domingo, 13 de noviembre de 2016

LA OTRA CARA DE MÉXICO 2

LA OTRA CARA DE MÉXICO 2
Les parece si seguimos con algo de gastronomía?
Aunque la dieta indígena fue anterior, el origen de la actual cocina mexicana se establece durante la colonización española. Por ello, la mayor parte de sus ingredientes son de origen español. De origen indígena es el maíz, el chile(conocido en casi todo el mundo hispano parlante como ají), los frijoles, calabazas, aguacates, camote, jitomates, cacao, el guajolote y muchas frutas y condimentos más. De igual manera, algunas técnicas de cocina que se emplean en la actualidad son herencia de los pueblos prehispánicos, como la nixtamalización del maíz, el cocimiento de alimentos en hornos a ras de tierra, la molienda en molcajete y metate. Con los españoles llegaron las carnes de puerco, res y pollo; la pimienta, el azúcar, la leche y todos sus derivados, el trigo y el arroz, los cítricos y otra constelación de ingredientes que forman parte de la dieta cotidiana de los mexicanos.
De ese encuentro de dos tradiciones culinarias con milenios de antigüedad, nacieron el pozole, el mole, la barbacoa y los tamales en sus formas actuales, el chocolate, una variada gama de panes, los tacos, y el amplio repertorio de antojitos mexicanos. Nacieron bebidas como el atole, el champurrado, el chocolate con leche y las aguas frescas; postres como el acitrón (biznaga) y toda la gama de dulces cristalizados, el rompope, la Cajeta, la jericaya y el amplio repertorio de delicias creadas en los conventos de monjas en todas partes del país.
Algunas bebidas mexicanas han rebasado sus fronteras y se consumen cotidianamente en América Central, Estados Unidos, Canadá, España y Filipinas; tal es el caso del agua de Jamaica, la horchata de arroz, el agua de raíz, las margaritas y el propio tequila.
La historia del país y sus vínculos con otros pueblos permitieron la incorporación de otras cocinas a la cocina mexicana. La Nao de China, que en realidad era un galeón de Manila, trajo del oriente una gama de variadas especias y sobre todo, el arroz. Un buen mole poblano es impensable sin arroz a la mexicana. La cocina árabe llegó a México indirectamente por medio de los españoles conquistadores. También la relación con los países latinoamericanos dejó su impronta en la cocina popular, quizá los casos más conocidos son los ceviches y los moros con cristianos deudores de la gastronomía cubana, que han sido asimilados y reelaborados con ingredientes propios de México.
Las invasiones dejaron su huella en toda la cultura mexicana, y la cocina no es la excepción. El gusto por la carne de res molida llegó con el ejército belga de Carlota. El pan de caja fue, según la leyenda, un invento de las tropas estadounidenses que vinieron a México en 1847. La llegada de inmigrantes de otras latitudes en todo el siglo XIX y XX también participó en la construcción de la gastronomía mexicana. Como ejemplo, los quesos italianos y la polenta que hoy se fabrican enChipilo, Puebla; o los franceses de Orizaba al igual que su pan y los alemanes (menonitas) de Chihuahua. Los mineros ingleses de México sentaron las bases delpaste, un hojaldre que hoy se rellena lo mismo de queso y papas que de mole verde de pepitas de calabaza.
Las tortas son unos emparedados elaborados con pan llamado telera y, al igual que los tacos, diversos alimentos tales como jamón con queso, carne al pastor, cochinita pibil, carne de pollo. Se dice que se originaron durante la Guerra de Reforma cuando se necesitaba encontrar una forma de distribuir alimentos entre las tropas mexicanas.
En el año 2005, México presentó la candidatura de su gastronomía para que fuera declarada como parte del Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco. Era la primera vez que un país ha presentado su tradición gastronómica para tal efecto. Sin embargo, el resultado fue negativo, pues, según el fallo, el comité no puso el énfasis adecuado en la importancia del maíz en la cocina mexicana. Finalmente, el 16 de noviembre de 2010 la gastronomía mexicana fue por fin reconocida por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
Seguimos con la cultura
Lo mexicano
Lo mexicano es aquello que caracteriza al ser de México y su pueblo. Se trata de una construcción intelectual producto de los acercamientos de especialistas a la realidad cultural del país. Al intentar capturar en una sola figura la realidad multicultural de México, el resultado del análisis intelectual ha producido una serie de estereotipos y lugares comunes sobre lo que es ser mexicano. Este discurso acerca de lo mexicano ha sido empleado en el campo político para legitimar el poder, y al mismo tiempo se impone a la población del país como un hecho fuera de toda duda.
La construcción intelectual de lo mexicano está en diálogo con el triunfo del nacionalismo revolucionario que nació después de la Revolución de 1910. En la reflexión sobre el asunto han participado figuras como José Vasconcelos,153 Samuel Ramos,154 Emilio Uranga,155 José Gaos, Leopoldo Zea, Jorge Portilla y Salvador Pérez Nevares. Ocupa un lugar privilegiado Octavio Paz, autor de El laberinto de la soledad. A partir de la década de los ochenta, otros autores han aportado una visión crítica al tema del carácter de lo mexicano. Entre ellos se encuentran Roger Bartra, José del Val yArturo Warman.
Música
Algunos de los más reconocidos compositores mexicanos de música académica son Julián Carrillo, Juventino Rosas, Felipe Villanueva, Ricardo Castro, Silvestre Revueltas, Manuel M. Ponce, Carlos Chávez, José Pablo Moncayo, Arturo Márquez, Mario Lavista, Manuel Enríquez y Julio Estrada, entre otros.
Ópera
En 1711 se estrenó en la Ciudad de México la ópera La Parténope con música de Manuel de Sumaya, maestro de la capilla catedralicia y, junto con Francisco López y Capillas y Juan Gutiérrez de Padilla, el más grande compositor barroco mexicano. La especial importancia de ésta ópera es que es la primera compuesta en América del Norte y la primera ópera compuesta en el continente por un compositor del continente americano. Esta ópera da inicio a la fecunda y aún poco estudiada historia de la creación operística mexicana no interrumpida desde entonces durante trescientos años.
La ópera Guatemotzín de Aniceto Ortega es el primer intento consciente por incorporar elementos nativos a las características formales de la ópera. Dentro de la producción operística mexicana del siglo XIX sobresalen la ópera Agorante, rey de la Nubia de Miguel Meneses, estrenada durante las festividades conmemorativas por el cumpleaños del emperador Maximiliano I de México, las óperas Pirro de Aragón de Leonardo Canales, Keofar de Felipe Villanueva, y, ante todo,
la producción operística de Melesio Morales, el compositor mexicano de óperas más importante del siglo XIX, cuyas obras tuvieron gran éxito entre el público de la Ciudad de México y que, aún, se llegaron a estrenar en Europa. En la primera mitad del siglo XX sobresalen en la creación operística mexicana Julián Carrillo y los compositores cercanos a él como Antonio Gomezanda, Juan León Mariscal, Julia Alonso, Sofía Cancino de Cuevas, José F. Vásquez, Arnulfo Miramontes, Rafael J. Tello,Francisco Camacho Vega, Efraín Pérez Cámara. Todos ellos han sido relegados por la historiografía musical oficial que tan sólo reconoció la obra de los compositores nacionalistas.
Desde finales del siglo XX en México (y toda Latinoamérica) hay un creciente interés de los compositores por escribir ópera. Entre los compositores mexicanos de inicios del siglo XXI que sobresalen con sus óperas debe mencionarse a Federico Ibarra, Daniel Catán, Leandro Espinosa, Marcela Rodríguez, Víctor Rasgado,Javier Álvarez, Roberto Bañuelas, Luis Jaime Cortez, Julio Estrada, Gabriela Ortiz, Enrique González Medina, Manuel Henríquez Romero, Leopoldo Novoa, Hilda Paredes, Mario Stern, René Torres, Juan Trigos, Samuel Zyman, Mathias Hinke,Ricardo Zohn-Muldoon, Isaac Bañuelos, Gabriel de Dios Figueroa, Enrique González-Medina, José Carlos Ibáñez Olvera, Víctor Mendoza y Emmanuel Vázquez.
La difusión de la ópera mexicana es casi nula por varias razones. De ellas sobresalen dos. Durante el periodo inmediato a la guerra civil mal llamada Revolución Mexicana, los gobiernos del poder de la llamada Dictadura Perfecta, en su mayoría de muy bajo nivel educativo y, aún, analfabetas, mandaron destruir los teatros de ópera existentes en la Ciudad de México. El segundo factor para la poca difusión de la cultura mexicana operística es que las autoridades correspondientes no programan las obras. Aún después del término de la Dictadura Perfecta y la restauración de la Democracia en México en el año 2000, las autoridades culturales no se han preocupado por enmendar esta política de desconocimiento de la cultura mexicana operística. Finalmente, la falta de un teatro de ópera exclusivo para la difusión de la cultura operística mexicana (y latinoamericana) es una gran falla y falta en México. Finalmente debe añadirse que el 98 % de la música compuesta en México (y Latinoamérica) jamás ha sido publicada. De esto se deduce que una de las mayores necesidades dentro de la cultura de México (y Latinoamérica) es un programa especial de rescate, edición y publicación de la música de los compositores mexicanos (y latinoamericanos).
Música popular y folclórica
La música mexicana es el resultado de diversas influencias. Se sabe muy poco de la música prehispánica, aunque son abundantes los grupos que reivindican esa tradición a lo largo de todo el país. La danza del Venado, de los indios yaquis de Sonora y mayos de Sonora y Sinaloa, es uno de los pocos testimonios de la música prehispánica que han persistido hasta nuestros días, tanto en su instrumentación como en la lírica; aunque también existen registros de sones del costumbre de otras etnias como los tének de San Luis Potosí y su danza del tigrillo o los huaves de Oaxaca y sus sones de la tortuga, etc. En los pueblos precolombinos, el único instrumento de cuerda usado era el arco percutor y la música era más rítmica y creadora de atmósferas que melódica. También el eeneg (monocordio), de la familia de los cordófonos, es utilizado por los komkaak. Entre los instrumentos que se utilizaban está el teponaztli y el huehuetl, siendo el primero un instrumento idiófono y el segundo un instrumento membranófono; las ocarinas y flautas de barro o carrizo, raspadores de hueso o de madera, y cascabeles. Tras la llegada de los españoles, los indígenas aprendieron de los misioneros la música europea. Muchas de las danzas de Conquista que se practican en las comunidades indígenas del país tienen origen en ese tiempo; igual que ciertos géneros asociados con el culto católico, como la danza de Matachines y el son de Concheros, entre otros. En Tabasco, en la ciudad de Tenosique, cada año se celebra el carnaval, que muchos dicen es el más raro del mundo, el cual inicia con la danza del pochó. La música indígena endémica, también se vio fuertemente influenciada por las danzas de los esclavos y los negros cimarrones, cosa que es más fácil de apreciar en la música de las comunidades indígenas de Guerrero, Oaxaca, Chiapas y Tabasco, entre otros.
Internacionalmente conocido es el conjunto del mariachi, asociado a las grandes figuras de la "canción mexicana" ranchera, que tuvo su período de florecimiento entre las décadas de 1940 a 1970. Procedente del occidente de México, específicamente del estado de Jalisco, el mariachi era originalmente un conjunto folclórico e indígena, y su indumentaria nada tenía que ver con la del charro (es decir, el traje de los ricos hacendados ganaderos). Interpretaban "sones de mariachi" hasta su llegada a la Ciudad de México, a principios del siglo XX donde se transformaron (y continúan haciéndolo) y comenzaron a tocar "canciones bravías", corridos y boleros adaptándolos a su estilo. Lucha Reyes fue una de las primeras figuras que grabó éxitos acompañada de mariachi. En la "Época de Oro" del cine mexicano, los mariachis se dieron a conocer al mundo con las películas de Jorge Negrete y Pedro Infante. Con Javier Solís se pone de moda el bolero acompañado de mariachi, con Miguel Aceves Mejía se incorpora el falsete del huapango y con José Alfredo Jiménez se retoman los valores provincianos de la gente pobre en las ciudades. Actualmente la música ranchera acompañada con mariachi sigue teniendo importantes intérpretes y compositores que han rebasado las fronteras nacionales surgiendo un género musical propio que año con año diversos cantantes reciben premiaciones, entre los cantantes del momento más reconocidos por su trayectoria y popularidad en muchas partes del mundo está Vicente Fernández y Juan Gabriel.
El son es una música en la cual se mezclan las influencias indígenas, españolas y africanas, incluso asiáticas en algunos casos. Se trata de un género con ritmo de 6/8, cuya instrumentación varía de región en región. Además de los ya señalados sones de mariachi, hay son jarocho, son huasteco (huapango), son abajeño y muchos más. Géneros de aparición más tardía son la jarana y la trova yucateca, que se cultivan en la península de Yucatán, y que recibieron influencia caribeña (especialmente del son cubano y el bambuco colombiano); y la chilena, originaria de los estados de Guerrero y Oaxaca, la chilena de Costa Chica recibió la influencia de la cueca chilena y la marinera peruana.
El jarabe es una sucesión continua de sones y danzas (algo así como una "suite" mexicana) el nombre viene del tiempo en el que los "boticarios" (farmacéuticos) elaboraban remedios combinando diversos elementos llamados "jarabes". Existen los jarabes Tapatío, Mixteco, del Valle, Tlaxcalteca, Michoacano, etc.
A principios del siglo XX y hasta fines de los años 30, con la influencia del romanticismo tardío, tuvo su auge la llamada "canción fina mexicana" (término no muy claro) muy en el gusto popular no obstante que era interpretada por cantantes líricos, como Pedro Vargas, Álvaro Carrillo y Nicolás Urcelay. Algunos de los autores de este tipo de canciones más notables fueron Agustín Lara y María Grever influidos por el estilo de los compositores mexicanos e italianos de fines del siglo XIX.
El bolero, que llegó del Caribe a México a través de Yucatán, se convirtió en uno de los géneros favoritos del público. Durante las décadas de 1940 a 1960, muchos tríos de guitarras y voces armonizadas, como Los Panchos fueron célebres. Recientemente el bolero ha recobrado popularidad.
Dentro de los grandes cantantes de música folclórica mexicana se encuentran Óscar Chávez, La Tehua (María del Rosario Graciela Rayas Trejo), Gabino Palomares, Guillermo Velázquez y Amparo Ochoa, quienes basan sus canciones en raíces indígenas y al mismo tiempo componen canciones tratando problemáticas de las culturas indígenas. Erasmo Palma es un violinista rarámuri que ha logrado destacar en otros países con su música tradicional y cantos en su lengua materna y en castellano.
Otras intérpretes de la música tradicional mexicana son: Jaramar, Alejandra Robles, Susana Harp, Georgina Meneses y Lila Downs, esta última canta en diversas lenguas, principalmente en español e inglés. En su estilo musical reivindica las raíces de los pueblos indígenas mexicanos, entre ellos el mixteco, zapoteco, purépecha, maya y náhuatl, además de las música regional de México y el mundo como la música ranchera, el son, la chilena, la cumbia, el bolero, el pop-rock, el jazz, la bossa nova, entre otros ritmos y géneros musicales.
Música popular contemporánea
La música endógena incluye el mariachi, el norteño (grupero), la banda duranguense y sinaloense. La música moderna hace su aparición en los 50 así como el movimiento del rock and roll en México y es cantado en castellano como parte del fenómeno musical mundial. El rock mexicano se fue desarrollando por medio de la creciente cultura urbana a finales de los años 60, que revoluciona el pensamiento y el baile en estilo libre de expresión. Eventos masivos y festivales nacen en los 70, como es el caso histórico del festival Avándaro a partir de ahí fueron censuradas y reprimidas las manifestaciones contemporáneas artísticas.
La música contemporánea, además del rock mexicano (o rock nacional, representado por Maná, el Tri, Molotov, Caifanes, Café Tacvba, Julieta Venegas yPanda, entre otros), el heavy metal, la electrónica, el hip hop, el pop, el punk, el reggae y la música alternativa. Como parte del multiculturalismo global en los 80 se manifiestan estilos, actitudes y sonidos nuevos como el rock progresivo con fusión de instrumentos sinfónicos y étnicos, el heavy metal, el punk, el reggae, etc. Estos llegan a combinarse con sonidos mexicanos dando lugar a diversas manifestaciones musicales dentro de un mismo campo.
El mariachi en su forma más comercial, se ha modificado para dar lugar a arreglos (mariachi light) y ejecutar canciones más parecidas a una balada que a un son o una canción ranchera. Sus intérpretes son producto de las grandes empresas de Televisión.
La música de banda sinaloense ha transformado la tradicional "banda de pueblo" (de metales y alientos) en un fenómeno mediático y comercial, también urbano debido a la incesante migración de campesinos a las grandes ciudades. Junto con la "Banda Sinaloense", el género más difundido por algunos musicólogos representa la asimilación al sur del Estados Unidos a su vez "chicanizado" y tiene una enorme aceptación en todo el país. Consiste en una combinación de la música norteña con el "country" (que algunos etnomusicólogos afirman, nació en Coahuila), la balada de los años 70, el y la cumbia, género importado y asimilado desde Colombia. Surge durante los años 90 con "grupos" de ejecutantes con rasgos mexicanos y ataviados como vaqueros estadounidenses y han ido sustituyendo los instrumentos norteños: tololoche, redoba y acordeón por el bajo eléctrico, batería y sintetizador.
La música tropical ocupa un gran espacio de afición en varias regiones del país, derivado principalmente de la llegada de ritmos tropicales desde la isla de Cuba desde los años de 1920 popularizado en los filmes de la época dorada del cine mexicano, así el Cha-cha-cha y el Mambo invaden la radio de los años 40 y 50, mimetizándose a la idiosincrasia del mexicano, Dámaso Pérez Pradocompone Mambos dedicados a las instituciones educativas mas grandes de México la UNAM y al IPN, Sonora Matancera se vuelve un ícono de Cuba en México. El músico mexicano Tony Camargo es uno de los más grandes representantes de ésta música y pionero de la misma en el país, su éxito "El año viejo" le llevó a la cúspide y se volvió un clásico hasta la actualidad. Sin embargo otros ritmos tropicales llegan al país, el Guaguancó, Boogaloo entre otros, comienzan a grabarse por artistas mexicanos, Sonora Santanera se vuelve la más popular al imitar el estilo de las orquestas cubanas con los boleros tropicales entre otros ritmos, pero a partir de los años 60 proveniente de otros países del Caribe y también de Estados Unidos, llega la Salsa, además, desde Colombia, llega la Cumbia, todos éstos ritmos en conjunto se asimilaron por grupos musicales mexicanos formando al "género tropical", la popularidad a lo largo de varias décadas ha hecho se formen variantes tropicales locales que se han mezclado con la música folclórica mexicana, ejemplos como la cumbia mexicana son parte de ésta fusión, de la cual, la agrupación de mayor éxito en años recientes ha sido Los Ángeles Azules. El fenómeno sonidero y sus bailes callejeros también es derivado de ésta afición a la música tropical en el país.

LA OTRA CARA DE MÉXICO 1

LA OTRA CARA DE MÉXICO 1
Que tal amigos bueno pues en esta ocasión vengo a hablarles sobre mi país del cual me siento profundamente orgulloso dejando de lado todos los acontecimientos desafortunados que están ocurriendo en el mismo (violencia,narcotrafico,crimen organizado, etc. ) y bueno pues me he dado cuenta que últimamente hay muchos post de mexicanos preguntándose ¿porque el odio hacia nosotros? y en esos post muestran a nuestro país como el mejor, como el país que no tiene problemas y que tiene una sociedad perfecta, cosa que no me agrada ya que si vamos a hablar sobre nuestro país no podemos negar ni callar las cosas malas que pasan aquí es por eso que he decidido crear este post para demostrarle al resto de las personas lo mucho que vale mi país pero también los muchos errores que se han cometido con él y la situación que hoy por hoy se vive aquí.
En este apartado hablare sobre la historia de mi país desde la conquista española para mayor brevedad
La Conquista de México se refiere principalmente al sometimiento del estado mexica o azteca, logrado por Hernán Cortés en el nombre del rey Carlos I de España y a favor del Imperio español entre 1519 y 1521. El 13 de agosto de este último año, la ciudad de México-Tenochtitlan cayó en poder de los conquistadores españoles, después de dos años de enconados intentos bélicos, políticos y conspirativos, en los que participaron activamente junto con los españoles invasores, los pueblos previamente avasallados por los mexicas, en un afán por rebelarse —aprovechando la alianza circunstancial de los recién llegados— de las condiciones de sojuzgamiento en que vivían.
Hubo otras expediciones y campañas militares, tanto de Hernán Cortés como de sus capitanes, entre 1521 y 1525, en la zona central, norte y sur del territorio de la actual nación mexicana, las cuales fueron estableciendo paulatinamente los límites de la Nueva España. A partir de estos acontecimientos que modificaron drásticamente la geopolítica mundial en los albores del siglo XVI, habrían de transcurrir aproximadamente tres siglos de dominación y colonialismo para que gran parte de los territorios se transformaran por medio de una guerra de independencia, en lo que es hoy finalmente la República mexicana.
Las conquistas y colonizaciones de la península de Baja California, de la península de Yucatán, de la zona occidental de lo que hoy es México —conocida como Nueva Galicia—, de la zona noreste conocida como Nuevo Reino de León, y de la zona norte en donde se encontraba la Nueva Vizcaya fueron realizadas posteriormente por diversos conquistadores y Adelantados.
Las fuentes principales de información de las campañas de Cortés y sus capitanes son las crónicas de Indias redactadas en el siglo XVI, de las que destacan la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, quien participó en las campañas bélicas, las cartas de relación de Hernán Cortés al rey Carlos I de España, y la obra de Francisco López de Gómara, conocida como Historia general de las Indias, quien nunca pisó el continente americano pero conoció a Cortés y se documentó con los relatos de los soldados que participaron en la conquista.
Pasemos a nuestra guerra de independencia
La Independencia de México fue la consecuencia de un proceso político y social resuelto por la vía de las armas, que puso fin al dominio español en los territorios de Nueva España. La guerra por la independencia mexicana se extendió desde el Grito de Dolores, el 16 de septiembre de 1810, hasta la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821.
El movimiento independentista mexicano tiene como marco la Ilustración y las revoluciones liberales de la última parte del siglo XVIII. Por esa época la élite ilustrada comenzaba a reflexionar acerca de las relaciones de España con sus colonias. Los cambios en la estructura social y política derivados de las reformas borbónicas, a los que se sumó una profunda crisis económica en Nueva España, también generaron un malestar entre algunos segmentos de la población.
La ocupación francesa de la metrópoli en 1808 desencadenó en Nueva España una crisis política que desembocó en el movimiento armado. En ese año, el rey Carlos IV y Fernando VII abdicaron sucesivamente en favor de Napoleón Bonaparte, que dejó la corona de España a su hermano José Bonaparte. Como respuesta, el ayuntamiento de México —con apoyo del virrey José de Iturrigaray— reclamó la soberanía en ausencia del rey legítimo; la reacción condujo a un golpe de Estado contra el virrey y llevó a la cárcel a los cabecillas del movimiento.
A pesar de la derrota de los criollos en la Ciudad de México en 1808, en otras ciudades de Nueva España se reunieron pequeños grupos de conjurados que pretendieron seguir los pasos del ayuntamiento de México. Tal fue el caso de la conjura de Valladolid, descubierta en 1809 y cuyos participantes fueron puestos en prisión. En 1810, los conspiradores de Querétaro estuvieron a punto de correr la misma suerte pero, al verse descubiertos, optaron por tomar las armas el 16 de septiembre en compañía de los habitantes indígenas y campesinos del pueblo de Dolores (Guanajuato), convocados por el cura Miguel Hidalgo y Costilla.
A partir de 1810, el movimiento independentista pasó por varias etapas, pues los sucesivos líderes fueron puestos en prisión o ejecutados por las fuerzas leales a España. Al principio se reivindicaba la soberanía de Fernando VII sobre España y sus colonias, pero los líderes asumieron después posturas más radicales, incluyendo cuestiones de orden social como la abolición de la esclavitud. José María Morelos y Pavón convocó a las provincias independentistas a conformar el Congreso de Anáhuac, que dotó al movimiento insurgente de un marco legal propio. Tras la derrota de Morelos, el movimiento se redujo a una guerra de guerrillas. Hacia 1820, sólo quedaban algunos núcleos rebeldes, sobre todo en la sierra Madre del Sur y en Veracruz.
La rehabilitación de la Constitución de Cádiz en 1820 alentó el cambio de postura de las élites novohispanas, que hasta ahí habían respaldado el dominio español. Al ver afectados sus intereses, los criollos monarquistas decidieron apoyar la independencia de Nueva España, para lo cual buscaron aliarse con la resistencia insurgente. Agustín de Iturbide dirigió el brazo militar de los conspiradores, y a principios de 1821 pudo encontrarse con Vicente Guerrero. Ambos proclamaron el Plan de Iguala, que convocó a la unión de todas las facciones insurgentes y contó con el apoyo de la aristocracia y el clero de Nueva España. Finalmente, la independencia de México se consumó el 27 de septiembre de 1821.
Tras esto, Nueva España se convirtió en el Imperio Mexicano, una efímera monarquía católica que dio paso a una república federal en 1823, entre conflictos internos y la separación de América Central.
Después de algunos intentos de reconquista, incluyendo la expedición de Isidro Barradas en 1829, España reconoció la independencia de México en 1836, tras el fallecimiento del monarca Fernando VII.
Sigamos con uno de los acontecimientos mas grandes de mi país LA REVOLUCION
A Revolución Mexicana fue un conflicto armado, iniciado el 20 de noviembre de 1910 con un levantamiento encabezado por Francisco I. Madero contra el presidente autócrata Porfirio Díaz. Se caracterizó por varios movimientos socialistas, liberales, anarquistas, populistas y agrarios. Aunque en principio era una lucha contra el orden establecido, con el tiempo se transformó en una guerra civil; suele ser considerada como el acontecimiento político y social más importante del siglo XX en México.
Los antecedentes del conflicto se remontan a la situación de México bajo el Porfiriato. Desde 1876 el general oaxaqueño Porfirio Díaz encabezó el ejercicio del poder en el país de manera dictatorial. La situación se prolongó por 34 años, durante los cuales México experimentó un notable crecimiento económico y estabilidad política. Estos logros se realizaron con altos costos económicos y sociales, que pagaron los estratos menos favorecidos de la sociedad y la oposición política al régimen de Díaz. Durante la primera década del siglo XX estallaron varias crisis en diversas esferas de la vida nacional, que reflejaban el creciente descontento de algunos sectores con el Porfiriato.
Cuando Díaz aseguró en una entrevista que se retiraría al finalizar su mandato sin buscar la reelección, la situación política comenzó a agitarse. La oposición al gobierno cobró relevancia ante la postura manifestada por Díaz. En ese contexto, Francisco I. Madero realizó diversas giras en el país con miras a formar un partido político que eligiera a sus candidatos en una asamblea nacional y compitiera en las elecciones. Díaz lanzó una nueva candidatura a la presidencia y Madero fue arrestado en San Luis Potosí por sedición. Durante su estancia en la cárcel se llevaron a cabo las elecciones que dieron el triunfo a Díaz.
Madero logró escapar de la prisión estatal y huyó a los Estados Unidos. Desde San Antonio proclamó el Plan de San Luis, que llamaba a tomar las armas contra el gobierno de Díaz el 20 de noviembre de 1910. El conflicto armado tuvo lugar en primera instancia al norte del país y posteriormente se expandió a otras partes del territorio nacional. Una vez que los sublevados ocuparon Ciudad Juárez (Chihuahua), Porfirio Díaz presentó su renuncia y se exilió en Francia.
En 1911 se realizaron nuevas elecciones donde resultó electo Madero. Desde el comienzo de su mandato tuvo diferencias con otros líderes revolucionarios, que provocaron el levantamiento de Emiliano Zapata y Pascual Orozco contra el gobierno maderista. En 1913 un movimiento contrarrevolucionario, encabezado por Félix Díaz, Bernardo Reyes y Victoriano Huerta, dio un golpe de Estado. El levantamiento militar, conocido como Decena Trágica, terminó con el asesinato de Madero, su hermano Gustavo y el vicepresidente Pino Suárez. Huerta asumió la presidencia, lo que ocasionó la reacción de varios jefes revolucionarios como Venustiano Carranza y Francisco Villa. Tras poco más de un año de lucha, y después de la ocupación estadounidense de Veracruz, Huerta renunció a la presidencia y huyó del país.
A partir de ese suceso se profundizaron las diferencias entre las facciones que habían luchado contra Huerta, lo que desencadenó nuevos conflictos. Carranza, jefe de la Revolución de acuerdo con el Plan de Guadalupe, convocó a todas las fuerzas a la Convención de Aguascalientes para nombrar un líder único. En esa reunión Eulalio Gutiérrez fue designado presidente del país, pero las hostilidades reiniciaron cuando Carranza desconoció el acuerdo. Después de derrotar a la Convención, los constitucionalistas pudieron iniciar trabajos para la redacción de una nueva constitución y llevar a Carranza a la presidencia en 1917. La lucha entre facciones estaba lejos de concluir. En el reacomodo de las fuerzas fueron asesinados los principales jefes revolucionarios: Zapata en 1919, Carranza en 1920, Villa en 1923, y Obregón en 1928.
Que tal? bueno estos fueron los acontecimientos que han marcado mucho la historia de mi país (con esto no quiero decir que sean los únicos ya que hay infinidad de sucesos importantes pero tomo solo estos ejemplos para ser mas breve

POEMA DE AMOR

Poema de amor
Este poema no es apto para novios, si alguna pareja piensa casarse, o juntarse, por favor que no lo lea.
ÉL ¡Qué feliz soy, amor mío!
pronto estaremos casados,
el desayuno en la cama,
un buen jugo y pan tostado.
Con huevos bien revueltitos,
todo listo bien temprano.
Saldré yo hacia la oficina
y tú rápido al mercado.
Pues en sólo media hora
debo llegar al trabajo,
y seguro dejarás
todo ya bien arreglado.
Tu bien sabes que de noche
me gusta cenar temprano.
Eso sí, nunca te olvides
que yo vuelvo muy cansado.
Por la noche, teleseries,
Cinemateca barato.
No iremos nunca de shopping,
ni de restaurantes caros,
ni de gastar los dineros,
ni despilfarrar los cuartos.
Tu guisarás para mi,
sólo comida casera.
Yo no soy como a la gente
que le gusta comer fuera…
¿No te parece, querida
que serán días gloriosos?
y no olvides que muy pronto,
yo seré tu amante esposo.
ELLA ¡Qué sincero eres, mi amor!
¡Qué oportunas tus palabras!
Tú esperas tanto de mí
que me siento intimidada.
No sé hacer huevos revueltos
como tu mamá adorada,
se me quema el pan tostado…
de cocina no sé nada.
A mi me gusta dormir
casi toda la mañana,
ir de shopping, hacer compras
con la Mastercard dorada.
Tomar té o el cafecito
en alguna linda plaza,
comprar todo de diseño
y la ropita muy cara.
Conciertos de Luis Miguel,
cenas en La Guacamaya,
mis viajes a Punta Cana
a pasar la temporada.
Piénsalo bien, aún hay tiempo,
la iglesia no está pagada.
Yo devuelvo mi vestido,
y tú, tu traje de gala.
Y el domingo bien temprano
para empezar la semana
pon un aviso en el diario,
con letra bien destacada:
“HOMBRE JOVEN Y BUEN MOZO
BUSCA UNA ESCLAVA MUY LERDA
PORQUE SU EX FUTURA ESPOSA,
¡¡¡AYER LO MANDÓ A LA MIERDA !!!”

¿POR QUÉ NOS GUSTA TANTO LA FIESTA Y EL RELAJO



¿POR QUÉ NOS GUSTA TANTO LA FIESTA Y EL RELAJO?
Es propio del mexicano encontrar circunstancias para reunirse. ¿Qué se encierra en este acontecer a veces multitudinario? El mexicano hace fiesta por todo, casi podríamos decir que el mexicano vive para el festejo, pero ¿por qué? En primer lugar, porque las fiestas son divertidas. En contraste con la atmósfera de lo cotidiano, del día a día, el fin de semana aparece ante nosotros como un momento en el que podemos relajarnos, es decir, convivir y celebrar con amigos y compañeros la alegría de ser…¿de ser qué? De ser nosotros mismos. Se impone necesariamente una pregunta: ¿por qué reflexionar sobre este tema en un momento como el actual?
El mexicano hace su día a día en un plano irreflexivo y es este acontecer, este “motivo importante” que es la fiesta, lo que lo revive y reconstituye cada semana. La fiesta y el relajo se oponen a la seriedad que se adueña de nosotros la mayor parte del tiempo; suspenden nuestro trajín y nos colocan cara a cara con nosotros mismos. Llegados a este punto, es inevitable no recordar a Jorge Portilla, el único filósofo mexicano que ha pensado el relajo “con seriedad”. Así describía a sus contemporáneos en La fenomenología del relajo (1966):
Hombres de talento (…) todos parecían absolutamente incapaces de resistir la menor ocasión de iniciar una corriente de chocarrería que una vez desatada resultaba incontrolable y frustraba continuamente la aparición de sus mejores cualidades. Era como si tuvieran miedo de su propia excelencia y se sintieran obligados a impedir su manifestación. Sólo la asumían en diálogo con un amigo o en estado de ebriedad. (…) Era, hoy lo veo claro, una generación (…) Entregada en realidad, a una lenta autodestrucción.[1]
¿Cuántas de estas líneas no reflejan, aún ahora, nuestra realidad? ¿Será el relajo una característica inherente a su generación o algo propio de todos los mexicanos? Me inclino por la segunda opción. La fiesta aparece para nosotros como un “hecho constitutivo” en el mundo, es decir, una acción beligerante frente a lo impuesto por la sociedad.
La fiesta, por otra parte, inaugura una comunidad. Resulta complicado imaginar una reunión entretenida con un solo participante. Esta nueva comunidad inaugura, a su vez, todo un código de convivencia. Surgen, por decirlo así, nuevos códigos de comunicación.
El lenguaje es uno de los componentes humanos más importantes que existen. Sea producto social o fenómeno evolutivo, es innegable que hay más lenguajes que el escrito o el hablado. El mexicano ha formado todo un lenguaje de “lo lúdico”. Gesticulaciones, palabras, gestos de desfogue y gozo son frecuentes en dichos eventos cuya finalidad es extender este momento de suspensión indefinidamente. No basta un chiste o una palabra socarrona para iniciar el relajo, éste debe de sustraer al hombre de su entorno cotidiano. La persona se encuentra y reconoce en aquél que, en constante oposición con su realidad, es capaz de encontrar un momento para jugar. Se equivoca quien crea que los juegos son cosa de niños y criaturas inmaduras. En éstos podemos encontrar momentos de goce puro, ajenos al sistema y desprovistos de intereses.
En los juegos que son parte de la fiesta, el hombre se encuentra en el plano de la realidad que decida. Somos, por un breve momento, dueños de nuestro propio destino. No importan las leyes de la Naturaleza y de la buena o mala fortuna. Hay en el juego una especie de igualdad preestablecida, muy a la manera de los hinchas del futbol, como se escribió anteriormente. ¿El propósito del juego? Pasársela bien. Divertirse.
La asignación de roles que se lleva a cabo en los juegos se basa en las características y aptitudes de los que nos rodean. Así, no sorprenderá saber que aquél con capacidades de liderazgo y que goza de una confianza general, es el encargado de llevar las cuentas o el dinero. Es en el juego donde, libres de todas las máscaras que nos cubren, nuestra verdadera personalidad sale a la superficie. El juego es para el infante uno de los mejores formadores de carácter que existen. Aprenderá a ser educado, a reconocer la derrota, a tener prudencia, a tomar decisiones. ¿La recompensa? Un momento de triunfo que, festejado en común, enseña la importancia de la pertenencia.
Las caras y carcajadas de aquellos que nos rodean, una buena comida, música, aunado a un ánimo festivo y cordial, nos hacen olvidar todo aquello que nos acongoja. Somos, porque estamos allí reunidos. Somos, porque nos encontramos con el otro, nos reconocemos en el otro. Somos, porque a las complicaciones de la vida sabemos responder con una sonrisa.
Para Jorge Portilla, “el relajo es el sentido de una conducta”. Se sabe que todas las conductas tienen un propósito, un fin. Después de analizar brevemente este acontecer recurrente en la vida de los mexicanos, podemos afirmar que la fiesta tiene un propósito que la lleva más lejos del mero “olvido del ser”. El mexicano festeja porque este hecho en sí está plagado de sentido y de rechazo ante su situación actual. Festeja porque haciéndolo se constituye como lo que es. ¿Para qué pensar la fiesta en tiempos trágicos como los actuales? La fiesta no conoce la crisis. Más aún, la fiesta es tal vez un paliativo en medio de tanta violencia, injusticia y dolor. El relajo, en el fondo, es un acto de disidencia política.
No dejemos que se pierda el elemento lúdico de nuestras vidas. Aferrémonos a las risas, el juego y la compañía de aquellos amigos que sacan lo mejor de nosotros en la fiesta, permitiéndonos ser tal cual somos.
Reciban un abrazo de oso.

LEER TE HACE MEJOR PERSONA

¿LEER TE HACE MEJOR PERSONA?
Leyendo a autores como Lev Tolstói o Virginia Woolf uno tiene la impresión de que está aprendiendo a vivir. La literatura ha tenido siempre una vocación pedagógica y moralizante, a pesar de que algunos filósofos a lo largo de la historia han reivindicado el valor supra o infrasensible, por decirlo así, de las obras literarias. Platón expulsó a Homero y a buena parte de los poetas de su República ideal pues los consideraba perniciosos para la salud pública. El veredicto de Platón no podía haber sido más desfavorable: la literatura, según esto, comete el triple crimen de ser fea, deshonesta y malvada. No sólo no dice nada sobre la realidad, sino que nos engaña, poniendo ante nuestros ojos imágenes de objetos en vez de objetos. Pero el tiempo no pasa en balde, y ahora –veinticinco siglos después– podemos oponer a las tesis del divino Platón las tesis de Lev Tolstói o Virginia Woolf, por mencionar sólo a dos de nuestros clásicos. La cuestión no concluye aquí, desde luego. Siempre hay un modo de volver a Platón. Uno puede preguntar, todavía, si los libros sirven para algo. ¿Leer te hace mejor persona? Hombres muy cultivados, cuya vida transcurre única y exclusivamente en el plano espiritual, cometen de buenas a primeras actos rastreros y viles: éste fue el triste caso de Theodore Kaczynski, matemático brillante, terrorista y autor del “Manifiesto Unabomber”. No hace falta acudir a los archivos de la Santa Inquisición para enterarse de la diversidad y los alcances de las perversiones humanas, basta con echarle un vistazo a las biografías de los escritores más prominentes. Me refiero al Marqués de Sade, Guillaume Apollinaire, Georges Bataille, por supuesto, y a los enfants terribles de la literatura, como Baudelaire, Rimbaud o Jean Genet, pero también a William S. Burroughs, que mató a su esposa de un tiro en una casa de la colonia Roma, o Edgar Allan Poe, Malcolm Lowry y Hemingway, conocidos borrachos, o incluso Horacio Quiroga, que asesinó a su amigo, o Agatha Christie, que desapareció de la faz de la Tierra durante once días sin que nadie nunca jamás se enterase de su paradero, o la propia Virginia Woolf, que se suicidó adentrándose a las aguas del río Ouse con piedras en los bolsillos. ¿Son estos los hombres y las mujeres de los que debemos aprender algo sobre la vida? Absolutamente sí.
Los devaneos entre la realidad y la literatura son ricos y muy complejos. No es ninguna casualidad que las obras de los grandes realistas franceses –Zola, Bálzac, Flaubert– coincidan con la etapa de mayor florecimiento de la burguesía. Se ha dicho a menudo que el realismo fungió tanto de testigo como de censor de la sociedad francesa decimonónica. Ambas tareas las llevó a cabo lúcida y escrupulosamente. En su momento, la publicación de Madame Bovary levantó ámpula en el sector más conservador, cristiano y platónico de Francia –el cristianismo, decía Nietzsche, es platonismo para el pueblo–. Lo verdaderamente inmoral y escandaloso de Madame Bovary no era el retrato de una mujer adúltera, sino el talento de Flaubert para penetrar en la psique de la sociedad francesa y sacar a la luz, poniéndolas en palabras, las fuerzas motrices de una vida cada vez más dominada por los valores del capitalismo. Un esfuerzo semejante de reducción de ilusiones o desenmascaramiento lo debemos a los hermeneutas de las sospecha: Marx, Nietzsche y Freud. La Comedia humana de Bálzac puede leerse en esta tesitura: como la sospecha de que hay móviles ocultos e inconfesados detrás de las acciones y el palabrerío de la gente. ¡Cuántos hombres no habrán visto –y todavía ven– la disección de su propia frenética avaricia en las páginas de Eugenie Grandet! ¡Cuántas mujeres no habrán descubierto dentro de sí honduras insospechadas, deseos inefables, leyendo y releyendo –con espantosa avidez– los pensamientos de Emma Bovary! El realismo francés no era una corriente dócil y de “amas de casa”, como suele decirse con tono lapidario y despectivo. ¿Una primera lectura de “El collar” de Maupassant no es suficiente para que nos replanteemos el significado de la existencia como trabajo asalariado, del empeño de nuestras fuerzas vitales a cambio de un collar, o peor aún, a cambio de nada? A pesar del nombre, el realismo francés no se contentaba con la realidad; por el contrario, la repudiaba con una mueca de superioridad burlona, y si le prestaba atención era sólo para denunciar sus males. Francia cuenta con una larga tradición de sospechosistas. Tanto Voltaire como Diderot y Montesquieu fueron críticos implacables del viejo régimen francés, pero también del régimen democrático que apenas despuntaba. Montaigne, el padre del género ensayístico, veía incertidumbre donde los demás sólo veían certezas. Sus dudas sólo son comparables a las de Descartes, el máximo sospechosista.
En México también tuvimos a nuestros escritores realistas, sólo que aquí el realismo compartió lecho con una corriente en principio antípoda, a saber, el romanticismo. No sucedió que algunos escritores se decantaran por el realismo y otros por el romanticismo, como acaso era lo más lógico, sino que un mismo escritor se ejercitó en ambas corrientes. Uno de los mayores exponentes del estilo ecléctico mexicano fue Manuel Gutiérrez Nájera. Gracias al entrecruce de realismo –afán de avizorar– con el romanticismo –afán de sentir y de exaltarse– tuvo éxito en nuestro país la corriente híbrida del naturalismo, desde La Rumba de Ángel de Campo hasta Santa de Federico Gamboa, pasando por la Historia de Chucho el Ninfo de José Tomás de Cuéllar. En todos estos casos –como en Zola, Flaubert, Bálzac–, el libro analiza la realidad al tiempo que forceja con ella, y no nos esconde estos forcejos, sino que los exhibe orgullosamente. De aquí que en las novelas decimonónicas abunden las moralejas que tanto ruido nos causan en la actualidad –cuando decir nada o decir algo con frases crípticas (que es lo mismo) nos resulta muy encomiable y sobre todo vendible–. Sin embargo, ¿este movimiento doble de reduplicación y corrección de la realidad no es el movimiento típico de la literatura? Los libros son los grandes laboratorios de la humanidad, decía Barthes, dando a entender que la literatura es indisociable de su espíritu crítico y reformista. De ser así, toda la literatura, incluidos Homero y los grandes trágicos –Esquilo, Sófocles, Eurípides–, es literatura realista. No hay tal vez libro que no tenga una vocación pedagógica, y esta vocación le viene de la toma de postura que le dio origen. ¿Todo libro surge de un pronunciamiento moral? Probablemente sí. La literatura, como la metafísica, tiene su piedra de toque en la pregunta por el ser. ¿Por qué el ser y no más bien la nada? No fueron pocos los filósofos del siglo XX que lo comprendieron de esta manera. María Zambrano, en su libroFilosofía y poesía, reivindicó el estatuto epistémico del arte, exonerándola por fin de los tres crímenes que le imputara Platón. Paul Ricoeur hizo lo propio en Tiempo y narración, donde recurrió a Proust, Virginia Woolf y Thomas Mann para pensar la cuestión del tiempo. Zambrano, Ricoeur y otros se limitaron a reconocer el hecho, por demás corriente, de que la literatura participa activamente de la vida. Anna Karénina, como el tratado de filosofía que es, enseña a sus lectores a sondear todas las dimensiones de la condición humana –algunas décadas antes del nacimiento del psiconálisis–. Virginia Woolf, por su parte, escribió la meditación que Descartes, Kant o Husserl no pudieron escribir. ¿No acaso la señora Dalloway, con su garbo de señora inglesa, practica la introspección y la autognosis como el más avezado de los fenomenólogos?

¿DÓNDE ESTÁN LOS BUENOS LECTORES?



¿DÓNDE ESTÁN LOS (BUENOS) LECTORES?
¿Dónde están los lectores, en general, y dónde están, en específico, los “buenos” lectores? En otras palabras, ¿en qué radica el carácter “bueno” o “malo”, “pertinente” o “impertinente” de una lectura?
Definamos tentativamente la experiencia de la lectura como el encontronazo entre un libro y un lector, es decir, entre dos mundos, ya que, a mi juicio, tanto libro como lector son portadores de una perspectiva única –históricamente determinada– sobre ciertos valores capitales de la cultura. Entendida de este modo, la lectura sería un diálogo y un intercambio de posiciones. El lector incide en el libro no menos que el libro en el lector. Toma lugar un movimiento doble de reactualización de la obra en la lectura y transformación de la conciencia lectora. El mundo de ficción sale entonces de su confinamiento para trastocar el mundo “real” –el mundo nuestro de cada día–. (Gadamer llamó a este momento en que el libro, arrancado inicialmente del mundo –y puesto en un estante– se reinserta en la realidad, cobrando vida, un plus o incremento de ser: el lector, cuando cierra el libro, no es el mismo: hay en él algo más.)
En resumen, la lectura de un buen libro es por definición una experiencia enriquecedora, pero es, al mismo tiempo, una experiencia subyugante. Para entender mejor este punto, acudamos a Thomas Mann. Cuenta el escritor alemán que una vez adquirió dos libros, más por el gusto de poseerlos que para estudiarlos. Años después, habiéndose ya olvidado de ellos, los encontró por casualidad en un anaquel recóndito de la biblioteca, detrás de muchos volúmenes. No bien los tomó entre sus manos y leyó las primeras páginas, se enfrascó en una ardorosa lectura, “y así leí día y noche, como, sin duda, sólo se lee una vez en la vida”[1]. Se trataba, nada más y nada menos, que de la monumental obra de Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación.
Thomas Mann, desde luego, no es el único que ha tenido este tipo de experiencias arrebatadoras. Yo mismo, más de una vez, he soltado frases del tipo: “¡el libro me cautivó!”, “¡quedé atrapado en sus páginas!” o “¡me sumergí en la historia!”. Todas estas expresiones captan con fidelidad la experiencia de una buena lectura. Thomas Mann, dijimos, se enfrascó en el libro de Schopenhauer, aplicándose con tanta intensidad al acto de la lectura, que no le quedó atención para otra cosa. Cuando afirmo que el libro lo arrebató no estoy exagerando: el libro literalmente se adueñó de él: “una complacencia desconocida, inmensa y grata, me saturaba”. Tampoco exagero cuando digo que ciertos libros me han cautivado o que he quedado atrapado entre sus páginas. En el primer caso me reduje a un cautivo; en el segundo, no fui físicamente capaz de desprenderme del texto.
¿Qué papel juega entonces el lector en la lectura? Parece en un inicio que el lector constituye una entidad más o menos autónoma, capaz de afirmar o rechazar, desde su posición privilegiada fuera del texto, aquello que le presenta el narrador. El lector, parece, es el elemento vivo de la fórmula mientras que el libro, por su misma condición huérfana de autor, es el elemento muerto. A causa de esto último, el libro se nos presenta en un primer momento como una criatura dócil y dispuesta a sufrir todos los ultrajes a que queramos someterla. El lector puede cerrar sus tapas y de esta manera sellarle la boca; puede quemarlo, reducirlo a cenizas, interpretarlo a su antojo, desmentirlo, injuriarlo, y el libro no lanzará ningún reproche. De esto precisamente se quejaba Platón en el Fedro (275d): “Es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están entre nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios.”
Sin embargo, según hemos visto, el libro a menudo toma las riendas de la lectura, hasta el punto de que no se deja sellar la boca, y se aferra a nuestras muñecas, y ansía nuestras miradas, como un amante celoso. En ocasiones al lector no le queda más remedio que enmudecer y dejarse victimizar por el libro. La idea de Juan Villoro de que existen ciertos libros salvajes, esto es, ciertos libros que no se dejan leer por todos, libros huidizos, con fauces, que en cualquier momento nos atacan para no soltarnos, no es una idea descabellada. Algo semejante postuló Umberto Eco en Obra abierta (1962). El libro no aguarda, quieto en su estante, la llegada de un lector que le devuelva la vida. Nada de eso. El libro prevé al lector y lo selecciona; más aún, lo construye. El libro desea ser leído de un modo y no de otro; sólo requiere de la cooperación de un agente externo –una presa– para realizar sus secretas intenciones. De aquí que Umberto Eco llame al libro “una cadena de artificios expresivos que el destinatario debe actualizar”. Y añade: “el texto está plagado de espacios en blanco, de intersticios que hay que rellenar; quien lo emitió preveía que se los rellenaría y los dejó en blanco […] Un texto quiere dejar al lector la iniciativa interpretativa, aunque normalmente desea ser interpretado con un margen suficiente de univocidad.”[2] El libro, consciente de que necesita de un lector para completar su pretensión de decir algo a alguien, marca ciertas pautas interpretativas, se apertrecha, por decirlo así, para que no cualquiera lo lea y menos aún de cualquier modo. Primero elige un idioma. Eso restringe, de entrada, a muchos lectores; utiliza después fórmulas como “queridos niños” (en el caso de un libro infantil) o fórmulas más contundentes como las que introdujo Schopenhauer en su ya mentada obra El mundo como voluntad y representación: “mi consejo [para los seguidores de Jacobi] es de nuevo dejar a un lado este libro”.
Todo libro contiene, pues, a un lector implícito, es decir, una estructura narrativa que acoge al lector empírico –el lector de carne y hueso–. Al respecto, Luz Aurora Pimentel nos dice que “todo lector real está, por así decirlo, invitado a jugar un papel dentro del texto, a ocupar el lugar definido por el lector implícito, aunque es evidente que no estará obligado a ocuparlo de manera pasiva”[3]. El libro traza para el lector varios caminos de lectura, pero cabe la posibilidad de que el lector, consciente o inconscientemente, ya sea por su bagaje cultural o por las premisas particulares que guían su lectura, se salga continuamente de estos caminos. Lo que en un inicio parecía un diálogo entre dos mundos se ha convertido ahora en un forcejeo entre dos mundos. El libro imprime sus expectativas al lector, a la vez que el lector imprime sus expectativas al libro. Ninguno puede hacer lo que le venga en gana. Pese a todo, hay ciertos códigos que constriñen a ambos y que ambos deben respetar. ¿Recuerdan Los pilares de la Tierra, de Ken Follet? El libro sabe que su lector no habita la Edad Media y que, por lo tanto, tiene la perspectiva histórica suficiente para darse cuenta de que la novela narra la construcción de una catedral gótica, a pesar de que los protagonistas no tienen idea de que este estilo, que pronto se difundirá por toda Europa, es, de hecho, el estilo gótico.
¿Dónde están los lectores? Ni fuera del libro ni dentro. ¿Dónde está entonces la parcialidad o imparcialidad de una lectura? Me encojo de hombros. Cabe incluso la posibilidad de que cuando criticamos un libro o hacemos una reseña sólo repitamos lo que el libro quiere que critiquemos y reseñemos de él. Quizás el mejor de los lectores ha de ser también el más frío, o por el contrario, ¿ha de ser el más comprometido con los caminos de interpretación del texto? Dada esta relación dialéctica entre texto, lector implícito y lector, me gustaría saber en qué consiste el arte, oficio o maleficio de ser un Lector. Les recuerdo mi conclusión: la lectura de un libro es una experiencia enriquecedora, pero es, al mismo tiempo, una experiencia subyugante.

AUMENTAR EL SALARIO MÍNIMO



AUMENTAR EL SALARIO MÍNIMO - CARLOS MARX
Trabajamos para vivir pero también vivimos para trabajar, a pesar de que una cierta voz de la conciencia nos dice que la vida no es esencialmente trabajo y que debe haber, por consiguiente, algo más allá de la jornada laboral y el dinero. Algunos creemos con firmeza que este “más allá” de cualquier transacción financiera de la vida constituye lo verdaderamente humano: un ámbito de libertad cuya puerta de entrada, por decirlo así, está custodiada por el can Cerbero. Supongamos por ahora que la vida es de hecho reducible a una jornada laboral. Enseguida nos daremos cuenta de un elemento faltante en la fórmula, a saber, el salario, porque el trabajo es ante todo trabajo asalariado. Si trabajamos es para conseguir dinero pues necesitamos dinero para vivir. El salario funciona de este modo como mediador entre el trabajo y la vida, impidiendo que el uno y la otra se identifiquen plenamente y abriendo al mismo tiempo la posibilidad del conflicto entre ambas.
El aumento al salario se impone como urgente por dos motivos: 1) Si el trabajo asalariado no es capaz de satisfacer los requerimientos básicos de la vida, no ya humana, sino animal, el trabajo ha degenerado en una actividad sin sentido. Éste, al no garantizar la sobrevivencia del trabajador, sencillamente no tiene razón de ser en nuestro país. 2) El patente desequilibrio entre la actividad productiva de los mexicanos y las necesidades de la vida pone bajo amenaza de muerte al trabajador, y junto con él, a la industria toda, dado que ésta utiliza como materia prima a los trabajadores. (Me pregunto hasta qué punto la economía informal y el narcotráfico han sido una manifestación de la impotencia gubernamental para solucionar el antagonismo entre el trabajo y la vida, ¿la discusión en torno al aumento salarial no debería situarse desde ahora fuera del terreno económico pues la ciencia económica es la meta pero no el origen de esta discusión?) Ahora bien, el aumento al salario mínimo no agota el problema del trabajo. Más aún, el problema del salario es sólo un síntoma a través del cual los gobernantes tendrían que abordar el problema de fondo. Digámoslo de una vez: el problema superficial es la injusticia en la distribución de la riqueza; el problema profundo, la perversión del trabajo en un trabajo forzado, tedioso e inhumano que se preocupa por satisfacer las exigencias animales de la vida pero se desentiende de las exigencias humanas de autorrealización.
Un trabajo que sacrifica la satisfacción personal y el bienestar del trabajador como individuo en aras de un mayor rendimiento monetario es ya, de entrada, un trabajo perverso que no sólo pone a las cosas por encima de los hombres sino que a los hombres mismos los cosifica. La mayoría considera su trabajo una obligación. Esto se debe en buena medida a que los trabajos impiden la expresión y desarrollo de las aptitudes personales. Muy frecuentemente el trabajo significa para el trabajador renuncia y pérdida de la personalidad. El trabajador perfecto es aquél que calla y obedece, es decir, aquél que se anula a sí mismo por completo ahorrándole al patrón la penosa molestia de reprimirlo por otros medios. Citemos a Marx: “una aumento de salarios […] no sería más que la mejor remuneración de los esclavos y no devolvería, ni al trabajador ni a su trabajo, su significado y valor humanos” (Manuscritos económicos y filosóficos de 1844).
El problema del trabajo es el empleo. Concebimos al trabajo como la actividad de emplear y ser empleados, usar y ser usados, para vaciar o llenar bolsillos a ritmo vertiginoso, y alimentarnos, pero no mucho, apenas lo indispensable para seguir participando del juego de explotados y explotadores. Por si fuera poco, el trabajo asalariado, así concebido, atrofia nuestra capacidad de socialización: los otros se convierten en meros utensilios, y viceversa, uno mismo se convierte en mero utensilio para los otros. Quien vende sus productos únicamente ve en los hombres a consumidores potenciales: su salud, su familia, su desenvolvimiento individual pasan a un segundo plano invisible. El hombre queda de esta manera despojado de su naturaleza creativa, tornándose en simple pasividad: simple receptáculo o bestia de carga que desconfía de los demás porque se experimenta a sí mismo en primer término como egoísta. Con todo, no sugiero aquí la cancelación del trabajo asalariado, pero sí la apertura y ensanchamiento de un espacio en que ejercer nuestra libertad. Pongamos un ejemplo: el aumento salarial tendría que venir acompañado de una reducción efectiva de la jornada laboral. Ésta dura, al menos en México, más de las ocho horas reglamentarias, si tomamos en cuenta la calidad de la transportación capitalina. Al final del día, al trabajador no le queda tiempo para dedicarse a sí mismo. No tiene ya tiempo de ser persona (con todo lo que esto implica: cosechar gustos, opiniones, proyectos). Aplaudo la iniciativa de aumentar el salario mínimo, pero me consterna que la iniciativa no apunte a un programa de reestructuración social de mayor envergadura.