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domingo, 20 de noviembre de 2016

Adelita

Durante la Revolución mexicana la forma musical conocida como «corrido» tuvo un gran auge. Este tipo de composiciones musicales tienen su origen en el antiguo romance español, siendo canciones que narran acontecimientos reales, dotados con visiones épicas o heroicas con respecto a los protagonistas o los acontecimientos. Es por ello que suelen ser comparados con la función de los juglares de la Edad Media.

El corrido constituyó entonces un medio de comunicación popular, por medio de los cuales se contaba la vida y obra de héroes como Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, Francisco Villa o Felipe Ángeles.

Algunos corridos han servido de inspiración de pinturas murales en México. Dos ejemplos son los de Diego Rivera: «Las esperanzas de la patria por la rendición de Villa» y «Muerte de Zapata», los cuales se encuentran en el edificio de la Secretaría de Educación Pública.

Uno de los corridos más conocidos es el de La Adelita, cuyos versos dicen lo siguiente....

Si Adelita se fuera con otro
le seguiría por tierra y por mar
si es por mar en un buque de guerra
si es por tierra en un tren militar.
Si Adelita quisiera ser mi esposa,
y si Adelita ya fuera mi mujer,
le compraría un vestido de seda
para llevarla a bailar al cuartel.

domingo, 13 de noviembre de 2016

2 DE OCTUBRE (1968) NO SE OLVIDA

2 de octubre no se olvida
RAÚL JIMÉNEZ VÁZQUEZ*
Hace 48 años fue perpetrada la horrenda matanza de Tlatelolco. Concebida, planeada, ejecutada y encubierta desde las más altas esferas gubernamentales, tuvo como objetivo acabar de raíz con el movimiento estudiantil de 1968, el cual –amparado en las libertades democráticas de petición, reunión y protesta ciudadana– en tan sólo unos meses se erigió en una fuerza real de oposición, capaz de desafiar a un régimen autoritario, acostumbrado al sometimiento incondicional, a la disuasión de todo intento de organización política independiente y al encarcelamiento o asesinato de los líderes disidentes.
La crueldad con que fue planeada y ejecutada esta atrocidad innombrable no tuvo límites. Baste decir que la doctrina militar inoculó la idea de que los estudiantes eran traidores a la Patria; el aparato propagandístico del gobierno sembró en el imaginario colectivo la imagen de que el movimiento obedecía a una conjura comunista, lo que generó el clima de linchamiento mediático que permitiría justificar la masacre como acto de salvación del país. Durante el zafarrancho se utilizaron balas expansivas o descamisadas, absolutamente prohibidas por los convenios de La Haya; en el fuego graneado participaron militares disfrazados de civiles e identificados con un guante blanco, lo que constituyó una maniobra de asechanza proscrita por el derecho internacional humanitario.
Fue, sin duda, un genuino terrorismo de Estado guiado por el objetivo estratégico de mantener incólume un sistema de dominación y hegemonía ideológica y política. Por esta razón en la sentencia definitiva dictada casi 40 años después por el Poder Judicial de la Federación se estableció que se trató de un genocidio en los términos del artículo 149 bis del Código Penal Federal y de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, pues el inefable baño de sangre fue ejecutado con el deliberado propósito de exterminar al grupo nacional opositor aglutinado en el Consejo Nacional de Huelga.
Empero, dentro del fallo en cuestión se asentó que las pruebas aportadas por el Ministerio Público no permitían atribuir responsabilidad penal a persona alguna. Con ello se dio forma a la inaudita paradoja de un genocidio sin genocidas, lo que propició que este abominable crimen fuese cubierto con el fétido manto de la impunidad.
Tan obsceno disimulo constituyó el caldo de cultivo que hizo posible la comisión de subsecuentes crímenes de lesa humanidad, como las torturas, ejecuciones sumarias y desapariciones forzadas de la guerra sucia; las masacres de Acteal, Aguas Blancas, El Charco, El Bosque, Atenco, Apatzingán, Ecuandureo, Tanhuato, Calera y Tlatlaya, y la trágica desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
No obstante la pretensión oficial de instaurar una verdad a modo y convertir el holocausto de Tlatelolco en un mero incidente, el veredicto histórico ya ha sido dictado en forma categórica. El reconocimiento de la sinrazón gubernamental y de la justeza, apego a derecho y legitimidad de las banderas enarboladas por los estudiantes quedó sellado con tinta indeleble con la reforma a la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales, por la que se añadió a la lista de las fechas de luto nacional el2 de octubre: aniversario de los caídos en la lucha por la democracia en la Plaza de Tlatelolco en 1968.
Así pues, al igual que cada 13 de septiembre, aniversario del sacrificio de los Niños Héroes de Chapultepec, el 2 de octubre el lábaro patrio debe ser izado a media asta en todas las escuelas, templos, cuarteles, guarniciones militares, edificios públicos, embajadas y consulados.
El reconocimiento legislativo, empero, no es suficiente. Se requiere adoptar otras medidas de grueso calado. El jefe del Estado Mexicano debe pedir públicamente perdón a las víctimas y sus familiares. Raúl Álvarez Garín, Félix Hernández Gamundi, Ana Ignacia Rodríguez y los demás líderes que fueron injustamente encarcelados deben ser reivindicados mediante el reconocimiento expreso de su inocencia por el Poder Judicial Federal; las víctimas y sus familiares deben recibir las reparaciones integrales correspondientes; la revocación del acuerdo presidencial en el que se otorgaron sendas condecoraciones a diversos militares por méritos en campaña es un imperativo ético y jurídico.
Dentro de la doctrina castrense y en las aulas milicianas tiene que reflejarse la verdad inconmovible de este infame genocidio, lo mismo en los libros de texto gratuito, en el Museo Memoria y Tolerancia y en los museos gubernamentales. Por último, y sobre todas las cosas, es preciso romper los anillos de complicidad y llevar ante la justicia a los responsables intelectuales, directos y por cadena de mando, lo que es factible en virtud de que delitos de esta índole son imprescriptibles.
Las y los abogados democráticos alzamos la voz para proclamar en todo lo alto: ¡nunca más! ¡Nunca más un genocidio en México! ¡Nunca más un gobierno represor! ¡Nunca más una persecución por motivos de disidencia política! Hagamos posible el sueño imposible. Hagamos que la verdad y la justicia sean el motor del cambio democrático que anhela la sociedad. ¡Viva la discrepancia! ¡Viva la vida! ¡2 de octubre no se olvida!
*Presidente de la Asociación Nacional de Abogados Democráticos (ANAD)

sábado, 25 de julio de 2015

La muerte de Francisco Villa


La muerte de Francisco Villa
Francisco Villa, después de haberse rendido al Gobierno, se había convertido en hombre de negocios, había cambiado el caballo por el automóvil que él mismo manejaba, hacía frecuentes viajes a la ciudad de Parral Chihuahua, hasta que fue asesinado la mañana del 20 de julio de 1923. 

Tenía muchos enemigos; unos porque les había matado a sus familiares, otros por ideas políticas, etc., entre estos se encontraban Melitón Lozoya, Jesús Salas Barraza, que fue Diputado a la Legislatura de Durango, Juan López Sáenz Pardo, Librado Martínez, José y Román Guerra, Ruperto Vara, José Sánchez Pardo, José Barraza, y otros más, los que con toda premeditación formaron un complot para asesinar al Centauro del Norte, alquilando una casa en las calles de Guanajuato y de Gabino Barrera, frente a la plaza Juárez de la ciudad de Parral.
 
Durante varios días estuvieron acechando a su víctima.
 

El día 8 de julio se disponía el ex guerrillero a salir de Parral con rumbo a la hacienda de Canutillo, coincidiendo que en esos momentos los niños del Colegio Progreso salían de sus clases y por el temor de herir o matar a los escolares, falló ese intento para matarlo. Pasaron los días, Villa volvió a Parral y al regresar otra vez a su hacienda de Canutillo, los complotistas esperaban la señal que les diera Juan López, quien sacando de su bolsillo un pañuelo rojo como limpiándose el sudor, fue el aviso para que en los momentos en que pasara el automóvil manejado por el propio Villa, quien llevaba a su derecha al coronel Miguel Trillo y en los asientos traseros a los coroneles Román Contreras y Medrano, “El Dorado” Claro Hurtado y el chofer, se escucharon más de 150 disparos, muriendo instantáneamente Francisco Villa, Trillo, Claro Hurtado y el chofer, resultando herido el coronel Contreras y Medrano, quien murió en el hospital ocho días después.
 

El destacamento federal se encontraba tomando instrucción militar en un lugar llamado “La Maturana”, acontecimiento que favoreció a los complotistas. Jesús Salas Barraza fue aprehendido en Nuevo Laredo por el general Paulino Navarro y conducido a la capital de la República, echándose a cuestas toda la responsabilidad sin mencionar al resto de sus compañeros, internado en la penitenciaría del estado.
 

Al estallar la revolución delahuertista, la legislatura de Chihuahua decretó su absoluta libertad y se incorporó al ejército con el grado de coronel posteriormente fue Diputado al Congreso de la Unión. ¿Ordenó matar el gobierno a Francisco Villa? ¿Por qué fue liberado y premiado su asesino?


LA MUERTE DE JUAREZ

La muerte de Juárez
Una tarde Juárez visitó junto con varias de sus hijas la tumba de su esposa Margarita y ahí les platicó una anécdota, tenía que recibir a un grupo de empresarios norteamericanos y no se le acomodaba el cabello, le pidió a Margarita un limón que era lo único que se lo controlaba, ella se lo puso y lo peinó. 

Luego le hizo el nudo de la corbata pues Juárez estaba nervioso y no le salía. Margarita le dijo “¡Que inútil eres!”.
 

Juárez les dijo a sus hijas que ella tenía razón, ¡sin Margarita se sentía un inútil! En ese mismo lugar Juárez tuvo un mareo que lo hizo sentarse debido a un dolor en el pecho, luego otro episodio de dolor en el pecho que le hizo doblarse mientras su secretario particular, Balandrano, le leía las noticias importantes.
 

El 17 de julio de 1872 por la tarde, Juárez decide no dar su acostumbrado paseo de su carruaje y se va a dormir en su alcoba de palacio nacional acompañado de Benito, su hijo menor.
 

Esa noche leyó un libro en francés, en la página 232 que describía la entrada del emperador Trajano a Roma y el inicio de su gobierno de 20 años, Juárez escribió en un pequeño papel: “Cuando la sociedad está amenazada por la guerra; la dictadura o la centralización del poder pueden ser un remedio para aquellos que atentan contra las instituciones, la libertad o la paz”.
 

Esa noche sOlo tomó atole, tuvo náuseas que no lo dejaron dormir, por lo que despertó a su hijo Benito. El día 18 a las 9 horas tuvo que llamar a su médico Ignacio Alvarado, quien llegó cerca de las 10.
 

A las 11 tuvo calambres muy dolorosos que lo llevaron a la cama. Tenía el pulso bajo y sus latidos débiles. El tratamiento aplicado, típico de la época, fue arrojarle agua hirviendo en el pecho, cosa que se le hizo luego de colocarle la olla hirviendo en el pecho, con el cual reaccionó. La familia pasó al comedor y se quedó en la recámara con el médico.
 

Benito platicó al médico historias de su niñez y aprovechó para preguntarle si lo suyo era mortal, contestando el médico: “Sr. presidente: ¡Como lo siento!”. Juárez siguió mal.

Su familia estaba reunida, hijas, hijo, yernos y amigos que fueron llegando a la sala.
 

Juárez tuvo la insistencia de los ministros de relaciones exteriores José María Lafragua y el de la guerra, general Alatorre, en esa tarde ambos pidieron ver al presidente para recibir instrucciones. Juárez en ambos casos tuvo que vestirse y hablar con ellos, escucharlos y darles instrucciones.
 

Los médicos mexicanos Gabino Barreda y Rafael Lucio, que eran los más prestigiados acudieron a Palacio NNacional, pero nada pudieron hacer. Juárez se tendió de lado izquierdo poniendo una mano bajo su cabeza.
 

Muy fatigado, con evidente falta de oxígeno sonrió e inmediatamente murió. Eran las 23:35, del 18 de julio de 1872, cuando los tres médicos reunidos declararon muerto al presidente.


viernes, 24 de julio de 2015

Mujeres notables de México


Mujeres notables de México
Hasta muy entrado el siglo XX, la mujer era obligada a jugar un papel secundario dentro de la sociedad mexicana. 

Las mujeres difícilmente podían acceder a la educación profesional, generalmente eran educadas para el hogar e incluso existían varias publicaciones periódicas en las cuales podían conocer acerca del bordado, la cocina, primeros auxilios, arreglo personal y cómo ser una buena esposa. Y en esta sociedad para hombres, la historia de Matilde Montoya resulta digna de admiración.
 

Nació en 1857, se inscribió en la Escuela de Medicina y en 1873 obtuvo el título de obstetra. Comenzó a ejercer su profesión de partera con éxito.
 

Sin embargo, por una enfermedad dejó la Ciudad de México para instalarse en Puebla, donde pronto alcanzó notoriedad, lo que fue visto muy mal por los médicos varones, quienes se dieron a la tarea de difamarla y calumniarla hasta que la obligaron a marcharse de la ciudad.
 

Pero no se amedrentó, regresó a la Ciudad de México para recibirse de médico cirujano. Las familias conservadoras la acusaban de “impúdica y peligrosa
innovadora”.
 

Pero nada la detuvo y en 1887, el presidente de la república Porfirio Díaz le entregó el primer título de cirujano médico, que fue el primero otorgado a una mujer en la historia de México.
 

Durante la guerra de intervención francesa, Agustina Ramírez, originaria de Mocosito, Sinaloa, no fue una madre común y corriente, sufrió la muerte de su marido que había marchado al campo de batalla, pero no lo lloró, tomó valor y ofreció la vida de sus 12 hijos para la defensa de la república.
 

Solía decir: “Os los entrego, porque cuando la patria está en peligro, los hijos ya no pertenecen a los padres”.
 

Pero no sÓlo perdió al marido, sino a sus 12 hijos que había entregado. Según cuenta la historia: “¿Por qué Dios mío, no tengo otro esposo y otros 12 hijos para que continúen defendiendo la patria del invasor?”.
 

En marzo de 1913, durante una sesión espiritista realizada en la casa de la médium Josefina O’Brien, ubicada en la colonia Juárez, se apareció a Sor Juana Inés de la Cruz.
 

Ninguno de los presentes podía creerlo, pero todos quedaron impresionados por la experiencia.
 

“La décima Musa”, como se le conoció a la poetiza, dejó por escrito un poema dedicado a Francisco I. Madero, quien había sido asesinado unas semanas antes.
 

El poema titulado “Al Hermano Francisco I. Madero”, era muy breve y decía: “Así radiosas se elevan,/ las almas que se llevan/ en su amor a la fe./ Tranquilas.
 

Tramontan./ Se alejan serenas/ y sólo en su brillo os dejan aquí./Su brillo es el recuerdo,/ esa luz que no puede extinguirse;/ que en vuestras almas lleváis/ los que adoran lo que es la justicia,/ los que saben lo que es la verdad”.
 

(Tomado del anecdotario insólito de la Historia Mexicana de Alejandro Rosas).

Hechos insólitos de MÉXICO


Hechos insólitos de MÉXICO


El 7 de marzo de 1649, un portugués que esperaba la pena capital por haber asesinado al alguacil de Iztapalapa, decidió quitarse la vida antes de sufrir la muerte a manos de su verdugo. 

Al descubrir el cadáver, las ofendidas autoridades consideraron una burla el suicidio del portugués, debía morir, pero no por su propia mano.
 

Entonces determinaron no dejar impune su doble crimen -contra el alguacil y contra sí mismo- y luego de solicitar la autorización del arzobispo, dispusieron que el difunto sea ahorcado en la plaza mayor para que sirva de ejemplo.
 

Ante la sorpresa de todos, el cadáver del portugués fue montado en una mula y sostenido por un indio, dando la impresión de estar vivo.
 

Una vez en la plaza mayor, bajaron el cuerpo y lo “ahorcaron frente al Real Palacio, en el sitio en que se elevaba la picota pública”.

La justicia colonial se había encargado de dejarlo completamente muerto.
 

Don Francisco de Aguilar y Seijas, hombre virtuoso, sencillo, generoso, obispo de Michoacán y arzobispo de México, era acérrimo enemigo de las corridas de toros, de las peleas de gallos y muy particularmente de los juegos de azar.
 

Su obra material comprendía la fundación del Colegio Seminario, un hospital para mujeres dementes y dos casas de recogimiento para mujeres -La Misericordia y La Magdalena-.
 

Parecía un santo en la Tierra, sin embargo tenía un grave defecto: No podía entablar ningún tipo de relación con las mujeres.
 

Se contaba que desde joven evitaba mirarlas al rostro; en su servidumbre jamás permitió ninguna mujer; en sus sermones criticaba duramente cuanto defecto creía hallar en la mujer; siendo arzobispo, se resistía a visitar a los virreyes para no tratar con sus esposas y lo que es más notable aún, bajo pena de excomunión, prohibió que ninguna mujer traspasara los dinteles de su palacio arzobispal.
 

A finales del Siglo XVIII era común que en la Ciudad de México la gente realizara sus necesidades fisiológicas en la calle.
 

En 1790, el virrey Revillagigedo, expidió un bando para castigar este tipo de conducta.
 

Con la primera falta los hombres cumplían 24 horas de encarcelamiento; 48 horas por reincidir y las mismas horas si insistían en violar el bando del virrey, aunque con una modalidad nada agradable: Se les colgaba de cabeza hasta cumplir el castigo.
 

Las mujeres padecían penas más severas: Tres días de cárcel en cualquiera de los casos, pero si cometían el delito por tercera vez, se le agregaban 25 azotes en dos tandas.
 

Los castigos apenas eran suficientes para remediar el abuso de ensuciar las calles y plazuelas.
 

El enojo del virrey estaba justificado.
 

Cuando llegó a la Ciudad de México en 1790, la capital estaba convertida en un chiquero, lo que pudo remediar con el tiempo.
 

(Tomado del Anecdotario Insólito de la Historia Mexicana de Alejandro Rosas).



 

25

Hechos Insólitos -I parte-

La nación amaneció de luto el 22 de diciembre de 1869. La clase política, la masonería, decenas de periodistas y buena parte de la sociedad capitalina acompañaron el cortejo fúnebre del célebre político Francisco Zarco, que además fue periodista liberal, diputado constituyente en 1857, ministro en varios gobiernos y director del periódico El Siglo XIX. 

La gente se retiró del panteón de San Fernando, sin saber que la caja que vieron descender en la fosa no contenía el cuerpo de Zarco.
 

El cadáver previamente embalsamado, vestido de levita y un gorro, había sido colocado frente a una mesa, en actitud de estar escribiendo en la casa del diputado Felipe Sánchez Solís, amigo íntimo de Zarco. Durante varios meses la macabra escena se repetía: Al llegar a su hogar, el diputado Sánchez Solís tomaba algún libro o despachaba su correspondencia junto a su embalsamado amigo.

Este espectáculo finalizó cuando el diputado fue convencido de darle cristiana sepultura a Zarco, lo que ocurrió seis meses después.
 

La marquesa de Selva Nevada estaba felizmente embarazada. Poco antes de dar a luz en 1841, sufrió un extraño ataque.
 

La familia desconsolada decidió enterrarla y la ataviaron con sus mejores joyas. Joyas que llamaron la atención del no muy piadoso sacristán, que esperó a la medianoche y en compañía de otro individuo abrieron la sepultura para extraer las joyas.
 

Cuando trataba de arrancar una sortija, para su sorpresa la señora despertó y se dio cuenta del riesgo que corría se ser asesinada por los maleantes y les ofreció sus joyas si la salvaban al igual que el hijo que esperaba.
 

Con el tiempo, el niño de aquella mujer tuvo un gran destino, se convirtió en el arzobispo de Oaxaca y uno de los personajes más influyentes en el porfiriato: Eulogio Gillow, que casó al caudillo con Carmen Romero y se convirtió en uno de los pilares de la política de conciliación del porfiriato.
 

El gobernador del Distrito Federal, Juan José Baz, decidió vender a un italiano dueño de un circo, los trece cuerpos que se encontraron momificados en el convento de Santo Domingo de la Ciudad de México, sin tener la certeza de saber a qué personajes pertenecieron.
 

El italiano los llevó por Sudamérica durante la intervención francesa.
 

Al triunfo de la república, Juan José Baz fue, nombrado nuevamente gobernador y fue informado que una de las 13 momias era el cadáver del célebre patriota insurgente fray Servando Teresa de Mier, muerto en 1827.
 

El gobernador entonces realizó lo humanamente posible para recuperar los restos, pero fue inútil. El ajetreo de los viajes, las giras del circo, la diversidad de climas contribuyeron a que el cadáver de fray Servando desapareciera de la faz de la tierra.
 

(Tomado del Anecdotario Insólito de la Historia Mexicana de Alejandro Rosas).

 

 

 

 

 

Hechos insólitos -II parte-

Durante siglos, la actual calle de Madero del centro histórico de la Ciudad de México, era conocida como San Francisco, porque en su primer tramo se encontraba el famoso y magno convento de la orden franciscana; en su segundo tramo era conocida como Plateros, porque ahí se encontraba in sinnúmero de joyeros dedicados al trabajo de la plata. 

Por mucho tiempo fue la calle más importante de la gran ciudad.
 

El 8 de diciembre de 1914, la gente presenció la llegada de Francisco Villa a la esquina de San Francisco e Isabel La Católica.
 

El Centauro del Norte -como le llamaban a Villa-, bajó de su caballo, pidió una escalera, retiró la plaza que señalaba “Calle de San Francisco” y colocó una nueva con el nombre de “Francisco I. Madero”.
 

Para asegurarse que nadie intentaría cambiarla, pistola en mano lanzó una amenaza, juró acabar con aquel que se atreviera a retirar el nombre del ex-presidente -y amigo suyo-, asesinado un año antes.
 

Desee entonces esta calle lleva el nombre de Francisco I. Madero. Antonio López de Santa Anna, no sólo se encargó de perder batallas, guerras y hasta parte del territorio nacional, perdió también lo que pudo ser un negocio lucrativo para México.
 

En 1836, luego de la desastrosa guerra de Texas, Santa Anna cayó prisionero.
 

A un soldado estadounidense le pareció curioso ver que Santa Anna masticaba sin tragar lo que comía, entonces le preguntó lleno de curiosidad, qué era aquello que parecía no terminar nunca, a lo que Santa Anna respondió regalándole un pedazo de goma obtenido del chicozapote, que al probarla tenía un sabor dulce.
 

Tiempo después vino el estadounidense a México, para adquirir más de aquella goma, a la que le agregó varios sabores.

El visionario empresario estadounidense fundó una gran compañía y a partir de entonces, decidió firmar exclusivamente con su apellido.
 

En poco tiempo los anuncios lo hicieron famoso con una sola palabra. Adams.
 

Indudablemente el presidente Miguel Barragán era un hombre excéntrico.

Al morir en el cargo en 1836, como última voluntad, pidió que su cadáver fuera dividido y distribuido en los lugares que habían sido importantes durante su vida.
 

De esa forma, una parte quedó sepultada en la catedral de México, los ojos en el valle del Maíz, lugar de su nacimiento; el corazón en Guadalajara, donde había sido comandante general; las entrañas en la colegiata de Guadalupe y su lengua en San Juan de Ulúa, por haber tomado posesión de la fortaleza al rendirse los españoles en 1825.
 

(Tomado del Anecdotario Insólito de la Historia Mexicana de Alejandro Rosas).



Anécdotas históricas
A mediados del Siglo XIX, el lago de Texcoco aún no estaba completamente desecado y era posible recorrerlo en barco de vapor. 

La sociedad disfrutaba de Xochimilco, Ixtacalaco y de la hermosa transparencia del Valle de México, sin embargo, no podían faltar los accidentes.
 

En 1869, el vapor “Guatimoc” realizó seis viajes de prueba antes de invitar al presidente Juárez a realizar un recorrido por el lago.

Entre vítores, cohetones y música, don Benito fue despedido en el muelle de La Viga.
 

El vapor avanzaba arrojando su espesa de humo blanco, cuando un gran estruendo sacudió a los invitados: Una de las calderas había estallado.

No hubo muertos pero sí un buen susto.
 

En el periódico El Renacimiento, Ignacio M. Altamirano escribió: “Llama la atención la buena fortuna del presidente, quien sale ileso de todos los peligros”.
 

Juárez había logrado sobrevivir a 10 años de guerra y hubiera sido mala fortuna terminar en el fondo del lago por haber ido de paseo.

Pocas veces se había visto a Francisco Villa tan furioso como en los días posteriores a la toma de Zacatecas, cuando alguien, que seguramente quería morir, se atrevió a cortarle la energía eléctrica.
 

El encargado de la compañía de luz, don Antonio Cabral, era tan escrupuloso en el cumplimiento del deber, que no le importó hacerlo debido a que ni revolucionarios, ni federales habían pagado la luz en los últimos meses.
 

Villa reconoció la valentía de don Antonio y de inmediato ordenó pagar el adeudo, incluyendo, eso sí, un telegrama dirigido a don Antonio en un tono veladamente amenazador: “El encargado de la planta eléctrica se servirá dar corriente inmediatamente y sin excusas ni pretextos”.
 

Don Antonio cumplió con su parte y el enorme faro apostado en el cerro de la Bufa volvió a iluminar con su luz, la ciudad de Zacatecas.
 

La ceremonia del grito el 15 de septiembre de 1910, fue única en la Ciudad de México, no solo porque México celebraba el centenario de su independencia, sino porque fue boicoteada por los maderistas que todavía protestaban por el fraude electoral, en el que su candidato, Francisco I. Madero había sido encarcelado.
 

Aquella noche, cuando el presidente Porfirio Díaz se dispuso a tocar la campana y recordar la gesta heroica de Miguel Hidalgo, sucedió lo inesperado, al tocar la campana de la independencia no sonó.
 

“Alguien que seguramente quiso hacer una broma muy pesada, indudablemente un simpatizante nuestro -escribió Madero-, amarró el badajo y por más que el general Díaz estuvo jalando la cuerda, no logró que tocara”, fue necesario que un ayudante del presidente la desamarrara para continuar con la ceremonia, no con cierta frustración.

(Tomado del Anecdotario Insólito de la Historia Mexicana de Alejandro Rosas).


El problema cristero


El problema cristero
El general Álvaro Obregón, educado en un ambiente norteño muy distinto del centro y el occidente del país, tampoco entendía el mundo religioso de muchos mexicanos; pero fue más inteligente, más político y más pragmático que Plutarco Elías Calles, no se empeñó en aplicar el artículo 130 de la constitución política. 

Antes, Venustiano Carranza, norteño también, había entendido que el 130 resultaba inaplicable; pero Plutarco Elías Calles, magnífico estadista por otros conceptos, se propuso aplicar en todo la constitución.
 

Mucho se ha discutido esta actitud. Enrique Krauze dice que, como hijo ilegítimo, Plutarco Elías Calles sintió siempre por parte de la Iglesia un reproche continuo a su origen. Anaatol Shulgovski, historiador ruso interesado en México, dice que Calles, a diferencia de Carranza y Obregón no tenía “credenciales” revolucionarias que lo prestigiaran y que la persecución religiosa fue una forma de ganarse prestigio ante sus colegas revolucionarios.
 

El historiador Jesús Gómez Fregoso, dijo que sin negar ni refutar a estos dos autores, creía que Obregón y Calles, como buenos norteños de su tiempo, no entendían ni podían entender al México de estas latitudes.
 

El hecho es que Calles se empeñó en reglamentar el mundo religioso de los mexicanos. Si nos ponemos a analizar bien las cosas, veremos que el control que Calles pretendía sobre la iglesia era en realidad mucho más benigno que el que ejerció la corona española sobre la iglesia católica durante más de tres siglos con aquello de que el rey era el patrono de la iglesia: el regio patronato.
 

Baste decir que hasta los documentos del Papa tenían que pasar por la aprobación de la corona para que pudieran publicarse en México, en la Nueva España y en las demás colonias. Las diversas medidas que implementó Calles para reglamentar el artículo 130 molestaron a los obispos mexicanos que, en protesta, decidieron cerrar los templos.
 

Un obispo se opuso a dicha medida: Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de Guadalajara, quien insistía que tal medida era muy peligrosa porque irritaría a la gente, que sin duda reaccionaría en forma violenta.
 

La presión de casi todos los demás obispos fue tan grande que Orozco y Jiménez, para no ser la voz disonante, aceptó de mala gana, firmar la carta colectiva del episcopado que ordenaba el cierre de los templos.
 

Esta orden tuvo efecto a partir del 31 de julio de 1926, y en diversos puntos del país comenzaron a brotar grupos armados contra el gobierno de Calles.
 

Cada vez parece más claro que ni el gobierno federal ni los obispos, con excepción de Orozco y Jiménez, se imaginaron de lo que eran capaces los católicos indignados.
 

Fue una serie de intransigencias y de guerra entre las cúpulas del gobierno y de la jerarquía eclesiástica: el siempre sufrido pueblo fue el actor valiente y siempre ignorado.
 

Nadie niega que los soldados federales eran también parte del sufrido pueblo: verdadera carne de cañón.
 

Federales, cristeros y agraristas sufrieron las consecuencias de las altas negociaciones de los señores que debatían entre ellos.
 

Los mismos mártires de la persecución fueron parte de lo mismo.
 

(Extracto de un artículo de Jesús Gómez Fregoso, historiador y académico de la Universidad de Guadalajara, publicado el 5 de abril de 2002).


La constitución de 1917


La constitución de 1917
Este 5 de febrero nuestra actual constitución política cumple 98 años de vida. 

Sus antecedentes son: la española de Cádiz de 1812, en los Sentimientos de la Nación, de José María Morelos y en el decreto constitucional para la libertad de la América mexicana, o constitución de Apatzingán, de 1814, el acta constitutiva de la federación y la constitución de 1824, las siete leyes constitucionales de 1835-1836, las bases orgánicas de la República mexicana de 1843, el acta constitutiva y de reformas de 1847 y la Constitución de 1857.
 

En 1916 Carranza convocó al Congreso para presentar un proyecto de reformas a la constitución de 1857. La nueva constitución fue promulgada el 5 de febrero de 1917 en el teatro de la república de Querétaro.
 

En ella se establecieron los ideales revolucionarios del pueblo mexicano con un marcado contenido social y se plasmó un gobierno para todos los mexicanos sin distinción de raza, credo, condición social o política.
 

Estableció las garantías individuales y reconoció los derechos de huelga y el de organización de los trabajadores, el derecho a la educación; la libertad de culto, la enseñanza laica y gratuita, la jornada de trabajo máxima de 8 horas y la libertad de expresión y la asociación de los trabajadores.
 

Estableció una forma de gobierno republicana, representativa, demócrata y federal.
 

Se refrendó la división de poderes en ejecutivo, judicial y legislativo, éste último en 2 cámaras: Una de diputados y otra de senadores.
 

Decretó la no reelección y ratificó el sistema de elecciones directas, suprimió la vicepresidencia y otorgó una mayor autonomía al poder judicial y mayor soberanía a los estados.
 

Creó el municipio libre y estableció un ordenamiento agrario relativo a la propiedad de la tierra.
 

Desde entonces, ha experimentado múltiples modificaciones para responder al entorno político, social y económico de nuestro país. En 1953 se otorgó derecho de voto a las mujeres, en 1969 se concedió la ciudadanía a los mexicanos mayores de 18 años, así como sucesivas reformas electorales.
 

La constitución política ya tiene 94 años y como cualquier persona de esa experiencia, ya se le considera de la tercera edad y aunque se le han hecho cirugías plásticas para que se mantenga más o menos al día, ya merece algo más allá de una simple “manita de gato”.
 

El error mÁs grande de nuestra ciudadanía en los tiempos actuales, es el terror y flojera para leer, si no se lee, no se sabe y se convierte en un ignorante, pero si no se lee, mucho menos el ciudadano común pondrá los ojos en el contenido de nuestra constitución, de esta manera, los pocos que la conocen, se aprovechan fácilmente de la gran mayoría que es ignorante de su contenido.
 

Para poder ejercer nuestros derechos, lo primero que se debe de hacer es conocerlos y están contenidos en la Constitución política del país, sólo falta que la ciudadanía los tenga a la mano y los lea, así, será muy difícil que la minoría que los conoce al revés y al derecho, se aproveche de la otra parte de la población.
 

Como preparativo previo al próximo centenario de la promulgación de nuestra Constitución, esta semana, se exhiben en el vestíbulo del Teatro de la Ciudad, facsímiles de Sentimientos de la Nación, y las Constituciones de 1824, 1857 y 1917.
 

Un honor que en fecha tan significativa, estas reproducciones estén en Piedras Negras en su gira nacional iniciada en 2013.