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viernes, 24 de julio de 2015

PAPA FRANCISCO


PAPA FRANCISCO: “HASTA QUE NO SE LOGRE UNA DISTRIBUCIÓN EQUITATIVA DE LA RIQUEZA, NO SE RESOLVERÁN LOS MALES DE NUESTRA SOCIEDAD”

En un mundo que evidencia una creciente concentración de la riqueza en manos de unos pocos poderosos, el Papa Francisco aprovechó la Cumbre de las Américas de Panamá para acercar una reflexión social que contradice la visión individualista que justifica la desigualdad y que busca imponerse desde los medios masivos del poder económico.


Compartimos el texto completo de la Carta del Papa Francisco a la Cumbre de las Américas:

Pido a Dios que, compartiendo valores comunes, lleguen a compromisos de colaboración en el ámbito nacional o regional que afronten con realismo los problemas y trasmitan esperanza. Me siento en sintonía con el tema elegido para esta Cumbre: “Prosperidad con equidad: el desafío de la cooperación en las Américas”.

Estoy convencido – y así lo expresé en la Exhortacion Apostolica Evangelii gaudium – de que la inequidad, la injusta distribución de las riquezas y de los recursos, es fuente de conflictos y de violencia entre los pueblos, porque supone que el progreso de unos se construye sobre el necesario sacrificio de otros y que, para poder vivir dignamente, hay que luchar contra los demás.

El bienestar así logrado es injusto en su raíz y atenta contra la dignidad de las personas. Hay “bienes básicos”, como la tierra, el trabajo y la casa, y “servicios públicos”, como la salud, la educación, la seguridad, el medio ambiente …, de los que ningún ser humano debería quedar excluído.


Este deseo – que todos compartimos -, desgraciadamente aún esta lejos de la realidad. Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas.
El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia y, mientras no se logre una distribución equitativa de la riqueza, no se resolverán los males de nuestra sociedad (cf. Evangelii gaudium 202).

No podemos negar que muchos países han experimentado un fuerte desarrollo económico en los últimos años, pero no es menos cierto que otros siguen postrados en la pobreza. Además, en las economías emergentes, gran parte de la población no se ha beneficiado del progreso económico general, sino que frecuentemente se ha abierto una brecha mayor entre ricos y pobres. La teoria del “goteo” o “derrame” (cf. Evangelii gaudium 54) se ha revelado falaz: no es suficiente esperar que los pobres recojan las migajas que caen de la mesa de los ricos. Son necesarias acciones directas en pro de los más desfavorecidos, cuya atención, como la de los más pequeños en el seno de una familia, debería ser prioritaria para los gobernantes. La Iglesia siempre ha defendido la “promoción de las personas concretas” (“Centesimus annus, 46), atendiendo sus necesidades y ofreciéndoles posibilidades de desarrollo.

Me gustaría también llamar su atención sobre el problema de la inmigración. La inmensa disparidad de oportunidades entre unos países y otros hace que muchas personas se vean obligadas a abandonar su tierra y su familia, convirtiéndose en fácil presa del tráfico de personas y del trabajo esclavo, sin derechos, ni acceso a la justicia … En ocasiones, la falta de cooperación entre los Estados deja a muchas personas fuera de la legalidad y sin posibilidad de hacer valer sus derechos, obligándoles a situarse entre los que se aprovechan de los demás o a resignarse a ser victima de los abusos.

Son situaciones en las que no basta salvaguardar la ley para defender los derechos básicos de la persona, en las que la norma, sin piedad y misericordia, no responde a la justicia. A veces, incluso dentro de cada país, se dan diferencias escandalosas y ofensivas, especialmente en las poblaciones indígenas, en las zonas rurales o en los suburbios de las grandes ciudades. Sin una auténtica defensa de estas personas contra el racismo, la xenofobia y la intolerancia, el Estado de derecho perdería su legitimidad.

Señor Presidente, los esfuerzos por tender puentes, canales de comunicación, tejer relaciones, buscar el entendimiento nunca son vanos. La situación geográfica de Panamá, en el centro del continente Americano, que la convierte en un punto de encuentro del norte y el sur, de los Océanos Pacifico y Atlántico, es seguramente una llamada, pro mundi beneficio, a generar un nuevo orden de paz y de justicia y a promover la solidaridad y la colaboración respetando la justa autonomía de cada nación.

Con el deseo de que la Iglesia sea también instrumento de paz y reconciliacion entre los pueblos, reciba mi mas atento y cordial saludo.
Vaticano, 10 de abril de 2015
Francisco.

 

viernes, 13 de febrero de 2015

PARA SALVARTE 1

Yo, ¿para qué nací? Para salvarme.
Que tengo que morir, es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme,
triste cosa será, pero posible.
¡Posible! ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?
¡Posible! ¿Y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago? ¿En qué me ocupo? ¿En qué me encanto?
Loco debo ser, pues no soy santo.
«Yo estoy contigo
PARA SALVARTE»
(Profeta Jeremías, 30:11)
«¡Qué hermosos son, sobre los montes,
los pies del que anuncia la paz,
del que trae la buena nueva,
del que anuncia la salvación!»
(Profeta Isaías, 52:7)
«Hemos de trabajar por nuestra salvación»
(San Pablo: Carta a los Filipenses, 2:12)
«Corred de manera que alcancéis el premio»
(San Pablo: Primera Carta a los Corintios, 9:24)
«Hermanos míos: si alguno de vosotros se extravía de la verdad,
y alguien le vuelve al camino,
sabed que el que endereza a un pecador del error de su camino,
salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados».
(Carta de Santiago, 5:19s.)
«El Pueblo de Dios tiene derecho a que se le explique,
sin ambigüedades ni reducciones,
las verdades fundamentales de la fe cristiana».
(Juan Pablo II)
«No deforméis vuestra conciencia. Llamad por su nombre al bien y al
mal»». (Juan Pablo II a los jóvenes en Santiago de Compostela).
«Los ateos estudian nuestra Religión Católica para combatirla.
¿Por qué no la estudiamos nosotros para defenderla?»
(Sardá y Salvany).

miércoles, 3 de diciembre de 2014

LOS LIBROS DEL ANTIGUO TESTAMENTO DE LA BIBLIA

Los libros del Antiguo Testamento de la Biblia   –Primera parte–
En el principio creó Dios el cielo y la tierra, o al menos eso dice la Biblia de Jerusalén –que es referente de 83.9% de la población en México–, pero sucede que la Biblia no es un solo libro, sino una colección de libros con varias divisiones estructurales. Además, la biblia utilizada por los protestantes es diferente a la de los católicos, los libros sagrados mormones y la de los testigos de Jehová. Otra diferencia es la riqueza de traducciones disponibles. Por ejemplo, a partir de la reforma protestante en el siglo 16, las iglesias cristianas no católicas rechazaron la traducción griega hasta entonces conocida –además de siete libros del Antiguo testamento–, y los testigos de Jehová tienen su propia biblia titulada “La Traducción del Nuevo Mundo”.

Por otro lado, antes del cristianismo ya existía la biblia hebrea –o Tanakh–, que consta de 24 libros: la Torah –que los cristianos conocen como Pentateuco o Libros de la Ley–, Nevi ́im –Libros de los Profetas– y el Ketivum –escritos o Hagiographa–. La versión católica de la Biblia que conocemos se definió durante el concilio de trento, celebrado de 1545 a 1563, y actualmente existen diversas versiones. Veamos a continuación los libros del Antiguo testamento:

Pentateuco
Palabra de origen griego: de πέντε, pénte, ‘cinco’ y τευξος, teuxos, ‘caja’, “cinco cajas”, así llamado por los estuches, cajas o vasijas donde en la antigüedad se guardaban y protegían del deterioro los rollos de papiro o de pergamino utilizados como soporte de escritura. Lo forman:
Génesis. Del latín genesis, y éste del griego γένεσις, génesis, ‘comienzo’; describe la creación del Universo y de su mayor obra, el hombre.
Éxodo. Del griego έξοδος, éxodos, ‘partida, salida’. Después de la contienda entre Moisés y el faraón, narra la salida de Egipto y la consecuente peregrinación del pueblo hebreo a la tierra prometida.
Levítico. Del latín Leviticus, y éste del hebreo léví; su nombre se debe a una especie de manual religioso para uso de los levitas o sacerdotes de culto, elegidos de entre los miembros de la tribu de Leví –hijo de Jacob, cuyo nombre lleva una de las 12 tribus del pueblo de Israel.
Números. Llamado así por la referencia con la que comienza: Dios ordena a Moisés realizar un censo del número de hebreos capaces de usar armas; además, el libro está lleno de referencias numéricas de diversos tipos.
Deuteronomio. Del griego δευτερος νόμοσ, deuteros nómos, ‘segunda ley’; este nombre fue dado por oposición a la Primera Ley. Es el quinto libro del Pentateuco, y en él se narra, entre otras cosas, la muerte de Moisés.




Los libros del Antiguo Testamento de la Biblia –Segunda parte–
Libros históricos
Llamados así por su carácter historiográfico; también responden a una antigua tradición según la cual estos libros fueron compuestos por algunos profetas de Israel, a quienes se les denomina “Profetas Anteriores”, con el fin de distinguirlos de los “Posteriores”.
- Josué. Narra la historia de Josué –que significa “Dios salva”–, quien guía al pueblo hebreo después de la muerte de Moisés.
- Jueces. Proviene de la palabra hebrea shoftim, que significa “justicia”; según algunas versiones, narra desde la muerte de Josué hasta el nacimiento de Samuel –un periodo de 300 años, aproximadamente.
- Rut. Este libro recibe su nombre gracias a la protagonista del relato: Ruth o Rut –que significa “compañera”–, joven viuda que cuidó de su suegra Noemí, quien a su vez la ayudó a encontrar nuevo marido. El hombre pertenecía a la tribu de Judá y de su unión nació el abuelo del rey David.
- Samuel. Se llama así porque se presenta a tres personajes clave: Samuel, último juez de Israel y el primero de los profetas, que por su ministerio da nombre a estos libros; Saúl, quien fue ungido primer rey de Israel por Samuel, y David, el nuevo rey, soldado de Dios, famoso por vencer a Goliat, un enorme guerrero filisteo.
- Reyes. Comienza con los últimos años del rey David y, posteriormente, el reinado del Rey sabio –de ahí su nombre.
- Crónicas. su nombre se debe a san Jerónimo, padre de la Iglesia. En otras versiones se les llama “Las cosas de los días” o Paralipómena, es decir, “Las cosas dejadas a un lado”, omitidas. Ofrecen información complementaria no contenida en los demás libros.
- Esdras. Del nombre del escriba y sacerdote judío que, cerca de 450 años antes de nuestra era, compiló el Pentateuco y el resto del Antiguo testamento. su nombre proviene del hebreo y arameo ezra, que significa “ayuda” o “asistencia”.
- Macabeos. El primer libro con este nombre narra el intento de helenizar forzadamente a los judíos, y la resistencia de Matatías; la jefatura militar pasó pronto a Judas, el hijo, quien tenía por apodo “Macabeo”, que significa “martillo”. El segundo narra ciertos hechos que también se incluyen en el primer libro, y otros, como la herejía de Heliodoro.



Los libros del Antiguo Testamento de la Biblia –Tercera parte–
Libros sapienciales
Así llamados porque conceden un lugar a la sabiduría, del latín sapientia, “sapiencia”.
- Job. Procede del hebreo yob, que significa “perseguido”, y es el nombre de un hombre muy rico y de recta conducta, que de pronto se ve en la mayor carencia y precariedad al permitir a Dios que pruebe su fe.
- Salmos. Salmo significa en hebreo “alabanza”. Es la colección de composiciones poéticas del pueblo de Israel: himnos, súplicas y poemas de gratitud, sabiduría, instrucción o historia; existen los llamados “salmos alfabéticos”, que inician en el orden de las letras del alfabeto hebreo.
- Proverbios. Del latín proverbium, “sentencia, adagio, refrán”. Es una colección de máximas, refranes, dichos y poemas para la instrucción de la juventud, atribuidos a Salomón.
- Eclesiastés. Al libro se le ha dado también el nombre de Qohélet –que significa “el predicador”–, derivado a su vez de la palabra hebrea qahal, que significa ‘asamblea’. De aquí su relación con la griega ekklesía, cuyo significado es el mismo.
- Cantar de los Cantares. ¿Poema entre un hombre y una mujer, o alegoría entre Dios y la humanidad? cualquiera que sea el sentido, su belleza es inigualable: imágenes sensuales y metáforas con que se describe a los amantes y a su profundo deseo de estar juntos. La construcción “cantar de los cantares” tiene valor superlativo –superior a todos los demás–; también se le conoce como “cantar de Salomón”.

Libros proféticos
Estos 18 libros, los últimos del Antiguo testamento, se atribuyen a los profetas; esto es, a hombres inspirados por Dios para hablar en su nombre y transmitir sus enseñanzas. Para dividirlos existen varios criterios; los más usuales: por tiempo –primeros y últimos profetas– y por extensión del libro –profetas mayores y profetas menores.
Los libros de los profetas mayores son: Isaías, Jeremías, Baruc, Lamentaciones –cuyo nombre procede de El Libro de los Setenta, donde se denominan Zrénoi, que son cantos fúnebres y, justamente, lamentaciones–, Ezequiel y Daniel. Los profetas menores son 12 en total: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías; de entre estos últimos, destaca el relato del Libro de Jonás, quien es tragado por un gran pez después de un naufragio, mientras intenta escapar de su tarea profética.




martes, 21 de mayo de 2013

La Semana santa

La Semana santa

La cuaresma se inicia el miércoles de ceniza después de los tres días del carnaval, que tienen un carácter de desahogo, con fiestas de grandes excesos previo a las abstinencias y recogimiento propios de la Cuaresma.

Cuaresma viene del latín y significa cuadragésimo y dura 45 días, que se viven en penitencia y recogimiento que prescribe el cristianismo como preparativo solemne de la fiesta de Pascua de Resurrección.

La cuaresma se observa desde los primeros días de la Iglesia cristiana a principios de Siglo IV, donde los Papas, lo habían instituido como una conmemoración de los 40 días de ayuno que tuvo Jesús en el desierto, antes de su entrada triunfal a Jerusalén, antes de ser crucificado.

La cuaresma se caracteriza por el ayuno y la abstinencia de carne en algunos días de la semana, donde predominan los viernes, en que los cristianos realizan reuniones y ejercicios espirituales, privándose de diversiones.

La cuaresma no sÓlo la honran y practican los católicos, sino también participan los ortodoxos orientales, los anglicanos y muchas otras ramas derivadas del protestantismo, que observan con mayor o menor rigor este periodo.

Los días considerados importantes en la Cuaresma son: El miércoles de ceniza, donde los fieles toman ceniza, aplicándosela con los dedos de la mano sobre la frente en forma de cruz, rememorando su significado religioso de que fuimos hechos de polvo y que en polvo nos convertiremos al morir, es un día de abstinencia.

El penúltimo domingo, el de Ramos, al que también se le conoce como Domingo de Pasión, donde se distribuye guano bendito en las iglesias, recordando el momento en que Jesús fue recibido gustosamente, mostrándole hojas de palma que eran depositadas a su paso, montado en un borrico desde la entrada de la ciudad de Jerusalén. En la última semana llamada santa, dentro de los 45 días, el lunes, el martes y el miércoles siguientes, se recuerdan las discusiones que Jesús tuvo con sus enemigos; el último jueves, el jueves santo, está centrado en la famosa última cena que Jesús tuvo con sus discípulos; el Viernes Santo, se rememora el sufrimiento de Jesús y su posterior crucifixión por sus enemigos, rodeado de dos reos que sufrieron la misma suerte; la muerte física de Jesús también se recuerda ese día, como también el cumplimiento de la profecía de fracturarse el gran templo de Jerusalén.

El sábado de gloria, se recuerda la sepultura de Jesús, cueva cuya entrada fue cubierta con una pesada piedra y el último domingo, el de resurrección o Domingo de Pascua, es de una auténtica fiesta religiosa, es la cúspide y fin de la Cuaresma, se recuerda la resurrección de Jesús de entre los muertos, donde se aparece a sus discípulos y ante la incredulidad de uno de ellos, le pide que toque sus heridas y su costado lastimado.

Durante estos últimos días de la Cuaresma son comunes las procesiones, recordando el calvario y la crucifixión, con representaciones litúrgicas y los martirios de Jesús.

domingo, 19 de mayo de 2013

¿Por qué Francisco?

¿Por qué Francisco?

No es el destino o la naturaleza, ni es la voluntad de Dios que existan en el mundo ricos muy ricos y pobres muy pobres. ¿Por qué los ricos se vuelven más ricos, y los pobres más pobres? No es sólo por falta de oportunidades; la causa la encontramos en las estructuras económicas, sociales y políticas que operan a nivel internacional.

La pobreza no es sólo un problema moral, de conciencia, sino fundamentalmente es un problema político, muy político. No es suficiente condenar la pobreza extrema, sino que ésta exige un esfuerzo concreto para remediarla: Una verdadera revolución en la arena de las relaciones humanas. La pregunta es: ¿Cómo lograr el desarrollo sin
esclavitud?

El nuevo Pontífice Francisco pertenece a la Compañía de Jesús. Los jesuitas promueven una agenda de justicia social y una labor profunda con los pobres de Latinoamérica. El Papa Francisco se ha pronunciado contra un sistema económico y social injusto, contra la trata de personas, contra el aborto y la eutanasia y, particularmente, contra la explotación laboral.

Muchos preguntan: ¿Por qué seleccionó el nombre de Francisco? Todo parece indicar que San Francisco de Asís encarnaba las virtudes que más atesora el nuevo Papa: La benevolencia, el cuidado y el amor. Dice que esas virtudes crean un universo de excelencia; tienen un significado existencial por todo aquello que es de valor e importancia, y que vale la pena sacrificar: El tiempo, la energía, y la vida misma.

San Francisco decía que el amor es el poder de dar, de rendirse, la capacidad para aceptar al otro como otro. El amor y el poder no son mutuamente excluyentes; mantienen una relación dialéctica entre ellos: “El amor necesita el poder para ser algo más que sentimentalismo, así como el poder necesita el amor con el fin de no convertirse en manipulador”. Se ha comprobado que la razón no explica todas las cosas. La razón no es el primero o el último momento de la existencia humana: Está abierta al plano superior e inferior. Del plano inferior emerge algo antiguo, profundo, elemental y primitivo: El afecto. En el plano superior la razón se abre a la experiencia espiritual que es el descubrimiento de la totalidad presente en el ego más allá de lo concreto, donde no existen estructuras, sólo sentimientos gratificantes, simpatía y ternura.

Encontrarse con San Francisco de Asís siempre ocasiona una conmoción antropológica porque nos confronta con lo más exigente, lo más elevado y lo más radical. En este sentido, es un santo incomparable, o como otros lo han llamado “el primero después de Jesucristo”. Sobre el sentido de pobreza, él vivió más que nada la pobreza como una forma evangélica de practicar la disponibilidad total, y la pobreza como una expresión de amor por el pobre, y contra su pobreza. La disponibilidad total la expresaba siendo siempre el último para poder servir a todos, y jamás disputar una posición de poder. Esto no era una forma de masoquismo, sino la forma más elevada de amistad, que genera libertad en el otro.

Para los desposeídos, sin protección alguna, la comunidad significa todo. La vida de esta fraternidad franciscana, que era pobre, pero muy alegre y muy humana, sólo deseaba reunirse y juntos eran felices, las ausencias eran dolorosas, las separaciones amargas, y las despedidas desgarradoras. El desprendimiento de lo material produjo una enorme liberación de amor y fraternidad y el gozo desinteresado de todas las cosas. El único que puede probar el mundo, sin desnaturalizar su realidad, es aquél que renuncia a poseerlo. Sólo entonces deja de ser una amenaza y puede ser introducido a la arena de la fraternidad humana.

Lo que hace inhumana la pobreza no es sólo que impide la satisfacción de las necesidades básicas, sino que el desprecio, el rechazo, la exclusión de la vida humana en su conjunto, el permanente lavado de cerebro de imágenes negativas de los desposeídos tomadas por aquellos a quienes todo les sobra, producen un sentimiento de inferioridad o de rebelión. Sienten que nadie está de su lado: La buena suerte de la vida y de los otros está contra ellos.

San Francisco, siendo un joven rico y educado, en la flor de la edad en la sociedad de Asís, lo dejó todo para vivir con los desvalidos. Creó una fraternidad de hermanos abierta al mundo de los pobres: Una protesta y un acto de amor –protesta contra la sociedad que los expulsa y esconde en lugares inhumanos e insalubres fuera de la vista-. Curaba sus heridas y las llagas de lepra, los abrazaba, comía, reía y lloraba con ellos. Humanizaba su miseria regresándoles el sentido de la dignidad humana, siempre negada por la sociedad a los desposeídos.

Se hizo palabra

Se hizo palabra

¿Quién era el carpintero hebreo nacido en Belén, aquél que enseñaba a los Doctores de la Ley en Palestina? El que resucitaba muertos, limpiaba a los leprosos, hacía ver a los ciegos, oír a los sordos y caminar a los inválidos, ¿quién era? Cuando llegó a Jerusalén, la inmensa multitud lo proclamaba: lo recibieron con ramas de palmeras. Pero luego buscaron motivos para condenarlo.

Unos decían que era profeta. En aquél tiempo todo profeta llamaba a una conversión. Una profecía significaba predecir algo que sucedería en el futuro.

Una profecía era una advertencia y una promesa a la vez: si el pueblo no cambia, las consecuencias serán desastrosas, pero si cambia, habrá abundancia de bendiciones. Otros aseguraban que era el Mesías, pero muchos dudaban: para los judíos de Palestina, el Mesías habría de ser un Rey poderoso que despedazaría con una vara de hierro a los gobernantes injustos y, por temor, obligaría a todos los hombres a realizar las obras que la justicia social exige por medio del temor y de la fuerza.

Jesús de Nazaret hablaba con autoridad tranquila, como la de aquél que sabe, aquél que dice cosas que ha experimentado en un universo diferente pero a partir del cual todo queda iluminado en este mundo. Jesús hablaba de ir más allá de la aparente claridad de las formas y de las leyes. Él hablaba del Reino del Amor que trasciende los límites del mundo de superficie; amor y perdón a un pueblo que por milenios se había regido por el principio de ojo por ojo, diente por diente. Se atrevía a hablar de justicia social a un pueblo que en el circo romano se divertía viendo a los leones comer vivos a los hombres.

¿Quién era? Jesús de Nazaret era un misterio desconcertante y paradójico: proponía vivir en paz a un pueblo que siempre había buscado la guerra. Sus palabras provocaban una paz enorme, pero a la vez, una paz inquieta. La paz de la que hablaba no era la de mantenerse al margen de todos los conflictos y problemas para asegurar la propia tranquilidad. Jesús se colocaba en el centro mismo de las pasiones religiosas, sociales y políticas de su tiempo para morir crucificado en medio de ellas. Cristo, al hacer la paz, tuvo necesariamente que vivir en medio de guerras, entre combatientes a quienes quería reconciliar. ¿Cuántas veces hay que perdonar?, le preguntaron: “Has setenta veces siete”.

En la época de los Césares, Cristo fue un revolucionario sin armas. Echó por tierra las doctrinas que esclavizan al hombre y trajo la fe que le devuelve su libertad y responsabilidad social. Cristo no impone una opción política determinada: supera todas las perspectivas. Él habla de un cambio radical de gobernantes y de gobernados. Al superar el conjunto de deberes religiosos de la antigua Ley, y al implantar el amor a los semejantes, Cristo revoluciona las relaciones humanas: desea transformar los espíritus hasta el punto de exigir la transformación de todas las personas y de todas las instituciones.

El reino del que hablaba Jesús no era un reino de poder material, sino un reino de fraternidad, de amor y de servicio, en el que todo ser humano debe ser amado y respetado por el hecho de ser persona. Existe un poder misterioso que está más allá de la persona, pero que no está totalmente fuera de ella. El poder que permite realizar lo imposible puede ser llamado fe, porque libera en el interior del ser una fuerza que está más allá de sí mismo.

La fe es creer que el bien es más poderoso que el mal, y que la verdad es más fuerte que la mentira. Creer en Dios es creer que al final el bien y la verdad habrán de triunfar sobre el mal y la falsedad. Es estar convencido de que existe un poder para el bien en el mundo, un poder que se manifiesta en las más profundas energías y fuerzas de la persona de fe. Un poder que es irresistible.

Tener fe en el reino del que Cristo hablaba es estar convencido de que, suceda lo que suceda, el reino habrá de venir. Un reino en el que todas las personas puedan vivir juntas en solidaridad y justicia: no es posible la fe sin compasión o compromiso social: la fe no es un modo de hablar o de pensar, sino un modo de vivir y de morir. Cristo quiso morir con los brazos clavados en un abrazo para manifestar su amor por la humanidad. “Amaos los unos a los otros”, nos dijo.

“Amad a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo.” “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.” En la cruz, Jesús de Nazaret con sangre selló sus palabras.

viernes, 6 de abril de 2012

El encuentro personal con Dios

Se dan los casos en los que, algunos católicos, consideran la administración de los sacramentos como si fueran una especie de magia. Porque la magia está ligada a un cierto “ceremonial”, que contiene algunas palabras, que se pronuncian sobre algunos objetos, por medio de los cuales, el mago intenta poner al hombre en contacto con fuerzas diabólicas.

De parte del hombre no se exige, ordinariamente, alguna actividad especial, es necesario solamente que el mago cumpla con lo prescrito por algún rito. Esto viene siendo en la realidad un “remedo supersticioso” de la administración de los sacramentos.

En efecto, para la administración de los sacramentos es necesario seguir un “ceremonial propio”, prescrito por las normas litúrgicas de la Iglesia, que, junto con determinadas acciones (por ejemplo, la imposición de las manos), se añaden ciertas palabras (por ejemplo cuando se administra el bautismo), también ciertos ritos (por ejemplo la unción con los santos óleos).

Toda la atención y la fe, en la celebración de los Sacramentos se dirigen a que se cumpla, con exactitud, lo prescrito por la Liturgia, de acuerdo al contenido de cada Sacramento, contenido, que se cumplirá, al momento de ser administrado. Sin embargo, suele suceder en la práctica, que se ignore “el encuentro personal con Dios”.

Es muy importante, por esto, aclarar que los sacramentos, no sólo presuponen el recibirlos con fe, sino que las palabras y los elementos rituales la alimentan, la fortalecen y la expresan, por esto, son llamados los “sacramentos de la fe”. La recepción de los sacramentos debe estar impregnada de fe. Cuando la fe ilumina con su luz la acción sacramental, esta acción adquiere la fuerza de una realidad muy rica, que exige del hombre una cooperación muy personal, para que pueda ponerlo en contacto vivo con Dios. Tratándose de la recepción de la gracia, en esta acción está presente, en primer lugar Dios Padre con su amor abierto hacia el hombre. Si Dios Padre no se dirigiera primero al hombre, no se realizaría la acción sacramental. Cada paso salvífico del hombre hacia Dios supone el paso gratuito de Dios hacia el hombre.

Y lo que el cristiano recibe con el sacramento es, simplemente, el efecto de este paso amoroso del Padre hacia él. Y, debido a que el sacramento es un “signo visible de la gracia invisible”, expresa, simbólicamente, la realidad invisible y personal de Dios. Esto es un misterio propio de las personas divinas.

Es por esto que el signo sacramental ofrece, de alguna manera, al hombre la vida personal de Dios, su misterio, o mejor: el Padre mismo ofrece su mano al hombre, por medio del signo sacramental, sin forzarlo de ninguna manera a aceptar la vida divina para unirlo a Él. Quien acepta libremente el signo sacramental se pone en la corriente que lo conduce al misterio personal de Dios y, se encuentra así, con el mismo Dios.

Jesucristo es el que, en este sistema sacramental, comunica su gracia al que recibe los Sacramentos. Jesucristo, así, continúa viviendo su “misterio pascual”, de muerte y resurrección en la Iglesia, en la Liturgia y en los Sacramentos. En efecto, son los sacramentos los que poseen, desde su fondo más íntimo, el “misterio pascual”. Y es precisamente por esto, que todos los Sacramentos, cada uno a su modo, significan y causan aquello que realiza el misterio de Cristo: la transformación salvífica de toda la existencia humana. San León Magno, ya lo expresaba así: “Aquello que era visible en nuestro Redentor pasó a convertirse en los Sacramentos”.

La actitud característica del “misterio pascual” de Cristo es el don de sí mismo, tanto a Dios Padre como a los hombres. Por esto es que los sacramentos representan a Cristo, precisamente en este “donarse a Dios Padre y a los hombres”, en los cuales Cristo se ofrece a los demás como el único acceso posible al misterio de la Santísima Trinidad.

Es claro, por lo tanto, que al recibir los sacramentos, el cristiano adulto no debe preocuparse, de manera superficial, de cumplir únicamente con el “rito” establecido. La recepción profunda de los sacramentos exige una participación plena y muy personal del hombre.

La Iglesia como un sacramento

La Iglesia nació directamente de Jesucristo, por eso es una “especie” de sacramento, “sacramento base”, en la visibilidad de su institución y en su gracia invisible, gracia que esta institución significa y comunica. La concepción de la Iglesia como sacramento es tan importante que merece ser considerada de manera especial.

No se trata, en efecto, de una expresión casual que la Iglesia quisiera usar sin darse cuenta de lo que dice, sino que muchas veces es una expresión bien usada y explicada.

Por ejemplo, cuando dice: “del costado de Cristo agonizante sobre la Cruz brotó el admirable sacramento de toda la Iglesia”.

En la Constitución dogmática “Lumen gentium” del Concilio Vaticano II, que trata sobre la naturaleza de la Iglesia, viene indicada, por una parte, la diferencia entre este sacramento y los “siete sacramentos”, porque la Iglesia es, según esta Constitución, “como un sacramento”, esto es, un sacramento sui generis, pero verdadero sacramento, porque significa y comunica la gracia:

La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, signo e instrumento de la íntima “unión con Dios”, unión que es producida precisamente por la gracia.

Por otro lado se ha dicho directamente que se trata del “sacramento de la salvación”, del “sacramento de la salvación humana”, y del “sacramento universal de la salvación”.

Entre los componentes de esta salvación universal, que la Iglesia, como sacramento, significa y comunica, se indica de manera particular, la unidad: la Iglesia es “sacramento de unidad”, esto es, Dios la ha constituido para que sea, para todos los hombres y para cada uno en particular, el sacramento visible de esta unidad salvífica, de la unidad que nace de la vida de la gracia, unidad que es de orden sobrenatural que, de alguna manera, unifica a la humanidad en general.

La Iglesia es, en efecto, “como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano.

Como consecuencia de que el mundo se está unificando cada vez más por el fenómeno de la “globalización” debido a la eficacia y velocidad de los medios masivos de telecomunicación, la familia humana está tomando conciencia de que “toda ella” es una sola comunidad en medio del Universo, con una sola historia.

Cuando la Iglesia se inserta en esta situación de la globalización, lo hace como verdadero sacramento de unidad salvífica, y declara al mundo entero que también ella trabaja por la unidad, declara que ella misma, para este trabajo común, posee fuerzas que tocan los más profundos fundamentos de la unidad del género humano, que ella es, inclusive, el “signo eficaz” de la unidad.

La sacramentalidad de la Iglesia brota de Jesucristo: “Cristo es la luz de las naciones” y esta luz resplandece en el rostro de la Iglesia.

La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, signo e instrumento de la unión con Dios y de la unión de todo el género humano. En Jesucristo la Iglesia es la luz del mundo, en Él es el sacramento de la salvación y de la unidad.

El Pueblo de Dios

José Luis del Río y Santiago Con este término no debemos entender a todos los fieles enfrentados a la Jerarquía, sino más bien a la Iglesia en su totalidad, con todas las familias, comunidades y grupos que la conforman, pero todos ellos bajo el punto de vista de un pueblo, que Dios convoca para Él, que se le manifiesta, lo santifica, lo guía y, por medio de él, dirige al mundo entero hacia la perfecta unidad.

La Iglesia describe brevemente a este “Pueblo de Dios” como la expresión de la voluntad salvífica y soberana de Dios, que no está ligada a las situaciones limitadas de cada época histórica ni sólo a la pertenencia de un determinado pueblo. Todos pueden ser salvados.

En todo tiempo y en toda nación, Dios acepta a cualquiera que cree en Él y actúa con la justicia. Sin embargo, la actividad salvífica de Dios en la historia se resume en la formación de un especial “Pueblo de Dios”, con el cual Dios, ya desde el Antiguo Testamento, pactó una alianza y cómo poco a poco, lo instruye, en cada época de la historia se le Revela, le da a conocer su Voluntad y lo santifica. Sin embargo, esto es solamente la preparación y la imagen de la nueva y perfecta alianza a través de una Revelación más perfecta por medio de Jesucristo.

En esta Nueva Alianza el Pueblo de Dios se fundamenta no sólo en la carne sino, sobre todo, en el Espíritu, compuesta por judíos y no judíos, cuya cabeza es Jesucristo, que es también cabeza de toda la humanidad. El conocimiento de esta Nueva Alianza es más profundo y personal por la acción del Espíritu Santo y la aceptación de la Ley de Dios, como lo expresa Jeremías: “Pondré mi Ley en su interior y la escribiré en sus corazones”. El punto de partida de esta “Comunidad salvífica” es su institución en la Sangre de Cristo y, entre los hombres se instituye en la asimilación de la Palabra de Dios por medio de la fe y en el nuevo nacimiento como hijos de Dios a través del bautismo y la gracia del Espíritu Santo. En efecto, el individuo, en esta Nueva Alianza, se santifica convirtiéndose en miembro del nuevo Pueblo de Dios.

La independencia y las características de este Pueblo quedan establecidas por el hecho de que recibe determinadas estructuras operativas de su cabeza que es Cristo, tanto en su etapa terrena como en su glorificación. Además, el hecho de pertenecer a este Pueblo, trae como consecuencia el poder gozar de la libertad de los hijos de Dios. El orden y el bienestar de este Pueblo, brotan de la ley fundamental del amor. La formación de este Pueblo es la preparación de la realización del Reino de Dios hasta el fin de los tiempos. En este sentido este Pueblo Mesiánico constituye, para toda la humanidad, un “germen validísimo” de unidad, de esperanza y de salvación.

De la misma manera que ya al Israel del Antiguo Testamento se le llamaba Iglesia de Dios, así también al nuevo Israel se le llama Iglesia de Cristo. La Iglesia expresa de manera muy concisa el origen de su existencia y su fin, con estas palabras: el ser y que hacer de la Iglesia como Comunidad es la acción creadora, convocadora y unificadora de la voluntad salvífica de Dios. La causa histórica inmediata es Jesucristo, cuyo don es la salvación, la unidad y la paz. El fin es la realización de la unidad de toda la humanidad para formar “la gran familia de los hijos de Dios”. El sujeto de la salvación es, en primer lugar, y directamente, el Pueblo, la Comunidad, la Iglesia como “modelo” de la Alianza, mientras que cada individuo es sujeto sólo en cuanto que es miembro de este Pueblo portador de las promesas mesiánicas. Todos los caminos salvíficos de Dios conducen a la formación de una Gran Comunidad. Sin embargo, los hombres que no conocen este plan de la voluntad de Dios de formar un Gran Pueblo, y, por lo tanto no se constituyen como miembros de la Iglesia, (pero que, sin embargo, si siguen la voz de su conciencia), se colocan en el camino hacia esta Gran Comunidad y se orientan hacia la edificación del Reino de Dios.

¿En dónde pues está la importancia de la existencia de este “Pueblo de Dios”? Está en que este “Pueblo”, es la expresión del amor y de la Misericordia de Dios hacia los hombres. Esto es lo que ilustra bien la continuidad, (y también las diferencias) entre la Antigua y la Nueva Alianza. Esto expresa una más profunda actuación de la Iglesia en cuanto “comunión en el amor”, comunidad o asamblea. Esto también ayuda al trabajo del ecumenismo, especialmente en el diálogo con iglesias evangélicas. Esta realidad de “Pueblo de Dios” se acerca más, a la manera de entender las cosas, de la doctrina oriental de los ortodoxos y de la doctrina occidental sobre la Iglesia. Esta concepción de la Iglesia corresponde a las revelaciones de la Sagrada Escritura.

Importancia de la revelación

José Luis del Río y Santiago Nunca, como ahora, el Magisterio de la Iglesia ha afrontado con tanta atención el asunto de la Revelación. Es cierto, que lo hace siguiendo todavía las pistas del Concilio de Trento y del Vaticano I, como lo manifiesta la introducción de la Constitución Dogmática sobre la Divina Relación del Vaticano II. Sin embargo, nunca se ha restringido al contenido de estos dos Concilios sino, más bien, los continúa, los desarrolla más ampliamente e, inclusive, los aclara en muchos puntos que los Concilios anteriores dejaron con cierta unilateralidad.

La Iglesia concibe la Revelación como un “donarse” de Dios mismo y como una “participación” que Dios hace de sí mismo a la humanidad, y no sólo de manera puramente intelectual como si se tratara de una simple comunicación de palabras que hablaran de Dios y sobre sus intenciones salvíficas, sino que “Dios tuvo a bien, en su bondad y sabiduría, revelar el misterio de su Voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, tienen acceso a Dios Padre para participar de su naturaleza Divina. Con este modo de Revelarse, Dios invisible, en su grande amor, habla a los hombres como a amigos y se entrelaza con ellos para invitarlos y admitirlos a la plena comunión con Él.

Por lo demás, la Revelación, en general, no se reduce sólo a palabras, no es sólo “doctrina”, sino, más bien una unión íntima de la acción y las palabras. En efecto: “Esta economía de la Revelación se manifiesta tanto con hechos y como con palabras, íntimamente ligados, de tal manera que las obras, realizadas por Dios en la historia de la salvación, manifiestan y refuerzan la doctrina y las realidades salvíficas expresadas por las palabras, y estas mismas palabras manifiestan las obras divinas y clarifican el misterio contenido en ellas”.

La Revelación es, por lo tanto, “la intervención” de Dios en la humanidad, en su historia. Intervención de Dios, que pone en movimiento los sucesos de la historia y abarca, como “elemento íntimo y esencial”, también la palabra, precisamente aquella palabra que suscita la fe en el hombre.

De la misma manera que la Revelación de parte de Dios es la “participación” de Dios mismo, así también, la respuesta del hombre a esta Revelación es la fe, en el sentido en que lo dice san Pablo en la carta a los Romanos: “A Dios que se revela, se le debe la obediencia de la fe”. (Rom. 16, 26), con la cual, el hombre, se abandona a Dios por entero y libremente, entregándole el “pleno obsequio de la inteligencia y de la voluntad”, adhiriéndose voluntariamente a la Revelación dada por Él. Y para que pueda darse, en la realidad, esta fe, es necesaria la intervención de la Gracia de Dios, que lo ayuda interiormente, con la acción del Espíritu Santo que mueve el corazón y lo atrae hacia Dios, abre los “oídos” de la mente, y da a todos la dulzura en el consentir y creer a la Verdad. Se trata, por lo tanto, de “donarse” a Dios que se manifiesta al hombre, inclusive de manera experimental.

Todo aquello que los Apóstoles recibieron directamente de Jesucristo o “por inspiración del Espíritu Santo” es “predicación Apostólica”. Esta fue, transmitida posteriormente a la Iglesia “por la Tradición” por medio de la palabra oral y bajo la inspiración del Espíritu Santo fue puesta por escrito por los “Apóstoles o por los hombres íntimamente ligados a ellos”. Esta palabra escrita es la Sagrada Escritura, a la cual se debe un especial honor, porque en ella, la predicación Apostólica “se expresa de un modo especial”.

¿Cuál es la relación entre la Tradición y la Sagrada Escritura?. La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, están estrechamente ligadas y comunicadas entre ellas. Porque ambas brotan de la misma Fuente Divina, de tal manera que, en cierto modo, forman “una sola cosa” y tienden al mismo fin. En efecto, la Sagrada Escritura es palabra de Dios en cuanto fue escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo y la Sagrada Tradición, recibida oralmente, transmite también la Palabra de Dios, confiada por Jesucristo y por el Espíritu Santo a los Apóstoles. Y a sus sucesores, a fin de que, iluminados por el Espíritu de la Verdad, con su predicación, la conserven fielmente y por escrito, la comuniquen y la difundan. La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, constituyen un solo “Sagrado Depósito” de la Palabra de Dios confiada a la Iglesia.

La custodia de la Revelación fue confiada por Jesucristo al Magisterio de la Iglesia, cuando dijo a sus Apóstoles: “…lo que aten en la tierra será atado en el Cielo y lo que desaten en la tierra será desatado en el Cielo” (Mt. 18, 18). En efecto, el Magisterio no es superior a la Palabra de Dios, sino que, más bien, es servidor de Ella. Así, enseñando, solamente aquello que ha sido “transmitido” por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, expone fielmente aquella Palabra. Y, de esta manera, a partir de este único Depósito de la Fe, el Magisterio de la Iglesia lo propone para ser creído como “Revelación de Dios”. Por lo tanto, el Magisterio de la Iglesia “sirve” a la Palabra de Dios, y debe, antes de enseñarla, escucharla con devoción.

Todo aquello que ha sido Revelado en la Sagrada Escritura, es Verdad Divina. Sin embargo, es necesario definir con precisión, “qué cosa” ha sido Revelado. Por esto, el intérprete debe investigar con cuidado, qué cosa intentaron y quisieron expresar los Autores Sagrados y qué cosa quiso Dios manifestar a través de las palabras de ellos. Sólo así podemos “entender bien aquello que Dios ha querido comunicarnos”.

En esta investigación, se debe poner mucho cuidado, y mucha diligencia al momento de examinar el contenido y la unidad de “toda” la Sagrada Escritura, teniendo muy en cuenta lo transmitido por la Viva Tradición que, entre otras cosas, hace presentes aquellas verdades que han manifestado las Declaraciones Dogmáticas. Sin embargo, al mismo tiempo, la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación del Vaticano II, muy abierta a las constataciones modernas de la Ciencia Bíblica, llama la atención para tener cuidado en lo que expresan los “géneros literarios”. En efecto, para conocer la intención de los Autores Sagrados, se debe tener en cuenta también estos, así llamados, “géneros literarios", pues la Verdad puede venir expresada en los textos de la Escritura, en varios modos: históricos, proféticos o poéticos, o con otros diferentes “modos de hablar”.

Es necesario, por lo tanto, que el intérprete investigue el sentido que el Autor Sagrado intentó expresar, y descubra cuáles fueron las circunstancias y las condiciones ambientales que prevalecían en su tiempo, y que quedaron redactadas a través de los modos de hablar que se usaban entonces. Para comprender en su justo valor, aquello que el Autor Sagrado quiso asegurar en sus escritos, se debe poner la debida atención a los modos habituales de entender, de expresarse y de narrar que se usaban en aquellos tiempos y que estaban en uso en las relaciones humanas de entonces.

Es claro, que la Ciencia Bíblica se encuentra ante tareas muy difíciles. Sin embargo, la Iglesia invita, decididamente, a los intérpretes, a cumplir con diligencia su arduo trabajo. Si bien es cierto, que la Iglesia tiene el mismo Espíritu que inspiró a los Autores Sagrados, no pretende en lo más mínimo disminuir, por esto, su trabajo de investigación. En el fondo está, precisamente, este Espíritu que atrae la atención de ambos sobre estos trabajos y les hace saber “el sentido” que intentó comunicarles. Por esto, la Iglesia, en su interpretación de la Sagrada Escritura, busca, al elaborar sus juicios, enriquecerse con los “datos previos”, proporcionados por el mismo método de investigación. ¡He aquí una de las sabias actitudes de la Iglesia!

La Sagrada Escritura: Coloquio de Dios con el hombre

José Luis del Río y Santiago De la misma manera que la Revelación no es sólo comunicación de palabras y acciones de Dios, sino que es la participación de Dios mismo, así también, un cristiano interesado en conocer la Sagrada Escritura no se reduce a la sola recepción de las declaraciones de Dios, sino que más bien se presta a llevar a cabo un “contacto vital” con este Dios y llegar así a una experiencia vital con Él.

La Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación expresa este hecho de una manera muy bella: “En los Libros Sagrados, el Padre que está en los Cielos viene con mucha amabilidad al encuentro con sus hijos y platica con ellos”.

Más adelante esta misma Constitución exhorta a “todos los fieles” a recordar que “la lectura de la Sagrada Escritura, debe ser acompañada con la oración, a fin de que pueda establecerse el coloquio entre Dios y el hombre, porque ‘cuando oramos, hablamos con Él, a Él escuchamos cuando leemos su Palabra’. (San Ambrosio)”.

La “oración fundamental” es ya, la fe misma. Porque para la fe es necesaria la Gracia de Dios que previene y ayuda, ya que el Espíritu Santo mueve los corazones y los dirige hacia Dios, abre los ojos de la mente y da a todos “dulzura en el consentir y en el creer a la Verdad”, para que el hombre pueda “por entero y libremente” abandonarse a Dios y prestarle la obediencia de la fe.

“Mover los corazones, dirigir el corazón a Dios, abrir los ojos de la mente, dar dulzura, son expresiones de la “experiencia religiosa”, en la cual, el cristiano es, por una parte, “movido por Dios”, y por otra, “eleva su propia alma a Dios”, esto es, ora. La fe misma es ya una especie de oración, oración fundamental. Y, debido a que no existe fe sin la lectura cristiana de la Sagrada Escritura, es obvio que en esta fe se realiza aquello que desea la Iglesia cuando dice que “la lectura de la Sagrada Escritura debe ir siempre acompañada por la oración, a fin de que pueda desenvolverse el coloquio entre Dios y el hombre porque `cuando oramos, hablamos con Él, y a Él escuchamos cuando leemos su Palabra´”.

La Iglesia está constituida por cristianos, para los cuales la Sagrada Escritura es “fuente pura y perenne” de su vida espiritual. Podemos comprender entonces cómo la Iglesia pueda afirmar que Dios, no cesa de hablar con la Esposa de Su Hijo Predilecto.

Y sólo así es como podemos comprender plenamente por qué la Sagrada Escritura es Palabra “viva”. Por eso se debe referir a la Sagrada Escritura aquello que se ha dicho: “… la Palabra de Dios es viva y eficaz que sirve para edificar a todos los santificados”. (1 Tes. 2,13).

Es así como se puede comprender a fondo cómo la Constitución sobre la Liturgia pueda hablar, al mismo tiempo, de la “mesa del Cuerpo del Señor” y de la “mesa de la Palabra de Dios”. Pues aunque la Palabra de Dios es verdadero Pan, se entiende, de modo diferente del Cuerpo de Cristo, también se entiende que es el mismo Jesús que se entrega como Alimento Espiritual. Además, el Decreto sobre el ministerio y vida de los sacerdotes, afirma justamente: “Los fieles se alimentan del Verbo Divino en la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Sagrada Eucaristía”. Y la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación subraya: “La Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras como lo hace con el Cuerpo mismo de Cristo, no faltando nunca, sobre todo en la Sagrada Liturgia, de nutrirse del Pan de la Vida en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo”.

Todos aquellos que en la Iglesia anuncian la Palabra de Dios, deben primero “escucharla interiormente”: “Por esto, es necesario que todos los clérigos, principalmente los sacerdotes y todos los que, como los diáconos y los catequistas, ejercen legítimamente el ministerio de la Palabra, para que conserven un contacto continuo con la Escritura, mediante una sagrada lectura y el estudio cuidadoso, a fin de que no se conviertan en `vanos predicadores de la Palabra de Dios que escuchan, sólo de manera exterior, sin haber escuchado interiormente´ (san Agustín), sino que deben participar a los fieles, confiados a ellos, las sobreabundantes riquezas de la Palabra Divina”.

los sacerdotes nunca deben olvidar que es el Señor el que abre los corazones, y que su superioridad no proviene de ellos mismos sino del poder de Dios que, en el acto mismo de predicar la Palabra se unen más íntimamente con Cristo Maestro y son, así, guiados por el Espíritu Santo.

La oración fundamental

I DE II

Durante la oración, y fuera de ella, hay en el cristiano un vínculo con Dios mucho más fuerte de lo que generalmente se piensa. Dios no habla con el hombre como el hombre habla con otro hombre, no lo “toca” como sucede entre los hombres. El hablar de Dios con el hombre y su entrada en la vida del hombre son algo “absolutamente particular”. Pero, con todo, es una realidad.

El mismo comienzo de la oración ya comprende una “intervención precedente” de Dios en el alma. La oración cristiana, en efecto, es ya una Gracia especial de Dios. Según santo Tomás de Aquino, es precisamente Dios el que “induce a la oración”, es Él quien despierta el alma para la oración. Hay en todo comienzo de la oración una cierta semejanza con el Anuncio del arcángel Gabriel a la Virgen María. También, en la oración, Dios “desciende” a la creatura, desea habitarla, unirse a ella, espera el fíat de parte del hombre, desea el diálogo con el hombre.

Precisamente por este diálogo también el Espíritu Santo viene en ayuda del cristiano que ora. En efecto, y, de manera semejante, también el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos con precisión ni siquiera cómo se ha de pedir en la oración, ni cómo convenga pedirlo, pero el Espíritu Santo, en persona, intercede por nosotros con gemidos inexpresables de amor (no con palabras que pudiera tener el pensamiento humano), y Él eleva y asume nuestro débil lenguaje con esos sus “gemidos” de amor (Rom. 8, 26).

La imagen según la cual el Espíritu Santo compone nuestra oración es la oración que, como Espíritu de Cristo, compone, en Cristo mismo, el Hijo del Padre. Oración que adquiere su pleno sentido en las siguientes palabras de San Pablo: “Son, en efecto, oraciones dichas bajo la moción del Espíritu de Dios (que hace que nuestra oración sea semejante a la que hace el Hijo) que nos hace exclamar: ‘¡Abba, Padre!’ (Rom. 8, 15-16).

Sin embargo, este Espíritu guía al cristiano no solamente en la oración, sino también en toda su vida. Toda la existencia del cristiano tiene un vínculo vital con Dios. Dios, en efecto, se dirige a nuestra vida, actúa en ella y la dirige hacia Él, aun cuando el cristiano no piense expresamente en Dios, porque aun en el trasfondo del trabajo y en las distracciones ordinarias están presentes aquellas fuerzas que constituyen la “oración fundamental”, que son: la fe, la esperanza y la caridad. Fuerzas que, aun permaneciendo ocultas, dan al ser del cristiano aquella tendencia fundamental hacia Dios, como nos la ha revelado Jesucristo. Fuerzas, que realizan aquella fundamental “elevación del Espíritu a Dios”, lo que constituye ya la oración. Por esto, hay en el cristiano, por medio de aquellas fuerzas, tanto en su trabajo como en medio de las distracciones ordinarias, el eco lejano de aquel “Abba Padre” que el Espíritu Santo compone en la oración.

Ahora, de este modo, por medio de la vida de fe, esperanza y caridad, la oración se extiende a toda la existencia ordinaria del cristiano. En efecto, en esta existencia ordinaria, hay algunos límites precisos entre los tiempos de oración y de no oración. La oración es (fundamentalmente por medio de la fe, la esperanza y la caridad) un vínculo vital con Dios, y este vínculo, por medio de sus propias fuerzas, actúa, aun en los tiempos que no son estrictamente de oración.

La fe, la esperanza y la caridad, como un elemento común de los tiempos de oración y de no oración, y como soporte del “vínculo vital” con Dios y con Jesucristo, son presentadas por la Iglesia de la siguiente manera: “La espiritualidad de los laicos, en orden al apostolado, tiene como fuente y origen a Jesucristo, mandado por el Padre, y es evidente que su fecundidad depende de su unión vital con Jesucristo, según el dicho de Él: Quién permanece en Mí y Yo en él, produce mucho fruto, porque sin Mí no pueden hacer nada. (Jn. 15, 5)”. Esta vida de unión íntima con Jesucristo se alimenta en la Iglesia con el apoyo espiritual común a todos los fieles, sobre todo cuando participan de manera activa en la Sagrada Liturgia.

Y este apoyo debe ser aprovechado por los laicos, de tal manera que, mientras cumplan perfectamente los deberes del mundo, en las condiciones ordinarias de la vida, no se separen de su “unión vital” con Jesucristo, sino que, cumpliendo sus propias actividades, según la Voluntad Divina, crezcan siempre más, por lo que en estas actividades deben vivir, naturalmente, la fe, la esperanza y la caridad. Ni el cuidado de la familia ni los compromisos civiles deben ser extraños a la espiritualidad de su vida, según el dicho del Apóstol: “Todo aquello que hagan, de palabra o de obra, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios y al Padre por medio de Él” (Col. 3, 17). También la Iglesia indica expresamente las fuerzas que hacen posible esta vida de alabanza a Dios cuando dice: “Tal vida requiere un continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”. En primer lugar el continuo ejercicio de la fe: “Sólo a la luz de la fe es posible, siempre y en todo lugar, conocer a Dios, en el cual vivimos, nos movemos y somos (Hechos 17, 28), buscando en todo acontecimiento su Voluntad. Hay que ver a Jesucristo en todo hombre, juzgar rectamente el verdadero sentido y valor que tienen las cosas temporales en sí mismas y en orden a nuestro fin último”.

Además de la fe es necesaria la vida de la esperanza: “Quien tiene la fe, vive en la esperanza de la revelación de los hijos de Dios, en la contemplación de la cruz y de la Resurrección del Señor. En la peregrinación de la vida presente, ocultos con Cristo en Dios y libres de la esclavitud de las riquezas, mientras contemplan los bienes eternos, con ánimo generoso, se dedican totalmente a extender el Reino de Dios y a animar y perfeccionar con espíritu cristiano el orden temporal”. Es necesario, en fin, un continuo ejercicio de la caridad: “Impulsados por el amor que viene de Dios, hacen el bien a todos… eliminando toda malicia y todo engaño, las hipocresías y las envidias, y todas las maldiciones (1 Pedro 2, 1) y atrayendo, así, a todos los hombres a Cristo. El amor de Dios, infundido en nuestro corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5, 5), hace capaces a los laicos de expresar realmente en su vida el Espíritu de las Bienaventuranzas. Cultivando la amistad cristiana entre ellos, se dan ayuda mutua en cualquier necesidad”. (Hechos 4).

La Iglesia nos enseña así, cómo es la verdadera vida cristiana, que está siempre impregnada por la fe, por la esperanza y por la caridad. Y, es así, a través de estas virtudes, que nos unen vitalmente con Dios, que la vida cristiana, en su totalidad, se convierte en verdadera oración.

¿Libertad religiosa a monaguillos?

Para “dar” al César lo que es del César y a Dios lo que le corresponde a Dios, es necesaria la libertad. Sin libertad no se puede “dar” ni al César –es decir al gobierno– ni a Dios absolutamente nada.

Dar sin libertad es arrebatar y convierte al César en ladrón autoritario, por apropiarse de algo sin consentimiento de su gobernado. Al mismo tiempo, profesar un culto a Dios sin libertad, me atrevo a decir, es fanatismo puro. Dios es verdad, y la verdad hace libre a los hombres, no los idiotiza, ni los humilla.

La visita del papa Benedicto XVI y la aprobación en el Senado de la reforma al Artículo 24 constitucional regresaron al debate el tema religioso. ¿Dónde están el César y Dios en nuestro país? La historia mexicana tiene dolores y cicatrices con las respuestas a esa pregunta.

Años antes del Grito de Independencia del sacerdote Miguel Hidalgo y su ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, el virrey de Croix expulsó a los clérigos jesuitas.

Medio siglo después de la firma del cura Morelos en la Constitución católica de Apatzingán, se promulgaron las antirreligiosas “Leyes de Reforma” para “proteger” al ciudadano de la “indebida” injerencia del clero.

Con ese mismo celo anticlerical de guardián del pueblo, Plutarco Elías Calles provocó la guerra cristera. Hasta 1992 el presidente Salinas, con el apoyo del PAN, normalizó las relaciones del Estado y la Iglesia católica.

Todavía hoy algunos antirreligiosos eso sí, vacacionistas puntuales de la Semana Santa– quieren un Estado tutor de la conciencia de los mexicanos. Tienen la visión vetusta por decimonónica de una religión como peligro, “opio” para drogar al pueblo; y justifican al laicismo como control estatal sobre la razón humana.

Consideran, con ingenuidad paternalista, que un párroco pronunciando un sermón desde el púlpito tiene más dominio sobre las mentes que un comunicador en la televisión. Son capaces de pedir vigilar el catecismo, porque sospechan que el padre Ripalda tiene más niños seguidores que el futbolista Cristiano Ronaldo.

Ni el confesionario ni el Vaticano tienen mayor impacto social que Google o Apple, y nadie acusa a éstos de manipulación ideológica, salvo en gobiernos totalitarios. ¿Eso quieren?

El Estado es laico. Laico por “lego”, popular e independiente, capaz de tomar decisiones sin amparo en una divinidad; pero nunca laico por oponerse a la relación de una persona con Dios.

El Estado verdaderamente laico es promotor de las libertades, entre ellas, al derecho humano a la libertad de pensamiento-conciencia-religión.

Algunos liberales de ocasión militan a favor de causas obvias de la libertad, por ejemplo de expresión, asociación, tránsito, información, etcétera; pero enmudecen para defender plenamente la libertad religiosa.

Otros prefieren “libertad sierva” (Martín Lutero) frente al Estado, y aceptan una libertad religiosa llena de reglas para impedir a un credo divino tener impacto en la sociedad, fuera de los templos. Están cómodos con una débil libertad religiosa, sólo para monaguillos.

La libertad religiosa implica no obligar a nadie a actuar contra la conciencia, ni impedir a nadie actuar conforme a ella. Por tanto, debe ir más allá del culto, y garantizar la titularidad de bienes y medios de comunicación a las iglesias para cumplir sus fines, y a los padres de familia decidir la orientación espiritual de los hijos, y a éstos no recibir una enseñanza contraria a su devoción.

¿La educación del Estado es “pública” no “estatal”. Lo “público” sólo pertenece al Estado? ¿Cómo conocer lo “público” sin libertad? ¿Por qué presionar, entonces, para aleccionar el conocimiento escolar desde el nihilismo, por qué insistir en esa nadería espiritual, a quienes consideran un valor la religión?

La religiosidad no es un tema de cielo o infierno, es un hecho terrenal –no único ciertamente– para formar personas libres y virtuosas. Optar por una religión o por el ateísmo es, diría G.K. Chesterton, “el más libre y fuerte de todos mis actos de libertad”.

La otra Semana Santa

La Semana Santa se puede vivir de muy diversas maneras. Puede vivirse simplemente como días de vacaciones y si se puede, pasarlas en el mar. Puede también vivirse con un barniz de devoción viendo en la televisión películas de temática bíblica o sobre la pasión de Cristo. Puede ser también simplemente una semana más. Hay quienes participan en las celebraciones en los templos o en los viacrucis en las calles. Se puede suponer que ésta es una buena manera en que los cristianos podemos celebrar la Semana Santa. Esto es verdad, pero todavía dentro de ese marco hay dos formas muy distintas de celebrarla.

Se puede participar con mucha devoción en las tan ricas celebraciones litúrgicas de Semana Santa y también en lo que se vive en la religiosidad popular como viacrucis vivientes, procesiones silenciosas, pésames a María. Eso está bien y da buenos frutos, pues se centra en Jesús y en su inmenso amor que lo llevó a dar la vida por nosotros en medio de tanto dolor, sufrimiento, traiciones y abandono.

Pero se puede celebrar eso aisladamente de lo que pasa en el país y en el mundo y en particular de lo que está pasando a tantos niños que están en la calle, tantos desempleados y emigrantes que son los crucificados de hoy día. Y lo que es también muy grave, se puede vivir fuera del contexto real en donde vivió Jesús los misterios de la Última Cena, Pasión, Muerte y Resurrección que estamos celebrando. Para remediar el primer aislamiento se suelen tomar con razón varias iniciativas, por ejemplo, se ora por las distintas necesidades de la población en los viacrucis.

La otra forma es recorrer la Semana Santa desde los conflictos que tuvo Jesús con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo: Maestros de la Ley, fariseos, sacerdotes, Herodes y Pilatos, que en definitiva lo condena por una razón política: Para no quedar mal con el César. Éste es el contexto real de la pasión y muerte de Jesús. Y así como se enseña que en la Biblia hay que leer el texto en el contexto en que fue escrita y transmitida, de igual manera las celebraciones de Semana Santa debieran vivirse en el contexto en que Jesús lo vivió y en el contexto de nuestra realidad actual.

Así, el Jueves Santo es un día muy intenso. Pero todo esto puede quedar diluido si lo reducimos fuera de contexto a algunas expresiones y gestos, como “Institución de la Eucaristía”, Lavar los pies a 12 adolescentes, hacer el “Día de la Caridad”... Eso es bueno, pero puede perder el elemento interpelante de cómo lo vivió Jesús.

En primer lugar no se trataba de una cena cualquiera, sino de la cena de la Pascua. Era y es la celebración de la salida de la esclavitud de Egipto, liberarse de la opresión del Faraón e ir hacia una tierra prometida donde podrán tener una vida más humana, en libertad y con una producción agrícola para vivir dignamente. En 1968 con Pablo VI, los obispos reunidos en Medellín proclamaban que la Pascua es el paso de vida de condiciones inhumanas -como son el hambre, la extrema pobreza, el analfabetismo, etc.- a condiciones de vida humanas. Así igualmente hoy día si reafirmamos nuestro compromiso por una vida humana digna y reconociendo en ello el paso liberador de Dios, entonces tiene pleno sentido esta celebración.

El lavatorio de los pies no es simplemente el gesto sencillo que repetimos cada año. El que lava los pies es el Maestro y Señor. Jesús realiza lo que hacían los siervos o los esclavos. Este gesto no lo entendía Pedro, ni nosotros lo entendemos a cabalidad. Es un gesto del reino de Dios, que es servicio y humildad y en el que las autoridades no se deben poner encima, sino ser en verdad servidores. Y esa noche trágica en que los discípulos, como nosotros, discutían cuál era el principal, Jesús les sacude y les dice: Si quieren ser los primeros en el reino de Dios, sirvan a los demás. Y al mismo tiempo Jesús hace una crítica a los reyes de su tiempo y de nuestros tiempos: No sean como los reyes que oprimen a los pueblos y todavía quieren que los llamen bienhechores.

En el centro de la cena está el mandamiento del amor hasta dar la vida y que Jesús realiza simbólicamente en vísperas de su propia muerte. Las palabras que hoy llamamos “consagración” son muy fuertes: “Éste mi cuerpo que es entregado por ustedes. Ésta es mi sangre que es derramada por todos”. Y esa noche y el día siguiente su cuerpo fue torturado, masacrado y derramó Jesús hasta la última gota de su sangre. Y esto no pasó en un accidente, sino de su parte entregando libremente la vida, pero de parte de las autoridades en un juicio y ejecución totalmente injusta. No se trata solamente de repetir las palabras de Jesús, sino de comprometernos a entregar la vida.

Después de la misa del Jueves Santo, terminan las celebraciones oficiales. Pero en la vida de Jesús esa misma noche aparece la traición, como hoy también tantas traiciones. Viene el prendimiento como un ladrón o malhechor y luego el abandono, la negación de Pedro, el juicio inicuo con testigos falsos y la condena a muerte dictada por Sanedrín, el Senado de los judíos. Y todo esto sigue pasando en nuestro tiempo, sobre todo contra los más pobres. ¿Cómo celebrar el Jueves Santo de espalda a esta realidad? La condena a muerte se viste hipócritamente de motivos religiosos, pero en la realidad es el rechazo a Jesús como Mesías Servidor, es asegurar ellos su autoridad.

¿Tiene sentido la Cuaresma hoy?

Antes de dar una respuesta habría que considerar que, con base en los resultados del censo 2010, el INEGI ha señalado que en México el catolicismo está en franca disminución.

El dato duro dice que el porcentaje de personas que se declararon católicas fue de sólo 83.9 %, mientras que hace apenas una década era de 88 %. Es decir, una disminución de cuatro % en 10 años, lo que en México significa muchos millones. En efecto, si en población total en la última década pasamos de poco más de 97 millones a más de 112, o sea más de 15 millones, el número de católicos aumentó en 7.5 millones. ¿Dónde quedaron los otros casi ocho millones? Pues se fueron a otras Iglesias o hacia la indiferencia religiosa. Así por ejemplo, en la última década el porcentaje de personas que declararon no tener ninguna religión pasó del 3.5 al 4.6 %.

La disminución viene de manera constante desde hace por lo menos sesenta años. Si en 1950 el 98.21 de la población se declaraba católica, para 1960 ese porcentaje bajó a 96.47, para 1970 al 96.17 %, en 1980 se conoció una caída aún más brutal pues para ese entonces sólo el 92.62 % de los mexicanos se declararon católicos y para 1990 el porcentaje disminuyó a 89.69. En el 2000, como se ha mencionado, ya había apenas un 88 % de católicos en el país y ahora estamos debajo de 84 %.

Ahora bien, no hay que olvidar que la “autenticidad” de la religión no está basado en el número de creyentes que congrega, sino en la práctica efectiva de compasión y misericordia para con los que sufren, con los marginados y pobres. Entonces la pregunta por el sentido de la Cuaresma sí resulta pertinente.

La cuaresma tiene valor e importancia en la medida en que se constituye en un camino hacia la esperanza contra toda esperanza de la pascua. Pero la práctica religiosa ha proyectado una visión que fácilmente lleva al exhibicionismo, es decir, una religiosidad que se hace para ser vista, o al masoquismo negador del sano amor a uno mismo.

Para muchas personas cuaresma es sinónimo de dolor y sacrificio, de guardar abstinencia y ayuno, de penitencia y castigo, aspectos que se han terminado convirtiéndose en un fin. La esperanza pascual ha de traducirse en actitudes, prácticas y actos diarios, personales y comunitarios, en la familia y en el trabajo, en la oración y en la política, en la lucha y en la fiesta. La Cuaresma es más que un recuerdo teológico, es vivir con las exigencias de pertenecer a Cristo, caminando hacia la cruz y hacia la resurrección. No nos debe extrañar que una Iglesia tenga mucho de cruz, porque si no, no tendrá mucho de resurrección. Una Iglesia acomodaticia, que busca el prestigio sin el dolor de la cruz, no es la Iglesia auténtica de Jesucristo. Y el itinerario cuaresmal nos invita a contemplar el misterio de la cruz, para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: Dejarnos transformar por la acción del espíritu; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo.

La disminución del catolicismo puede deberse a muchas razones: A la secularización, a la pluralidad contemporánea, a la modernidad, etcétera. Pero no podemos negar que los creyentes tenemos una gran parte de responsabilidad cuando la confesión religiosa no toca las fibras de la vida cotidiana y nos proyecta a actuar en consecuencia. La falta de testimonio es una de las principales causas del indiferentismo religioso en el mundo.

Así, este tiempo que inició de Cuaresma tiene sentido siempre y cuando estemos dispuestos y convencidos de que la religión pasa por el prójimo y le pega al bolsillo. De lo contrario seguiremos anclados en la filigrana, en el folclor religioso y en el oropel que no deja nada. Ojalá que mi Iglesia así lo entendiera y lo viviera.
También creo que otro mundo es posible y que la esperanza es verdadera.

miércoles, 4 de abril de 2012

Los Jinetes del Nuevo Apocalipsis

La furia y el miedo son los sentimientos predominantes en todo el mundo, a excepción de Asia, declara el sociólogo francés Moisi. Vivimos la Edad de la Furia, dice el New York Times. ¿El capitalismo del Siglo XX le está fallando a la sociedad del Siglo XXI?

En Suiza, en el Foro Económico Mundial 2012 la pregunta aún no ha sido contestada. Desempleo, desorden climático, desigualdad e inseguridad son los jinetes del nuevo Apocalipsis, según Davos. La edición del 2012 comenzó con la difusión del documento sobre los riesgos para el mundo. “Se acabó la era de los alimentos baratos”, sentenció el presidente mundial de Unilever, quien llamó a la creación de un fondo multimillonario para el desarrollo de soluciones alimentarias en el que participarían gobiernos, empresas y organismos multilaterales.

El tema del Fondo Económico Mundial 2012 es ‘La Gran Transformación: Creando Nuevos Modelos’; modelos de crecimiento y empleo; liderazgo e innovación, sostenibilidad y desarrollo, así como modelos sociales y tecnológicos. El economista alemán Klaus Schwab sorprendió al auditorio al convocar a la comunidad mundial a reflexionar sobre la necesidad urgente de una transformación del capitalismo. ¿Por qué urge transformar el capitalismo? Porque según el propio Foro Económico Mundial en su informe de riesgos Globales 2012 se considera que la creciente desigualdad social será “una de las mayores amenazas para la economía mundial en los años por venir”. Éste es el gran reto que hay que atender en estos momentos en que se vislumbra el riesgo de una nueva recesión económica mundial.

En el mundo de la economía en el pasado se consideró que los mercados siempre funcionaban perfectamente y no deberían ser regulados. Oferta y demanda. Hoy los nuevos economistas de un mundo globalizado sostienen que los mercados están peligrosamente amenazados de ser controlados por intereses particulares de los grandes capitalistas, quienes buscan protección de la competencia, inclusive utilizando la acción gubernamental.

Un mercado global ideal sería aquél en que no impere la Ley de la Selva, sino que el juego sea parejo, con reglas conocidas y transparentes donde todos tengan la posibilidad de participar y ganar. La falta de reglas provoca que los mercados sean imperfectos por la imposición del más fuerte (el capitalista), o el hecho de que existan reglas inadecuadas que impongan barreras a la competencia que por lo general afecta a los países en desventaja.

Nuestro mundo se estremece ante las constantes manifestaciones ciudadanas de inconformidad y nos lleva a preguntar: ¿Por qué tanto malestar, tanta pobreza, tanta desesperanza, tanta violencia? ¿Por qué tanto dolor? El dolor se esparce en el mundo entero, tanto en los países del primer mundo como aquellos en desarrollo. El libre mercado y la tecnología parecían resolver las carencias en los países menos privilegiados y hoy se dan las movilizaciones con mayor frecuencia y mayor furia. Los economistas advierten que en la raíz del malestar está la disonancia entre la realidad y las expectativas.

No es casualidad que uno de los puntos más críticos sea la educación, y las movilizaciones que se generan en torno a ella. El cuestionamiento a la calidad de la educación y particularmente su relación con la inequidad en todo tipo de transacciones comerciales produce la cruda e incómoda sensación de que, en efecto, las expectativas distan bastante de la realidad.

El desempleo a nivel mundial, el desorden climático ocasionado en gran medida por el descuido del medio ambiente, la desigualdad provocada particularmente por una ecuación injusta de trabajo y capital, y la inseguridad social que se origina por la profunda insatisfacción de muchos por la actuación de unos cuantos, son planteamientos que se discutirán en los próximos días en el Foro Económico Mundial 2012. Klaus Schwab, presidente y fundador del Foro declaró: “El Capitalismo, en su forma actual, no se adapta ya al mundo a nuestro alrededor. Hemos fracasado en aprender las lecciones de la crisis de 2009. Se necesita urgentemente una transformación global y debe empezar con establecer un sentido global de responsabilidad social”.
La Gran Transformación: un grito de guerra para encontrar nuevas soluciones duraderas a los problemas del mundo.

martes, 19 de abril de 2011

LAS SIETE PALABRAS

Recordemos los términos con que Jesús se dirigió a Nicodemo, fariseo judío que fue a hablar con él una noche, citados en Jn. 3:14, en los que manifiesta: “Así como levantó Moisés la serpiente de bronce en el desierto así tiene que ser levantado el hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él la vida eterna”, Ns. 21:4 a 9. Palabras enigmáticas que nos invitan a mirar de frente lo que, en el plan de Dios, es más difícil de aceptar dado que, por causa precisamente de una serpiente, Adán y Eva desobedecieron al Padre. En Juan la expresión ser levantado se refiere tanto a la cruz como a la resurrección; Jesús alude a la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto, este episodio de la Biblia es figura de la suerte que correría Jesús, pero los judíos ciertamente no habían descubierto aún el sentido del mensaje. ¿Cuántos habrá en la actualidad que lo desconocen, que sabiéndolo hacen caso omiso o que simplemente fundan su interés en asuntos para ellos más convenientes?

El sacrificio de Jesucristo, su pasión y muerte en la cruz, fue por nuestra salvación, según ha quedado ampliamente de manifiesto en Is. 53, Mt. 26:28, Rom. 5:9 a 11 y 19 así como en 1Pe. 1:18. Mañana domingo se conmemora la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, preludio de sus penalidades; en un acto sublime de humildad y amor el maestro lavó los pies a sus discípulos, les habló sobre lo que vendría y se retiró a orar al Monte de los Olivos –huerto de Getsemaní–, poco después sería entregado a los soldados para ser conducido a juicio.

Ahora bien, el título de este escrito se refiere a las últimas frases que Cristo pronunció cuando se encontraba en la cruz, en los postreros momentos de su vida terrenal; aquí los recordamos con profundo respeto, tratando de interpretar el mensaje del hombre cuya trascendental existencia logró influir tan poderosamente en la humanidad como nadie jamás lo hizo.

A fuer de ser sinceros, ¿intervendríamos a favor de alguien con quien hemos tenido diferencias serias o por quien es señalado por todos como un enemigo público, peligroso para la sociedad? Si podemos evitar un perjuicio a quien es merecedor de nuestro encono, seguramente nos haremos los desentendidos a fin de no impedirlo. En estos ejemplos subyace el mensaje de la primera frase: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, intervención clara de Jesús a favor de sus enemigos.

A los lados de Jesús crucificado se hallaban dos tunantes, la segunda frase fue dirigida a uno de ellos, Dimas, conocido como el buen ladrón, en respuesta a su fe manifestada cuando le expresó: “Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino”, a lo que el hijo de Dios le respondió: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Sutil forma de comunicarnos el valor que representa la confianza hacia el Señor, por supuesto una fe que tiene que ser avalada con nuestra actuación cotidiana congruente con sus preceptos y con el ejemplo de vida que nos dejó.

La tercera frase implica una magnífica herencia, detalle sublime por el que nos deja una madre, cuando le manifiesta a Juan y a la propia Virgen María: “He aquí a tu madre, he ahí a tu hijo”. Evidentemente fue perfecta e inmaculada nuestra gran Señora, no podemos colegirlo de otra manera al ser escogida por el Creador para ser la madre de Cristo Jesús. Desde otro punto de vista Juan, el discípulo amado –Jn. 21:24–, fue el seleccionado para representarnos como hijos de María en quien, por cierto, encontramos una eficaz intercesora.

Como hombre que fue de este mundo, Jesucristo experimentó un momento de flaqueza, seguramente motivado por la desconfianza, inseguridad o temor de sus propios seguidores, cuando pronunció la cuarta frase: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habéis abandonado?”. Quizá le apremiaba la congoja que involuntariamente estaba causando a su madre, quizá dudaba del fruto de su inmolación en la que toleró humillaciones, maltratos y vejaciones de quienes eran precisamente la razón de su martirio, quizá también le pesaba el abandono o la cobardía de quienes había escogido para continuar su obra.

Cuando el enviado del Padre expresó la quinta frase: “Tengo sed”, no se refería solamente a la falta del líquido vital, en esos instantes evidentemente una necesidad de extrema prioridad que bien sabía no le sería satisfecha, insinuaba obviamente a la sed de amor que su corazón sentía, nos invitaba a calmársela mediante nuestro justo desempeño cotidiano. Si el Padre eterno ofrendó a su amadísimo hijo por nosotros, ¿en qué medida debería ser nuestra correspondencia?

La sexta frase externada: “Todo está consumado”, nos hace ver que Jesucristo daba por finiquitada su misión en este mundo, había cumplido la encomienda divina de mostrarnos el camino de la salvación. Habernos dejado su ejemplo de vida, una madre confiable como intercesora y una pléyade de guías morales es muy indicativo de su gran preocupación por nosotros, el resto corresponderá a quien quiera ver, a quien quiera oír.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, fue su última frase antes de reunirse con el Altísimo. Si el hijo de Dios imploró la asistencia de su Padre, ¿qué nos queda a nosotros por hacer? Cristo, que estaba colmado de la gracia celestial, invocó el apoyo de la divinidad en el momento crucial, nosotros, mundanos pecadores con múltiples imperfecciones y limitaciones, debiéramos llevarlo a cabo de forma ininterrumpida proponiéndonos cumplir con su voluntad: la caridad con el hermano, el perdón sincero y el arrepentimiento efectivo.

Es conveniente para nosotros como cristianos atender la siguiente reflexión final: Que el recuerdo de la pasión y muerte de Jesús que en estas fechas conmemoramos, logre infundir en nuestros corazones sentimientos de paz y esperanza que nos hagan revisar el sentido que estamos dando a nuestras vidas, de acuerdo con el ejemplo que se nos dio y a las enseñanzas que nos fueron concedidas.