viernes, 30 de septiembre de 2011
BACHILLERATO OBLIGATORIO
De qué sirve que ahora el bachillerato sea obligatorio si en México cada quien hace lo que le da su tiznada gana; hace unos días, las comisiones de Puntos Constitucionales y Legislativos en el Senado, aprobaron la modalidad que establece en la Carta Magna la obligatoriedad del Estado para que garantice la educación media superior en todas sus modalidades, el dictamen que reforma los artículos 3 y 31 –en realidad un agregado de dos o tres palabras a cada apartado— de la Constitución ahora señala que la educación media superior sea obligatoria a partir del próximo año y se incremente de manera gradual hasta la posibilidad de universalizar la obligatoriedad en todas las entidades de la nación, con la finalidad de aumentar la enseñanza a nivel nacional. El 12 de noviembre del año 2002 el artículo tres de la Constitución Política de México fue reformado para incluir la Secundaria como instrucción obligatoria, de tal forma que quedó así: “Todo individuo tiene derecho a recibir educación. El Estado –Federación, Estados, Distrito Federal y Municipios–, impartirá educación preescolar, primaria y secundaria. La educación preescolar, primaria y la secundaria conforman la educación básica obligatoria”…Será cierto esto? , bueno pues de que esos niveles conformaban en ese entonces la educación básica por así considerarlo nuestros legislativos, pues sí, pero de ahí a que todo individuo tiene derecho a recibir educación, pues yo creo que no y que el Estado deberá impartirla, pues tampoco, aquí en Torreón hay primarias donde todavía no se regularizan las clases a pesar de que el ciclo educativo inició hace más de un mes, hay secundarias donde los alumnos sólo reciben dos o tres clases porque para las otras materias no hay profesores, basado en estos dos puntos tan sencillos y simples El Estado no está cumpliendo. Aunado a eso para estudiar primaria y secundaria, pese a que se diga lo contrario, en el terreno de la práctica docente se requiere dinero y si no pregúntenle a San Juana que no pudo inscribir a su hijo en la escuela del ejido Ana porque no pudo pagar la cuota para el curso de computación. No se diga como están las cosas en las primarias privadas. Si observamos las cifras de analfabetismo que tiene la nación y la cantidad de los bautizados “ninis” además de los datos de deserción escolar sobre todo a partir de secundaria podremos comprobar que de muy poco ha servido que la educación hasta secundaria sea obligatoria. Lastima sinceramente que estos cambios en la legislación pasen al terreno de la letra muerta y lastima también que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico considere que los más de 7 millones 226 mil jóvenes de entre 15 y 29 años que no estudian ni trabajan, sean la causa principal del atraso y estancamiento del país, ahora resulta que por encima de la estructura política, de gobierno, la inseguridad, la poca producción del sector agropecuario, los jóvenes tienen la culpa de que este país esté como está. Lastima y preocupa también el saber que sólo 14 de cada 100 estudiantes que inician la primaria puedan concluir la universidad”, que la deserción escolar que resulta costosa tanto para el país como para los propios individuos, reporte que 40 de cada 100 adolescentes abandonan la escuela secundaria. ¿Porqué lastima?, sencillo, porque de donde ahora emana la obligatoriedad del bachillerato como educación básica, emana también el que pese a los logros del sistema educativo nacional, el cual tiene cobertura del 97% a nivel primaria y 92.5% en educación secundaria seis millones de mexicanos de edad adulta son analfabetas. En la modificación del artículo 31, en el que se establece que será obligación de los mexicanos hacer que sus hijos o pupilos concurran a las escuelas públicas o privadas para obtener la educación preescolar, primaria y secundaria, después de sesudas sesiones, reflexiones y profundos análisis, los legislativos culminaron en agregarle dos palabras más a este apartado –media superior–. En México, el que quiere estudiar estudia y el que no quiere no estudia. El que lo hace surgido de la clase baja o pobre, tiene que hacer enormes sacrificios y esfuerzos, y conformarse con el servicio que ofrece la educación pública, que es un mal servicio según el organismo internacional al que siempre le pregunta la SEP de México y que siempre le contesta que está mal. El joven a partir de la prepa además del agotamiento diario, debe ir cargando en su mente que en nuestro tiempo y en nuestro país un título profesional definitivamente no garantiza una mejor calidad de vida. Porqué no aceptar la realidad, porque no pensar verdaderamente en mejorar la educación que es lo que realmente se requiere, pues seamos serios la educación está resultando cada vez menos atractiva para mucha gente, sobre todo para los muchachos, incluyendo el servicio que se presta en universidades costosas y reconocidas donde sus alumnos egresan y también pasan a formar parte de la larga cadena de desempleados o a trabajar en campos ajenos a lo que estudiaron, salvo aquellos casos donde los padres dueños de empresas, preparan a sus hijos en la profesión que se requiere para seguir operando el mismo negocio. La mejoría educativa no se va a lograr poniendo más palabras en la Constitución o haciendo más leyes porque los que afectan el servicio educativo seguirán dando clases en sus escuelas y seguirán desarrollando de manera irresponsable su trabajo. Basado en este tan intenso análisis y desde mi punto de vista, apoyado por más de 20 años que llevo observando el servicio educativo y su indivorciable relación con la política esta variación legislativa sirve solamente para dos cosas.
domingo, 18 de septiembre de 2011
¿En transición?
“El paso decisivo hacia la democracia, dice el profesor Adam Przeworski, consiste en la transferencia del poder de un grupo de personas a un conjunto de reglas”. Las reglas que norman el funcionamiento de la democracia mexicana son muchas, pero nunca lograron la supremacía que es requisito esencial para la democracia. Lo anterior no implica que el poder siga concentrado en la Presidencia, pero sí que en México la transición a la democracia no arribó al puerto anticipado: el poder se dispersó pero no se institucionalizó.
Las transiciones a la democracia que comenzaron en la Europa mediterránea en los setenta crearon una enorme expectativa, tanto en las poblaciones de países que vivían bajo la férula autoritaria como entre estudiosos y activistas que soñaban con imitarla. Décadas después Thomas Carothers* dice que es tiempo de reconocer que es falso el paradigma de la inevitabilidad de la transición del autoritarismo a la democracia. Más bien, afirma, la mayoría de países que terminaron con sus regímenes autoritarios e intentaron la transición acabaron atorados en el camino en lo que, en el mejor de los casos, se puede llamar una democracia “inefectiva”, en tanto que en otros se quedaron paralizados en una zona gris caracterizada por un partido, personaje o conjunto de fuerzas políticas que dominan al sistema, impidiendo el avance de la democracia.
La tesis de Carothers, no muy distinta a la de “democracia iliberal” de Zakaria, obliga a situarnos en un escenario distinto al que prevalece en el consciente colectivo de la sociedad mexicana. En lugar de suponer que nos encontramos en un proceso que inexorablemente arribará a la democracia, el planteamiento del estudioso es que hemos llegado a un estadio distinto y que sólo reconociendo esa realidad será posible repensar lo que sigue.
Las naciones que viven en esa “zona gris” o de democracia “inefectiva” tienden a caracterizarse, según Carothers, por “amplias libertades políticas, elecciones regulares y alternancia en el poder entre grupos políticos genuinamente distinguibles; sin embargo, a pesar de estas características positivas, la democracia es poco profunda, superficial y turbulenta. La participación política, aunque amplia en momentos electorales, no trasciende al voto. Las élites políticas de todos los partidos son ampliamente percibidas como corruptas, concentradas exclusivamente en sus propios intereses y poco efectivas. La competencia política se lleva a cabo entre partidos muy arraigados que operan redes clientelistas y nunca parecen renovarse”. ¿Suena conocido?
En un contexto como ese se avanza poco, las reformas se atoran, hay una absoluta incapacidad de realizar diagnósticos objetivos y mucho menos de debatir soluciones prácticas, no ideológicas. El gobierno no cuenta con los instrumentos necesarios para operar y la línea divisoria entre éste y su partido tiende a ser inexistente, lo que le lleva a manipular los procesos políticos para su beneficio. Ejemplificando con Rusia, el autor dice que en lugar de construir sobre lo existente, cada nuevo gobernante repudia el legado de su predecesor y se aboca a destruir los logros de los anteriores como mecanismo de afianzamiento en el poder. Pensé que hablaba de México.
La conclusión de Carothers, que trata el tema de manera genérica, es que la etiqueta de “transición” es poco útil para caracterizar a naciones que fueron incapaces de construir las instituciones necesarias para la operación de una democracia efectiva. No es que no haya algunos componentes democráticos o que la población no se haya beneficiado del cambio político que es inherente a los procesos electorales abiertos, sino que la distancia entre las élites partidistas y la ciudadanía, así como diversas carencias, tienden a empañar la vida democrática, disminuir su legitimidad e incentivar propuestas electorales alternativas, incluyendo la aparición de “salvadores”, convocando a retornar a un pasado idílico que, por supuesto, nunca existió.
En este tema los mexicanos vivimos una más de las esquizofrenias que separan el mundo de la realidad del de la fantasía. En el discurso político, México es un país democrático que poco a poco avanza hacia el desarrollo y la plenitud. El problema es que el supuesto implícito de que, a pesar de los avatares, estamos avanzando hacia la democracia y el desarrollo obscurece la naturaleza del problema que de hecho estamos viviendo.
La democracia mexicana nació a partir de un conjunto de reformas electorales que, poco a poco, lograron conferirle legitimidad al mecanismo de elección de representantes populares y gobernantes. Nunca se avanzó en el terreno de la transformación institucional que es crucial para la consolidación de una nación de reglas a la que los poderosos se subordinen. Esa contradicción ha abierto oportunidades para acotar los espacios democráticos pero, mucho más importante, para sostener un orden que no es autoritario pero tampoco democrático o, en palabras de Carothers, una democracia inefectiva.
La buena noticia es que es imposible reconstruir al viejo sistema, por mucho que algunos priistas y ex priistas así lo pretendan. Así lo infería Lech Walesa cuando, ya en la democracia, fue derrotado por el partido comunista y afirmó que “no es lo mismo hacer sopa de pescado a partir de un acuario que un acuario a partir de sopa de pescado”. Puede haber mucha regresión pero restaurar el poder vertical de antaño es imposible. La mala noticia es que una democracia inefectiva no ayuda al desarrollo.
Las transiciones a la democracia que comenzaron en la Europa mediterránea en los setenta crearon una enorme expectativa, tanto en las poblaciones de países que vivían bajo la férula autoritaria como entre estudiosos y activistas que soñaban con imitarla. Décadas después Thomas Carothers* dice que es tiempo de reconocer que es falso el paradigma de la inevitabilidad de la transición del autoritarismo a la democracia. Más bien, afirma, la mayoría de países que terminaron con sus regímenes autoritarios e intentaron la transición acabaron atorados en el camino en lo que, en el mejor de los casos, se puede llamar una democracia “inefectiva”, en tanto que en otros se quedaron paralizados en una zona gris caracterizada por un partido, personaje o conjunto de fuerzas políticas que dominan al sistema, impidiendo el avance de la democracia.
La tesis de Carothers, no muy distinta a la de “democracia iliberal” de Zakaria, obliga a situarnos en un escenario distinto al que prevalece en el consciente colectivo de la sociedad mexicana. En lugar de suponer que nos encontramos en un proceso que inexorablemente arribará a la democracia, el planteamiento del estudioso es que hemos llegado a un estadio distinto y que sólo reconociendo esa realidad será posible repensar lo que sigue.
Las naciones que viven en esa “zona gris” o de democracia “inefectiva” tienden a caracterizarse, según Carothers, por “amplias libertades políticas, elecciones regulares y alternancia en el poder entre grupos políticos genuinamente distinguibles; sin embargo, a pesar de estas características positivas, la democracia es poco profunda, superficial y turbulenta. La participación política, aunque amplia en momentos electorales, no trasciende al voto. Las élites políticas de todos los partidos son ampliamente percibidas como corruptas, concentradas exclusivamente en sus propios intereses y poco efectivas. La competencia política se lleva a cabo entre partidos muy arraigados que operan redes clientelistas y nunca parecen renovarse”. ¿Suena conocido?
En un contexto como ese se avanza poco, las reformas se atoran, hay una absoluta incapacidad de realizar diagnósticos objetivos y mucho menos de debatir soluciones prácticas, no ideológicas. El gobierno no cuenta con los instrumentos necesarios para operar y la línea divisoria entre éste y su partido tiende a ser inexistente, lo que le lleva a manipular los procesos políticos para su beneficio. Ejemplificando con Rusia, el autor dice que en lugar de construir sobre lo existente, cada nuevo gobernante repudia el legado de su predecesor y se aboca a destruir los logros de los anteriores como mecanismo de afianzamiento en el poder. Pensé que hablaba de México.
La conclusión de Carothers, que trata el tema de manera genérica, es que la etiqueta de “transición” es poco útil para caracterizar a naciones que fueron incapaces de construir las instituciones necesarias para la operación de una democracia efectiva. No es que no haya algunos componentes democráticos o que la población no se haya beneficiado del cambio político que es inherente a los procesos electorales abiertos, sino que la distancia entre las élites partidistas y la ciudadanía, así como diversas carencias, tienden a empañar la vida democrática, disminuir su legitimidad e incentivar propuestas electorales alternativas, incluyendo la aparición de “salvadores”, convocando a retornar a un pasado idílico que, por supuesto, nunca existió.
En este tema los mexicanos vivimos una más de las esquizofrenias que separan el mundo de la realidad del de la fantasía. En el discurso político, México es un país democrático que poco a poco avanza hacia el desarrollo y la plenitud. El problema es que el supuesto implícito de que, a pesar de los avatares, estamos avanzando hacia la democracia y el desarrollo obscurece la naturaleza del problema que de hecho estamos viviendo.
La democracia mexicana nació a partir de un conjunto de reformas electorales que, poco a poco, lograron conferirle legitimidad al mecanismo de elección de representantes populares y gobernantes. Nunca se avanzó en el terreno de la transformación institucional que es crucial para la consolidación de una nación de reglas a la que los poderosos se subordinen. Esa contradicción ha abierto oportunidades para acotar los espacios democráticos pero, mucho más importante, para sostener un orden que no es autoritario pero tampoco democrático o, en palabras de Carothers, una democracia inefectiva.
La buena noticia es que es imposible reconstruir al viejo sistema, por mucho que algunos priistas y ex priistas así lo pretendan. Así lo infería Lech Walesa cuando, ya en la democracia, fue derrotado por el partido comunista y afirmó que “no es lo mismo hacer sopa de pescado a partir de un acuario que un acuario a partir de sopa de pescado”. Puede haber mucha regresión pero restaurar el poder vertical de antaño es imposible. La mala noticia es que una democracia inefectiva no ayuda al desarrollo.
Historia para todos
En los tiempos de su vejez, tan o más creativos que los de su juventud y madurez, Daniel Cosío Villegas se interesó en la televisión como espacio de reflexión política y difusión de la historia. Lolita Ayala y Miguel Sabido lo entrevistaron varias veces para hablar sobre la arena internacional. Don Daniel había concluido su magna Historia Moderna de México y dirigía una no menos ambiciosa Historia de la Revolución Mexicana, pero sabía que esas colecciones eran para especialistas, y por eso concibió la idea de compilar con varios autores una Historia General de México. No contento con ese proyecto, quería llegar a un público aún más amplio. De allí nació la Historia mínima de México, que es (me refiero a su edición original) una joya de precisión, claridad, sencillez y amenidad. Lo curioso es que esa obra no fue pensada como libro sino como guión de televisión.
A principio de los años 80, en un tránsito por Inglaterra, me impresionaron los programas documentales de la BBC. Entonces recordé el proyecto de don Daniel y pensé que, en México, el nicho de los documentales en la televisión abierta estaba vacío.
En los años 60 y 70, Ernesto Alonso había dirigido telenovelas históricas (que en algún caso habían atraído el respeto del propio Cosío Villegas). En los 80, en mancuerna con Fausto Zerón-Medina y Raúl Araiza, Ernesto produjo “Senda de Gloria”. Pero había que intentar el género documental y así fue como (en el marco oficial de los 75 años de la Revolución) escribí, con el inolvidable Alberto Isaac y su equipo, los guiones para los documentales “Biografía del poder”. El Fondo de Cultura Económica sacó a la venta los libros que acompañaron la serie.
Con esos antecedentes, por iniciativa conjunta de Emilio Azcárraga Milmo y mía, en septiembre de 1991, hace 20 años, nació Clío. Su objeto primero fue publicar (con aportaciones de historiadores reconocidos) los libros ilustrados de las series que, con genuino rigor y pasión, producirían Ernesto Alonso y Fausto Zerón-Medina: “El Vuelo del Águila” y “La Antorcha Encendida”. (La música de la primera, obra de Daniel Catán, dejó un recuerdo indeleble). Al paso de los años, Clío sacó a la venta, con precios muy accesibles, cerca de 150 títulos, entre otros Madero vivo, La Cristiada, “La vida de Joaquín Pardavé”, una “Historia de la Colonia Hipódromo”, la Crónica de la Guerra de 1847 (coescrita por José Emilio Pacheco), una historia de los indígenas chiapanecos (en edición bilingüe de Jan de Vos), además de las obras completas de Daniel Cosío Villegas, Francisco I. Madero y Luis González y González. Esa oferta de libros cumplió su cometido, pero el sueño de hacer documentales históricos seguía pendiente.
Ese sueño se cumplió en abril de 1998, cuando se trasmitió el primer documental de la serie México: Siglo 20, producida por Clío. Emilio Azcárraga Jean aceptó que el tema de arranque fuese “Díaz Ordaz y el Movimiento Estudiantil del 68”. Y así fue como las dramáticas imágenes de Tlatelolco se trasmitieron por primera vez en la televisión mexicana. Siguieron “Los Sexenios” y varias otras series sobre decenas de temas (Historia política, cultural, social, económica, regional; Biografía, Antropología, Diplomacia, Artes escénicas y plásticas, Música, Medicina, Ecología etc...) que pueden consultarse en el sitio http://www.cliotv.com. En total, Clío ha transmitido más de 350 documentales.
El esfuerzo, sobra decir, ha sido colectivo: además de un puñado de fieles directores y productores, han participado decenas de historiadores nacionales y extranjeros, centenares de entrevistados, casi un centenar de realizadores, narradores, guionistas y toda suerte de artistas y técnicos.
La difusión de la historia es vista con suspicacia y desdén por un sector de la Academia. Es un error. En la historia hay espacio para todos: los autores de libros; los ensayistas que reflexionan sobre el sentido del pasado; los profesores que trasmiten el conocimiento; los difusores que ponen ese conocimiento al alcance del público. Cada campo tiene sus ciencia y su arte. El reto del documental histórico es tocar la razón y la emoción del espectador.
Instituciones como El Colegio de México han recobrado el impulso de su fundador y han hecho buenos trabajos editoriales y audiovisuales. Las principales publicaciones de izquierda han dado a la luz obras de difusión sólidas y exitosas. Es bueno que persistan. La Historia -a diferencia de la Física- no puede hacerse sólo para que los especialistas se lean a sí mismos: desde su remoto origen ha estado destinada al público lector.
Por lo que hace al lugar de Clío, si Estados Unidos tiene un History Channel, supongo que a nadie perjudica que la televisión abierta mexicana tenga al menos una hora dedicada a la historia. A pesar de sus horarios difíciles, cientos de miles de personas ven nuestros documentales semana a semana.
A principio de los años 80, en un tránsito por Inglaterra, me impresionaron los programas documentales de la BBC. Entonces recordé el proyecto de don Daniel y pensé que, en México, el nicho de los documentales en la televisión abierta estaba vacío.
En los años 60 y 70, Ernesto Alonso había dirigido telenovelas históricas (que en algún caso habían atraído el respeto del propio Cosío Villegas). En los 80, en mancuerna con Fausto Zerón-Medina y Raúl Araiza, Ernesto produjo “Senda de Gloria”. Pero había que intentar el género documental y así fue como (en el marco oficial de los 75 años de la Revolución) escribí, con el inolvidable Alberto Isaac y su equipo, los guiones para los documentales “Biografía del poder”. El Fondo de Cultura Económica sacó a la venta los libros que acompañaron la serie.
Con esos antecedentes, por iniciativa conjunta de Emilio Azcárraga Milmo y mía, en septiembre de 1991, hace 20 años, nació Clío. Su objeto primero fue publicar (con aportaciones de historiadores reconocidos) los libros ilustrados de las series que, con genuino rigor y pasión, producirían Ernesto Alonso y Fausto Zerón-Medina: “El Vuelo del Águila” y “La Antorcha Encendida”. (La música de la primera, obra de Daniel Catán, dejó un recuerdo indeleble). Al paso de los años, Clío sacó a la venta, con precios muy accesibles, cerca de 150 títulos, entre otros Madero vivo, La Cristiada, “La vida de Joaquín Pardavé”, una “Historia de la Colonia Hipódromo”, la Crónica de la Guerra de 1847 (coescrita por José Emilio Pacheco), una historia de los indígenas chiapanecos (en edición bilingüe de Jan de Vos), además de las obras completas de Daniel Cosío Villegas, Francisco I. Madero y Luis González y González. Esa oferta de libros cumplió su cometido, pero el sueño de hacer documentales históricos seguía pendiente.
Ese sueño se cumplió en abril de 1998, cuando se trasmitió el primer documental de la serie México: Siglo 20, producida por Clío. Emilio Azcárraga Jean aceptó que el tema de arranque fuese “Díaz Ordaz y el Movimiento Estudiantil del 68”. Y así fue como las dramáticas imágenes de Tlatelolco se trasmitieron por primera vez en la televisión mexicana. Siguieron “Los Sexenios” y varias otras series sobre decenas de temas (Historia política, cultural, social, económica, regional; Biografía, Antropología, Diplomacia, Artes escénicas y plásticas, Música, Medicina, Ecología etc...) que pueden consultarse en el sitio http://www.cliotv.com. En total, Clío ha transmitido más de 350 documentales.
El esfuerzo, sobra decir, ha sido colectivo: además de un puñado de fieles directores y productores, han participado decenas de historiadores nacionales y extranjeros, centenares de entrevistados, casi un centenar de realizadores, narradores, guionistas y toda suerte de artistas y técnicos.
La difusión de la historia es vista con suspicacia y desdén por un sector de la Academia. Es un error. En la historia hay espacio para todos: los autores de libros; los ensayistas que reflexionan sobre el sentido del pasado; los profesores que trasmiten el conocimiento; los difusores que ponen ese conocimiento al alcance del público. Cada campo tiene sus ciencia y su arte. El reto del documental histórico es tocar la razón y la emoción del espectador.
Instituciones como El Colegio de México han recobrado el impulso de su fundador y han hecho buenos trabajos editoriales y audiovisuales. Las principales publicaciones de izquierda han dado a la luz obras de difusión sólidas y exitosas. Es bueno que persistan. La Historia -a diferencia de la Física- no puede hacerse sólo para que los especialistas se lean a sí mismos: desde su remoto origen ha estado destinada al público lector.
Por lo que hace al lugar de Clío, si Estados Unidos tiene un History Channel, supongo que a nadie perjudica que la televisión abierta mexicana tenga al menos una hora dedicada a la historia. A pesar de sus horarios difíciles, cientos de miles de personas ven nuestros documentales semana a semana.
¿Qué independencia festejamos?
¿Qué independencia festejamos?
Eneas Silvius de Piccolomini –que más tarde llegaría al papado bajo el nombre de Pío II- fue un pensador renacentista que, a juicio de algunos, dio con la más acabada expresión de unidad del poder del estado en el siglo XV.
Según él, el estado adquiere unidad y cohesión en virtud del poder que lo caracteriza y que le otorga, en los asuntos terrenales, dominio sin oposición hacia el interior, mientras que de cara al exterior lo hace independiente de cualquier otra entidad.
Un siglo más tarde, el francés Jean Bodin –Juan Bodino entre nosotros- retomaría esa idea al acuñar el término “soberanía” para bautizar a ese poder, porque se encontraba “super omnia”, sobre todos, hacía dentro de la comunidad que lo detentaba, mientras que hacia afuera implicaba que todas las comunidades concurrieran en un plano de igualdad, sin importar su riqueza, tamaño o fuerza militar.
Es entonces la soberanía un poder irresistible hacia el interior e independiente hacia el exterior. Por eso, al hablar de independencia –incluso de “la Independencia”, así, con mayúscula- es necesario evocar la idea de que ella es el producto de un esfuerzo que nace del legítimo afán que tienen y han tenido los pueblos de autogobernarse, de tomar sus propias decisiones, sin la intervención de fuerzas ajenas a cada uno de ellos.
Hoy concluye un asueto largo que se debió a los festejos oficiales por la “Independencia”, y muchos se han preguntado si hay algo que festejar. Creo que con razón lo dudan, porque la consecución de esa condición nada tiene que ver con superficiales celebraciones, disfraces y gritos, ni fuegos artificiales y estrépito de disonantes trompetas.
Hace unos días y en ocasión de las llamadas “fiestas patrias”, un niño de escasos seis años, que vive en México y cuyo padre es español mientras que él mismo nació también en España, preguntaba con azoro a su madre, mexicana, por qué pelearse con los españoles.
Él, como muchos otros mexicanos, participa en su esencia de ambas nacionalidades y desde hace ya mucho tiempo que España mantiene relaciones de gran amistad con México ¿Por qué empeñarse en destacar una enemistad artificial que, por lo demás, nunca se dio en los hechos?
Si bien se mira, la guerra de independencia fue una revolución de españoles contra españoles, los criollos que a fin de cuentas buscaban independizarse de los peninsulares, con cuyo gobierno rompieron, para asumir un poder propio y supremo en cuanto a sus propias decisiones, sin depender de nadie en el exterior, especialmente de la metrópoli española.
Con el correr de los años –casi 200- y en un México preponderantemente mestizo, cabe preguntarse si la emancipación de la corona española en efecto produjo que se asumiera por los mexicanos ese poder soberano que nos haría “independientes”.
¿De verdad lo somos, cuando las “reformas impostergables” a nuestros regímenes de vida y sus reglas nos son impuestos por las empresas globales –la ley del trabajo por ejemplo- los centros financieros y comerciales tales como la OCDE, la OMC, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional?
¿Lo somos cuando obedecemos a las presiones de fundaciones extranjeras, de influencia global, para adoptar reformas apenas asimiladas, como son los llamados “juicios orales”? ¿No fue López Dóriga quien convocó a los líderes de los más relevantes partidos políticos y los conminó en su estudio –con éxito- a acelerar las reformas? ¿De qué independencia hablamos?
Ninguna habrá mientras no tenga lugar la asunción del poder eficiente por verdaderos representantes de los ciudadanos, lo que nunca podrá ocurrir si éstos no asumen con seriedad, informada y responsablemente, el papel que les corresponde en su comunidad, que a la postre es la única poseedora legítima del poder soberano en que se finca la independencia, lo cual pasa por la conciencia de que la construcción de una patria propia e independiente es cosa que toma tiempo, muchas generaciones, pero que puede echarse por la borda en un solo instante si no se tiene cuidado.
Eneas Silvius de Piccolomini –que más tarde llegaría al papado bajo el nombre de Pío II- fue un pensador renacentista que, a juicio de algunos, dio con la más acabada expresión de unidad del poder del estado en el siglo XV.
Según él, el estado adquiere unidad y cohesión en virtud del poder que lo caracteriza y que le otorga, en los asuntos terrenales, dominio sin oposición hacia el interior, mientras que de cara al exterior lo hace independiente de cualquier otra entidad.
Un siglo más tarde, el francés Jean Bodin –Juan Bodino entre nosotros- retomaría esa idea al acuñar el término “soberanía” para bautizar a ese poder, porque se encontraba “super omnia”, sobre todos, hacía dentro de la comunidad que lo detentaba, mientras que hacia afuera implicaba que todas las comunidades concurrieran en un plano de igualdad, sin importar su riqueza, tamaño o fuerza militar.
Es entonces la soberanía un poder irresistible hacia el interior e independiente hacia el exterior. Por eso, al hablar de independencia –incluso de “la Independencia”, así, con mayúscula- es necesario evocar la idea de que ella es el producto de un esfuerzo que nace del legítimo afán que tienen y han tenido los pueblos de autogobernarse, de tomar sus propias decisiones, sin la intervención de fuerzas ajenas a cada uno de ellos.
Hoy concluye un asueto largo que se debió a los festejos oficiales por la “Independencia”, y muchos se han preguntado si hay algo que festejar. Creo que con razón lo dudan, porque la consecución de esa condición nada tiene que ver con superficiales celebraciones, disfraces y gritos, ni fuegos artificiales y estrépito de disonantes trompetas.
Hace unos días y en ocasión de las llamadas “fiestas patrias”, un niño de escasos seis años, que vive en México y cuyo padre es español mientras que él mismo nació también en España, preguntaba con azoro a su madre, mexicana, por qué pelearse con los españoles.
Él, como muchos otros mexicanos, participa en su esencia de ambas nacionalidades y desde hace ya mucho tiempo que España mantiene relaciones de gran amistad con México ¿Por qué empeñarse en destacar una enemistad artificial que, por lo demás, nunca se dio en los hechos?
Si bien se mira, la guerra de independencia fue una revolución de españoles contra españoles, los criollos que a fin de cuentas buscaban independizarse de los peninsulares, con cuyo gobierno rompieron, para asumir un poder propio y supremo en cuanto a sus propias decisiones, sin depender de nadie en el exterior, especialmente de la metrópoli española.
Con el correr de los años –casi 200- y en un México preponderantemente mestizo, cabe preguntarse si la emancipación de la corona española en efecto produjo que se asumiera por los mexicanos ese poder soberano que nos haría “independientes”.
¿De verdad lo somos, cuando las “reformas impostergables” a nuestros regímenes de vida y sus reglas nos son impuestos por las empresas globales –la ley del trabajo por ejemplo- los centros financieros y comerciales tales como la OCDE, la OMC, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional?
¿Lo somos cuando obedecemos a las presiones de fundaciones extranjeras, de influencia global, para adoptar reformas apenas asimiladas, como son los llamados “juicios orales”? ¿No fue López Dóriga quien convocó a los líderes de los más relevantes partidos políticos y los conminó en su estudio –con éxito- a acelerar las reformas? ¿De qué independencia hablamos?
Ninguna habrá mientras no tenga lugar la asunción del poder eficiente por verdaderos representantes de los ciudadanos, lo que nunca podrá ocurrir si éstos no asumen con seriedad, informada y responsablemente, el papel que les corresponde en su comunidad, que a la postre es la única poseedora legítima del poder soberano en que se finca la independencia, lo cual pasa por la conciencia de que la construcción de una patria propia e independiente es cosa que toma tiempo, muchas generaciones, pero que puede echarse por la borda en un solo instante si no se tiene cuidado.
miércoles, 27 de julio de 2011
Celebra con Saltillo
La ciudad de Saltillo fue fundada originalmente con el nombre de Villa de Santiago del Saltillo, aproximadamente en el año de 1575 ó 1577, no se tiene la certeza por no disponer de un acta de fundación oficial.
La ciudad de Saltillo fue fundada originalmente con el nombre de Villa de Santiago del Saltillo, aproximadamente en el año de 1575 ó 1577, no se tiene la certeza por no disponer de un acta de fundación oficial; esta fue realizada por el capitán de origen portugués Alberto del Canto; su singular nombre se cree comúnmente que le fue dado por un pequeño salto o manantial de agua ubicado al sur del ahora centro histórico de la ciudad, a partir de donde se piensa se inició la fundación de la villa, aunque de esto tampoco se tiene la certeza, debido a lo accidentado del terreno.
Antes de la colonización europea sobre este territorio, éste estaba habitado principalmente por dos grupos índigenas: los huachichiles (o cuauchichiles) y los borrados. Los primeros, los huachichiles, estaban asentados al sur del valle de Saltillo, cerca del Ojo de Agua, mientras que los borrados estaban asentados al noreste del mismo, cerca de estaban los pueblos La Hibernia y La Aurora.
Estas tribus eran nómadas, se dedicaban principalmente a la caza y a la recolección de frutos silvestres. Los huachichiles se caracterizaban por traer la cabeza rapada y pintada de rojo, por lo que se les podía reconocer fácilmente. Durante la guerra, el trofeo más valioso para un guerrero huachichil, al igual que para otros grupos del norte de México y sur de Estados Unidos, era la cabellera de sus enemigos, la cual era exhibida de forma triunfal por el guerrero victorioso.
Estas tribus no eran dóciles, ni sedentarias como las que encontraron los españoles en las costas y al sur de la Nueva España, sino todo lo contrario, además no tenían cosechas, ni edificios, ni religión, por lo que el contacto de estas dos culturas resultó en una sangrienta lucha que se prolongó por más de 300 años y que terminó a mediados del siglo XIX, con el exterminio de los grupos nativos, esto debido en debido en gran medida a las epidemias traídas por los colonos europeos, a la sequía y a la cacería sistemática de estas tribus a manos de los españoles y de las tribus desplazadas por los colonos europeos en el norte de América, tribus tales como los Apaches, Kikapús, Seminoles, entre otros.
Para ayudar en la lucha contra los bárbaros del norte, el virrey don Luis de Velasco II, ordenó la creación de un pueblo contiguo a la villa de Santiago del Saltillo, mismo que sería habitado un grupo de tlaxcaltecas venidos desde el señorío de Tizatlán (al cual los españoles habían rebautizado como San Esteban). El objetivo de hacer esto era para ayudar a aumentar la población de la villa, luego de la región sureste y luego de todo el norte de Coahuila, además de sembrar la tierra y contribuir en el comercio.
Así, en la segunda mitad del año de 1591 se creó la villa de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, habitada inicialmente por un grupo de 102 hombres, 85 mujeres y 58 niños. Los dos pueblos, Santiago del Saltillo y San Esteban de la Nueva Tlaxcala, estaban separados por un pequeño arroyo ubicado en la actual calle de Allende, en el centro de la ciudad; Esta separación de los pueblos duró 236 años, hasta que en el año de 1827, se anexó la villa de San Esteban a la ciudad de Saltillo.
El 8 de Enero de 1811, llegaron a Saltillo alrededor de siete u ocho mil efectivos insurgentes al mando de Mariano Jiménez, en la última semana del mes de Febrero llegó el General Ignacio Allende, quién fue ratificado al mando de los insurgentes, y unos días después llegó el cura Miguel Hidalgo y Costilla. En camino hacia el norte, los caudillos insurgentes fueron emboscados en el camino de Saltillo a Monclova, en Norias del Baján, echos prisioneros y entregados al gobierno de la corona española. En el mes de Septiembre de 1846, la ciudad de Saltillo fue ocupada por tropas norteaméricanas, durante la guerra México - Estados Unidos de América, permaneciendo así por 18 meses.
Así, entre el 22 y 23 de Febrero de 1847 se registró la Batalla de la Angostura, unos 8 km. al sur del valle de Saltillo, en la cual la victoria quedó sin decisión, retirándose el ejército norteamericano hacia Nuevo León y el ejército mexicano hacia San Luis Potosí.
En 1864, ya con Maximiliano en el trono, el presidente Benito Juárez llegó a la ciudad de Saltillo, siendo ocupada ésta por el ejército francés en ese mismo año hasta 1866. Aunque Juárez estuvo poco tiempo en la ciudad, durante este tiempo declaró la separación de los estados de Coahuila y Nuevo León, anexión que sólo los ayuntamientos de Saltillo y Parras nunca habían firmado.
El trabajo en Saltillo
En el segundo cuarto del siglo XX, la ciudad Saltillo dio un giro en sus actividades económicas: cambió de las actividades puramente agrícolas y textiles a las industriales, con la creación de empresas tales como CIFUNSA, CINSA, Exito, Molinos el Fénix, entre otras.
A mediados del siglo XX y con la política proteccionista del gobierno mexicano, se crearon nuevas empresas como Moto Islo en 1961, Zincamex, e Inyec Diesel. En el último cuarto del siglo XX, llegaron a la región empresas internacionales como General Motors y Daimler Chrysler, con sus respectivas empresas satélite, lo que provocó una explosión industrial y un aumento considerable en la población y en el ritmo de vida en la ciudad.
Actualmente se está dando un impulso para la diversificación de la industria, y con la firma del Tratado de Libre Comercio, la región ha tenido una gran prosperidad económica. Además, se está tratando de impulsar el turismo en la ciudad, con el rescate del centro histórico, la creación reciente de museos, centros culturales, etc. El nombre de Saltillo deriva de la pequeña cascada que en remota época formaba el ojo de agua que se encontraba en el original asentamiento
Saltillo está de fiesta
El 25 de julio Saltillo festeja el 434 aniversario de su fundación. Hoy te invitamos a conocer algunos datos y lugares importantes de nuestra ciudad. Ojo de Agua
Cuando los españoles llegaron a lo que hoy es la iglesia del Ojo de Agua lo primero que vieron fue un ‘salto’ pronunciado de agua, por eso le llamaron a la ciudad ‘Saltillo’. Actualmente este ‘ojito’ es parte de una ermita dedicada a Cristo llamada Iglesia del Ojo de Agua. El barrio del Ojo de Agua se fundó en mayo de 1873, convirtiéndose así en la unidad habitacional actual más antigua en la ciudad. Las primeras casas que se edificaron en la localidad se instalaron alrededor del salto de agua que describen los colonizadores españoles en sus crónicas.
Alberto del Canto
Expedicionario, colonizador portugués quien fundó el poblado que hoy es Saltillo el 25 de julio. Se trasladó a América siendo muy joven deslumbrado por los cargamentos de especias, oro y plata que llegaban a España por lo que decidió colaborar en la conquista y colonización del nuevo mundo para alcanzar la gloria terrenal.
La Catedral
Este templo se comenzó a construir en 1745 y se terminó en 1800. Al principio era en realidad una parroquia y fue hasta el 23 de junio de 1891 que adquirió el título de Catedral. Su arquitectura mezcla estilos, va desde el barroco hasta el neoclásico y sobresalen sus portadas y retablos. Es fácil distinguirla debido a su gran torre de 81 metros de altura rematada por una cruz de hierro.
Santo Cristo de la Capilla
Es la imagen más antigua y renombrada de Saltillo. Un Jesús crucificado de tamaño natural que tiene fama de muy milagroso. Fue hecha en España y traída a la ciudad por el comerciante Santos Rojo en 1608.
Alameda Zaragoza
Es el jardín más grande e importante de la zona centro. Sus extensas áreas verdes son perfectas para pasear y admirar las obras escultóricas colocadas en memoria de heroicos personajes. Esta la estatua ecuestre de Ignacio Zaragoza, la Columna de la Independencia, el Busto de Carranza así como la estatua de Miguel Hidalgo y Costilla. Cuenta con un lago que tiene la forma de la República Mexicana y la Biblioteca Pública del Estado de fachada neoclásica construida en cantera rosa.
Manuel Acuña
Es uno de los grandes poetas orgullosamente saltillense quien nació el 27 de agosto de 1849. A los 16 años se trasladó a la ciudad de México donde estudió en el Colegio de San Ildefonso. Fue colaborador permanente de los periódicos y revistas más importantes de la época. Destacan sus poemas ‘Ante un cadáver’ y ‘Nocturno a Rosario’.
El sarape
La palabra sarape proviene del náhuatl ‘tzalanpepechtl’ compuesta por ‘tzalan’ que significa tejido y ‘pepechtl’ que significa manta gruesa. Originalmente fueron traídos desde Tlaxcala por los indígenas de aquella región quienes, aliados con los españoles, vinieron a esta parte de México, para servir de ejemplo a las tribus locales. Es famoso gracias a su colorido y diseño. Se utilizan como prenda para complementar la vestimenta, como tapices que engalanan las paredes de las casas mexicanas.
De cajeta y de perón
Dice el cronista de la ciudad, don Armando Fuentes Aguirre ‘Catón’ que en Saltillo el que no es poeta, hace cajeta. Esto debido a la cercanía de la ciudad con la sierra de Arteaga donde se siembran manzanas y membrillos. Había tal cantidad de estos frutos durante el verano que las abuelas hacían dulces, cajetas y vinos de estos frutos para que no se desperdiciaran.
Las escuelas de Saltillo
La ciudad alberga escuelas de prestigio internacional como el Ateneo Fuente, la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, la Benemérita Escuela Normal de Coahuila, la Universidad Autónoma de Coahuila, el Instituto Tecnológico de Monterrey campus Saltillo, la Universidad Autónoma del Noreste, el Instituto Tecnológico de Saltillo, la Universidad Tecnológica de Coahuila y la Universidad LaSalle Saltillo. En nuestra ciudad los estudiantes sí que son muy buenos.
Grandes saltillenses
Juan Antonio de la Fuente, encargado por orden del presidente Benito Juárez de la Defensa de Coahuila ante la invasión de las fuerzas francesas. Artemio de Valle Arizpe, personaje poseedor de gran ingeio y fantasía. Fue Cronista de la Ciudad de México. Vito Alessio robles. Estudio en el Colegio Militar donde se graduó de ingenioero. Realizó grandes obras históricas, biográficas y literarias.
Sus museos
De las Aves. Integrado por la colección personal de aves que donó el ornitólogo Aldegundo Garza quien durante 42 años reunió tan valiosa colección. El ave más pequeña es un colibrí y el más grande un avestruz. Del Desierto. Un espacio con diversas salas donde puedes conocer los fósiles de dinosaurios. Además puedes visitar el Museo de la Catrina, El giroscopio, el Museo Taurino, el Museo del Sarape y el Museo del Normalismo.
La ciudad de Saltillo fue fundada originalmente con el nombre de Villa de Santiago del Saltillo, aproximadamente en el año de 1575 ó 1577, no se tiene la certeza por no disponer de un acta de fundación oficial; esta fue realizada por el capitán de origen portugués Alberto del Canto; su singular nombre se cree comúnmente que le fue dado por un pequeño salto o manantial de agua ubicado al sur del ahora centro histórico de la ciudad, a partir de donde se piensa se inició la fundación de la villa, aunque de esto tampoco se tiene la certeza, debido a lo accidentado del terreno.
Antes de la colonización europea sobre este territorio, éste estaba habitado principalmente por dos grupos índigenas: los huachichiles (o cuauchichiles) y los borrados. Los primeros, los huachichiles, estaban asentados al sur del valle de Saltillo, cerca del Ojo de Agua, mientras que los borrados estaban asentados al noreste del mismo, cerca de estaban los pueblos La Hibernia y La Aurora.
Estas tribus eran nómadas, se dedicaban principalmente a la caza y a la recolección de frutos silvestres. Los huachichiles se caracterizaban por traer la cabeza rapada y pintada de rojo, por lo que se les podía reconocer fácilmente. Durante la guerra, el trofeo más valioso para un guerrero huachichil, al igual que para otros grupos del norte de México y sur de Estados Unidos, era la cabellera de sus enemigos, la cual era exhibida de forma triunfal por el guerrero victorioso.
Estas tribus no eran dóciles, ni sedentarias como las que encontraron los españoles en las costas y al sur de la Nueva España, sino todo lo contrario, además no tenían cosechas, ni edificios, ni religión, por lo que el contacto de estas dos culturas resultó en una sangrienta lucha que se prolongó por más de 300 años y que terminó a mediados del siglo XIX, con el exterminio de los grupos nativos, esto debido en debido en gran medida a las epidemias traídas por los colonos europeos, a la sequía y a la cacería sistemática de estas tribus a manos de los españoles y de las tribus desplazadas por los colonos europeos en el norte de América, tribus tales como los Apaches, Kikapús, Seminoles, entre otros.
Para ayudar en la lucha contra los bárbaros del norte, el virrey don Luis de Velasco II, ordenó la creación de un pueblo contiguo a la villa de Santiago del Saltillo, mismo que sería habitado un grupo de tlaxcaltecas venidos desde el señorío de Tizatlán (al cual los españoles habían rebautizado como San Esteban). El objetivo de hacer esto era para ayudar a aumentar la población de la villa, luego de la región sureste y luego de todo el norte de Coahuila, además de sembrar la tierra y contribuir en el comercio.
Así, en la segunda mitad del año de 1591 se creó la villa de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, habitada inicialmente por un grupo de 102 hombres, 85 mujeres y 58 niños. Los dos pueblos, Santiago del Saltillo y San Esteban de la Nueva Tlaxcala, estaban separados por un pequeño arroyo ubicado en la actual calle de Allende, en el centro de la ciudad; Esta separación de los pueblos duró 236 años, hasta que en el año de 1827, se anexó la villa de San Esteban a la ciudad de Saltillo.
El 8 de Enero de 1811, llegaron a Saltillo alrededor de siete u ocho mil efectivos insurgentes al mando de Mariano Jiménez, en la última semana del mes de Febrero llegó el General Ignacio Allende, quién fue ratificado al mando de los insurgentes, y unos días después llegó el cura Miguel Hidalgo y Costilla. En camino hacia el norte, los caudillos insurgentes fueron emboscados en el camino de Saltillo a Monclova, en Norias del Baján, echos prisioneros y entregados al gobierno de la corona española. En el mes de Septiembre de 1846, la ciudad de Saltillo fue ocupada por tropas norteaméricanas, durante la guerra México - Estados Unidos de América, permaneciendo así por 18 meses.
Así, entre el 22 y 23 de Febrero de 1847 se registró la Batalla de la Angostura, unos 8 km. al sur del valle de Saltillo, en la cual la victoria quedó sin decisión, retirándose el ejército norteamericano hacia Nuevo León y el ejército mexicano hacia San Luis Potosí.
En 1864, ya con Maximiliano en el trono, el presidente Benito Juárez llegó a la ciudad de Saltillo, siendo ocupada ésta por el ejército francés en ese mismo año hasta 1866. Aunque Juárez estuvo poco tiempo en la ciudad, durante este tiempo declaró la separación de los estados de Coahuila y Nuevo León, anexión que sólo los ayuntamientos de Saltillo y Parras nunca habían firmado.
El trabajo en Saltillo
En el segundo cuarto del siglo XX, la ciudad Saltillo dio un giro en sus actividades económicas: cambió de las actividades puramente agrícolas y textiles a las industriales, con la creación de empresas tales como CIFUNSA, CINSA, Exito, Molinos el Fénix, entre otras.
A mediados del siglo XX y con la política proteccionista del gobierno mexicano, se crearon nuevas empresas como Moto Islo en 1961, Zincamex, e Inyec Diesel. En el último cuarto del siglo XX, llegaron a la región empresas internacionales como General Motors y Daimler Chrysler, con sus respectivas empresas satélite, lo que provocó una explosión industrial y un aumento considerable en la población y en el ritmo de vida en la ciudad.
Actualmente se está dando un impulso para la diversificación de la industria, y con la firma del Tratado de Libre Comercio, la región ha tenido una gran prosperidad económica. Además, se está tratando de impulsar el turismo en la ciudad, con el rescate del centro histórico, la creación reciente de museos, centros culturales, etc. El nombre de Saltillo deriva de la pequeña cascada que en remota época formaba el ojo de agua que se encontraba en el original asentamiento
Saltillo está de fiesta
El 25 de julio Saltillo festeja el 434 aniversario de su fundación. Hoy te invitamos a conocer algunos datos y lugares importantes de nuestra ciudad. Ojo de Agua
Cuando los españoles llegaron a lo que hoy es la iglesia del Ojo de Agua lo primero que vieron fue un ‘salto’ pronunciado de agua, por eso le llamaron a la ciudad ‘Saltillo’. Actualmente este ‘ojito’ es parte de una ermita dedicada a Cristo llamada Iglesia del Ojo de Agua. El barrio del Ojo de Agua se fundó en mayo de 1873, convirtiéndose así en la unidad habitacional actual más antigua en la ciudad. Las primeras casas que se edificaron en la localidad se instalaron alrededor del salto de agua que describen los colonizadores españoles en sus crónicas.
Alberto del Canto
Expedicionario, colonizador portugués quien fundó el poblado que hoy es Saltillo el 25 de julio. Se trasladó a América siendo muy joven deslumbrado por los cargamentos de especias, oro y plata que llegaban a España por lo que decidió colaborar en la conquista y colonización del nuevo mundo para alcanzar la gloria terrenal.
La Catedral
Este templo se comenzó a construir en 1745 y se terminó en 1800. Al principio era en realidad una parroquia y fue hasta el 23 de junio de 1891 que adquirió el título de Catedral. Su arquitectura mezcla estilos, va desde el barroco hasta el neoclásico y sobresalen sus portadas y retablos. Es fácil distinguirla debido a su gran torre de 81 metros de altura rematada por una cruz de hierro.
Santo Cristo de la Capilla
Es la imagen más antigua y renombrada de Saltillo. Un Jesús crucificado de tamaño natural que tiene fama de muy milagroso. Fue hecha en España y traída a la ciudad por el comerciante Santos Rojo en 1608.
Alameda Zaragoza
Es el jardín más grande e importante de la zona centro. Sus extensas áreas verdes son perfectas para pasear y admirar las obras escultóricas colocadas en memoria de heroicos personajes. Esta la estatua ecuestre de Ignacio Zaragoza, la Columna de la Independencia, el Busto de Carranza así como la estatua de Miguel Hidalgo y Costilla. Cuenta con un lago que tiene la forma de la República Mexicana y la Biblioteca Pública del Estado de fachada neoclásica construida en cantera rosa.
Manuel Acuña
Es uno de los grandes poetas orgullosamente saltillense quien nació el 27 de agosto de 1849. A los 16 años se trasladó a la ciudad de México donde estudió en el Colegio de San Ildefonso. Fue colaborador permanente de los periódicos y revistas más importantes de la época. Destacan sus poemas ‘Ante un cadáver’ y ‘Nocturno a Rosario’.
El sarape
La palabra sarape proviene del náhuatl ‘tzalanpepechtl’ compuesta por ‘tzalan’ que significa tejido y ‘pepechtl’ que significa manta gruesa. Originalmente fueron traídos desde Tlaxcala por los indígenas de aquella región quienes, aliados con los españoles, vinieron a esta parte de México, para servir de ejemplo a las tribus locales. Es famoso gracias a su colorido y diseño. Se utilizan como prenda para complementar la vestimenta, como tapices que engalanan las paredes de las casas mexicanas.
De cajeta y de perón
Dice el cronista de la ciudad, don Armando Fuentes Aguirre ‘Catón’ que en Saltillo el que no es poeta, hace cajeta. Esto debido a la cercanía de la ciudad con la sierra de Arteaga donde se siembran manzanas y membrillos. Había tal cantidad de estos frutos durante el verano que las abuelas hacían dulces, cajetas y vinos de estos frutos para que no se desperdiciaran.
Las escuelas de Saltillo
La ciudad alberga escuelas de prestigio internacional como el Ateneo Fuente, la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, la Benemérita Escuela Normal de Coahuila, la Universidad Autónoma de Coahuila, el Instituto Tecnológico de Monterrey campus Saltillo, la Universidad Autónoma del Noreste, el Instituto Tecnológico de Saltillo, la Universidad Tecnológica de Coahuila y la Universidad LaSalle Saltillo. En nuestra ciudad los estudiantes sí que son muy buenos.
Grandes saltillenses
Juan Antonio de la Fuente, encargado por orden del presidente Benito Juárez de la Defensa de Coahuila ante la invasión de las fuerzas francesas. Artemio de Valle Arizpe, personaje poseedor de gran ingeio y fantasía. Fue Cronista de la Ciudad de México. Vito Alessio robles. Estudio en el Colegio Militar donde se graduó de ingenioero. Realizó grandes obras históricas, biográficas y literarias.
Sus museos
De las Aves. Integrado por la colección personal de aves que donó el ornitólogo Aldegundo Garza quien durante 42 años reunió tan valiosa colección. El ave más pequeña es un colibrí y el más grande un avestruz. Del Desierto. Un espacio con diversas salas donde puedes conocer los fósiles de dinosaurios. Además puedes visitar el Museo de la Catrina, El giroscopio, el Museo Taurino, el Museo del Sarape y el Museo del Normalismo.
domingo, 24 de julio de 2011
LA OTRA HISTORIA DE JUAREZ
La otra historia de Juárez (I)
En una alusión a la actitud de Juárez en diversos hechos de la historia, importantes escritores han plasmado varias ideas, que bien merece la pena de ser analizadas y usted tendrá la responsabilidad de creerlas o no.
Cuando en 1850 apareció el cólera en Oaxaca, en forma violenta, segando la vida de los habitantes, Juárez, quien había sido el más implacable enemigo de la Iglesia, se confesó, comulgó y con los brazos cruzados tomó parte en una procesión pública, según lo escribió Mariano Cuevas en su obra: Historia de la Iglesia en México. Juárez, siendo presidente, oficializó, como día de fiesta nacional, el día 12 de diciembre en honor a la Virgen de Guadalupe y que después de que le salvó la vida aquella famosa frase de “los valientes no asesinan”, salió huyendo del palacio de gobierno de Guadalajara, rumbo a Manzanillo, Colima, pero fue alcanzado de nueva cuenta, en Acatlán, Jalisco, por sus enemigos, se refugió, sin lentitud alguna y todo temeroso, en un templo católico del que fue sacado, por un cura de apellido Vargas, en una canasta pizcadora de maíz y burlando, de esta manera a sus enemigos. Desde que escaló los primeros puestos de burócrata hasta antes de ser presidente de la república, Juárez manifestó ser siempre católico práctico.
Asistía públicamente a procesiones con los brazos en cruz y musitando oraciones tras el santísimo sacramento; no sólo eso, exhortaba a los trabajadores de Oaxaca a que hicieran penitencia y se confesaran y comulgaran para implorar el auxilio divino y se dirigía por escrito a los ayuntamientos oaxaqueños, siendo gobernador, recomendándoles que exigieran a los fieles cristianos el pago exacto a la iglesia de los diezmos y primicias, según Celestino Salmerón en su obra: Las grandes traiciones de Juárez. Sigue diciendo Salmerón que: Juárez, con las leyes de reforma, ninguna separación de poderes hizo, sometió brutalmente a la iglesia al poder del estado, cosa que no es una separación, sino una sumisión de la primera al segundo. Intentó organizar una iglesia católica mexicana, una vez que consiguiera separar al clero de la obediencia de los obispos.
Para tal objeto, Juárez, en 1859, colmó de poderes al padre Rafael Díaz Martínez para organizar la iglesia deseada, cuyo jefe o Papa sería el presidente Juárez. No obstante el sonado fracaso que obtuvo, en 1868 “apareció una Iglesia mejicana dirigida por un comité laico”, teniendo como presidente al Lic. Mariano Zavala, magistrado de la suprema corte de justicia… Juárez no quería ninguna separación de poderes, sino una iglesia sometida a la voluntad y en la que él desempeñara el oficio papal de Enrique VIII o de Isabel de Inglaterra.
Juárez hizo educar a sus hijos por sacerdotes católicos y, como dato anexo, cuando su secretario, el cubano Pedro Santa Cecilia, quiso casarse con su hija, solamente por lo civil, Juárez rechazó la proposición diciendo: “Mi hija es una joven decente y el matrimonio civil es un contrato de burdel”. Relato que registra Mariano Cuevas en Historia de la Iglesia en México. (Extractado del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, de Lucio Vázquez)
La otra historia de Juárez (II)
En la segunda parte de “La Otra Historia de Juárez”, visto desde la óptica de importantes escritores, donde usted tendrá la responsabilidad de creerlas o no. Se dice que Juárez, antes de morir pedía, desesperadamente, un sacerdote para confesión. Igualmente se dice que, sus compañeros de ideología... se lo negaron.
El tratado de tránsito y comercio entre los Estados Unidos y México, suscrito por Robert McLane, ministro de los Estados Unidos en México, y Melchor Ocampo, ministro de relaciones exteriores de México, en Veracruz, el 14 de diciembre de 1859… fue un negocio propio para obtener el reconocimiento de los Estados Unidos como presidente de México, sin importarle vender la soberanía de la patria.
Por ello, don Ignacio Ramírez “El Nigromante”, el jueves 13 de julio de 1871 y en el periódico liberal, “El Mensajero”, escribió: “Juárez, el más despreciable de nuestros personajes”.
Pero, don Justo Sierra, su defensor ardentísimo, igualmente escribe en Juárez, su obra y su tiempo (Editorial Latino-Americana, S.A. p.p. 206 y 207): “El tratado o pseudos tratado MacLane-Ocampo, no es defendible; todos cuantos lo han refutado bien; casi siempre han tenido razón y formidablemente contra él.
Estudiándolo hace la impresión de un pacto, no entre dos potencias iguales, sino entre una potencia dominante y otra sirviente; es una constitución de una servidumbre interminable”. Don Francisco Bulnes, jacobino y liberal es, quizás, el más honrado de los escritores y quien mejor ha desenmarañado el tratado, dice: “Es ante todo un pacto intervencionista de intervenciones continuas, desde el momento en que se encomienda al Gobierno de los Estados Unidos, cuidar a perpetuidad de la conservación de la paz en México, con lo que México quedaba sin soberanía, sin honor y sin una piltrafa de vergüenza”. Textos tomados del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, página 5, del médico Lucio Vázquez.
Sin lugar a dudas, dice el notable escritor Carlos Monsiváis, que Benito Juárez, fue el forjador del estado mexicano; un notable estadista; el héroe de la patria; el primer presidente de la república indígena; el hombre, autoritario y enamorado del poder, pero humano, con virtudes y defectos, prodigiosamente terco, doctrinario, inteligente, solemne y austero; fue un orgulloso indio, que nunca aparentó lo contrario; un auténtico liberal, fue un nómada en su famosa carroza; un demonio según el clero, glorificado no sólo en México sino en el mundo, ateo o creyente laico, bueno, eso parece estar en discusión.
Ya no se sabe en dónde empieza o en dónde termina su leyenda y sin lugar a dudas, usted tiene la mejor opinión. (Extractado del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, de Lucio Vázquez)
En una alusión a la actitud de Juárez en diversos hechos de la historia, importantes escritores han plasmado varias ideas, que bien merece la pena de ser analizadas y usted tendrá la responsabilidad de creerlas o no.
Cuando en 1850 apareció el cólera en Oaxaca, en forma violenta, segando la vida de los habitantes, Juárez, quien había sido el más implacable enemigo de la Iglesia, se confesó, comulgó y con los brazos cruzados tomó parte en una procesión pública, según lo escribió Mariano Cuevas en su obra: Historia de la Iglesia en México. Juárez, siendo presidente, oficializó, como día de fiesta nacional, el día 12 de diciembre en honor a la Virgen de Guadalupe y que después de que le salvó la vida aquella famosa frase de “los valientes no asesinan”, salió huyendo del palacio de gobierno de Guadalajara, rumbo a Manzanillo, Colima, pero fue alcanzado de nueva cuenta, en Acatlán, Jalisco, por sus enemigos, se refugió, sin lentitud alguna y todo temeroso, en un templo católico del que fue sacado, por un cura de apellido Vargas, en una canasta pizcadora de maíz y burlando, de esta manera a sus enemigos. Desde que escaló los primeros puestos de burócrata hasta antes de ser presidente de la república, Juárez manifestó ser siempre católico práctico.
Asistía públicamente a procesiones con los brazos en cruz y musitando oraciones tras el santísimo sacramento; no sólo eso, exhortaba a los trabajadores de Oaxaca a que hicieran penitencia y se confesaran y comulgaran para implorar el auxilio divino y se dirigía por escrito a los ayuntamientos oaxaqueños, siendo gobernador, recomendándoles que exigieran a los fieles cristianos el pago exacto a la iglesia de los diezmos y primicias, según Celestino Salmerón en su obra: Las grandes traiciones de Juárez. Sigue diciendo Salmerón que: Juárez, con las leyes de reforma, ninguna separación de poderes hizo, sometió brutalmente a la iglesia al poder del estado, cosa que no es una separación, sino una sumisión de la primera al segundo. Intentó organizar una iglesia católica mexicana, una vez que consiguiera separar al clero de la obediencia de los obispos.
Para tal objeto, Juárez, en 1859, colmó de poderes al padre Rafael Díaz Martínez para organizar la iglesia deseada, cuyo jefe o Papa sería el presidente Juárez. No obstante el sonado fracaso que obtuvo, en 1868 “apareció una Iglesia mejicana dirigida por un comité laico”, teniendo como presidente al Lic. Mariano Zavala, magistrado de la suprema corte de justicia… Juárez no quería ninguna separación de poderes, sino una iglesia sometida a la voluntad y en la que él desempeñara el oficio papal de Enrique VIII o de Isabel de Inglaterra.
Juárez hizo educar a sus hijos por sacerdotes católicos y, como dato anexo, cuando su secretario, el cubano Pedro Santa Cecilia, quiso casarse con su hija, solamente por lo civil, Juárez rechazó la proposición diciendo: “Mi hija es una joven decente y el matrimonio civil es un contrato de burdel”. Relato que registra Mariano Cuevas en Historia de la Iglesia en México. (Extractado del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, de Lucio Vázquez)
La otra historia de Juárez (II)
En la segunda parte de “La Otra Historia de Juárez”, visto desde la óptica de importantes escritores, donde usted tendrá la responsabilidad de creerlas o no. Se dice que Juárez, antes de morir pedía, desesperadamente, un sacerdote para confesión. Igualmente se dice que, sus compañeros de ideología... se lo negaron.
El tratado de tránsito y comercio entre los Estados Unidos y México, suscrito por Robert McLane, ministro de los Estados Unidos en México, y Melchor Ocampo, ministro de relaciones exteriores de México, en Veracruz, el 14 de diciembre de 1859… fue un negocio propio para obtener el reconocimiento de los Estados Unidos como presidente de México, sin importarle vender la soberanía de la patria.
Por ello, don Ignacio Ramírez “El Nigromante”, el jueves 13 de julio de 1871 y en el periódico liberal, “El Mensajero”, escribió: “Juárez, el más despreciable de nuestros personajes”.
Pero, don Justo Sierra, su defensor ardentísimo, igualmente escribe en Juárez, su obra y su tiempo (Editorial Latino-Americana, S.A. p.p. 206 y 207): “El tratado o pseudos tratado MacLane-Ocampo, no es defendible; todos cuantos lo han refutado bien; casi siempre han tenido razón y formidablemente contra él.
Estudiándolo hace la impresión de un pacto, no entre dos potencias iguales, sino entre una potencia dominante y otra sirviente; es una constitución de una servidumbre interminable”. Don Francisco Bulnes, jacobino y liberal es, quizás, el más honrado de los escritores y quien mejor ha desenmarañado el tratado, dice: “Es ante todo un pacto intervencionista de intervenciones continuas, desde el momento en que se encomienda al Gobierno de los Estados Unidos, cuidar a perpetuidad de la conservación de la paz en México, con lo que México quedaba sin soberanía, sin honor y sin una piltrafa de vergüenza”. Textos tomados del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, página 5, del médico Lucio Vázquez.
Sin lugar a dudas, dice el notable escritor Carlos Monsiváis, que Benito Juárez, fue el forjador del estado mexicano; un notable estadista; el héroe de la patria; el primer presidente de la república indígena; el hombre, autoritario y enamorado del poder, pero humano, con virtudes y defectos, prodigiosamente terco, doctrinario, inteligente, solemne y austero; fue un orgulloso indio, que nunca aparentó lo contrario; un auténtico liberal, fue un nómada en su famosa carroza; un demonio según el clero, glorificado no sólo en México sino en el mundo, ateo o creyente laico, bueno, eso parece estar en discusión.
Ya no se sabe en dónde empieza o en dónde termina su leyenda y sin lugar a dudas, usted tiene la mejor opinión. (Extractado del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, de Lucio Vázquez)
La muerte de Benito Juárez
La muerte de Juárez
Una tarde Juárez visitó junto con varias de sus hijas la tumba de su esposa Margarita y ahí les platicó una anécdota, tenía que recibir a un grupo de empresarios norteamericanos y no se le acomodaba el cabello, le pidió a Margarita un limón que era lo único que se lo controlaba, ella se lo puso y lo peinó.
Luego le hizo el nudo de la corbata, pues Juárez estaba nervioso y no le salía. Margarita le dijo “¡Que inútil eres!”. Juárez les dijo a sus hijas que ella tenía razón, ¡Sin Margarita se sentía un inútil! En ese mismo lugar Juárez tuvo un mareo que lo hizo sentarse debido a un dolor en el pecho, luego otro episodio de dolor en el pecho que le hizo doblarse mientras su secretario particular, Balandrano, le leía las noticias importantes.
El 17 de julio de 1872 por la tarde, Juárez decide no dar su acostumbrado paseo de su carruaje y se va a dormir en su alcoba de palacio nacional acompañado de Benito, su hijo menor.
Esa noche leyó un libro en francés, en la página 232 que describía la entrada del emperador Trajano a Roma y el inicio de su gobierno de 20 años, Juárez escribió en un pequeño papel: “Cuando la sociedad está amenazada por la guerra; la dictadura o la centralización del poder pueden ser un remedio para aquellos que atentan contra las instituciones, la libertad o la paz”.
Esa noche sólo tomó atole, tuvo náuseas que no lo dejaron dormir, por lo que despertó a su hijo Benito.
El día 18 a las 9 horas tuvo que llamar a su médico Ignacio Alvarado quien llegó cerca de las 10:00. A las 11:00 tuvo calambres muy dolorosos que lo llevaron a la cama. Tenía el pulso bajo y sus latidos débiles.
El tratamiento aplicado, típico de la época, fue arrojarle agua hirviendo en el pecho, cosa que se le hizo luego de colocarle la olla hirviendo en el pecho, con el cual reaccionó. La familia pasó al comedor y se quedó en la recámara con el médico.
Benito platicó al médico historias de su niñez y aprovechó para preguntarle si lo suyo era mortal, contestando el médico: “Sr. presidente: ¡Cómo lo siento!”.
Juárez siguió mal. Su familia estaba reunida, hijas, hijo, yernos y amigos que fueron llegando a la sala. Juárez tuvo la insistencia de los ministros de relaciones exteriores José María Lafragua y el de la Guerra, Gral. Alatorre, en esa tarde ambos pidieron ver al presidente para recibir instrucciones. Juárez en ambos casos tuvo que vestirse y hablar con ellos, escucharlos y darles instrucciones.
Los médicos mexicanos Gabino Barreda y Rafael Lucio, que eran los más prestigiados acudieron a palacio nacional, pero nada pudieron hacer. Juárez se tendió de lado izquierdo poniendo una mano bajo su cabeza.
Muy fatigado, con evidente falta de oxígeno sonrió e inmediatamente murió. Eran las 23:35 del 18 de julio de 1872 cuando los tres médicos reunidos declararon muerto al presidente.
Una tarde Juárez visitó junto con varias de sus hijas la tumba de su esposa Margarita y ahí les platicó una anécdota, tenía que recibir a un grupo de empresarios norteamericanos y no se le acomodaba el cabello, le pidió a Margarita un limón que era lo único que se lo controlaba, ella se lo puso y lo peinó.
Luego le hizo el nudo de la corbata, pues Juárez estaba nervioso y no le salía. Margarita le dijo “¡Que inútil eres!”. Juárez les dijo a sus hijas que ella tenía razón, ¡Sin Margarita se sentía un inútil! En ese mismo lugar Juárez tuvo un mareo que lo hizo sentarse debido a un dolor en el pecho, luego otro episodio de dolor en el pecho que le hizo doblarse mientras su secretario particular, Balandrano, le leía las noticias importantes.
El 17 de julio de 1872 por la tarde, Juárez decide no dar su acostumbrado paseo de su carruaje y se va a dormir en su alcoba de palacio nacional acompañado de Benito, su hijo menor.
Esa noche leyó un libro en francés, en la página 232 que describía la entrada del emperador Trajano a Roma y el inicio de su gobierno de 20 años, Juárez escribió en un pequeño papel: “Cuando la sociedad está amenazada por la guerra; la dictadura o la centralización del poder pueden ser un remedio para aquellos que atentan contra las instituciones, la libertad o la paz”.
Esa noche sólo tomó atole, tuvo náuseas que no lo dejaron dormir, por lo que despertó a su hijo Benito.
El día 18 a las 9 horas tuvo que llamar a su médico Ignacio Alvarado quien llegó cerca de las 10:00. A las 11:00 tuvo calambres muy dolorosos que lo llevaron a la cama. Tenía el pulso bajo y sus latidos débiles.
El tratamiento aplicado, típico de la época, fue arrojarle agua hirviendo en el pecho, cosa que se le hizo luego de colocarle la olla hirviendo en el pecho, con el cual reaccionó. La familia pasó al comedor y se quedó en la recámara con el médico.
Benito platicó al médico historias de su niñez y aprovechó para preguntarle si lo suyo era mortal, contestando el médico: “Sr. presidente: ¡Cómo lo siento!”.
Juárez siguió mal. Su familia estaba reunida, hijas, hijo, yernos y amigos que fueron llegando a la sala. Juárez tuvo la insistencia de los ministros de relaciones exteriores José María Lafragua y el de la Guerra, Gral. Alatorre, en esa tarde ambos pidieron ver al presidente para recibir instrucciones. Juárez en ambos casos tuvo que vestirse y hablar con ellos, escucharlos y darles instrucciones.
Los médicos mexicanos Gabino Barreda y Rafael Lucio, que eran los más prestigiados acudieron a palacio nacional, pero nada pudieron hacer. Juárez se tendió de lado izquierdo poniendo una mano bajo su cabeza.
Muy fatigado, con evidente falta de oxígeno sonrió e inmediatamente murió. Eran las 23:35 del 18 de julio de 1872 cuando los tres médicos reunidos declararon muerto al presidente.
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