinas que han indagado la pregunta sobre el hombre: biología, psicología, antropología, filosofía, teología, espiritualidad. Tiene algo de cada una de ellas. En realidad, es una síntesis personal de múltiples conocimientos que se han ido integrando mediante la reflexión de tantas experiencias propias y ajenas y de innumerables lecturas de los más variados origenes, fuentes y orientaciones. No tiene otra pretensión que ofrecer en muy apretado resumen un resultado personal, respecto al cual nuestro esfuerzo ha consistido en ir directamente a lo principal dejando de lado detalles, complementos, derivaciones.
Si tan escasos son los resultados nos vemos tentados a abandonar el empeño. ¿Qué más podríamos nosotros lograr? Pero -desgraciada o felizmente- la pregunta no es abandonable, porque es ella que nos interroga y no nos deja, replanteándose renovada tantas veces en la vida. No es una interrogante puramente intelectual: necesitamos responderla porque precisamos clarificar el sentido de nuestra acción y orientar de manera eficaz nuestos procesos de crecimiento personal. Podremos tal vez acallarla, pero es una actitud que no es digna del hombre. Por lo demás, quizás tengamos hoy mejores elementos para intentar un búsqueda nueva, pues el camino recorrido por el pensamiento no ha sido en vano y podemos continuarlo desde el lugar en que otros lo han dejado.
El estudio que ofrecemos no es un tratado, una obra sistemática que vaya recorriendo minuciosamente todos los aspectos y dimensiones del hombre, sino un ensayo en que el pensamiento se despliega libremente a través de pocos y breves capítulos. Nos hemos propuesto ir directamente a lo esencial.
No es tampoco catalogable en las disciplinas que han indagado la pregunta sobre el hombre: biología, psicología, antropología, filosofía, teología, espiritualidad. Tiene algo de cada una de ellas. En realidad, es una síntesis personal de múltiples conocimientos que se han ido integrando mediante la reflexión de tantas experiencias propias y ajenas y de innumerables lecturas de los más variados origenes, fuentes y orientaciones. No tiene otra pretensión que ofrecer en muy apretado resumen un resultado personal, respecto al cual nuestro esfuerzo ha consistido en ir directamente a lo principal dejando de lado detalles, complementos, derivaciones.
¿QUÉ ES FILOSOFÍA?
La filosofía, es una ciencia (conocimiento de las cosas por sus causas, de lo universal y necesario), que se viene practicando, desde la época de los griegos o era clásica. Fueron ellos, quienes comenzaron por primera vez, a realizarse preguntas profundas por todo aquello que los rodeaba. Por lo mismo, los primeros atisbos de filosofía, se vieron en el campo de la naturaleza.
Y filosofía, es justamente amor por la sabiduría. Comprender con todo aquello, que interactuamos. Justamente, filosofía proviene del griego filos (amor) y sofía (sabiduría).
La gracia de la filosofía, es que esta se hace preguntas últimas. O sea, por aquellas que van en la búsqueda del sentido final, de las cosas. Cada rama de la filosofía, se hace preguntas últimas. Por la finalidad del objeto de estudio de ellas. Es así, como la antropología, por ejemplo, se pregunta cual es la finalidad del hombre. La ética, otra rama, se pregunta cual es la finalidad del actuar del hombre. De hecho, uno de los más grandes filósofos de antigüedad, como fue Sócrates, buscaba un sentido, una finalidad del hombre, el cual defendió el hecho de que la felicidad era el fin del hombre. Fin que depende de las virtudes, parte del estudio de la ética. Pero para la filosofía, la racionalidad, juega un papel fundamental en su estudio y asimismo, en su acción. La racionalidad, es el medio por el cual, podemos conocer lo que nos rodea. Es el punto de partida, para buscar y saber, cual es la finalidad del hombre. Ya Sócrates decía, con respecto a las virtudes y su conocimiento por medio de la razón, “Sólo el que sabe qué es la justicia (la cual es una virtud) puede verdaderamente ser justo y obrar justamente”.
Lo esencial de la filosofía, está en que esta, se cuestiona las cosas con una mayor amplitud de acción, que el resto de las ciencias. Mucho más que las prácticas o las sociales. La filosofía, es el amor de conocer, por conocer. Lo cual puede parecer inútil. Pero no lo es, ya que al no tener una finalidad práctica, es un fin en si mismo. Por lo que es querido. Así, tiene una finalidad, para quienes desean ampliar sus conocimientos. No debemos olvidar, que el conocimiento, es poder. Asimismo, no hay que olvidar, que existen ramas de la filosofía, como la ética, que se estudian con un fin práctico. La ética que se estudia, para mejorar mi actuar frente a la vida. Se dice que todo el mundo filosofa, cuando se hace preguntas últimas. Aquellas que van al centro de la cuestión. Lo más seguro es que lo hacen, ya que siempre el ser humano, ha querido comprender a cabalidad su vida y entorno. Al menos así, comenzaron los primeros filósofos en la Antigua Grecia.
Y filosofía, es justamente amor por la sabiduría. Comprender con todo aquello, que interactuamos. Justamente, filosofía proviene del griego filos (amor) y sofía (sabiduría).
La gracia de la filosofía, es que esta se hace preguntas últimas. O sea, por aquellas que van en la búsqueda del sentido final, de las cosas. Cada rama de la filosofía, se hace preguntas últimas. Por la finalidad del objeto de estudio de ellas. Es así, como la antropología, por ejemplo, se pregunta cual es la finalidad del hombre. La ética, otra rama, se pregunta cual es la finalidad del actuar del hombre. De hecho, uno de los más grandes filósofos de antigüedad, como fue Sócrates, buscaba un sentido, una finalidad del hombre, el cual defendió el hecho de que la felicidad era el fin del hombre. Fin que depende de las virtudes, parte del estudio de la ética. Pero para la filosofía, la racionalidad, juega un papel fundamental en su estudio y asimismo, en su acción. La racionalidad, es el medio por el cual, podemos conocer lo que nos rodea. Es el punto de partida, para buscar y saber, cual es la finalidad del hombre. Ya Sócrates decía, con respecto a las virtudes y su conocimiento por medio de la razón, “Sólo el que sabe qué es la justicia (la cual es una virtud) puede verdaderamente ser justo y obrar justamente”.
Lo esencial de la filosofía, está en que esta, se cuestiona las cosas con una mayor amplitud de acción, que el resto de las ciencias. Mucho más que las prácticas o las sociales. La filosofía, es el amor de conocer, por conocer. Lo cual puede parecer inútil. Pero no lo es, ya que al no tener una finalidad práctica, es un fin en si mismo. Por lo que es querido. Así, tiene una finalidad, para quienes desean ampliar sus conocimientos. No debemos olvidar, que el conocimiento, es poder. Asimismo, no hay que olvidar, que existen ramas de la filosofía, como la ética, que se estudian con un fin práctico. La ética que se estudia, para mejorar mi actuar frente a la vida. Se dice que todo el mundo filosofa, cuando se hace preguntas últimas. Aquellas que van al centro de la cuestión. Lo más seguro es que lo hacen, ya que siempre el ser humano, ha querido comprender a cabalidad su vida y entorno. Al menos así, comenzaron los primeros filósofos en la Antigua Grecia.
martes, 5 de octubre de 2010
El chile, México y los mexicanos
Alguien dijo (y si no lo dijo, lo digo yo ahora) que la comida mexicana, si no tiene chile, no es mexicana. Ciertamente el chile ocupa un lugar preponderante en la mayoría de los platillos típicos de México. De hecho algunos chiles no forman parte del platillo; son el platillo mismo como sucede con los chiles rellenos, con el chilatole o con los chiles en nogada, entre muchos otros.
La palabra chile viene del náhuatl chilli y en nuestro querido país hay “cualquier cantidad” de variedades chileras: De hecho el chile relleno es un chile poblano que, obviamente lleva un relleno el cual puede ser de carne deshebrada, de picadillo (carne molida y guisada) o de queso.
Los deliciosos chiles en nogada son una variedad del chile relleno pero mucho más elaborada y llevan una cubierta de crema de leche y nuez y sobre ella algunos granos de granada, con lo que, aparte de su exótico sabor, se le da el aspecto mexicano porque lleva los colores verde, blanco y rojo de la bandera nacional.
El chile poblano se supone que es representativo del estado de Puebla, como el jalapeño es de Xalapa, la capital veracruzana y el habanero se supone que procede de la capital cubana. Nada de eso es estrictamente cierto pues está probado y comprobado que los chiles no saben nada de geografía y se dan donde pueden o donde encuentran ambiente favorable.
El chile habanero actualmente es representativo de la Península de Yucatán. Es uno de los chiles más picosos que hay en el mundo, mientras el chile poblano se da en Aguascalientes, en Durango y en muchas otras regiones aunque algunos le conocen como chile ancho y en otras entidades le llaman chile joto, lo cual debe tener al famoso chile muy enchilado.
Están también el chile cascabel que es rojo oscuro, el chile chilaca, que ya seco se conoce como chile pasilla, el chile cuaresmeño que debe su nombre a que se cosecha en Cuaresma y desde luego el chile serrano, también llamado simplemente chile verde, ingrediente de muchos platillos y salsas como la mexicanísima “pico de gallo” que es una combinación cruda de chile (serrano), cebolla y tomate, que da también un aspecto tricolor.
Tenemos el chile piquín, que algunos llaman quipín y que por su diminuto tamaño desde las épocas prehispánicas se le llamaba chilli tecpin que viene siendo equivalente a chile pulga.
Entre los platillos está el chilatole, bebida que combina el chile con azúcar y leche y algunos otros ingredientes. Están también las enchiladas que originalmente son tacos de tortilla roja frita con queso dentro, aunque ya en la mesa hay muchas variedades de enchiladas como las llamadas enchiladas suizas que en Suiza ni se conocen pero a las que se les llama así porque llevan un baño final de crema de leche lo que les da la apariencia de estar cubiertas de nieve como los Alpes Suizos.
La palabra chile viene del náhuatl chilli y en nuestro querido país hay “cualquier cantidad” de variedades chileras: De hecho el chile relleno es un chile poblano que, obviamente lleva un relleno el cual puede ser de carne deshebrada, de picadillo (carne molida y guisada) o de queso.
Los deliciosos chiles en nogada son una variedad del chile relleno pero mucho más elaborada y llevan una cubierta de crema de leche y nuez y sobre ella algunos granos de granada, con lo que, aparte de su exótico sabor, se le da el aspecto mexicano porque lleva los colores verde, blanco y rojo de la bandera nacional.
El chile poblano se supone que es representativo del estado de Puebla, como el jalapeño es de Xalapa, la capital veracruzana y el habanero se supone que procede de la capital cubana. Nada de eso es estrictamente cierto pues está probado y comprobado que los chiles no saben nada de geografía y se dan donde pueden o donde encuentran ambiente favorable.
El chile habanero actualmente es representativo de la Península de Yucatán. Es uno de los chiles más picosos que hay en el mundo, mientras el chile poblano se da en Aguascalientes, en Durango y en muchas otras regiones aunque algunos le conocen como chile ancho y en otras entidades le llaman chile joto, lo cual debe tener al famoso chile muy enchilado.
Están también el chile cascabel que es rojo oscuro, el chile chilaca, que ya seco se conoce como chile pasilla, el chile cuaresmeño que debe su nombre a que se cosecha en Cuaresma y desde luego el chile serrano, también llamado simplemente chile verde, ingrediente de muchos platillos y salsas como la mexicanísima “pico de gallo” que es una combinación cruda de chile (serrano), cebolla y tomate, que da también un aspecto tricolor.
Tenemos el chile piquín, que algunos llaman quipín y que por su diminuto tamaño desde las épocas prehispánicas se le llamaba chilli tecpin que viene siendo equivalente a chile pulga.
Entre los platillos está el chilatole, bebida que combina el chile con azúcar y leche y algunos otros ingredientes. Están también las enchiladas que originalmente son tacos de tortilla roja frita con queso dentro, aunque ya en la mesa hay muchas variedades de enchiladas como las llamadas enchiladas suizas que en Suiza ni se conocen pero a las que se les llama así porque llevan un baño final de crema de leche lo que les da la apariencia de estar cubiertas de nieve como los Alpes Suizos.
Para mí, una chela bien helodia
Ricardo Espinosa.
No creo que sea motivo de vergüenza si declaro abiertamente, que la bebida forma parte esencial en la vida del mexicano. El europeo acostumbra tomar vino para acompañar las comidas, o quizá simplemente para disfrutarlo, pero para nosotros, los mexicanos, “el chupe” es motivo de fiesta, de jolgorio, borlote o guateque que es más o menos lo mismo, o tal vez debo decir que, en México, si no hay algo que “chupar”, una fiesta no funciona.
Además nosotros le ponemos nombre a todo, al hecho de tomar, a la botella, a la cerveza, a todo lo que se relaciona con la bebida alcohólica, y hay que admitir que algunos de esos nombres o apodos son realmente ingeniosos. El chupe que acabo de mencionar pues es la bebida, la beberecua, el teguarniz o ya deformado sería el tanguarniz y el acto de ingerirla es chupar, y el chupar se refiere a chupar vidrio o sea a tomar directamente de la botella.
Algunos le llaman pisto que según el diccionario es una comida o genéricamente es el dinero, pero en ciertos lugares de México el pisto es el chupe, un alipús o sencillamente el trago y el que toma muchos tragos se pone bien “cuete”, porque se pasó todo el día y toda la noche en la cantina y salió en la madrugada del día siguiente e iba “con la cara pa´tras” o en su forma más común, se diría que salió “hasta atrás” que es igual a decir que iba bien p…ersa, o sea bien p… Aquí va el nombre de una exhalación intestinal maloliente que no me atrevo a escribir con todas sus letras, pero que seguramente usted ya se imagina cual es.
El día de raya, que es el día de pago para los obreros, no es raro que se vayan algunos de ellos a la cantina a tomarse unas cheves, que son unas chelas, es decir, unas cervezas las que deben estar bien helodias (bien heladas, es decir, bien frías) y además se acompañan con alguna botanita de taquitos, bocadillos de carne o cacahuates.
En el exterior, a los mexicanos nos identifican con el tequila, pero también hay mezcal que se hace como el tequila con el jugo que se extrae del maguey, hay tepache que puede ser piña o manzana fermentada, hay tejuino, sotol, o genéricamente hay soyate sin faltar el pulque que es un líquido lechoso que “se cura” con guayaba, con melón y con muchas otras frutas para disimular un poco su fuerte sabor y al que en lengua aborigen se le llama neutle o tlapehue.
Los cuadernos son los cuates (los amigos, pues) que se ponen de acuerdo para reunirse a chupar en “Las Glorias de Colón” que es uno de esos nombres folklóricos con los que se identifican las pulquerías.
Allá se va uno con los amigos de la “inflancia” o de la “alcoholescencia”, y si se lo encuentra uno todo golpeado le dirá tal vez que le dio un “infarto bacardíaco” o sencillamente “que se resbaló con una cáscara de tequila”
No creo que sea motivo de vergüenza si declaro abiertamente, que la bebida forma parte esencial en la vida del mexicano. El europeo acostumbra tomar vino para acompañar las comidas, o quizá simplemente para disfrutarlo, pero para nosotros, los mexicanos, “el chupe” es motivo de fiesta, de jolgorio, borlote o guateque que es más o menos lo mismo, o tal vez debo decir que, en México, si no hay algo que “chupar”, una fiesta no funciona.
Además nosotros le ponemos nombre a todo, al hecho de tomar, a la botella, a la cerveza, a todo lo que se relaciona con la bebida alcohólica, y hay que admitir que algunos de esos nombres o apodos son realmente ingeniosos. El chupe que acabo de mencionar pues es la bebida, la beberecua, el teguarniz o ya deformado sería el tanguarniz y el acto de ingerirla es chupar, y el chupar se refiere a chupar vidrio o sea a tomar directamente de la botella.
Algunos le llaman pisto que según el diccionario es una comida o genéricamente es el dinero, pero en ciertos lugares de México el pisto es el chupe, un alipús o sencillamente el trago y el que toma muchos tragos se pone bien “cuete”, porque se pasó todo el día y toda la noche en la cantina y salió en la madrugada del día siguiente e iba “con la cara pa´tras” o en su forma más común, se diría que salió “hasta atrás” que es igual a decir que iba bien p…ersa, o sea bien p… Aquí va el nombre de una exhalación intestinal maloliente que no me atrevo a escribir con todas sus letras, pero que seguramente usted ya se imagina cual es.
El día de raya, que es el día de pago para los obreros, no es raro que se vayan algunos de ellos a la cantina a tomarse unas cheves, que son unas chelas, es decir, unas cervezas las que deben estar bien helodias (bien heladas, es decir, bien frías) y además se acompañan con alguna botanita de taquitos, bocadillos de carne o cacahuates.
En el exterior, a los mexicanos nos identifican con el tequila, pero también hay mezcal que se hace como el tequila con el jugo que se extrae del maguey, hay tepache que puede ser piña o manzana fermentada, hay tejuino, sotol, o genéricamente hay soyate sin faltar el pulque que es un líquido lechoso que “se cura” con guayaba, con melón y con muchas otras frutas para disimular un poco su fuerte sabor y al que en lengua aborigen se le llama neutle o tlapehue.
Los cuadernos son los cuates (los amigos, pues) que se ponen de acuerdo para reunirse a chupar en “Las Glorias de Colón” que es uno de esos nombres folklóricos con los que se identifican las pulquerías.
Allá se va uno con los amigos de la “inflancia” o de la “alcoholescencia”, y si se lo encuentra uno todo golpeado le dirá tal vez que le dio un “infarto bacardíaco” o sencillamente “que se resbaló con una cáscara de tequila”
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