miércoles, 10 de octubre de 2012

El Asombrado

Jacinto Faya Viesca
El Asombrado

¿Me recuerdas, no? Soy ese joven al que llaman el Asombrado, que fue rescatado a los 15 años de edad, de una tribu de unas 50 personas, en las que todos murieron por una rara enfermedad, a excepción de mí. Actualmente cuento con 20 años de edad y trabajo en un barco carguero, habiendo navegado por todo el mundo.
No me explico –habló el Asombrado-, cómo los seres humanos, sabiendo que podrían comportarse con moderación y prudencia, lo que siempre les resultaría en su provecho, prefieren inclinarse por su gusto, capricho y deleite, aun y cuando ello atente contra lo más preciado de sus vidas.

Hacer caso de sus caprichos, inclinaciones perversas, y eligiendo lo peor conociendo lo mejor, es una cuestión que he observado en todos los países que he visitado alrededor del mundo. ¿Y esta anomalía es propia de personas sin educación o que viven en la pobreza? ¡No! Esto lo he observado aun en personas muy inteligentes, cultas y poderosas. Creo que se trata de que un alto porcentaje de personas que escogen lo peor aun sabiendo que los perjudica, porque encuentran en sus caprichos y en sus deseos un deleite malsano, no importándoles las consecuencias.
Muchos preguntan cuáles son los mejores caminos para transitar por la vida. ¡Pero me asombra que una vez que saben cuáles son esos caminos, transitan por los peores! Me asombra también, que muchas personas no adoptan un estilo de vida “mediano”, tal y como los griegos de las Antigüedad lo pedían: “una dorada medianía”, sino que pretenden andar por los extremos y aparentando lo que no son.
El rico aparenta no serlo, para no dar ni ayudar; el que no cuenta con recursos económicos, se endeuda para aparentar que goza de cierta riqueza; el tonto –que sabe que lo es-, quiere demostrar que es muy listo, y en todo es equivoca; el presumido no es consciente que presume de lo que más carece. ¡Como se darán cuenta, el mundo camina de cabeza!
Con todo cuidado siempre busco dónde habitan los hombres prudentes que se conducen con inteligencia y cordura. Pregunto por ellos y me dicen que no saben dónde buscarlos, pues es muy raro que gocen de estas cualidades. También les pregunto dónde puedo encontrar a algunos que sean muy ingenuos y descuidados. Respondiéndome que los busque en las nubes, ya que es un lugar que les gusta mucho: ahí se la pasan durmiendo, viviendo de sueños y huyendo de la vida. Y esto es cierto, pues uno de los peores vicios de los seres humanos es la negligencia, el descuido y la dejadez. Padecen de una “fobia” al esfuerzo y a la disciplina. Por ello, a muchas personas desean construir castillos en el aire, pues es su principal entretenimiento.
Me he dado cuenta –dice el Asombrado-, que todo presumido y fanfarrón sueña con realizar grandes actos, pero su falta de decisión lo empuja a hablar de sus grandes proyectos, que nunca se traducen en realidades. Pero ingenuamente cree que colgado de un cuerno de la luna, todos se van a tragar sus ingenuidades y mentiras.
He observado, que algunos creen que la mejor manera de avanzar en la vida es bajando a los que van subiendo por las escaleras, y metiéndoles zancadillas a los que con esfuerzo van avanzando. Gastan sus energías en estas tareas, no cayendo en la cuenta que si se aplicaran a sus proyectos, por más modestos que sean, cosecharían excelentes frutos. Pero su envidia los detiene, y siempre se quedan rezagados.
¡Es increíble, pero el que nunca tuvo y de pronto tiene, loco se quiere volver! Todos conocemos a personas que vivían de una manera estrecha económicamente, pero que se comportaban con sensatez. De pronto, la Fortuna los encumbra, y pretenden una casa más grande y artículos de lujo. Meten a su casa muebles sin la menor utilidad ni buen gusto.
Estas personas a las que la Fortuna las ha encumbrado de pronto, anteriormente se dirigían a las personas con respeto y sobrada cortesía. Ahora ignoran a la mayoría de los que antes saludaban. No se percatan que sus desplantes presuntuosos son causa de risas y burlas. Cambian de costumbres en cuanto la Fortuna los encaramó en sus hombros: su ropa es costosa aunque sea de pésimo gusto, tratan de relacionarse con personas que ellos consideran de mejor posición social. ¡Total, que se la pasan de ridículo en ridículo sin advertirlo!
Me asombra –dijo el Asombrado– cómo en todos los países que visito, el hombre repite los mismos vicios: al miserable y al pobre no tienen quien los invite a comer. En cambio a los ricos les sobran invitaciones de todo tipo de convenencieros y aduladores. Los pobres no tienen parientes ricos que los hereden, y los ricos son heredados con hartura. “Tienes, tendrás”, dice un refrán popular. Y que cierto lo que dice la Biblia: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará”.

En todos los lugares que he visitado –dice el Asombrado-, que a las personas sencillas y sabias como son los maestros de escuela y personas humildes pero muy prudentes, la sociedad no les dan el reconocimiento que merecen. Y a los que ocupan cargos en el gobierno o gozan de riquezas, la gente los respeta y adula, aun y cuando se trate de personas injustas, inmorales y arbitrarias.
¡Me cuesta creer en tantas locuras de los hombres, dijo el Asombrado! Por ello, es lógico que el hombre ande de tumbo en tumbo, confundido y permanentemente desvariado.

Nuestro espíritu controla el cuerpo

Palabras de Poder

Jacinto Faya Viesca
Nuestro espíritu controla el cuerpo
Una de las características de nuestra sociedad del hiperconsumo es el bombardeo en la prensa y televisión, de que estamos “obligados” a gozar de una “salud perfecta”, ofreciéndonos esta publicidad todo un catálogo de productos “maravillosos” para nuestra salud.
Es conveniente, por supuesto, que cuidemos nuestro cuerpo, pero nada más desastroso que tratar de arreglar lo que no está descompuesto (y esto se aplica a cualquier área de nuestra vida). Si nuestro cuerpo funciona bien, nada peor que caer en la mercadotecnia de la “salud perfecta”, pues quedaríamos atrapados en las redes de la hipocondría: empezaríamos a sentirnos mal, pues no estaríamos a la altura de las figuras perfectas de hombres y mujeres que nos muestran los anuncios publicitarios.

Como nuestra sociedad del hiperconsumo es totalmente materialista, nuestro “espíritu” no tiene cabida. Padecemos de ciertas limitaciones físicas y ante ello, nada mejor que ser benevolentes con nosotros mismos. Derramamos nuestra generosidad sobre nuestras limitaciones y padecimientos físicos; hacer las paces con lo que no podemos cambiar. Si una persona padece de una enfermedad crónica como la diabetes o la artritis reumatoide, sólo por señalar dos ejemplos, lo más sabio es que se cuide, pero que acepte que tendrá que vivir toda su vida con estos padecimientos.
Nuestra paz interior, seguramente nuestro anhelo más profundo, sólo podremos lograrlo si empezamos a aceptarnos “íntegramente tal y como somos”. Esta aceptación solo podría brotar de nuestra más pura generosidad; y ésta conformidad con nosotros mismos nos permitiría acercarnos lo más posible al “ideal de la salud”.
Antes de querer “arreglar” lo que no está descompuesto en nosotros, debemos mirar con paciencia nuestros males físicos, comprender nuestras limitaciones de salud, y de ahí en adelante comportarnos con una gran calidez con nosotros mismos, tomando una profunda conciencia en el sentido de que siempre estaremos afectados físicamente “por algo”, pero no hay remedio, pues solamente somos seres humanos.

Las personas que hayan logrado esa conformidad consigo mismo, que hayan aceptado los padecimientos que no pueden curar, que hayan alcanzado librarse de esa actitud perfeccionista y falsa de la “salud perfecta”, habrán neutralizado en su vida cotidiana un sinfín de incomodidades físicas, a tal grado, que muchas de ellas ya no les molestarán. Sus emociones gozarán de un equilibrio del que jamás pensaron que podrían disfrutar.
Y es que las afecciones del cuerpo cuando son aceptadas con generosidad, producen un enorme incremento en la salud mental y emocional. Las personas con padecimientos físicos logran una sensibilidad y tal grado de salud mental, que son inaccesibles a quienes gozan de una “salud de hierro”, propiamente animal. Aun con padecimientos físicos crónicos, se puede gozar de lo que para un medico sería un “perfecto estado de salud”, del que no gozan muchas personas que en realidad están sanas, pero como siempre están ansiosas por mayores niveles de salud, su psiquismo está tan perturbado, que se sienten enfermos crónicos, sin serlo. Podemos convertir nuestro desequilibrio físico en un equilibrio integral. Y ésta sería la ecuación: sí, padezco estas enfermedades y molestias físicas, pero las he aceptado en mi corazón; he logrado que mi generosidad permee toda mi vida; gracias a esto he eliminado una gran cantidad de perturbaciones emocionales, y el aumento de mi fuerza espiritual me ha conducido a una paz de mi espíritu. Así, el desequilibrio físico se convierte en un equilibrio más integral. Muy arriba de los grandes descubrimientos en el campo de la salud física, la generosa aceptación de que somos imperfectos por naturaleza, crea las condiciones óptimas para todo tipo de tratamiento y cuidado de nuestra salud. Con ésta aceptación nacida del corazón, no exigimos “de más”, nos conformaremos con lo que esas medicinas o cuidados puedan producir en nosotros, y no más.

Creo firmemente que los seres humanos somos mucha más que meros cuerpos físicos. El que seamos capaces de amar y compadecernos de otros, nos convierte en “sujetos” y no en meros “objetos”. El hecho de que seamos capaces de tener conciencia de nosotros y del mundo, nos sitúa en la Naturaleza como seres en los que tiene una influencia decisiva las expresiones de nuestro espíritu.
Con nuestro espíritu tomamos conciencia del mundo, somos capaces de decidir por lograr valores constructivos. Nuestro espíritu es la enorme fuerza capaz para que podamos asumir nobilísimas actitudes ante nuestros padecimientos físicos. Actitudes que pueden ennoblecer nuestras vidas, no solamente mejorando nuestros padecimientos físicos, sino además, asumiendo grandes responsabilidades, como formar a nuestros hijos, y luchar por ideales que siempre mantengan el fuego encendido en nuestros corazones.

Las tinieblas de la soledad

Palabras de Poder

Jacinto Faya Viesca

Las tinieblas de la soledad

¡Soledad es mi nombre, y soy capaz de inundar de tristeza y melancolía a aquellos que sienten la ausencia de alguna persona o cosa! ¡Conozco mis poderes: Puedo enloquecer a personas, si los aíslo de toda comunicación!
Sí, siguió hablando la Soledad: Que los corazones humanos son capaces de soportar martirios físicos y muchos sufrimientos emocionales por muy variadas causas. Pero sé también, que muchos corazones se destruyen si los invado y llegan a sentirse profundamente solos.

¡No es cierto que mi Soledad guste a algunos! Los hombres tendrían que parecerse a Dios o ser hermanos de las bestias para poder soportarme. Me equivoco: Más bien, tendrían que parecerse a Dios, pues a las bestias les gusta mucho la compañía de sus semejantes. Y aun, hay bestias que pueden romper su soledad si las acompañan animales de especies distintas. El perro y el gato, enemigos ancestrales, prefieren vivir juntos, que cada uno por su lado.
Para mí misma –dijo la Soledad-, no cometo males contra nadie, aunque debo reconocer, que una vez que alguna persona me invitó a que invadiera su corazón, esa persona ya está dispuesta a cometer todo tipo de males. Por ello, no debe extrañarnos que monstruosos criminales hayan sido seres solitarios. Su soledad los enloquece y llegan a sentirse tan inferiores o superiores, que fácilmente sienten que ellos nada tienen que ver con la especie humana.

Como Soledad, soy la primera en aconsejar a los hombres: Siempre les digo que se cuiden mucho de vivir solos, pues cuando caigan en éste vacío, no serán compadecidos por nadie, y permanecerán derrumbados en el suelo sin que alguien les de la mano.

Sí, es cierto, -le dijeron unos solitarios-, pero tú conoces el refrán popular que dice: “Más vale solo que mal acompañado”. Pero ese refrán no es ningún pretexto –contestó la Soledad-, pues pueden rechazar toda mala compañía, y eso no impide que gocen de compañías buenas. ¡Déjense de excusas, y decídanse a romper el espinazo a su maldita soledad! Y fíjense bien quien se los dice: yo, la Soledad que soy capaz de crear en sus imaginaciones de solitarios, espantosos monstruos que los devorarán: La soledad les secaran el alma, y los harán presa de imaginaciones horrorosas, sin fin.

Entonces, ¿la Soledad significa que estemos solos? ¡No siempre, les contesto! Recuerden, que si su alma es bondadosa y capaz de amar, jamás conocerán la soledad; y cuando estén solos, lo será en un sentido muy distinto: sus ratos en que estén solos gozarán de una excelente compañía: La de ustedes mismos. En cambio, el que rechaza a los seres humanos porque ni ama ni goza de un alma bondadosa, podrá estar rodeado de multitudes, pero se sentirá irremediablemente solo, odiando al género humano.

Quizá no lo sientan, porque ya se acostumbraron a su crónica amargura –les dijo la Soledad a esos solitarios-, pero ustedes bien saben, que permanentemente su corazón siente el dolor de los alfilerazos de su vida solitaria; y sienten y saben, que sus capacidades mentales cada vez son menores, y lo que una vez fue miel de su espíritu, ahora es hiel de su corazón.
El hombre no nació para la soledad –les siguió diciendo-, y la mejor prueba de ello, es que gracias a los amigos, a la compañía de otros, ustedes, seres humanos, han podido sobrevivir como especie a lo largo de cientos de miles de años. Y además, han triunfado por completo: Ahí están las familias donde reina el amor; y qué decir de tanta alma generosa que se entrega al cuidado de otros.

¡Ya no hay que darle vueltas a éste asunto!, dijo la Soledad. Los solitarios están locos o van a la locura. Los solitarios se niegan a amar y a dar, y será imposible que maten su soledad si no buscan la compañía de otros. ¿Te sientes solo, triste y resentido?, pues bien, busca la compañía de otro, y al instante tu tristeza será disuelta. ¡Miren!, les dijo la Soledad, ustedes saben, que el estar solos les roe el corazón. ¿Por qué no, entonces, odiar su soledad, buscar la compañía de otros, de uno solo aunque sea? Empezando a buscar la compañía de otros, será el único camino para comenzar a amar. Y cuando el amor a otros se inicie, yo, como Soledad, me iré para siempre, y tus actos de amor y bondad ocuparan todo el espacio de tu corazón.

La inteligencia del corazón

Palabras de Poder

Jacinto Faya Viesca
La inteligencia del corazón
Soy la Comprensión, y mi principal facultad consiste en entender y penetrar las cosas; entender los móviles y los intereses de las personas, penetrar en los secretos de la naturaleza y descifrar grandes misterios de la vida, y a tal grado, que soy un instrumento poderoso de las ciencias.

Además, cuando deseo en realidad comprender alguna situación de una persona, mi actitud es de benevolencia hacia los actos, comportamientos o sentimientos de otros. En consecuencia, no solamente hago uso de mi inteligencia y de mi frío razonamiento, sino también de mis buenos sentimientos de benevolencia y tolerancia. Si las personas me conocieran mejor se ayudarían unas a otras para tratar de comprenderse, y al mostrar esta disposición, harían esfuerzos adicionales para explicarse mejor.

Es tan importante para los seres humanos la comprensión, que “lo que no comprendemos no lo poseemos”. Por ejemplo: si atravesamos por un determinado problema y no comprendemos una parte o la totalidad de las causas de ese problema, no poseemos la luz y la claridad que podría llevarnos a su solución. Y todo esto se deriva por el contundente hecho de “lo que no está en nuestra conciencia no nos pertenece”.

Una de las conductas más negligentes y absurdas que he observado en las personas –habla la Comprensión–, es la facilidad y ligereza con que niegan las cosas cuando no las comprenden, en vez de esforzarse en entenderlas. Y lo peor de todo, es que de esta flojera mental se derivan muchos perjuicios para ellas. Si observamos bien, nos daremos cuenta de que las personas de mayor éxito y con mejor buena suerte, son aquellas que antes de negar lo que no comprenden, con toda diligencia se aplican para comprenderlas.

Todos sabemos que es un verdadero tormento que una persona viva con otras que la odian (cónyuge, hijos, socios), pero como Comprensión que soy, estoy absolutamente segura que es mucho peor que esa persona viva con otras que no la comprenden. Y es que en una relación de personas, aun dándose el odio, pueden existir muchos aspectos de comprensión. En cambio, cuando la Comprensión no se da, se produce un vacío y un doloroso aislamiento que incomunica y aparta a las personas. Por esto, esforzarse en la Comprensión rinde provechos sin fin, y produce el milagro de la comunicación, la identificación y la compañía.

Uno de los tormentos más dolorosos y silenciosos de los seres humanos –dice la Comprensión–, es la falta de comprensión entre personas cercanas. Es tan amargo, que el incomprendido abandona la esperanza de llegar a ser comprendido por las personas que desea serlo, y prefiere vivir con su tormento a seguir intentando que se le comprenda: “para qué, si no me comprende”, es una frase que resume su intenso sufrimiento.

Los seres humanos no conocen mi esencia: no saben, que prefieren ser comprendidos a llegar a ser amados. Los literatos, maestros y científicos prefieren ser comprendidos que admirados. Y es que el ser admirado es un sentimiento de aprobación, sabiendo el admirado que la gran mayoría de sus admiradores no lo han entendido. En cambio, cuando es comprendido, la satisfacción le llega hasta el fondo de su ser, pues sienten que la comprensión está vinculada con la inteligencia y la verdad, y no solo con un sentimiento de simpatía, como sí sucede con la admiración.

Cuántas antipatías, odios y malos entendidos surgen de la incomprensión de unos a otros, y solamente porque no estamos dispuestos a abrir nuestra mente y nuestro corazón. Nuestros prejuicios, fanatismos, conocimiento parcial de las cosas, nos impide ver hasta el fondo de lo que el otro siente y piensa.

La incomprensión ha constituido una de las fuentes de mayor sufrimiento en la historia de la humanidad. Desde tiempos inmemoriales, naciones enteras se han enfrentado a otras dejando una estela de mortandad y sufrimientos. A veces, lo hacían argumentando que su dios era el auténtico, y el dios de los otros, era falso. La rivalidad entre religiones tiene convulsionado al mundo de hoy en día.

En las relaciones entre cónyuge y entre padres e hijos, la incomprensión es la principal causa de divorcios y de odios entre ellos y de suicidios entre adolescentes.

Cuánto mejoraría la relación entre cónyuges y entre hijos y padres, si hiciéramos esfuerzos muy concretos para tratar de traspasar lo superficial y entrar a los sentimientos y pensamientos de nuestros seres queridos. Si deseamos ir más allá de lo que es invisible a nuestros ojos, tratemos de tocar con nuestro corazón los corazones de nuestros seres queridos.

El sabio y el aprendiz

El sabio y el aprendiz


¡Estoy ansioso por recibir tus enseñanzas –le dijo el Aprendiz al Sabio-, respondiéndole éste de la manera siguiente!: Ten muy en cuenta, que nada en la vida es fácil, y que en sobradas ocasiones te encontrarás en medio de difíciles problemas; no faltarán personas de buena fe que te aconsejen lo que ellos piensen que es lo mejor. Pero recuerda, que por mejor que puede ser el consejo, las bases para solucionar tus dificultades, deben ser la Prudencia y la Virtud. Podrás tomar resoluciones extremadas y muy complejas, pero siempre, la Prudencia y la Virtud le darán el toque mágico a tus decisiones.

Es cierto – continuó hablando el Sabio -, que muchos factores resultan imposible que los podamos controlar, y que la Fortuna nos puede mostrar todo su desprecio en esa ocasión. Pero en la gran mayoría de los casos, los resultados serán para nosotros, buenos o malos, según así hayan sido nuestros actos.

Si nuestros actos están revestidos de la Prudencia y de la Virtud, independientemente de lo esforzado y oportuno que debamos ser, lo más probable es que salgamos victoriosos.

Gracias, le dijo el Aprendiz, ¡y a propósito!, que podría hacer para que realmente me amen una serie de personas que me tratan bien, pero que realmente no siento que me quieran. Y has de saber, que yo trato a toda costa de ganarme su cariño: Les hablo con respeto, los visito en sus cumpleaños, les regalo cosas, los elogio, y aun así, no logro que me quieran.

Pues con estas conductas, nunca lo lograrás – le dijo el Sabio - : Más de lo mismo, te dará los mismos resultados. Pero el día que en realidad los quieras, no necesitarás de tantos artificios; los artificios son bagatelas, conductas artificiales de las que nada quiere saber el amor. Sólo tendremos el amor de nuestros hijos, cónyuge, amigos, cuando sintamos un genuino amor por ellos y se los expresemos.

Incluso, podríamos no expresárselos, y como el amor es tan infalsificable, que a los que amemos se darán cuenta de ello. Como ves, la forma de ser queridos es simple, pero muy difícil de hacerla realidad, pues el precio que nos pide es que amemos si queremos que nos amen. ¡Ya entendí, dijo cabizbajo el Aprendiz: Realmente la tarea es difícil, pero si quiero que me amen, tendré que amarlos a ellos!

Quería preguntarte –le dijo el Aprendiz-, qué hacer con mi codicia, pues me doy perfectamente cuenta, que cuando llego a obtener los ingresos que creí que me serían suficientes, más los alcanzo, y ya estoy fijando ingresos mayores por obtener; es decir, que jamás estoy contento ni me siento seguro con lo que tengo.

Lo que sucede –le respondió el Sabio-, es que todo ser humano cuando pasa por necesidades reales, lo poco le parece mucho, pero una vez que su corazón se vuelve codicioso, los grandes ingresos, y aun, las inmensas riquezas, le parecen poco. Y es que el problema para el codicioso, nunca se va a resolver en base a lo que mucho tenga, pues nunca podrá estar contento por más grandes que sus caudales sean. ¿Y hay una medida razonable a fin de sentirme seguro y no llegar jamás a envenenar de codicia mi corazón?, pregunto el Aprendiz. Sí, -contesto el Sabio-, y esa medida ya la señaló Seneca: “Ten lo necesario, y luego lo suficiente”.

Siento que a veces, los problemas me superan, y no se verdaderamente que hacer –le dijo el Aprendiz al Sabio-, y éste le contesto: Ante los grandes problemas, claro que la inteligencia cuenta, pues el buen análisis objetivo que hagamos de un problema, en mucho nos ayuda. Pero realmente, para resolver grandes problemas, se requiere de un gran corazón. Porque ¿de qué sirve, que la inteligencia se adelante, si el corazón se queda? Solamente los grandes corazones, es decir, los grandes ánimos, es lo que nos permite enfrentar las peores adversidades.

Por ello –siguió hablando el Sabio-, más importante que educar la inteligencia, es educar los sentimientos. ¡Fíjate bien!: Dime si algo tiene que ver con la inteligencia los bríos, la valentía, la dignidad, el honor, el hambre de triunfo, el apetito por la vida, la generosidad, etc. Nada de esto tiene relación con la inteligencia.

Así, que si quieres capacitarte para luchar contra las adversidades –le dijo el sabio-, nada mejor que la presencia de espíritu, y nada mejor también, que leer a los inmortales poetas y las biografías de los hombres más ilustres. Ahí, encontraremos una fuente inagotable de sentimientos y de ejemplos para vivir una vida valiente y atrevida.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Los Estados Unidos y su misión divina

Hace unos pocos días, Mitt Romney, el candidato del Partido Republicano a la presidencia de los Estados Unidos, expreso, sin ambages ni rubor alguno, que “Dios creó a los Estados Unidos para que dirija al mundo”.




Podrá parecer a algunos un exceso inaudito, pero no lo es. Ya en su séptimo mensaje anual al Congreso -el 23 de diciembre de 1823- el Presidente James Monroe sembró la semilla cuando, en referencia a la independización de los países de América, dijo: “No hemos interferido y no interferiremos con las colonias o dependencias de cualquier potencia Europea existentes. Pero los Gobiernos que han declarado su independencia y la mantienen, y cuya independencia hemos, con gran consideración y sobre principios justos, reconocido, no podríamos admitir ninguna intervención con el propósito de oprimirlos, o controlar de cualquier otra manera su destino, por cualquier potencia Europea, sino como la manifestación de una inamistosa disposición hacia los Estados Unidos”.



La postura de Monroe pudo no haber sido más que simplemente anecdótica si no hubiera sido porque trascendió hacia la formación de la más extendida y elaborada doctrina del “destino manifiesto”, que se arraigó fuertemente en el pensamiento y la acción de la política exterior de los Estados Unidos a partir de entonces.



La frase que identifica esta convicción cultural, que sin duda ha permeado todas las facetas de la vida estadounidense, fue acuñada por John L. O’Sullivan, en 1845, como un intento de justificar los afanes expansivos de los Estados Unidos, en un artículo que intituló “The Great Nation of Futurity” y publicó con la expresa intención de apoyar la anexión de Texas a los Estados Unidos.



Para justificar la pretensión implícita en esa supuesta “misión divina” se aduce una suerte de “democratización” del antiguo “derecho divino” que las monarquías invocaban como fuente de legitimidad. La mística que sus impulsores propugnaron cayó en terreno fértil y pronto se convirtió en la convicción generalizada de que los Estados Unidos eran recipiendarios de la “carga” de erigirse en guardianes de las libertades y los valores de la democracia (una falsa democracia, porque era selectiva y discriminatoria al excluir a todos aquellos que no fueran blancos, anglosajones y protestantes).



En todo caso, el signo de la doctrina es un supuesto determinismo, en el que inveteradamente se ha basado una firme y perseverante voluntad política que mira en dirección de la expansión, porque ésta es indispensable para que su sistema económico-político se mantenga pujante a fin de que su sistema social interno funcione eficazmente. Es, sin duda, una expresión del imperialismo rampante, hedonista y codicioso, que ha caracterizado al imperialismo contemporáneo.



La hegemonía presente de los Estados Unidos sobre el mundo entero y el ejercicio de su poder político, respaldado por las armas y las finanzas, ha pretendido –y pretende- legitimarse por esa idea surgida desde los más tempranos tiempos de su existencia como estado independiente, que se transformó en una verdadera mística nacional.



Es innegable que la tristemente célebre doctrina del “destino manifiesto”, es una construcción tan artificial como vana, que sin embargo, a golpe de propaganda y combinada con razones pragmáticas de evidente conveniencia, cobró un cariz mesiánico que nutre todavía los afanes de su renovado expansionismo.



Mientras en México padecemos los embates de otras influencias mesiánicas que han encontrado terreno fértil en la muy explicable crispación frente a las evidentes injusticias que la disparidad social, económica y política ha generado, es necesario que no se pierda la atención en lo que pasa en el norte del Río Bravo, porque nos afecta tanto o más que los desvaríos de quienes, revestidos de un falso manto de democracia, se valen de la demagogia para añadir, innecesariamente, un severo ingrediente de inestabilidad política a la situación ya de suyo inestable de nuestro país.

Filosofía y trívium

Vive como si fueras a morir mañana, aprende como si fueras a vivir para siempre.


Mahatma Gandhi.



El término filosofía es un compuesto de los vocablos griegos phílos y sophía, que tradicionalmente se traduce como amor a la sabiduría. Bajo esta óptica, la filosofía se ocupa de responder las grandes interrogantes que desvelan al hombre como ser, el origen del Universo o del hombre y el sentido de la vida, entre otras cuestiones, con el fin de alcanzar la sabiduría.



La filosofía ha sido la madre fecunda que ha dado la luz a otras muchas disciplinas, sobre ella se han sustentado muchas de las diversas posturas que tratan de entender al hombre y responder a sus problemáticas.



El hombre es el único animal que tiene la capacidad de entender el mundo que le rodea y de reflexionar sobre él. El hombre sin inteligencia no hubiera subsistido, ésta en sí misma produce al hombre una vida más cómoda.



La filosofía es un saber general del que van apareciendo ramas y en ellas la especialización del conocimiento, el hombre filósofo, es aquel que duda, aquél que piensa, analiza, reflexiona y propone; es el que sabe de todo un poco. Es en el comienzo del saber racional cuando surgen los filósofos.



De entre los grandes filósofos indudablemente sobresalen Sócrates, Platón y Aristóteles, un trívium de grandes hombres que a cientos de años, sus ideas aún perduran en las mentes ilustradas de nuestro tiempo.



El gran Sócrates no escribió nada, daba sus enseñanzas paseándose por la plaza pública, tratando de conversar a la gente con quien ponía en juego la ironía, con quienes fingiendo ignorar, interrogaba. Él creó la mayéutica o el arte de llevar a sus interlocutores a dar por sí mismas con la verdad. En sus conversaciones, más que transmitir una verdad, incitaba a sus discípulos a que indagaran por sí mismos y que en sus reflexiones aprendieran a buscar el camino de la investigación y de la exactitud, si es que esta última existe como verdad absoluta.



En cambio Platón se encargó de transmitir sus enseñanzas mediante escritos que adoptan la forma de diálogos (dialéctica), a través de las cuales se exponían, se discutían y se criticaban ideas filosóficas en el contexto de una conversación o un debate en el que participaban dos o más interlocutores. El señalaba que la verdad no es algo que percibimos de la realidad, sino que es un conocimiento innato en el hombre desde antes de su existencia.



El último de ellos, Aristóteles, señala que nada hay en la mente que no haya estado antes en los sentidos, su gran revolución ideológica la hace precisamente en el campo de la teoría del conocimiento. Contra todos los filósofos que presumían la validez del conocimiento, él señala que sin experimentación no hay verdad.



Sustentada sobre la cultura griega y en muchas de las ideas de estos tres grandes pensadores de la antigüedad, la sociedad occidental posmodernista en este momento busca afanosamente las respuestas a muchas de sus problemáticas, que para algunos sólo basta con volver la vista atrás para encontrar las respuestas.