viernes, 31 de diciembre de 2010

Tiempo y muerte

Tiempo y muerte
Mientras estemos fuera de sí, como cazadores de lo inútil, seremos ciegos al tiempo

Andamos en la vida como hijos pródigos: derrochadores y gastadores. Desgraciadamente, malgastadores de nuestro recurso más valioso, irrecuperable e incomparable: ¡nuestro tiempo!

El tiempo, que es de lo que está hecha nuestra propia vida, lo dejamos escapar con tal facilidad, como se le escapa a nuestra boca el vaho en un día de mucho frío.

“Breve e irreparable es para todos el tiempo de la vida”, escribió el poeta Romano Virgilio. Y el Romano Ausonio nos había prevenido de la fugacidad del tiempo: “Coge, o doncella, las rosas mientras están en flor y tú en tu adolescencia, acuérdate de que al igual que ellas tus horas pasan velozmente”.

Pero jamás podremos cuidar de nuestro tiempo, mientras no sepamos cuáles son nuestros bienes más preciados. Si andamos a la caza de cualquier posesión, el tiempo se ocultará de nuestros ojos.

Pero en el momento de que hagamos uno de los más sorprendentes descubrimientos que podremos hacer a lo largo de nuestra existencia, nuestro tiempo se nos hará visible, y con la fuerza de un ciclón sacudirá nuestro corazón: el descubrimiento de que debemos ir a la caza de recuperar la “posesión de nosotros mismos”.

Mientras estemos fuera de sí, fuera de nosotros, como cazadores de lo inútil, seremos ciegos al tiempo. Y en el momento que vayamos tras “la posesión de nosotros mismos”, seremos los más fieles carceleros de nuestro tiempo.

Una parte de nuestro tiempo se nos escapa sin saber en qué; otra parte, nos la roban una serie de saqueadores y de intrusos, sin tenernos la menor consideración: personas que se creen con todo el derecho de distraernos, importunos con ofertas de todo tipo, o pidiendo nuestra ayuda sin mostrarnos el menor agradecimiento.

Y hay que añadir, el tiempo que nos robamos a nosotros mismos, con nuestra frecuente negligencia: descuidos que debemos reparar después, dada la maldita negligencia con que actuamos. “Pronto se pierde por descuido lo que con mucho trabajo, dificultosamente, se ganó por gracia”, escribió Tomas de Kempis en su obra “Imitación de Cristo”.

Séneca escribió en una de sus Epístolas Morales a Lucilio: “Y, si quieres poner atención, te darás cuenta de que una gran parte de la existencia se nos escapa obrando mal, la mayor parte, estando inactivos, toda ella obrando cosas distintas de las que debemos”.

Una de las causas más poderosas que nos inducen a ser unos verdaderos malbaratadores de nuestro tiempo, consiste en el permanente autoengaño de que “se mueren los demás, pero no nosotros”. No nos damos cuenta que aun la persona más longeva que haya existido en la Tierra, traía larvada la muerte al nacer.Un optimista rosa e irreal puede decirnos que el niño, al ir creciendo va acumulando vida, pero la realidad es también lo contrario: desde que nacemos la muerte se va apoderando poco a poco de nosotros.

Y es que cuando se nos acaba el tiempo aparece la muerte, sin haber sabido nosotros, que la muerte y el tiempo hicieron un inviolable trato: el Tiempo le dijo a la muerte: “Déjame darles tiempo a estas personas”. Contestándole la muerte: “El Tiempo de vida lo fijo yo, y además, por qué tan pretencioso, ingenuo tiempo, ¿qué a caso no sabes que desde que nacen tus favorecidos, del tiempo que les das, yo, desde que nacen, se lo empiezo a arrebatar?

La avaricia es un vicio horrendo: tiene cabeza de buitre, tórax de cofre que atesora, apetito insaciable de loba, y colmillos de murciélago. Pero aun siendo tan detestable este vicio, los dioses de todos los pueblos y culturas de la historia humana bien nos recomendarían que fuéramos siempre unos verdaderos avaros de nuestro tiempo: que tratáramos de acumular todo lo que pudiéramos, que fuéramos sus implacables carceleros. Siendo avaros del tiempo, nos dice Critilo, estaríamos muchísimo más pendientes de nuestro presente, fisionándonos con el tiempo del momento, esforzándonos por darle a la fugacidad del momento, un valor de eternidad.

Y es que todo no es ajeno: cónyuge, hijos, gloria, riquezas, salud, etc. Sólo es nuestro el tiempo que los dioses nos conceden vivir. “Time is money” (el tiempo es dinero), frase mundialmente famosa que acuñó una persona que jamás entendió el valor de la vida misma, o bien, que tenía carcomido su corazón a consecuencia de una grave perversión moral.

¡Nuestro tiempo es vida, es la inmensa muralla que no le permite la entrada a la muerte!

Nuestro Tiempo es el hilo divino de la oportunidad, que nos permite ir esculpiendo nuestra estatua con la que ha siempre soñado nuestra alma.

Productividad y carácter

Consiste en trabajar en aquellas actividades que ‘se nos dan naturalmente’

Ser “productivos” significa expandir nuestras actitudes y respuestas emocionales, intelectuales y sensoriales. Significa luchar constantemente por realizar nuestras potencialidades naturales. El poeta griego Píndaro, lo expresó magistralmente: “Ojalá llegues a ser el que eres”.

El “que eres” a que se refiere Píndaro es toda persona que ya lleva en su nacimiento una serie de capacidades y habilidades; las lleva de manera potencial, es decir, con la capacidad de materializarlas en su vida. Llegar a ser el que eres, es lograr con nuestra conducta, lo que nuestras capacidades muy personales nos reclaman.

Unos, nacieron con las capacidades para pintar, esculpir; otros, están dotados para la mecánica o las matemáticas; algunos, nacieron con capacidades para el comercio, las ventas, o los negocios, etc. Ser productivos, consiste en orientar nuestras capacidades, emociones, para aplicarnos con toda fidelidad en aquello que se “nos da”, como decimos coloquialmente.

Generalmente, la palabra “productividad” se asocia a la creatividad, y particularmente, a la creatividad artística, como la música, el teatro, la pintura, danza, escultura, poesía, etc. De hecho, todo artista con la expresión de su arte nos demuestra contundentemente, que es “productivo”. Y esto es cierto, pero no lo es, el creer que solamente el artista lo es.

Podemos carecer por completo, de capacidades artísticas, y aun así, ser altísimamente “productivos”. Por ello, es necesario saber con precisión, qué es y qué no es, ser productivo. Si el cerebro de una persona no está dañado, o si no sufre de severas perturbaciones emocionales, todo ser humano está dotado de lo necesario para llevar una vida altamente productiva.

Inclusive, personas que sufren de serias perturbaciones emocionales, llegan a lograr una productividad impresionante. Pintores, poetas, actores de teatro y cine, novelistas, a pesar de sus perturbaciones han sido un ejemplo de productividad.

Uno de los rasgos más característicos de una persona no productiva, es aquella que es muy activa, pero que su actividad no brota de su carácter independiente y de acciones que la motivan, sino que actúa en una actitud de sumisión y de dependencia: sus acciones nacen de reglas sociales que estima “tiene que aceptar”. Actúa por un sentido de falsos deberes; o bien, impulsada por el miedo a transgredir una serie de reglas religiosas.

Hay personas, que aparentemente actúan productivamente, como por ejemplo, quienes actúan en base a profundas pasiones de celos, avaricia, masoquismo, sadismo, codicia, miedos.

En estos casos, estas pasiones no nacen de una mente libre, sino de un cerebro atormentado por irracionales y ciegas pasiones que le impiden actuar con libertad y creatividad. Inclusive, personas de una gran “productividad material”, no son productivas en el significado exacto del término, pues sus acciones son intransigentes, obsesivas y dañinas. Un verdugo que mate a personas con gran eficiencia, por supuesto, que no es productivo.

El genocidio de más de 6 millones de judíos, ese espantoso Holocausto del nazismo, esa eficiencia para asesinar en las cámaras de gas, ese orden preciso y eficiente de los carceleros del Holocausto, no fue en ningún sentido, actos productivos de los nazis.

Se pueden realizar actividades de una sorprendente generación de riqueza, pero con una total improductividad: las altísimas ganancias económicas que obtienen los usureros, las elevadas ganancias derivadas de negocios ilícitos, la riqueza surgida por explotar a obreros, las desorbitadas utilidades económicas por monopolizar productos alimenticios y venderlos a precios forzados, etc.

El ser “productivo” no está relacionado con el éxito material o profesional, pero tampoco lo excluye. Un médico que preste sus valiosos servicios profesionales a favor de la sociedad, será mucho más productivo que otro médico que “explote” comercialmente y con ventaja, sus capacidades extraordinarias como cirujano.

Para Critilo, queda muy claro, que ser “productivos” consiste esencialmente en trabajar en aquellas actividades que “se nos dan naturalmente”. Consiste también, en una actitud saludable de orientarnos ante el mundo y las personas. Ser productivo, es poner nuestras emociones, inteligencia, fuerza física, voluntad, al servicio de los demás; consiste, en actuar libremente, y no obligados por dogmas estériles y ciegos.

Seremos “productivos”, cuando lo mejor de nosotros se oriente a un sano proceso de vivir. Lo productivo se mide no por el éxito material, sino por el ejercicio noble y saludable de nuestro carácter.

El sentimiento ideal

El sentimiento ideal
La felicidad permanente sería el peor enemigo para nuestra sobrevivencia

La felicidad consiste en un estado placentero del ánimo, en un goce completo. Parece ser que la gran mayoría de las personas somos mucho más felices de lo que creemos. La prueba nos aparece a la vista cuando volteamos al pasado y caemos en la cuenta de lo felices que fuimos a pesar de la gran cantidad de problemas y sufrimientos que tuvimos.

La propia palabra felicidad contribuye en parte a nuestra infelicidad, pues se nos ha vendido la idea de que hay personas que experimentan una felicidad continua, pero sabemos que es absolutamente imposible que una persona pueda experimentarla. Su código genético no está diseñado para ello. A una felicidad continua se opone nuestra química cerebral que en ocasiones nos envía al infierno de la depresión, o a las normales fluctuaciones de nuestro ánimo. Es imposible, que los seres humanos no suframos enfermedades, traiciones, sueños destrozados, golpes de la ciega fortuna, pérdida de seres queridos y temor a la muerte.

Es imposible que ante sucesos como los anteriores, podamos permanecer felices, y si ha sido así, seguramente, podríamos estar sufriendo serios trastornos emocionales o alguna enfermedad mental grave.

Bienvenida la felicidad efímera cuando la produzcamos o cuando la vida nos la regale, pero cuando esos momentos de éxtasis pasen, no exijamos que regresen, no maldigamos porque se fueron, pues la felicidad sólo puede ser esporádica y transitoria. Algo muy distinto sucede con el bienestar, la satisfacción y la paz espiritual. Estos tres estados físicos y emocionales son distintos a la felicidad y dependen más de nosotros, al igual que su duración es más larga en el tiempo. Aspirar a estos estados es muy humano y conveniente.

Sentimos bienestar cuando consideramos que la vida ha sido buena con nosotros. La satisfacción, por su parte, consiste en el cumplimiento de un deber o de un deseo; y en un sentido más amplio, en un contentamiento interior derivado del reconocimiento de que nuestros resultados han correspondido a lo esperado.

La paz espiritual es una virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego.

¿Cuál es la razón de que la felicidad solamente la alcancemos por momentos, que sea huidiza y esporádica? La causa la encontramos en la evolución humana. Hace un millón de años, aproximadamente, nuestros antepasados vivieron en los árboles. Se alimentaban de frutos y de nueces. De pronto, nuestros ancestros abandonan los árboles a fin de vivir en las sabanas. Aquí, la vida fue muy diferente: mientras vivían en los árboles no había sobresaltos, pero viviendo en la sabana las cosas cambiaron drásticamente: nuestros antepasados tuvieron que cazar animales y enfrentarse a bestias salvajes para poder sobrevivir.

Entonces la caza les exigió una gran concentración, coordinación y cooperación para poder cazar. El medio ambiente impuso enormes exigencias a nuestros ancestros, lo que permitió el agrandamiento de la masa cerebral y así pudo evolucionar hasta alcanzar lo que conocemos como Homo Erectus. El invento de las herramientas de caza desde hace varios cientos de miles de años, la cooperación constante de la especie del Homo Erectus afianzó los lazos de la comunidad y la ayuda mutua.

Pero el pánico fue una constante a lo largo de toda la evolución, pues al menor descuido, las fieras salvajes mataban a nuestros ancestros. Los cambios de clima, la caza escasa, y todos los factores que les rodeaban, implicaron que nuestros ancestros vivieran en un vaivén constante entre el miedo y la tranquilidad, el cansancio y el reposo, el pánico y el gozo.

Por supuesto que había peleas entre nuestros ancestros, pero la cooperación y la ayuda mutua triunfaron, lo que contribuyó definitivamente, a un mayor perfeccionamiento del cerebro. Este triunfo permitió la existencia del Homo Sapiens. Los actuales hombres, idénticos a los de hace 100 mil años, siguen enfrentando peligros: hambrunas, guerras civiles, dominio de una nación sobre otra, enfermedades nuevas como la gripa española que mató en 1918 a más de 50 millones de personas. Nuevas enfermedades como el ébola, el sida o la gripe aviar.

Hoy en día la humanidad enfrenta retos diferentes a los de nuestros ancestros, pero en nuestro código genético quedó impreso para siempre, que la vida es una lucha constante, lucha que es ya un instinto de conservación. Si nosotros no hubiéramos heredado en nuestros genes los sentimientos de pánico, incertidumbre, cautela, goce y alegría, la raza humana ya se hubiera extinguido.

Critilo nos dice que seamos más compadecidos con nosotros mismos: ¿cómo exigirnos una felicidad permanente, si gracias a no tenerla hemos sobrevivido? ¿O acaso nuestros instintos de conservación que nos mantienen vivos, no se oponen frontalmente a una felicidad permanente, que de existir, nos quitaría nuestros instintos de conservación, lo que mandaría a la humanidad a su extinción?

Máximas de Séneca

Máximas de Séneca
Nada nos sería más útil que tener siempre presente un buen número de excelentes máximas

“Nadie hay que, cuando favorece a otro, no se favorezca a sí mismo” (Séneca)

Es cierto lo que afirma este filósofo español radicado en Roma. Cuando favorecemos a alguna persona, ejercitamos dimensiones muy especiales de nuestro ser, como la nobleza y la generosidad. De hecho, nadie puede ser feliz si no se entrega a los demás. Y también, como lo afirmó uno de los médicos más destacados en el mundo sobre el tema del estrés, Hans Seyle, cuando ayudamos a alguien se activan hormonas que fortalecen nuestro sistema inmunológico y nos producen bienestar emocional. Cuando favorecemos a otros, crece nuestro autorrespeto y nuestra autoestima.

“Los buenos preceptos, si los tienes presentes con frecuencia, te aprovecharán igual que los buenos ejemplos” (Séneca)

El poeta Goethe afirmaba que nada nos sería más útil que tener siempre presente un buen número de excelentes máximas. Hay una gran cantidad de máximas morales que resumen una sabiduría profunda. Los buenos ejemplos siempre han sido muy edificantes y por ello es nuestro gusto por las grandes biografías y por los destacados hechos de hombres y mujeres que la historia nos relata. La gran ventaja de los preceptos morales y de sabiduría es que no sólo impactan a nuestra inteligencia, sino que también mueven nuestras emociones más auténticas. Por ello, pocas cosas son de tanta utilidad práctica como el escribir en tarjetas las máximas que nos motivan más a la acción útil y productiva, y al mejor comportamiento moral.

“Desde que nacimos es buena nuestra condición, si no la hemos abandonado, de tal modo dispuso Naturaleza las cosas que para vivir bien no hiciere falta gran aparato: cada cual puede hacerse feliz” (Séneca)

Goethe en sus escritos nos reitera esta misma máxima de Séneca. Para Goethe, la naturaleza nos ha provisto de todo lo necesario a fin de vivir de una manera muy útil a nosotros mismos y a los demás. Para este poeta, no necesitamos de profundos conocimientos ni de una gran inteligencia o posición social o económica para poder vivir felices. Goethe nos aconseja que utilicemos muy eficazmente nuestros cinco sentidos, que observemos con cuidado todo lo que la naturaleza nos ofrece, y que con una gran decisión metamos las manos de lleno en la vida, la que siempre nos deparará grandes beneficios y oportunidades. Nos dice Goethe que si somos fieles a las capacidades con que nos dotó la naturaleza, podremos obtener lo mejor de la vida. Esto mismo es lo que Séneca nos aconseja en su máxima, y hace hincapié en que la naturaleza nos proveyó de lo necesario a fin de que no nos hiciera falta vivir con gran aparato. En efecto, no necesitamos de ningún tipo de lujo; nos bastan las capacidades y habilidades con que la naturaleza nos dotó a cada uno de nosotros.

“Tratándose del hombre, no es pertinente cuántas fincas posee; con cuánto caudal negocia; cuántos le saludan; en qué precioso lecho se acuesta; o lo espléndida que es la copa en que bebe, sino sólo, cuán bueno sea” (Séneca)

Séneca, al igual que los grandes filósofos griegos y romanos como Sócrates, Platón, Cicerón y Marco Aurelio, siempre sostuvieron la idea de que los lujos y las superficialidades jamás podrían darle felicidad a los seres humanos, y más bien, que tales lujos y abundancia siempre son enemigos de la felicidad.

La abundancia de bienes se convierte en lujos innecesarios, así como en preocupaciones y desvelos, mientras que la buena estructura moral de un hombre le asegura un enorme contentamiento en su vida. Federico “El Grande” escribió en sus Memorias: “El lujo no estimula al hombre a la virtud, sino que sofoca en él todos los buenos sentimientos”.

“De los hombres buenos no es mejor el más rico, como tampoco irás a decir que de dos expertos en el manejo del timón de barcos, sea mejor el que posee el barco más grande” (Séneca).

Con estas reflexiones de Séneca, Critilo nos desea indicar el inmenso valor de una buena colección de reflexiones que nos lancen a conductas más eficaces; a conductas que nos metan de lleno en una vida útil y entregada a los demás. También desea decirnos que la felicidad en gran parte depende de nosotros, de nuestro buen comportamiento y de que sepamos utilizar al máximo aquellas capacidades y habilidades con que la naturaleza nos dotó.

Consejos de Nietzsche

Consejos de Nietzsche
‘El moralista forma parte de los seres problemáticos’

“Un moralista es lo contrario de un predicador de moral: es, en efecto, un pensador que toma la moral como discutible, como cuestionable, en suma, como un problema. Lamento tener que añadir que justo por ello, el moralista forma parte de los seres problemáticos”. (Nietzsche).

La moral es la ciencia que trata de las acciones humanas en orden a su bondad y malicia. La moral constituye el tema más importante para cada hombre en lo individual, pues depende de cada persona elegir constantemente y durante toda su vida si sus acciones van a ir de acuerdo con el bien o con el mal. El predicador de la moral cree en lo que esta ciencia ordena, y por ello predica la necesidad de su cumplimiento. En cambio, el moralista –no como lo define el diccionario, sino como lo capta el pueblo en general– es más bien un predicador de la moral pero que no siente la certeza de lo que predica. En el sentido de Nietzsche, se trata de una caricatura del verdadero predicador de la moral.

Es por esto que nos disgustan tanto los moralistas: dicen una cosa y con frecuencia hacen otra diferente, o bien, se comportan moralmente, pero en realidad son personas fanáticas, intransigentes y casi siempre carentes de bondad y de compasión. Son seres problemáticos, pues todo moralista duda de lo que predica, con frecuencia anhela lo que prohíbe y se siente descontento de sí mismo.

En otra reflexión, Nietzsche escribió: “La venganza del inferior contra el superior tiende siempre a lo más extremo, a la aniquilación: únicamente así puede eliminar el contragolpe”.

El inferior es la persona que sabe o siente que su contrario o enemigo es superior a él, ya sea en lo económico, en fuerza física o en la capacidad para dañarlo. Cuando un inferior ofende o daña a un superior, es muy frecuente que la persona superior –en el sentido que hemos señalado– no castigue con dureza a su ofensor, y más bien, con frecuencia pasa por alto la ofensa o daño. En cambio, cuando el superior daña al inferior y éste cobra venganza, esta venganza lleva toda la fuerza de la aniquilación, pues el inferior siente y cree que el contragolpe del superior le sería devastador. Este problema lo observaron muy bien Quevedo y Gracián.

Nietzsche escribió: “La mujer comete 10 veces menos delitos que el hombre; en consecuencia es moralmente, 10 veces mejor que él: eso dicen las estadísticas”.

Esto lo escribió Nietzsche en 1880, pero hoy en día creo que las mujeres, prácticamente en todo el mundo, cometen menos del 10 por ciento de los delitos. Indudablemente que las mujeres son más íntegras que los hombres, y además, son mucho más responsables.

Simplemente analicemos el porcentaje de mujeres que son abandonadas por los hombres; el drama de las madres solteras nos demuestra su enorme responsabilidad. Aún y cuando lo hijos son abandonados por su padre, la madre jamás abandona a sus hijos, sino al contrario, los protege y trabaja con enorme esfuerzo para sacarlos adelante. Estas madres solteras son unas verdaderas heroínas.

¡No hay duda! Nietzsche tiene razón: las mujeres son moralmente superiores a los hombres, si no fuera así, la especie humana ya se hubiera extinguido hace decenas de miles de años.

“Damos especial valor a la posesión de una virtud tan sólo cuando hemos notado su ausencia en nuestro adversario”, escribió Nietzsche.

Es cierta la afirmación de este filósofo alemán: no advertimos nuestras virtudes hasta que notamos su ausencia en nuestros adversarios. Nuestros contrarios hacen las veces de nuestros mejores espejos: como todo adversario nos hace sufrir, fijamos nuestra atención en ellos, y cuando vemos detenidamente su comportamiento, notamos los defectos que nosotros tenemos cuando nuestros adversarios también padecen de ese defecto. Por lo general, cuando alguna persona nos disgusta es porque caemos en la cuenta de que esa persona padece algún defecto que también nosotros padecemos y que nos resulta muy odioso.

Al centrar nuestra atención en la conducta de nuestro adversario, de pronto nos percatamos de que carece de una virtud que nosotros la estimamos como muy valiosa. Ese adversario es un espejo para nosotros, pero ahora con un efecto diferente: vemos en él la ausencia de una virtud que no tiene y que nosotros sí tenemos. Al advertir nuestra virtud que al otro le falta, le damos un valor especial por el hecho de que notamos claramente que nosotros sí la tenemos y por lo tanto, llegamos a sentirnos con una ventaja sobre el contrario.

Para Critilo son sumamente importantes las reflexiones del comportamiento humano, y nos recuerda que no hay conocimiento más importante y útil, que el de la condición humana.

El espíritu sanador

El espíritu sanador
Es inmensa su fuerza ante nuestros padecimientos físicos

Una de las características de nuestra sociedad del hiperconsumo es el bombardeo en la prensa y televisión, de que estamos “obligados” a gozar de una “salud perfecta”, ofreciéndonos esta publicidad todo un catálogo de productos “maravillosos” para nuestra salud.

Es conveniente, por supuesto, que cuidemos nuestro cuerpo, pero nada más desastroso que tratar de arreglar lo que no está descompuesto (y esto se aplica a cualquier área de nuestra vida). Si nuestro cuerpo funciona bien, nada peor que caer en la mercadotecnia de la “salud perfecta”, pues quedaríamos atrapados en las redes de la hipocondría: empezaríamos a sentirnos mal, pues no estaríamos a la altura de las figuras perfectas de hombres y mujeres que nos muestran los anuncios publicitarios.

Como nuestra sociedad del hiperconsumo es totalmente materialista, nuestro “espíritu” no tiene cabida. Padecemos de ciertas limitaciones físicas y ante ello, nada mejor que ser benevolentes con nosotros mismos. Derramamos nuestra generosidad sobre nuestras limitaciones y padecimientos físicos; hacer las paces con lo que no podemos cambiar. Si una persona padece de una enfermedad crónica como la diabetes o la artritis reumatoide, solo por señalar dos ejemplos, lo más sabio es que se cuide, pero que acepte que tendrá que vivir toda su vida con estos padecimientos.

Antes de querer “arreglar” lo que no está descompuesto en nosotros, debemos mirar con paciencia nuestros males físicos, comprender nuestras limitaciones de salud, y de ahí en adelante comportarnos con una gran calidez con nosotros mismos, tomando una profunda conciencia en el sentido de que siempre estaremos afectados físicamente “por algo”, pero no hay remedio, pues solamente somos seres humanos.

Las personas que hayan logrado esa conformidad consigo mismas, que hayan aceptado los padecimientos que no pueden curar, que hayan alcanzado librarse de esa actitud perfeccionista y falsa de la “salud perfecta”, habrán neutralizado en su vida cotidiana un sin fin de incomodidades físicas, a tal grado, que muchas de ellas ya no les molestarán. Sus emociones gozarán de un equilibrio del que jamás pensaron que podrían disfrutar.

Y es que las afecciones del cuerpo cuando son aceptadas con generosidad, producen un enorme incremento en la salud mental y emocional. Las personas con padecimientos físicos logran una sensibilidad y tal grado de salud mental, que son inaccesibles a quienes gozan de una “salud de hierro”, propiamente animal. Aun con padecimientos físicos crónicos, se puede gozar de lo que para un medico sería un “perfecto estado de salud”, del que no gozan muchas personas que en realidad están sanas, pero como siempre están ansiosas por mayores niveles de salud, su psiquismo está tan perturbado, que se sienten enfermos crónicos, sin serlo. Podemos convertir nuestro desequilibrio físico en un equilibrio integral. Y ésta sería la ecuación: sí, padezco de estas enfermedades y molestias físicas, pero las he aceptado en mi corazón; he logrado que mi generosidad permee toda mi vida; gracias a esto he eliminado una gran cantidad de perturbaciones emocionales, y el aumento de mi fuerza espiritual me ha conducido a una paz de mi espíritu. Así, el desequilibrio físico se convierte en un equilibrio más integral.

Critilo cree firmemente que los seres humanos somos mucho más que meros cuerpos físicos. El que seamos capaces de amar y compadecernos de otros, nos convierte en “sujetos” y no en meros “objetos”. El hecho de que seamos capaces de tener conciencia de nosotros y del mundo, nos sitúa en la Naturaleza como seres en los que tiene una influencia decisiva las expresiones de nuestro espíritu.

Con nuestro espíritu tomamos conciencia del mundo, somos capaces de decidir por lograr valores constructivos. Nuestro espíritu es la enorme fuerza capaz para que podamos asumir nobilísimas actitudes ante nuestros padecimientos físicos. Actitudes que pueden ennoblecer nuestras vidas, no solamente mejorando nuestros padecimientos físicos, sino además, asumiendo grandes responsabilidades, como formar a nuestros hijos, y luchar por ideales que siempre mantengan el fuego encendido en nuestros corazones.

La insatisfacción y sus remedios

La insatisfacción y sus remedios
Es causante de la desilusión, el desencanto y la amargura

Sentirnos insatisfechos de nosotros mismos, constituye una real tragedia en nuestras vidas.

Las psicoterapias modernas están orientadas a tratar a las personas como meros seres racionales. En nuestra época, en la que domina el raciocinio, la lógica, la ciencia y la tecnología, no hay espacio para lo más importante: nuestros sentimientos y las expresiones de nuestro espíritu.

Si nos sentimos insatisfechos nada más equivocado que hacer a un lado una serie de sentimientos que tenemos que observar con una profunda delicadeza y cuidado. La insatisfacción personal es el resultado de un conjunto de omisiones y de actos que en la mayoría de los casos dependen de nosotros.

Si por ejemplo tenemos una clara conciencia de ciertas obligaciones que debemos atender y no lo hacemos terminaremos sintiéndonos mal. A veces no cumplimos con esas obligaciones en virtud de que las consideramos poco importantes: poner más atención en nuestros hijos, visitar a nuestros amigos que pasan por una adversidad, visitar más a nuestros padres… ¡No se trata de obligaciones poco importantes, sino de cuestiones esenciales para nuestras vidas!

Con frecuencia nuestras insatisfacciones derivan de no otorgarle a lo que llamamos “las pequeñas cosas de la vida” la enorme importancia que guardan para nuestra dicha personal. El tejido más valioso del que está hecha nuestra existencia es, precisamente, atender con extremo cuidado esas “pequeñas” grandes cosas de nuestra existencia: abrazar a nuestros seres queridos y decirles lo mucho que los queremos; contemplar las bellezas de la Naturaleza, hacer de nuestro hogar uno más bellamente habitable.

En la Antigua Roma, un famoso refrán decía: “Lo pequeño, siendo propio, nos parece grande” y es que nuestras “pequeñas cosas” son en realidad nuestras “grandes cosas”. Si esto llegamos a entenderlo, no con la razón fría, sino con el cálido corazón, nuestras insatisfacciones personales podremos alejarlas para siempre.

Y es que lo “muy poco” cuando lo estimamos y cuidamos con delicadeza se convierte en algo gigantesco. ¡Y no se trata de un autoengaño, sino sólo de atender las cosas que nos hacen sentir bien, cumplir con nuestras obligaciones y contentarnos con lo común y corriente, y ¡no más!

Si la vida sencilla no nos satisface, lo complejo, grande, extravagante y fastuoso menos nos contentará; el lujo, las pretensiones, nos avivarán más la sed; es como darle de beber al sediento, agua salada: incrementará su sed hasta la demencia.

¡Acariciemos con nuestro corazón a nuestras pequeñas grandes cosas! Hagamos de la sencillez un modelo de vida, tal como una máxima de la Roma Antigua lo expresaba: “La naturaleza se complace en cosas sencillas”.

La insatisfacción personal es una tragedia, y es un sentimiento que perturba nuestro equilibrio emocional. Es causante de la desilusión, el desencanto, el enfado crónico y la amargura. Nuestra insatisfacción personal no podemos combatirla con nuestra fingida “autocomplacencia”. La autocomplacencia constituye un engaño, es una tendencia enfermiza que trata de engrandecer nuestro egocentrismo.

En cambio, el trabajar para sentirnos satisfechos nada tiene que ver con nuestros egoísmos o falsos anhelos de superioridad. Se enfoca a mirar con detenimiento los sentimientos, obligaciones y buenos propósitos que hemos descuidado.

La autocomplacencia siempre es efímera, frívola y débil, pues no está conectada con nuestros más genuinos anhelos y sentimientos. En cambio, el luchar por nuestra satisfacción es un noble proyecto para toda la vida.

La autocomplacencia es excluyente, mientras que la satisfacción es incluyente; ésta se da, no como una meta en sí misma, sino como derivación de propósitos nobles: cuidar a una madre enferma, abrazar a nuestros hijos, respetar el entorno ecológico, cumplir con nuestras obligaciones, entregarnos a los demás.

Critilo no está de acuerdo con la necesidad de amarnos a nosotros mismos a fin de poder amar a los demás. Hay un porcentaje de personas que sienten una profunda insatisfacción con ellas mismas, y aun así, aman profundamente a sus hijos, pareja y amigos.

Nuestra alma estará contenta cuando nos empeñemos en afianzar nuestras más queridas relaciones sentimentales, y cuando nos esforcemos en atender nuestras reales obligaciones.