HOLA: Aquí les prsentó LOS DIEZ MANDAMIENTOS EN EL SIGLO XXI
Pensar en la vigencia de los diez mandamientos en pleno siglo XXI puede ser tornado como una antigüedad, o por lo menos corno una pérdida de tiempo. La relación que tengo con estas leyes se remonta a mi más tierna infancia. Eran los años en los que Dios y Franco estaban por todas partes. En nuestras clases de religión nos intentaban convencer, entre otras cosas, de respetar a pie juntillas los mandamientos y la palabra del Caudillo.
Pero los años hicieron su labor y a medida que crecí le fui dando menos importancia a las leyes de Dios, que hoy son un lejano recuerdo infantil, que llegan a mezclarse y me producen confusión. Hay veces en que no tengo claro si algunas decían: «No robarás a padre y madre» o «Fornicarás las fiestas». Si de algo me sirve volver a analizar estos temas es, por un lado, para recordar mi infancia, y por el otro, para poner las cosas en su lugar.
Tal vez quien más hizo por fijar la majestuosidad de Moisés y su encuentro con Dios fue Cecil B. de Mille en su memorable película Los diez mandamientos, cuando Charlton Heston se puso en la piel del guía de los judíos. Lo que sucedió desde su estreno en 1956 es que, para millones de personas que vieron los 220 minutos de la película, no hay otro Moisés que Charlton. Pero en materia cinematográfica prefiero otro Moisés, el de Mel Brooks en La loca historia del mundo. Uno no puede dejar de reír cuando el personaje baja del monte Sinaí con tres trozos de piedra labrados anunciando «Los quince mandamientos», que se transforman en diez cuando el bueno de Mel-Moisés tropieza y una de las tablas que contenía cinco de las leyes divinas se le cae de las manos para partirse en mil pedazos. Después de un segundo de confusión, Moisés no duda en anunciar la devaluada buena nueva: los diez mandamientos.
Lo cierto es que, más allá de la superficialidad con que en líneas generales tratamos el tema en estos días, los mandamientos forman parte de la humanidad desde hace siglos y, en mayor o menor medida, han acompañado con sus conceptos el desarrollo de más de la mitad de la civilización. Aunque sus exigencias estén contempladas bajo distintas formas en todas las culturas conocidas, estas leyes que recibió Moisés hace miles de años en mitad del desierto son un compendio de obligaciones y reglas que prometen castigos divinos de la peor especie para quien se aparte una letra de ellas. La verdad es que, en la actualidad, son tantas las imposiciones escritas, y las no escritas, que algunos de los mandamientos han perdido entidad. Nosotros, pobres mortales, hoy en día tememos, más que a la palabra del mismísimo Dios, a las obligaciones que surgen de muchas leyes ideadas por burócratas y funcionarios de turno, o a los dictados de una moda pasajera. Si los comparamos con los de las Tablas de la Ley, los actuales no son menos temibles: «No dejarás de pagar impuestos aunque aumenten y no sepas dónde va el dinero»; «No podrás quejarte de los servicios públicos, porque aunque lo hagas, todo seguirá igual»; «Deberás esforzarte y preocuparte para acertar cómo divertirte en los momentos de ocio». Y así podríamos seguir con innumerables principios que nos acosan y de los que siempre soñamos con desembarazarnos.
En esto, las cosas no han cambiado mucho a través de los siglos. Los judíos que escapaban de Egipto siempre estaban imaginando de qué manera podían esquivar las órdenes que emanaban de los mandamientos, algo que ponía furioso a Moisés, siempre celoso guardián de los deseos de su jefe directo y sus leyes.
Cuando los historiadores y los defensores ortodoxos de la fe analizan el tema, comienzan a surgir puntos polémicos y controvertidos. Para empezar, quienes han realizado el estudio comparado entre los hechos históricos objetivos y los textos del Antiguo Testamento dudan sobre si fue el propio Moisés quien reveló la legislación divina. Sospechan que fue confeccionada unos ciento cincuenta años después de su muerte, pero que se la atribuyeron a él. En tal caso la verdad histórica se vería superada por la tradición y por la justicia que significaba atribuirle un hecho trascendente a un hombre que, en definitiva, había sido el organizador de toda la vida legal del pueblo. Por lo tanto, la imagen de Moisés recibiendo de parte de Dios las Tablas es una síntesis que lo muestra como lo que fue: el gran legislador de su tiempo.
No faltan estudios serios que ponen en duda la existencia misma de Moisés y de hechos como el Éxodo de Egipto. Otros dicen que no existió un Jesús tal como nos llegó hasta nuestros días, sino que se trata de la suma de situaciones creadas por distintos hombres llamados igualmente Jesús —era el nombre más común en su época— que fueron fundidas en una sola historia para mejor comprensión del pueblo. Aunque parezca paradójico, la verdad histórica en este caso importa poco porque se trata de la transmisión de la supuesta verdad divina para la humanidad. Lo único importante es lo que construyeron los hombres para ordenar su sociedad con el respaldo de alguien que fuera indiscutible: Dios. En definitiva, fue el comienzo de una estrategia que, con relativo éxito, siempre han desarrollado quienes controlan ciertas cuotas de poder en una sociedad: evitar ser rebatidos, ya que hacerlo es ponerse en contra de Dios.
Tanto tiempo pasó, tanto se preocuparon los hombres en reinterpretar, modificar y acomodar las cosas a su gusto, que ni Dios se salvó. Y así es como llegamos a tener doce mandamientos en lugar de diez, producto de desdoblamientos y reinterpretaciones. Sin embargo, nosotros no nos moveremos de los diez. Los que desarrollaremos son:
I. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
II. No tomarás el nombre de Dios en vano.
III. Santificarás el día del Señor.
IV Honrarás a tu padre y a tu madre.
V. No matarás.
VI. No cometerás adulterio.
VIL No robarás.
VIII. No levantarás falsos testimonios ni mentirás.
IX. No desearás a la mujer del prójimo.
X. No codiciarás los bienes ajenos.
En materia de crecimiento y desarrollo personal, por llamarlo de alguna manera, pocos dioses pueden jactarse del éxito alcanzado por Yahvé. Comenzó de forma modesta venerado sólo por pastores nómadas, cuya única preocupación era encontrar pastos y agua que les permitieran mantener sus rebaños. El patriarca Abraham no tenía otras necesidades divinas, y por lo tanto aquel Dios, llamado el de los padres, no tenía muchas preocupaciones. Bastaba algún que otro sacrificio de un animalillo antes y después de iniciar el camino en busca de alimento para el ganado y todos estaban en paz y tranquilidad.
Todo duró hasta que Abraham y los suyos llegaron a la región de Canaán. Allí sus habitantes adoraban a un Dios al que llamaban Él. Era una divinidad que los asombró: El era el creador del cielo y de la tierra, autoría que nunca se le había ocurrido reclamar al Dios de los padres, ni al propio Abraham atribuírsela, ya que, a diferencia de los cananeos, que eran agrícolas, ellos no necesitaban nada de la tierra.
Allí, la mano del hombre moldeó una nueva divinidad. Cuando los antiguos judíos comenzaron, a transformarse en sedentarios, le incorporaron a su modesto Dios atributos que lo hicieron más cualificado. Seguía siendo la divinidad casi familiar que se ocupaba de las cosas de todos los días. Pero ahora también era aquel que estaba por encima de todo lo imaginable: era el creador y dominador de todo, de absolutamente todo lo que se conocía. Podemos ver que las cosas no han sido tan inmutables como algunos, cualquiera que sea su religión, nos han querido hacer creer. Yahvé, tal como lo comenzaron a llamar los judíos después de su huida de Egipto, no se contentó con ser una combinación entre el nómada de los albores y el majestuoso de los cananeos. No quería, ni él ni sus principales mentores —adoradores—, tener sólo un pasado y un presente. Entonces llegó el momento de inflexión en la historia: Moisés recibió las Tablas de la Ley. Los hebreos y su Dios empezaron a pensar un futuro juntos. Se trataba de un Dios que había ofrecido a un pueblo una alianza, un proyecto en común. En definitiva, que el uno sostuviera al otro. Todo basado en un acuerdo que los mortales deberían cumplir sin rechistar porque, de lo contrario, ese Dios celoso y terrible haría caer las peores desgracias sobre ellos. Comenzaba la, era de las leyes, del ordenamiento. A partir de ese momento había un blanco sobre negro acerca de qué se podía y qué no se debía hacer.
La libertad es autocontrol, y los dirigentes pusieron en conocimiento de sus seguidores cuál era el marco del funcionamiento social y cuáles serían las consecuencias para el que traspasara esas fronteras escritas por el mismo Yahvé. En pocas palabras, se estaba frente a lo que hoy podría parecer una libertad condicional, pero que para la época fue un gran avance, al tratar de ordenar a un enorme grupo de personas que, a partir de su enlace con la divinidad, tuvieron un objetivo común para el cual tendrían que disciplinarse.
Pasaron miles de años, surgieron nuevos dioses, religiones, costumbres, adelantos, etcétera, pero nadie duda de la presencia de los diez mandamientos en el inconsciente colectivo, más allá de su vigencia. Aquel comunicado que leyó Moisés al pie del Sinaí, como portavoz oficial de una zarza en llamas —así le gustaba presentarse a Yahvé—, hizo que me dedicara durante un año a encabezar un proyecto televisivo en el que se tratara de explicar cómo afectan a la gente de hoy los diez mandamientos. El libro que tiene el lector en sus manos es la versión editorial de todo ese trabajo que pudimos concretar gracias a Moisés y por supuesto a su jefe.
I
Amarás a Dios sobre todas las cosas
Diálogo del filósofo con el Señor
Nos mandaste amarte sobre todas las cosas. Me pregunto y te pregunto: ¿tanta necesidad tienes de que te amen? ¿No es un poco exagerado? ¿No delata una especie de zozobra, de inquietud extraña? Sí... sí... ya sé que eres un dios celoso, que no acepta ningún tipo de competencia. Pero quiero que entiendas que no eres muy original. Esto que te sucede le pasa prácticamente a todos los dioses. Estoy viendo que en ese aspecto sois todos bastante parecidos: excluyentes y posesivos. Siempre queréis todo el amor para vosotros. Se os ve un poco inseguros de vosotros mismos y necesitados de que los demás estemos siempre refrendando vuestra superioridad sobre el cosmos y el mundo. Mira... ni siquiera ése es nuestro problema. Nuestra verdadera dificultad son tus representantes, porque normalmente no te diriges a los hombres deforma directa. Aquellos que hablan en tu nombre son un verdadero dolor de cabeza. Siempre nos sugieren y ordenan lo que tenemos que hacer de acuerdo con su nivel de poder.
Aquí estamos frente al primer mandamiento, algo inmodificable según tus leyes: Amarás a Dios sobre todas las cosas, y no se hable más.
Pero vivimos en el siglo XXI, discutiendo tus leyes... no pongas mala cara si ahora, mal que te pese, te cuestionamos... son los tiempos que corren.
DE LOS DIOSES CONCRETOS AL ABSTRACTO
El primer mandamiento es el más religioso de todos, porque mientras que los demás se relacionan con cuestiones de comportamiento social y de grupo, éste plantea una exigencia que la divinidad le demanda al individuo.
Así, un profeta anónimo le hace decir a Yahvé: «Yo soy el primero y el último; fuera de mí no existe ningún dios»; «Antes de mí ningún dios había, y ninguno habrá después de mí»; «Yo soy Yahvé y fuera de mí ningún dios existe»; «Todos ellos son nada; nada pueden hacer, porque sólo son ídolos vacíos». Frente a estas formas de definirse no podemos negar que, por lo menos, se trata de alguien con una autoestima superlativa y, sin exagerar, digna de un dios.
Debo admitir que, como no soy creyente, me resultaría muy difícil amarle, y que, incluso aunque creyera, me costaría describir bien la relación que podría mantener con un ser infinito, inmortal, invulnerable y eterno. Personalmente entiendo el amor como el deseo casi desesperado de que alguien perdure, a pesar de sus deficiencias y de su vulnerabilidad. Por eso sólo puedo amar a seres mortales.
La inmortalidad me merece respeto, agobio, pero no me merece amor. Por otra parte, nunca he sabido muy bien qué se entiende por esa palabra misteriosa que otros manejan con tanta facilidad: Dios.
Hay un libro de Umberto Eco y el cardenal Cario Maria Martini en el que discuten sobre estas cuestiones. Su título es En qué creen los que no creen1. A quienes no creemos nos es muy fácil explicar en qué creemos. Lo que me resulta misterioso es saber en qué creen los que creen y, sinceramente, por más que los he escuchado nunca he entendido a qué se refieren.
Sin embargo, los no creyentes creemos en algo: en el valor de la vida, de la libertad y de la dignidad, y en que el goce de los hombres está en manos de éstos y de nadie más. Son los hombres quienes deben afrontar con lucidez y determinación su condición de soledad trágica, pues es esa inestabilidad la que da paso a la creación y a la libertad. Los emisarios y los administradores de Dios personifican en realidad lo más bajo de una conciencia crítica e ilustrada: el fanatismo o la hipocresía, la negación del cuerpo y la apología del poder jerárquico en su raíz misma.
Un dios abstracto, ¡qué gran novedad! Unos dos mil años antes de Cristo, los dioses siempre habían sido animales, o árboles, o ríos, o piedras, o mares. Habían tenido un cuerpo, habían sido dioses visibles. Precisamente las divinidades eran fenómenos que podían verse. Entonces apareció un ser abstracto, hecho de pura alma y se produjo una verdadera revolución.
Los romanos admitían que cada cual podía tener sus divinidades, porque ellos creían que los dioses de todos los pueblos eran tolerantes entre sí. Por esta razón, fue paradójico que acusaran de ateos a los primeros cristianos, aunque veremos que esta manera de razonar tenía su lógica. Los romanos veían que los cristianos rechazaban a todos los dioses existentes. Resultaba una actitud incomprensible y sectaria, ya que había una gran variedad. Se les ofrecían los de Oriente, los de Occidente, los de forma animal, los de forma vegetal. Pero no había nada que hacer: los cristianos los rechazaban a todos. No querían saber nada con el culto al Emperador, ni con los encarnados en las glorias de cada una de las ciudades. Por tal motivo, los seguidores de ese dios, que no se veía en ninguna parte, que era la nada, fueron tachados de ateos por los paganos de Roma.
Los cristianos traían consigo el legado judío. La idea del monoteísmo, de un dios único, excluyente, infinito, abstracto e invisible, era lo normal para ellos, pero resultó de verdad sorprendente y revolucionario para el resto.
Pero esa concepción religiosa ¿fue un retroceso o un avance en el desarrollo espiritual de la humanidad? En cierto sentido la podríamos calificar de positiva porque significó un paso hacia una mayor universalidad, hacia una mayor abstracción conceptual, El dios se convirtió en un concepto, en una idea. Dejó de ser cosa, ídolo. Los dioses anteriores estaban siempre ligados a realidades concretas: la naturaleza, la ciudad, la vida. Entonces surgió un dios que no conocía la naturaleza porque estaba por encima de ella y además era su dueño. Ignoraba las ciudades porque vivía en todas y en ninguna, pero además en el desierto y también en una zarza ardiente. ¿Ese dios supuso un progreso respecto a los otros, o más bien fue una especie de recaída hacia algo más primitivo y atávico? Porque, si bien significó una ganancia en universalidad, amplitud y espiritualidad, también fue una pérdida en lo que se refiere a la relación de los hombres con lo natural, con el mundo, con lo que podemos celebrar de la vida concreta y material.
Por ejemplo, para el escritor y filósofo Marcos Aguinis2 «el monoteísmo ha sido un avance prodigioso de la humanidad hacia niveles de abstracción que no existían hasta ese momento. Fue pasar del pensamiento concreto al abstracto, con un ser que no podía ser representado y además era único. Pero, por ser único, contenía algo muy peligroso: era un dios celoso que no aceptaba competencias. De manera que el monoteísmo significó dos cosas contrapuestas: una muy positiva que era un progreso espiritual y otra muy negativa que fue el progreso de la intolerancia».
El monoteísmo también obsesionó a Sigmund Freud al final de su vida. En 1938 el padre del psicoanálisis huía de los nazis que avanzaban sobre Europa continental, y encontró refugio en Inglaterra. Allí terminó de dar forma a su teoría según la cual Moisés no fue judío sino egipcio. Para Freud se trataba de un hombre que perteneció a una familia noble, y que difundió entre los israelitas —casi 1. 400 años antes de Cristo— las creencias de Akenatón, el faraón creador del primer culto monoteísta conocido: el de Atón, el Dios Sol. Esta idea fue desterrada por la rebelión que encabezaron en su contra los sacerdotes responsables del antiguo politeísmo, y que tenía como principal figura al Dios Anión. Por lo tanto, según esta teoría, Yahvé no sería más que el nuevo nombre que tomó Atón para transformarse en el dios judío.
Aunque el dato pueda sentar mal a quienes consideran que las cosas son inamovibles desde un principio, lo cierto es que los israelitas no siempre fueron monoteístas. El teólogo Ariel Álvarez Valdez3 es contundente cuando asegura que los israelitas eran en realidad monólatras, es decir, creían que existían muchos dioses, aunque ellos adoraban sólo a uno.
Pero todo cambió después de uno de los hechos más traumáticos por los que pasó el pueblo judío: la invasión de los babilonios a las órdenes del legendario Nabucodonosor, quien, en 437 a. C, y no contento con derrotarlos y tomar Jerusalén, llevó a todos sus habitantes como esclavos a Babilonia. Los judíos quedaron deslumbrados por la magnificencia y el lujo de la capital de sus vencedores. Se preguntaron cómo podía ser que ellos, que se consideraban tan bien cuidados por Yahvé, nunca hubieran conocido semejante nivel de vida.
Pero en lugar de renegar de su dios, los cautivos llegaron a una conclusión que les sirvió para sentirse bien con ellos mismos: el dios de los Babilonios no existía, como tampoco existía ningún otro. Yahvé era el creador de todo, incluso de la belleza y el poder de Babilonia. De esta manera convirtieron la tristeza del forzado exilio en el orgullo de adorar al único dios vivo y verdadero.
Otra prueba de que los judíos no eran monoteístas antes de su cautividad en Babilonia es que la traducción literal de la fórmula del primer mandamiento es «No tendrás otros dioses frente a mí», lo que implicaba la aceptación de otros dioses aunque sólo se venerase a Yahvé.
Para el estudioso de los diez mandamientos, Luis de Sebastián,4 «el primer mandamiento es el mandamiento del amor. Primero, negativamente, porque no hay que amarse a uno mismo sobre todas las cosas, y segundo, positivamente, porque hay que amar a los demás, a todos con quienes tenemos que ver de cualquier manera que sea, todo dentro de un orden de proximidades y responsabilidades que empieza en casa: con uno mismo, con su persona, su familia, sus vecinos, amigos, compañeros, y que se extiende, si es verdadero amor, con alas de águila a todos los rincones donde la vida nos lleve».
Según De Sebastián, el primer mandamiento «simboliza el pacto de la conveniencia, del mutuo beneficio, en el que se basa la democracia. Así todos sacan provecho de lo que se hace en la polis, a cambio del respeto a las leyes».
Sin embargo, la realidad es que la gente define las cosas de acuerdo al lugar donde se encuentra. El amor por algo o por alguien puede tener una contrapartida siempre alejada de la indiferencia: desamor u odio hacia quien no piensa igual o no corresponde a esos sentimientos.
Entonces, el amor a lo infinito, a lo inabarcable ¿es incluyente o excluyente? ¿Se ama también a los que no veneran a ningún dios? Hay una expresión medieval que habla del odium teologicum, del odio que se tienen los teólogos entre sí. Poseídos por el infinito, en ocasiones, en vez de incluir a todos los demás en su amor, los excluyen. Ésta es una de las paradojas del amor monoteísta, del amor a un dios único.
Amo a todas las religiones, pero estoy enamorada de la mía.
MADRE TERESA DE CALCUTA
¿Es posible que quien ama a un dios único, infinito, absoluto, ame o simplemente acepte otras religiones y a otros dioses? ¿También es susceptible de amor aquel que no cree en ninguna religión o divinidad?
En un hermoso cuento Jorge Luis Borges narra la historia de Aureliano y Juan de Panomia, dos teólogos que durante toda su existencia se persiguen y se censuran el uno al otro hasta que, cuando mueren, Dios les revela que para él ambos son una sola persona, un solo ser. En cierta medida, la lección última sería que esos teólogos que rivalizan, esas religiones que se excluyen y se persiguen, vistos desde una altura lo suficientemente elevada, no sean más que la misma cosa. Una misma verdad o un mismo error.
LA TOLERANCIA: ESA DEBILIDAD DE LAS RELIGIONES
Es sabido que las religiones han sido fuente de animadversión, de persecución, de intolerancias, de guerras y de crímenes. A lo largo de los siglos los llamados representantes de los dioses sobre la tierra, es decir los hombres, han encontrado motivo de discordia echándose culpa unos a otros sobre reales o supuestas ofensas a sus respectivos dioses.
También podemos decir que las religiones fueron causa de una serie de gestos generosos y valientes. Pero ¿por qué las religiones han sido incompatibles unas con otras? Todos los hombres de religión predican palabras hermosas de aceptación a los demás, pero pocas veces sus actos tienen que ver con su prédica. El ejemplo del catolicismo es evidente: las religiones se hacen tolerantes cuando se debilitan, cuando pierden poder terrenal. Mientras controlan los hilos de la política y la economía y tienen un brazo secular para poder hacer cumplir sus preceptos, rara vez dan muestras de tolerancia. Este sentimiento aparece cuando los que controlan la práctica de una creencia tienen que ser aceptados, no cuando tienen que aceptar. Éste es un fenómeno que ocurre en casi todas las religiones.
Uno de los ejemplos más claros fueron las Cruzadas. A fines del siglo xi, Venecia, Génova y Pisa querían recuperar el control del comercio con Oriente. El problema eran los turcos, quienes controlaban los pasos marítimos y terrestres hacia los lugares santos y, en especial, hacia los centros de comercio más importantes. Allí se conjugaron intereses mercantiles con los políticos del papa Urbano II, cuyo objetivo era controlar a toda la cristiandad mediante la dominación de la ciudad de Constantinopla, que se había separado de su autoridad en el año 1054. Urbano también estaba obsesionado con los emperadores germanos, quienes se movían con gran autarquía en materia religiosa. Así, como tapadera de este cúmulo de intereses, el Papa golpeó en el corazón de la cristiandad europea y, con la magnífica excusa de recuperar los lugares sagrados de Oriente y proteger a los cristianos de esas zonas, promovió la Primera Cruzada. Hacia allí partieron miles de hombres para matarse con otros tantos miles de hombres al grito de «Deus lo volt» («Dios lo quiere»).
Hoy las religiones van perdiendo su poder terrenal —o al menos eso espero—, y no me cabe duda de que el mundo se beneficiará ante esta situación, ya que se alejarán los elementos de tensión que se desprenden de ese excluirse unas a otras utilizando la fuerza o la persecución. De todas formas estamos hablando de Iglesias más que de religiones. Dios nunca habla en forma directa con los humanos, o por lo menos no lo hace con la mayoría. Siempre hay alguien que se interpone. Nunca tenemos a Dios delante, sino a sacerdotes, obispos, muecines, rabinos, etcétera. Es decir, otras personas tan comunes como los demás, pero que hablan en su nombre. Cuando uno analiza las guerras de religión, se pregunta si Dios no habrá sido la coartada para justificar los odios que los hombres se tenían entre ellos, para impulsar los deseos de conquista y depredación.
LA APLICACIÓN DE LA LIBERTAD DEL INDIVIDUO O CÓMO ENTENDER LOS MANDAMIENTOS
A medida que avanzamos en el análisis, nos queda claro que los mandamientos son imposiciones antiguas, pasadas de moda, y algunas hasta fuera de toda lógica, pero que, al igual que las leyes actuales, son fruto de convenciones sociales. Más allá del tiempo en que se dieron a conocer, en que fueron respetadas y hasta temidas, lo cierto es que no formaron parte inamovible de la realidad, como ocurre por ejemplo con la ley de la gravedad. Tampoco brotan de la voluntad de un dios misterioso. Las leyes han sido inventadas por los hombres, responden a designios humanos antiguos, algunos de los cuales nos cuesta entender hoy, y pueden ser modificadas o abolidas por un nuevo acuerdo entre humanos. Sin ir más lejos, los mandamientos originales fueron modificados por los católicos, aunque esto no quiere decir que las convenciones sean simples caprichos o algo sin sustancia.
Cuando se vive en una sociedad multicultural, hay que asumir que se acepta el derecho a tener religión, y creencias, y esto comporta el hecho de tener que soportar alfilerazos de la realidad. Por ejemplo, a esas personas que dicen «ha herido usted mis convicciones», yo les diría: «Lo siento... amigo, usted no puede convertir sus convicciones en una especie de prolongación de su cuerpo».
Pero además esto va de la mano de una liviandad que se percibe en todos lados y que se define con la máxima de «todas las opiniones son respetables». Esto es una tontería. Quienes son respetables son las personas, no las creencias. Las opiniones no son todas respetables. Si así hubiese sido, la humanidad no habría podido avanzar un solo paso. No se pueden respetar las ideas totalitarias, xenófobas, racistas, excluyentes, que violen los elementales derechos humanos. No podemos utilizar el ataque, la crítica, incluso la sátira contra una idea, para provocar algo que humille u ofenda a los demás. Ahora, si se trata de ideas, hay que saber pararse frente a aquellas que son peligrosas.
¿Qué respeto merecen las ideas tras las que se parapetan los terroristas de distintos signos? ¿Cómo dejar de repudiar el asesinato, las bombas a mansalva que reivindican los nacionalismos excluyentes? ¿Gomo aceptar que bajo la excusa de la identidad cultural se practique la mutilación del clítoris a millones de niñas?
Los defensores de esos métodos son tan peligrosos como los sacerdotes que repudian a las demás religiones, a sus seguidores y a aquellos que no creen en ningún dios en particular. No se puede respetar a los irrespetuosos.
Esto tiene que ver también con algo que dijo John Stuart Mili: «La única libertad que merece ese nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a los demás del suyo o le impidamos esforzarse por conseguirlo. Cada uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La humanidad sale ganando más consintiendo que cada cual viva a su manera antes que obligándose a vivir a la manera de los demás».
El primer mandamiento, como los otros nueve, lleva implícita la amenaza del castigo en caso de que no se cumpla. Yahvé había prometido proteger al pueblo judío, el elegido, pero con la condición de cumplir al pie de la letra el Libro de la Ley. La palabra de Dios daba lugar a pocas interpretaciones: «Mira, hoy he puesto ante ti la vida y la felicidad, pero también la muerte y la desgracia. Si escuchas los mandamientos de Yahvé, tu Dios... entonces vivirás y tendrás muchos hijos y el Señor, tu Dios, te bendecirá... pero si no haces caso a todo eso... te advierto que morirás sin remedio».
Cuando leo esto y pienso que hay gente que cree lógico que exista el castigo a estas cuestiones, insisto en que lo primero que hay que dejar claro, es que la ética de un hombre libre nada tiene que ver con los castigos, ni con los premios repartidos por la autoridad, sea ésta humana o divina, que para el caso es lo mismo.
Sobre la observancia del primer mandamiento y su relación con la intolerancia, el rabino Isaac Sacca5 asegura que «hay que estar muy atentos a cómo está expresada la orden "no tendrás otros dioses delante de mí" ya que, interpretando la cuestión de mala manera, se corre el riesgo de que pueda ser utilizada para practicar la intolerancia y la imposición de ideas».
Según el judaísmo se trata de un asunto bilateral entre Dios y el ser humano, a quien no se le pide que intente convencer o hacerlo cumplir a otra persona, sino sólo que se ocupe de sí mismo.
Este comentario del rabino Sacca no impide que, tal como él lo define, el mandamiento pueda caer en malas manos que hagan un uso indebido del mismo y se transforme en una herramienta de exclusión. Ya hemos dicho que las leyes han sido inventadas y modificadas por los hombres, y está claro que una misma ley puede tener varias interpretaciones. Pero las visiones sobre Yahvé, Moisés y los diez mandamientos son innumerables y surgen desde todos los ángulos ideológicos. El historiador socialista Emilio Corbiére6 considera el Antiguo Testamento «como la parte más negativa. Allí se plantea una visión de dios terrible, casi malvado, perseguidor. Es realmente la visión de un dios despótico Yahvé-Jehová. Pero también es la historia de la liberación; el movimiento de liberación nacional de un pueblo. Es decir, se trata de una visión revolucionario-popular de un pueblo oprimido, en este caso por el Imperio romano. Por lo tanto, el Antiguo Testamento es la historia del crimen, de la traición, de las guerras, de las relaciones poco comunes entre madres e hijos y padres e hijas y, por otro lado, la lucha ejemplar de ese mito de Moisés, que no se sabe si era judío o un egipcio revolucionario».
ÍDOLOS E IDOLATRÍA
El tema de las imágenes y los ídolos en la religión ha marcado una de las grandes diferencias entre católicos y judíos. El texto del primer mandamiento que figura en el Antiguo Testamento dice: «Se prohibe realizar esculturas, imagen alguna ni de lo que hay arriba de los cielos, ni de lo que hay debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas, ni le darás culto».
Los católicos eliminaron esa precisión pero en ambas religiones, y aun con la diferencia de matices, hay una clara oposición a la idolatría.
Frente a la cuestión de las imágenes religiosas, la Biblia y la realidad histórica han demostrado ser contradictorias. Pese a la prohibición de hacer esculturas, el templo construido por Salomón en Jerusalén estuvo repleto de ellas. Junto al Arca de la Alianza se habían tallado en madera dos enormes querubines. También se podían observar bajo el depósito de agua de las purificaciones doce toros de metal.
«Los recipientes para las abluciones litúrgicas —dice el padre Ariel Álvarez Valdez— estaban revestidos con imágenes de leones, bueyes y querubines, todo con el consentimiento del propio Dios. Y por si esto fuera poco, una enorme serpiente de bronce, que había labrado Moisés en el desierto por orden de Yahvé para sanar a cuantos mordidos por ofidios la miraran, estuvo doscientos años expuesta en el Templo hasta que el rey Ezequías la eliminó. »
Con este ejemplo, se vuelve a ratificar que las leyes se modifican al igual que sus interpretaciones, más allá de sus orígenes humanos o divinos. No digo que hecha la ley hecha la trampa, pero el ámbito jurídico, como todo, es adaptable a cualquier situación.
Yo no sé si Dios habrá muerto, como dijo Nietzsche y han repetido tantos otros después de él. Pero es innegable que los ídolos gozan de una excelente salud. Vivimos en un mundo en el que, multiplicados por las comunicaciones y la imagen, su presencia es casi abrumadora. Tenemos ídolos en el fútbol, la pantalla, la canción, el dinero, el triunfo social o la belleza. Convivimos con idolillos portátiles y pequeños, algunos casi simpáticos y entrañables, como el E. T. de Spielberg, u otros que se nos hicieron próximos y amables. También los hay feroces, que exigen sacrificios de sangre. Ésos son los ídolos de la tribu. Los que convierten el propio grupo, la propia nación, la propia facción en un ídolo. Son aquellos que por desgracia suelen llevar a cabo sacrificios humanos.
Sin embargo, creo que hay ídolos benévolos, simpáticos, que nos ayudan a vivir, que nos traen alegría. La idolatría es algo inherente al hombre. El ser humano no lo puede evitar. Pero cuidado, tenemos que ser idólatras cautelosos, prudentes con lo que subimos a nuestros altares, porque a veces es difícil bajarlos sin que se derrame sangre.
MOISÉS Y EL PENSAMIENTO ÚNICO
Creo que, en alguna medida, Moisés era un hombre muy realista. Era consciente de que tanto su sociedad como las anteriores, y con acertada intuición las futuras, no eran nada del otro mundo y que por lo tanto estaban llenas de defectos, de abusos y de crímenes. Fue así como el líder israelí hizo lo que estaba a su alcance para mejorar la comunidad en la que le tocaba vivir. Y pienso que está claro que, como tantas otras personas antes y después de él, luchó para que las relaciones humanas políticamente establecidas fueran simplemente eso: más humanas, o sea, menos violentas y más justas. Pero, como debió de ser un tipo bastante realista, seguramente nunca esperó que todo a su alrededor fuera perfecto.
Hay dos frases a las que se suele recurrir: «No trates a los demás como no quieres que te traten a ti» o, en positivo, «haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti». George Bernard Shaw tenía un epigrama que sintetiza estas ideas: «No hagas a los demás lo que te guste que te hagan a ti, ellos pueden tener gustos diferentes». Aquí hay que tener cuidado, porque es en estos casos cuando se corre el riesgo de toparse con aquellos para quienes la única verdad es la suya o la de su dios.
Hoy está de moda hablar del «pensamiento único», que, según dicen algunos, imperaría después de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe del sistema comunista de Europa del Este. No creo que el problema de la intolerancia pase por ese denominado «pensamiento único», porque para mí no existe como tal. En el mundo hay grupos que apuestan por el Fondo Monetario Internacional, y otros grupos «antiglobalización» que se manifiestan contra este organismo. Vivimos en un planeta donde existe bastante discordia y oposición de opiniones, así que es injusto, y un poco absurdo, hablar de un pensamiento único, aunque no son pocos los que desarrollan sus teorías en base a esta falacia. Sí, es cierto que existe una tendencia al pensamiento simple. Hay diversas concepciones simplistas: simplismo neoliberal y simplismo anticapitalista. Ante una realidad tan compleja como la que vivimos se le oponen «pensamientos descafeinados». La cuestión es que nuestro mundo está cada vez más unificado y tendemos a buscar soluciones que involucren a toda la humanidad. Soluciones que creemos que deben ser simples. Y esto es falso. Por este camino no vamos a llegar a mejorar este mundo, ya que la situación por la que atravesamos es de una complejidad mayor a cualquier otra que hayamos conocido a través de los siglos.
Durante la historia del hombre sobre la tierra, infinidad de ejércitos se han enfrentado en nombre de dioses o de creencias. Se habla incluso de un Dios de los ejércitos; todos tienen sus capellanes castrenses, sus banderas y estandartes. En 5.500 años de historia, para no ir más lejos, se han producido 14.513 guerras que han costado 1.240 millones de vidas y nos han dejado un respiro de no más de 292 años de paz, aunque seguro que durante dicho tiempo también debieron de haber guerras menores en curso. En el momento en el que usted lea estas estadísticas ya se habrán convertido en anticuadas. Estas cifras tienen la particularidad de incrementarse minuto a minuto por obra y gracia de los propios hombres. De hecho, una gran parte de las guerras tuvieron su origen en desencuentros e intolerancias debidas a distintas creencias. Pero también está claro que, casi siempre, lo religioso fue una simple excusa para resolver diferencias territoriales o económicas. Como verán, nada ha cambiado.
Hoy en día podemos ver en nuestras casas, sentados cómodamente ante el televisor, a aquellos que mediante atentados tiran abajo edificios en nombre de una divinidad vengadora que persigue al Gran Satán Occidental. Y desde Estados Unidos se utiliza una frase arcaica: «Dios está con nosotros». Un lenguaje propio de la época de las Cruzadas. Nos encontramos en pleno auge de la justificación teológica de los enfrentamientos terrenos.
EVANGELIZACIÓN: CONVERSIÓN O MUERTE
Casi todas las religiones han tenido una vertiente proselitista y misionera que trató de extender sus enseñanzas como un pensamiento indiscutible. El cristianismo y el islam son las más expansivas. Pero para ser sinceros, se pueden encontrar elementos misioneros en muchas otras creencias.
La idea predominante a lo largo de la historia es que el hombre religioso tiene la obligación de llevar la buena nueva y tratar de imponerla. Y para lograr estos objetivos se ha recurrido tanto a mansos pastores como a promotores de la palabra de Dios, o a fieros soldados cuyo lema fue: «La religión con sangre entra». Por supuesto que ofrecer y utilizar la persuasión para dar a conocer la buena nueva no tiene nada de malo. La cosa cambia cuando el mandato pasa a ser: «Conviértete o muere».
En su Tratado de la tolerancia Voltaire decía que el lema de todos los fanáticos era: «Piensa como yo o muere». La historia nos ha mostrado innumerables ejemplos de cómo los misioneros, los evangelizadores y los proselitistas, al no poder persuadir por las buenas a los no creyentes, han impuesto este terrible dilema de la conversión o la muerte.
Es evidente que el proselitismo religioso está más acentuado en las religiones viajeras e itinerantes. El ejemplo claro es el cristianismo con sus variantes, y el islam. Los conquistadores españoles impusieron sus verdades a los conquistados, pasando por sangre y fuego a quienes no querían aceptarla.
Pero hay que aclarar que esta forma de imponer la religión por la fuerza no es una característica exclusiva de las religiones. Creo que esto se ha contagiado a otras formas de ideología. Hay doctrinas políticas, nacionalistas y raciales que practican los mismos métodos: «Debes pensar como nosotros o de lo contrario tu destino será la exclusión, la expulsión o la muerte, porque no podemos convivir con quien no comparte nuestras creencias».
El ejemplo de esta concepción se dio entre 1482 y 1492, con uno de los tres confesores de la reina Isabel la Católica: Torquemada, el Inquisidor. Su nombre aparece ligado a tres mil ejecuciones en la hoguera y un número varias veces superior de encarcelamientos, confiscaciones y torturas. Aquí estamos en presencia del misionero fanático, que va más allá de las obligaciones de su misión y se transforma en un ser absolutamente negativo para la sociedad.
En definitiva, Adolf Hitler, Joseph McCarthy, Francisco Franco, Josef Stalin, Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla —por mencionar sólo algunos exponentes— se consideraban misioneros que debían salvar al resto de los humanos obligando por la fuerza a adoptar sus convicciones a quienes no creían en ellas.
Pero esta tendencia misionera suele tener sus tropiezos. Un libro delicioso, La Biblia en España,1 que traza un cuadro absolutamente fresco del país de los siglos XVIII y XIX, cuenta las peripecias de George Borrow7, un evangelista inglés que recorrió la península vendiendo biblias protestantes. En un momento de su recorrido Borrow llegó a Andalucía y se encontró con un campesino que estaba arando la tierra. Se le acercó con su libro y le dijo: «Amigo, yo soy protestante, vengo aquí con la Biblia y quiero explicarle lo que pensamos». Pero el campesino lo interrumpió explicándole: «Mire usted, no se moleste, porque si yo no creo en la religión católica, que es la verdadera, cómo voy a creer en la protestante que es la falsa».
Hubo cientos de miles de Borrows recorriendo el planeta y muchos más soldados tratando de imponer sus verdades por la fuerza. Pero ahora estamos además en presencia de una nueva situación que Yahvé y Moisés nunca imaginaron: la expansión de los medios de comunicación, lo cual ha creado nuevos campos de batalla donde los evangelizadores no se dan tregua ni cuartel. En el medievo los predicadores llenaban las iglesias y catedrales y hablaban como mucho para dos o tres mil personas. Un representante que hablase en la Asamblea de Atenas rara vez lo hacía para más de quince o veinte mil asistentes. Las investigaciones más recientes indican que el propio Jesús en su momento de mayor convocatoria, durante el Sermón de la Montaña, logró reunir a sólo treinta mil personas, una multitud en aquellos años, pero que hoy significan menos de medio punto en las mediciones de audiencias televisivas. El desafío de los telepredicadores y de los papas viajeros consiste en ser capaces de dirigirse a millones de personas; enfrentándose también, como contrapartida, al hecho de que las idolatrías tienen el mismo beneficio de la hipercomunicación, y en este campo la competencia por la audiencia suele ser desfavorable para la divinidad, sea cual sea, frente a, por ejemplo, las patéticas peripecias de los concursantes de Gran Hermano.
La comunicación ha aumentado la proyección de las ideas, sean éstas malas, piadosas, intolerantes, fanáticas y hasta de ansias redentoras. Los medios han magnificado lo que antes era casi un movimiento de corazón a corazón, o de persona a persona. Hoy se trata de un eco universal. Es una situación que implica aspectos terribles y que quizá en algún momento pueda involucrar otros liberadores. El desafío consiste en evitar que la palabra caiga desde arriba sobre las personas y en posibilitar que los individuos se comuniquen cada vez más entre sí para que puedan cambiar opiniones entre ellos.
Nada malo puede pasarme que Dios no quiera, y todo lo que él quiere por muy malo que nos parezca es en realidad lo mejor.
Carta en la que TOMÁS MORO consuela a su hija antes de ser ejecutado
En este fragmento Tomás Moro presenta una actitud fatalista. Pero se trata de un fatalismo alegre, que se justifica a sí mismo.
A través de las épocas, los hombres han aprendido a aceptar el destino porque no hay forma de luchar contra él. Lo que aporta esta visión de Moro es la dimensión del destino como producto de una voluntad, que sabe lo que es mejor para nosotros aunque ello implique nuestra destrucción y eso haga que desaparezcan nuestros proyectos y deseos, por esa situación fatal que se nos impone. Nietzsche habló también del amor al destino, y del deseo, no sólo de aceptarlo, porque es irremediable, sino también de amarlo como lo que es más propio. Quizá la versión de Tomás Moro sea la variante religiosa de ese amor al destino.
Durante siglos se tomó como irremediable la transmisión de los conocimientos y convicciones religiosas de padres a hijos. Era lo natural. Pero hoy el planteamiento consiste en cómo enseñar las creencias personales a nuestros descendientes. Por una parte, si consideramos que algo es verdadero, bueno y útil, intentamos que nuestros hijos compartan ese saber. Educar es seleccionar de todo lo que conocemos aquello que nos parece más relevante e importante para transmitirlo. Por lo tanto, es lógico para la persona religiosa que sus creencias deban ser transferidas a sus hijos. Pero, por otra parte, se debe respetar la posibilidad de que el hijo escuche otras voces, otros puntos de vista y conocimientos. Entonces es cuando los padres debemos asumir que nuestros hijos podrían no tener las mismas ideas o creencias que nosotros, lo que para algunos suele ser muy duro. Pero no es obligatorio que la serie se prolongue de padres a hijos, como bien supo un proselitista fascista de la época de Mussolini. El personaje iba por los pueblos pregonando la buena nueva del fascismo. Encontró a un muchacho y le dijo que debía afiliarse al Partido porque era el futuro de Italia. Entonces el joven le contestó: «No, mira, mi padre era socialista, mi abuelo era socialista, tengo otros parientes comunistas. Yo no puedo hacerme fascista». El militante del «fascio» arremetió indignado: «¿Qué argumento es ese de que tu padre y de que tu abuelo? ¿Y si tu padre fuera un asesino; y si tu abuelo hubiera sido un asesino?». El muchacho lo interrumpió: «¡Ah!, entonces sí... entonces sí me haría del partido fascista».
martes, 14 de agosto de 2012
miércoles, 23 de mayo de 2012
El libro, la lectura y la evolución humana
El 23 de abril se ha declarado como “Día Mundial del libro”, ese genial artículo que fue posible gracias a la invención de la imprenta por Gutenberg y se convirtió desde ese momento en el más importante vehículo de comunicación a distancia y a través del tiempo.
Sin él, el avance científico habría sido imposible, pero lo habría sido también la evolución intelectual de la especie humana de un modo tan culturalmente extendido como ha llegado a ser hasta nuestros días.
Antes del arribo de la telemática, con sus casi infinitas posibilidades, y con ella, de Internet, no había rival para el libro como vehículo de conocimiento y aún, cualitativamente, de recreación.
Había que leer un libro –o, cuando menos, en un libro- todo aquello que se requiriera aprender de teoría científica, de humanidades y hasta de ficción literaria, si se quería tener acceso a la cultura y la información en su estado más acabado y de mayor desarrollo.
Había que estudiar en un libro –o, por extensión, en una revista científica- si se quería crecer en conocimientos. “Yo no estudio para saber más, sino para ignorar menos”, dijo Sor Juana Inés de la Cruz en algún momento, y la única manera seria de hacerlo era a través de los libros.
Incluso hoy en día, cuando razones de accesibilidad, disponibilidad de espacio físico y hasta de costos, hay opciones electrónicas alternativas al libro tradicional, con todo y las ventajas que ofrecen, esas alternativas serán incapaces de proveer algunas de las innegables y placenteras ventajas características del libro impreso.
¿Quién no ha ido a la librería buscando un libro determinado y, lo encuentre o no, sale con otros que ni buscaba ni esperaba encontrar? Las librerías son, en efecto, lugares de recreación, de paseo, que con sólo pisarlas y echar una mirada ilustran y aportan esparcimiento.
¿Cómo sustituir el placer –y la necesidad- de hojear un libro desconocido para “probarlo” y “catar” sus propiedades en torno de un tema que en un momento desafía nuestro intelecto y nuestros conocimientos? Si se quiere escribir, pongamos por caso, sobre los orígenes del régimen presidencial ¿Dónde buscar y cómo? ¿Acaso no es útil, en la librería, hojear –sí, y también, aunque sea éste un lugar común, “ojear”- los libros que pudieran hacer referencia a tal cosa, darnos una pista sobre el tema o de plano abordarlo como nos convine que lo haga?
Claro, eso lo hace muy bien, más fácil y rápidamente ese gran auxiliar de todo investigador -profesional o casual, frívolo o no- de temas y pistas que es Google; siempre estará Wikipedia, además, que ya desplazó inclusive a la proverbial “Britannica” y la sacó del mercado en su formato impreso cuando menos. Pero el placer del hallazgo fortuito, de la palabra desconocida o del concepto novedoso, de la idea nueva o iluminadora, de la novela o el autor de los que nada se sabía, sólo los libros y la búsqueda de ellos y en ellos lo pueden proporcionar.
Hay que leer, en todo caso, para evolucionar. Leyendo se aprende a escribir y se automatiza la ortografía. Hasta se pule el estilo, con sólo un poco de cuidado que se ponga en ello.
Incluso en la ficción, como devela Volpi en uno de sus más recientes libros -“Leer la mente”- tiene el poder de influir en la evolución humana, que se ve favorecida por el ejercicio de recrear en ella nuestro entorno, de modo que, al manipularlo, reordenarlo y moldearlo en nuestra mente, reflejando aun las percepciones ficticias, se incide también en funciones cerebrales que se desarrollan imperceptible, pero eficaz y perdurablemente.
Leamos, pues, y crezcamos, haciéndolo, como seres humanos. No despreciemos en ello al arte y la ficción, que también contribuyen, tangiblemente, no sólo a la calidad de la vida de todos, sino también a la pericia intelectual de cada uno.
Que tengan ustedes, en esta semana, felices y provechosas lecturas.
Sin él, el avance científico habría sido imposible, pero lo habría sido también la evolución intelectual de la especie humana de un modo tan culturalmente extendido como ha llegado a ser hasta nuestros días.
Antes del arribo de la telemática, con sus casi infinitas posibilidades, y con ella, de Internet, no había rival para el libro como vehículo de conocimiento y aún, cualitativamente, de recreación.
Había que leer un libro –o, cuando menos, en un libro- todo aquello que se requiriera aprender de teoría científica, de humanidades y hasta de ficción literaria, si se quería tener acceso a la cultura y la información en su estado más acabado y de mayor desarrollo.
Había que estudiar en un libro –o, por extensión, en una revista científica- si se quería crecer en conocimientos. “Yo no estudio para saber más, sino para ignorar menos”, dijo Sor Juana Inés de la Cruz en algún momento, y la única manera seria de hacerlo era a través de los libros.
Incluso hoy en día, cuando razones de accesibilidad, disponibilidad de espacio físico y hasta de costos, hay opciones electrónicas alternativas al libro tradicional, con todo y las ventajas que ofrecen, esas alternativas serán incapaces de proveer algunas de las innegables y placenteras ventajas características del libro impreso.
¿Quién no ha ido a la librería buscando un libro determinado y, lo encuentre o no, sale con otros que ni buscaba ni esperaba encontrar? Las librerías son, en efecto, lugares de recreación, de paseo, que con sólo pisarlas y echar una mirada ilustran y aportan esparcimiento.
¿Cómo sustituir el placer –y la necesidad- de hojear un libro desconocido para “probarlo” y “catar” sus propiedades en torno de un tema que en un momento desafía nuestro intelecto y nuestros conocimientos? Si se quiere escribir, pongamos por caso, sobre los orígenes del régimen presidencial ¿Dónde buscar y cómo? ¿Acaso no es útil, en la librería, hojear –sí, y también, aunque sea éste un lugar común, “ojear”- los libros que pudieran hacer referencia a tal cosa, darnos una pista sobre el tema o de plano abordarlo como nos convine que lo haga?
Claro, eso lo hace muy bien, más fácil y rápidamente ese gran auxiliar de todo investigador -profesional o casual, frívolo o no- de temas y pistas que es Google; siempre estará Wikipedia, además, que ya desplazó inclusive a la proverbial “Britannica” y la sacó del mercado en su formato impreso cuando menos. Pero el placer del hallazgo fortuito, de la palabra desconocida o del concepto novedoso, de la idea nueva o iluminadora, de la novela o el autor de los que nada se sabía, sólo los libros y la búsqueda de ellos y en ellos lo pueden proporcionar.
Hay que leer, en todo caso, para evolucionar. Leyendo se aprende a escribir y se automatiza la ortografía. Hasta se pule el estilo, con sólo un poco de cuidado que se ponga en ello.
Incluso en la ficción, como devela Volpi en uno de sus más recientes libros -“Leer la mente”- tiene el poder de influir en la evolución humana, que se ve favorecida por el ejercicio de recrear en ella nuestro entorno, de modo que, al manipularlo, reordenarlo y moldearlo en nuestra mente, reflejando aun las percepciones ficticias, se incide también en funciones cerebrales que se desarrollan imperceptible, pero eficaz y perdurablemente.
Leamos, pues, y crezcamos, haciéndolo, como seres humanos. No despreciemos en ello al arte y la ficción, que también contribuyen, tangiblemente, no sólo a la calidad de la vida de todos, sino también a la pericia intelectual de cada uno.
Que tengan ustedes, en esta semana, felices y provechosas lecturas.
Carlos Fuentes al final del siglo
“El gato está fuera del saco y va errabundo por un mundo de comunicaciones instantáneas, información disponible y vocabulario visual. La nueva gramática política convierte los muros en aire, y las cortinas de acero en ventanas de ironía”.
Con esas palabras inicia un ensayo de Carlos Fuentes, “El Camino Federalista”, con el que contribuyó a una obra colectiva coordinada por Nathan P. Gardels que se intitula “At Century´s End” (ALTI Publishig, La Joya, California, 1995).
En ese ensayo, el recientemente fallecido escritor, mejor conocido por su veta novelística, se muestra también como un ensayista intuitivo, culto, informado, y por lo tanto capaz de percibir bien el a veces difuso –y también confuso- panorama que ofrece el mundo en estos días, en los que lo único claro parece ser el hecho de que se ha iniciado una metamorfosis que abarca todos los campos de la vida humana.
Dejo que Fuentes se exprese: “La trilogía de interdependencia económica, progreso tecnológico, y comunicación instantánea puede, fácilmente, conducirnos a todos –de Moscú a Madrid, a la Ciudad de México- a un mejor orden mundial de abundancia compartida. Pero apenas ha sido abierta esta puerta, cuando en gran parte del mundo los problemas de la cultura han irrumpido, violentamente, para hacer pedazos el festejo”.
Es correcto, en buena medida, el diagnóstico de Fuentes, aunque no deja de incurrir en la entronización de lo económico como factor principal, cuando que existen otros elementos del sistema que demandan igual o mayor atención que ese. Él plantea la cuestión central de la globalidad cuando pregunta: “La paradoja es esta: si la racionalidad económica nos dice que el próximo siglo será la edad de la integración global de las economías nacionales, la ‘irracionalidad’ cultural se hace presente para informarnos que también será el siglo de las demandas étnicas y los nacionalismos renacidos”.
Con tino dice también: “Aquí es donde la imaginación política y cultural deben reunirse para preguntar: ¿Podemos reconciliar las demandas económicas globales con la resurrección de estos reclamos nacionalistas?”.
Frente a esa cuestión, apremiante por cierto, Carlos Fuentes acude a su acervo cultural y a su sentido práctico cuando, ante tal aparente dilema, afirma con naturalidad y elegancia: “Ambas, la razón y la imaginación, nos dicen que el nombre de la solución, ese punto donde se pueden equilibrar las demandas de integración y aquellas de las nacionalidades, es ‘federalismo’. Mi esperanza es que podamos atestiguar una revisión del tema del federalismo como un compromiso entre tres igualmente reales vectores: la región y el mundo, pasando por la nación”.
Sin haber sido un especialista en el tema, pero teniendo en mente no sólo su equipaje cultural, que desde niño guarda referencias del sistema federal estadounidense y al proceso de sus orígenes, sino también a su información sobre las cosas del mundo de hoy, inteligentemente procesada, llegó a la percepción de un mapa de ruta compuesto por un complejo rompecabezas que, si no se profundiza con imaginación y se refuerza su estudio con una razón informada, causará confusión irremisiblemente y, sin duda, agitará aun más las aguas, en beneficio de los ya de suyo favorecidos pescadores, dueños de las finanzas y la economía del mundo.
El nombre de la solución, dice Carlos Fuentes, es “federalismo”. Un federalismo adecuado a las necesidades y características de hoy, contemplado como instrumento apto para crear, como lo hace el artista –si se me permite el exceso- una fórmula que permita armonizar esas tendencias contradictorias, “unir sin unificar” –como dijera don Manuel Herrera y Lasso en su tiempo- los diferentes intereses y demandas de la realidad contemporánea, tan global y tan local al mismo tiempo.
Tiene razón Carlos Fuentes, que proponiéndoselo o no, rinde también tributo al viejo Kant, que ya había propuesto –en “La Paz Perpetua”- una solución similar. Descanse en paz Carlos Fuentes. Sirva este sencillo recuerdo de un ensayo suyo poco difundido para rendir homenaje a sus méritos humanistas y literarios.
Con esas palabras inicia un ensayo de Carlos Fuentes, “El Camino Federalista”, con el que contribuyó a una obra colectiva coordinada por Nathan P. Gardels que se intitula “At Century´s End” (ALTI Publishig, La Joya, California, 1995).
En ese ensayo, el recientemente fallecido escritor, mejor conocido por su veta novelística, se muestra también como un ensayista intuitivo, culto, informado, y por lo tanto capaz de percibir bien el a veces difuso –y también confuso- panorama que ofrece el mundo en estos días, en los que lo único claro parece ser el hecho de que se ha iniciado una metamorfosis que abarca todos los campos de la vida humana.
Dejo que Fuentes se exprese: “La trilogía de interdependencia económica, progreso tecnológico, y comunicación instantánea puede, fácilmente, conducirnos a todos –de Moscú a Madrid, a la Ciudad de México- a un mejor orden mundial de abundancia compartida. Pero apenas ha sido abierta esta puerta, cuando en gran parte del mundo los problemas de la cultura han irrumpido, violentamente, para hacer pedazos el festejo”.
Es correcto, en buena medida, el diagnóstico de Fuentes, aunque no deja de incurrir en la entronización de lo económico como factor principal, cuando que existen otros elementos del sistema que demandan igual o mayor atención que ese. Él plantea la cuestión central de la globalidad cuando pregunta: “La paradoja es esta: si la racionalidad económica nos dice que el próximo siglo será la edad de la integración global de las economías nacionales, la ‘irracionalidad’ cultural se hace presente para informarnos que también será el siglo de las demandas étnicas y los nacionalismos renacidos”.
Con tino dice también: “Aquí es donde la imaginación política y cultural deben reunirse para preguntar: ¿Podemos reconciliar las demandas económicas globales con la resurrección de estos reclamos nacionalistas?”.
Frente a esa cuestión, apremiante por cierto, Carlos Fuentes acude a su acervo cultural y a su sentido práctico cuando, ante tal aparente dilema, afirma con naturalidad y elegancia: “Ambas, la razón y la imaginación, nos dicen que el nombre de la solución, ese punto donde se pueden equilibrar las demandas de integración y aquellas de las nacionalidades, es ‘federalismo’. Mi esperanza es que podamos atestiguar una revisión del tema del federalismo como un compromiso entre tres igualmente reales vectores: la región y el mundo, pasando por la nación”.
Sin haber sido un especialista en el tema, pero teniendo en mente no sólo su equipaje cultural, que desde niño guarda referencias del sistema federal estadounidense y al proceso de sus orígenes, sino también a su información sobre las cosas del mundo de hoy, inteligentemente procesada, llegó a la percepción de un mapa de ruta compuesto por un complejo rompecabezas que, si no se profundiza con imaginación y se refuerza su estudio con una razón informada, causará confusión irremisiblemente y, sin duda, agitará aun más las aguas, en beneficio de los ya de suyo favorecidos pescadores, dueños de las finanzas y la economía del mundo.
El nombre de la solución, dice Carlos Fuentes, es “federalismo”. Un federalismo adecuado a las necesidades y características de hoy, contemplado como instrumento apto para crear, como lo hace el artista –si se me permite el exceso- una fórmula que permita armonizar esas tendencias contradictorias, “unir sin unificar” –como dijera don Manuel Herrera y Lasso en su tiempo- los diferentes intereses y demandas de la realidad contemporánea, tan global y tan local al mismo tiempo.
Tiene razón Carlos Fuentes, que proponiéndoselo o no, rinde también tributo al viejo Kant, que ya había propuesto –en “La Paz Perpetua”- una solución similar. Descanse en paz Carlos Fuentes. Sirva este sencillo recuerdo de un ensayo suyo poco difundido para rendir homenaje a sus méritos humanistas y literarios.
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LEER ES UN PLACER,
LITERATURA
Shakespeare, para una vida más sabia
¡La asombrosa inteligencia de los más grandes pensadores, siempre ensancha nuestra alma!
Como autor de esta columna, he tratado de transmitir reflexiones de pensadores que aumenten nuestra sabiduría práctica para vivir. Shakespeare, el más grande escritor de todos los tiempos y seguramente, la inteligencia más deslumbrante, nos convierte en mejores personas cuando lo leemos detenidamente.
En su obra suprema, “Hamlet, príncipe de Dinamarca”, Polonio, ayudante del rey y de la reina de Dinamarca, al despedir a su hijo Laertes, que regresa a Francia, le dice:
“Acércate. ¡Que mi bendición sea contigo! Y procura imprimir en la memoria estos pocos preceptos. No propales tus pensamientos ni ejecutes nada inconveniente. Sé sencillo, pero en modo alguno vulgar. Los amigos que escojas y cuya adopción hayas puesto a prueba, sujétalos a tu alma con garfios de acero, pero no encallezcas tu mano con agasajos a todo camarada recién salido sin plumas del cascarón. Guárdate de entrar en pendencias; pero una vez en ella, obra de modo que sea el contrario quien se guarde de ti. Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz. Oye las censuras de los demás. Pero reserva tu juicio. Que tu vestido sea tan costoso como tu bolsa lo permita, pero sin afectación a la hechura; rico, más no extravagante, porque el traje revela al sujeto, y en Francia las personas de más alta alcurnia y posición son de esto modelo de finura y esplendidez. No pidas ni des prestado a nadie, pues el prestar hace perder a un tiempo el dinero y el amigo, y el tomar prestado embota el filo de la economía. Y sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie. ¡Adiós! Que mi bendición haga fructificar en ti todo esto.”
Este largo párrafo de Shakespeare en boca de uno de sus personajes, contiene una gran cantidad de consejos para vivir una vida más prudente, sabia, inteligente y eficaz. La sabiduría de Shakespeare parece que no tiene límites ni fronteras. Cada uno de estos consejos nos daría tema para escribir varias columnas.
“Hamlet, príncipe de Dinamarca,” es una obra, una tragedia, la más sabia jamás escrita, que su solo contenido ejerce en nosotros una poderosa conversión de nuestro espíritu. Su sabiduría, genialidad y deslumbrante lenguaje, hace posible que nos convirtamos en mejores seres humanos.
Sé que no hay necesidad de explicar ninguno de los consejos que Polonio da a su hijo Laertes, antes de que embarque a Francia. No obstante ello, quiero resaltar algunos de estos consejos.
Le pide a su hijo que guarde sus pensamientos para sí y que no se los comunique a todos, pues esta conducta es imprudente, le pide que no ejecute nada inconveniente. No le solicita que no piense en algo inconveniente, sino que no actúe inconvenientemente, y lo inconveniente para Shakespeare es toda conducta inmoral e imprudente.
Le pide sencillez, pero le aclara que no caiga en lo vulgar. Y es que la sencillez está vinculada a las buenas costumbres, mientras que lo vulgar rompe con lo adecuado y sensato. Decía una máxima de la Roma Antigua: “La naturaleza se complace en cosas sencillas”. En cuanto a lo vulgar, Quevedo, escribió esta sentencia: “Vulgo y loco todo es uno”.
Polonio le aconseja a su hijo Laertes, que a los amigos que escoja y los haya puesto a prueba, debe sujetarlos a su alma con garfios de acero. Shakespeare considera que uno de los más ricos bienes que poseemos, son los amigos verdaderos. Una máxima de la Antigua Roma, decía: “Para los amigos cualquier hora es buena. En cualquier momento se recibe al amigo sin molestias”. Otra máxima romana, dice: “La pérdida de un amigo es la mayor desgracia que puede suceder”. Y Cicerón, escribió: “A los amigos hay que tomarlos por sus hechos, no por sus dichos”. Y el gran dramaturgo de la Antigua Grecia, Sófocles, escribió: “El que prescinde de un amigo, prescinde de su vida”.
Polonio le dice a su hijo Laertes: “Guárdate de entrar en pendencias; pero, una vez en ellas, obra de modo que sea el contrario quien se guarde de ti”. No entrar en pleitos es lo más prudente, pero si el pleito es imposible de evitar, Polonio le solicita a su hijo (en el contexto del consejo) que deje la mesura y la inacción, pues las llevaría todas de perder. Si su hijo no puede evitar un pleito, debe resolverse a pelear abiertamente, con bravura y una valentía incontrastable; y a tal grado, que le haga saber a su contrincante, que también él, está en grave riesgo. Ante males extremos, remedios extremos, aconseja la sabiduría de la Grecia Clásica.
Uno de los pensamientos más sabios y geniales de todas las obras que escribió Shakespeare, y que ha sido citada de manera abrumadora, sin que sepamos que fue Shakespeare su autor, es el consejo que Polonio le da a su hijo al final, y que es el siguiente:
“Y sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie”.
¡Asombrosa sabiduría la de Shakespeare!
Como autor de esta columna, he tratado de transmitir reflexiones de pensadores que aumenten nuestra sabiduría práctica para vivir. Shakespeare, el más grande escritor de todos los tiempos y seguramente, la inteligencia más deslumbrante, nos convierte en mejores personas cuando lo leemos detenidamente.
En su obra suprema, “Hamlet, príncipe de Dinamarca”, Polonio, ayudante del rey y de la reina de Dinamarca, al despedir a su hijo Laertes, que regresa a Francia, le dice:
“Acércate. ¡Que mi bendición sea contigo! Y procura imprimir en la memoria estos pocos preceptos. No propales tus pensamientos ni ejecutes nada inconveniente. Sé sencillo, pero en modo alguno vulgar. Los amigos que escojas y cuya adopción hayas puesto a prueba, sujétalos a tu alma con garfios de acero, pero no encallezcas tu mano con agasajos a todo camarada recién salido sin plumas del cascarón. Guárdate de entrar en pendencias; pero una vez en ella, obra de modo que sea el contrario quien se guarde de ti. Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz. Oye las censuras de los demás. Pero reserva tu juicio. Que tu vestido sea tan costoso como tu bolsa lo permita, pero sin afectación a la hechura; rico, más no extravagante, porque el traje revela al sujeto, y en Francia las personas de más alta alcurnia y posición son de esto modelo de finura y esplendidez. No pidas ni des prestado a nadie, pues el prestar hace perder a un tiempo el dinero y el amigo, y el tomar prestado embota el filo de la economía. Y sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie. ¡Adiós! Que mi bendición haga fructificar en ti todo esto.”
Este largo párrafo de Shakespeare en boca de uno de sus personajes, contiene una gran cantidad de consejos para vivir una vida más prudente, sabia, inteligente y eficaz. La sabiduría de Shakespeare parece que no tiene límites ni fronteras. Cada uno de estos consejos nos daría tema para escribir varias columnas.
“Hamlet, príncipe de Dinamarca,” es una obra, una tragedia, la más sabia jamás escrita, que su solo contenido ejerce en nosotros una poderosa conversión de nuestro espíritu. Su sabiduría, genialidad y deslumbrante lenguaje, hace posible que nos convirtamos en mejores seres humanos.
Sé que no hay necesidad de explicar ninguno de los consejos que Polonio da a su hijo Laertes, antes de que embarque a Francia. No obstante ello, quiero resaltar algunos de estos consejos.
Le pide a su hijo que guarde sus pensamientos para sí y que no se los comunique a todos, pues esta conducta es imprudente, le pide que no ejecute nada inconveniente. No le solicita que no piense en algo inconveniente, sino que no actúe inconvenientemente, y lo inconveniente para Shakespeare es toda conducta inmoral e imprudente.
Le pide sencillez, pero le aclara que no caiga en lo vulgar. Y es que la sencillez está vinculada a las buenas costumbres, mientras que lo vulgar rompe con lo adecuado y sensato. Decía una máxima de la Roma Antigua: “La naturaleza se complace en cosas sencillas”. En cuanto a lo vulgar, Quevedo, escribió esta sentencia: “Vulgo y loco todo es uno”.
Polonio le aconseja a su hijo Laertes, que a los amigos que escoja y los haya puesto a prueba, debe sujetarlos a su alma con garfios de acero. Shakespeare considera que uno de los más ricos bienes que poseemos, son los amigos verdaderos. Una máxima de la Antigua Roma, decía: “Para los amigos cualquier hora es buena. En cualquier momento se recibe al amigo sin molestias”. Otra máxima romana, dice: “La pérdida de un amigo es la mayor desgracia que puede suceder”. Y Cicerón, escribió: “A los amigos hay que tomarlos por sus hechos, no por sus dichos”. Y el gran dramaturgo de la Antigua Grecia, Sófocles, escribió: “El que prescinde de un amigo, prescinde de su vida”.
Polonio le dice a su hijo Laertes: “Guárdate de entrar en pendencias; pero, una vez en ellas, obra de modo que sea el contrario quien se guarde de ti”. No entrar en pleitos es lo más prudente, pero si el pleito es imposible de evitar, Polonio le solicita a su hijo (en el contexto del consejo) que deje la mesura y la inacción, pues las llevaría todas de perder. Si su hijo no puede evitar un pleito, debe resolverse a pelear abiertamente, con bravura y una valentía incontrastable; y a tal grado, que le haga saber a su contrincante, que también él, está en grave riesgo. Ante males extremos, remedios extremos, aconseja la sabiduría de la Grecia Clásica.
Uno de los pensamientos más sabios y geniales de todas las obras que escribió Shakespeare, y que ha sido citada de manera abrumadora, sin que sepamos que fue Shakespeare su autor, es el consejo que Polonio le da a su hijo al final, y que es el siguiente:
“Y sobre todo, esto: sé sincero contigo mismo y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie”.
¡Asombrosa sabiduría la de Shakespeare!
BUEN USO DEL TIEMPO
Conservamos como horrendos avaros, una serie de cosas que para muy poco nos sirven, y casi siempre nos perjudican: comida en abundancia, objetos de lujo que nunca empleamos, decenas de cosas que guardamos por si algún día llegaran a hacernos falta, etc.
Pero el “tiempo”, que es la esencia de la vida, la tela de que está hecho el vestuario de nuestra existencia, lo malbaratamos, lo despreciamos de tal modo, que cuando no sabemos qué hacer con él, nos llenamos de hastío. Cuando pasamos por un mal momento o por circunstancias adversas, nos decimos: ¡Ya, que pase ésta mala racha, ojalá ya se termine el año!
Si la avaricia, que es una enfermedad del alma, quisiera encontrar su buena excepción que confirme la regla, sería que adquiriera un destello de esplendida belleza, al ser codiciosa con el “tiempo”.
La verdad es que si medimos la duración de nuestra existencia, cualquiera que ella fuere, en relación a la eternidad, todos nosotros, niños, adultos y ancianos, seríamos iguales. Nada es nuestro tiempo en relación con la eternidad. ¿Ésta reflexión nos sirve para desvalorizar el tiempo, o para valorarlo en alto grado? Si toda nuestra existencia va a caber en una palpitación del universo, ¿no habrá mayor locura que tirar el tiempo, al igual que un pescador tira al mar un objeto inservible que ha atrapado su red?
“Breve e irreparable es para todos el tiempo de la vida”, escribió Virgilio.
Todo aquello que llamamos riquezas, como casas lujosas, joyas, costosas vestimentas, depósitos bancarios, nos pertenecen sólo en calidad de cosas prestadas, y ni prestadas nos son, si no obtenemos de ellas provecho o deleite alguno. Pero todas esas precarias posesiones no son parte de nosotros. En cambio, el tiempo si es nuestro, pues sin él no podríamos ser niños, jóvenes, y ni siquiera existir. La naturaleza quiso que el tiempo fuera lo más nuestro, la posesión más útil de todas. Sólo que el tiempo, nuestro tiempo, encierra una sagrada y trágica paradoja: con nuestro tiempo podemos crearnos un cielo en la tierra: asombrarnos ante las bellezas y misterios de la naturaleza; pero también, ese hilo de oro cualquiera puede cortarlo y retirarnos de la vida. El tiempo es como la delicadísima mariposa. Exuberantemente bella, pintada de los más bellos colores, capaz de surcar los espacios, pero tan delicada, que puede morir si ejercemos una leve presión teniéndola entre nuestros dedos.
Los humanos somos con el tiempo tan insensatos, que permitimos que cualquier persona nos haga esperar horas, días o años, a fin de lograr un objetivo; somos capaces de emplear días y años en tareas absurdas e inútiles, y de envejecer haciendo lo que siempre detestamos hacer. Malgastamos el tiempo como si se tratara de algo que no existe. Somos capaces de disponer del tiempo de otros, como si fuera nuestro tiempo, y al retirarnos, no tenemos la menor conciencia de que no podremos devolverle al que nos lo ofreció, ni un segundo de él.
Todos creemos tener derecho a pedirle a otro minutos o más de su “valioso tiempo”, no siendo esto más que una frase hueca, pues en la realidad, no valoramos el tiempo que nos regalan, ni valoramos el que regalamos. El tiempo no es convertible en dinero, de ahí la corrompida frase: “time is money” (el tiempo es dinero). No podría haber una mayor distorsión que equiparar el tiempo al dinero. ¿Por cuánto dinero nos comprometeríamos para jamás ver ni tomar en nuestros brazos a nuestros hijos? ¿Cambiaríamos la posibilidad de admirar las bellezas de la naturaleza, de pasar nuestro tiempo ejerciendo nuestra vocación, por todo el oro que guardan las entrañas de la tierra?
“Coge, oh doncella, las rosas mientras están en flor y tú en tu adolescencia, acuérdate de que al igual que ellos, tus horas pasan velozmente”, escribió el romano Ausonio.
También nosotros debemos coger las rosas de la vida mientras están en flor. ¿Podremos coger las rosas de las miradas de nuestros hijos si no lo hicimos en su tiempo?, ¿o de quien estamos enamorados?
Una de las tragedias que más nos suceden en nuestras vidas, consisten en no tomar plena conciencia de las cuestiones más importantes. ¿No es tiempo ya, de hacer con nuestro tiempo, todo aquello que más nos importa?: mirar con mayor detenimiento las bellezas de la naturaleza, conversar con nuestros amigos, escuchar la música que más nos agrada, cumplir con nuestra vocación, disfrutar el ocio sin el menor sentimiento de culpa, y así, apagar el fuego ardiente de nuestra adicción al trabajo y a los falsos objetivos.
Pensemos, que tiempo suficiente tenemos para amar, crear, exprimirle a la vida todo su jugo divino. El inmenso Cicerón de la Roma Antigua, que introdujo en el imperio romano la filosofía y literatura de los inmortales pensadores de la Grecia Clásica, escribió: “Para vivir como es debido, el breve tiempo de la vida es bastante largo”.
La afirmación de Cicerón, contemporáneo y amigo del mejor gobernante que ha dado el mundo, Julio César, la reiteró el gran pensador Séneca, para quien teníamos el tiempo necesario para lograr una buena vida, y que el tiempo se nos hacía poco, porque poco valioso es lo que hacíamos con el tiempo que la vida ponía a nuestra disposición.
El inmenso genio de Shakespeare, en su obra “Enrique IV, segunda parte,” nos muestra la profunda conciencia que tenía del tiempo, cuando el personaje de ésta obra, el príncipe Enrique, en uno de sus parlamentos dice: “Perdemos el tiempo como estúpidos, y los espíritus de los sabios se burlan de nosotros sentados en las nubes”.
¡Darnos plenamente cuenta del infinito valor del tiempo, constituiría un enorme tesoro para nuestra existencia!
¡Hagamos con el óptimo empleo de nuestro tiempo, el supremo arte de nuestra vida!
Pero el “tiempo”, que es la esencia de la vida, la tela de que está hecho el vestuario de nuestra existencia, lo malbaratamos, lo despreciamos de tal modo, que cuando no sabemos qué hacer con él, nos llenamos de hastío. Cuando pasamos por un mal momento o por circunstancias adversas, nos decimos: ¡Ya, que pase ésta mala racha, ojalá ya se termine el año!
Si la avaricia, que es una enfermedad del alma, quisiera encontrar su buena excepción que confirme la regla, sería que adquiriera un destello de esplendida belleza, al ser codiciosa con el “tiempo”.
La verdad es que si medimos la duración de nuestra existencia, cualquiera que ella fuere, en relación a la eternidad, todos nosotros, niños, adultos y ancianos, seríamos iguales. Nada es nuestro tiempo en relación con la eternidad. ¿Ésta reflexión nos sirve para desvalorizar el tiempo, o para valorarlo en alto grado? Si toda nuestra existencia va a caber en una palpitación del universo, ¿no habrá mayor locura que tirar el tiempo, al igual que un pescador tira al mar un objeto inservible que ha atrapado su red?
“Breve e irreparable es para todos el tiempo de la vida”, escribió Virgilio.
Todo aquello que llamamos riquezas, como casas lujosas, joyas, costosas vestimentas, depósitos bancarios, nos pertenecen sólo en calidad de cosas prestadas, y ni prestadas nos son, si no obtenemos de ellas provecho o deleite alguno. Pero todas esas precarias posesiones no son parte de nosotros. En cambio, el tiempo si es nuestro, pues sin él no podríamos ser niños, jóvenes, y ni siquiera existir. La naturaleza quiso que el tiempo fuera lo más nuestro, la posesión más útil de todas. Sólo que el tiempo, nuestro tiempo, encierra una sagrada y trágica paradoja: con nuestro tiempo podemos crearnos un cielo en la tierra: asombrarnos ante las bellezas y misterios de la naturaleza; pero también, ese hilo de oro cualquiera puede cortarlo y retirarnos de la vida. El tiempo es como la delicadísima mariposa. Exuberantemente bella, pintada de los más bellos colores, capaz de surcar los espacios, pero tan delicada, que puede morir si ejercemos una leve presión teniéndola entre nuestros dedos.
Los humanos somos con el tiempo tan insensatos, que permitimos que cualquier persona nos haga esperar horas, días o años, a fin de lograr un objetivo; somos capaces de emplear días y años en tareas absurdas e inútiles, y de envejecer haciendo lo que siempre detestamos hacer. Malgastamos el tiempo como si se tratara de algo que no existe. Somos capaces de disponer del tiempo de otros, como si fuera nuestro tiempo, y al retirarnos, no tenemos la menor conciencia de que no podremos devolverle al que nos lo ofreció, ni un segundo de él.
Todos creemos tener derecho a pedirle a otro minutos o más de su “valioso tiempo”, no siendo esto más que una frase hueca, pues en la realidad, no valoramos el tiempo que nos regalan, ni valoramos el que regalamos. El tiempo no es convertible en dinero, de ahí la corrompida frase: “time is money” (el tiempo es dinero). No podría haber una mayor distorsión que equiparar el tiempo al dinero. ¿Por cuánto dinero nos comprometeríamos para jamás ver ni tomar en nuestros brazos a nuestros hijos? ¿Cambiaríamos la posibilidad de admirar las bellezas de la naturaleza, de pasar nuestro tiempo ejerciendo nuestra vocación, por todo el oro que guardan las entrañas de la tierra?
“Coge, oh doncella, las rosas mientras están en flor y tú en tu adolescencia, acuérdate de que al igual que ellos, tus horas pasan velozmente”, escribió el romano Ausonio.
También nosotros debemos coger las rosas de la vida mientras están en flor. ¿Podremos coger las rosas de las miradas de nuestros hijos si no lo hicimos en su tiempo?, ¿o de quien estamos enamorados?
Una de las tragedias que más nos suceden en nuestras vidas, consisten en no tomar plena conciencia de las cuestiones más importantes. ¿No es tiempo ya, de hacer con nuestro tiempo, todo aquello que más nos importa?: mirar con mayor detenimiento las bellezas de la naturaleza, conversar con nuestros amigos, escuchar la música que más nos agrada, cumplir con nuestra vocación, disfrutar el ocio sin el menor sentimiento de culpa, y así, apagar el fuego ardiente de nuestra adicción al trabajo y a los falsos objetivos.
Pensemos, que tiempo suficiente tenemos para amar, crear, exprimirle a la vida todo su jugo divino. El inmenso Cicerón de la Roma Antigua, que introdujo en el imperio romano la filosofía y literatura de los inmortales pensadores de la Grecia Clásica, escribió: “Para vivir como es debido, el breve tiempo de la vida es bastante largo”.
La afirmación de Cicerón, contemporáneo y amigo del mejor gobernante que ha dado el mundo, Julio César, la reiteró el gran pensador Séneca, para quien teníamos el tiempo necesario para lograr una buena vida, y que el tiempo se nos hacía poco, porque poco valioso es lo que hacíamos con el tiempo que la vida ponía a nuestra disposición.
El inmenso genio de Shakespeare, en su obra “Enrique IV, segunda parte,” nos muestra la profunda conciencia que tenía del tiempo, cuando el personaje de ésta obra, el príncipe Enrique, en uno de sus parlamentos dice: “Perdemos el tiempo como estúpidos, y los espíritus de los sabios se burlan de nosotros sentados en las nubes”.
¡Darnos plenamente cuenta del infinito valor del tiempo, constituiría un enorme tesoro para nuestra existencia!
¡Hagamos con el óptimo empleo de nuestro tiempo, el supremo arte de nuestra vida!
Diálogo entre la Culpa y la Comprensión
La Culpa penaba por las calles, se estiraba los cabellos, su cara mostraba una rara mezcla de tristeza, miedo y desesperanza. La Comprensión, que era tan benévola y tolerante, se le acercó y le rogó que por favor le contara la causa de su pena y de su tormento.
Sí te contaré –le dijo la culpa–, pero antes quiero decirte que mi tormento me viene porque mi conciencia me acusa de algo que es cierto, y es tanto mi pesar, que detesto mi mala acción, y a tal grado es así, que si tú no me hubieras pedido que te contará la causa de mi pesar, como demente confesaría mi culpa a cualquiera, pues siento que se me pudre en el pecho.
Tengo mucha vergüenza de contarte los detalles de mi mala acción. ¡Mira, le dijo la Comprensión, no es necesario que te avergüences y sufras más al recordar tu mal comportamiento! Y como mi naturaleza no es proclive a la morbosidad ni a una curiosidad malsana, mejor te escucharé de todo corazón, todo aquello que tú libremente quieras contarme.
Yo sé, dijo la Culpa, que mis actos atentaron contra valores morales y contra la dignidad mía y la dignidad de la persona a que dañé. Es cierto, lo que expresas –afirmó la comprensión-, pero debes saber, que tus sentimientos de culpa no son, sin embargo, ningún deshonor, ni se deben a ninguna degeneración de tu alma, pues si así fuera, no te dolería tú culpa; sino al contrario, estas expresando un arrepentimiento, y debes saber, que solamente se arrepienten los que gozan de una inviolable dignidad de su propia persona, y de que gozan también, de una conciencia moral muy fina y elevada.
Te veo tan apesadumbrada, que creo que tu arrepentimiento es muy intenso y agudo, y cuando esto es así, no hay culpa tan grande que no venza por completo el arrepentimiento. Arrepentirse de todo corazón, es la mejor de todas las medicinas para las enfermedades del alma.
Fíjate muy bien, siguió hablando la Comprensión: despreciamos algo que consideramos útil, valioso o moral, o todo junto, y al haber actuado con desprecio a ello, nos damos cuenta que actuamos equivocadamente, o francamente de manera inmoral; después de ello, empezamos a reprocharnos nuestra conducta u omisión, a lo que luego le sigue un sentimiento de arrepentimiento, que en algunos casos, y de no curarse, puede llevar a la locura o a la privación de la propia vida.
Además, continuó hablando la Comprensión: al tormento y tristeza, se pueden añadir otros sentimientos, como es el miedo o el pánico, al temerse las consecuencias que puedan traer nuestros malos actos. Sí, dijo la culpa, éste miedo ya lo estoy sintiendo, por lo que ya no sé qué hacer con tantos pesares y angustias.
Lo mejor que podrías hacer, le dijo la Comprensión, es no darle una y mil vueltas a tu arrepentimiento, pues estas cavilaciones te traen a la memoria nuevas culpas, y éstas, a la vez, dan nacimiento a nuevos arrepentimientos. Darle muchas vueltas al arrepentimiento, es la prueba de no haberse arrepentido profundamente. Arrepiéntete fuertemente, y si eres creyente en Dios, pídele perdón por tus faltas, y si se puede, trata de remediar lo más que puedas, el daño que a otros causaste.
Recuerda, siguió hablando la Comprensión, que para arrepentirse, se requiere de valentía y de humildad. ¿O acaso, te sentías perfecto como Dios, o creías que eras inmune a las faltas graves, como si fueras un Ángel? ¡Claro que no! Tú, yo, y todos, somos susceptibles de cometer lo peor. ¡Ahora, a ti te tocó! Así, que si aceptas la vida, no puedes dejar de aceptar el arrepentimiento. El arrepentimiento es un sentimiento muy doloroso, pero es de los actos más sublimes, pues es la prueba irrefutable de que nos reconocemos con todas nuestras miserias, debilidades y flaquezas. Es imposible, que nos arrepintamos de todo corazón, sin que antes no hayamos destruido nuestros enfermizos sentimientos de grandiosidad y de soberbia.
La Culpa tenía los ojos anegados de lágrimas y por vez primera, sintió que sus tormentos comenzaban a desaparecer, y sintió también, que la vida de nuevo lo metía en su torbellino, y que la existencia le ofrecía nuevas oportunidades.
Mira, le dijo la Comprensión: el único remedio definitivo para aminorar la culpabilidad, es reconocerla, si en realidad se es culpable. En muchas ocasiones, la culpabilidad no guarda una estricta relación con la realidad. La Culpa engrandece y magnifica sus cometidos y se tortura de una manera infundada.
Por esto, le dijo la Comprensión a la Culpa, pide la opinión de varias personas sobre lo que tanto te atormenta. La opinión de otros podrá ser más objetiva y certera. En ocasiones nos lacera la culpabilidad sin fundamento alguno; otras veces, las personas agrandan desmesuradamente su culpabilidad.
De la manera que sea, le siguió diciendo la Comprensión a la Culpa: date cuenta que no ha habido una sola persona a través de la humanidad, que no haya sido capaz (bajo ciertas circunstancias) de haber podido cometer los peores actos.
Podemos aprender mucho de éste dialogo. Debemos comprender que si no curamos nuestras culpas viviremos siempre como presidiarios del tormento, de la tristeza, y de la angustia. Creo firmemente, después de éste dialogo, que sí es posible curar la Culpa que engangrena el alma.
¡Si el hombre goza de un solo rasgo que es divino, ese es, el del arrepentimiento, nacido de las profundidades del corazón!
Sí te contaré –le dijo la culpa–, pero antes quiero decirte que mi tormento me viene porque mi conciencia me acusa de algo que es cierto, y es tanto mi pesar, que detesto mi mala acción, y a tal grado es así, que si tú no me hubieras pedido que te contará la causa de mi pesar, como demente confesaría mi culpa a cualquiera, pues siento que se me pudre en el pecho.
Tengo mucha vergüenza de contarte los detalles de mi mala acción. ¡Mira, le dijo la Comprensión, no es necesario que te avergüences y sufras más al recordar tu mal comportamiento! Y como mi naturaleza no es proclive a la morbosidad ni a una curiosidad malsana, mejor te escucharé de todo corazón, todo aquello que tú libremente quieras contarme.
Yo sé, dijo la Culpa, que mis actos atentaron contra valores morales y contra la dignidad mía y la dignidad de la persona a que dañé. Es cierto, lo que expresas –afirmó la comprensión-, pero debes saber, que tus sentimientos de culpa no son, sin embargo, ningún deshonor, ni se deben a ninguna degeneración de tu alma, pues si así fuera, no te dolería tú culpa; sino al contrario, estas expresando un arrepentimiento, y debes saber, que solamente se arrepienten los que gozan de una inviolable dignidad de su propia persona, y de que gozan también, de una conciencia moral muy fina y elevada.
Te veo tan apesadumbrada, que creo que tu arrepentimiento es muy intenso y agudo, y cuando esto es así, no hay culpa tan grande que no venza por completo el arrepentimiento. Arrepentirse de todo corazón, es la mejor de todas las medicinas para las enfermedades del alma.
Fíjate muy bien, siguió hablando la Comprensión: despreciamos algo que consideramos útil, valioso o moral, o todo junto, y al haber actuado con desprecio a ello, nos damos cuenta que actuamos equivocadamente, o francamente de manera inmoral; después de ello, empezamos a reprocharnos nuestra conducta u omisión, a lo que luego le sigue un sentimiento de arrepentimiento, que en algunos casos, y de no curarse, puede llevar a la locura o a la privación de la propia vida.
Además, continuó hablando la Comprensión: al tormento y tristeza, se pueden añadir otros sentimientos, como es el miedo o el pánico, al temerse las consecuencias que puedan traer nuestros malos actos. Sí, dijo la culpa, éste miedo ya lo estoy sintiendo, por lo que ya no sé qué hacer con tantos pesares y angustias.
Lo mejor que podrías hacer, le dijo la Comprensión, es no darle una y mil vueltas a tu arrepentimiento, pues estas cavilaciones te traen a la memoria nuevas culpas, y éstas, a la vez, dan nacimiento a nuevos arrepentimientos. Darle muchas vueltas al arrepentimiento, es la prueba de no haberse arrepentido profundamente. Arrepiéntete fuertemente, y si eres creyente en Dios, pídele perdón por tus faltas, y si se puede, trata de remediar lo más que puedas, el daño que a otros causaste.
Recuerda, siguió hablando la Comprensión, que para arrepentirse, se requiere de valentía y de humildad. ¿O acaso, te sentías perfecto como Dios, o creías que eras inmune a las faltas graves, como si fueras un Ángel? ¡Claro que no! Tú, yo, y todos, somos susceptibles de cometer lo peor. ¡Ahora, a ti te tocó! Así, que si aceptas la vida, no puedes dejar de aceptar el arrepentimiento. El arrepentimiento es un sentimiento muy doloroso, pero es de los actos más sublimes, pues es la prueba irrefutable de que nos reconocemos con todas nuestras miserias, debilidades y flaquezas. Es imposible, que nos arrepintamos de todo corazón, sin que antes no hayamos destruido nuestros enfermizos sentimientos de grandiosidad y de soberbia.
La Culpa tenía los ojos anegados de lágrimas y por vez primera, sintió que sus tormentos comenzaban a desaparecer, y sintió también, que la vida de nuevo lo metía en su torbellino, y que la existencia le ofrecía nuevas oportunidades.
Mira, le dijo la Comprensión: el único remedio definitivo para aminorar la culpabilidad, es reconocerla, si en realidad se es culpable. En muchas ocasiones, la culpabilidad no guarda una estricta relación con la realidad. La Culpa engrandece y magnifica sus cometidos y se tortura de una manera infundada.
Por esto, le dijo la Comprensión a la Culpa, pide la opinión de varias personas sobre lo que tanto te atormenta. La opinión de otros podrá ser más objetiva y certera. En ocasiones nos lacera la culpabilidad sin fundamento alguno; otras veces, las personas agrandan desmesuradamente su culpabilidad.
De la manera que sea, le siguió diciendo la Comprensión a la Culpa: date cuenta que no ha habido una sola persona a través de la humanidad, que no haya sido capaz (bajo ciertas circunstancias) de haber podido cometer los peores actos.
Podemos aprender mucho de éste dialogo. Debemos comprender que si no curamos nuestras culpas viviremos siempre como presidiarios del tormento, de la tristeza, y de la angustia. Creo firmemente, después de éste dialogo, que sí es posible curar la Culpa que engangrena el alma.
¡Si el hombre goza de un solo rasgo que es divino, ese es, el del arrepentimiento, nacido de las profundidades del corazón!
EL DOLOR
Ante los devastadores golpes de la ciega fortuna, la resignación y la aceptación constituyen dos instrumentos poderosos del noble corazón humano. La resignación es la sumisión o entrega voluntaria que una persona hace de sí poniéndose en las manos de otro, generalmente, de Dios. Y la aceptación entendida no en el sentido que le da el diccionario, sino en el significado popular, es una especie de conformidad ante lo que no puede modificarse.
“Los Dioses lo quisieron de otra manera”, escribió el poeta Virgilio, haciendo alusión en su obra “La Eneida”, a la resignación que a veces debe afrontarse. Y para la aceptación, Shakespeare nos aconsejó: “Lo que no es posible evitar, tenemos que aceptarlo”; por su parte, el poeta romano Horacio nos consuela al escribir: “La paciencia hace más llevadero aquello que no tiene enmienda”.
Para el que no está sufriendo intensamente, es muy fácil hablar de resignación y de aceptación, pero cuando la desgracia lo hiere en lo profundo de su alma, resulta muy difícil o a veces imposible para ciertas personas, el poder resignarse y aceptar. ¡Qué fácil hablar de resignación y de aceptación cuando los largos y afilados colmillos no se han clavado en nuestro corazón!
¿Entonces, no es posible en cierta forma, lograr algún grado de resignación y de aceptación para un corazón lleno de sufrimiento? No lo sé; lo que sí resulta fácil suponer, es que hay pérdidas para las que no hay consuelo: aquella madre que perdió a su hijo o el de la esposa enamorada que pierde a su marido. En estos casos, por ejemplo, el consuelo no existe.
Séneca pensó en este problema y así escribió: “Si los gemidos no resucitan a los muertos; si el destino es inmutable y sus juicios son irrevocables, no enterneciéndose por las estadísticas del infortunio; si nunca la muerte abandona a su presa, pongamos término a un dolor vano, sepamos regular su curso y no nos dejemos nunca arrebatar por su violencia”.
Swetchine entendió de una manera mística y sublime los sentimientos de la resignación al haber escrito en su obra “Pensamientos”: “¿Qué significa resignarse? Poner a Dios entre el dolor y uno mismo”.
Tanto dolor que hay en el mundo pudiera tener algún sentido o probablemente no lo tenga. Lo que sí, es que quien sufre de esta aguda manera, llega a gozar de un alma sublime.
Para los que no hemos sufrido de esta forma, tenemos el ejemplo de quienes sí han padecido tristezas tan devastadoras. Su ejemplo de dignidad nos hace más fuertes. Y en el mundo del espíritu, estamos seguros que en algún lugar o momento, los corazones que han sufrido con tanta intensidad, algún consuelo seguramente encontrarán.
Desgraciadamente no podemos elegir la vida que más deseamos, o al menos no la pueden elegir quienes mucho han sufrido.
El hambre, las guerras, enfermedades, crímenes, accidentes, enlutan los hogares de miles de personas cada día en todo el mundo. Hay para quienes el sufrimiento ha sido su constante compañero. Esto no es entendible a la luz de nuestra inteligencia, ni jamás podrá serlo, pues las cuestiones del dolor no son comprensibles, sino solamente cuestiones aceptadas por corazones resignados y sublimes.
De alguna manera debemos decirle un sí incondicional a la vida, y crear para los seres queridos que hemos perdido, el lugar más especial en nuestra memoria y en nuestro espíritu. Probablemente, el que mucho ha sufrido, puede perderle amor a la vida, pero paradójicamente, mantendrá íntegro el amor a los seres que perdió, incrementando enormemente su sensibilidad para comprender y ayudar a otros, pues ellos, sabios en el sufrimiento, serán los mejores maestros para nosotros.
Decía un poeta griego que no había un espectáculo más sublime que ver a un hombre enfrentándose con valor a las duras adversidades.
De la misma manera, cuando vemos comportarse con toda dignidad a personas que han sufrido mucho, quedamos admirados y sorprendidos: ¡no nos es posible entender, ni mucho menos comprender, que existan seres humanos con almas tan excepcionales!
En las novelas de Dostoievski son muy comunes los personajes que han soportado enormes dosis de sufrimiento, igual se trate de pobres o ricos, empleados o altos funcionarios del Estado.
Si leemos detenidamente a Dostoievski y tratamos de entender cómo es posible que un ser humano pueda soportar tanto dolor, encontraremos dos factores indispensables: son personas a las que el dolor les creó la virtud de la “mansedumbre”, entendida como “apacibilidad y benignidad en su condición”.
Y el segundo factor es que saben, están conscientes estas personas, que no encontrarán ningún consuelo, sino que sólo contarán con sus propias fuerzas, y esto les da un sentido de “dignidad en el infortunio” que les otorga una grandeza espiritual de la que carecían.
“Los Dioses lo quisieron de otra manera”, escribió el poeta Virgilio, haciendo alusión en su obra “La Eneida”, a la resignación que a veces debe afrontarse. Y para la aceptación, Shakespeare nos aconsejó: “Lo que no es posible evitar, tenemos que aceptarlo”; por su parte, el poeta romano Horacio nos consuela al escribir: “La paciencia hace más llevadero aquello que no tiene enmienda”.
Para el que no está sufriendo intensamente, es muy fácil hablar de resignación y de aceptación, pero cuando la desgracia lo hiere en lo profundo de su alma, resulta muy difícil o a veces imposible para ciertas personas, el poder resignarse y aceptar. ¡Qué fácil hablar de resignación y de aceptación cuando los largos y afilados colmillos no se han clavado en nuestro corazón!
¿Entonces, no es posible en cierta forma, lograr algún grado de resignación y de aceptación para un corazón lleno de sufrimiento? No lo sé; lo que sí resulta fácil suponer, es que hay pérdidas para las que no hay consuelo: aquella madre que perdió a su hijo o el de la esposa enamorada que pierde a su marido. En estos casos, por ejemplo, el consuelo no existe.
Séneca pensó en este problema y así escribió: “Si los gemidos no resucitan a los muertos; si el destino es inmutable y sus juicios son irrevocables, no enterneciéndose por las estadísticas del infortunio; si nunca la muerte abandona a su presa, pongamos término a un dolor vano, sepamos regular su curso y no nos dejemos nunca arrebatar por su violencia”.
Swetchine entendió de una manera mística y sublime los sentimientos de la resignación al haber escrito en su obra “Pensamientos”: “¿Qué significa resignarse? Poner a Dios entre el dolor y uno mismo”.
Tanto dolor que hay en el mundo pudiera tener algún sentido o probablemente no lo tenga. Lo que sí, es que quien sufre de esta aguda manera, llega a gozar de un alma sublime.
Para los que no hemos sufrido de esta forma, tenemos el ejemplo de quienes sí han padecido tristezas tan devastadoras. Su ejemplo de dignidad nos hace más fuertes. Y en el mundo del espíritu, estamos seguros que en algún lugar o momento, los corazones que han sufrido con tanta intensidad, algún consuelo seguramente encontrarán.
Desgraciadamente no podemos elegir la vida que más deseamos, o al menos no la pueden elegir quienes mucho han sufrido.
El hambre, las guerras, enfermedades, crímenes, accidentes, enlutan los hogares de miles de personas cada día en todo el mundo. Hay para quienes el sufrimiento ha sido su constante compañero. Esto no es entendible a la luz de nuestra inteligencia, ni jamás podrá serlo, pues las cuestiones del dolor no son comprensibles, sino solamente cuestiones aceptadas por corazones resignados y sublimes.
De alguna manera debemos decirle un sí incondicional a la vida, y crear para los seres queridos que hemos perdido, el lugar más especial en nuestra memoria y en nuestro espíritu. Probablemente, el que mucho ha sufrido, puede perderle amor a la vida, pero paradójicamente, mantendrá íntegro el amor a los seres que perdió, incrementando enormemente su sensibilidad para comprender y ayudar a otros, pues ellos, sabios en el sufrimiento, serán los mejores maestros para nosotros.
Decía un poeta griego que no había un espectáculo más sublime que ver a un hombre enfrentándose con valor a las duras adversidades.
De la misma manera, cuando vemos comportarse con toda dignidad a personas que han sufrido mucho, quedamos admirados y sorprendidos: ¡no nos es posible entender, ni mucho menos comprender, que existan seres humanos con almas tan excepcionales!
En las novelas de Dostoievski son muy comunes los personajes que han soportado enormes dosis de sufrimiento, igual se trate de pobres o ricos, empleados o altos funcionarios del Estado.
Si leemos detenidamente a Dostoievski y tratamos de entender cómo es posible que un ser humano pueda soportar tanto dolor, encontraremos dos factores indispensables: son personas a las que el dolor les creó la virtud de la “mansedumbre”, entendida como “apacibilidad y benignidad en su condición”.
Y el segundo factor es que saben, están conscientes estas personas, que no encontrarán ningún consuelo, sino que sólo contarán con sus propias fuerzas, y esto les da un sentido de “dignidad en el infortunio” que les otorga una grandeza espiritual de la que carecían.
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EL ARTE DE VIVIR LA VERDAD
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