miércoles, 4 de abril de 2012

El Asombrado

Jacinto Faya Viesca En una columna de hace semanas, presenté a mi personaje llamado el Asombrado.

Así se presenta él y así le llaman, ya que todo lo que ve en la Tierra le asombra. El Asombrado fue rescatado de una tribu pequeña en un país selvático, tribu en la que todos murieron, menos él. Sólo hablaba su lengua o dialecto, pero después de haber viajado este joven por todo el mundo, ahora habla varios idiomas y siempre está intensamente ansioso por aprender del mundo, de la vida y de los seres humanos.

Un buen día, caminaba por la ciudad de Roma, y le sorprendió una frase que consideró de altísima sabiduría: en una pared de mármol de un edificio, estaba grabada con gran arte esta frase: “Medio hay en las cosas; tú no vayas por los extremos”, y estaba grabado el nombre del autor de esta frase, que respondía al nombre de Horacio.

¿Quién es este Horacio, y por qué razón destacan con tanta belleza el grabado de esta frase y el nombre de su autor?, le preguntó a varias personas que estaban reunidas cerca de él platicando. Los del grupo animaron al más anciano de ellos, diciéndole al Asombrado que gozaba éste anciano de la fama de ser un gran sabio.

El anciano le dijo al Asombrado: si las personas practicáramos esta sentencia de Horacio, el mundo se evitaría de muchos crímenes, conflictos entre naciones, pleitos entre padres e hijos, rompimientos de amistades; en fin, cada uno de nosotros sería más feliz.

¿Y por qué razón?, le preguntó el Asombrado al anciano. Debes de recordar que el inmenso filósofo de la Grecia Clásica, Aristóteles, en sus obras, “Ética a Nicómaco” y “Ética a Eudemo”, y en otros escritos suyos nos dice lo siguiente: que la virtud no la encontramos en los “extremos”, sino en medio de estos. Por ejemplo –dice Aristóteles–, en un extremo tenemos a la cobardía y en el extremo opuesto a la temeridad. Las dos son posiciones, actitudes o conductas viciosas: la cobardía es la falta total de valentía; y la temeridad (su opuesto) no es exceso de valentía, ya que el temerario no experimenta, no siente el menor temor. En medio de los dos extremos se encuentra la virtud de la valentía. El valiente siente el temor, pero éste no lo acobarda; siente miedo, pero lo vence. Este vencimiento de la cobardía y alejamiento de la temeridad lo hace “valiente”.

Ahora entiendo, le dijo el Asombrado al anciano, el consejo que un rey le dio a su hijo el príncipe, antes de empezar un torneo de carreras de carrozas con caballos. El príncipe, lleno de orgullo, quería tomar el carril de adentro, el más pegado a la barda.

El rey, sabiendo lo orgulloso y ventajista de su hijo el príncipe, se acercó a la carroza y le dijo: “No tomes el carril de adentro ni el de afuera; corre en el carril de en medio y correrás seguro”.

Ahora recuerdo muy bien, le dijo el Asombrado al anciano: cuando trabajaba en un barco y desembarcamos en Grecia, en la ciudad de Atenas encontré hermosamente grabado, aun cuando habían pasado más de 2000 años, una sentencia de un sabio griego llamado Cleobulo y que decía: “Nada en demasía”.

Como no solamente me asombro, sino que además reflexiono profundamente en lo que me parece malo – para no hacerlo–, y en lo bueno –para practicarlo–, creo, le dijo al anciano, que hay un hilo conductor que enebra las siguientes reflexiones: “Medio hay en las cosas; tú no vayas por los extremos”. El hilo enebra la anterior reflexión con el consejo del rey a su hijo: “No tomes el carril de adentro ni el de afuera; corre en el carril de en medio y correrás seguro”. Y este hilo une esta máxima: “Nada en demasía”.

¡Excelente! –le dijo el anciano al Asombrado–. Has entendido perfectamente que estas dos máximas, más el consejo del rey, más la explicación de Aristóteles, que encuentra la virtud en el medio de los extremos opuestos, tratan de enseñarnos que la conducta más inteligente, prudente y sabia consiste en evitar los extremos y la desmesura.

Los extremos –siguió hablando el anciano– son hermanos de la intolerancia, la codicia, el todo o nada, la temeridad, el riesgo innecesario y todo tipo de atropellamientos, tropezones e insensateces.

Aun así amigo –le dijo el Asombrado al anciano– cuando visité España, me hacían referencia a unas máximas de un autor llamado Quevedo, que goza de la fama de haber poseído una inteligencia impresionante. Me platican que Quevedo aconsejaba, que cuando nos encontráramos en un extremo peligro nada peor que quedarnos en “medio”; que en estos casos deberíamos elegir un extremo.

Y el otro consejo que daba Quevedo consistía que ante los problemas gravísimos nada mejor que los consejos arriesgadísimos.

¡Sabes bien –le dijo el anciano–, que toda regla tiene su excepción! ¡Estoy absolutamente de acuerdo! –le dijo el anciano al Asombrado– pero con esta salvedad: como regla general en nuestra vida, la mesura, huir de los extremos, siempre será lo más conveniente. ¡Pero cuando estemos ante un grave peligro inminente, nada mejor que elegir un extremo, que tomar acciones arriesgadísimas y osadas!

Ahora sí –dijo el Asombrado–, me queda todo muy claro: si padezco de un tumor muy peligroso, nada mejor que arriesgarme a una operación quirúrgica muy riesgosa, que es lo único que podría remediar mi mal.

Si me asaltan varias personas, nada peor que quedarme en medio. En este caso, luchar con todas mis fuerzas es lo único que podría salvarme. ¡Muy bien!, le contesto el anciano.

¡Este mundo maravilloso no deja de asombrarme!

Educar nuestras emociones

Estar conscientes de una determinada situación por la que estamos pasando en cierto momento, constituye la condición indispensable para poder actuar con eficacia. Sólo que no es suficiente conocer objetivamente los datos que nos da la realidad, sino que es necesario además, estar conscientes de cuál es nuestro estado de ánimo y cuáles son nuestras emociones dominantes en ese momento preciso.

Muchas veces, ante un problema determinado o ante una situación crítica, una o más personas están vinculadas a nosotros en esa situación. Conocer cuál es el estado de ánimo de esa persona y cuáles son las emociones que la están moviendo, puede ser la clave para que salgamos airosos de esa situación; y más aún, puede ser el factor para que ambas partes se beneficien, o al menos, salgan con los menores daños posibles.

Ahora bien, es casi imposible que podamos detectar el ánimo y las emociones dominantes del otro, si previamente no tenemos plena consciencia de cómo está nuestro ánimo y cuáles son nuestras emociones en ese momento. Goethe decía que lo importante no consiste en ser más inteligente que el otro, sino en ser más inteligente en el preciso momento en que estamos tratando con el otro.

El campo de las emociones en los seres humanos es determinante, pues actuamos fundamentalmente con base a nuestras emociones más profundas. Y si queremos lograr nuestras metas, nos resulta indispensable modular nuestras emociones de acuerdo con la situación concreta, y en el lugar, modo y tiempo donde se desarrolla esa situación.

“De la abundancia del corazón habla la boca”, escribió el evangelista San Mateo, queriendo decir que nuestras palabras y pensamientos están impulsados por las emociones, sentimientos y pasiones de nuestro corazón.

Estar atentos a lo que nuestro interlocutor está sintiendo, es la única manera de poder estar en sintonía con él; es la única forma de poder entenderlo y comprenderlo. Cuánta razón tuvo el romano Cicerón cuando escribió: “hay que atender no sólo a lo que cada cual dice, sino a lo que siente y al motivo por el que lo siente”.

Establecer relaciones cordiales con los demás no es una cuestión fácil; se necesita un esfuerzo consciente de nuestra parte, de querer comprender al otro, y eso implica renunciar a una serie de prejuicios nuestros, y sobre todo, a renunciar a querer tener siempre la razón, capricho que lleva el dardo envenenado de considerar como inferior al otro.

Lo que más estorba en esta importantísima tarea de comprender al otro, son nuestros prejuicios, ideas irracionales, actitudes y pensamientos nuestros que están formados no con base en una sana inteligencia, sino en una grotesca distorsión alejada de lo que realmente somos y de lo que son los demás. Si a esto unimos nuestro sentimiento de inferioridad, o el creer en nuestra falsa grandiosidad alimentada por un narcisismo enfermizo, será imposible que podamos entablar relaciones provechosas con los demás, así sean nuestros propios hijos o cónyuge.

Resulta absolutamente indispensable tener plena consciencia de que nuestras palabras, actitudes y conductas, tendrán necesariamente determinadas consecuencias en nuestra realidad. Creer que lo que hagamos no importa es tanto como tener la consciencia de un niño de dos años. Si nuestras actitudes y conductas son apropiadas, los resultados serán positivos, pero si nuestras conductas son irracionales y dañinas, las consecuencias serán negativas y en nuestra contra.

Quiero compartir una reflexión del genial psicólogo norteamericano William James, quien escribió: “Si queremos neutralizar nuestros comportamientos que no nos gustan o consideramos nocivos, debemos forzarnos asiduamente a practicar los comportamientos opuestos que deseamos desarrollar, aunque al principio lo hagamos de una forma mecánica o a sangre fría”.

El internacionalmente prestigiado psiquiatra alemán, Josef Rattner, en su obra, “Personalidad del hombre”, le atribuye tanta importancia a nuestras buenas relaciones con los demás, que afirma que una parte muy considerable de nuestros problemas emocionales se deben al pobre conocimiento psicológico que tenemos de los demás; de nuestro pésimo conocimiento de la condición humana.

Nuestra salud, el que progresemos en nuestro trabajo y en la vida, depende fundamentalmente para Rattner, de conocer las bases del comportamiento humano: el hecho de que las emociones mueven nuestra conducta; el saber que nuestros prejuicios y suposiciones nos impiden conocer el “punto de vista” del otro; en no poder “ponernos en los zapatos de los demás”.

Nada hay más valioso en nuestras vidas, en la suya amable lector, en la mía, que esforzarnos siempre en tratar de comprender al prójimo, en saber qué es lo que causa que se comporte de determinada manera y no de otra.

Y no estoy hablando sólo de extraños, sino que con muchísima frecuencia, no comprendemos las palabras, actitudes y conductas de nuestros hijos y cónyuges. ¿Pero cómo habríamos de comprenderlos si ni siquiera nos entendemos nosotros mismos?

¡No se trata de justificar la mala conducta de nadie, ni estar siempre de acuerdo con todos! ¡Lo que sí resulta esencial, es tener conciencia de cuáles son nuestros sentimientos y los del otro, en una determinada situación!

El crimen de la injusticia

“Para lograr la paz inalterable basta que cada cual tome lo suyo y de buen grado a los demás conceda el derecho a su parte, como es justo”.

Esta reflexión la escribió Goethe en su obra “Las Cuatro Estaciones”, correspondiente a su poesía lírica.

La justicia, la libertad y la igualdad han sido los grandes temas de las luchas ideológicas a través de los últimos 3 mil años. Y estos temas políticos han adquirido una fuerza descomunal a partir de la Constitución de Norteamérica de 1787, de la Revolución Francesa, y después, de la Segunda Guerra Mundial.

Pero en el ámbito privado o en las relaciones entre las personas, los actos de injusticia han sido la principal causa de millones de crímenes, venganzas y desarmonía social. La justicia es la virtud que inclina a dar a cada uno lo que le pertenece. Seguramente nada ha ofendido más a los seres humanos (hablemos de los últimos 100 mil años) que las acciones injustas de unas personas contra otras; y esto sucede más por parte de los fuertes físicamente y de aquellos que gozan de poder económico y social, sobre los débiles.

Para el genial griego Aristóteles “cometer una injusticia es más malo que sufrirla”. Y, en su deslumbrante obra “La República”, escribió: “La injusticia es el mayor de los crímenes que pude cometerse contra el Estado”.

Cuando una persona comete una injusticia contra alguien, en el fondo, el que la comete se siente superior y seguro de que su conducta injusta quedará impune. Al cometer una injusticia sobre alguien, en esencia lo estamos ultrajando en su dignidad, atentamos contra sus más íntimos sentimientos de vergüenza al saber que no se defenderá contra nosotros.

Toda injusticia es una degradación al ser humano, una humillación y un atentado a sus derechos. Goethe afirma que cuando cada cual toma lo suyo, se logra una paz inalterable, e insiste en la idea de la injusticia al decirnos: “Si a ser libre aspiras, hijo mío, aprende lo que es justo y a ello atente. ¡Date por satisfecho y tu mirada nunca arriba levantes impaciente!”.

Goethe se refiere a una libertad del espíritu, libertad que aniquilamos cuando nada queremos entender de la justicia y menos practicarla. Si nuestras conductas son injustas con nuestro cónyuge, hijos y desconocidos, es imposible que podamos gozar de la libertad espiritual, como un don casi divino. Levantamos nuestra mirada hacia arriba y de manera impaciente, cuando no queremos atenernos a lo justo. Las personas injustas, ya sea que traten de obtener dinero, ventajas emocionales, manipular sentimientos, explotar al prójimo, siempre, esa persona injusta estará descentrada. Ha perdido el equilibrio espiritual y emocional, porque quiere obtener bienes o beneficios de diversa índole, de manera injusta, actuando con prepotencia y soberbia. En la misma obra de “Las Cuatro Estaciones”, nuestro genial poeta Goethe, remata la idea, escribiendo lo siguiente:

“Mas por desgracia, nadie se conforma con lo que de derecho le compete; así que, para guerras y litigios, hay materia sobrada eternamente”.

Debido a mi profesión y después de haber observado la conducta humana durante decenios, he percibido que la causa estructural de los problemas económicos, sociales y políticos del mundo consiste en las conductas injustas de las personas, tribus, pueblos y naciones; de empresas poderosas y de dictadores que aplastan al débil y protegen al poderoso. Y en las relaciones sociales, si nos empeñamos en conformarnos con lo que nos corresponde, nuestras vidas serían más libres, dignas y plenas.

Las personas que desean obtener algún bien o una ventaja sin ningún derecho, y no guardan las menores consideraciones con las personas que afectan, son injustas. ¡Toda persona soberbia, codiciosa, altanera, inmoral, siempre estará cometiendo injusticias!

Las conquistas de naciones poderosas sobre países más débiles, ha sido una constante en la historia universal. Las grandes industrias y comercios quiebran económicamente a las más débiles. El que goza de mayor fortaleza física tiende a ser abusivo con los más débiles.

Todo tipo de injusticias se originan en una serie de pensamientos, emociones y vicios. El que comete injusticias, no le importa la moral. Todo abusador cree poder hacer lo que quiera por el simple hecho de que su gusto o capricho es más fuerte que cualquier razonamiento que haya intentado.

El que comete injusticias padece de un narcisismo enfermizo, ya que cree y siente que él es un ser especial, y que en este sentido, no se la aplican las reglas morales, sociales y jurídicas. Se siente impune y abriga la ilusión de que no será castigado por nadie. Por esta razón, asesinar, violar, robar, son conductas que no le perturban.

Los injustos son altaneros y no reconocen que los demás gocen de dignidad. Éste concepto no lo entienden racionalmente ni lo sienten en ningún sentido.

¡Luchar contra los crímenes de los injustos es una tarea muy difícil, pero indispensable si queremos que la especie humana no se extinga!

El enorme pensador francés, Montesquieu, escribió: “La injusticia hecha a uno amenaza a todos”.

Cuando falla el amor propio

Se habla mucho de la “autoestima” y de querernos a nosotros mismos antes que a los demás. Pero el problema consiste en que cuando nuestro amor propio es muy fuerte, nuestro corazón ya no tiene espacio para querer a nadie más.

El amor propio es un afecto sumamente delicado; pudiéramos compararlo con una medicina para una enfermedad seria, o bien, con una operación quirúrgica delicada. Si la medicina la tomamos de más, resultará peor el remedio que la enfermedad; y si el cirujano retira de más el tejido sano y no se limita a quitar la parte dañada, el paciente podría entrar en serios problemas.

El amor a nosotros mismos cuando sobrepasa el mínimo conveniente, pretende dejar de ver la gran cantidad de defectos y de miserias humanas que padecemos. Pero por más amor que nos tengamos, como se trata de un vano y superfluo amor a nosotros mismos, nos resulta imposible dejar de ver nuestras miserias.

El filósofo y científico francés Blas Pascal sobre este aspecto escribió: el que se ama a sí mismo “quiere ser grande y se ve pequeño; quiere ser feliz y se contempla miserable; quiere ser perfecto y se ve lleno de imperfecciones; quiere ser objeto del amor y de la estima de los hombres, pero ve que sus propios defectos no inspiran sino menosprecio y aversión. Este embarazo en que se encuentra produce en él la más estúpida y criminal pasión que sea posible imaginar; porque concibe un odio mortal contra esta verdad que vuelve a empuñarle y le convence de sus defectos”.

Por más que crea una persona que se “ama mucho a sí misma”, primero, no por ello deja de padecer una serie de defectos y miserias humanas; y segundo, al darse cuenta de ello, y siendo su vanidad tan grande, tratará a toda costa de disimular sus defectos tanto hacia los demás como a sí mismo. En este constante esfuerzo por tratar de engañar a los demás y por engañarse a sí mismo, nada le resulta más insultante que cuando otro le echa en cara alguno de sus defectos; y nada le resulta más humillante que el saber en su fuero interno, que padece de grandes defectos aún y cuando otros no se los noten.

No todas las personas padecen de la misma gravedad de defectos. Hay quienes cuyos defectos son medianos y ligeros, y hay otros cuyos defectos llegan a lo monstruoso: criminales perversos, traidores, usureros, violadores.

De por sí, padecer defectos es en sí una miseria, miseria de la que ningún ser humano se salva, pero es cierto también que personas con defectos ligeros o medianos compensan sus deficiencias con enormes virtudes; y esto es el ser humano: una mezcla de defectos y virtudes que en la inmensa mayoría de las personas es una mezcla bastante equilibrada que se compone de defectos ligeros y virtudes pequeñas o grandes; defectos medianos con grandes virtudes. La mezcla que resulta siempre abominable y repulsiva es aquel porcentaje mínimo de personas cuyos defectos son bestiales: criminalidad malvada, amoralidad, conductas perversas de todo tipo y prácticamente ninguna virtud.

He observado que es una verdadera patraña hacer de la autoestima y del amor propio un objetivo central en la vida de cualquier persona. Primeramente, nadie podrá gozar de una equilibrada autoestima por el hecho de proponérselo. La autoestima es un resultado, una sana apreciación de nosotros mismos con base en nuestras buenas y eficaces conductas; y el amor a nosotros mismos siempre caerá en la soberbia, sentimiento que revela que ese “amor a nosotros mismos” es falso, pues en el terreno del amor a nosotros es imposible que se dé si previamente no se da una seria consideración a los demás, un amor auténtico hacia nuestros hijos y seres más cercanos y queridos.

El sano “amor a nosotros mismos” nace de la abundancia de amor a la vida, y de un profundo agradecimiento por tantas personas que nos han ayudado. El perseguir la autoestima y el amor propio es como querer alcanzar nuestra propia sombra: una tarea imposible e inútil.

La idea de la autoestima y del amor propio no ocupó la atención de los más relevantes pensadores de la Grecia Clásica. Ya desde Homero con su Ilíada, escrita 700 años antes de Cristo, los grandes héroes jamás se ocupaban de cómo incrementar su autoestima y su amor propio.

Estos héroes luchaban por su patria, por la dignidad y el honor que podían ofrendar a sus antepasados. La valentía, el esfuerzo, el morir por una causa justa, el amor a sus padres constituían valores fundamentales para ellos.

La autoestima y el amor propio ni siquiera se lo planteaban. Y lo mismo ha sucedido con los grandes hombres de la ciencia, del arte, y de las letras, a través de la humanidad. Estos hombres están vinculados entre sí, no obstante la distancia del tiempo y la lejanía de las zonas geográficas.

Están vinculados por lo “digno”. Y lo digno no entiende de acrecentamientos de las egolatrías y vanidades personales. Los que van tras la autoestima y el amor propio están constituidos de barro, aun cuando éste tenga una firme consistencia y esté recubierto artísticamente. Pero no deja de ser barro. Los “dignos” están esculpidos con la dignidad del mármol.

Afanémonos por perseguir objetivos valiosos y por servir a otros y a la comunidad. Esta noble entrega nos anegará de una autosatisfacción perdurable.

Enseñanzas de Quevedo

Ya hace muchos años que leo una obra de Quevedo titulada “Migajas Sentenciosas”. A esta creación la tengo como una de las mejores para toda mi vida. Transcribo ahora tres de sus pensamientos, con sus respectivos comentarios.

“La aflicción da nuevo juicio”, Quevedo.

Toda aflicción hace relación a una perturbación del ánimo, a un estado de preocupación o de tristeza.

Los juicios que tenemos sobre alguna persona, algún cambio en nuestra situación, no son inamovibles. Podremos empecinarnos sobre alguna idea o propósito, pero no sobre un juicio, es decir, sobre la apreciación que tenemos sobre alguna cuestión determinada. Por ejemplo, podemos habernos formado un juicio u opinión sobre nuestro actual estado económico o de salud. Es muy probable que mientras nuestro estado de ánimo no se sienta fuertemente perturbado, nuestro juicio seguirá inalterable. Pero cuando llegamos a sentirnos realmente afligidos, no solamente cambia nuestro estado de ánimo, sino que también cambia la valoración de alguna cuestión determinada.

En el caso de nuestra situación económica o de salud, sobre el juicio ya formado, una vez que pasamos por una real aflicción, nuestro juicio cambia. Y es que el juicio formado está basado en determinados factores que ya no tienen el mismo peso que antes; la aflicción ha modificado nuestra percepción anterior.

Por ello, es muy importante que cuando nos invadan sentimientos de odio, ira, preocupación, tristeza o miedo, no huyamos de esos sentimientos. Debemos permitir que esos dolorosos sentimientos nos invadan por completo. No se trata de sufrir masoquistamente, sino que nos demos la oportunidad de saber qué nos quieren decir esos sentimientos tan aflictivos. Si pasada una horas o días, nada nos dicen esos sentimientos, tratemos de ser lo más objetivos que podamos, a fin de deshacernos de sentimientos destructivos que en nada nos benefician. Como consuelo verdadero, es cierto lo que el moralista francés, Vauvenargues, escribió: “Si es verdad que nuestra alegrías son cortas, la mayor parte de nuestras aflicciones tampoco son largas”.

“Mucho peligro corre todo lo que templanza no tiene”, Quevedo.

La templanza es una de las cuatro virtudes cardinales y consiste en moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos. La templanza hace referencia a la moderación y a la sobriedad.

Ya Aristóteles, tanto en su Ética a Nicomaco, como en su Ética a Eudemo, nos dice que la virtud está en el término medio entre dos extremos viciosos. Por ejemplo, en un extremo está la cobardía, que es un vicio, y en el otro extremo, está la temeridad, que también es un vicio, pues en la temeridad no se da la valentía, dado que hay una ausencia total de miedo. En el justo medio se encuentra la valentía que es una verdadera virtud.

En la Grecia Clásica se acuñó una frase de profunda sabiduría: “Moderación en todo”.

Para Quevedo, si actuamos sin templanza corremos mucho peligro. Quevedo aconseja la templanza en nuestras conductas, pasiones y sentimientos.

El escritor italiano Giovanni Papini en su “Historia de Cristo”, escribió: “El ofendido que no se enfurece, ni resiente y no escapa, demuestra más fuerza de ánimo, más dominio de sí, más verdadero heroísmo que aquel que en la ceguera de la furia se lanza sobre el ofensor para restituirle doblado el mal recibido”.

Sé que nos parecerá muy difícil tener templanza, es decir, observar moderación en hábitos, actitudes, pensamientos, pasiones o conductas que nos dominan. La adicción al cigarro, al alcohol, a las drogas, a la comida o al sexo, es lo contrario a la templanza. También la dependencia emocional y enfermiza hacia alguna persona, objetos o situaciones. Igualmente, la adicción al trabajo, rompe con la moderación. Nuestros hábitos de maltratos a nuestra pareja y a nuestros hijos, son prueba de que obramos viciosamente. Nuestro anhelo por tener más dinero del que necesitamos, se opone a la templanza y a la moderación.

Pocas ideas nos pueden reportar, en todas las dimensiones de nuestras vidas, tanto provecho como la siguiente: “Moderación en todo”. Si hiciéramos de esta máxima una de las ideas capitales de nuestra vida, nuestra existencia daría de inmediato un giro sumamente provechoso en todos los sentidos.

Quevedo escribió: “En cualquier estado de vida hallarás anchuras, gustos y deleites, si te dispusieras primero a no juzgar por mala (su vida) la que tiene, no haciéndola sujeta a la envidia. La mayor infelicidad es no haberla tenido”.

Empezando por la última idea de Quevedo: “La mayor infelicidad es no haberla tenido”, la reitera Nietzsche 350 años después, al haber escrito: “No hay peor adversidad que no haber tenido ninguna”.

Esta afirmación es absolutamente cierta: quien nunca ha pasado por la experiencia de una adversidad o de una severa infelicidad, cuando le sucede, se sorprende, se asusta y no sabe qué hacer. Y es que solamente en las adversidades, infelicidades y problemas es la manera de cómo podemos aprender de la vida y adquirir sabiduría.

Para Quevedo, en cualquier estado de vida: solteros, casados, pobres, ricos, con un buen trabajo, con un oficio humilde, podemos encontrar “gustos y deleites”, y llegar a ser felices. Lo mismo decía Goethe, al aconsejarnos que no importe cuál sea nuestra particular situación. ¡Que lo importante es que metamos las manos de lleno en la vida, y veremos con asombro, cómo podremos vivir con alegría y provecho!

La mala interpretación

A veces sentimos que nuestra vida va mal, que hemos cometido muchos errores y que nada bueno nos espera en el futuro.

Cuando nos sentimos así, incurrimos en tres equivocadas evaluaciones: primero, nos acusamos como personas inadecuadas; segundo, desmerecemos nuestro presente, de una manera exagerada, como si se tratara de un filtro en que sólo viéramos en el recipiente nuestras cosas que llamamos malas, sin ver tantas cosas buenas que quedaron en el filtro sin haber llegado al recipiente; y tercero, sólo vemos un futuro con negros nubarrones, sin tomar en cuenta una serie de circunstancias (ajenas a nosotros) que se pueden acomodar en nuestro beneficio, independientemente de que nosotros contamos con cualidades y factores (reales) que se quedaron en el filtro, y que al no verlos, angostamos y ennegrecemos nuestro futuro de una manera irracional e infundada.

No nos debe sorprender, pues, que con esos tres disparos que nos hacemos a nosotros, empiece a deprimirse nuestro ánimo. En realidad, cuando nos sentimos así, se debe a que estamos interpretando mal las cosas;

“Nos empeñamos en crear males imaginarios, sabiendo que hemos de tropezar con tantos de verdad”, Oliver Goldsmith.

Esta mala interpretación de las cosas, lo es porque nos acusamos como personas inadecuadas, cuando lo inadecuado no somos nosotros, sino muchas de nuestras actitudes, pensamientos y conductas.

La diferencia es enorme: cuando nos consideramos inadecuados, la condena es a nuestra persona, por lo que la sentencia es para siempre, lo que es falso. Además, estrechamos nuestro futuro en virtud de que dejamos en el filtro todos los factores a nuestro favor que ya tenemos en la realidad, más los regalos que nos pueda traer el azar y una consentidora buena fortuna.

Y si a estas dos distorsiones le agregamos nuestro ánimo decaído que como ave de mal agüero sólo nos anuncia males, resulta claro, que estamos interpretando mal las cosas.

Condenarnos como personas es algo irreal; anular nuestro presente constituye una valoración absolutamente errónea, pues nos impide valorar los factores a nuestro favor; ver un fututo negro y estrecho, es ponernos en la posición de diablos perversos solamente para ver nuestro próximo infierno.

Seamos realistas: combatamos nuestros pensamientos catastróficos y nuestras conductas malsanas. Esta tarea nos corresponde solamente a nosotros y muchísimo podemos progresar en ella. Nosotros, en nuestro núcleo esencial como personas, quedaremos intocados, puros en nuestra dignidad y enteros en nuestra libertad; y al salvarnos como seres humanos, nuestra tarea será mucho más fácil, pues no nos estaremos combatiendo a nosotros, sino a nuestros pensamientos confusos y distorsionados y a nuestras conductas dañinas.

La tarea no es fácil, pero el enemigo no es nuestro ser, sino una serie de acciones que ya podemos identificar con toda exactitud: adicciones que nos dañan, maltrato a nuestros hijos o cónyuge, explosiones de ira injustificadas, pereza propia de un niño mal educado, pensamientos con cabeza de murciélago y garras de buitre, entre muchos otros.

¡Ya basta! No sigamos dejándonos ir con la excusa de: así somos. Al contrario, detengámonos, veamos las cosas claramente como son, dominando nuestros pensamientos que como si fueran buitres, sólo se alimentan de carroña; cambiemos de conductas, abandonando las que destruyen nuestro cuerpo, nuestro espíritu y el amor de quienes más nos importan. ¡Dejemos de condenarnos como personas, pues además de ser irreal, es un acto de verdadera locura!

Es cierto que todas las personas del mundo padecemos de muchas limitaciones. Es verdad que todos vamos a sufrir la pérdida de seres muy queridos. Es una realidad que nuestras vidas se van a desarrollar entre adversidades, éxitos y fracasos. Nadie de nosotros va a escapar de abundantes dosis de sufrimiento físico y moral. Y también, es inevitable que todos vamos a morir para siempre.

Pero todo lo anterior es consustancial al ser humano. De estas realidades nadie se podrá evadir: ni las mujeres más bellas, ni las personas más inteligentes y ricas del planeta, ni reyes, presidentes, personas geniales...

Si esto va a ser así, la verdad es que de una manera o de otra, todos en una buena dosis aceptamos esta precariedad de cada uno de nosotros. Esta aceptación es inteligente, sensata y relativamente sencilla. Y por esto, la gran mayoría de nosotros somos felices.

Si hemos aceptado “lo peor”, de lo que nadie escapará, no hay mayor locura que agreguemos pensamientos que nos desquician más que las durísimas realidades que he señalado y que nos van a suceder.

¿Qué no es una locura pensar que nos consideremos incompetentes y fracasados, a pesar de todo lo que hemos logrado en la vida?

¿Qué no es una locura creer ciegamente que nuestro presente está lleno de males, cuando esto es una desmedida exageración?

¿Qué no es una locura estar convencidos que nuestro futuro esta preñado de desgracias, como si fuéramos dioses infalibles que podemos leer nuestro porvenir que aun no existe?

El Sabio y el Aprendiz

En su epístola 104, párrafo 26, Séneca nos da ésta reflexión: “No porque sean difíciles no nos atrevemos a algunas cosas, sino que son difíciles porque no nos atrevemos a ellas”. Quisiera, que por favor amigo, me explicaras esta reflexión de Séneca.

-¡Con gusto!, le contestó el sabio. Estamos en presencia de uno de los temas más importantes para todos los seres humanos: el saber por qué algunos se atreven y otros no, a iniciar una acción. Te voy a recordar una frase del príncipe de los poetas latinos, Virgilio, frase que ha servido de base para que una gran cantidad de escritores hayan redactado libros de autoayuda.

Me refiero, amigo, a ésta frase de Virgilio: “Pueden, porque creen que pueden”. La diferencia entre el triunfo y la derrota –siguió hablando el Sabio-, en muchas ocasiones depende solamente de que una persona sea haya “atrevido” a actuar, o bien, de que se haya paralizado por miedo, vergüenza, y en consecuencia, no haya actuado.

-¿Pero qué sucede en la mente y las emociones del que se atreve, y del que renuncia a atreverse?, le preguntó el Aprendiz. A ciencia cierta, nadie lo sabe, le contestó el Sabio. Solamente conocemos los resultados. El que se atreve actúa, y abandona la inacción. Aristóteles decía hace más de 2 mil 400 años, que “El principio es más de la mitad del todo”. Cuantitativamente, el principio no puede ser más de la mitad. Pero metafóricamente, sí lo es, pues el que ya arrancó, ya hizo lo más difícil: empezar, despegarse del lugar de la salida, renunciar a la dejadez, vencer el miedo para actuar, etc.

-¡Sí, tienes razón!, le contestó el Aprendiz, ¿pero qué hacer para romper esas cadenas de la inacción, que nos detienen? El príncipe de los poetas liricos de la Grecia Antigua, Píndaro, daba un consejo más valioso que todas las doctrinas psicológicas. A los temerosos de actuar, les decía: “Atrévete, atrévete más, atrévete aun más, pero no demasiado”. Un poeta romano lo dijo de otra manera: “Actúa con un prudente atrevimiento”.

Pienso –siguió hablando el Sabio-, que cuando queremos emprender un negocio, visitar a determinada persona que nos impone mucho, pero que necesitamos de ella; ejecutar una decisión sobre nuestra salud, enfrentarnos a un serio problema en donde tenemos que actuar, lo mejor es olvidarnos de las causas psicológicas que nos detienen, y, ¡actuar!. “Actuar con un prudente atrevimiento”.

Recuerda, amigo, lo que siempre Goethe recomendaba a todos y que llegó a escribirlo con una bellísima expresión: “La audacia tiene genio, poder y magia”. ¡Fíjate muy bien en estos dos ejemplos!: una persona está en las orillas de un lago con sus aguas tranquilas. Solo lo contempla, y de esa contemplación no surge nada. Luego, llega otra persona y avienta al centro del lago una piedra. De inmediato, en el lago aparecen ondas en forma de círculos que se expanden hacia las orillas. El que actúa, transforma una parte de su realidad. Su acción empieza a influir en personas y circunstancias, al igual que la piedra en el lago produce ondas expansivas. ¡Ésta es la magia de la acción! Produce resultados sorprendentes. De la inacción no obtendremos nada. De la acción, podremos esperarlo todo. ¡Atrévete!

En verdad, tienes razón, le dijo el Aprendiz. Desgraciadamente, el pensar mucho sobre lo que deseamos hacer, nos puede llevar a no actuar en definitiva.

-Así es: las cosas hay que pensarlas, pero hasta cierto punto, ya que la reflexión excesiva no es más que un mecanismo emocional de defensa, o una serie de pensamientos añadidos para no actuar, sino para justificar nuestros miedos ante nosotros mismos. Por ello, hay que actuar, como lo aconseja Goethe, o bien, pensar sólo un poco las cosas, que es el mensaje final del poeta de la Roma Antigua: “Actúa con un prudente atrevimiento”.

¿Entonces, –le preguntó el Aprendiz-, me recomiendas que siempre es mejor actuar? No siempre, por supuesto, pero cuando te detenga el miedo, sin contemplación alguna, ¡actúa, atrévete! El fabulista francés, Jean de La Fontaine, escribió: “La ciega fortuna sigue al ciego atrevimiento”. Y parece ser, que la Fortuna, loca como es, veleidosa, injusta y ciega, tiene una real preferencia por los atrevidos. A lo mejor, como la Fortuna es mujer, se le conquista más fácil, por el atrevimiento.

Es cierto, le contestó el Aprendiz. Leyendo la inmortal obra, “Eneida”, de Virgilio, en ella nos dice: “La fortuna es de los audaces”. Qué pena, que el tiempo se nos haya terminado-le dijo el Aprendiz a su amigo-, pero como siempre, después de hablar contigo, mi espíritu se eleva y quedo enriquecido.