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domingo, 13 de noviembre de 2016

Lo que tenga que ser será a su tiempo y en su momento

Lo que tenga que ser será a su tiempo y en su momento

Lo que tenga que ser será, a su tiempo y en su momento, porque el destino es incierto y a veces simplemente los vientos no soplan a nuestro favor ni nuestras velas están por la labor de izarse a pesar de nuestro empeño.
Dicen que las mejores cosas no se planean, que simplemente suceden y que es mejor no presionar al tiempo. Porque realmente si algo debe pasar, sucederá de todas maneras. Y si no debe hacerlo, pues no lo hará. Es simple.

Por eso de vez en cuando es bueno no planear ni esperar, dejar de exigir razones por las que seguir avanzando por un camino que no vemos muy claro y bajarnos del mundo de las expectativas y de las programaciones.

El hecho de que las cosas sean más sencillas de lo que en origen nos planteamos nos abre un gran abanico de posibilidades para disfrutar de la vida desde otra perspectiva mucho más relajada y simpática para nuestro bienestar.
Todo pasa, todo llega, todo se transforma

Probablemente todos estaremos de acuerdo en que somos producto de nuestras circunstancias y de nuestros deseos. Sin embargo, a veces estos resultan incompatibles o, al menos, nos cuesta digerir las consecuencias que acarrean. Esto genera preocupaciones que hacen que nos sintamos angustiados y, como se suele decir, amargan nuestra existencia.

En esta ocasión es bueno que echemos mano de un famoso proverbio árabe que encierra en sí mismo una lógica aplastante: Si tiene solución, ¿por qué te preocupas? Y si no la tiene, ¿por qué te preocupas?
Lo cierto es que sí, parece obvio que no deberíamos preocuparnos de aquello que no podemos resolver, pero dejarse llevar y mantener la calma en ciertos momentos puede ser prácticamente imposible.

Por eso quizás lo que debemos aprender es que hay ciertas cosas que se escapan de nuestro control y que dejar que la vida fluya y aceptar cuáles son las circunstancias es la mejor de nuestras opciones en muchas ocasiones.

No somos la coraza, somos la respiración

Somos aquello que digerimos, las piedras con las que tropezamos, los rasguños que no curamos y los finales trágicos de nuestra vida. No somos todo sonrisas, alegrías o verdades, también somos mentiras (las que nos cuentan y las que nos contamos), somos las críticas y las lágrimas que no lloramos.

Así que para abarcar con nuestras riendas todo lo que nos compone lo tenemos más que complicado. Pero esto no significa que tengamos que desconfiar de la felicidad o, simplemente, de las casualidades de la vida.

No se trata de creer o no creer en el destino, sino de dejar que las circunstancias nos sorprendan y así abrir las ventanas del relax emocional para que nos ayuden a reavivar nuestros sentimientos.

De vez en cuando es necesario huir de nosotros mismos y de nuestras expectativas. O sea, lavar nuestra mente para tomar perspectiva, contar hasta diez y rellenar de oxígeno nuestros pulmones.

Esto nos ayudará a no perder trenes y a no arrepentirnos de aquello que hemos perdido por nuestra inquieta manía de marcar los signos de puntuación de un texto. Cuando tenga que ser punto y final, que lo sea, pero respetemos los puntos suspensivos, las comas y los puntos y aparte.
Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte y que es precisamente ese impulso el que te ayuda a recorrer kilómetros y kilómetros de caminos de piedras con los pies descalzos.  La verdad es que la clave está en estrujar los errores y en disfrutar de los vientos del cambio.

Recuerda que aquellas partes de ti con las que no conectas habitualmente pierden la fuerza que necesitan para activarse. Por eso, no dejes que la vida pase mirando cómo se consumen las pilas de tu reloj, no retrocedas en el tiempo.

Dale continuidad, aprende a relajarte, a mirar con lupa aquellos pensamientos que te dañan y a contemplar la vida con paciencia. No intentes planear cada milímetro de tu recorrido, a veces simplemente necesitas desenfocar tu cámara, dejar que pase el tiempo y dejarte llevar por las casualidades.


Bibliografía recomendada:
Csikszentmihalyi, M. (1997). Fluir (flow): una psicología de la felicidad. Barcelona: Kairós. ISBN: 9788472453722


No corras detrás de alguien que ya sabe dónde estás

No corras detrás de alguien que ya sabe dónde estás

¿Por qué amargarse la vida por aquellos que no se preocupan por nosotros y que no nos tienen en cuenta? Es fundamental aprender a distinguir y, sobre todo, quererse uno mismo.

No corras tras alguien que no te busca, que te exige o que quiere que vayas besando el suelo que pisa. No lo hagas porque, quien de verdad te merece, te quiere a su lado y no a su espalda.
Recuerda que la indiferencia es la mejor muestra de “no amor”.
Si aún puede aportarte algo, lo hará y, si no es así, un adiós es el mejor agradecimiento que puedes ofrecerte a ti mismo. El interés, el cariño y el amor no hablan el mismo lenguaje que el egoísmo o la indiferencia.

La atención no se mendiga ni se acepta en migajas. Si lo hacemos estaremos cometiendo una gran injusticia emocional con nosotros mismos. El cariño se debe demostrar en equilibrio, pues será la base que cimiente nuestra relación.

Ni tú eres para tanto ni yo para tan poco

La indiferencia de los demás acaba generando en nosotros la sensación de que no merecemos la pena y que no somos persona gratas para los demás. No podemos permitirnos pagar este alto precio.

Es fácil acabar sintiendo algo así cuando las muestras de indiferencia y desgana se manifiestan constantes hacia nosotros mismos, hacia los intercambios que ofrecemos y hacia la construcción de una relación significativa.
No se trata de menospreciar a los demás, sino de valorarnos nosotros y de hacer patentes e importantes nuestras necesidades afectivas y nuestras inquietudes. Este será el pilar básico que sostenga relaciones sólidas y saludables, mientras que la indiferencia solo las destruye.

El interés mutuo y la reciprocidad sentimental es algo a lo que NUNCA debemos renunciar. Ni siquiera tenemos que resignarnos a no obtenerlo por llevar muchos años en una relación estable.

De hecho, no solo hablamos del bienestar individual, sino del ajeno y del relacional. Los tres en conjunción nos ofrecen la posibilidad de que nuestras relaciones sean gratificantes y justas. Solo en estas condiciones estaremos en disposición de crecer junto a los demás.

No busques, permite que te encuentren

Tu número de teléfono tiene los mismos dígitos que los que estás marcando día tras día y que nunca marcan por ti. Piensa que, cuando alguien quiere, es capaz de remover cielo y tierra por estar a tu lado y hacer sentir bien.

Puede que algunas ausencias sean consecuencia de la impuntualidad vital, de los ajetreos diarios y de una verdadera falta de tiempo. Sin embargo, el desinterés reiterado será el que marque las diferencias.
Arrastrarte y suplicar un cariño que no es sincero no es saludable ni a corto ni a largo plazo. Puede que ciertas muestras te lleguen a enternecer, pero realmente la balanza está desequilibrada y deberás mirar con lupa aquellos motivos que te siguen manteniendo anclado en esta relación.

Si de verdad sientes la injusticia emocional, probablemente no te compense estar sometiéndote a una relación que te está causando gran sufrimiento.  No debes convertirte nunca en marioneta de las necesidades de los demás ni de sus antojos.

Debes hacerte valer y tener claro lo que mereces. Tienes derecho a que te llamen y a que contesten tus llamadas. Puedes permitirte no extrañar a quien no te busca. Puedes permitirte no someterte al castigo de la indiferencia.

De hecho, debes comenzar a valorarte y a quererte bien. Los milagros no suceden y, como hemos dicho, el amor se debe demostrar y sentir, pero nunca implorar. Tu cariño debe ser para quienes te quieren, te aceptan y te comprenden sin juicios ni exigencias.

Regala tu ausencia a quien no valore tu presencia

Es habitual que no valoremos lo que tenemos y que descuidemos y desaprovechemos las oportunidades para relacionarnos con nuestros seres queridos. No obstante, la indiferencia continuada tiene otros tintes y podemos ver en su reflejo el egoísmo y el desinterés desmedido.
Esta dejadez propia de la indiferencia a veces se colma de desprecios, lo que genera situaciones muy dolorosas que deterioran la visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestras relaciones con los demás.

En estos casos en los que la consecuencia de la indiferencia resulte en la merma de nuestra autoestima y nuestra salud emocional, debemos aprender a regalar nuestra ausencia, pues no se está valorando nuestra presencia.

Como venimos diciendo no debemos resignarnos a sentirnos infravalorados y descuidamos porque, al final, acabamos “creyéndonos” que no somos merecedores de compañía ni de reciprocidad.

Sin embargo, debemos tener muy presente que para que se nos valore, debemos hacerlo nosotros primero.

Así que el primer paso para cuidar la imagen que tenemos de nosotros mismos es hacernos valer y destacar que la indiferencia de esa persona debe servirnos para reafirmar todo aquello que cimentará nuestro amor propio y nuestro crecimiento personal.
No te olvides de sonreírle al espejo, quiérete y valórate por lo que eres y no por lo que los demás quieren proyectar en ti. Ámate y date cuenta de que el hecho de que alguien te descuide no quiere decir que debas resignarte.

Rodéate siempre de aquellas personas que te quieran en su vida, porque las que no te quieran, seguramente, te harán sufrir.


No nos hace bien dar sin recibir. Por eso debemos darnos cuenta de que quedarnos cerca de alguien puede significar ir demasiado lejos para nosotros y para nuestro recorrido. Quizás estemos hipotecando años de una vida que no tiene billete de vuelta y eso no nos lo podemos permitir. Nunca.




jueves, 11 de octubre de 2012

Congruencia al pensar y sentir

Uno de los poderes del ser humano es el de la persuasión. ¿Pero qué hace que una persona sea persuasiva y que otra simplemente no tenga ese “ángel”?
La persuasión es una forma de influencia social. Es el proceso de guiar a una o más personas hacia la adopción de una idea, actitud o acción por medios racionales y simbólicos, aunque no siempre lógicos. Es una estrategia para resolver problemas utilizando el “appeal” en lugar de la fuerza. En otras palabras, dado que se asocia más a un proceso subjetivo, en lugar de ser netamente objetivo, la persuasión está más relacionada con la seducción que con el ejercicio lógico.

Roberto Cialdini, conocido psicólogo y autor de importantes libros sobre el tema de la persuasión, actualmente profesor de psicología de la Universidad del Estado de Arizona, EEUU, define seis “armas de influencia’’:

* Reciprocidad. Las personas tienden a devolver favores. Esto explica lo comunes que son las muestras gratis en mercadotecnia. En sus conferencias, Cialdini usa frecuentemente el ejemplo de Etiopía dando miles de dólares de ayuda humanitaria a México tras el terremoto de 1985, retornando favores históricos (hace más de 40 años México había ayudado a Etiopía).

* Compromiso y consistencia. Las personas que hacen un compromiso para lograr algún objetivo, tienden a honrar ese objetivo más frecuentemente. Sin embargo, si la motivación para el compromiso inicial se elimina, las personas tienden a mantener el objetivo. Por ejemplo, en ventas de carros, aumentar el valor de precio súbitamente al final funciona, ya que el comprador ya ha decidido hacer la compra.

* Prueba social. Las personas tienden a replicar comportamientos que ven en otras personas. Por ejemplo, en un experimento, una o más personas comienzan a mirar hacia el cielo, y terminan estimulando a transeúntes a mirar al cielo también.
* Autoridad. Tendencia a obedecer figuras de autoridad, incluso si éstas realizan actos objetables.
* Gusto. La atracción física influye positivamente en el ejercicio de persuasión. Si una persona que resulta agradable para el público presenta una idea, es más factible que dicha idea sea aceptaba que si el presentador tiene un aspecto que para el público resulta desagradable, desaliñado y en general poco atractivo.

* Escasez. La percepción de escasez genera demanda. Explica el uso de ofertas “por tiempo limitado” y su efecto positivo en ventas.
Con esto dicho, hay que recordar que la persuasión más eficiente, la que mejor funciona, es la que se hace de forma genuina, es decir, la que se sale del corazón.

Para no perderse

Eckhart Tolle es uno de los expositores espirituales más reconocidos de la última década. Afirma haber experimentado un despertar espiritual a los 29 años, después de padecer largos períodos de depresión. Su libro “El Poder del Ahora” enfatiza la importancia de ser consciente del momento presente para no perderse en los pensamientos.
Tolle expone que el presente es la puerta de acceso a una elevada sensación de paz. Afirma que “ser ahora” conlleva una conciencia que está más allá de la mente, una conciencia que ayuda a trascender el “cuerpo del dolor” que es creado por la identificación con la mente y el ego.
En uno de sus escritos, afirma que dependemos de la Naturaleza no sólo para la supervivencia física. También necesitamos de la Naturaleza para que nos enseñe el camino a casa. El camino de salida de la prisión de nuestras mentes.

Nos hemos perdido, dice, en el hacer, en el pensar, en el recordar, en el anticipar: estamos perdidos en un complejo laberinto, en un mundo de problemas. Hemos olvidado lo que las rocas, las plantas y los animales ya saben. Nos hemos olvidado de ser. De ser nosotros mismos, de estar en silencio, estar donde la vida está: aquí y ahora, aconseja Tolle.
Llevar tu atención a una piedra, a un árbol o a un animal no significa pensar en ellos, sino percibirlos, darte cuenta de ellos, afirma el autor. Al darte cuenta de ello, tú también entras en un lugar de profundo reposo dentro de ti mismo.
Cuando camines o descanses en la Naturaleza, honra ese reino permaneciendo allí plenamente. Serénate. Mira. Escucha. Observa cómo cada planta y animal son completamente ellos mismos.
A diferencia de los humanos, no están divididos en dos. No viven a través de imágenes mentales de sí mismos, y por eso no tienen que preocuparse de proteger y potenciar esas imágenes, apunta Eckhart Tolle.
Todas las cosas naturales además de estar unificadas consigo mismas, están unificadas con la totalidad. No se han apartado del entramado de la totalidad, reclamando una existencia separada “yo”, el gran creador de conflictos, nos recuerda el autor de “El Poder del Ahora”.
Tú no creaste tu cuerpo, dice, y tampoco eres capaz de controlar las funciones corporales. En tu cuerpo opera una inteligencia mayor que la mente humana. Es la misma inteligencia que lo sustenta todo en la Naturaleza. Para acercarte al máximo a esa inteligencia, sé consciente de tu propio campo energético interno, siente la vida, la presencia que anima el organismo.

Observa, siente un animal, una flor, un árbol y mira cómo descansan en el ser. Cada uno de ellos es él mismo. Tienen una enorme dignidad, inocencia, santidad. En el momento que miras más allá de las etiquetas mentales, sientes la dimensión inefable de la naturaleza, que no puede ser comprendida por el pensamiento.

El aire que respiras es natural como el propio proceso de respirar. Dirige la atención a tu respiración y date cuenta de que no eres quien respira. La respiración es natural. Conéctate con la naturaleza del modo más íntimo e interno, percibiendo tu propia respiración y aprendiendo a mantener tu atención en ella, aconseja el autor.
Esta es una práctica muy curativa y energizante. Produce un cambio de conciencia que te permite pasar del mundo conceptual del pensamiento al ramo de la conciencia incondicionada. Necesitas que la Naturaleza te enseñe y ayude a reconectar con tu ser. No estás separado de la Naturaleza. Todos somos parte de la vida. Una que se manifiesta en incontables formas en todo el universo, formas que están todas ellas, interconectadas, afirma.
Cuando reconoces la santidad, la belleza, la increíble quietud y dignidad en que una flor o un árbol existen, tú añades algo a esa flor o ese árbol, reflexiona el gurú espiritual. Pensar es una etapa en la evolución de la vida. La Naturaleza existe en la quietud inocente que es anterior a la aparición del pensamiento. Cuando los seres humanos se aquietan, van más allá del pensamiento. La quietud está más allá del pensamiento, contiene una dimensión añadida de conocimiento de conciencia. La naturaleza puede llevarte a la quietud. Ese es el regalo para ti, dice.

Cuando percibes a la Naturaleza y te unes a ella en el campo de la quietud, ésta se llena de tu conciencia. Ese es tu regalo a la Naturaleza. A través de ti, la Naturaleza toma conciencia de sí misma. Es como si la Naturaleza te hubiera estado esperando durante millones de años.
Al centrar la atención y preocupación en crear y mantener una falsa imagen llamada ego o máscara social, literalmente nos drenamos de energía al tratar de “ser” algo que realmente no somos. Así, la propuesta es reconocer, en la quietud de la meditación, la oración, la reflexión, quién realmente somos y lo que verdaderamente queremos; es re-conocerse a uno mismo en un espacio de silencio, saludando la verdadera Naturaleza.

La paradoja de la Adversidad

¡Soy la Adversidad y siempre que se habla de mí se hace referencia a una situación desgraciada! Produzco efectos muy diversos en los seres humanos: desde preocupaciones agudas hasta tristezas infinitas
Sé que cuando aparezco causo una desdicha y un infortunio que ensombrecen el alma del que las sufre. El infortunado que recibe mi golpe se desconcierta, pues quisiera la ayuda y compañía de sus amigos, pero por desgracia, encuentra a la mayoría de ellos, dormidos: no acuden en su ayuda.
No se ha hecho un estudio de los efectos que produzco, ya que no siempre destruyo como se piensa; de hecho, se me soporta con más facilidad que a la propia felicidad. Cuando la dicha se apodera de una persona puede producirle males mayores que cuando yo me presento. La felicidad y el éxito se roban el ama y es tanta la luz que producen, que por lo general deslumbran y ciegan al que se pensaba que era un afortunado. Pocos pueden manejar la felicidad y el éxito, y en cambio a mí, la Adversidad, pueden manejarme y soportarme la mayoría de los hombres.

¿Quiénes me han derrotado? Se los voy a decir, pues no soy siempre tan malvada como parezco: me han derrotado los osados, los audaces y atrevidos. A los que se quedan en medio de su infortunio los detesto y más me ensaño con ellos: al verlos acobardados se incrementa mi ira, e incito a nuevas desgracias para que incrementen su inicial daño. Y en cambio temo a los que toman soluciones arriesgadísimas y extremas.
Envidio a los audaces y atrevidos, y me causan tal miedo que disminuyo la fuerza de mis golpes, dejo de invitar a otras adversidades, y con frecuencia huyo y me retiro.
No saben los hombres que no hay peor Adversidad que no haber sufrido ninguna. A quien nunca la ha padecido, lo ataco y lo tomo por sorpresa y lo hago fácilmente mi presa, pues nunca ha tenido la experiencia del infortunio y la desdicha.

Los seres humanos ignoran que soy la mejor fuente de la sabiduría. Los conocimientos de la historia y de los escritores más sabios de la humanidad empalidecen ante el inmenso poder de mis enseñanzas. Los humanos no saben que lo mejor del conocimiento de sí mismo y de la sabiduría sólo lo da el intenso sufrimiento. El dolor si es prolongado crea la sabiduría y hace a las personas más sabias, prudentes y sensatas. La vida cómoda y sin sufrimiento nunca ha producido a seres superiores y a valientes que sepan enfrentar las crudezas de la existencia.
Imposible que una persona pueda conocerse a sí, si yo no acudo a su vida. En mi presencia, el hombre deja de ser niño para convertirse en un adulto sabio: por vez primera se dará plenamente cuenta de que su narcisista y loca idea de su “invulnerabilidad” solamente era un mito guardado en su cabecita de ingenuo y de niño.
Como Adversidad que soy, no puedo negar que la prosperidad enseña y es un buen maestro, pero yo soy una maestra impar: meto a los que les pego, hasta el tuétano de la existencia; no sólo perforo su piel y músculos, sino que también les estrujo el corazón. Los aprendizajes que doy, si están alertas, le son muchísimo más útiles que las enseñanzas de las muchas veces, “vana victoria”. Yo no solamente enseño, sino que educo, y en este sentido mi educación transforma actitudes, pensamientos, sentimientos y conductas. Al que golpeo fuerte jamás volverá a ser la misma persona: si aprende de mí, será mejor en todos los sentidos.
Como adversidad, mi primer y gran consejo que puedo darles a los que no han sufrido grandes adversidades, es decirles que la vida es difícil, pero una vez que han aceptado en su corazón que la vida es difícil y que va a ser extremadamente difícil en ciertas circunstancias, no se sorprenderán cuando llegue a visitarlos.

Y algo más quiero decirles: la prosperidad y una vida sin adversidades no es propicia para despertar los talentos; en cambio, el infortunio los despierta y aviva. ¿Qué no recuerdan el sabio refrán?: “La necesidad es la madre de todas las ciencias”.
Ante el infortunio, ningún recurso es mejor que nuestra bravura. La buena suerte, quizá por ser mujer, es seducida por los atrevidos y valientes.

¡Seamos sensatos!: si contamos los días de brumas y de infortunios, siempre serán menos que los días de sol. ¡Ante la Adversidad dos posturas podemos asumir!: someternos a ella, empalidecer y temblar; o bien, retarla y enfrentarla con coraje. Un corazón osado produce milagros.

Jacinto Faya Viesca

El Sagaz y el Ingenuo

Ya habíamos platicado anteriormente –le dijo el Sagaz al Ingenuo–, de la extrema importancia de añadir a muchos de nuestros actos y palabras una dosis de arte, de belleza; de decir y de presentar bien las cosas. Por ejemplo: si vamos a tener una entrevista, es indispensable ayudar a nuestra naturaleza vistiendo con sencillez, pero respetando la limpieza y el buen gusto.
También –continuo hablando el Sagaz–, nada nos cuesta que nuestras ideas no se manchen con malas palabras, pues ello no solamente es de pésimo gusto, sino que desmerece la fuerza de nuestra inteligencia y de nuestro mensaje. Añadirle una dosis de belleza a lo que hacemos o decimos, es no dejar a nuestra naturaleza sola, sino ayudarla. El hablar y obrar con una dosis de belleza, es decir, de arte, produce verdaderos milagros. Igual que conducirnos con grosería, descuido y fealdad, es no respetar a los otros, y esto produce monstruosidades
¡Muy bien –le contesto el Ingenuo! ¿Y qué me dices del dicho tan popular de que el “modo” como digamos y hagamos las cosas es muy importante? Mira –le respondió el Sagaz: la realidad es lo que las cosas son en sí, mientras que el “modo” es la forma. ¡Veamos!: cuando das un regalo, el fondo es el regalo y el modo o forma es cómo lo entregas. El regalo puede ser algo sencillo y lo puedes entregar sin ninguna envoltura ni delicadeza. El modo y la forma son la envoltura del regalo y tu buena actitud y cortesía con que lo entregas.

Una persona –siguió hablando el Sagaz–, puede negar un favor que alguien le pida, y lo negará de tal modo, que la persona se retirara satisfecha y hasta halagada. En cambio podemos conceder lo que se nos pide, y al dar podremos ofender por el mal modo, la pésima forma como nos negamos. Es decir: que alguien negando, deja contento al que se le negó; mientras que otra persona, concediendo, deja ofendido al que recibió. ¿Vez la inmensa diferencia? Solamente por esta reflexión nos dice Gracián, Cleóbulo, pensador de la Roma Antigua, mereció ser considerado como el mejor de los sabios.

Si nos comportamos con malos modos –continuó razonando el Sagaz–, cualquier persona estará dispuesta a negarnos lo que por justicia nos corresponde, y a contrariar nuestro acertado juicio. Y es que nuestros malos modos, nuestra descuidada y pésima forma, resulta insultante al otro. Sin un buen modo, todo lo bello nos parece feo, lo inteligente lo calificamos como tonto, y nuestro corazón se cierra para no conceder. Y es que un mal modo produce desastres, mientras que un buen modo obra milagros. ¡Excelente enseñanza –dijo el Ingenuo!

¡Otra cuestión importante –dijo el Sagaz: la verdad muchas veces resulta amarga y repugnante! Pero si es necesario que digamos verdades amargas, y las decimos con humildad, delicadeza, dulzura y buena intención, podemos salir bien librados. Y si la verdad amarga la decimos con frialdad y de mal modo, siempre obtendremos enemigos y daños seguros. Y es que el buen modo lo suple casi todo y nos abre las puertas.
No estamos hablando de la adulación, que es algo muy distinto, sino de la “forma” como hacemos y decimos las cosas. La buena forma, el buen modo, hace que otros nos dispensen nuestras carencias y desaciertos, y que ellos mismos suplan nuestras deficiencias. Y es que un buen modo le da al otro fuerza y disposición de corazón para ayudarnos, mientras que un mal modo lo forzará a ver carencias y desaciertos donde no los hay. El buen modo nos salva, y el mal modo nos condena y arruina. ¡Esta reflexión será una de las más importantes de mi vida –le contestó el Ingenuo!

Como tu empiezas a caminar por la vida y cuentas con muy poca experiencia –le dijo el Sagaz a su amigo el Ingenuo–, te voy a dar un consejo que yo lo aprendí de los más grandes hombres de la antigüedad de Roma y Grecia. Si estudias detenidamente la vida de los grandes hombres del pasado y también la de grandes triunfadores del presente, vas a encontrar una cualidad de la que gozaron y ejercieron estas relevantes personas.
Todos ellos –siguió hablando el Sagaz–, tuvieron la habilidad de aprovecharse de la sabiduría y experiencia de muchas personas superiores a ellos en las materias que los consultaban. Durante todas sus vidas pidieron consejo y ayuda en materias que desconocían. Si tenían algún problema serio, acudían al experto a que lucharan por ellos. Si requerían el sabio consejo en una materia delicada, no pretendían estudiarla, sino acudir al conocedor.
De esta manera –continuó el Sagaz–, contaban a su disposición de muchas personas sabias y experimentadas. No sé por qué razón, pero cuando alguien acude por nuestro consejo, se despierta en nosotros un deseo de servir. La persona sagaz conoce de ésta debilidad del corazón, y acude con todo tipo de expertos. Y de esta manera, aprovecha de manera magnifica los conocimientos, experiencia y sabiduría de tantas personas como a las que él quiera a solicitar su ayuda. ¡Qué desperdicio en nuestras vidas – le contesto el Ingenuo–, al contar con tantas personas superiores a nosotros que podrían ayudarnos con sus consejos, y que nosotros no tomamos en cuenta!

De poner en práctica estos consejos las oportunidades de nuestras vidas se verían beneficiadas en muy alto grado.

Diálogo entre la Dificultad y la Facilidad

¡Me acusas de no ser esforzada, de gustarme la comodidad, de ser ligera, simplista, de elegir los caminos más sencillos – le dijo la Facilidad a la Dificultad!
¡No te acuso de algo que no sea cierto – le replicó la Dificultad! Si fueras comerciante, no te esforzarías por hacer ventas de contado, pero como eres comodina, pregonas tus artículos a precios bajos y “fáciles abonos”.
Los seres humanos – siguió hablando la Dificultad -, tienden a lo fácil, al menor esfuerzo, y no a recorrer el camino completo, sino a tomar atajos chapuceros. Y esta es una de las más grandes desgracias de las personas. Y tú, Facilidad, te empeñas aun, en facilitarles las cosas.
Si pudieran verte – continuó la Dificultad -, te darías cuenta que tu nombre está escrito con azúcar, que a todos gustas, pues a todos engañas con tus promesas de hacer las cosas “fáciles”. No soportas vivir en la realidad, y por ello, tu lenguaje está siempre lleno de miel, pintas todo de color de rosa, y tus tres mejores amigas son: la ingenuidad, la inocencia, y la falsa esperanza. Si te hubieran corregido, si de niña hubieras vivido entre los espartanos de hace 2 mil años, verías las cosas de manera diferente. Pero no: se te hizo vivir en las nubes, y desde entonces, no te bajas de ellas.
Creo que me tienes envidia – le respondió la Facilidad -, pues tú tienes que vivir permanentemente entre las adversidades, y ello, como bien sabes -, no es una vida “color de rosa”. Pudiera ser, que te guste lo difícil porque sólo la gloria se alcanza después de grandes trabajos. Y si fuera así, tu problema consistiría en tu gran ambición, que no te permite disfrutar de “las pequeñas grandes cosas de la vida”.
¡Creo – continuo hablando la Facilidad, que uno de tus más grandes problemas comenzó cuando te diste cuenta, que podías hacer muchas de las cosas que te propusieras! Tus esfuerzos, luchas y desvelos, empezaron a dar sus frutos, pero como eres muy ambiciosa, querías todo: el triunfo, la gloria, fama, riquezas; y a la vez, anhelabas el descanso y la paz. Sin duda, fuiste más ingenua que yo. Yo me conformé con el color rosa y con el corazón de una paloma. Pero tú, quisiste siempre tener el corazón de un gavilán, y solo los colores estridentes y fuertes como el rojo, llamaban la atención de tus ambiciosos ojos.

¡Defiéndete como quieras – le respondió la Dificultad! Pero la verdad, es que la vida es difícil. Nacemos soltando el llanto, y morimos en un espantoso silencio. Los caminos del bien no son los que están flanqueados por las más hermosas flores, sino los pedregosos, los llenos de espinas, los que van cuesta arriba. La vida está llena de obstáculos, inconvenientes, de altas barreras, de callejones y laberintos sin salida. Estamos siempre, entre la espada y la pared.
Este mar de dificultades – siguió hablando la Dificultad -, sólo podremos navegarlo con prudencia, coraje, esfuerzos enormes y constantes. Si creemos que las rugientes y espumosas olas del mar son nuestras cariñosas amigas, nos iremos a pique. ¡Ya me imagino a ti, ingenua Facilidad, metiéndote entre las espadas de bandos contrarios, hablándoles de paz y de ternura! ¡Tú sabes, que no sobrevivirías ni un minuto!
Nuestro mundo – dijo la Dificultad -, requiere de mucha mayor prudencia, disciplina, esfuerzos perseverantes, y de un ánimo heroico. El mundo no nos ha puesto un banquete a base de purés de manzana y de otros blandos alimentos. Las dificultades de nuestra existencia nos exigen dientes y colmillos fuertes y muelas trituradoras. No es que estemos en guerra todos contra todos, sino que la complejidad creciente de todas las condiciones de nuestra existencia, nos reclama a una constante acción en todos los campos de la vida.
¡Debemos de estar muy alertas – dijo la Dificultad! Caer en la cuenta, que en toda empresa y acción que iniciemos, las dificultades van aumentando en la medida en que nos vamos acercando al fin de esa acción o empresa. Por desgracia, creemos lo contrario: si el principio y el medio han sido exitosos, descuidamos el tramo final. Y tampoco debemos caer en la ingenuidad de que son previsibles todo tipo de dificultades. A las dificultades les gustan las sorpresas, de ahí, que surjan donde nadie las espera.
Observemos que la Facilidad, hizo su cama entre algodones de nubes, luego tomó un pedazo de fino y delgado celaje de color rosa naranja, y se dispuso a dormir, con la firme creencia, de que las estrellas del bellísimo firmamento, cuidarían su sueño. Y la Dificultad, antes de dormir, preparó sus instrumentos de trabajo para emprender con ánimo resuelto un nuevo día, dispuesta a luchar con todas las dificultades que se le presentaran.

miércoles, 10 de octubre de 2012

La dicha personal

La dicha personal

¿Cómo podemos manejar nuestras vidas si no nos guía la racionalidad y el juicio crítico?
El “juicio crítico” es la capacidad que tenemos todas las personas para analizar una determinada situación, conductas, y opiniones. Pero desafortunadamente, la sociedad de consumo enloquecida de nuestros días, nos ha impedido en gran parte, ejercer esta capacidad.
Sin juicio crítico, somos como niños pequeños que se deslumbran con sonajas, espejitos y juguetes. Y lo verdaderamente peligroso, es que la ausencia de juicio crítico, nos ha alejado de una cabal comprensión de lo que está pasando en nuestra sociedad, en la vida de nuestros hijos y cónyuges, y en nuestras propias vidas. Sin el ejercicio de análisis racional de situaciones y personas, somos como marionetas movidas por las modas y los mitos colectivos.
No nos hemos dado cuenta de que nuestra dicha depende en gran parte de que sepamos precisar el valor de cada cosa, y de saber cuáles son los factores reales que configuran a nuestra sociedad. Por ejemplo: No nos hemos percatado que la cultura y las ciencias han sido construidas por la racionalidad de los seres humanos, mientras que el manejo de esta cultura y ciencias dependen en muchas ocasiones, de la irracionalidad y caprichos de los poderosos de nuestra sociedad ultra capitalista.
Hoy en día, ya no tenemos un concepto unificado y con sentido racional, de la técnica, la economía, las ciencias, y la política. Ahora, cada uno de estos campos ha logrado, por desgracia, su autonomía e independencia. Se puede ser científico sin tener la más mínima idea de los altos fines de la política, o pontificar sobre la economía sin entender los mínimos principios de la sociología.

Y a tal grado está fragmentada la concepción de la vida humana, que las ciencias, la economía, la técnica y la política, ya nada tienen que ver con la ética pública y privada.
Por ello, ¿qué importa que se vendan una enorme variedad de artículos y servicios, si existen bancos que nos prestan por codicia, y compañías que nos entregan la mercancía a plazos, con la sola ilusión de lucro? Si la economía está creciendo asombrosamente, ¿importa que los bancos especulen sin control alguno? Si no sabemos que la especulación y las grandes ofertas tienen como motores a la codicia sin freno, es lógico que lo racional de la economía se desplome ante la irracionalidad de especuladores y de gobernantes deslumbrados por el aparente éxito económico.
Si la moral pública y privada hubiera sido considerada como la principal directriz de la economía y de las políticas gubernamentales, no estaría ahora el mundo sufriendo por la peor crisis económica de los Estados Unidos, que arrastró en su codicia a casi todos los países del mundo.
Y precisamente, las personas, en particular, por no haber ejercido nuestro juicio crítico, nos atragantamos de todo lo que nos venda una sociedad manipulada por unos cuantos que manejan la economía, los gobiernos y las modas.
La moda y el mito es consumir cada vez más, a fin de ser felices, aun y cuando el consumo indiscriminado nos deje en la ruina financiera y nos robe nuestra libertad personal.
Y es que, ¿cómo podemos ser realmente libres y manejar nuestras vidas si no nos guía la racionalidad y el juicio crítico? ¿Cómo podemos valorar el ser arrastrados por modas y codicias, si la ética, no es la estrella polar que orienta nuestras vidas?

Ya sabemos, que los mitos colectivos, entre otros, son: Persigue el éxito económico, ten mucho para que valgas mucho, si no consumes lo que está de moda es que eres un mediocre, guíate por la técnica y las ciencias, si la televisión lo dijo es que es cierto, si tu situación económica es boyante tú serás más feliz, las personas realizadas viven con lujos, y mucho mitos colectivos más.
¿Y la ética forma parte de estos mitos colectivos? La ética no forma parte de ninguno de éstos mitos. Los valores espirituales son mal vistos por una sociedad de consumo desenfrenada y enloquecida.

Debemos pensar seriamente sobre los grandes mitos colectivos que dominan en nuestra sociedad: La moda en infinidad de artículos y de servicios, invertir en la bolsa de valores aun y cuando perdamos hasta la camisa, la creencia de una buena política cuando lo políticos son irracionales y están apartados de la ética privada y pública.

El Sabio y el Aprendiz 2

El Sabio y el Aprendiz

Me doy cuenta de que muchas personas triunfan sin que estén dotados de mucha inteligencia o instrucción, y no sé la causa de sus éxitos –le dijo el Aprendiz al Sabio.
¡Préstame mucha atención -le dijo el Sabio a su amigo-, y te diré una de esas causas! Estas personas triunfadoras a las que te refieres, aun sin gozar de grandes capacidades o de una elevada educación escolar, aplican uno de los más importantes secretos del éxito: “deciden lo que quieren hacer, y perseveran en su decisión”.
Muy seguramente –siguió hablando el Sabio-, éste sea una de las dos o tres claves más grandes del éxito en todos los propósitos de los seres humanos. Cuando una persona se decide con todas las fuerzas de su alma a dedicarse a una actividad determinada, todo su sistema cerebral se orienta a realizar ese propósito. Es muy similar al hecho de que con una gran lupa concentramos los rayos del sol en un solo rayo, que es tan poderoso, que prendemos fuego con él. Lo mismo sucede con nuestro cerebro: cuando nos avocamos a una tarea, nuestras redes neuronales se concentran poderosamente en ese objetivo.

Por ello –le siguió diciendo el Sabio a su amigo-, aun en las tareas más sencillas, se dan grandes triunfos, pues ese cerebro de estas personas no trabajan difusamente, sino de manera concentrada, y con esa concentración cerebral se producen muchos descubrimientos, ideas, innovaciones, que al final traen grandes resultados.
Además, amigo –continuó el Sabio-, si a esa decisión ya tomada y puesta en acción, se le añade la perseverancia, el efecto no es doble, como pudiéramos suponer. El efecto productivo puede elevarse a siete o a doscientos, dado su “efecto sinérgico”. De hecho, la manera más fácil de fracasar en nuestros propósitos, consiste en estar cambiando constantemente de objetivo. Éste cambio constante de decisiones impide el “efecto sinérgico”, y siguiendo el ejemplo de la lupa, es como si concentráramos en ella los rayos del sol, y al no quemar de manera inmediata el objeto propuesto, enfocamos la lupa a otro objeto. Para que los rayos enciendan esa hoja seca, se necesita de cierta cantidad de segundo. Estos segundos indispensables son la “perseverancia” en las decisiones tomadas. ¡De acuerdo, amigo!



¡Me sorprende lo que me dices –le contestó el Aprendiz!, y ahora comprendo la fuerza de la perseverancia sobre un trabajo o propósito. Y la comprendo en su cabalidad, porque yo siempre había pensado que la decisión era una parte, y la perseverancia otra, sumando en total un dos. Pero ahora sé que esto no es así, sino que el “efecto sinérgico” puede ser veinte o trescientos, pues la decisión potencia y fortalece a la perseverancia, y ésta a su vez, fortalece a la decisión, por lo que la suma de las dos se multiplica. ¡Lo entendiste muy bien –le dijo su amigo!
Hay algo que me mantiene muy ansioso desde hace mucho tiempo –le confesó el Aprendiz al Sabio. He acudido a la ayuda profesional médica, y aun así, mis ansiedades no han cesado. Bien sé que mi ansiedad me causa un estado de malestar, pues cada día me parece eterno. Y más me perturbo al observar a personas de todas las clases sociales, que realmente permanecen calmadas y alegres, y mi perturbación emocional crece, cuando me dicen que el día se les va “como agua”, es decir, muy rápido.

Mira, le dijo el Sabio a su amigo: existen muchos factores que disparan la ansiedad en las personas. Pero como tú ya consultaste a profesionales de la salud mental y no has obtenido resultados, te propongo lo siguiente: escoge una actividad que te guste, que estés dotado para realizarla, y que te cause algún provecho del cual necesites.

Una vez que ya has determinado esa actividad o trabajo –le siguió aconsejando el Sabio-, toma la firmísima decisión de ocupar todo tu día laborable en ello. En la medida en que empieces a disfrutar y a obtener frutos de esa actividad, estarás tan metido en ella, que las horas se te pasarán “volando”. Si esto llegara a ser así, te aseguro que el día te parecerá corto, y tu ansiedad desaparecerá como milagro. ¡Lo haré de inmediato, y me gusta mucho tu consejo!-, le contestó al Aprendiz.

Démonos cuenta cómo en decisiones sencillas y en actividades a nuestro gusto, radica una cantera riquísima para nuestra dicha y nuestro provecho. Y no estamos hablando de decisiones “grandiosas”, ni de actividades propias de los muy dotados, sino de tareas comunes a la casi totalidad de las personas. Y es que en la sencillez de propósitos y en las actividades simples pero satisfactorias, podremos llenar nuestras vidas de un valioso sentido y de un gran provecho práctico.

El Asombrado

Jacinto Faya Viesca
El Asombrado

¿Me recuerdas, no? Soy ese joven al que llaman el Asombrado, que fue rescatado a los 15 años de edad, de una tribu de unas 50 personas, en las que todos murieron por una rara enfermedad, a excepción de mí. Actualmente cuento con 20 años de edad y trabajo en un barco carguero, habiendo navegado por todo el mundo.
No me explico –habló el Asombrado-, cómo los seres humanos, sabiendo que podrían comportarse con moderación y prudencia, lo que siempre les resultaría en su provecho, prefieren inclinarse por su gusto, capricho y deleite, aun y cuando ello atente contra lo más preciado de sus vidas.

Hacer caso de sus caprichos, inclinaciones perversas, y eligiendo lo peor conociendo lo mejor, es una cuestión que he observado en todos los países que he visitado alrededor del mundo. ¿Y esta anomalía es propia de personas sin educación o que viven en la pobreza? ¡No! Esto lo he observado aun en personas muy inteligentes, cultas y poderosas. Creo que se trata de que un alto porcentaje de personas que escogen lo peor aun sabiendo que los perjudica, porque encuentran en sus caprichos y en sus deseos un deleite malsano, no importándoles las consecuencias.
Muchos preguntan cuáles son los mejores caminos para transitar por la vida. ¡Pero me asombra que una vez que saben cuáles son esos caminos, transitan por los peores! Me asombra también, que muchas personas no adoptan un estilo de vida “mediano”, tal y como los griegos de las Antigüedad lo pedían: “una dorada medianía”, sino que pretenden andar por los extremos y aparentando lo que no son.
El rico aparenta no serlo, para no dar ni ayudar; el que no cuenta con recursos económicos, se endeuda para aparentar que goza de cierta riqueza; el tonto –que sabe que lo es-, quiere demostrar que es muy listo, y en todo es equivoca; el presumido no es consciente que presume de lo que más carece. ¡Como se darán cuenta, el mundo camina de cabeza!
Con todo cuidado siempre busco dónde habitan los hombres prudentes que se conducen con inteligencia y cordura. Pregunto por ellos y me dicen que no saben dónde buscarlos, pues es muy raro que gocen de estas cualidades. También les pregunto dónde puedo encontrar a algunos que sean muy ingenuos y descuidados. Respondiéndome que los busque en las nubes, ya que es un lugar que les gusta mucho: ahí se la pasan durmiendo, viviendo de sueños y huyendo de la vida. Y esto es cierto, pues uno de los peores vicios de los seres humanos es la negligencia, el descuido y la dejadez. Padecen de una “fobia” al esfuerzo y a la disciplina. Por ello, a muchas personas desean construir castillos en el aire, pues es su principal entretenimiento.
Me he dado cuenta –dice el Asombrado-, que todo presumido y fanfarrón sueña con realizar grandes actos, pero su falta de decisión lo empuja a hablar de sus grandes proyectos, que nunca se traducen en realidades. Pero ingenuamente cree que colgado de un cuerno de la luna, todos se van a tragar sus ingenuidades y mentiras.
He observado, que algunos creen que la mejor manera de avanzar en la vida es bajando a los que van subiendo por las escaleras, y metiéndoles zancadillas a los que con esfuerzo van avanzando. Gastan sus energías en estas tareas, no cayendo en la cuenta que si se aplicaran a sus proyectos, por más modestos que sean, cosecharían excelentes frutos. Pero su envidia los detiene, y siempre se quedan rezagados.
¡Es increíble, pero el que nunca tuvo y de pronto tiene, loco se quiere volver! Todos conocemos a personas que vivían de una manera estrecha económicamente, pero que se comportaban con sensatez. De pronto, la Fortuna los encumbra, y pretenden una casa más grande y artículos de lujo. Meten a su casa muebles sin la menor utilidad ni buen gusto.
Estas personas a las que la Fortuna las ha encumbrado de pronto, anteriormente se dirigían a las personas con respeto y sobrada cortesía. Ahora ignoran a la mayoría de los que antes saludaban. No se percatan que sus desplantes presuntuosos son causa de risas y burlas. Cambian de costumbres en cuanto la Fortuna los encaramó en sus hombros: su ropa es costosa aunque sea de pésimo gusto, tratan de relacionarse con personas que ellos consideran de mejor posición social. ¡Total, que se la pasan de ridículo en ridículo sin advertirlo!
Me asombra –dijo el Asombrado– cómo en todos los países que visito, el hombre repite los mismos vicios: al miserable y al pobre no tienen quien los invite a comer. En cambio a los ricos les sobran invitaciones de todo tipo de convenencieros y aduladores. Los pobres no tienen parientes ricos que los hereden, y los ricos son heredados con hartura. “Tienes, tendrás”, dice un refrán popular. Y que cierto lo que dice la Biblia: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará”.

En todos los lugares que he visitado –dice el Asombrado-, que a las personas sencillas y sabias como son los maestros de escuela y personas humildes pero muy prudentes, la sociedad no les dan el reconocimiento que merecen. Y a los que ocupan cargos en el gobierno o gozan de riquezas, la gente los respeta y adula, aun y cuando se trate de personas injustas, inmorales y arbitrarias.
¡Me cuesta creer en tantas locuras de los hombres, dijo el Asombrado! Por ello, es lógico que el hombre ande de tumbo en tumbo, confundido y permanentemente desvariado.

Nuestro espíritu controla el cuerpo

Palabras de Poder

Jacinto Faya Viesca
Nuestro espíritu controla el cuerpo
Una de las características de nuestra sociedad del hiperconsumo es el bombardeo en la prensa y televisión, de que estamos “obligados” a gozar de una “salud perfecta”, ofreciéndonos esta publicidad todo un catálogo de productos “maravillosos” para nuestra salud.
Es conveniente, por supuesto, que cuidemos nuestro cuerpo, pero nada más desastroso que tratar de arreglar lo que no está descompuesto (y esto se aplica a cualquier área de nuestra vida). Si nuestro cuerpo funciona bien, nada peor que caer en la mercadotecnia de la “salud perfecta”, pues quedaríamos atrapados en las redes de la hipocondría: empezaríamos a sentirnos mal, pues no estaríamos a la altura de las figuras perfectas de hombres y mujeres que nos muestran los anuncios publicitarios.

Como nuestra sociedad del hiperconsumo es totalmente materialista, nuestro “espíritu” no tiene cabida. Padecemos de ciertas limitaciones físicas y ante ello, nada mejor que ser benevolentes con nosotros mismos. Derramamos nuestra generosidad sobre nuestras limitaciones y padecimientos físicos; hacer las paces con lo que no podemos cambiar. Si una persona padece de una enfermedad crónica como la diabetes o la artritis reumatoide, sólo por señalar dos ejemplos, lo más sabio es que se cuide, pero que acepte que tendrá que vivir toda su vida con estos padecimientos.
Nuestra paz interior, seguramente nuestro anhelo más profundo, sólo podremos lograrlo si empezamos a aceptarnos “íntegramente tal y como somos”. Esta aceptación solo podría brotar de nuestra más pura generosidad; y ésta conformidad con nosotros mismos nos permitiría acercarnos lo más posible al “ideal de la salud”.
Antes de querer “arreglar” lo que no está descompuesto en nosotros, debemos mirar con paciencia nuestros males físicos, comprender nuestras limitaciones de salud, y de ahí en adelante comportarnos con una gran calidez con nosotros mismos, tomando una profunda conciencia en el sentido de que siempre estaremos afectados físicamente “por algo”, pero no hay remedio, pues solamente somos seres humanos.

Las personas que hayan logrado esa conformidad consigo mismo, que hayan aceptado los padecimientos que no pueden curar, que hayan alcanzado librarse de esa actitud perfeccionista y falsa de la “salud perfecta”, habrán neutralizado en su vida cotidiana un sinfín de incomodidades físicas, a tal grado, que muchas de ellas ya no les molestarán. Sus emociones gozarán de un equilibrio del que jamás pensaron que podrían disfrutar.
Y es que las afecciones del cuerpo cuando son aceptadas con generosidad, producen un enorme incremento en la salud mental y emocional. Las personas con padecimientos físicos logran una sensibilidad y tal grado de salud mental, que son inaccesibles a quienes gozan de una “salud de hierro”, propiamente animal. Aun con padecimientos físicos crónicos, se puede gozar de lo que para un medico sería un “perfecto estado de salud”, del que no gozan muchas personas que en realidad están sanas, pero como siempre están ansiosas por mayores niveles de salud, su psiquismo está tan perturbado, que se sienten enfermos crónicos, sin serlo. Podemos convertir nuestro desequilibrio físico en un equilibrio integral. Y ésta sería la ecuación: sí, padezco estas enfermedades y molestias físicas, pero las he aceptado en mi corazón; he logrado que mi generosidad permee toda mi vida; gracias a esto he eliminado una gran cantidad de perturbaciones emocionales, y el aumento de mi fuerza espiritual me ha conducido a una paz de mi espíritu. Así, el desequilibrio físico se convierte en un equilibrio más integral. Muy arriba de los grandes descubrimientos en el campo de la salud física, la generosa aceptación de que somos imperfectos por naturaleza, crea las condiciones óptimas para todo tipo de tratamiento y cuidado de nuestra salud. Con ésta aceptación nacida del corazón, no exigimos “de más”, nos conformaremos con lo que esas medicinas o cuidados puedan producir en nosotros, y no más.

Creo firmemente que los seres humanos somos mucha más que meros cuerpos físicos. El que seamos capaces de amar y compadecernos de otros, nos convierte en “sujetos” y no en meros “objetos”. El hecho de que seamos capaces de tener conciencia de nosotros y del mundo, nos sitúa en la Naturaleza como seres en los que tiene una influencia decisiva las expresiones de nuestro espíritu.
Con nuestro espíritu tomamos conciencia del mundo, somos capaces de decidir por lograr valores constructivos. Nuestro espíritu es la enorme fuerza capaz para que podamos asumir nobilísimas actitudes ante nuestros padecimientos físicos. Actitudes que pueden ennoblecer nuestras vidas, no solamente mejorando nuestros padecimientos físicos, sino además, asumiendo grandes responsabilidades, como formar a nuestros hijos, y luchar por ideales que siempre mantengan el fuego encendido en nuestros corazones.