sábado, 28 de abril de 2012

El libro, la lectura y la evolución humana

El libro, la lectura y la evolución humana El 23 de abril se ha declarado como “Día Mundial del libro”, ese genial artículo que fue posible gracias a la invención de la imprenta por Gutenberg y se convirtió desde ese momento en el más importante vehículo de comunicación a distancia y a través del tiempo. Sin él, el avance científico habría sido imposible, pero lo habría sido también la evolución intelectual de la especie humana de un modo tan culturalmente extendido como ha llegado a ser hasta nuestros días. Antes del arribo de la telemática, con sus casi infinitas posibilidades, y con ella, de Internet, no había rival para el libro como vehículo de conocimiento y aún, cualitativamente, de recreación. Había que leer un libro –o, cuando menos, en un libro- todo aquello que se requiriera aprender de teoría científica, de humanidades y hasta de ficción literaria, si se quería tener acceso a la cultura y la información en su estado más acabado y de mayor desarrollo. Había que estudiar en un libro –o, por extensión, en una revista científica- si se quería crecer en conocimientos. “Yo no estudio para saber más, sino para ignorar menos”, dijo Sor Juana Inés de la Cruz en algún momento, y la única manera seria de hacerlo era a través de los libros. Incluso hoy en día, cuando razones de accesibilidad, disponibilidad de espacio físico y hasta de costos, hay opciones electrónicas alternativas al libro tradicional, con todo y las ventajas que ofrecen, esas alternativas serán incapaces de proveer algunas de las innegables y placenteras ventajas características del libro impreso. ¿Quién no ha ido a la librería buscando un libro determinado y, lo encuentre o no, sale con otros que ni buscaba ni esperaba encontrar? Las librerías son, en efecto, lugares de recreación, de paseo, que con sólo pisarlas y echar una mirada ilustran y aportan esparcimiento. ¿Cómo sustituir el placer –y la necesidad- de hojear un libro desconocido para “probarlo” y “catar” sus propiedades en torno de un tema que en un momento desafía nuestro intelecto y nuestros conocimientos? Si se quiere escribir, pongamos por caso, sobre los orígenes del régimen presidencial ¿Dónde buscar y cómo? ¿Acaso no es útil, en la librería, hojear –sí, y también, aunque sea éste un lugar común, “ojear”- los libros que pudieran hacer referencia a tal cosa, darnos una pista sobre el tema o de plano abordarlo como nos convine que lo haga? Claro, eso lo hace muy bien, más fácil y rápidamente ese gran auxiliar de todo investigador -profesional o casual, frívolo o no- de temas y pistas que es Google; siempre estará Wikipedia, además, que ya desplazó inclusive a la proverbial “Britannica” y la sacó del mercado en su formato impreso cuando menos. Pero el placer del hallazgo fortuito, de la palabra desconocida o del concepto novedoso, de la idea nueva o iluminadora, de la novela o el autor de los que nada se sabía, sólo los libros y la búsqueda de ellos y en ellos lo pueden proporcionar. Hay que leer, en todo caso, para evolucionar. Leyendo se aprende a escribir y se automatiza la ortografía. Hasta se pule el estilo, con sólo un poco de cuidado que se ponga en ello. Incluso en la ficción, como devela Volpi en uno de sus más recientes libros -“Leer la mente”- tiene el poder de influir en la evolución humana, que se ve favorecida por el ejercicio de recrear en ella nuestro entorno, de modo que, al manipularlo, reordenarlo y moldearlo en nuestra mente, reflejando aun las percepciones ficticias, se incide también en funciones cerebrales que se desarrollan imperceptible, pero eficaz y perdurablemente. Leamos, pues, y crezcamos, haciéndolo, como seres humanos. No despreciemos en ello al arte y la ficción, que también contribuyen, tangiblemente, no sólo a la calidad de la vida de todos, sino también a la pericia intelectual de cada uno.

viernes, 6 de abril de 2012

El encuentro personal con Dios

Se dan los casos en los que, algunos católicos, consideran la administración de los sacramentos como si fueran una especie de magia. Porque la magia está ligada a un cierto “ceremonial”, que contiene algunas palabras, que se pronuncian sobre algunos objetos, por medio de los cuales, el mago intenta poner al hombre en contacto con fuerzas diabólicas.

De parte del hombre no se exige, ordinariamente, alguna actividad especial, es necesario solamente que el mago cumpla con lo prescrito por algún rito. Esto viene siendo en la realidad un “remedo supersticioso” de la administración de los sacramentos.

En efecto, para la administración de los sacramentos es necesario seguir un “ceremonial propio”, prescrito por las normas litúrgicas de la Iglesia, que, junto con determinadas acciones (por ejemplo, la imposición de las manos), se añaden ciertas palabras (por ejemplo cuando se administra el bautismo), también ciertos ritos (por ejemplo la unción con los santos óleos).

Toda la atención y la fe, en la celebración de los Sacramentos se dirigen a que se cumpla, con exactitud, lo prescrito por la Liturgia, de acuerdo al contenido de cada Sacramento, contenido, que se cumplirá, al momento de ser administrado. Sin embargo, suele suceder en la práctica, que se ignore “el encuentro personal con Dios”.

Es muy importante, por esto, aclarar que los sacramentos, no sólo presuponen el recibirlos con fe, sino que las palabras y los elementos rituales la alimentan, la fortalecen y la expresan, por esto, son llamados los “sacramentos de la fe”. La recepción de los sacramentos debe estar impregnada de fe. Cuando la fe ilumina con su luz la acción sacramental, esta acción adquiere la fuerza de una realidad muy rica, que exige del hombre una cooperación muy personal, para que pueda ponerlo en contacto vivo con Dios. Tratándose de la recepción de la gracia, en esta acción está presente, en primer lugar Dios Padre con su amor abierto hacia el hombre. Si Dios Padre no se dirigiera primero al hombre, no se realizaría la acción sacramental. Cada paso salvífico del hombre hacia Dios supone el paso gratuito de Dios hacia el hombre.

Y lo que el cristiano recibe con el sacramento es, simplemente, el efecto de este paso amoroso del Padre hacia él. Y, debido a que el sacramento es un “signo visible de la gracia invisible”, expresa, simbólicamente, la realidad invisible y personal de Dios. Esto es un misterio propio de las personas divinas.

Es por esto que el signo sacramental ofrece, de alguna manera, al hombre la vida personal de Dios, su misterio, o mejor: el Padre mismo ofrece su mano al hombre, por medio del signo sacramental, sin forzarlo de ninguna manera a aceptar la vida divina para unirlo a Él. Quien acepta libremente el signo sacramental se pone en la corriente que lo conduce al misterio personal de Dios y, se encuentra así, con el mismo Dios.

Jesucristo es el que, en este sistema sacramental, comunica su gracia al que recibe los Sacramentos. Jesucristo, así, continúa viviendo su “misterio pascual”, de muerte y resurrección en la Iglesia, en la Liturgia y en los Sacramentos. En efecto, son los sacramentos los que poseen, desde su fondo más íntimo, el “misterio pascual”. Y es precisamente por esto, que todos los Sacramentos, cada uno a su modo, significan y causan aquello que realiza el misterio de Cristo: la transformación salvífica de toda la existencia humana. San León Magno, ya lo expresaba así: “Aquello que era visible en nuestro Redentor pasó a convertirse en los Sacramentos”.

La actitud característica del “misterio pascual” de Cristo es el don de sí mismo, tanto a Dios Padre como a los hombres. Por esto es que los sacramentos representan a Cristo, precisamente en este “donarse a Dios Padre y a los hombres”, en los cuales Cristo se ofrece a los demás como el único acceso posible al misterio de la Santísima Trinidad.

Es claro, por lo tanto, que al recibir los sacramentos, el cristiano adulto no debe preocuparse, de manera superficial, de cumplir únicamente con el “rito” establecido. La recepción profunda de los sacramentos exige una participación plena y muy personal del hombre.

La Iglesia como un sacramento

La Iglesia nació directamente de Jesucristo, por eso es una “especie” de sacramento, “sacramento base”, en la visibilidad de su institución y en su gracia invisible, gracia que esta institución significa y comunica. La concepción de la Iglesia como sacramento es tan importante que merece ser considerada de manera especial.

No se trata, en efecto, de una expresión casual que la Iglesia quisiera usar sin darse cuenta de lo que dice, sino que muchas veces es una expresión bien usada y explicada.

Por ejemplo, cuando dice: “del costado de Cristo agonizante sobre la Cruz brotó el admirable sacramento de toda la Iglesia”.

En la Constitución dogmática “Lumen gentium” del Concilio Vaticano II, que trata sobre la naturaleza de la Iglesia, viene indicada, por una parte, la diferencia entre este sacramento y los “siete sacramentos”, porque la Iglesia es, según esta Constitución, “como un sacramento”, esto es, un sacramento sui generis, pero verdadero sacramento, porque significa y comunica la gracia:

La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, signo e instrumento de la íntima “unión con Dios”, unión que es producida precisamente por la gracia.

Por otro lado se ha dicho directamente que se trata del “sacramento de la salvación”, del “sacramento de la salvación humana”, y del “sacramento universal de la salvación”.

Entre los componentes de esta salvación universal, que la Iglesia, como sacramento, significa y comunica, se indica de manera particular, la unidad: la Iglesia es “sacramento de unidad”, esto es, Dios la ha constituido para que sea, para todos los hombres y para cada uno en particular, el sacramento visible de esta unidad salvífica, de la unidad que nace de la vida de la gracia, unidad que es de orden sobrenatural que, de alguna manera, unifica a la humanidad en general.

La Iglesia es, en efecto, “como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano.

Como consecuencia de que el mundo se está unificando cada vez más por el fenómeno de la “globalización” debido a la eficacia y velocidad de los medios masivos de telecomunicación, la familia humana está tomando conciencia de que “toda ella” es una sola comunidad en medio del Universo, con una sola historia.

Cuando la Iglesia se inserta en esta situación de la globalización, lo hace como verdadero sacramento de unidad salvífica, y declara al mundo entero que también ella trabaja por la unidad, declara que ella misma, para este trabajo común, posee fuerzas que tocan los más profundos fundamentos de la unidad del género humano, que ella es, inclusive, el “signo eficaz” de la unidad.

La sacramentalidad de la Iglesia brota de Jesucristo: “Cristo es la luz de las naciones” y esta luz resplandece en el rostro de la Iglesia.

La Iglesia es, en Cristo, como un sacramento, signo e instrumento de la unión con Dios y de la unión de todo el género humano. En Jesucristo la Iglesia es la luz del mundo, en Él es el sacramento de la salvación y de la unidad.

El Pueblo de Dios

José Luis del Río y Santiago Con este término no debemos entender a todos los fieles enfrentados a la Jerarquía, sino más bien a la Iglesia en su totalidad, con todas las familias, comunidades y grupos que la conforman, pero todos ellos bajo el punto de vista de un pueblo, que Dios convoca para Él, que se le manifiesta, lo santifica, lo guía y, por medio de él, dirige al mundo entero hacia la perfecta unidad.

La Iglesia describe brevemente a este “Pueblo de Dios” como la expresión de la voluntad salvífica y soberana de Dios, que no está ligada a las situaciones limitadas de cada época histórica ni sólo a la pertenencia de un determinado pueblo. Todos pueden ser salvados.

En todo tiempo y en toda nación, Dios acepta a cualquiera que cree en Él y actúa con la justicia. Sin embargo, la actividad salvífica de Dios en la historia se resume en la formación de un especial “Pueblo de Dios”, con el cual Dios, ya desde el Antiguo Testamento, pactó una alianza y cómo poco a poco, lo instruye, en cada época de la historia se le Revela, le da a conocer su Voluntad y lo santifica. Sin embargo, esto es solamente la preparación y la imagen de la nueva y perfecta alianza a través de una Revelación más perfecta por medio de Jesucristo.

En esta Nueva Alianza el Pueblo de Dios se fundamenta no sólo en la carne sino, sobre todo, en el Espíritu, compuesta por judíos y no judíos, cuya cabeza es Jesucristo, que es también cabeza de toda la humanidad. El conocimiento de esta Nueva Alianza es más profundo y personal por la acción del Espíritu Santo y la aceptación de la Ley de Dios, como lo expresa Jeremías: “Pondré mi Ley en su interior y la escribiré en sus corazones”. El punto de partida de esta “Comunidad salvífica” es su institución en la Sangre de Cristo y, entre los hombres se instituye en la asimilación de la Palabra de Dios por medio de la fe y en el nuevo nacimiento como hijos de Dios a través del bautismo y la gracia del Espíritu Santo. En efecto, el individuo, en esta Nueva Alianza, se santifica convirtiéndose en miembro del nuevo Pueblo de Dios.

La independencia y las características de este Pueblo quedan establecidas por el hecho de que recibe determinadas estructuras operativas de su cabeza que es Cristo, tanto en su etapa terrena como en su glorificación. Además, el hecho de pertenecer a este Pueblo, trae como consecuencia el poder gozar de la libertad de los hijos de Dios. El orden y el bienestar de este Pueblo, brotan de la ley fundamental del amor. La formación de este Pueblo es la preparación de la realización del Reino de Dios hasta el fin de los tiempos. En este sentido este Pueblo Mesiánico constituye, para toda la humanidad, un “germen validísimo” de unidad, de esperanza y de salvación.

De la misma manera que ya al Israel del Antiguo Testamento se le llamaba Iglesia de Dios, así también al nuevo Israel se le llama Iglesia de Cristo. La Iglesia expresa de manera muy concisa el origen de su existencia y su fin, con estas palabras: el ser y que hacer de la Iglesia como Comunidad es la acción creadora, convocadora y unificadora de la voluntad salvífica de Dios. La causa histórica inmediata es Jesucristo, cuyo don es la salvación, la unidad y la paz. El fin es la realización de la unidad de toda la humanidad para formar “la gran familia de los hijos de Dios”. El sujeto de la salvación es, en primer lugar, y directamente, el Pueblo, la Comunidad, la Iglesia como “modelo” de la Alianza, mientras que cada individuo es sujeto sólo en cuanto que es miembro de este Pueblo portador de las promesas mesiánicas. Todos los caminos salvíficos de Dios conducen a la formación de una Gran Comunidad. Sin embargo, los hombres que no conocen este plan de la voluntad de Dios de formar un Gran Pueblo, y, por lo tanto no se constituyen como miembros de la Iglesia, (pero que, sin embargo, si siguen la voz de su conciencia), se colocan en el camino hacia esta Gran Comunidad y se orientan hacia la edificación del Reino de Dios.

¿En dónde pues está la importancia de la existencia de este “Pueblo de Dios”? Está en que este “Pueblo”, es la expresión del amor y de la Misericordia de Dios hacia los hombres. Esto es lo que ilustra bien la continuidad, (y también las diferencias) entre la Antigua y la Nueva Alianza. Esto expresa una más profunda actuación de la Iglesia en cuanto “comunión en el amor”, comunidad o asamblea. Esto también ayuda al trabajo del ecumenismo, especialmente en el diálogo con iglesias evangélicas. Esta realidad de “Pueblo de Dios” se acerca más, a la manera de entender las cosas, de la doctrina oriental de los ortodoxos y de la doctrina occidental sobre la Iglesia. Esta concepción de la Iglesia corresponde a las revelaciones de la Sagrada Escritura.

Importancia de la revelación

José Luis del Río y Santiago Nunca, como ahora, el Magisterio de la Iglesia ha afrontado con tanta atención el asunto de la Revelación. Es cierto, que lo hace siguiendo todavía las pistas del Concilio de Trento y del Vaticano I, como lo manifiesta la introducción de la Constitución Dogmática sobre la Divina Relación del Vaticano II. Sin embargo, nunca se ha restringido al contenido de estos dos Concilios sino, más bien, los continúa, los desarrolla más ampliamente e, inclusive, los aclara en muchos puntos que los Concilios anteriores dejaron con cierta unilateralidad.

La Iglesia concibe la Revelación como un “donarse” de Dios mismo y como una “participación” que Dios hace de sí mismo a la humanidad, y no sólo de manera puramente intelectual como si se tratara de una simple comunicación de palabras que hablaran de Dios y sobre sus intenciones salvíficas, sino que “Dios tuvo a bien, en su bondad y sabiduría, revelar el misterio de su Voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, tienen acceso a Dios Padre para participar de su naturaleza Divina. Con este modo de Revelarse, Dios invisible, en su grande amor, habla a los hombres como a amigos y se entrelaza con ellos para invitarlos y admitirlos a la plena comunión con Él.

Por lo demás, la Revelación, en general, no se reduce sólo a palabras, no es sólo “doctrina”, sino, más bien una unión íntima de la acción y las palabras. En efecto: “Esta economía de la Revelación se manifiesta tanto con hechos y como con palabras, íntimamente ligados, de tal manera que las obras, realizadas por Dios en la historia de la salvación, manifiestan y refuerzan la doctrina y las realidades salvíficas expresadas por las palabras, y estas mismas palabras manifiestan las obras divinas y clarifican el misterio contenido en ellas”.

La Revelación es, por lo tanto, “la intervención” de Dios en la humanidad, en su historia. Intervención de Dios, que pone en movimiento los sucesos de la historia y abarca, como “elemento íntimo y esencial”, también la palabra, precisamente aquella palabra que suscita la fe en el hombre.

De la misma manera que la Revelación de parte de Dios es la “participación” de Dios mismo, así también, la respuesta del hombre a esta Revelación es la fe, en el sentido en que lo dice san Pablo en la carta a los Romanos: “A Dios que se revela, se le debe la obediencia de la fe”. (Rom. 16, 26), con la cual, el hombre, se abandona a Dios por entero y libremente, entregándole el “pleno obsequio de la inteligencia y de la voluntad”, adhiriéndose voluntariamente a la Revelación dada por Él. Y para que pueda darse, en la realidad, esta fe, es necesaria la intervención de la Gracia de Dios, que lo ayuda interiormente, con la acción del Espíritu Santo que mueve el corazón y lo atrae hacia Dios, abre los “oídos” de la mente, y da a todos la dulzura en el consentir y creer a la Verdad. Se trata, por lo tanto, de “donarse” a Dios que se manifiesta al hombre, inclusive de manera experimental.

Todo aquello que los Apóstoles recibieron directamente de Jesucristo o “por inspiración del Espíritu Santo” es “predicación Apostólica”. Esta fue, transmitida posteriormente a la Iglesia “por la Tradición” por medio de la palabra oral y bajo la inspiración del Espíritu Santo fue puesta por escrito por los “Apóstoles o por los hombres íntimamente ligados a ellos”. Esta palabra escrita es la Sagrada Escritura, a la cual se debe un especial honor, porque en ella, la predicación Apostólica “se expresa de un modo especial”.

¿Cuál es la relación entre la Tradición y la Sagrada Escritura?. La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, están estrechamente ligadas y comunicadas entre ellas. Porque ambas brotan de la misma Fuente Divina, de tal manera que, en cierto modo, forman “una sola cosa” y tienden al mismo fin. En efecto, la Sagrada Escritura es palabra de Dios en cuanto fue escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo y la Sagrada Tradición, recibida oralmente, transmite también la Palabra de Dios, confiada por Jesucristo y por el Espíritu Santo a los Apóstoles. Y a sus sucesores, a fin de que, iluminados por el Espíritu de la Verdad, con su predicación, la conserven fielmente y por escrito, la comuniquen y la difundan. La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, constituyen un solo “Sagrado Depósito” de la Palabra de Dios confiada a la Iglesia.

La custodia de la Revelación fue confiada por Jesucristo al Magisterio de la Iglesia, cuando dijo a sus Apóstoles: “…lo que aten en la tierra será atado en el Cielo y lo que desaten en la tierra será desatado en el Cielo” (Mt. 18, 18). En efecto, el Magisterio no es superior a la Palabra de Dios, sino que, más bien, es servidor de Ella. Así, enseñando, solamente aquello que ha sido “transmitido” por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, expone fielmente aquella Palabra. Y, de esta manera, a partir de este único Depósito de la Fe, el Magisterio de la Iglesia lo propone para ser creído como “Revelación de Dios”. Por lo tanto, el Magisterio de la Iglesia “sirve” a la Palabra de Dios, y debe, antes de enseñarla, escucharla con devoción.

Todo aquello que ha sido Revelado en la Sagrada Escritura, es Verdad Divina. Sin embargo, es necesario definir con precisión, “qué cosa” ha sido Revelado. Por esto, el intérprete debe investigar con cuidado, qué cosa intentaron y quisieron expresar los Autores Sagrados y qué cosa quiso Dios manifestar a través de las palabras de ellos. Sólo así podemos “entender bien aquello que Dios ha querido comunicarnos”.

En esta investigación, se debe poner mucho cuidado, y mucha diligencia al momento de examinar el contenido y la unidad de “toda” la Sagrada Escritura, teniendo muy en cuenta lo transmitido por la Viva Tradición que, entre otras cosas, hace presentes aquellas verdades que han manifestado las Declaraciones Dogmáticas. Sin embargo, al mismo tiempo, la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación del Vaticano II, muy abierta a las constataciones modernas de la Ciencia Bíblica, llama la atención para tener cuidado en lo que expresan los “géneros literarios”. En efecto, para conocer la intención de los Autores Sagrados, se debe tener en cuenta también estos, así llamados, “géneros literarios", pues la Verdad puede venir expresada en los textos de la Escritura, en varios modos: históricos, proféticos o poéticos, o con otros diferentes “modos de hablar”.

Es necesario, por lo tanto, que el intérprete investigue el sentido que el Autor Sagrado intentó expresar, y descubra cuáles fueron las circunstancias y las condiciones ambientales que prevalecían en su tiempo, y que quedaron redactadas a través de los modos de hablar que se usaban entonces. Para comprender en su justo valor, aquello que el Autor Sagrado quiso asegurar en sus escritos, se debe poner la debida atención a los modos habituales de entender, de expresarse y de narrar que se usaban en aquellos tiempos y que estaban en uso en las relaciones humanas de entonces.

Es claro, que la Ciencia Bíblica se encuentra ante tareas muy difíciles. Sin embargo, la Iglesia invita, decididamente, a los intérpretes, a cumplir con diligencia su arduo trabajo. Si bien es cierto, que la Iglesia tiene el mismo Espíritu que inspiró a los Autores Sagrados, no pretende en lo más mínimo disminuir, por esto, su trabajo de investigación. En el fondo está, precisamente, este Espíritu que atrae la atención de ambos sobre estos trabajos y les hace saber “el sentido” que intentó comunicarles. Por esto, la Iglesia, en su interpretación de la Sagrada Escritura, busca, al elaborar sus juicios, enriquecerse con los “datos previos”, proporcionados por el mismo método de investigación. ¡He aquí una de las sabias actitudes de la Iglesia!

La Sagrada Escritura: Coloquio de Dios con el hombre

José Luis del Río y Santiago De la misma manera que la Revelación no es sólo comunicación de palabras y acciones de Dios, sino que es la participación de Dios mismo, así también, un cristiano interesado en conocer la Sagrada Escritura no se reduce a la sola recepción de las declaraciones de Dios, sino que más bien se presta a llevar a cabo un “contacto vital” con este Dios y llegar así a una experiencia vital con Él.

La Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación expresa este hecho de una manera muy bella: “En los Libros Sagrados, el Padre que está en los Cielos viene con mucha amabilidad al encuentro con sus hijos y platica con ellos”.

Más adelante esta misma Constitución exhorta a “todos los fieles” a recordar que “la lectura de la Sagrada Escritura, debe ser acompañada con la oración, a fin de que pueda establecerse el coloquio entre Dios y el hombre, porque ‘cuando oramos, hablamos con Él, a Él escuchamos cuando leemos su Palabra’. (San Ambrosio)”.

La “oración fundamental” es ya, la fe misma. Porque para la fe es necesaria la Gracia de Dios que previene y ayuda, ya que el Espíritu Santo mueve los corazones y los dirige hacia Dios, abre los ojos de la mente y da a todos “dulzura en el consentir y en el creer a la Verdad”, para que el hombre pueda “por entero y libremente” abandonarse a Dios y prestarle la obediencia de la fe.

“Mover los corazones, dirigir el corazón a Dios, abrir los ojos de la mente, dar dulzura, son expresiones de la “experiencia religiosa”, en la cual, el cristiano es, por una parte, “movido por Dios”, y por otra, “eleva su propia alma a Dios”, esto es, ora. La fe misma es ya una especie de oración, oración fundamental. Y, debido a que no existe fe sin la lectura cristiana de la Sagrada Escritura, es obvio que en esta fe se realiza aquello que desea la Iglesia cuando dice que “la lectura de la Sagrada Escritura debe ir siempre acompañada por la oración, a fin de que pueda desenvolverse el coloquio entre Dios y el hombre porque `cuando oramos, hablamos con Él, y a Él escuchamos cuando leemos su Palabra´”.

La Iglesia está constituida por cristianos, para los cuales la Sagrada Escritura es “fuente pura y perenne” de su vida espiritual. Podemos comprender entonces cómo la Iglesia pueda afirmar que Dios, no cesa de hablar con la Esposa de Su Hijo Predilecto.

Y sólo así es como podemos comprender plenamente por qué la Sagrada Escritura es Palabra “viva”. Por eso se debe referir a la Sagrada Escritura aquello que se ha dicho: “… la Palabra de Dios es viva y eficaz que sirve para edificar a todos los santificados”. (1 Tes. 2,13).

Es así como se puede comprender a fondo cómo la Constitución sobre la Liturgia pueda hablar, al mismo tiempo, de la “mesa del Cuerpo del Señor” y de la “mesa de la Palabra de Dios”. Pues aunque la Palabra de Dios es verdadero Pan, se entiende, de modo diferente del Cuerpo de Cristo, también se entiende que es el mismo Jesús que se entrega como Alimento Espiritual. Además, el Decreto sobre el ministerio y vida de los sacerdotes, afirma justamente: “Los fieles se alimentan del Verbo Divino en la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Sagrada Eucaristía”. Y la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación subraya: “La Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras como lo hace con el Cuerpo mismo de Cristo, no faltando nunca, sobre todo en la Sagrada Liturgia, de nutrirse del Pan de la Vida en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo”.

Todos aquellos que en la Iglesia anuncian la Palabra de Dios, deben primero “escucharla interiormente”: “Por esto, es necesario que todos los clérigos, principalmente los sacerdotes y todos los que, como los diáconos y los catequistas, ejercen legítimamente el ministerio de la Palabra, para que conserven un contacto continuo con la Escritura, mediante una sagrada lectura y el estudio cuidadoso, a fin de que no se conviertan en `vanos predicadores de la Palabra de Dios que escuchan, sólo de manera exterior, sin haber escuchado interiormente´ (san Agustín), sino que deben participar a los fieles, confiados a ellos, las sobreabundantes riquezas de la Palabra Divina”.

los sacerdotes nunca deben olvidar que es el Señor el que abre los corazones, y que su superioridad no proviene de ellos mismos sino del poder de Dios que, en el acto mismo de predicar la Palabra se unen más íntimamente con Cristo Maestro y son, así, guiados por el Espíritu Santo.

La oración fundamental

I DE II

Durante la oración, y fuera de ella, hay en el cristiano un vínculo con Dios mucho más fuerte de lo que generalmente se piensa. Dios no habla con el hombre como el hombre habla con otro hombre, no lo “toca” como sucede entre los hombres. El hablar de Dios con el hombre y su entrada en la vida del hombre son algo “absolutamente particular”. Pero, con todo, es una realidad.

El mismo comienzo de la oración ya comprende una “intervención precedente” de Dios en el alma. La oración cristiana, en efecto, es ya una Gracia especial de Dios. Según santo Tomás de Aquino, es precisamente Dios el que “induce a la oración”, es Él quien despierta el alma para la oración. Hay en todo comienzo de la oración una cierta semejanza con el Anuncio del arcángel Gabriel a la Virgen María. También, en la oración, Dios “desciende” a la creatura, desea habitarla, unirse a ella, espera el fíat de parte del hombre, desea el diálogo con el hombre.

Precisamente por este diálogo también el Espíritu Santo viene en ayuda del cristiano que ora. En efecto, y, de manera semejante, también el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos con precisión ni siquiera cómo se ha de pedir en la oración, ni cómo convenga pedirlo, pero el Espíritu Santo, en persona, intercede por nosotros con gemidos inexpresables de amor (no con palabras que pudiera tener el pensamiento humano), y Él eleva y asume nuestro débil lenguaje con esos sus “gemidos” de amor (Rom. 8, 26).

La imagen según la cual el Espíritu Santo compone nuestra oración es la oración que, como Espíritu de Cristo, compone, en Cristo mismo, el Hijo del Padre. Oración que adquiere su pleno sentido en las siguientes palabras de San Pablo: “Son, en efecto, oraciones dichas bajo la moción del Espíritu de Dios (que hace que nuestra oración sea semejante a la que hace el Hijo) que nos hace exclamar: ‘¡Abba, Padre!’ (Rom. 8, 15-16).

Sin embargo, este Espíritu guía al cristiano no solamente en la oración, sino también en toda su vida. Toda la existencia del cristiano tiene un vínculo vital con Dios. Dios, en efecto, se dirige a nuestra vida, actúa en ella y la dirige hacia Él, aun cuando el cristiano no piense expresamente en Dios, porque aun en el trasfondo del trabajo y en las distracciones ordinarias están presentes aquellas fuerzas que constituyen la “oración fundamental”, que son: la fe, la esperanza y la caridad. Fuerzas que, aun permaneciendo ocultas, dan al ser del cristiano aquella tendencia fundamental hacia Dios, como nos la ha revelado Jesucristo. Fuerzas, que realizan aquella fundamental “elevación del Espíritu a Dios”, lo que constituye ya la oración. Por esto, hay en el cristiano, por medio de aquellas fuerzas, tanto en su trabajo como en medio de las distracciones ordinarias, el eco lejano de aquel “Abba Padre” que el Espíritu Santo compone en la oración.

Ahora, de este modo, por medio de la vida de fe, esperanza y caridad, la oración se extiende a toda la existencia ordinaria del cristiano. En efecto, en esta existencia ordinaria, hay algunos límites precisos entre los tiempos de oración y de no oración. La oración es (fundamentalmente por medio de la fe, la esperanza y la caridad) un vínculo vital con Dios, y este vínculo, por medio de sus propias fuerzas, actúa, aun en los tiempos que no son estrictamente de oración.

La fe, la esperanza y la caridad, como un elemento común de los tiempos de oración y de no oración, y como soporte del “vínculo vital” con Dios y con Jesucristo, son presentadas por la Iglesia de la siguiente manera: “La espiritualidad de los laicos, en orden al apostolado, tiene como fuente y origen a Jesucristo, mandado por el Padre, y es evidente que su fecundidad depende de su unión vital con Jesucristo, según el dicho de Él: Quién permanece en Mí y Yo en él, produce mucho fruto, porque sin Mí no pueden hacer nada. (Jn. 15, 5)”. Esta vida de unión íntima con Jesucristo se alimenta en la Iglesia con el apoyo espiritual común a todos los fieles, sobre todo cuando participan de manera activa en la Sagrada Liturgia.

Y este apoyo debe ser aprovechado por los laicos, de tal manera que, mientras cumplan perfectamente los deberes del mundo, en las condiciones ordinarias de la vida, no se separen de su “unión vital” con Jesucristo, sino que, cumpliendo sus propias actividades, según la Voluntad Divina, crezcan siempre más, por lo que en estas actividades deben vivir, naturalmente, la fe, la esperanza y la caridad. Ni el cuidado de la familia ni los compromisos civiles deben ser extraños a la espiritualidad de su vida, según el dicho del Apóstol: “Todo aquello que hagan, de palabra o de obra, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios y al Padre por medio de Él” (Col. 3, 17). También la Iglesia indica expresamente las fuerzas que hacen posible esta vida de alabanza a Dios cuando dice: “Tal vida requiere un continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad”. En primer lugar el continuo ejercicio de la fe: “Sólo a la luz de la fe es posible, siempre y en todo lugar, conocer a Dios, en el cual vivimos, nos movemos y somos (Hechos 17, 28), buscando en todo acontecimiento su Voluntad. Hay que ver a Jesucristo en todo hombre, juzgar rectamente el verdadero sentido y valor que tienen las cosas temporales en sí mismas y en orden a nuestro fin último”.

Además de la fe es necesaria la vida de la esperanza: “Quien tiene la fe, vive en la esperanza de la revelación de los hijos de Dios, en la contemplación de la cruz y de la Resurrección del Señor. En la peregrinación de la vida presente, ocultos con Cristo en Dios y libres de la esclavitud de las riquezas, mientras contemplan los bienes eternos, con ánimo generoso, se dedican totalmente a extender el Reino de Dios y a animar y perfeccionar con espíritu cristiano el orden temporal”. Es necesario, en fin, un continuo ejercicio de la caridad: “Impulsados por el amor que viene de Dios, hacen el bien a todos… eliminando toda malicia y todo engaño, las hipocresías y las envidias, y todas las maldiciones (1 Pedro 2, 1) y atrayendo, así, a todos los hombres a Cristo. El amor de Dios, infundido en nuestro corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom. 5, 5), hace capaces a los laicos de expresar realmente en su vida el Espíritu de las Bienaventuranzas. Cultivando la amistad cristiana entre ellos, se dan ayuda mutua en cualquier necesidad”. (Hechos 4).

La Iglesia nos enseña así, cómo es la verdadera vida cristiana, que está siempre impregnada por la fe, por la esperanza y por la caridad. Y, es así, a través de estas virtudes, que nos unen vitalmente con Dios, que la vida cristiana, en su totalidad, se convierte en verdadera oración.