Del año 1900 al 1913, profetas de toda clase anunciaban al siglo 20 como un tiempo de las grandes construcciones del conocimiento, la política, y la construcción de un mundo mejor para todos.
Todos estos profetas se equivocaron: el siglo 20 resultó ser una era de las grandes rupturas, desengaños y frustraciones. Cien años en que los grandes proyectos de unidad mundial se desmoronaban, y, a la vez, se hacían añicos los más importantes valores de una tradición probada de la Antigua Grecia.
La Primera Guerra Mundial estalla en 1914, sin ningún esfuerzo por impedirla por parte de las naciones más poderosas. Por vez primera, el mundo fue testigo de la crueldad humana a una escala que jamás se había visto.
La Segunda Guerra Mundial, en la que perdieron la vida más de 50 millones de personas, y en la que quedaron heridas y mutiladas más de 200 millones, ofreció al mundo un espectáculo dantesco: las invasiones de Alemania a países débiles y sin armamento, con la consecuente mortandad de millones de seres humanos; hambrunas en países invadidos por los nazis; el surgimiento del Fascismo; la destrucción de puentes, carreteras, centrales eléctricas y ciudades enteras; el Holocausto, vergüenza de la humanidad con más de 6 millones de judíos asesinados.
Y para ponerle la cereza al pastel de muerte, el genocida presidente Truman, lanza en 1946 sendas bombas atómicas a Hiroshima y Nagasaki. Japón, materialmente, estaba destruido y rendido, pero la infinita soberbia de Truman y de su gobierno anhelaban la humillación de Japón con su rendición expresa. El siglo 20 no aprendía de sus errores y crueldades: la colonización explotadora de naciones europeas devastaban a países de África y Asia.
Tanta confusión y desconcierto explotó en la década de los 60. En París, el Movimiento Estudiantil de 1968 expulsó del poder a su gran héroe nacional: al presidente Charles De Gaulle. Los estudiantes protestan en la avanzada Universidad de Berkeley California, y en Praga, capital de la hoy República Checa. En México el Movimiento Estudiantil de 1968 cambió el curso de nuestra historia.
La codicia demente de dominación por parte de los Estados Unidos y de la Antigua Unión Soviética mantuvieron a la población mundial en un permanente estado de terror, temiéndose que en cualquier momento se desataría la tercera guerra mundial.
Esta tercera guerra no apareció en el siglo pasado, pero sí se dio una guerra del terror, desde la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, terminada en 1946, hasta el derrumbe del Muro de Berlín en 1989. A esta guerra se le conoció con el nombre de la Guerra Fría.
En Yalta, Roosevelt, Stalin y Churchill se reparten el mundo. Pero no obstante esto, la antigua Unión Soviética quedó resentida y temerosa, dándose lugar a permanentes hostilidades durante toda la Guerra Fría (1946-1998), por parte de los antiguos aliados: Rusia y los Estados Unidos.
La arrogancia de este país no entendió ni le interesó comprender las distintas opciones para el crecimiento económico y la distribución justa de la riqueza. Este país impone en la economía mundial un “capitalismo salvaje”, sin importar que las grandes especulaciones financieras en las bolsas de valores, y los acuerdos económicos decididos en Washington, empobrecieran a la gran mayoría de las personas que eran alcanzadas por estas políticas unilaterales.
La inmensa concentración de la riqueza en los privilegiados grupos de interés no se hizo esperar: surgieron riquísimas empresas, se fabricaron multimillonarios, se privilegió al capital; y, por otra parte, aumentó el número de pobres, aun en los Estados Unidos.
Este modelo económico fracturó al mundo en el siglo 20: de una población de 7 mil millones de personas, más de mil 400 millones padecen de hambre cada día y más de 2 mil 200 millones se debaten entre la miseria extrema y la pobreza.
La inercia del capitalismo salvaje de los últimos 30 años del siglo pasado, tomó desprevenido a su principal promotor: en el año 2007 se derrumba la economía de los Estados Unidos, con una crisis de extensión mundial, y de peores consecuencias que la Gran Depresión del año de 1929. La crisis del 2007 derrumbó a la economía norteamericana, y causó la quiebra económica de naciones atadas al modelo explotador de la libre empresa sin restricciones ni límite alguno.
A nosotros nos corresponde estudiar con gran cuidado, el abandono que el siglo 20 hizo de los grandes valores del hombre y de la rica herencia de las más importantes aportaciones de la cultura Occidental.
Los hombres y mujeres del año 2011, en un alto porcentaje, estamos confundidos y aterrorizados de lo que heredamos del siglo pasado: crueldad, hambrunas, desempleo, racismo, discriminación de todo tipo, heridas graves a nuestro planeta tanto en su clima como en sus recursos. ¡Necesitamos ir escribiendo el Código Ético que guíe a nuestras naciones! ¡Nada mejor que rescatar los grandes valores de nuestra tradición occidental!
martes, 31 de mayo de 2011
Valentía y audacia
Jacinto Faya Viesca
¡Nuestra imaginación nos ha construido un bello sueño y el corazón palpita de impaciencia por realizarlo! Lo imaginado nos lanza al vuelo de la fantasía al igual que un halcón se encumbra en la montaña. Pero de pronto, nuestros temores habituales le roban el fuego a nuestro corazón encendido. ¿Y qué puede ya hacer una imaginación destrozada y un gélido corazón si no es volver a lo habitual y a nuestra fantasía acobardada?
Nuestros nobles sueños y proyectos son derrumbados por nosotros mismos y no por la realidad. Al corazón sólo lo puede nutrir la valentía y la audacia. Ya lo dijo el poeta latino Ovidio: “Dios ayuda a los audaces”. A la fortuna, como es mujer, le gustan los audaces y atrevidos, y es débil con los valientes. Decía Goethe que en los momentos difíciles de nuestra vida, nada había mejor para salvarnos que la “presencia de espíritu”, es decir, la decisión firmísima y valiente. En la Antigua Roma, un proverbio popular decía: “No cedas a los males, ve a su encuentro con mayor audacia”.
Si no recuperamos nuestra dignidad maltratada no debemos quejarnos que otros nos pisen como si fuéramos gusanos. Así como nadie nos puede robar nuestra libertad, tampoco debemos permitir que otros nos rebajen, y mucho menos, rebajarnos nosotros mismos. Estas ideas las expresó de una manera genial el poeta alemán Goethe, pero con la inmensa ventaja de que su expresión escrita está revestida de un poderoso esplendor estético. Y cuando algo se expresa con un refinado arte, las palabras penetran en todos los poros de nuestro ser y nuestra alma puede dar un giro a nuestras circunstancias por más duras que sean; giro, que llena de audacia nuestro corazón y de confianza a nuestra alma, produciendo en nosotros una fuerza tal, que podemos alterar nuestras circunstancias y hacer realidad nuestros más bellos sueños y proyectos.
Pues bien, Goethe en su obra “Fausto” escribió: “Sí. Vuelve con ánimo resuelto la espalda al bello Sol de la Tierra. Decídete con osadía a forzar las puertas ante las cuales todos querrían pasar de largo. Llegó ya el momento de probar con hechos que la dignidad del hombre no cede ante la grandeza de los dioses; hora es ya de no temblar frente a ese antro tenebroso en donde la fantasía se condena a sus propios tormentos; de lanzarse hacia aquel pasaje, alrededor de cuya estrecha boca vomita llamas todo el infierno; de resolverse a dar este paso con faz serena, aun a riesgo de hundirse en la nada”.
Ante nuestros sueños y proyectos destrozados por nuestra cobarde fantasía, sólo nos quedan dos opciones: llorar en las ruinas de lo que no fue, de lo que no nos atrevimos a emprender; o bien, dejar de temblar como palomas asustadas y remontar el vuelo como audaces águilas. En nosotros está la decisión.
“El comienzo es más que la mitad que el todo”, lo escribió Aristóteles y con frecuencia lo decía Napoleón, el hombre, probablemente, con la voluntad más firme y ardorosa que jamás haya existido. Si comenzamos a actuar vigorosamente en nuestros sueños y proyectos habremos dado el paso más largo. Pero vencer la inercia, la costumbre temblorosa y el asustado corazón de una paloma, sólo podremos lograrlo a partir de una decisión osada, y esta clase de decisión no puede salir de la cabeza desprendida del corazón, sino de un corazón que alimenta a la cabeza.
Queremos pasar de largo ante las puertas que nuestra afiebrada y malsana imaginación no se atreve a abrir o derribar. La maltratada imaginación se nutre de cobardía y desconfianza, y nada grande podemos hacer sin una robusta confianza en nosotros mismos. Desde el momento en que la confianza nos empiece a encender, lo inseguro se vuelve certero, y lo cobarde se torna en valiente. Demos el primer paso y habremos recorrido más de la mitad del todo. Lo que más necesitamos es un “lance de osadía”. Este lance nada nos asegura, pero sí hace absolutamente posible que el tierno corazón se convierta en los instintos valientes de un gavilán.
Creamos en Napoleón cuando dijo: “Nada más difícil, pero nada más precioso que el saber decidir”. La timidez congela la sangre caliente de nuestro corazón; por ello, mucha razón tuvo Fernando de Rojas cuando en su obra “La Celestina” escribió: “La buena fortuna ayuda a los osados y es contraria a los tímidos”. ¡Nada podemos perder si ya tenemos perdidos nuestros sueños y proyectos! ¿Entonces, por qué no intentar darle un giro a nuestras deplorables circunstancias? ¡Si creemos que podemos, claro que podremos hacerlo!
¡Nuestra imaginación nos ha construido un bello sueño y el corazón palpita de impaciencia por realizarlo! Lo imaginado nos lanza al vuelo de la fantasía al igual que un halcón se encumbra en la montaña. Pero de pronto, nuestros temores habituales le roban el fuego a nuestro corazón encendido. ¿Y qué puede ya hacer una imaginación destrozada y un gélido corazón si no es volver a lo habitual y a nuestra fantasía acobardada?
Nuestros nobles sueños y proyectos son derrumbados por nosotros mismos y no por la realidad. Al corazón sólo lo puede nutrir la valentía y la audacia. Ya lo dijo el poeta latino Ovidio: “Dios ayuda a los audaces”. A la fortuna, como es mujer, le gustan los audaces y atrevidos, y es débil con los valientes. Decía Goethe que en los momentos difíciles de nuestra vida, nada había mejor para salvarnos que la “presencia de espíritu”, es decir, la decisión firmísima y valiente. En la Antigua Roma, un proverbio popular decía: “No cedas a los males, ve a su encuentro con mayor audacia”.
Si no recuperamos nuestra dignidad maltratada no debemos quejarnos que otros nos pisen como si fuéramos gusanos. Así como nadie nos puede robar nuestra libertad, tampoco debemos permitir que otros nos rebajen, y mucho menos, rebajarnos nosotros mismos. Estas ideas las expresó de una manera genial el poeta alemán Goethe, pero con la inmensa ventaja de que su expresión escrita está revestida de un poderoso esplendor estético. Y cuando algo se expresa con un refinado arte, las palabras penetran en todos los poros de nuestro ser y nuestra alma puede dar un giro a nuestras circunstancias por más duras que sean; giro, que llena de audacia nuestro corazón y de confianza a nuestra alma, produciendo en nosotros una fuerza tal, que podemos alterar nuestras circunstancias y hacer realidad nuestros más bellos sueños y proyectos.
Pues bien, Goethe en su obra “Fausto” escribió: “Sí. Vuelve con ánimo resuelto la espalda al bello Sol de la Tierra. Decídete con osadía a forzar las puertas ante las cuales todos querrían pasar de largo. Llegó ya el momento de probar con hechos que la dignidad del hombre no cede ante la grandeza de los dioses; hora es ya de no temblar frente a ese antro tenebroso en donde la fantasía se condena a sus propios tormentos; de lanzarse hacia aquel pasaje, alrededor de cuya estrecha boca vomita llamas todo el infierno; de resolverse a dar este paso con faz serena, aun a riesgo de hundirse en la nada”.
Ante nuestros sueños y proyectos destrozados por nuestra cobarde fantasía, sólo nos quedan dos opciones: llorar en las ruinas de lo que no fue, de lo que no nos atrevimos a emprender; o bien, dejar de temblar como palomas asustadas y remontar el vuelo como audaces águilas. En nosotros está la decisión.
“El comienzo es más que la mitad que el todo”, lo escribió Aristóteles y con frecuencia lo decía Napoleón, el hombre, probablemente, con la voluntad más firme y ardorosa que jamás haya existido. Si comenzamos a actuar vigorosamente en nuestros sueños y proyectos habremos dado el paso más largo. Pero vencer la inercia, la costumbre temblorosa y el asustado corazón de una paloma, sólo podremos lograrlo a partir de una decisión osada, y esta clase de decisión no puede salir de la cabeza desprendida del corazón, sino de un corazón que alimenta a la cabeza.
Queremos pasar de largo ante las puertas que nuestra afiebrada y malsana imaginación no se atreve a abrir o derribar. La maltratada imaginación se nutre de cobardía y desconfianza, y nada grande podemos hacer sin una robusta confianza en nosotros mismos. Desde el momento en que la confianza nos empiece a encender, lo inseguro se vuelve certero, y lo cobarde se torna en valiente. Demos el primer paso y habremos recorrido más de la mitad del todo. Lo que más necesitamos es un “lance de osadía”. Este lance nada nos asegura, pero sí hace absolutamente posible que el tierno corazón se convierta en los instintos valientes de un gavilán.
Creamos en Napoleón cuando dijo: “Nada más difícil, pero nada más precioso que el saber decidir”. La timidez congela la sangre caliente de nuestro corazón; por ello, mucha razón tuvo Fernando de Rojas cuando en su obra “La Celestina” escribió: “La buena fortuna ayuda a los osados y es contraria a los tímidos”. ¡Nada podemos perder si ya tenemos perdidos nuestros sueños y proyectos! ¿Entonces, por qué no intentar darle un giro a nuestras deplorables circunstancias? ¡Si creemos que podemos, claro que podremos hacerlo!
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EL ARTE DE VIVIR LA VERDAD
Vivir más y mejor
Charles Darwin, el sabio inglés que escribió “El origen de las especies” en el siglo 19, demostró científicamente los procesos de la “selección natural” y cómo se desarrollaron las especies de animales; para Darwin, sobrevivieron los animales más aptos, pero esta aptitud no se daba solo con relación a la fuerza, sino fundamentalmente a la capacidad de “adaptación” de los animales al medio en que vivían.
Darwin ha sido considerado junto con el inglés Newton, (el más grande científico de la humanidad), como dos de los cinco hombres más importantes de la historia. A partir de Darwin, sabemos que todo animal tiende poderosamente a conservar su vida. A esta tendencia se la ha denominado con la frase de “instinto de conservación”. Pero además, todo animal, y principalmente los mamíferos más desarrollados, instintivamente no sólo huyen del dolor y de los peligros, sino que tienden a obtener el mayor número de placeres.
“Mis observaciones – escribió el psicoanalista Erich Fromm – me hacen creer en una ley general, según la cual todo hombre, como todo animal, como cualquier semilla, quiere vivir. Y no sólo quiere vivir, sino que quiere sacar de la vida el máximo placer y satisfacción. Nadie quiere ser desgraciado, ni siquiera el masoquista. Para éste, el masoquismo (el deseo de querer sufrir) es su forma peculiar de obtener un máximo placer. El tener menos salud o el sufrir más, se debe a errores o a la desviación en el camino de la vida, que llega a ser constante a partir de los 3 años de edad; a veces, también se debe a factores constitucionales y a toda una mezcla de circunstancias desfavorables para el óptimo desarrollo, de manera que, entonces, se busca la salvación por un camino torcido”.
Cuando cometemos errores y nos desviamos de las sanas maneras de vivir, empezamos a destruir nuestra felicidad, y así lo entendió la pensadora española Concepción Arenal, en su sabia reflexión: “El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea”.
En muchos de nuestro jardines observamos árboles torcidos debido a que la luz del sol no los baña de lleno; estos árboles se inclinan porque buscan, en un afán de sobrevivencia, la luz que les siga permitir viviendo; y así sucede con la flores: aquellas a las que no les llega la luz, se mueren o viven marchitas; mientras que sus hermanas alumbradas por el astro rey, viven bellas y rebosantes de vida. Lo mismo nos sucede a los seres humanos: si la luz de la verdad y de las óptimas maneras de vivir nos alimenta permanentemente, creceremos derechos y saludables. Pero si sólo nos nutren de manera precaria estas luces del bien vivir, creceremos torcidos, marchitos y con una vida muy lejana a la que pudimos haber llegado.
Si las circunstancias de la vida: amor paternal y maternal en la infancia, buena educación y circunstancias favorables, no nos fueron propicias, nuestro “instinto de sobrevivencia” hará que nos inclinemos a obtener lo que necesitemos de la manera que sea. Por supuesto que muchas de estas “maneras” serán impropias, y empezarán a torcerse y a desviar nuestras vidas. Estas torceduras y desviaciones estarán basadas en lo falso, en lo inauténtico y en lo dañino. Con toda seguridad, quien encuentre estas maneras torcidas de vivir es porque no pudo encontrar las auténticas y sanas. Simplemente, hace lo que puede para seguir viviendo, aún y cuando su vida sea precaria, sufriente y fracasada.
Ya de jóvenes y de adultos, nos resulta muy difícil enderezar el árbol de nuestra vida. Si observamos detenidamente, nos daremos cuenta de que todos los tipos de psicoterapia que existen y todos nuestros intentos de cambio tienen, al final de cuentas, un solo propósito: enmendar las carencias de la infancia, aniquilar las ideas y sentimientos erróneos en que hemos vivido y adoptar conductas sanas de vivir que curen nuestra alma. En una palabra, todas las psicoterapias pretenden destorcernos y enseñarnos a emprender caminos correctos que nos den más vida, la vida a que potencialmente podemos aspirar, como la pequeña semilla de un roble que guarda en su pequeñez la grandeza y frondosidad de un bello y robusto árbol.
Darwin ha sido considerado junto con el inglés Newton, (el más grande científico de la humanidad), como dos de los cinco hombres más importantes de la historia. A partir de Darwin, sabemos que todo animal tiende poderosamente a conservar su vida. A esta tendencia se la ha denominado con la frase de “instinto de conservación”. Pero además, todo animal, y principalmente los mamíferos más desarrollados, instintivamente no sólo huyen del dolor y de los peligros, sino que tienden a obtener el mayor número de placeres.
“Mis observaciones – escribió el psicoanalista Erich Fromm – me hacen creer en una ley general, según la cual todo hombre, como todo animal, como cualquier semilla, quiere vivir. Y no sólo quiere vivir, sino que quiere sacar de la vida el máximo placer y satisfacción. Nadie quiere ser desgraciado, ni siquiera el masoquista. Para éste, el masoquismo (el deseo de querer sufrir) es su forma peculiar de obtener un máximo placer. El tener menos salud o el sufrir más, se debe a errores o a la desviación en el camino de la vida, que llega a ser constante a partir de los 3 años de edad; a veces, también se debe a factores constitucionales y a toda una mezcla de circunstancias desfavorables para el óptimo desarrollo, de manera que, entonces, se busca la salvación por un camino torcido”.
Cuando cometemos errores y nos desviamos de las sanas maneras de vivir, empezamos a destruir nuestra felicidad, y así lo entendió la pensadora española Concepción Arenal, en su sabia reflexión: “El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea”.
En muchos de nuestro jardines observamos árboles torcidos debido a que la luz del sol no los baña de lleno; estos árboles se inclinan porque buscan, en un afán de sobrevivencia, la luz que les siga permitir viviendo; y así sucede con la flores: aquellas a las que no les llega la luz, se mueren o viven marchitas; mientras que sus hermanas alumbradas por el astro rey, viven bellas y rebosantes de vida. Lo mismo nos sucede a los seres humanos: si la luz de la verdad y de las óptimas maneras de vivir nos alimenta permanentemente, creceremos derechos y saludables. Pero si sólo nos nutren de manera precaria estas luces del bien vivir, creceremos torcidos, marchitos y con una vida muy lejana a la que pudimos haber llegado.
Si las circunstancias de la vida: amor paternal y maternal en la infancia, buena educación y circunstancias favorables, no nos fueron propicias, nuestro “instinto de sobrevivencia” hará que nos inclinemos a obtener lo que necesitemos de la manera que sea. Por supuesto que muchas de estas “maneras” serán impropias, y empezarán a torcerse y a desviar nuestras vidas. Estas torceduras y desviaciones estarán basadas en lo falso, en lo inauténtico y en lo dañino. Con toda seguridad, quien encuentre estas maneras torcidas de vivir es porque no pudo encontrar las auténticas y sanas. Simplemente, hace lo que puede para seguir viviendo, aún y cuando su vida sea precaria, sufriente y fracasada.
Ya de jóvenes y de adultos, nos resulta muy difícil enderezar el árbol de nuestra vida. Si observamos detenidamente, nos daremos cuenta de que todos los tipos de psicoterapia que existen y todos nuestros intentos de cambio tienen, al final de cuentas, un solo propósito: enmendar las carencias de la infancia, aniquilar las ideas y sentimientos erróneos en que hemos vivido y adoptar conductas sanas de vivir que curen nuestra alma. En una palabra, todas las psicoterapias pretenden destorcernos y enseñarnos a emprender caminos correctos que nos den más vida, la vida a que potencialmente podemos aspirar, como la pequeña semilla de un roble que guarda en su pequeñez la grandeza y frondosidad de un bello y robusto árbol.
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EL ARTE DE VIVIR LA VERDAD
Cada momento es único
El valor y significado que le damos al Tiempo, cambian en las distintas edades de nuestra vida. Ya de adultos, recordamos nuestra corta infancia como un Tiempo largo, y en cambio, las decenas de años después de nuestra juventud las sentimos como si transcurrieran rápido, y más sentimos que se aceleran a medida que vamos envejeciendo.
Y las mismas contrariedades de nuestra vida las vemos diferentes en las distintas etapas de nuestra existencia. Este sentimiento lo capto magistralmente el científico y pensados francés Pascal, al escribir: “El tiempo amortigua las pesadumbres y las desavenencias, porque en él cambiamos y nos convertimos en otras personas”.
La realidad, es que un porcentaje de seres humanos han tenido y tienen el privilegio de una adecuada y eficaz idea de los que es el Tiempo. Sin duda alguna, Séneca es uno de los pensadores de la humanidad que mejor lo ha concebido. En una de sus obras nos dice: “Todas las cosas nos son ajenas: solo el tiempo es nuestro”.
Lo más triste de todo, es que confundimos el hecho de haber “existido” durante mucho tiempo, con el hecho de haber “vivido” mucho tiempo. Cualquier persona que haya pasado de los 60 o 70 años, ha existido durante mucho Tiempo, pero ¿realmente los ha vivido plenamente? Aquella persona que se ha perdido en un campo, puede haber recorrido muchos kilómetros, pero no haber avanzado nada, si sólo dio círculos en el mismo espacio, sin saber que lo hacía. De la misma manera, podemos haber existido durante muchos años, pero haberlos “vivido” muy poco, si los empleamos mal y desatinadamente. Mucha razón tuvo el poeta Horacio en esta sentencia: “Cada año que pasa nos roban algo muy nuestro”. Una de las reflexiones más valiosas para un joven, y aún para una persona ya entrada en años, es tomar plena conciencia del valor del Tiempo; lo tiramos y jugamos con él como si nada valiera.
No le damos valor porque es inmaterial y porque no podemos verlo. En cambio, la obtención de bienes, lo vemos como una cuestión de la máxima importancia, aun y cuando hayamos empleado una gran parte de tiempo para su consecución, y muchas de las veces, sin gozar de ellos ni darles ninguna utilidad privada o social, pues solamente acumulamos los bienes sin saber para qué ni para quién los acumulamos, en cambio, del tiempo, del que debemos ser excelentes administradores, somos irresponsables derrochadores.
Pero llega un momento, en que una delicada enfermedad nuestra o de un ser que nos es muy querido, nos despierta de nuestro letargo y nos obliga a plantearnos la pregunta de ¿qué hemos hecho con todo nuestro tiempo pasado, y que haremos con el que nos puede quedar en el futuro, y muchas veces con el muy poco tiempo que el futuro nos puede regalar? ¿Qué no sabemos, de personas riquísimas, que ante una enfermedad grave, están dispuestas a gastar toda su fortuna a cambio de tener un poco más de tiempo? ¿Y todo el que tuvieron no les bastó? ¿No será, que personas ya de edad, padeciendo de una grave enfermedad, quieren curarse no tanto para salvar sus vidas, sino para emplear de una mejor manera el tiempo de más vida que les pueda permitir su curación?
Conservamos lo que es escaso y derrochamos lo que poseemos en abundancia; y lo trágico consiste, en que ilusamente pensamos que nos queda mucho tiempo por delante, sin darnos cuenta que si volteamos para atrás, ya hemos vivido o existido la mayor parte de lo que será nuestra existencia, y que lo que nos queda por vivir, realmente puede ser muy poco.
¿Cuál pudiera ser la mejor idea o sentimiento que nos moviera para aprovechar mejor el tiempo? En primer término, partir de una sentencia del escritor estadounidense Hemingway: “Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo”. Esto es cierto, pues nuestra muerte terminará con nuestro tiempo. Si relacionamos esta sentencia con la siguiente reflexión de Goethe, podríamos cambiar sustancialmente. Dijo Goethe: “Cada momento es único”. Si lo que nos separa de la muerte es sólo el tiempo, y si cada momento es único, hagamos el esfuerzo de acumular el mayor número de momentos únicos en nuestra vida. ¿Cómo cuales? Bien pudiera ser, convivir intensamente con nuestros seres más queridos, vivir apasionadamente una relación amorosa, desarrollar a plenitud nuestra vocación, contemplar cada día la belleza de la naturaleza, y asombrarnos constantemente.
Y las mismas contrariedades de nuestra vida las vemos diferentes en las distintas etapas de nuestra existencia. Este sentimiento lo capto magistralmente el científico y pensados francés Pascal, al escribir: “El tiempo amortigua las pesadumbres y las desavenencias, porque en él cambiamos y nos convertimos en otras personas”.
La realidad, es que un porcentaje de seres humanos han tenido y tienen el privilegio de una adecuada y eficaz idea de los que es el Tiempo. Sin duda alguna, Séneca es uno de los pensadores de la humanidad que mejor lo ha concebido. En una de sus obras nos dice: “Todas las cosas nos son ajenas: solo el tiempo es nuestro”.
Lo más triste de todo, es que confundimos el hecho de haber “existido” durante mucho tiempo, con el hecho de haber “vivido” mucho tiempo. Cualquier persona que haya pasado de los 60 o 70 años, ha existido durante mucho Tiempo, pero ¿realmente los ha vivido plenamente? Aquella persona que se ha perdido en un campo, puede haber recorrido muchos kilómetros, pero no haber avanzado nada, si sólo dio círculos en el mismo espacio, sin saber que lo hacía. De la misma manera, podemos haber existido durante muchos años, pero haberlos “vivido” muy poco, si los empleamos mal y desatinadamente. Mucha razón tuvo el poeta Horacio en esta sentencia: “Cada año que pasa nos roban algo muy nuestro”. Una de las reflexiones más valiosas para un joven, y aún para una persona ya entrada en años, es tomar plena conciencia del valor del Tiempo; lo tiramos y jugamos con él como si nada valiera.
No le damos valor porque es inmaterial y porque no podemos verlo. En cambio, la obtención de bienes, lo vemos como una cuestión de la máxima importancia, aun y cuando hayamos empleado una gran parte de tiempo para su consecución, y muchas de las veces, sin gozar de ellos ni darles ninguna utilidad privada o social, pues solamente acumulamos los bienes sin saber para qué ni para quién los acumulamos, en cambio, del tiempo, del que debemos ser excelentes administradores, somos irresponsables derrochadores.
Pero llega un momento, en que una delicada enfermedad nuestra o de un ser que nos es muy querido, nos despierta de nuestro letargo y nos obliga a plantearnos la pregunta de ¿qué hemos hecho con todo nuestro tiempo pasado, y que haremos con el que nos puede quedar en el futuro, y muchas veces con el muy poco tiempo que el futuro nos puede regalar? ¿Qué no sabemos, de personas riquísimas, que ante una enfermedad grave, están dispuestas a gastar toda su fortuna a cambio de tener un poco más de tiempo? ¿Y todo el que tuvieron no les bastó? ¿No será, que personas ya de edad, padeciendo de una grave enfermedad, quieren curarse no tanto para salvar sus vidas, sino para emplear de una mejor manera el tiempo de más vida que les pueda permitir su curación?
Conservamos lo que es escaso y derrochamos lo que poseemos en abundancia; y lo trágico consiste, en que ilusamente pensamos que nos queda mucho tiempo por delante, sin darnos cuenta que si volteamos para atrás, ya hemos vivido o existido la mayor parte de lo que será nuestra existencia, y que lo que nos queda por vivir, realmente puede ser muy poco.
¿Cuál pudiera ser la mejor idea o sentimiento que nos moviera para aprovechar mejor el tiempo? En primer término, partir de una sentencia del escritor estadounidense Hemingway: “Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo”. Esto es cierto, pues nuestra muerte terminará con nuestro tiempo. Si relacionamos esta sentencia con la siguiente reflexión de Goethe, podríamos cambiar sustancialmente. Dijo Goethe: “Cada momento es único”. Si lo que nos separa de la muerte es sólo el tiempo, y si cada momento es único, hagamos el esfuerzo de acumular el mayor número de momentos únicos en nuestra vida. ¿Cómo cuales? Bien pudiera ser, convivir intensamente con nuestros seres más queridos, vivir apasionadamente una relación amorosa, desarrollar a plenitud nuestra vocación, contemplar cada día la belleza de la naturaleza, y asombrarnos constantemente.
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EL ARTE DE VIVIR LA VERDAD
Pasión destructora
¿Será cierto, que cada uno de nosotros tendemos a proteger nuestros intereses? ¿Y si así fuera, cuáles son esos intereses? Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, escribió, que todo lo que hacemos los seres humanos es en vista a nuestra felicidad. Ésta afirmación de Aristóteles ha sido sostenida por grandes pensadores de todos los tiempos.
Si lo que hacemos es en vista a nuestra felicidad, y si tenemos la tendencia a proteger nuestros intereses, la deducción lógica consistiría en afirmar, que nuestra conducta debe ser sensata y prudente. ¿Y esto es realmente así? Antes de seguir adelante, debemos precisar cuáles son los intereses fundamentales de cada uno de nosotros. Todos estaremos de acuerdo, en afirmar que estos intereses son los siguientes: proteger la salud y la vida de nosotros y de nuestros hijos, esposa y seres más queridos; proteger nuestro patrimonio económico, nuestra paz y felicidad, el honor, la seguridad, etc.
Creo que Aristóteles no estaba en lo cierto cuando afirmó que todo lo que hacemos es en vista a nuestra felicidad; como tampoco es cierto, que tendamos siempre a la protección de nuestros intereses. Observando la vida de hombres inteligentísimos, así como la vida de personas comunes, podemos constatar que son tan frecuentes nuestros “deseos malsanos”, equivocaciones a conciencia de que nos estamos equivocando, conductas dañinas, que no dejamos de admirarnos de que existen factores caprichosos de más peso, que nuestros deseos de proteger nuestros intereses y de alcanzar la felicidad.
San Pablo Apóstol, con una penetración psicológica genial, escribió, que los hombres conocemos qué es lo mejor, pero actuamos haciendo lo peor. La realidad, es que con frecuencia es mucho más importante “hacer nuestra santa voluntad”, que aquello que debemos hacer o no hacer. Los dichos populares son muy ciertos: “no pude contenerme”, “me dejé llevar”, “no me importaron las consecuencias”, “decidí seguir hasta que topara”, “tope donde tope”.
Cuando un “deseo malsano” se ha apoderado de nosotros, ya no estamos capacitados para medir las consecuencias. Cuando se apodera de nuestro corazón ese “deseo malsano”, nuestra conciencia se obscurece, y podemos actuar peor que la peor de las bestias. Si deseamos enriquecernos y vemos como atajo chapucero, el robar, defraudar, la persona puede hacerlo, e incluso, matar.
Si traemos a alguien “entre ceja y ceja”, no nos importará cometer contra esa persona las peores injusticias. Si la gula nos ataca, no nos importará atragantarnos de comida, aun y cuando el médico nos haya advertido, que de hacerlo, nuestra vida puede estar en riesgo. Si la ambición de poder o de dinero nos domina, algunas personas pueden cometer actos de ingratitud, deslealtad, y traicionar a sus mejores amigos.
¿Qué es lo que nos sucede a algunos en ciertos momentos en que podemos seguir la mejor conducta, pero elegimos la peor, con tal y de salirnos con nuestro capricho malvado? Ejemplo: una persona sabe que no debe robar o matar, porque además de ser una conducta malvada, puede ser aprehendido por las autoridades, atentando contra sus intereses fundamentales: su libertad. Otra persona es dominada por la pasión de raptar a una mujer, sabiendo que pone en peligro su vida, y en cambio lo hace. Otro, sabe que no debe de estallar en cólera injusta ante sus empleados, pues perjudicará la tranquilidad de su negocio, y con ello compromete su patrimonio, y sin embargo, estalla en cólera frecuentemente.
En los anteriores casos, y en cientos de ejemplos que podría traer a colación y que suceden día a día en la vida de las comunidades, las persona sí tienen entre sus deseos enfermos y su conducta, un resquicio aunque sea muy delgado, en el que pueden decidir entre su demente impulso, o la protección de sus intereses. Siempre tendremos tiempo, aunque sean unos segundos, para decidir entre destruir nuestros intereses, o bien, comportarnos de la manera más sana y correcta.
A todos nos ha sucedido en cierto grado, éste tipo de problemas, aunque no en los casos extremos citados. Pero hay ejemplos desgarradores. Napoleón quería conquistar Rusia, y no le importó llevar a Moscú un ejército de 245 mil personas, regresando derrotado sólo con 40 mil soldados hambrientos y heridos. O en caso de Stalin, a quien no le importó en lo más mínimo dejar de morir a millones de rusos por no seguir sus planes agrícolas.
En los casos enormemente graves y aun en los no gravísimos, pero sí dañinos, la persona que desea “hacer su voluntad” llega a sentir un inmenso gusto por su conducta brutal y bestial. Si empezamos a injuriar a un hijo o a nuestro cónyuge, nuestra tibia ira inicial sigue creciendo, hasta que llegamos a sentir una real “voluptuosidad por la ira que nos anega todo el cuerpo”.
No se ha estudiado adecuadamente los sentimientos que entran en juego cuando preferimos “hacer lo que queremos”, aun y cuando nuestros intereses se destruyan. En éste tipo de conductas injustas o malvadas, juegan ciertos factores: el sentimiento de un orgullo desmedido, una fantasía de poder para imponer la voluntad, un capricho alimentado por odio o rencor, una fantasía desbordada y sobreexcitada hasta la locura, un goce perverso de salirnos con la nuestra. Y en fin, una voluptuosidad que trastorna momentáneamente el cerebro y el corazón de quien así actúa.
¡Solamente pensemos, que entre nuestro deseo demente y nuestra mala conducta, siempre, pero siempre, hay un tiempo de minutos o segundos para rechazar nuestro enfermo impulso, y optar por nuestra buena conducta!
Si lo que hacemos es en vista a nuestra felicidad, y si tenemos la tendencia a proteger nuestros intereses, la deducción lógica consistiría en afirmar, que nuestra conducta debe ser sensata y prudente. ¿Y esto es realmente así? Antes de seguir adelante, debemos precisar cuáles son los intereses fundamentales de cada uno de nosotros. Todos estaremos de acuerdo, en afirmar que estos intereses son los siguientes: proteger la salud y la vida de nosotros y de nuestros hijos, esposa y seres más queridos; proteger nuestro patrimonio económico, nuestra paz y felicidad, el honor, la seguridad, etc.
Creo que Aristóteles no estaba en lo cierto cuando afirmó que todo lo que hacemos es en vista a nuestra felicidad; como tampoco es cierto, que tendamos siempre a la protección de nuestros intereses. Observando la vida de hombres inteligentísimos, así como la vida de personas comunes, podemos constatar que son tan frecuentes nuestros “deseos malsanos”, equivocaciones a conciencia de que nos estamos equivocando, conductas dañinas, que no dejamos de admirarnos de que existen factores caprichosos de más peso, que nuestros deseos de proteger nuestros intereses y de alcanzar la felicidad.
San Pablo Apóstol, con una penetración psicológica genial, escribió, que los hombres conocemos qué es lo mejor, pero actuamos haciendo lo peor. La realidad, es que con frecuencia es mucho más importante “hacer nuestra santa voluntad”, que aquello que debemos hacer o no hacer. Los dichos populares son muy ciertos: “no pude contenerme”, “me dejé llevar”, “no me importaron las consecuencias”, “decidí seguir hasta que topara”, “tope donde tope”.
Cuando un “deseo malsano” se ha apoderado de nosotros, ya no estamos capacitados para medir las consecuencias. Cuando se apodera de nuestro corazón ese “deseo malsano”, nuestra conciencia se obscurece, y podemos actuar peor que la peor de las bestias. Si deseamos enriquecernos y vemos como atajo chapucero, el robar, defraudar, la persona puede hacerlo, e incluso, matar.
Si traemos a alguien “entre ceja y ceja”, no nos importará cometer contra esa persona las peores injusticias. Si la gula nos ataca, no nos importará atragantarnos de comida, aun y cuando el médico nos haya advertido, que de hacerlo, nuestra vida puede estar en riesgo. Si la ambición de poder o de dinero nos domina, algunas personas pueden cometer actos de ingratitud, deslealtad, y traicionar a sus mejores amigos.
¿Qué es lo que nos sucede a algunos en ciertos momentos en que podemos seguir la mejor conducta, pero elegimos la peor, con tal y de salirnos con nuestro capricho malvado? Ejemplo: una persona sabe que no debe robar o matar, porque además de ser una conducta malvada, puede ser aprehendido por las autoridades, atentando contra sus intereses fundamentales: su libertad. Otra persona es dominada por la pasión de raptar a una mujer, sabiendo que pone en peligro su vida, y en cambio lo hace. Otro, sabe que no debe de estallar en cólera injusta ante sus empleados, pues perjudicará la tranquilidad de su negocio, y con ello compromete su patrimonio, y sin embargo, estalla en cólera frecuentemente.
En los anteriores casos, y en cientos de ejemplos que podría traer a colación y que suceden día a día en la vida de las comunidades, las persona sí tienen entre sus deseos enfermos y su conducta, un resquicio aunque sea muy delgado, en el que pueden decidir entre su demente impulso, o la protección de sus intereses. Siempre tendremos tiempo, aunque sean unos segundos, para decidir entre destruir nuestros intereses, o bien, comportarnos de la manera más sana y correcta.
A todos nos ha sucedido en cierto grado, éste tipo de problemas, aunque no en los casos extremos citados. Pero hay ejemplos desgarradores. Napoleón quería conquistar Rusia, y no le importó llevar a Moscú un ejército de 245 mil personas, regresando derrotado sólo con 40 mil soldados hambrientos y heridos. O en caso de Stalin, a quien no le importó en lo más mínimo dejar de morir a millones de rusos por no seguir sus planes agrícolas.
En los casos enormemente graves y aun en los no gravísimos, pero sí dañinos, la persona que desea “hacer su voluntad” llega a sentir un inmenso gusto por su conducta brutal y bestial. Si empezamos a injuriar a un hijo o a nuestro cónyuge, nuestra tibia ira inicial sigue creciendo, hasta que llegamos a sentir una real “voluptuosidad por la ira que nos anega todo el cuerpo”.
No se ha estudiado adecuadamente los sentimientos que entran en juego cuando preferimos “hacer lo que queremos”, aun y cuando nuestros intereses se destruyan. En éste tipo de conductas injustas o malvadas, juegan ciertos factores: el sentimiento de un orgullo desmedido, una fantasía de poder para imponer la voluntad, un capricho alimentado por odio o rencor, una fantasía desbordada y sobreexcitada hasta la locura, un goce perverso de salirnos con la nuestra. Y en fin, una voluptuosidad que trastorna momentáneamente el cerebro y el corazón de quien así actúa.
¡Solamente pensemos, que entre nuestro deseo demente y nuestra mala conducta, siempre, pero siempre, hay un tiempo de minutos o segundos para rechazar nuestro enfermo impulso, y optar por nuestra buena conducta!
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EL ARTE DE VIVIR LA VERDAD
El buen juicio
Jacinto Faya Viesca
El gran filósofo francés, René Descartes, partió de un principio fundamental para la construcción de su monumental obra filosófica. En una de sus intuiciones más deslumbrantes escribió: “Si dudo es que pienso; pienso, luego, existo”.
El pensamiento es producido por nuestra razón, y sólo a partir de la razón podemos distinguir lo falso de lo verdadero. La razón es lo único que nos permite concebir juicios apropiados. El romano Publilio Siro escribió: “A quienes Júpiter desea perder, les quita el juicio”. Es decir, que si los dioses de la Antigua Roma querían que un hombre echara a perder su vida y se extraviara del camino recto, estos dioses le quitarían el juicio, en otras palabras, le quitarían la razón. Al suprimirles esta poderosa potencia del alma, el hombre estaría totalmente perdido.
Séneca, en una parte de su Epístola 92, escribió: “…la felicidad no consiste sino en tener una razón perfecta. Ella, en efecto, es la única que no doblega el ánimo, que se enfrenta a la fortuna; en cualquier situación se mantiene segura de sí misma. El bien único es, por tanto, aquel que jamás sufre menoscabo. Es feliz, lo mantengo, aquel a quien nada empequeñece; ocupa la cúspide, sin apoyarse en nadie que no sea él mismo, pues quien se sostiene con ayuda ajena puede caerse. De otra suerte comenzará a tener gran peso en nosotros lo que nos es ajeno. ¿Quién, en efecto, va a querer cimentarse en la fortuna? ¿O qué hombre, que sea prudente, se maravilla por los bienes ajenos?
“¿En qué consiste la felicidad? En el sosiego y tranquilidad perennes. Los otorgará la grandeza del alma, los otorgará la constancia porfiada en seguir el recto juicio. Tales virtudes ¿en qué condiciones se alcanzan? Siempre que hayamos captado plenamente la verdad, siempre que hayamos observado en nuestra conducta el orden, la mesura, el decoro, con una voluntad inasequible al mal y benevolente, en consonancia con la razón y sin separarse jamás de ella, digna a la vez de ser amada y admirada. En suma, para indicarte brevemente la norma, el espíritu del sabio debe ser tal cual que corresponda a un dios”.
En la Roma de Séneca, el pueblo romano creía en la existencia de varios dioses. Séneca fue contemporáneo de San Pablo, y hay algunos historiadores que piensan que ambos se conocieron. Séneca es sublime, y fue inspiración para grandes Santos de la Iglesia Católica. Para Séneca el hombre sabio era igual a Dios, excepto en lo eterno.
Para Séneca la felicidad es la consecuencia de que nuestra alma esté en sosiego y en una tranquilidad permanente. A su vez, este sosiego y esta tranquilidad son absolutamente imposibles de obtener si no es más que a través de haber captado plenamente la verdad y de haber observado en nuestra vida una conducta correcta. Pues bien, nada de esto es posible si no hacemos un uso adecuado de nuestra razón, es decir, de nuestro buen juicio y sensatez.
En una ocasión, Goethe dijo que dos eran las fuentes de la felicidad: “gozar de una buena fama, y tener una justa distinción de las cosas”. Esta justa distinción de las cosas, es nada menos que nuestro buen juicio y el uso óptimo de nuestra inteligencia.
Séneca, a lo largo de toda su vida, predicó en la esencial importancia de anteponer nuestra razón a todos los sucesos de nuestra vida. La psicología moderna ha confirmado su aseveración en cuanto al hecho de que una gran cantidad de nuestros sufrimientos emocionales se derivan de permitir que los sentimientos de angustia, terror, aguda tristeza, nos avasallen sin antes combatirlos con poderosos juicios de nuestra inteligencia.
Nosotros mismos nos cusamos sufrimientos sin fin, pues ponemos en la suerte del bondadoso o malvado destino, nuestra felicidad; por ello, debemos actuar firmemente construyendo nuestro propio destino y emprendiendo acciones que nos conduzcan a nuestro sosiego y tranquilidad del alma.
Podemos desechar una serie de pensamientos irracionales que nos llevan a generar sentimientos malsanos, pero también podemos adecuar nuestros actos dentro de la mesura y el decoro.
El gran filósofo francés, René Descartes, partió de un principio fundamental para la construcción de su monumental obra filosófica. En una de sus intuiciones más deslumbrantes escribió: “Si dudo es que pienso; pienso, luego, existo”.
El pensamiento es producido por nuestra razón, y sólo a partir de la razón podemos distinguir lo falso de lo verdadero. La razón es lo único que nos permite concebir juicios apropiados. El romano Publilio Siro escribió: “A quienes Júpiter desea perder, les quita el juicio”. Es decir, que si los dioses de la Antigua Roma querían que un hombre echara a perder su vida y se extraviara del camino recto, estos dioses le quitarían el juicio, en otras palabras, le quitarían la razón. Al suprimirles esta poderosa potencia del alma, el hombre estaría totalmente perdido.
Séneca, en una parte de su Epístola 92, escribió: “…la felicidad no consiste sino en tener una razón perfecta. Ella, en efecto, es la única que no doblega el ánimo, que se enfrenta a la fortuna; en cualquier situación se mantiene segura de sí misma. El bien único es, por tanto, aquel que jamás sufre menoscabo. Es feliz, lo mantengo, aquel a quien nada empequeñece; ocupa la cúspide, sin apoyarse en nadie que no sea él mismo, pues quien se sostiene con ayuda ajena puede caerse. De otra suerte comenzará a tener gran peso en nosotros lo que nos es ajeno. ¿Quién, en efecto, va a querer cimentarse en la fortuna? ¿O qué hombre, que sea prudente, se maravilla por los bienes ajenos?
“¿En qué consiste la felicidad? En el sosiego y tranquilidad perennes. Los otorgará la grandeza del alma, los otorgará la constancia porfiada en seguir el recto juicio. Tales virtudes ¿en qué condiciones se alcanzan? Siempre que hayamos captado plenamente la verdad, siempre que hayamos observado en nuestra conducta el orden, la mesura, el decoro, con una voluntad inasequible al mal y benevolente, en consonancia con la razón y sin separarse jamás de ella, digna a la vez de ser amada y admirada. En suma, para indicarte brevemente la norma, el espíritu del sabio debe ser tal cual que corresponda a un dios”.
En la Roma de Séneca, el pueblo romano creía en la existencia de varios dioses. Séneca fue contemporáneo de San Pablo, y hay algunos historiadores que piensan que ambos se conocieron. Séneca es sublime, y fue inspiración para grandes Santos de la Iglesia Católica. Para Séneca el hombre sabio era igual a Dios, excepto en lo eterno.
Para Séneca la felicidad es la consecuencia de que nuestra alma esté en sosiego y en una tranquilidad permanente. A su vez, este sosiego y esta tranquilidad son absolutamente imposibles de obtener si no es más que a través de haber captado plenamente la verdad y de haber observado en nuestra vida una conducta correcta. Pues bien, nada de esto es posible si no hacemos un uso adecuado de nuestra razón, es decir, de nuestro buen juicio y sensatez.
En una ocasión, Goethe dijo que dos eran las fuentes de la felicidad: “gozar de una buena fama, y tener una justa distinción de las cosas”. Esta justa distinción de las cosas, es nada menos que nuestro buen juicio y el uso óptimo de nuestra inteligencia.
Séneca, a lo largo de toda su vida, predicó en la esencial importancia de anteponer nuestra razón a todos los sucesos de nuestra vida. La psicología moderna ha confirmado su aseveración en cuanto al hecho de que una gran cantidad de nuestros sufrimientos emocionales se derivan de permitir que los sentimientos de angustia, terror, aguda tristeza, nos avasallen sin antes combatirlos con poderosos juicios de nuestra inteligencia.
Nosotros mismos nos cusamos sufrimientos sin fin, pues ponemos en la suerte del bondadoso o malvado destino, nuestra felicidad; por ello, debemos actuar firmemente construyendo nuestro propio destino y emprendiendo acciones que nos conduzcan a nuestro sosiego y tranquilidad del alma.
Podemos desechar una serie de pensamientos irracionales que nos llevan a generar sentimientos malsanos, pero también podemos adecuar nuestros actos dentro de la mesura y el decoro.
Palabras con hechos
En la obra de Shakespeare, “El Mercader de Venecia”, el personaje Porcia, dice: “Si hacer fuera tan fácil como saber lo que hay que hacer, las ermitas serían iglesias y las cabañas de los pobres palacios de príncipes. Es buen teólogo quien sigue las propias consignas. Me es más fácil enseñar a veinte lo que sería apropiado hacer que ser uno de los veinte y seguir mis propias enseñanzas. El cerebro puede promulgar leyes para la sangre, pero un temperamento ardiente salta por encima de un frío decreto”.
Estas ideas de Shakespeare, el hombre más sabio que haya dado el mundo, plantea uno de los problemas cruciales de todos los seres humanos: lo fácil que es aconsejar, lo fácil que puede ser acceder a un determinado conocimiento, pero lo difícil que es hacer las cosas. Cuando decimos algo, pero hacemos lo contrario, incurrimos en una incongruencia. Y cuando predicamos una serie de valores humanos y los violamos, ya no se trata solamente de una incongruencia, sino de una grave hipocresía.
Pero no vayamos tan lejos, y quedémonos solamente con la idea de lo enormemente valioso para nuestras vidas, de poder hacer lo que sabemos cómo debe hacerse. Goethe decía con mucha frecuencia, que no era suficiente con saber, sino que también debíamos hacer. Este poeta alemán, en su obra De Arte y Antigüedad, aconsejaba que “El trabajo hace al aprendiz”. Y por su parte Nietzsche, aconsejaba que si pretendemos actuar de manera eficaz, debemos tener “Una robusta consciencia de artesano”. Con esto, Nietzche nos quiso transmitir la inmensa importancia y la gran dificultad que implica hacer las cosas y no solamente el saberlas.
En realidad, el solo conocimiento de las cosas es de una enorme importancia; pero “hacer las cosas” pertenece a un campo muy distinto. Muchas veces para hacer bien las cosas, resulta indispensable saberlas, pero en muchas ocasiones también el hacer las cosas pertenece a un campo diferente del conocimiento. Por ejemplo: una persona puede conocer las diferentes técnicas de la pintura, los colores, y tener muchos conocimientos sobre la historia de la pintura y a la vez, esa persona puede ser absolutamente incapaz de pintar pasablemente. Y en cambio, sería esa persona un excelente maestro que enseñara la parte teórica de cómo pintar.
Donde resulta verdaderamente chocante e inadmisible la discrepancia e incongruencia entre saber y hacer, es cuando nos convertimos en predicadores de la moral, y actuamos inmoralmente. En el campo del conocimiento, hay personas muy afectas a investigar lo no susceptible de conocerse, lo muy complejo, lo que es campo de la mera especulación y fantasía, mientras que en su vida práctica, ni siquiera recuerdan el cumpleaños de sus hijos. Hay campos del conocimiento, en donde no es necesario el aplicar, el hacer, como sucede con la física matemáticas, biología; se trata de ciencias básicas en lo que importa es el solo conocimiento puro. Ya vendrán después, las ciencias aplicadas y la tecnología que aplicarán el conocimiento de las ciencias básicas.
Pero vayamos a un terreno muy práctico: ¿De qué puede servirle a una persona una serie de conocimientos aplicables si no cuenta con la voluntad y el esfuerzo para llevarlos a la práctica? ¿De qué le sirve a un comerciante, a un médico, a una enfermera, a un maestro, etc., un acervo sólido de conocimientos de su campo de especialidad, si no cuenta con la disciplina, la perseverancia, el empeño tenaz, la paciencia y la responsabilidad? El buen médico, la capaz enfermera, el diestro carpintero, solamente alcanzarán una práctica eficaz si aplican sus conocimientos en un constante hacer responsable y adecuado.
En principio, debemos dedicarnos a esos campos del conocimiento que puedan traducirse en acciones y conductas provechosas para nuestras vidas y para las vidas de los demás. Esto en nada descarta el estudio de la historia, el arte y la literatura, sino al contrario, pues se trata de conocimientos que nos conducen a una visión más correcta del mundo y del hombre, y además, la literatura y el arte sacuden nuestra alma y nos convierten en seres mejores.
Pero ya en el terreno de los conocimientos prácticos Goethe sigue teniendo razón: no solo debemos saber, sino que es necesario también hacer; y para convertirnos en personas expertas en cualquier campo de la actividad humana, la sentencia de Nietzsche nos resulta indispensable: debemos tener “una robusta consciencia de artesano”. Lo que tenemos que aprender lo aprendemos haciendo. Y recordemos que los más brillantes propósitos pueden quedar frustrados aun cuando sepamos lo que nos hemos propuesto, como bien lo dijo Benjamin Franklin: “Resuélvete a hacer lo que debes, y haz sin falta lo que hayas resuelto”. Recordemos siempre, que el saber sin el hacer, son como las buenas intenciones que no se llevan a cabo. Bien dijo el orador Griego Demóstenes: “Las palabra que no van seguida de los hechos no valen para nada”. Si ya sabemos lo que queremos hacer, nada mejor que actuar, y tener plena consciencia de lo que dijo Goethe: “La acción (el hacer) tiene genio, poder y magia”.
Estas ideas de Shakespeare, el hombre más sabio que haya dado el mundo, plantea uno de los problemas cruciales de todos los seres humanos: lo fácil que es aconsejar, lo fácil que puede ser acceder a un determinado conocimiento, pero lo difícil que es hacer las cosas. Cuando decimos algo, pero hacemos lo contrario, incurrimos en una incongruencia. Y cuando predicamos una serie de valores humanos y los violamos, ya no se trata solamente de una incongruencia, sino de una grave hipocresía.
Pero no vayamos tan lejos, y quedémonos solamente con la idea de lo enormemente valioso para nuestras vidas, de poder hacer lo que sabemos cómo debe hacerse. Goethe decía con mucha frecuencia, que no era suficiente con saber, sino que también debíamos hacer. Este poeta alemán, en su obra De Arte y Antigüedad, aconsejaba que “El trabajo hace al aprendiz”. Y por su parte Nietzsche, aconsejaba que si pretendemos actuar de manera eficaz, debemos tener “Una robusta consciencia de artesano”. Con esto, Nietzche nos quiso transmitir la inmensa importancia y la gran dificultad que implica hacer las cosas y no solamente el saberlas.
En realidad, el solo conocimiento de las cosas es de una enorme importancia; pero “hacer las cosas” pertenece a un campo muy distinto. Muchas veces para hacer bien las cosas, resulta indispensable saberlas, pero en muchas ocasiones también el hacer las cosas pertenece a un campo diferente del conocimiento. Por ejemplo: una persona puede conocer las diferentes técnicas de la pintura, los colores, y tener muchos conocimientos sobre la historia de la pintura y a la vez, esa persona puede ser absolutamente incapaz de pintar pasablemente. Y en cambio, sería esa persona un excelente maestro que enseñara la parte teórica de cómo pintar.
Donde resulta verdaderamente chocante e inadmisible la discrepancia e incongruencia entre saber y hacer, es cuando nos convertimos en predicadores de la moral, y actuamos inmoralmente. En el campo del conocimiento, hay personas muy afectas a investigar lo no susceptible de conocerse, lo muy complejo, lo que es campo de la mera especulación y fantasía, mientras que en su vida práctica, ni siquiera recuerdan el cumpleaños de sus hijos. Hay campos del conocimiento, en donde no es necesario el aplicar, el hacer, como sucede con la física matemáticas, biología; se trata de ciencias básicas en lo que importa es el solo conocimiento puro. Ya vendrán después, las ciencias aplicadas y la tecnología que aplicarán el conocimiento de las ciencias básicas.
Pero vayamos a un terreno muy práctico: ¿De qué puede servirle a una persona una serie de conocimientos aplicables si no cuenta con la voluntad y el esfuerzo para llevarlos a la práctica? ¿De qué le sirve a un comerciante, a un médico, a una enfermera, a un maestro, etc., un acervo sólido de conocimientos de su campo de especialidad, si no cuenta con la disciplina, la perseverancia, el empeño tenaz, la paciencia y la responsabilidad? El buen médico, la capaz enfermera, el diestro carpintero, solamente alcanzarán una práctica eficaz si aplican sus conocimientos en un constante hacer responsable y adecuado.
En principio, debemos dedicarnos a esos campos del conocimiento que puedan traducirse en acciones y conductas provechosas para nuestras vidas y para las vidas de los demás. Esto en nada descarta el estudio de la historia, el arte y la literatura, sino al contrario, pues se trata de conocimientos que nos conducen a una visión más correcta del mundo y del hombre, y además, la literatura y el arte sacuden nuestra alma y nos convierten en seres mejores.
Pero ya en el terreno de los conocimientos prácticos Goethe sigue teniendo razón: no solo debemos saber, sino que es necesario también hacer; y para convertirnos en personas expertas en cualquier campo de la actividad humana, la sentencia de Nietzsche nos resulta indispensable: debemos tener “una robusta consciencia de artesano”. Lo que tenemos que aprender lo aprendemos haciendo. Y recordemos que los más brillantes propósitos pueden quedar frustrados aun cuando sepamos lo que nos hemos propuesto, como bien lo dijo Benjamin Franklin: “Resuélvete a hacer lo que debes, y haz sin falta lo que hayas resuelto”. Recordemos siempre, que el saber sin el hacer, son como las buenas intenciones que no se llevan a cabo. Bien dijo el orador Griego Demóstenes: “Las palabra que no van seguida de los hechos no valen para nada”. Si ya sabemos lo que queremos hacer, nada mejor que actuar, y tener plena consciencia de lo que dijo Goethe: “La acción (el hacer) tiene genio, poder y magia”.
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