domingo, 10 de octubre de 2010

EL MISTERIO DEL HOMBRE 8

Capítulo 7. EL ESPIRITU AL ENCUENTRO DE SI MISMO
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La primera, la más común y universal de las operaciones del hombre a través de las cuales el espíritu pareciera pretender superar y salir de su cuerpo la constituyen los sueños. Estos han sido objeto de curiosidad intelectual a lo largo de toda la historia; pero la preocupación del hombre, fascinado por la increíble riqueza de imágenes, símbolos y contenidos que se expresan en los sueños, ha estado centrada más en interpretar su significado y mensajes ocultos que en comprender el sueño mismo como estado de la conciencia y como actividad del espíritu humano. Esto es en cambio lo que nos interesa aquí en orden a la comprensión del espíritu del hombre.

La psicología considera los sueños como productos de la actividad de una dimensión oculta de la psiquis humana que denomina "inconsciente" y que se activa en ciertas fases del proceso de dormición. Ahora bien, el término "inconsciente" oculta en realidad el desconocimiento de la realidad a que alude. En efecto, no se define el conocimiento positivo de algo mediante la identificación de una cualidad negativa, en este caso, el no ser conocido, comprendido por el espíritu consciente. Además, no es del todo convincente la idea de que el "inconsciente" se haga consciente a través de esta particular actividad suya. Más razonable sería concebir el sueño como un estado particular de la conciencia, o mejor, del espíritu.

Lo que el sueño pone de manifesto de manera inmediata, en efecto, es un hecho de la mayor importancia para la comprensión del espíritu humano: qué él no se agota en la que consideramos nuestra vida consciente y la actividad que desplegamos en el estado de vigilia. La psiquis y el espíritu humano se manifiestan a través de los sueños como una realidad increíblemente más amplia, compleja y rica de cuanto aparece y de cuanto percibimos en el estado de vigilia. Nuestra experiencia consciente, o mejor, propia del estado de vigilia, es respecto a la totalidad del espíritu como la punta de un iceberg cuya mayor y más profunda realidad permanece sumergida y oculta en el océano.

Para alcanzar alguna comprensión de esa dimensión escondida y misteriosa del espíritu nuevamente podemos recurrir al análisis de los frutos o productos de su actividad: los sueños mismos.

Los sueños son el resultado de una actividad muy elaborada de nuestro psiquismo. En ellos el espíritu utiliza como materia de una elaboración subconsciente todos los materiales acumulados por la mente en su vida consciente. En efecto, el espíritu parece guardar en sí mismo todos los datos de su experiencia. "Las experiencias han mostrado -escribe Pierre Fluchaire en un muy interesante estudio sobre el sueño- que nuestro inconsciente es capaz de captar enseñanzas inaccesibles a nuestro consciente, a nuestros sentidos en el estado de vigilia. El es también una suerte de muy poderoso radar en escucha del cosmos y en particular de sus ritmos. Y él lo retiene todo. Posee una memoria absoluta, muy fiable, una memoria de computador. ¿Qué contiene este continente perdido, sumergido como la Atlántida? Verdadera enciclopedia viviente, banco de datos inaudito, todo lo que hayamos registrado en el curso de nuestra vida entera va a servir de materiales de base; y ellos van a ser combinados en el sueño en las formas originales que aparecerán. El sueño trabaja no solamente a partir de los elementos de nuestra propia experiencia, de nuestra memoria, sino que saca también del "espíritu universal", de lo que Jung ha llamado el "inconsciente colectivo", pues el hombre lleva en sí mismo toda su historia, aquella de la humanidad e incluso la de la vida. De allí proceden las ideas venidas "no se sabe de donde". Y ello aumenta aún la riqueza de esta fuente, que llega a ser infinita".([1])

Pues bien, ¿qué hace el espíritu con este material infinito de la experiencia humana? Lo combina, lo trabaja de un modo paradojal y sorprendente que no respeta las leyes de la física y de los cuerpos. Allí no funciona -se dice- la lógica. En realidad, la lógica y el orden operan y reinan poderosamente en los sueños. Lo que no se respeta son, en cambio, las propiedades de la materia y de los cuerpos. En los sueños los cuerpos pueden volar, las murallas atravesarse, la materia cambiar de tamaños, los elementos naturales y las actividades de los hombres combinarse de las maneras más inauditas.

¿Qué significa esto, desde el punto de vista del proceso del espíritu que estamos examinando? En verdad, puede interpretarse muy plausiblemente como un proceso a través del cual el espíritu se esfuerza por escapar de los rígidos condicionamientos dados por las leyes de la materia y el cuerpo. Se trata, como señala el autor mencionado, de "desmaterializar la materia", de superar la corporalidad de nuestra experiencia. En efecto, en los sueños, las imágenes de las cosas, de los objetos y de las acciones no son materiales sino simbólicos. El sueño convierte en símbolos todos los datos de la experiencia con que trabaja.

Vale la pena leer algunos otros párrafos del mencionado estudio de P. Fluchaire: "Es gracias a los sueños que nosotros podemos explorar ese continente desconocido sumergido en el fondo de nosotros mismos y descubrir entonces un verdadero jardín del Edén donde se encuentran en abundancia regalos de un valor excepcional. Y nosotros podemos traer a la superficie todos esos tesoros por el sueño, que es el lugar y el medio de comunicación entre nuestro consciente y nuestro inconsciente. (...) Nuestro inconsciente es mucho más vasto que nuestro consciente. (...) Nuestro inconsciente es también, por esencia, artista, creador, inventor; pareciera que ésta fuese incluso su función principal: él posee una imaginación extraordinaria, incluso en aquellos que tienen muy poco de ella de manera consciente. (...) Ben Sweetland, el autor de La fortune en dormant, propone reemplazar la palabra inconsciente por "espíritu creador". (...)

Además, nuestro inconsciente no duerme jamás, él está despierto desde nuestro nacimiento hasta la muerte. Y se puede utilizar plenamente sus fuerzas, sus dones, cuando el consciente está en reposo o puesto al sereno".([2])

Ahora bien, retomando el hilo de nuestra reflexión sobre el hombre en el punto en que la dejamos en el capítulo anterior, concluiremos que nuestro espíritu corporal, en su proceso de actualización de sí mismo, volcado a hacer surgir en plenitud su propia dimensión espiritual, despliega como dos movimientos simultáneos: se esfuerza por un lado en espiritualizar el cuerpo y la materia, lo que hace principalmente a través de las potencias de la inteligencia, la afectividad, la imaginación y la voluntad desplegadas en el estado de vigilia, y al mismo tiempo se esfuerza por trascender su cuerpo y la materia buscando en cierto modo "salir de él" y escapar de su estrecha prisión y de sus rígidas leyes. El sueño, en efecto, nos pone de manifiesto la extraordinaria libertad que puede alcanzar el espíritu; la libertad y creatividad que se encuentran en cierto sentido oprimidas, estrechas, condicionadas, en los estados de conciencia en que no podemos dejar de estar conscientes de nuestra corporeidad.

Planteadas las cosas en estos términos, se presenta una posibilidad aún más fascinante. Sabemos que el sueño es un estado de actividad del espíritu, del "inconsciente", cuando el hombre se encuentra dormido. Ahora bien, los sueños aparecen en una fase del ciclo de la dormición que no es precisamente la más profunda, como lo demuestran las investigaciones científicas que han estudiado y medido los niveles de actividad cerebral en las varias etapas por las que pasa el hombre cuando duerme. En las fases más profundas del sueño, el cerebro se encuentra verdaderamente dormido, con un mínimo de actividad cerebral, ajeno a toda realidad externa o corporal; en esas fases de sueño profundo, el hombre no sueña. Reposa.

¿Reposa el hombre? ¿Reposa el espíritu? ¿O reposa solamente el cuerpo, el cerebro, mientras el espíritu mantiene algún desconocido nivel de actividad? Recurramos nuevamente a nuestro autor, que nos sugiere una hipótesis fantástica... pero que en el marco de nuestra reflexión sobre la esencia espiritual del hombre adquiere particular relevancia.

Aquí el autor no está refiriéndose a los sueños sino al dormir o estado de dormición. Escribe Fluchaire: "Dormirse es entrar en un lugar, o más bien en un estado en el cual nos podemos abrigar, refugiar. Pero esta función de refugio, de protección contra un ambiente hostil, para escapar de algo o de alguien, corresponde aún a una concepción pasiva e incluso un tanto negativa del sueño. La función del dormir va mucho más allá de la simple necesidad de reposo, de tranquilidad, de seguridad. Y podemos plantearnos esta interrogante: en este refugio ¿qué encontramos? Y entonces iremos a descubrir otra función mayor del dormir. Existe en efecto, más allá de la función defensiva del sueño, el deseo profundo, la necesidad vital, para cada humano, de encontrarse cada noche consigo mismo, solo en su jardín interior, en su oasis personal y secreto. (...) Cuando ha cerrado los ojos y la luz, le es imperioso encontrarse solo en el mundo, en su habitación interior. (...) Cada hombre tiene absolutamente necesidad de esta reunión "con", o mejor dicho "en" él mismo cada noche".

"¿Qué es el dormir?", se pregunta más adelante. "Ante todo lo que no es: no es inconsciencia. (...) En occidente se confunde en general la conciencia con los contenidos de la conciencia. (...) La dormición no es la inconsciencia, la ausencia de conciencia, si lo fuera no tendríamos conciencia de haber dormido e incluso no podríamos despertarnos. El dormir es conciencia de nada, lo que es totalmente diferente y aún lo inverso. (...) El sueño no es, como creen los Occidentales, un estado subconciente en el cual la conciencia está disminuída, o un estado de pérdida de la conciencia. Es preciso no confundir conciencia con vigilancia. La dormición, por el contrario, es "pura conciencia", intemporal (se está en el no-tiempo) en la inmensidad no dual. (...) El Vedanta nos dice que dormir es tener experiencia de Brahma, de la más alta realidad; esta realidad inmensa, esta materia prima de la que está hecho el mundo. (...) Es por lo que los Upanishads consideran el dormir una experiencia metafísica fundamental y le atribuyen un valor extremo. (...) Pero no hay que confundir: dormir es experiencia de Brahma pero no conocimiento de Brahma que es la realidad suprema. Es por ello que entrando ignorantes al sueño salimos ignorantes de él".

"En la lengua francesa -prosigue el autor- la palabra meditación es fuente de confusión. Pues la meditación verdadera no es una concentración del pensamiento, ni una reflexión, ni la atención en un sujeto u objeto, ni una suerte de evasión, una estimulación emocional o una gimnasia intelectual. Ella no es una actividad mental especial superior ni una especie de experiencia trascendental. Ella es una liberación de todo ello; ella se sitúa más allá del pensamiento en un estado de total silencio interior. (...) Así la justificación deslumbrante del dormir es ésta: algunos hombres, durante el día y fuera del sueño, pueden estar en este estado de vigilancia interior; pero todos tenemos necesidad, cada noche, de estar (y lo estamos durante el sueño profundo) en este estado. Tal es su razón de ser, irreemplazable; tal es su esplendor sin límites. Y mientras nuestros cuerpos dormidos están acostados, nuestra conciencia, ella, se despierta y se pone de pié".([3])

Tal es, en efecto, el sentido profundo de la espiritualidad oriental: hacer surgir el espíritu del hombre, sumergirlo en su propio elemento espiritual, mediante el apagamiento de todos nuestros sentidos, de todas nuestras potencias, de nuestro intelecto, voluntad, imaginación; el cese de toda actividad para poner el espíritu en su elemento puro.

La religiosidad y espiritualidad oriental están orientadas, en líneas generales, a producir en el hombre un estado de paz interior por el apagamiento de todos los intereses, pasiones y motivaciones que lo agitan y fragmentan en su vida consciente. En ésta la vida cotidiana, la mente del hombre se encuentra condicionada por todo aquello que le ha sido entregado a través de la educación y la experiencia social y que se ha en cierto sentido introducido en su propia conciencia. La cultura, la civilización, la vida consciente, condicionan la mente y las potencias del hombre y lo impulsan a responder de alguna manera particular a las palabras, estímulos, relaciones y desafíos del exterior. Así, en cierto sentido cada uno de nosotros lleva en su interior a la sociedad entera, con todas sus divisiones, conflictos y contradicciones.

El espíritu del hombre quiere y requiere liberarse de todo eso para encontrar la paz. Para ello impone sobre sus potencias conscientes el silencio, el vacío, y busca establecerse en un espacio interior donde los pensamientos no se mueven y la conciencia del yo y del mundo exterior no funcionan. Se transita así desde una vida fragmentaria y escindida hacia una vida armoniosa y no dividida. La soledad, el vaciamiento interior es una liberación de todas las determinaciones e identificaciones. Es el estado de meditación, en el sentido oriental de la expresión. La meditación sería ese estado de conciencia en donde el yo no se mueve en absoluto, en donde la mente reposa, en donde no hay distracción ni motivación; es la cesación del movimiento, del tiempo y del yo, que entran en una verdadera suspensión. La mente entra en la no-acción. No hay relación con lo sentido, lo conocido, lo material y lo social. Así entendida, la meditación sería el apagamiento de todas las energías condicionadas y la activación de las energías incondicionadas. Allí la mente se encuentra en las raíces de su ser, tal como es y siendo lo que es.
Verdaderamente, la semejanza de la dormición con este estado de meditación tal como lo exponen los místicos orientales resulta sorprendente. Tal vez la función última del sueño sería, precisamente, acercarnos "incoscientemente" a una dimensión interior del espíritu, haciéndonos vislumbrar su existencia, a la cual podemos acceder también en estado de vigilia.

Nos preguntamos ahora: ¿es ese el único camino a través del cual el espíritu busca trascender su corporeidad? La experiencia de la espiritualidad y de la mística cristiana recorre un camino muy distinto y nos abre a nuevas y aún más profundas realidades espirituales. Es lo que debemos profundizar ahora continuando nuestra búsqueda de la actualización de nuestra esencia espiritual.








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[1] Pierre Fluchaire, La Révolution du sommeil, Editions Robert Laffont, Paris 1984, pág. 216. (Nuestra traduc­ción).
[2] P. Fluchaire, cit. pág. 216.
[3] Cit., págs. 108-110.
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EL MISTERIO DEL HOMBRE 7

Capítulo 6. LAS POTENCIAS DEL ESPIRITU Y EL AGONISMO DEL HOMBRE
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Hemos definido al hombre como "espíritu corporal" en atención al género próximo y a la diferencia específica. Después de ello hemos explorado las dimensiones de su naturaleza esencial, deteniéndonos en el proceso de desarrollo de sus varias dimensiones constituyentes y en sus dos modos principales de presentarse, masculino y femenino. Nos hemos acercado así a la comprensión del sentido y del ser del hombre; pero nos ha quedado pendiente la cuestión principal sin la cual la naturaleza esencial del hombre permanece en el misterio. En efecto, más allá de sus dimensiones y de sus modos es preciso develar qué podamos entender por espíritu corporal.

Lo que es un "cuerpo" quizás no sea tan difícil de comprender, toda vez que las ciencias contemporáneas han indagado minuciosamente en su constitución material; si bien, debemos reconocerlo, aún no existe un concepto o una visión suficientemente clara y convincente de lo que sea la materia. Mientras más penetra la ciencia de la física en el análisis de los elementos infinitamente pequeños y sutiles que la conforman, más compleja, inaferrable y misteriosa se presenta la materia. Se descubre que en último análisis ella no es precisamente corporal o corpuscular sino alguna extraña combinación de energía e información, espacio y tiempo, continuidad y discontinuidad, movimiento y reposo, y para acentuar el misterio, al fondo mismo de la vivisección realizada las ciencias parecieran percibir que la materia no se sostiene a sí misma sino que apoya en alguna suerte de realidad subjetiva que continuamente la crea y determina.

Al acceder a tales profundidades de la constitución del ser material la física se detiene y tiende a convertirse en metafísica, la ciencia en filosofía, como lo testimonian los últimos y más avanzados cultores de una disciplina que habiendo nacido con la pretensión de objetividad y exactitud se sumerge cada vez más en un mundo inaferrable.

Con todo, en el plano más próximo de las estructuras altamente complejas de materia orgánica animada, nos parece que las ciencias hubieran alcanzado una cierta comprensión de lo que son los cuerpos que viven; si bien, nuevamente, el concepto de "vida" referido a los vegetales y animales ofrece no menos dificultades a las ciencias biológicas que las que ofrece el concepto de "materia" a las ciencias físicas. Sabemos cada vez más detalles sobre las propiedades de las células y de sus extrañas estructuras y conexiones, pero no llegamos a comprender los principios últimos que las animan y mueven. El esfuerzo de comprensión lleva a los especialistas a utilizar en el análisis de las moléculas biológicas cada vez más términos que aluden a realidades subjetivas: códigos, memoria, información, lectura, programa, etc.

Es que el estudio de la materia y de la vida en sus formas corporales, aún las inferiores, nos aleja del mundo mecánico y determinístico con que en nuestro pensar cotidiano de sentido común tendemos a concebir las realiddes materiales y biológicas, al tiempo que nos acerca a las dimensiones inmensamente más complejas e indeterminadas de lo que en el mismo pensamiento común asociamos al universo del espíritu con sus formas conscientes y supuestamente relativas y arbitrarias.

Si fuera así, las ciencias físicas y biológicas estarían llegando al límite de sus capacidades cognoscitivas y el camino del conocimiento debiera seguir desde ahora la dirección inversa: tratar de comprender primero lo que es el sujeto, para encontrar en él las categorías necesarias para acceder al misterio de la vida y la materia.

La hipótesis puede ser excesivamente arriesgada tratándose del conocimiento de seres cuya entidad subjetiva está lejos de ser demostrada y racionalmente aceptada. No es así en cambio respecto al conocimiento del hombre, cuyo comportamiento y experiencia llevados a definición racional nos hablan de su naturaleza o esencia espiritual. En efecto, si el hombre es un espíritu corporal no podemos acercarnos a la comprensión de su ser, incluso en la dimensión de su corporeidad, sino partiendo de la comprensión de su sustancia espiritual. La tarea primordial en el conocimiento del hombre y de su esencia, eminentemente filosófica, interroga por el espíritu. ¿Qué significa la palabra "espíritu" cuando definimos al hombre como espíritu corporal?

¿Cómo aproximarse a esta realidad tan inaferrable, inaccesible a los sentidos?

Aceptemos el principio lógico confirmado por toda experiencia de que "el obrar sigue al ser" y que, en consecuencia, a través del conocimiento de los productos o resultados de su acción es posible conocer algo del principio o realidad que los causa. Por sus frutos se conoce el árbol. Porque -de eso no podemos dudar- el espíritu del hombre es un principio activo, eficiente, generador o creador de realidades espirituales.

El espíritu produce, por ejemplo, pensamientos e ideas, símbolos y conceptos, sueños y utopías, formas y proyectos, belleza y amor. ¿Son éstas realidades espirituales? No podemos negarlo, toda vez que por más que los analicemos no encontraremos en ellas un átomo de materia. En efecto, ¿cuántos neutrones, átomos, impulsos eléctricos, moléculas o células encontramos en las ideas de relación y analogía, en la forma mental abstracta del triángulo, en el número cien, en una hipótesis científica, en el símbolo de la paz, en una melodía o en el proyecto de un mundo mejor?

Por cierto, al producir y pensar estas ideas, formas o símbolos, nuestro cerebro emite impulsos eléctricos, combina neuronas y segrega quizá qué fluídos desconocidos, evidenciando con ello que nuestro espíritu pensante está unido indisolublemente al cuerpo sin el cual no puede operar; pero en la idea misma en cuanto idea, en el pensamiento abstracto en cuanto abstracto, en el resultado de nuestra operación mental, no encontraremos por cierto vestigio alguno de la materialidad y corporalidad de nuestro ser. El análisis de un concepto nos pone en presencia de otras nociones más simples, de relaciones simbólicas, de procedimientos analíticos, etc., pero jamás podremos medir y comparar la masa ni el peso atómico específico ni la distancia espacial relativa en que se encuentran, por ejemplo, los conceptos de género y de especie, los símbolos de la paz y de la guerra, las ideas de inmortalidad y de resurrección, las formas del triángulo y del pentágono, el don amoroso de sí mismo.

Diremos pues que el espíritu es en alguna medida inmaterial e incorpóreo en cuanto incorpóreos e inmateriales son al menos algunos de los productos de su acción. Sin embargo, ¡cuidado!, que esta dimensión inmaterial e incorpórea de los productos de la mente humana, con ser innegable, no justifica concebirlos como entidades separadas y subsistentes en sí mismas. En efecto, los conceptos, ideas, símbolos o números, se expresan en palabras e imágenes que sí tienen corporalidad. Ellos, por abstractos que sean, dejan de existir si no se encuentran sostenidos en palabras que suenan en el aire, en símbolos dibujados en el papel, o en conexiones neurónicas en la corteza de algún cerebro. ¿Podemos pensar que exista realmente una idea si ella no se encuentra escrita en ningún papel ni está siendo enunciada por ninguna voz ni pensada actualmente por el cerebro de ningún hombre?

¿Por qué el espíritu humano obra y crea realidades espirituales? ¿Qué lo motiva e impulsa a ir más allá de sí mismo y crear un mundo espiritual, de verdad y belleza, de bondad y de amor? Vemos que el espíritu habita naturalmente en la materia y el cuerpo; pero no encuentra en ellos suficiente satisfacción y reposo. El espíritu humano necesita habitar un mundo espiritual, y él mismo se encarga de producirlo a través del ejercicio de sus potencias. Surge de este modo la cultura, universo de ideas y formas, valores y sueños, relaciones y amores.

El espíritu humano es movimiento, energía, inclinación y tensión hacia el mundo espiritual. Quiere ser más espíritu. El se encuentra, por decirlo así, inmerso, aprisionado en el cuerpo. En una corporalidad que en cuanto material en cierto modo se le opone y resiste, y que incluso lo atrae con una fuerza que es tal vez más poderosa que aquella con que los cuerpos atraen y hacen gravitar hacia sí otros cuerpos. Pero el espíritu también tiene una inmensa fuerza de atracción que atrae no solamente a otros espíritus sino también a la materia y los cuerpos tratando de reconducirlos a su propia órbita espiritual.

Entendemos así la unión del cuerpo y del espíritu del hombre como un proceso dialéctico entre dos principios vitales y poderosos que se atraen mutuamente pero que operan en sentidos diversos, generándose una lucha constante. El principio material genera una fuerza de atracción permanente de toda realidad y energía espiritual, y el principio espiritual constituye una fuerza de atracción permanente de toda realidad y energía material. Es el agonismo del hombre. En esta lucha o agonía la naturaleza humana se agita y sufre, experimentando de manera particularmente viva la escisión que lo atraviesa y que quisiera sanar.

Pareciera que toda la actividad del espíritu estuviera movida por esta tensión hacia una mayor realidad espiritual. Ser más espíritu, esto es, ser más lo que se es en esencia, en potencia. Es el proceso de crecimiento y actualización de la naturaleza humana.

En su lucha con el cuerpo el espíritu, que quiere ser más espíritu, manifestará y pondrá en tensión todas sus potencias. El análisis de todo lo que hace el espíritu para ser más lo que es nos permitirá comprender mejor cuáles son esas potencias, cuáles los estados en que se encuentra y mueve, y en definitiva lo que él mismo es.

El espíritu desarrolla, en efecto, una actividad múltiple que se despliega en las más variadas direcciones, en cada una de las cuales va probando y experimentando, avanzando lentamente, enfrentando obstáculos diversos que a menudo lo detienen y hacen retroceder, perdiendo incluso el camino avanzado; pero no se detendrá jamás. El ser no puede dejar de obrar.

Una primera dirección de la actividad espiritual la encontramos observando lo que hace el espíritu con el cuerpo mismo que habita. Apenas percibe y toma conciencia de que es "su" cuerpo, empezará a actuar sobre él para asemejarlo a sí y espiritualizarlo. ¿No es eso lo que hace el hombre y la mujer cuando lo adornan y lo cuidan, cuando se esfuerzan por hacerlo más bello y flexible, cuando mediante la gimnasia, el deporte y el ejercicio constante lo llevan a experimentar verdaderas proezas de fuerza y maravillas de movimiento? El cuerpo, en efecto, movido por el espíritu que extrae de él formas y movimientos sublimes, alcanza a veces alturas espirituales notables. A través de la gimnasia, el mimo y el ballet ¿no llega el cuerpo del hombre y la mujer a expresar formas de elevada espiritualidad, movimientos cuya belleza nos eleva hacia profundidades espirituales notables?

Lo que hace el espíritu humano con la sexualidad biológica de su cuerpo es otro ejemplo maravilloso orientado en la misma dirección. El hombre no vive el sexo como los animales. Se resiste a experimentarlo como pura expresión orgánica de una necesidad biológica: lo envuelve en espiritualidad. Desde que la sexualidad florece en el adolescente encuentra expresiones espirituales, poéticas, que le proporcionan un sentido humano profundo y lo orientan en la dirección del amor y la unión espiritual. Ya el erotismo expresa un primer nivel de espiritualización de la sexualidad y es específicamente humano, no animal. En sus formas humanas más plenas, la relación sexual llega a ser más la expresión de dos espíritus que se aman que de dos cuerpos que se atraen. ¡Qué espiritualidad más honda se manifiesta en la simple y común experiencia del enamoramiento! ¡Qué alturas de espiritualidad han alcanzado en el arte, la poesía y la religiosidad los movimientos -sin duda espirituales- de sublimación de los impulsos eróticos! Lo esencial del sexo experimentado en su plenitud se ubica en lo más profundo del hombre, donde la aspiración a dar sentido a la reproducción de la vida se acompaña de la intuición de la belleza y de la sublimidad del don de sí mismo.

Extraer de las cuerdas bucales la armonía y belleza del canto, como de la musculatura la emoción del movimiento del baile y la gimnasia, o de la expresión del rostro la comunicación de insondables riquezas interiores, es obra del espíritu que actúa sobre el cuerpo buscando atraerlo a sí y perfeccionarlo.

En síntesis, el espíritu quiere ser más espíritu, y la esencia espiritual del hombre, potencialidad nunca perfectamente realizada, busca activamente su desarrollo y actualización en cuanto espíritu; pero inmerso en el cuerpo, como no puede salir de éste sin destruir sus propias posibilidades de ser y de crecer, se esforzará por espiritualizar el propio cuerpo utilizando en ello sus poderosas energías creativas.

Ahora bien, en este camino la acción del espíritu sobre la materia no se limita a la atracción que ejerce sobre el propio cuerpo. Ella trasciende, en efecto, hacia los diversos elementos materiales con que el cuerpo del hombre interactúa. La piedra es por ello objeto del trabajo creativo, espiritual, del escultor. El aire y los sonidos que emite al vibrar son objeto del trabajo del músico que construye con ellos sinfonías exquisitas. Las vibraciones de la luz y las ondas calóricas son objeto del trabajo del pintor que construye con ellos maravillosas expresiones de belleza pictórica. Las propiedades físicas y químicas de los cuerpos son objeto de apropiación intelectual mediante la elaboración de relaciones numéricas y leyes científicas. La madera, la tierra, los minerales más diversos, son utilizados en la construcción de catedrales, de obras arquitectónicas, de artefactos tecnológicos que hacen amable la habitación del espíritu humano en la tierra. A través del trabajo creativo, en el que los hombres aplican todas las energías superiores de su intelecto, su voluntad, su capacidad de concentración, su imaginación creadora, el hombre va humanizando, espiritualizando la materia, atrayéndola a sí y haciéndola cada vez más conforme a su propia esencia.

No hay aspecto o elemento de la naturaleza que el espíritu del hombre no quiera tocar con su fuerza y atraer a sí. Incluso los astros lejanos que apenas alcanzan a enviar sobre nuestro planeta débiles destellos de la luz que emiten, son materia de acción espiritual, tal que el hombre elabora sobre ellos hipótesis científicas, artificios poéticos e incluso instrumentos que poco a poco permitan al hombre alcanzarlos superando las leyes que, hasta hace no mucho, nos mantenían encerrados en los confines de la geografía terrestre.

En esta lucha con las fuerzas y leyes de las cosas y cuerpos materiales el espíritu va construyendo un mundo crecientemente espiritualizado para que sea la casa de un cuerpo humano también crecientemente permeado por el espíritu. Es el sentido de la cultura, entendida en sus formas más altas.

Pues bien, en su búsqueda de actualización de su esencia espiritual el hombre no se limita a atraer y conformar a su naturaleza la materia y el propio cuerpo, sino que atrae también a los otros espíritus corporales semejantes a sí. Construye relaciones humanas, amistades, comunidades, asociaciones de los más variados tipos, sociedades inmensamente complejas. Es el sentido espiritual de la comunidad humana, de la economía, de la política.

La fuerza de atracción de los espíritus corporales resulta ser recíproca, pues cada hombre necesita y busca activamente su proximidad, su semejanza y unión con los demás hombres. En este movimiento de aproximación de los hombres hace operar los complejos mecanismos de la comunicación intersubjetiva que utiliza el lenguaje de las palabras, de los cuerpos, y de las propias obras creadas por las ciencias, las artes y las letras. A esta fuerza de atracción recíproca la denominamos solidaridad. Su expresión superior es el amor, que hace semejanza y unión entre el que ama y es amado. El amor espiritualiza a los hombres en su integridad, creando nuevas realidades espirituales intersubjetivas: familias, grupos, asociaciones y comunidades, algunas de las cuales alcanzan una elevada perfección espiritual.

Ahora bien, en la búsqueda de ser más espíritu a través del ejercicio de sus potencias más sutiles y elevadas el hombre no se limita a espiritualizar la materia y los cuerpos y crear realidades sociales espíritu-corporales. Va más allá, generando a través de su propia acción autónoma nuevas realidades espirituales. Es la creación de conceptos, de ideas, de obras poéticas, de símbolos, de valores superiores, a cuya realidad netamente espiritual nos hemos referido.

Por medio de estas obras suyas específicamente espirituales, el hombre intenta crear para su propia espiritualidad un ambiente espiritual apropiado en el cual desenvolverse, del mismo modo como intenta crear para su corporeidad un ambiente espiritualizado. Es el sentido de la filosofía, de las artes, de las ciencias y de las letras, en cuyo desarrollo a lo largo de la historia ha logrado producir obras verdaderamente impresionantes por su perfección en cuanto a la verdad, belleza, bondad y unidad alcanzada.

¿Termina o se agota en esto la acción del hombre en su búsqueda de actualización de su esencia espiritual, o el espíritu es capaz de más? ¿Ansiará y buscará activamente el espíritu humano proyectarse fuera de su propia corporeidad? Veíamos como incluso las obras superiores de la conciencia -las ideas, los valores, las formas- no pueden existir de manera completamente autónoma del cuerpo y de la materia en que han de expresarse. ¿No será posible ir más allá y trascender toda corporeidad?

El espíritu humano, en efecto, parece buscarlo de manera permanente, aplicando energías que en la aparente debilidad y precareidad de los resultados que logra son conmovedoras. El tema amerita un capítulo especial.

EL MISTERIO DEL HOMBRE 6

Capítulo 5. LA DISTINCION DE GENERO Y LA SEXUALIDAD. LA PAREJA HUMANA
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Una de las orientaciones más importantes de la búsqueda contemporánea del crecimiento personal es la del desarrollo de la mujer, que se despliega en relación más o menos explícita con las dinámicas del feminismo. Este -no ha de olvidarse- tiene raíces antiguas, destacándose las luchas y conquistas feministas de comienzos de siglo prácticamente en todos los países de cultura occidental. Pero no sólo en la explícita denominación feminista se ha expresado la que podemos entender como una cierta lucha entre los sexos, que atraviesa toda la historia humana aunque las armas de la misma hayan sido tan diferentes en las distintas épocas.

Ahora bien, la oposición o confrontación entre los sexos es solamente una manifestación -sin duda secundaria y derivada- de la relación entre el hombre y la mujer, marcada mucho más fuerte y radicalmente por la atracción y la búsqueda de la unión. El tema que queremos abordar es, sin embargo, más amplio que el que suele expresarse en estos términos de conflicto y atracción, interesados como estamos en una comprensión más profunda y esencial del hombre y en el descubrimiento de los caminos de su realización.

El hecho innegable que exige que al nivel de nuestra reflexión filosófica aparezca como crucial la distinción entre los sexos, la sexualidad y el sentido de la pareja humana, es de la más simple y general observación: el hombre y la mujer se imponen como dato tan evidente que, desde cualquier punto de vista que lo miremos, es manifiesto que existen dos modos característicos y constitutivos de ser hombre: el modo masculino y el modo femenino. Modos que, por lo demás, no son exclusivos del hombre sino de la totalidad del mundo biológico. La vida es una realidad sexuada.

Que esta diferenciación sexual expresa dos modos de ser que hunden sus raíces en la esencia misma del hombre es el concepto que aparece en el primer capítulo del Génesis: "Hagamos al ser humano a nuestra imágen, como semejanza nuestra.(...) Creó, pues, Dios al ser humano a imágen suya, a imágen de Dios lo creó, macho y hembra lo creó".(Gen.1,26-27) La diferencia no es presentada como algo accesorio, derivado o secundario sino como constituyente y esencial, puesta incluso en relación directa con aquello que constituye el misterio más profundo del hombre: el ser imágen de Dios, Su semejante.

Pero a nosotros nos corresponde el análisis y la reflexión a partir de la experiencia. Desde la dimensión biológica y corporal del hombre la distinción entre varón y mujer es innegable. La interrogante que nos interesa esclarecer es sin embargo más profunda y sustancial: ¿se limita la distinción a esta sola dimensión biológica, según la cual bastaría hacer referencia a las diferencias sexuales del macho y la hembra que compartimos con los animales, o desde allí se proyecta hacia las demás dimensiones y zonas de la experiencia humana -las dimensiones afectiva, intelectiva, volitiva, estética, social, etc.- y aún más allá, accediendo al interior mismo de la esencia espiritual del hombre? ¿No podría ser incluso a la inversa -lo que es legítimo plantearse como hipótesis si tomamos en serio lo que acabamos de leer en el Génesis-, esto es, que la diferencia sexual inscrita en la esencia del hombre como espíritu corporal, se origine en su misma dimensión espiritual, desde la cual se proyectaría hacia las otras esferas (intelectual, afectiva, etc.) hasta aterrizar en su dimensión biológica y genital?

Cierto, con sólo formular estas preguntas estamos avanzando en dirección distinta a la de ciertas tendencias contemporáneas que, buscando afirmar la igualdad de los sexos son llevadas a encerrar la diferencia en el estricto marco de la vida sexual-genital y a pensar que otras diferencias que aparecen son consecuencia cultural de relaciones histórico-sociales de dominación, no naturales y que han de ser superadas. Pero la sexualidad es demasiado importante en la experiencia humana como para aceptar tan fácilmente un reduccionismo que, si resulta falso impediría el crecimiento y realización del hombre integral.

Despejemos lo obvio. Entre el hombre y la mujer existen infinitamente más semejanzas que diferencias, tienen muchísimos más aspectos comunes que distintos, comparten una misma esencia humana que les determina igual dignidad en la dimensión ontológica, esencial y existencial, con toda la igualdad de derechos y deberes que de ello deriva. Nada justifica la dominación social de uno por el otro ni las desigualdades y privilegios que, impuestos por el poder y la fuerza, reducen la esencial libertad a que está llamada la persona humana cualquiera sea su sexo.

Reconozcamos igualmente el dato completamente primario de la diferencia impresionante que existe entre ellos, tal que en presencia de una u otro no tendremos nunca una duda respecto al ser hombre o mujer del sujeto. A menos que, obviamente, ella o él hayan hecho conscientemente el esfuerzo de mimetizarse y disfrazarse con el deliberado propósito de aparentar lo que no se es, lo que hace aún más patente el hecho primario de la diferencia.

Si de la simple observación por los sentidos que nos manifiestan la forma y figura exterior, el tamaño, el tono de la voz, la textura de la piel y el olor del cuerpo, pasamos a conocer los datos que nos proporcionan las ciencias biológicas, psicológicas, antropológicas, culturales, sociales y espirituales, nos parecerá que las diferencias entre el hombre y la mujer atraviesan prácticamente todo lo humano, aunque más no sea a veces por ciertos matices y aspectos sutiles. Fácilmente llegaremos a la conclusión de que somos en todo iguales, siendo sin embargo en cada cosa distintos.

Tenemos un cuerpo con los mismos órganos y funciones, que sin embargo son todos ellos diferentes; tenemos igualmente afectividad, pero distinta; inteligencia, pero diferenciada; creatividad, pero diversa; amamos, pero no de igual manera; sentimos, pero no lo mismo; tenemos igualmente un inconsciente, pero que no procede del mismo modo; en todas las actividades que realizamos podemos descubrir las huellas de nuestras diferencias. ¡Cómo es incluso fácil descubrir la diferencia en las experiencias más sublimes de la espiritualidad a que han llegado igualmente hombres y mujeres santos!

Tenemos igualmente un sexo, pero... Sí. Es en la específica dimensión genital donde la diferencia es no sólo del modo en que actúa sino de los órganos mismos y sus funciones. El connotado médico y biólogo Gregorio Marañón, en 1920 trazó una buena síntesis de las diferencias más notorias que hay entre el varón y la mujer y formuló las interrogantes cruciales. En su opúsculo Biología y feminismo escribió:

"Lo que hay que estudiar es lo siguiente: los dos sexos que pueblan la tierra son fundamentalmente distintos, en cuanto sexos. Ahora bien, las diferencias que empiezan en la glándula genital del hombre y de la mujer, y que continúan en la morfología de cada sexo(...); dos glándulas tan distintas, más que distintas tan opuestas ¿hasta donde extienden su influencia respectiva? (...) Bien conocidas son, por ser del uso diario de los sentidos su apreciación, los caracteres primarios y secundarios que en la especie humana separan al macho de la hembra. Los naturalistas y biólogos afinaron después las diferencias que a la afectividad imprime el sexo; es decir, el distinto modo de sentir y de reaccionar en los momentos pasionales el alma de la mujer y la del hombre.(...) Pero no se reducen a esto las diferencias que el sexo imprime en la naturaleza humana. Los estudios recientes demuestran que el funcionamiento de cada célula de los diversos tejidos que constituyen el organismo es diferente en el varón y en la hembra; de allí resulta que es también diferente el conjunto de las misteriosas funciones de la transformación, aprovechamiento y eliminación de los materiales nutritivos que se conocen con el nombre general de "metabolismo orgánico". De que ese metabolismo sea de tipo varonil o del femenino depende, entre otras cosas, el que haya más iones de calcio en el organismo; y a este hecho tan material está en gran parte subordinada la mayor o menor irritabilidad del sistema muscular, la mayor o menor actividad vaso-motora y la mayor o menor exitabilidad de la célula nerviosa. Factores todos tan importantes(...) No es, pues, una posición teórica, más o menos ingeniosa, sino un hecho basado en realidades biológicas, el considerar que en cada sexo la influencia de éste traza un amplio círculo, y que dentro de ese círculo se agitan gran parte de las actividades del hombre o de la mujer, fatalmente sometidas a la influencia sexual".[1]

No seguiremos al autor en todas las conclusiones que deduce a partir de sus observaciones biológicas, ni sabemos si la formulación de éstas corresponde a los conceptos de la biología contemporánea que, seguramente en razón de su mayor refinamiento habrá descubierto aún más nítidamente las diferenciaciones. Por ejemplo hoy sabemos por el microscopio electrónico que la inmensa mayoría de las células del cuerpo son sexuadas y se distinguen por el cromosoma sexual o gonosoma, como también que la influencia de la foliculina (hormona femenina) y la testosterona (hormona masculina) condicionan íntegramente el sistema hormonal y el funcionamiento de todo el cuerpo.

Lo que en definitiva importa saber desde nuestro punto de vista es si las diferenciaciones de género se limitan al ámbito de la corporeidad o penetran más allá (o tal vez desciendan de allá), determinando dos modos distintos de ser hombre a nivel de su misma esencia espiritual-corporal.

Tendemos a responder afirmativamente en razón de que no aceptamos la concepción dualista que distingue como entidades subsistentes separadas el cuerpo y el alma del hombre. La influencia de los rasgos del cuerpo sobre el conjunto de la personalidad son desde antiguo conocidas por la psicología, que distingue varios tipos psicológicos según la conformación morfológica de la persona. Si las diferencias que van de un hombre a otro se manifiestan en los rasgos externos de su corporalidad (altura, gordura, forma de la musculatura, etc.), con cuánta mayor razón las más profundas y radicales diferencias del varón y la mujer pondrán de manifiesto estructuras psicológicas y de personalidad diferenciadas.

Existe una idea muy difundida que señala que no obstante las diferenciaciones de sexo, el hombre y la mujer contienen cada uno en sí mismo, en alguna medida, los rasgos y cualidades propios del sexo opuesto. Es decir, como escribe Marañón, "que los hombres más hombres llevan en sí, escondidos, gérmenes amortiguados de mujer; y las mujeres más femeninas tienen también restos potenciales de varón, adormecidos en sus entrañas. Por eso, si durante el transcurso de la vida los caracteres sexuales de un hombre o de una mujer se atenúan, como ocurre cuando enferman o son extirpadas sus glándulas sexuales, ese sexo opuesto, hasta entonces silencioso, se levanta e impone con más o menos vigor su sello en la morfología y en la psicología del enfermo. Por eso también, en la infancia, es el niño tan semejante a la niña (...) Y por eso, finalmente, cuando llega la vejez extrema y la función genital se ha extinguido, se atenúan en la forma humana los rasgos distintivos del sexo y una común puerilidad envuelve el espíritu del anciano y de la anciana".[2]

Dos observaciones merece esta idea. La primera, que ella pone de manifiesto la existencia de evolución y cambio en el modo característico de cada sexo y en su mutuo relacionamiento que, sea en el conflicto como en la atracción y unión, tan enfáticamente pone en evidencia las diferencias de género. La segunda, que es preciso poner un extremo cuidado cuando, mediante un análisis empírico se quiera pasar de la observación general de las diferencias existentes entre el hombre y la mujer, como hemos hecho hasta aquí, a una identificación específica de los rasgos peculiares que harían la diferencia. En efecto, es corriente atribuir al hombre rasgos como la fuerza y la lucha con el ambiente externo, el uso dispendioso de energía, la ambición del poder, la inteligencia analítica, etc., y a la mujer sus opuestos: la debilidad y el recogimiento en el ambiente hogareño, el ahorro de energía, el deseo de ser admirada, la inteligencia intuitiva, etc. Nos parece que, aunque algunos de tales rasgos puedan corresponder con alguna predominancia al hombre o a la mujer, se desliza en dichas formulaciones el error de proponer una suerte de modelo ideal de uno y otra, tal que la mayor o menor aproximación a esos rasgos definiría el grado de maculinidad o feminidad de cada mujer y de cada hombre concreto. Pero no hay que confundir la mujer con el modelo ideal que subjetivamente podamos tener de ella, ni al hombre real con su modelo ideal respectivo. Tales modelos no son sino construcciones mentales que, partiendo de las diferencias reales, han sido proyectadas y extrapoladas en el discurso.

Las diferencias entre hombres y mujeres son las que manifiestan ellos realmente, no las que aparecen de una confrontación entre modelos culturalmente construídos. De allí que, si vamos al fondo del asunto, no tenga mucho sentido la idea que origina estas reflexiones en cuanto a que el hombre tendría en sí rasgos femeninos y la mujer también los masculinos. En efecto, tal idea tiene su origen en el modo en que se ha elaborado el conocimiento de lo que serían el modo masculino y femenino de ser hombre. Es por el hecho que las mujeres reales no encajan plenamente en el modelo ideal de mujer sino que también tienen cualidades señaladas para el modelo varonil, que llega a postularse que en la mujer real y concreta coexistirían ambos sexos en alguna proporción. Lo mismo respecto al hombre.

Más que tener un listado de los rasgos y cualidades de cada sexo, desde el punto de vista del misterio y la esencia del hombre interesa comprender y profundizar en la sexualidad misma. La diferencia entre hombre y mujer es su sexualidad, la cual, más que un dato o atributo inherente separadamente al hombre y la mujer, se manifiesta y al menos en parte se constituye en la relación entre ellos: en aquella compleja dinámica de conflicto y atracción, distinción y unión (pero no confusión) cuya vitalidad constituye la más fuerte evidencia de la profunda diferenciación sexual del hombre. La pregunta, claro está, interroga por el sentido de la sexualidad, importante de ser bien comprendido para que podamos vivirla de manera que nuestro crecimiento y realización sean plenos.

La sexualidad es una experiencia humana fuerte, profunda, radical, nunca trivial ni superficial. Ella compromete a la persona entera. Implica, como primera evidencia, dos cuerpos diferentes que se atraen intensamente y que al acercarse y, en el límite, al unirse experimentan un extraordinario placer. Esta atracción corporal ciertamente no es pura genitalidad, acción de órganos particulares que descargan su energía biológica, sino atracción de dos cuerpos enteros, que se expresa en la competencia del juego, en el movimiento acompasado y rítmico del baile, en la intensa satisfacción que produce el simple hecho de estar juntos, abrazados, frente a frente, o caminando, recorriendo una feria o explorando un paisaje.

La sexualidad no es puramente corporal. Ella consiste también en dos psiquismos diferentes que se complementan, se necesitan recíprocamente y se buscan, en un proceso que se prolonga por meses, años e incluso por toda la vida. Esta búsqueda psíquica da lugar a la alternancia de experiencias placenteras y dolorosas, de plenitud y radical insuficiencia, que nos enriquecen pero que a veces también nos dañan y hieren. Cuando el proceso no se interrumpe por algún desencuentro o conflicto grave, a través del tiempo se va verificando una aproximación que transforma íntimamente al hombre y la mujer mediante una constante y recíproca transferencia de cualidades, motivaciones, gustos, valores, ideas y experiencias. Esta atracción entre dos psicologías que se complementan también da lugar a la unión, no ya corporal sino afectiva, entre personas de distinto sexo que se entienden y relacionan con amistad y ternura.

La sexualidad es también espiritual. Esta dimensión de la sexualidad es más difícil de expresar. De las anteriores tenemos más fácil experiencia; de ésta la tendremos en la medida de la intensidad de nuestra personal experiencia espiritual. Así como al que tenga una pobre vida psicológica y afectiva le será difícil reconocer la sexualidad más allá de la corporalidad, quien apenas alcanze a reconocer la existencia de una dimensión espiritual del hombre tal vez no llegue a entender lo que pueda ser la sexualidad espiritual. Pero el que se haya adentrado aunque sea un poco en la vida espiritual percibe interiormente, en sí mismo como en los hombres y mujeres con que tenga comunicación espiritual, una cualidad varonil o femenina que reside en el espíritu mismo, más allá de cualquier otra diferenciación sexual corporal o psicológica. Al leer los escritos de San Juan de la Cruz y de San ignacio, de Santa Teresita de Jesús o Catalina de Siena, no puede dejar de apreciarse la sutil pero poderosa sexualidad de los espíritus. Es de alto interés examinar la delicada y fascinante atracción y complementación que se aprecia en las "parejas" que conformaron San Juan de la Cruz y Santa Teresa, San Francisco y Santa Clara, en su búsqueda espiritual pura de Dios. Intentando expresar este nivel espiritual de la sexualidad diremos que se manifiesta en la atracción y mutuo aprovechamiento que experimentan espíritus semejantes de personas de distinto sexo, que llegan a darse y proyectarse juntos, en comunión espiritual, no el uno al otro sino en una paralela donación de amor.

¿Para qué la sexualidad? ¿Cuál su sentido y su función en la existencia y desarrollo humano?

Desde la dimensión biológica, obviamente y ante todo, para la reproducción. Palabra fea e inapropiada. Digamos mejor generación, originación, pues no se trata de producir sino de dar origen, de hacer nacer a otro hombre. Es cierto, como se ha dicho tanto, que en el trabajo y la producción nos parecemos a Dios creador; pero la más profunda semejanza e imágen que somos de Dios se manifiesta indudablemente en esta capacidad de generar, mediante un acto íntimo de unión, a otra persona semejante a nosotros, un hijo en cuya imágen nos reflejamos. No creamos de la nada pero criamos a partir de nosotros mismos.

Ahora bien, la sexualidad no agota su sentido y finalidad en la generación de otra persona semejante, sino que da lugar también a la creación de uno (y de muchos) nosotros, suscitando en cada hombre o mujer esa fuerza unificante y creadora incontenible que llamamos amor.

En la conciencia primaria de nuestra personal incompleteza y de las carencias que nos hace sentir y padecer ya desde la instintiva y ciega biología de nuestro cuerpo, la sexualidad nos saca de nosotros mismos y nos empuja hacia otro; y no hacia otro igual a uno sino hacia alguien distinto, diferente. En la pubertad y adolescencia, cuando ese instinto aparece con toda su fuerza transformando la morfología y la química de nuestro cuerpo, descubrimos por primera vez al otro como otro, y al mismo tiempo y por lo mismo comenzamos a descubrir nuestro propio yo, nuestra interioridad y psicología, más allá de nuestro cuerpo y nuestro inmediato entorno social.

La fuerza de la atracción del otro, en la medida que no es solamente biológica y corporal sino también psicológica y espiritual, nos lleva no sólo a buscar la proximidad y unión corporal sino también a amarlo. La sexualidad nos hace salir de nosotros mismos, del egoísmo que nos empuja a actuar en función de nuestro propio placer, interés y beneficio personal, para hacernos cargo de las necesidades, el placer y el beneficio del otro. Pero al otro o la otra debemos conquistarlo: necesitamos que se fije en nosotros, que nos descubra, aprecie y ame como lo hemos hecho antes con él o ella. Somos empujados, por eso, a ser más de lo que somos. A desplegar nuestro ser, nuestras potencialidades. Necesitamos crecer, ante nosotros mismos y ante el otro u otra que queremos conquistar. El otro, en cuanto diferente, en cierto modo nos desafía, nos llama a superarnos, a arriesgarnos, a no quedarnos en la situación en que estamos. La sexualidad resulta ser, pues, tremendamente inconformista, una inmensamente poderosa fuerza de crecimiento y desarrollo personal. La idea la expresa en cierto modo la creencia popular de que detrás de cada gran hombre hay (al menos) una mujer y detrás de cada gran mujer hay (al menos) un hombre.

En cuanto realidad y fuerza que integra lo corporal, lo psicológico y lo espiritual la sexualidad humana es fundante de un nosotros, el que en primera instancia lo configura la pareja conyugal que forman un hombre y una mujer. Sobre el sentido de ella debemos reflexionar.

El hombre y la mujer se atraen...porque se complementan. Ello implica que la esencia del hombre en su modo masculimo es incompleta, como incompleta lo es en su modo femenino. Buscando realizar la esencia del hombre en la plenitud de sus potencialidades se constituye la pareja humana. Tenemos, pues, que la formación de la pareja conyugal radica en la naturaleza humana a nivel esencial. Esto es fundamental para comprender que la atracción sexual-genital es parte de un movimiento más profundo y completo que acerca y unifica al hombre y la mujer. El sexo ocasional, esporádico, limitado a la satisfacción y goce inmediato se aleja de este sentido de completamiento y realización de la esencia humana. La sexualidad sin ternura y sin amor es un puro ejercicio biológico ocasional que, lejos de favorecer la actualización de las potencialidades del hombre lo limita en el crecimiento de aquellas dimensiones que hemos descubierto como propias del hombre y en todas las cuales aparece la diferenciación sexual. El ejercicio de la sexualidad sin amor entre quienes lo practican no solo resulta incompleto sino que es también humanamente insatisfactorio, como lo demuestra el hecho universal de que luego de practicado aparece en el sujeto una sensación de vacío. Este, en efecto, pone de manifiesto de manera inmediata, consciente o inconscientemente, todo aquello que le falta y queda pendiente en el proceso multidimensional de complementación entre los dos modos de ser hombre.

Por lo mismo, no se trata sólo de sexo con amor sino de constitución de una pareja estable, que dure en el tiempo y se proyecte por toda la vida. Que dure, porque el proceso de complementación psicológica se prolonga en el tiempo; que perdure, porque la donación que produce comunión espiritual se ubica en cierto modo fuera del tiempo, en la eternidad. La interrupción y el término de una relación de pareja, la separación o el divorcio entre los que un día decidieron unir y complementar sus existencias, pone de manifiesto una frustración esencial, un fracaso no puramente psicológico sino de la persona en su integralidad, cualquiera sean las razones que lleven a tomar la decisión. Cambiar de pareja implica la pérdida de un camino recorrido, una dolorosa separación, una ruptura interior, que en el mejor de los casos da lugar a un recomienzo condicionado por la frustrada experiencia anterior.

La relación monogámica aparece como la única que se corresponde plenamente con la naturaleza humana. Múltiples parejas sexuales mantenidas ocasional o simultáneamente por un hombre o una mujer estorban e impiden el camino de complementación de sí mismo por y con el otro. El o ella, al desplegar procesos diferenciados de relacionamiento sexual, experimenta internamente la división; se establecen distancias, obstáculos y separaciones muy grandes con respecto a cada una de esas otras personas. Al encontrarse dividido el sexo se dividen la sensibilidad, la conciencia, la voluntad, el amor.

La pareja conyugal estable constituída en el amor y que se expande en la búsqueda de complementación vital y esencial se proyecta normalmente en la generación de los hijos, con los cuales se constituye la familia, expresión primera de la comunidad humana que viene a ampliar y enriquecer el proceso de complementación. Al nacer los hijos las razones profundas de la estabilidad y unión amorosa de la pareja se incrementan. El sufrimiento que experimentan los hijos cuando la pareja de sus padres se divide o no ha estado nunca constituída viene a confirmar que la relación monogámica es la única que se corresponde con la naturaleza humana. En efecto, somo hijos de una pareja humana en proceso de complementación, y no sólo de un padre y de una madre. Cuando éstos se separan, el hijo pierde algo de la paternidad que lo constituye como hijo, del mismo modo que los padres pierden algo de la filiación que los determina como padres. Se verifica inevitablemente una pérdida de paternidad y de filiación.

Contra esta concepción de la pareja humana como estable y única suelen oponerse algunas argumentaciones que parecen tener fuerza. La primera es tomada de la experiencia histórica y existencial de las personas. Siempre los hombres han practicado, en alguna medida, la multiplicidad de relaciones y la poligamia. Además, sabemos bien que la monogamia no es fácil y cuesta mantenerla, pues las solicitudes y tendencias espontáneas, "naturales" nos hacen ser atraídos por numerosas personas del sexo opuesto. ¿Cómo puede ser natural lo que nos cuesta tanto, e innatural aquello que espontáneamente nace de nuestros instintos y afectos?

Una respuesta la hemos dado implícitamente en el capítulo anterior. Somos naturaleza caída, y el desarrollo de nuestra naturaleza esencial nos cuesta, implica sacrificio y renunciamiento. Tal vez la herida que nos afecta esencialmente se haga presente de manera muy especial y acentuada, más intensamente que en otras dimensiones de la vida, precísamente en la relación hombre-mujer, pues se trata aquí de aquella dimensión de la existencia humana en que más claramente se manifiesta nuestra incompleteza, nuestra cerencia y estado de necesidad. Mientras más fuerte es la sensasión de que algo nos falta, más intensa será la búsqueda de aquello que pueda completarnos y llenarnos el vacío.

Sin embargo, se insiste, ¿cómo se explica que pueblos simples y sanos, incontaminados e ingenuos que desenvuelven una hermosa vida comunitaria tal vez en islas que constituyen verdaderos paraísos humanos, practican sin culpa y del modo más natural la poligamia? Sí; pero esos pueblos están constituídos también por hombres cuya esencia está herida igualmente que la nuestra, que tienden espontáneamente a rehuir del sacrificio y de los caminos difíciles que hacen crecer al hombre; por felices que parezcan a la mirada superficial del extraño, especialmente si éste pertenece a una sociedad tan fuertemente deshumanizada como la que habita las grandes ciudades industriales, ellos no son el paradigma de la perfecta realización del ser humano, ni sus islas son verdaderamente el paraíso terrenal perdido.

Pues bien, si el camino de realización del hombre y de la mujer implican la constitución de parejas estables, únicas y permanentes, surge como una cuestión decisiva y crucial de la realización y perfeccionamiento de cada uno, encontrar en la vida "la" pareja complementaria de "la" -individual- propia esencia.

La búsqueda de la pareja, para conducir verdaderamente al encuentro de aquella con que se ha de compartir la existencia en un camino de creciente complementación, ha de comprender a todo el hombre. Un papel en esta búsqueda lo cumple la atracción sexual en su dimensión genética, pero no sólo en ésta pues también es necesario que en lo posible todos los sentidos -la vista, el oído, el olfato, el tacto y la percepción interior-, encuentren complacencia en la persona elegida. Pero tampoco en ello está todo y quizá ni siquiera lo más importante. Es preciso comprometer en la búsqueda al hombre entero, porque la necesidad de complementación es de la naturaleza o esencia humana en su complejidad, toda ella atravesada por la diferenciación sexual en alguna medida. Así pues, es tarea de la voluntad, de la imaginación, de la afectividad y de los sentimientos, y también de la inteligencia y del espíritu entero del hombre.

Sobre todo del amor. En éste se concentra y encuentra como en síntesis el espíritu humano. El amor es lo más importante en la relación de pareja, pues el amor es lo que acerca, lo que une, el único nexo que crea vínculos indisolubles capaces de reforzarse crecientemente. Porque el amor es don de sí mismo y acogida y recepción del otro. Porque "el amor hace semejanza entre el que ama y es amado", como dice San Juan de la Cruz.

Hicimos referencia a las dificultades que implica la mantención de la fidelidad conyugal en el tiempo, existiendo en cada hombre o mujer algo así como un constante excedente de sexualidad que lo lleva a sentirse atraído por otras mujeres u hombres y a buscar otras relaciones sexuales. Tratándose de una experiencia humana tan universal -que se evidencia en la multirelación pero también en que la fidelidad conyugal requiere un esfuerzo especial de autodominio consciente y voluntario- ¿no sería más razonable reconocer que la idea de la pareja conyugal única responde más a un ideal cultural de fundamento moral y religioso que a una exigencia natural inherente a la persona humana como tal? La pregunta nos lleva a profundizar en el sentido que puede tener el mencionado excedente o exceso de sexualidad.

La situación excedentaria de la energía sexual tiene estrecha relación con la multidimensionalidad del sexo humano. Tal relación puede entenderse en dos sentidos. En un primer sentido, podría ser que dado que la energía genético-sexual es excedentaria con respecto a sus específicas funciones biológicas de reproducción y apagamiento placentero del instinto erótico, la sexualidad latente no consumida en la función genético-sexual desborda esta esfera inmediata y trasciende hacia las dimensiones psicológica, social y espiritual; una parte del potencial erótico no actualizado en el plano biológico en que tendría origen, se liberaría y expresaría en las formas más refinadas (sublimadas) del enamoramiento, la ternura, la amistad, el amor, la creación artística, la búsqueda espiritual. Pero podría entenderse en un sentido inverso: por originarse la sexualidad en la esencia interior del hombre, tendría la fuerza inmensa del espíritu, desde el cual desbordaría y se trasmitiría por lo social y afectivo hasta encarnarse en la instintiva biología genital. Al no encontrar adecuada expresión y acabamiento en las esferas superiores del espíritu, en el amor, la amistad, la ternura y la afectividad, llegaría a la esfera erótico-genital con una sobre carga de energía y con una potencialidad excedentaria respecto a las necesidades puramente biológicas.

Cualquiera sea el sentido en que proceda la energía sexual recorriendo las diversas esferas y dimensiones de la experiencia humana, el desarrollo integral del hombre requiere que se alcance un equilibrio entre ellas. Un insuficiente desarrollo espiritual o afectivo llevan al hombre y la mujer a buscar la realización de la sexualidad esencial mediante un comportamiento en la dimensión erótico-genital de ella que desborda sus cauces naturales. Esta sería, en mayor o menor grado, la situación prácticamente universal en que nos encontramos los hombres y mujeres corrientes. Pero existen también quienes han alcanzado una expansión de sus dimensiones espirituales y psíquicas (creatividad, afectividad, ternura, amor, etc.) de manera que las energías sexuales encuentran allí la cabal realización que corresponde a esos niveles; en tales casos la dimensión erótico-genital de la sexualidad llega ordenada y no desborda sus cauces naturales, encontrando su perfecta realización en la pareja conyugal permanente.

Entonces, desde el punto de vista del desarrollo humano integral, el asunto consiste en la canalización de esta magnífica energía sexual. Una canalización tal que alcancemos la satisfacción y plenitud de nuestra sexualidad corporal, y al mismo tiempo la plenitud de las relaciones tiernas y amorosas en el matrimonio y la familia, junto a la integración amable y amistosa en la comunidad de que formamos parte, y que también nos estimule en el desarrollo de niveles superiores de creatividad económica, social, artística, intelectual y espiritual. Cuando estas amplias potencialidades de nuestra sexualidad no reciben el adecuado alimento que las nutra ni los espacios convenientes para su despliegue, es altamente probable que la misma dimensión erótico-genital del sexo se sobrecargue y experimente una tensión excesiva, tal que la insatisfacción se torne permanente generando la enfermiza conducta del que anda siempre tras nuevas conquistas porque en ninguna de ellas encuentra apagamiento, plenitud y paz.

Esta manera de entender la sexualidad humana puede parecer extraña, incluso tal vez algo extravagante, al hombre contemporáneo tan habituado a reducir lo sexual a una función biológica y animal. Es curioso que en una sociedad tan erotizada como la que vivimos se termine trivializando y considerando intrascendente y de escaso significado el complejo y amplio mundo del sexo. Pero la experiencia que cada uno tiene de su sexualidad, la importancia que llega a asumir en la vida, la increíble riqueza de formas y contenidos generados históricamente por la sexualidad en su amplio sentido, debieran llevarnos a profundizar en su significado humano, en su dimensión espiritual. De hecho, la hipótesis de que la sexualidad pueda tener su orígen en la esencia espiritual del hombre se hace plausible precísamente por la experiencia del tremendo exceso de energía que muestra tener la sexualidad en el hombre, a diferencia de cuanto sucede con los animales y plantas. En efecto, la biología es parsimoniosa, no dispendiosa; los órganos están normalmente en función de las necesidades biológicas que han de satisfacer y dimensionan a ellas las energías que generan.

Si el hombre reviste el ejercicio biológico del sexo de tanta profusión de estados anímicos y afectivos, conscientes e inconscientes, de tantos componentes poéticos y míticos, de tantas exigencias éticas y sociales, llegando a impregnar de eros su sueño y su vigilia, su obra literaria y su producción económica, su amor y su odio, sus aventuras cotidianas y su historia epocal, es hora que empecemos a reconocer en él la potencia del espíritu y el reflejo de la divinidad creadora.

Recordemos que la voluntad de Dios respecto al hombre es que nos amemos unos a otros y que lo amemos a El por sobre todas las cosas. Si tal es el destino y plenitud del hombre, ese mismo ha de ser el destino y plenitud también de nuestra sexualidad.

Pero sería restrictivo e injusto con el hombre y con el mismo Dios pensar que allí deba agotarse la fuerza de la sexualidad. Hemos hablado de la pareja conyugal estable y única como la vía real de superación de una carencia esencial de la naturaleza humana y como condición natural de su mejor realización. Tal es, digamos, la base. Pero hemos sostenido también que la atracción y búsqueda de complementación entre el hombre y la mujer se manifiestan como dación compartida y búsqueda de realización de un proyecto o finalidad superior; que la sexualidad es fuente creadora de comunidades, promotora de empresas, impulsora de proyectos históricos, generadora de obras de arte, motivadora de una más profunda búsqueda de Dios. Entonces hemos de reconocer que la complementación entre los sexos no se agota en la pareja y en su expresión familiar.

Todo indica que la complementación de los sexos no se cumple nunca plena y acabadamente en una sóla pareja humana, y que plantear la relación en tales términos conduce a una suerte de simbiosis excesiva y enfermiza que encierra a la pareja y la familia en un círculo íntimo pero estrecho que finalmente puede atentar contra la misma estabilidad y unicidad de la relación fundamental. La reducción de las relaciones de complementación entre hombres y mujeres a la sola pareja lleva implícito el peligro del encapsulamiento, que a menudo oculta relaciones posesivas y de dominación, una de cuyas manifestaciones psicológicas suelen ser los celos injustificados que angustian y deterioran inevitablemente los vínculos de amor.

La diferenciación de los modos masculino y femenino de la esencia humana atraviesa todas las dimensiones de la existencia humana en un muy elevado nivel de complejidad. No parece que exista la posibilidad de una completa y perfecta complementación entre un hombre y una mujer, tal que él encuentre en ella y ella en él todas aquellas plenitudes requeridas por la plena actualización de sus esencias personales. Sólo la idealización del enamorado puede llevar a creer que en la persona amada están presentes todas las cualidades y riquezas humanas que requiere en su proceso de crecimiento personal. Pero la idealización del enamorado es engañosa y no sirve como guía suficiente del proceso de actualización de la esencia humana. La complementación humana de los sexos requiere y llama, en consecuencia, a un proceso de enriquecimiento permanente a través de relaciones que pueden llegar a ser particularmente intensas, con variadas personas del sexo complementario.

En este sentido destaca como extraordinariamente relevante la relación de amistad. La persona necesita amigos no sólo de su propio sexo sino también y tal vez más significativamente del sexo opuesto. Amigos que lo enriquezcan, que lo eleven, que le ofrezcan oportunidades para regalar las propias riquezas interiores y expandir las propias capacidades de amar.

Sólo que en estas amistades es preciso evitar la confusión y distinguir los sentimientos, evitando traspasar los límites más allá de los cuales se pone en riesgo la unidad interior de la propia conciencia y del propio espíritu. En particular, la confusión se genera cuando la íntima complementación con otro en alguno de los aspectos o dimensiones (intelectual, vocacional, estética, afectiva, etc.) en los que el hombre o la mujer puedan tener mayores carencias y necesidades de integración, se hace trascender al ámbito de lo erótico-genital dando lugar a la infidelidad respecto a la pareja conyugal. Pero si en ocasiones se trasgreden los límites que la prudencia aconseja, reavivándose la herida y la escisión interior del sujeto, será preciso buscar la curación aunque duela y cueste sacrificio. El proceso de actualización de la esencia humana de cada uno es un camino sutil y delicado, del que son responsables la propia conciencia y libertad del sujeto guiadas por una adecuada comprensión y aceptación de la naturaleza humana.

La sexualidad nos abre a la pareja y la familia; pero no nos encierra en ella. Nos abre a la amistad personal, a la formación de comunidades y a la participación en la sociedad; pero tampoco nos encierra en el ámbito interpersonal, comunitario y social. Nuestra experiencia de la sexualidad nos abre decidida y radicalmente a Dios. La sexualidad, por más que nos empuja a buscar la completación de nuestro ser en otras personas con las que entablamos diálogo, comunicación y encuentro a nivel corporal, afectivo, psicológico y espiritual; por más satisfacción y plenitud que ocasionalmente o de manera relativamente estable nos proporcionen tales encuentros; por más cerca que nos parezca estar de la felicidad, nos hace experimentar siempre, inevitablemente, que algo nos falta. La experiencia del sexo nos acerca tanto a la felicidad y a la plenitud... pero es fugaz; en la dolorosa percepción de esta fugacidad, nos hace desear que la felicidad y la plenitud... sean eternas.

Inscrita en la esencia humana está la necesidad de Dios. Sólo en comunión de amor con El sentiremos haber superado definitivamente la soledad existencial y experimentaremos la plena felicidad a que nos invitan la sexualidad y el amor. Todo encuentro humano es una anticipación parcial de ese encuentro final.



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[1] G. Marañón, Biología y feminismo, Imprenta del sucesor de Enrique Teodoro, 1920, págs. 7-11.
[2] G. Marañón, cit., pág. 38.
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EL MISTERIO DEL HOMBRE 5

Capítulo 4. UNA NATURALEZA HERIDA QUE BUSCA SANACION Y CAMINA HACIA UN NUEVO NACIMIENTO
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En el capítulo anterior hablamos de la grandeza potencial del hombre que pone de manifiesto la amplitud y riqueza de su esencia. Pero no podemos desconocer que la experiencia humana, aún en los más grandes hombres que han actualizado su esencia en las proximidades de la plenitud, pone de manifiesto siempre e inevitablemente también su pequeñez. El gran Pascal evidenció en sus Pensamientos, con singular maestría, como la grandeza del hombre se encuentra siempre contrapesada por su pequeñez.

Esta se manifiesta, ante todo, en la experiencia del mal moral y también en el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Estas experiencias, especialmente la de la muerte, revelan que el proceso de realización del hombre no es solamente un camino de perfeccionamiento lineal de sus múltiples posibilidades, porque en el camino experimenta también el retroceso, el empequeñecimiento y en definitiva la detención del proceso en el instante de la muerte, frente al cual pareciera que todo el camino recorrido y el avance logrado terminará... en la nada?

Una primera reflexión sobre el mal y la pequeñez del hombre nos los hace aparecer directamente relacionados con su desarrollo. El mal, la pequeñez, son función directa de la falta de realización de la esencia humana. El mal en el hombre no sería sino aquello que ha dejado de actualizarse, su pequeñez no sería sino el ponerse de manifiesto, en contrapunto con lo ya logrado, aquello que permanece como potencialidad no realizada, la parte no completada de la esencia del hombre.

Mala es, por ejemplo, la enfermedad. ¿Pero qué es la enfermedad sino la falta de salud? Mala es el hambre, que no es sino la carencia de satisfacción de una de las necesidades propias de la dimensión vegetativa y animal del hombre. Mala es la ignorancia, que no es sino la falta de desarrollo de la dimensión intelectual. Malo es el egoísmo, que es la falta de expansión de la afectividad y del amor. Malo puede ser el descreimiento, que revela la insuficiente actualización de la dimensión religiosa. Mala es la soledad, que pone de manifiesto nuestra inadecuada inserción en la comunidad, o nuestro escaso desarrollo afectivo, o nuesta carencia de amor.

Así, la pequeñez del hombre aparece en el contraste con sus realizaciones, puestos ambos, lo cumplido y lo dejado de realizar, a contraluz de su esencia potencial completa.

Es así. Pero no quedamos satisfechos con esta explicación. Porque la experiencia del mal, del sufrimiento y de la muerte nos pone frente a una experiencia aún más radical y esencial del hombre, cual es el hecho de nuestra incapacidad para evitarlos del todo. Entonces, si el mal, el sufrimiento y la muerte son inevitables, estamos ante una contradicción: que lo que aparece como nuestra esencia no sería realmente tal. En efecto, si la esencia es lo que el hombre puede llegar a ser a partir de lo que es, resulta que, al ser el mal inevitable, tenemos que hay al menos algo de su esencia que no puede llegar a ser por más que el hombre lo intente. La esencia del hombre sería una esencia contradictoria. La naturaleza humana tendría algo de innatural. Hay algo que no cuadra en la esencia del hombre.

Aceptémoslo. La esencia humana es una esencia que contiene en sí misma un principio de autonegación. Es una esencia incompleta, internamente escindida, herida. La naturaleza humana es una naturaleza "caída", o mejor, que cae, que es incapaz de actualizarse plenamente a sí misma. Es la conclusión lógica de nuestro razonamiento. Es la experiencia universal del hombre en todas las culturas y condiciones históricas. Es lo que enseña la revelación hebrea y cristiana: por un misterioso pecado original la esencia o naturaleza del hombre se encuentra herida y en razón de ello la experiencia del hombre en la tierra está finalmente abocada a morir. Nada puede hacer el hombre por impedirlo. ¿Nada? No nos quedemos en este pensamiento melancólico.

Hay en el mal, en el sufrimiento, en el pecado y en la muerte un misterio. Todo misterio, y especialmente éste porque es el nuestro, nos incita a develarlo. Intentémoslo. Algunas luces nuevas nos abrirán un camino hacia la comprensión de dimensiones misteriosas de lo que somos y de lo que podemos ser.

Empecemos por el sufrimiento. Parece más simple de comprender que la muerte y tal vez nos entregue elementos para avanzar a la comprensión de ésta última.

No nos interesa tanto saber o formular conceptualmente cómo es el sufrimiento. Lo conocemos por experiencia en muchas y variadas de sus manifestaciones. La pregunta inquietante se refiere al sentido del sufrimiento, a su significado desde el punto de vista de la esencia o naturaleza humana. ¿En qué sentido es parte inherente a la naturaleza humana? ¿Ocupará tal vez un lugar en el proceso de expansión y realización de nuestra esencia, en el proceso de nuestro perfeccionamiento?

Examinemos la cuestión a partir de una de las expresiones más simples del sufrimiento, el dolor que sentimos ante determinados estímulos exteriores que nos afectan. Pareciera que un dolor de ese tipo careciera de un sentido superior siendo puramente el efecto de algo que nos ha sucedido. Pero Henri Bergson en su Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia propone una interpretación del sentido del placer y del dolor que nos abre a una perspectiva totalmente distinta. "Podría uno preguntarse -escribe- si el placer y el dolor, en lugar de expresar solamente lo que acaba de pasar o lo que pasa en el organismo, como se cree de ordinario, no indican también lo que va a producirse, lo que tiende a pasar en él".

Si este último fuera el caso -comentamos nosotros- el dolor no sería solamente manifestación de un dato del pasado y del presente, sino una experiencia especial que nos abriría la posibilidad de algún desarrollo futuro. Pero dejemos hablar a Bergson. "Es preciso hacer notar que nos elevamos por grados insensibles desde los movimientos automáticos a los movimientos libres, y que estos últimos difieren especialmente de los precedentes en que nos presentan, entre la acción exterior que es su ocasión y la reacción voluntaria que se sigue, una sensación afectiva intercalada. Podría incluso concebirse que todas nuestras acciones fuesen automáticas, y se conoce en efecto una infinita variedad de seres organizados en los que una exitación exterior engendra una reacción determinada sin pasar por el intermedio de la conciencia. Si el placer y el dolor se producen en algunos privilegiados, es con toda versimilitud para hacer posible por su parte una resistencia a la reacción automática que se originaría; porque o la sensación no tiene razón de ser, o es un comienzo de libertad. Porque ¿cómo podríamos resistir a la reacción que se prepara si no nos fuese posible conocer su naturaleza por medio de algún signo preciso? ¿Y cuál puede ser ese signo sino el esbozo y como la preformación de los movimientos automáticos futuros en el seno mismo de la sensación experimentada? El estado afectivo (placer o dolor) no debe pues corresponderse tan sólo con las conmociones, movimientos o fenómenos que han ocurrido, sino aún y sobre todo con los que se preparan, con los que querrían ser".([1])

La hipótesis de Bergson es no sólo fascinante sino también altamente plausible, toda vez que nuestra experiencia cotidiana, en los más diversos campos nos confirma cómo el dolor y el sufrimiento nos presentan constantemente desafíos y nos abren siempre a nuevas posibilidades que jamás alcanzaríamos si nuestras sensaciones y estados de conciencia fuesen siempre placenteros. Lo más interesante y novedoso de la reflexión de Bergson es la radicalidad de su idea, que pone en la más simple sensación de dolor que experimenta el hombre en su crecimiento, nada menos que la ocasión del surgimiento de la libertad. Y es así. Sí no hubiera algo que nos alertara y señalara la conveniencia de un no, sino que todas nuestras sensasiones frente a cualquiera sean los estímulos externos fuesen placenteras o neutras, nuestros comportamientos no dejarían nunca de ser automáticos o determinados externamente por los estímulos que nos llegan. El cristiano dirá que si perdimos la libertad por el pecado, empezamos a recuperarla por el dolor.

Ahora bien, sabemos por experiencia que el mal, el sufrimiento, la herida en la esencia del hombre, no está ni se manifiesta sólo en el cuerpo sino también en el espíritu. La soledad, el error, la maldad, la angustia, son heridas que nos afectan en las dimensiones afectiva, intelectual, volitiva y psíquica de nuestra vida.

Esto es muy importante considerarlo, porque si es así no podemos atribuir nuestros males y pequeñeces a nuestra corporeidad y nuestras grandezas y bienes a nuestra espiritualidad. Ello constituye un grave y muy corriente error antropológico que deriva de las concepciones dualistas del hombre a que hemos hecho referencia. La esencia o naturaleza humana en su raíz y en su integridad está herida, afectándonos en todas las dimensiones del ser hombre.

Nuestra inteligencia está herida. Nuestra voluntad está herida. Nuestro inconsciente está herido. Nuestra sociabilidad está herida. Nuestra espiritualidad está herida. Los moralistas y maestros religiosos ponen gran énfasis en las deficiencias de nuestra voluntad, de la que hacen responsable y en la cual hacen residir el origen del pecado. Pero también nuestra inteligencia yerra y el error en que cae demasiado a menudo también nos hace sufrir y nos humilla. Como dice el Evangelio, lo que viene de dentro es lo que ensucia al hombre.

El camino del perfeccionamiento del hombre se verifica en todas sus dimensiones, y en todas ellas la experiencia del mal y de la insuficiencia que nos hace sufrir nos impulsa a la superación. Es porque sabemos que el error nos acecha en el camino del conocimiento que nuestra inteligencia se esfuerza y tensa en buscar la verdad. Lo mismo sucede incluso en las expresiones más elevadas de la vida espiritual, como se aprecia en las comunicaciones místicas que van llevando a los hombres y mujeres santos a la unión con Dios. Son conmovedoras las expresiones de Teresa de Avila que narra el dolor interior que precede y sigue a las más plenas y felices comunicaciones con su amado Señor.

A la luz de estas reflexiones sobre el mal y el sufrimiento que nos lo muestran nada menos que enraizando en la esencia constitutiva del hombre, aparece una nueva dimensión en el proceso de crecimiento personal y de actualización de la esencia humana. Se trata no sólo del avance y expansión de las múltiples dimensiones de la vida que referimos en el capítulo anterior, pues implica también y como parte del mismo, un duro camino de sanamiento de la herida esencial de nuestra naturaleza. Un sanamiento que podemos entender y formular en términos de un camino de purificación de nuestras potencias, toda vez que el mal y el sufrimiento se nos manifiestan como una falta de transparencia, una oscuridad o suciedad que enturbia y torna viscoso el operar y el resultado de la acción de nuestras facultades.

Tomemos por ejemplo el crecimiento de la dimensión deportiva y atlética del hombre, que lo lleva al despliegue de sus capacidades musculares y al desarrollo armónico del cuerpo. Hay personas que llegan a realizar verdaderas proezas que parecen imposibles y sorprenden al hombre común, en las que el atleta combina en un nivel de excelencia la fuerza con la flexibilidad y belleza del movimiento. Pues bien, ello es el resultado de un muy largo, sistemático y riguroso proceso de desarrollo de las capacidades propias del cuerpo, realizado desde la infancia y con perfecta continuidad cotidiana a lo largo de años. Pero el resultado no sería posible si la persona no luchara constantemente por ir cada vez más allá de lo logrado en el ejercicio anterior. Ello implica forzarse así mismo y superar el dolor que experimenta el cuerpo al ser llevado a realizar siempre algo más de lo que sus actuales posibilidades le permiten. Por cierto, la satisfacción y alegría del logro compensan dicho dolor; pero hay algo más que hace posible ese esfuerzo sostenido, el que ha de atribuirse en última instancia a una fuerza interior, espiritual, que sólo ella permite la aplicación concentrada y permanente de la voluntad y la conciencia tras la meta anhelada, evitando en el camino la distracción y el atractivo de la alimentación, la bebida, el relajamiento y muchos otros placeres de la vida. El que llega a la meta ha debido no solamente deplegar sus potencialidades a través de la ejercitación, sino también purificar su cuerpo y su voluntad en el intento.

El perfeccionamiento moral de la voluntad y del comportamiento es otro ejemplo de la misma dialéctica de expansión y purificación. Aquello que los educadores denominan la formación del carácter, que implica especialmente el fortalecimiento de la voluntad en el dominio de sí mismo a fin de guiar las decisiones y comportamientos según los principios, normas y valores de una moral superior, no es algo que se logra sin ascetismo y mortificación de las tendencias inferiores que hacen propender al hombre hacia las opciones más fáciles y placenteras.

Detengámonos algo más extensamente en el caso del desarrollo intelectual, que es tal vez uno de los dominios en que parece haber actualmente menor conciencia de la necesidad de purificación.

Ya lo dijimos. La inteligencia del hombre también está profundamente afectada por nuestra herida esencial. Pero esto se olvida en el proceso de formación intelectual de los científicos y profesionales del saber, con el resultado que cada vez tenemos más profesionales expertos pero es crecientemente improbable encontrarse con personas verdaderamente sabias.

Observar, examinar, conocer, proyectar, teorizar, meditar, son actividades intelectivas propias del sujeto. No es cierto que haya un saber independiente de los sujetos que estudian, piensan y hacen ciencia. Sin embargo, el modo positivista de hacer investigación nos quiere hacer creer que para conocer la realidad basta escoger un "marco teórico" de conceptos, aplicar un cierto "procedimiento metodológico" y recolectar y procesar el conjunto de los "datos e informaciones" recogidas. Así, el conocimiento sería resultado de un proceso técnico, posible de realizar indistintamente por unos u otros profesionales que hayan aprendido esas teorías y métodos pertinentes.

No negamos que el desarrollo de investigaciones realizadas conforme a las pautas de una metodología dada en el seno de una disciplina profesionalizada conduzca a resultados cognoscitivos reales. Pero ello no será sólo en función del ejercicio de las técnicas de la investigación, pues ya la adquisición de éstas implica algún grado de desarrollo de las capacidades intelectivas espirituales del sujeto. Es el no reconocerlo así y en consecuencia el no desplegar esfuerzos sistemáticos en esta dirección, lo que hace que los conocimientos que proporcionan las ciencias positivas dejen tanto que desear en cuanto a su integralidad y nivel de profundidad.

Para acceder a niveles superiores de conocimiento y desarrollo intelectual es preciso empezar por poner al hombre en el lugar que le corresponde: él es el sujeto. Y entonces descubrimos que de lo que se trata en esta dimensión de su existencia no es "construir conocimientos" (como suele decirse hoy) sino "buscar y alcanzar la verdad". En el conocimiento sin sujeto personal la noción de verdad tiende a desaparecer. "La verdad no existe, sólo hay informaciones, modelos y teorías", suele decirse.

Junto con redescubrir la verdad como finalidad de la búsqueda intelectual -porque sólo en ella se satisface y descansa el intelecto purificado-, descubrimos que para conocer, diagnosticar, proyectar y teorizar lo primero y principal es el desarrollo del sujeto cognoscente. Para penetrar en la realidad en niveles de creciente profundidad es preciso ante todo el desarrollo espiritual del sujeto, la expansión de su conciencia y de su libertad.

La formación de un investigador es antes y más que cualquier otra cosa, un proceso de formación interior del sujeto, de sanación de su dimensión intelectiva esencial, que supone entre otras cosas purificación respecto a intereses, pasiones, motivaciones egoístas o de grupo, etc. que distorsionan la mirada y la comprensión, y al mismo tiempo un proceso de elevamiento hacia un punto de vista superior y crecientemente universal que se alcanza mediante una progresiva unificación con la fuente de toda realidad y de toda verdad. Nuevamente, la expansión del hombre no se realiza sin sacrificio, pero el resultado -el ingreso a un mundo de verdad- compensa con creces por todo el esfuerzo.

Surge a este punto de la reflexión una inquietud acuciante: ¿valdrá la pena el desarrollo de nuestra esencia, que implica tanto esfuerzo, trabajo duro, sufrimiento y dolor, si al final nos espera un lento proceso de deterioro y envejecimiento cuyo ineluctable destino es la muerte y el olvido? ¿No es acaso un trabajo inútil intentar el ascenso a las más altas posiciones si llegado a un momento de inflexión inevitable comienza el descenso que, al final, coloca a todos los hombres al mismo y más bajo de los niveles posibles de imaginarse?

Pero, ante todo, ¿es verdad que existe tal inflexión, que el envejecimiento del hombre implica la decadencia y deterioro de su esencia, y que la muerte pone el punto final al proceso? Pensarlo así supone, en efecto, confundir el hombre con su corporeidad y reducir la entidad de su esencia.

Si el hombre es, como decíamos, un espíritu corporal y no solamente un animal racional, es preciso pensar qué significa y qué sentido tiene para la evolución de este espíritu lo que sucede con su corporeidad. ¿Qué es el envejecimiento -no por cierto para el cuerpo, que eso ya lo sabemos- sino desde el punto de vista de la esencia del hombre?

Veíamos en el capítulo anterior que la esencia del hombre comienza su expansión en el momento mismo de la concepción, en un proceso de formación y crecimiento del cuerpo junto a la expansión de su naturaleza espiritual. Pero en las primeras etapas el desarrollo se centra especialmente en la corporeidad, dando lugar a la formación de los órganos vitales y del cerebro, indispensables para que las operaciones del espíritu puedan posteriormente tener lugar. Cuando ya los órganos y el cuerpo entero están constituídos y se han hecho aptos para desempeñar funciones cada vez más sofisticadas, la dimensión espiritual va siendo cada vez más el centro del desarrollo humano. Llega el momento de la inflexión en el desarrollo del cuerpo. ¿Empieza también entonces la decadencia del espíritu?

No parece ser así. La experiencia universal de la humanidad habla, por ejemplo, de la sabiduría superior de los ancianos, del aumento de sus capacidades espirituales, de su generosidad y amor. Por cierto, no sucede así en todos los hombres; pero ya hemos visto que para comprender la esencia humana no hemos de prestar atención a la media de los hombres sino a aquellos que han llevado a mayor plenitud la actualización de sus potencialidades. En efecto, el mal y el pecado inscritos también en la naturaleza humana pueden detener e incluso hacer decaer el proceso espiritual.

Desde el punto de vista de la expansión de nuestra esencia todo parece indicar que llega un punto en que la corporeidad, especialmente en sus niveles de perfeccionamiento y exuberancia, llega a ser un obstáculo para el desarrollo espiritual. Si fuera así, tendríamos que se alcanza un punto en el desarrollo del espíritu humano a partir del cual se hace posible que éste continúe su expansión siéndole cada vez menos indispensable la base y el apoyo corporal. Entenderíamos entonces el envejecimiento y deterioro del cuerpo también como una condición favorable al desarrollo espiritual. El espíritu que necesita cada vez menos del cuerpo se va desprendiendo de él, por decirlo así, hasta que finalmente, en la muerte, lo abandona completamente.

Si en las primeras etapas del crecimiento humano la dimensión corporal tiene preferencia sobre la espiritual e incluso se verifica hasta cierto punto prescindiendo de ella, en las últimas es el desarrollo espiritual el que asume predominancia y prescinde hasta cierto punto del desarrollo corporal. Desde el perspectiva de la esencia, no se verificaría con el comienzo del envejecimiento una inflexión en el desarrollo sino, al revés, tendría comienzo un nuevo impulso ascendente. Esto es difícil de entenderse en la medida que podemos apreciar como el deterioro del cuerpo y la enfermedad implican a menudo una pérdida de capacidades intelectuales e incluso a menudo un embotamiento y una pérdida de la conciencia; pero ello no necesariamente afecta la actividad del espíritu, como podremos apreciar más adelante cuando examinemos las dimensiones de éste.

Todas estas consideraciones nos abren a un nuevo horizonte de comprensión del sentido del proceso de actualización de la esencia del hombre y del papel que en él juega la herida que atraviesa a esta misma esencia.

La caída de la naturaleza humana, la herida en su esencia de que hablamos, puede concebirse en realidad como una rotura, una escisión interna. Podemos imaginarla como una fractura que se manifiesta en una escisión principal desde la que parte una infinidad de trizaduras menores que afectan a cada una de las dimensiones de la vida. La escisión principal sería precisamente aquella que pasa entre nuestra corporeidad y nuestra espiritualidad. La separación que observamos entre las tendencias del cuerpo y las del espíritu que han dado lugar a las formulaciones dualistas, no denotarían pues alguna hibridez connatural propia de la esencia del hombre en su estado natural, sino el efecto de la caída del hombre por el pecado, ya en los orígenes mismos de la humanidad.

Si fuese así, el proceso de desprendimiento del cuerpo por el espíritu podría entenderse como parte y momento principal y decisivo de una posible sanación definitiva del hombre, que se verificaría de manera completa sólo con la muerte. La que pareciera ser la ruptura o separación definitiva del alma y del cuerpo, sería en realidad exactamente lo contrario: la finalmente lograda unificación de la esencia del hombre, cumplida en el espíritu de éste que al morir hereda la esencia humana -en el máximo nivel de actualización alcanzado- toda entera. Sin que nada de ella quede en el cuerpo que, separado, se descompone por ser entonces solamente un conjunto de materia orgánica sin vida. Los cristianos dirán que, entonces, el espíritu portador de la esencia entera del hombre queda en espera de una sanación más definitiva que se verificará al final de los tiempos con la resurrección de los cuerpos, pero cuerpos entonces ya para siempre poseídos por un espíritu cuya esencia habrá alcanzado la plenitud de su desarrollo.

Tenemos, pues, que el hombre es lo que es -su esencia realizada- sólo al final de su existencia. Si cuando el hombre nace posee un mínimo de existencia y es casi pura esencia potencial, al final, en el momento de la muerte, la esencia del hombre se haya actualizada según el nivel de desarrollo logrado a lo largo de la vida: es casi pura existencia, el acto de su esencia realizada. Lejos de caer en la nada estaremos entrando en la más alta existencia lograda por nuestro ser hombre. Sólo al final de la vida nacemos verdaderamente.

Una muy hermosa manera de expresar esta idea la hemos encontrado en un libro de Jesús Barrena Sánchez, El rostro humano de Teresa de Avila cuyas palabras ofrecemos a la meditación del lector:

"Cada persona, al igual que cada planta, florece y fructifica en su verdad. El paso del tiempo nos va decantando de todo aquello que estando en nosotros, sin embargo no es nuestro, no "es" nosotros. De este modo, vivir es como ir conquistando el propio ser, la verdad propia. Vivir es verificarse.

"Desde que nacemos, nos despojamos de la herencia materna, paterna, familiar; del molde cultural de nuestra escuela, de nuestro pueblo. Vamos dejando de ser viejos y retoñamos con vitalidad propia, personal. Entramos en la autenticidad de nuestro ser. Al contrario de lo que pensamos, nacemos viejos pues nos hacemos presentes con todo el bagaje de nuestros antepasados y poco a poco, nos purificamos de todo lo que nos impide ser nosotros mismos hasta conseguir la verdad, la nuestra, que es el propio ser sin aditamentos de nadie. Quedamos solos.

"En toda persona se oculta el verdadero "yo", que es arropado y, a veces, obstaculizado en su crecimiento, por fuerzas que actúan desde las distintas realidades en las que este "yo" vive diariamente.

"Crecer, educarse, santificarse o, como decimos en lenguaje vulgar, realizarse, es comprometerse a dar a luz nuestro "yo" íntimo, verdadero. Si la primera vez que nacimos, salimos de la entraña de nuestra madre, naceremos por segunda vez cuando nos demos a luz a nosotros mismos.

"Cada cual está obligado a sacar de sí su mejor "yo". De otro modo, morirá sin haber nacido. Muy bellamente, Pedro Salinas nos sugiere esta empresa de alumbrar a la vida la verdad de la nuestra:

Es que quiero sacar
de tí tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.

"Cuantas veces no hemos visto ni sospechado la existencia en nosotros de un "yo" mejor, percibido, sin embargo, por un amigo, por un educador, por el esposo o por Dios. Sobre todo por Dios. Y hay que ponerse a trabajar para descombrar todo el cascote que oculta nuestra verdad, y que nos impide ser como realmente estamos llamados a ser".([2])



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[1] Henri Bergson, Obras Escogidas, Aguilar, 1959, págs. 72-3.
[2] Jesús Barrena Sánchez, El rostro humano de Teresa de Avila, Ediciones Sígueme, Salamanca 1982, págs. 308-9.