¡Me acusas de no ser esforzada, de gustarme la comodidad, de ser ligera, simplista, de elegir los caminos más sencillos – le dijo la Facilidad a la Dificultad!
¡No te acuso de algo que no sea cierto – le replicó la Dificultad! Si fueras comerciante, no te esforzarías por hacer ventas de contado, pero como eres comodina, pregonas tus artículos a precios bajos y “fáciles abonos”.
Los seres humanos – siguió hablando la Dificultad -, tienden a lo fácil, al menor esfuerzo, y no a recorrer el camino completo, sino a tomar atajos chapuceros. Y esta es una de las más grandes desgracias de las personas. Y tú, Facilidad, te empeñas aun, en facilitarles las cosas.
Si pudieran verte – continuó la Dificultad -, te darías cuenta que tu nombre está escrito con azúcar, que a todos gustas, pues a todos engañas con tus promesas de hacer las cosas “fáciles”. No soportas vivir en la realidad, y por ello, tu lenguaje está siempre lleno de miel, pintas todo de color de rosa, y tus tres mejores amigas son: la ingenuidad, la inocencia, y la falsa esperanza. Si te hubieran corregido, si de niña hubieras vivido entre los espartanos de hace 2 mil años, verías las cosas de manera diferente. Pero no: se te hizo vivir en las nubes, y desde entonces, no te bajas de ellas.
Creo que me tienes envidia – le respondió la Facilidad -, pues tú tienes que vivir permanentemente entre las adversidades, y ello, como bien sabes -, no es una vida “color de rosa”. Pudiera ser, que te guste lo difícil porque sólo la gloria se alcanza después de grandes trabajos. Y si fuera así, tu problema consistiría en tu gran ambición, que no te permite disfrutar de “las pequeñas grandes cosas de la vida”.
¡Creo – continuo hablando la Facilidad, que uno de tus más grandes problemas comenzó cuando te diste cuenta, que podías hacer muchas de las cosas que te propusieras! Tus esfuerzos, luchas y desvelos, empezaron a dar sus frutos, pero como eres muy ambiciosa, querías todo: el triunfo, la gloria, fama, riquezas; y a la vez, anhelabas el descanso y la paz. Sin duda, fuiste más ingenua que yo. Yo me conformé con el color rosa y con el corazón de una paloma. Pero tú, quisiste siempre tener el corazón de un gavilán, y solo los colores estridentes y fuertes como el rojo, llamaban la atención de tus ambiciosos ojos.
¡Defiéndete como quieras – le respondió la Dificultad! Pero la verdad, es que la vida es difícil. Nacemos soltando el llanto, y morimos en un espantoso silencio. Los caminos del bien no son los que están flanqueados por las más hermosas flores, sino los pedregosos, los llenos de espinas, los que van cuesta arriba. La vida está llena de obstáculos, inconvenientes, de altas barreras, de callejones y laberintos sin salida. Estamos siempre, entre la espada y la pared.
Este mar de dificultades – siguió hablando la Dificultad -, sólo podremos navegarlo con prudencia, coraje, esfuerzos enormes y constantes. Si creemos que las rugientes y espumosas olas del mar son nuestras cariñosas amigas, nos iremos a pique. ¡Ya me imagino a ti, ingenua Facilidad, metiéndote entre las espadas de bandos contrarios, hablándoles de paz y de ternura! ¡Tú sabes, que no sobrevivirías ni un minuto!
Nuestro mundo – dijo la Dificultad -, requiere de mucha mayor prudencia, disciplina, esfuerzos perseverantes, y de un ánimo heroico. El mundo no nos ha puesto un banquete a base de purés de manzana y de otros blandos alimentos. Las dificultades de nuestra existencia nos exigen dientes y colmillos fuertes y muelas trituradoras. No es que estemos en guerra todos contra todos, sino que la complejidad creciente de todas las condiciones de nuestra existencia, nos reclama a una constante acción en todos los campos de la vida.
¡Debemos de estar muy alertas – dijo la Dificultad! Caer en la cuenta, que en toda empresa y acción que iniciemos, las dificultades van aumentando en la medida en que nos vamos acercando al fin de esa acción o empresa. Por desgracia, creemos lo contrario: si el principio y el medio han sido exitosos, descuidamos el tramo final. Y tampoco debemos caer en la ingenuidad de que son previsibles todo tipo de dificultades. A las dificultades les gustan las sorpresas, de ahí, que surjan donde nadie las espera.
Observemos que la Facilidad, hizo su cama entre algodones de nubes, luego tomó un pedazo de fino y delgado celaje de color rosa naranja, y se dispuso a dormir, con la firme creencia, de que las estrellas del bellísimo firmamento, cuidarían su sueño. Y la Dificultad, antes de dormir, preparó sus instrumentos de trabajo para emprender con ánimo resuelto un nuevo día, dispuesta a luchar con todas las dificultades que se le presentaran.
jueves, 11 de octubre de 2012
miércoles, 10 de octubre de 2012
La dicha personal
La dicha personal
¿Cómo podemos manejar nuestras vidas si no nos guía la racionalidad y el juicio crítico?
El “juicio crítico” es la capacidad que tenemos todas las personas para analizar una determinada situación, conductas, y opiniones. Pero desafortunadamente, la sociedad de consumo enloquecida de nuestros días, nos ha impedido en gran parte, ejercer esta capacidad.
Sin juicio crítico, somos como niños pequeños que se deslumbran con sonajas, espejitos y juguetes. Y lo verdaderamente peligroso, es que la ausencia de juicio crítico, nos ha alejado de una cabal comprensión de lo que está pasando en nuestra sociedad, en la vida de nuestros hijos y cónyuges, y en nuestras propias vidas. Sin el ejercicio de análisis racional de situaciones y personas, somos como marionetas movidas por las modas y los mitos colectivos.
No nos hemos dado cuenta de que nuestra dicha depende en gran parte de que sepamos precisar el valor de cada cosa, y de saber cuáles son los factores reales que configuran a nuestra sociedad. Por ejemplo: No nos hemos percatado que la cultura y las ciencias han sido construidas por la racionalidad de los seres humanos, mientras que el manejo de esta cultura y ciencias dependen en muchas ocasiones, de la irracionalidad y caprichos de los poderosos de nuestra sociedad ultra capitalista.
Hoy en día, ya no tenemos un concepto unificado y con sentido racional, de la técnica, la economía, las ciencias, y la política. Ahora, cada uno de estos campos ha logrado, por desgracia, su autonomía e independencia. Se puede ser científico sin tener la más mínima idea de los altos fines de la política, o pontificar sobre la economía sin entender los mínimos principios de la sociología.
Y a tal grado está fragmentada la concepción de la vida humana, que las ciencias, la economía, la técnica y la política, ya nada tienen que ver con la ética pública y privada.
Por ello, ¿qué importa que se vendan una enorme variedad de artículos y servicios, si existen bancos que nos prestan por codicia, y compañías que nos entregan la mercancía a plazos, con la sola ilusión de lucro? Si la economía está creciendo asombrosamente, ¿importa que los bancos especulen sin control alguno? Si no sabemos que la especulación y las grandes ofertas tienen como motores a la codicia sin freno, es lógico que lo racional de la economía se desplome ante la irracionalidad de especuladores y de gobernantes deslumbrados por el aparente éxito económico.
Si la moral pública y privada hubiera sido considerada como la principal directriz de la economía y de las políticas gubernamentales, no estaría ahora el mundo sufriendo por la peor crisis económica de los Estados Unidos, que arrastró en su codicia a casi todos los países del mundo.
Y precisamente, las personas, en particular, por no haber ejercido nuestro juicio crítico, nos atragantamos de todo lo que nos venda una sociedad manipulada por unos cuantos que manejan la economía, los gobiernos y las modas.
La moda y el mito es consumir cada vez más, a fin de ser felices, aun y cuando el consumo indiscriminado nos deje en la ruina financiera y nos robe nuestra libertad personal.
Y es que, ¿cómo podemos ser realmente libres y manejar nuestras vidas si no nos guía la racionalidad y el juicio crítico? ¿Cómo podemos valorar el ser arrastrados por modas y codicias, si la ética, no es la estrella polar que orienta nuestras vidas?
Ya sabemos, que los mitos colectivos, entre otros, son: Persigue el éxito económico, ten mucho para que valgas mucho, si no consumes lo que está de moda es que eres un mediocre, guíate por la técnica y las ciencias, si la televisión lo dijo es que es cierto, si tu situación económica es boyante tú serás más feliz, las personas realizadas viven con lujos, y mucho mitos colectivos más.
¿Y la ética forma parte de estos mitos colectivos? La ética no forma parte de ninguno de éstos mitos. Los valores espirituales son mal vistos por una sociedad de consumo desenfrenada y enloquecida.
Debemos pensar seriamente sobre los grandes mitos colectivos que dominan en nuestra sociedad: La moda en infinidad de artículos y de servicios, invertir en la bolsa de valores aun y cuando perdamos hasta la camisa, la creencia de una buena política cuando lo políticos son irracionales y están apartados de la ética privada y pública.
¿Cómo podemos manejar nuestras vidas si no nos guía la racionalidad y el juicio crítico?
El “juicio crítico” es la capacidad que tenemos todas las personas para analizar una determinada situación, conductas, y opiniones. Pero desafortunadamente, la sociedad de consumo enloquecida de nuestros días, nos ha impedido en gran parte, ejercer esta capacidad.
Sin juicio crítico, somos como niños pequeños que se deslumbran con sonajas, espejitos y juguetes. Y lo verdaderamente peligroso, es que la ausencia de juicio crítico, nos ha alejado de una cabal comprensión de lo que está pasando en nuestra sociedad, en la vida de nuestros hijos y cónyuges, y en nuestras propias vidas. Sin el ejercicio de análisis racional de situaciones y personas, somos como marionetas movidas por las modas y los mitos colectivos.
No nos hemos dado cuenta de que nuestra dicha depende en gran parte de que sepamos precisar el valor de cada cosa, y de saber cuáles son los factores reales que configuran a nuestra sociedad. Por ejemplo: No nos hemos percatado que la cultura y las ciencias han sido construidas por la racionalidad de los seres humanos, mientras que el manejo de esta cultura y ciencias dependen en muchas ocasiones, de la irracionalidad y caprichos de los poderosos de nuestra sociedad ultra capitalista.
Hoy en día, ya no tenemos un concepto unificado y con sentido racional, de la técnica, la economía, las ciencias, y la política. Ahora, cada uno de estos campos ha logrado, por desgracia, su autonomía e independencia. Se puede ser científico sin tener la más mínima idea de los altos fines de la política, o pontificar sobre la economía sin entender los mínimos principios de la sociología.
Y a tal grado está fragmentada la concepción de la vida humana, que las ciencias, la economía, la técnica y la política, ya nada tienen que ver con la ética pública y privada.
Por ello, ¿qué importa que se vendan una enorme variedad de artículos y servicios, si existen bancos que nos prestan por codicia, y compañías que nos entregan la mercancía a plazos, con la sola ilusión de lucro? Si la economía está creciendo asombrosamente, ¿importa que los bancos especulen sin control alguno? Si no sabemos que la especulación y las grandes ofertas tienen como motores a la codicia sin freno, es lógico que lo racional de la economía se desplome ante la irracionalidad de especuladores y de gobernantes deslumbrados por el aparente éxito económico.
Si la moral pública y privada hubiera sido considerada como la principal directriz de la economía y de las políticas gubernamentales, no estaría ahora el mundo sufriendo por la peor crisis económica de los Estados Unidos, que arrastró en su codicia a casi todos los países del mundo.
Y precisamente, las personas, en particular, por no haber ejercido nuestro juicio crítico, nos atragantamos de todo lo que nos venda una sociedad manipulada por unos cuantos que manejan la economía, los gobiernos y las modas.
La moda y el mito es consumir cada vez más, a fin de ser felices, aun y cuando el consumo indiscriminado nos deje en la ruina financiera y nos robe nuestra libertad personal.
Y es que, ¿cómo podemos ser realmente libres y manejar nuestras vidas si no nos guía la racionalidad y el juicio crítico? ¿Cómo podemos valorar el ser arrastrados por modas y codicias, si la ética, no es la estrella polar que orienta nuestras vidas?
Ya sabemos, que los mitos colectivos, entre otros, son: Persigue el éxito económico, ten mucho para que valgas mucho, si no consumes lo que está de moda es que eres un mediocre, guíate por la técnica y las ciencias, si la televisión lo dijo es que es cierto, si tu situación económica es boyante tú serás más feliz, las personas realizadas viven con lujos, y mucho mitos colectivos más.
¿Y la ética forma parte de estos mitos colectivos? La ética no forma parte de ninguno de éstos mitos. Los valores espirituales son mal vistos por una sociedad de consumo desenfrenada y enloquecida.
Debemos pensar seriamente sobre los grandes mitos colectivos que dominan en nuestra sociedad: La moda en infinidad de artículos y de servicios, invertir en la bolsa de valores aun y cuando perdamos hasta la camisa, la creencia de una buena política cuando lo políticos son irracionales y están apartados de la ética privada y pública.
El Sabio y el Aprendiz 2
El Sabio y el Aprendiz
Me doy cuenta de que muchas personas triunfan sin que estén dotados de mucha inteligencia o instrucción, y no sé la causa de sus éxitos –le dijo el Aprendiz al Sabio.
¡Préstame mucha atención -le dijo el Sabio a su amigo-, y te diré una de esas causas! Estas personas triunfadoras a las que te refieres, aun sin gozar de grandes capacidades o de una elevada educación escolar, aplican uno de los más importantes secretos del éxito: “deciden lo que quieren hacer, y perseveran en su decisión”.
Muy seguramente –siguió hablando el Sabio-, éste sea una de las dos o tres claves más grandes del éxito en todos los propósitos de los seres humanos. Cuando una persona se decide con todas las fuerzas de su alma a dedicarse a una actividad determinada, todo su sistema cerebral se orienta a realizar ese propósito. Es muy similar al hecho de que con una gran lupa concentramos los rayos del sol en un solo rayo, que es tan poderoso, que prendemos fuego con él. Lo mismo sucede con nuestro cerebro: cuando nos avocamos a una tarea, nuestras redes neuronales se concentran poderosamente en ese objetivo.
Por ello –le siguió diciendo el Sabio a su amigo-, aun en las tareas más sencillas, se dan grandes triunfos, pues ese cerebro de estas personas no trabajan difusamente, sino de manera concentrada, y con esa concentración cerebral se producen muchos descubrimientos, ideas, innovaciones, que al final traen grandes resultados.
Además, amigo –continuó el Sabio-, si a esa decisión ya tomada y puesta en acción, se le añade la perseverancia, el efecto no es doble, como pudiéramos suponer. El efecto productivo puede elevarse a siete o a doscientos, dado su “efecto sinérgico”. De hecho, la manera más fácil de fracasar en nuestros propósitos, consiste en estar cambiando constantemente de objetivo. Éste cambio constante de decisiones impide el “efecto sinérgico”, y siguiendo el ejemplo de la lupa, es como si concentráramos en ella los rayos del sol, y al no quemar de manera inmediata el objeto propuesto, enfocamos la lupa a otro objeto. Para que los rayos enciendan esa hoja seca, se necesita de cierta cantidad de segundo. Estos segundos indispensables son la “perseverancia” en las decisiones tomadas. ¡De acuerdo, amigo!
¡Me sorprende lo que me dices –le contestó el Aprendiz!, y ahora comprendo la fuerza de la perseverancia sobre un trabajo o propósito. Y la comprendo en su cabalidad, porque yo siempre había pensado que la decisión era una parte, y la perseverancia otra, sumando en total un dos. Pero ahora sé que esto no es así, sino que el “efecto sinérgico” puede ser veinte o trescientos, pues la decisión potencia y fortalece a la perseverancia, y ésta a su vez, fortalece a la decisión, por lo que la suma de las dos se multiplica. ¡Lo entendiste muy bien –le dijo su amigo!
Hay algo que me mantiene muy ansioso desde hace mucho tiempo –le confesó el Aprendiz al Sabio. He acudido a la ayuda profesional médica, y aun así, mis ansiedades no han cesado. Bien sé que mi ansiedad me causa un estado de malestar, pues cada día me parece eterno. Y más me perturbo al observar a personas de todas las clases sociales, que realmente permanecen calmadas y alegres, y mi perturbación emocional crece, cuando me dicen que el día se les va “como agua”, es decir, muy rápido.
Mira, le dijo el Sabio a su amigo: existen muchos factores que disparan la ansiedad en las personas. Pero como tú ya consultaste a profesionales de la salud mental y no has obtenido resultados, te propongo lo siguiente: escoge una actividad que te guste, que estés dotado para realizarla, y que te cause algún provecho del cual necesites.
Una vez que ya has determinado esa actividad o trabajo –le siguió aconsejando el Sabio-, toma la firmísima decisión de ocupar todo tu día laborable en ello. En la medida en que empieces a disfrutar y a obtener frutos de esa actividad, estarás tan metido en ella, que las horas se te pasarán “volando”. Si esto llegara a ser así, te aseguro que el día te parecerá corto, y tu ansiedad desaparecerá como milagro. ¡Lo haré de inmediato, y me gusta mucho tu consejo!-, le contestó al Aprendiz.
Démonos cuenta cómo en decisiones sencillas y en actividades a nuestro gusto, radica una cantera riquísima para nuestra dicha y nuestro provecho. Y no estamos hablando de decisiones “grandiosas”, ni de actividades propias de los muy dotados, sino de tareas comunes a la casi totalidad de las personas. Y es que en la sencillez de propósitos y en las actividades simples pero satisfactorias, podremos llenar nuestras vidas de un valioso sentido y de un gran provecho práctico.
Me doy cuenta de que muchas personas triunfan sin que estén dotados de mucha inteligencia o instrucción, y no sé la causa de sus éxitos –le dijo el Aprendiz al Sabio.
¡Préstame mucha atención -le dijo el Sabio a su amigo-, y te diré una de esas causas! Estas personas triunfadoras a las que te refieres, aun sin gozar de grandes capacidades o de una elevada educación escolar, aplican uno de los más importantes secretos del éxito: “deciden lo que quieren hacer, y perseveran en su decisión”.
Muy seguramente –siguió hablando el Sabio-, éste sea una de las dos o tres claves más grandes del éxito en todos los propósitos de los seres humanos. Cuando una persona se decide con todas las fuerzas de su alma a dedicarse a una actividad determinada, todo su sistema cerebral se orienta a realizar ese propósito. Es muy similar al hecho de que con una gran lupa concentramos los rayos del sol en un solo rayo, que es tan poderoso, que prendemos fuego con él. Lo mismo sucede con nuestro cerebro: cuando nos avocamos a una tarea, nuestras redes neuronales se concentran poderosamente en ese objetivo.
Por ello –le siguió diciendo el Sabio a su amigo-, aun en las tareas más sencillas, se dan grandes triunfos, pues ese cerebro de estas personas no trabajan difusamente, sino de manera concentrada, y con esa concentración cerebral se producen muchos descubrimientos, ideas, innovaciones, que al final traen grandes resultados.
Además, amigo –continuó el Sabio-, si a esa decisión ya tomada y puesta en acción, se le añade la perseverancia, el efecto no es doble, como pudiéramos suponer. El efecto productivo puede elevarse a siete o a doscientos, dado su “efecto sinérgico”. De hecho, la manera más fácil de fracasar en nuestros propósitos, consiste en estar cambiando constantemente de objetivo. Éste cambio constante de decisiones impide el “efecto sinérgico”, y siguiendo el ejemplo de la lupa, es como si concentráramos en ella los rayos del sol, y al no quemar de manera inmediata el objeto propuesto, enfocamos la lupa a otro objeto. Para que los rayos enciendan esa hoja seca, se necesita de cierta cantidad de segundo. Estos segundos indispensables son la “perseverancia” en las decisiones tomadas. ¡De acuerdo, amigo!
¡Me sorprende lo que me dices –le contestó el Aprendiz!, y ahora comprendo la fuerza de la perseverancia sobre un trabajo o propósito. Y la comprendo en su cabalidad, porque yo siempre había pensado que la decisión era una parte, y la perseverancia otra, sumando en total un dos. Pero ahora sé que esto no es así, sino que el “efecto sinérgico” puede ser veinte o trescientos, pues la decisión potencia y fortalece a la perseverancia, y ésta a su vez, fortalece a la decisión, por lo que la suma de las dos se multiplica. ¡Lo entendiste muy bien –le dijo su amigo!
Hay algo que me mantiene muy ansioso desde hace mucho tiempo –le confesó el Aprendiz al Sabio. He acudido a la ayuda profesional médica, y aun así, mis ansiedades no han cesado. Bien sé que mi ansiedad me causa un estado de malestar, pues cada día me parece eterno. Y más me perturbo al observar a personas de todas las clases sociales, que realmente permanecen calmadas y alegres, y mi perturbación emocional crece, cuando me dicen que el día se les va “como agua”, es decir, muy rápido.
Mira, le dijo el Sabio a su amigo: existen muchos factores que disparan la ansiedad en las personas. Pero como tú ya consultaste a profesionales de la salud mental y no has obtenido resultados, te propongo lo siguiente: escoge una actividad que te guste, que estés dotado para realizarla, y que te cause algún provecho del cual necesites.
Una vez que ya has determinado esa actividad o trabajo –le siguió aconsejando el Sabio-, toma la firmísima decisión de ocupar todo tu día laborable en ello. En la medida en que empieces a disfrutar y a obtener frutos de esa actividad, estarás tan metido en ella, que las horas se te pasarán “volando”. Si esto llegara a ser así, te aseguro que el día te parecerá corto, y tu ansiedad desaparecerá como milagro. ¡Lo haré de inmediato, y me gusta mucho tu consejo!-, le contestó al Aprendiz.
Démonos cuenta cómo en decisiones sencillas y en actividades a nuestro gusto, radica una cantera riquísima para nuestra dicha y nuestro provecho. Y no estamos hablando de decisiones “grandiosas”, ni de actividades propias de los muy dotados, sino de tareas comunes a la casi totalidad de las personas. Y es que en la sencillez de propósitos y en las actividades simples pero satisfactorias, podremos llenar nuestras vidas de un valioso sentido y de un gran provecho práctico.
El Asombrado
Jacinto Faya Viesca
El Asombrado
¿Me recuerdas, no? Soy ese joven al que llaman el Asombrado, que fue rescatado a los 15 años de edad, de una tribu de unas 50 personas, en las que todos murieron por una rara enfermedad, a excepción de mí. Actualmente cuento con 20 años de edad y trabajo en un barco carguero, habiendo navegado por todo el mundo.
No me explico –habló el Asombrado-, cómo los seres humanos, sabiendo que podrían comportarse con moderación y prudencia, lo que siempre les resultaría en su provecho, prefieren inclinarse por su gusto, capricho y deleite, aun y cuando ello atente contra lo más preciado de sus vidas.
Hacer caso de sus caprichos, inclinaciones perversas, y eligiendo lo peor conociendo lo mejor, es una cuestión que he observado en todos los países que he visitado alrededor del mundo. ¿Y esta anomalía es propia de personas sin educación o que viven en la pobreza? ¡No! Esto lo he observado aun en personas muy inteligentes, cultas y poderosas. Creo que se trata de que un alto porcentaje de personas que escogen lo peor aun sabiendo que los perjudica, porque encuentran en sus caprichos y en sus deseos un deleite malsano, no importándoles las consecuencias.
Muchos preguntan cuáles son los mejores caminos para transitar por la vida. ¡Pero me asombra que una vez que saben cuáles son esos caminos, transitan por los peores! Me asombra también, que muchas personas no adoptan un estilo de vida “mediano”, tal y como los griegos de las Antigüedad lo pedían: “una dorada medianía”, sino que pretenden andar por los extremos y aparentando lo que no son.
El rico aparenta no serlo, para no dar ni ayudar; el que no cuenta con recursos económicos, se endeuda para aparentar que goza de cierta riqueza; el tonto –que sabe que lo es-, quiere demostrar que es muy listo, y en todo es equivoca; el presumido no es consciente que presume de lo que más carece. ¡Como se darán cuenta, el mundo camina de cabeza!
Con todo cuidado siempre busco dónde habitan los hombres prudentes que se conducen con inteligencia y cordura. Pregunto por ellos y me dicen que no saben dónde buscarlos, pues es muy raro que gocen de estas cualidades. También les pregunto dónde puedo encontrar a algunos que sean muy ingenuos y descuidados. Respondiéndome que los busque en las nubes, ya que es un lugar que les gusta mucho: ahí se la pasan durmiendo, viviendo de sueños y huyendo de la vida. Y esto es cierto, pues uno de los peores vicios de los seres humanos es la negligencia, el descuido y la dejadez. Padecen de una “fobia” al esfuerzo y a la disciplina. Por ello, a muchas personas desean construir castillos en el aire, pues es su principal entretenimiento.
Me he dado cuenta –dice el Asombrado-, que todo presumido y fanfarrón sueña con realizar grandes actos, pero su falta de decisión lo empuja a hablar de sus grandes proyectos, que nunca se traducen en realidades. Pero ingenuamente cree que colgado de un cuerno de la luna, todos se van a tragar sus ingenuidades y mentiras.
He observado, que algunos creen que la mejor manera de avanzar en la vida es bajando a los que van subiendo por las escaleras, y metiéndoles zancadillas a los que con esfuerzo van avanzando. Gastan sus energías en estas tareas, no cayendo en la cuenta que si se aplicaran a sus proyectos, por más modestos que sean, cosecharían excelentes frutos. Pero su envidia los detiene, y siempre se quedan rezagados.
¡Es increíble, pero el que nunca tuvo y de pronto tiene, loco se quiere volver! Todos conocemos a personas que vivían de una manera estrecha económicamente, pero que se comportaban con sensatez. De pronto, la Fortuna los encumbra, y pretenden una casa más grande y artículos de lujo. Meten a su casa muebles sin la menor utilidad ni buen gusto.
Estas personas a las que la Fortuna las ha encumbrado de pronto, anteriormente se dirigían a las personas con respeto y sobrada cortesía. Ahora ignoran a la mayoría de los que antes saludaban. No se percatan que sus desplantes presuntuosos son causa de risas y burlas. Cambian de costumbres en cuanto la Fortuna los encaramó en sus hombros: su ropa es costosa aunque sea de pésimo gusto, tratan de relacionarse con personas que ellos consideran de mejor posición social. ¡Total, que se la pasan de ridículo en ridículo sin advertirlo!
Me asombra –dijo el Asombrado– cómo en todos los países que visito, el hombre repite los mismos vicios: al miserable y al pobre no tienen quien los invite a comer. En cambio a los ricos les sobran invitaciones de todo tipo de convenencieros y aduladores. Los pobres no tienen parientes ricos que los hereden, y los ricos son heredados con hartura. “Tienes, tendrás”, dice un refrán popular. Y que cierto lo que dice la Biblia: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará”.
En todos los lugares que he visitado –dice el Asombrado-, que a las personas sencillas y sabias como son los maestros de escuela y personas humildes pero muy prudentes, la sociedad no les dan el reconocimiento que merecen. Y a los que ocupan cargos en el gobierno o gozan de riquezas, la gente los respeta y adula, aun y cuando se trate de personas injustas, inmorales y arbitrarias.
¡Me cuesta creer en tantas locuras de los hombres, dijo el Asombrado! Por ello, es lógico que el hombre ande de tumbo en tumbo, confundido y permanentemente desvariado.
El Asombrado
¿Me recuerdas, no? Soy ese joven al que llaman el Asombrado, que fue rescatado a los 15 años de edad, de una tribu de unas 50 personas, en las que todos murieron por una rara enfermedad, a excepción de mí. Actualmente cuento con 20 años de edad y trabajo en un barco carguero, habiendo navegado por todo el mundo.
No me explico –habló el Asombrado-, cómo los seres humanos, sabiendo que podrían comportarse con moderación y prudencia, lo que siempre les resultaría en su provecho, prefieren inclinarse por su gusto, capricho y deleite, aun y cuando ello atente contra lo más preciado de sus vidas.
Hacer caso de sus caprichos, inclinaciones perversas, y eligiendo lo peor conociendo lo mejor, es una cuestión que he observado en todos los países que he visitado alrededor del mundo. ¿Y esta anomalía es propia de personas sin educación o que viven en la pobreza? ¡No! Esto lo he observado aun en personas muy inteligentes, cultas y poderosas. Creo que se trata de que un alto porcentaje de personas que escogen lo peor aun sabiendo que los perjudica, porque encuentran en sus caprichos y en sus deseos un deleite malsano, no importándoles las consecuencias.
Muchos preguntan cuáles son los mejores caminos para transitar por la vida. ¡Pero me asombra que una vez que saben cuáles son esos caminos, transitan por los peores! Me asombra también, que muchas personas no adoptan un estilo de vida “mediano”, tal y como los griegos de las Antigüedad lo pedían: “una dorada medianía”, sino que pretenden andar por los extremos y aparentando lo que no son.
El rico aparenta no serlo, para no dar ni ayudar; el que no cuenta con recursos económicos, se endeuda para aparentar que goza de cierta riqueza; el tonto –que sabe que lo es-, quiere demostrar que es muy listo, y en todo es equivoca; el presumido no es consciente que presume de lo que más carece. ¡Como se darán cuenta, el mundo camina de cabeza!
Con todo cuidado siempre busco dónde habitan los hombres prudentes que se conducen con inteligencia y cordura. Pregunto por ellos y me dicen que no saben dónde buscarlos, pues es muy raro que gocen de estas cualidades. También les pregunto dónde puedo encontrar a algunos que sean muy ingenuos y descuidados. Respondiéndome que los busque en las nubes, ya que es un lugar que les gusta mucho: ahí se la pasan durmiendo, viviendo de sueños y huyendo de la vida. Y esto es cierto, pues uno de los peores vicios de los seres humanos es la negligencia, el descuido y la dejadez. Padecen de una “fobia” al esfuerzo y a la disciplina. Por ello, a muchas personas desean construir castillos en el aire, pues es su principal entretenimiento.
Me he dado cuenta –dice el Asombrado-, que todo presumido y fanfarrón sueña con realizar grandes actos, pero su falta de decisión lo empuja a hablar de sus grandes proyectos, que nunca se traducen en realidades. Pero ingenuamente cree que colgado de un cuerno de la luna, todos se van a tragar sus ingenuidades y mentiras.
He observado, que algunos creen que la mejor manera de avanzar en la vida es bajando a los que van subiendo por las escaleras, y metiéndoles zancadillas a los que con esfuerzo van avanzando. Gastan sus energías en estas tareas, no cayendo en la cuenta que si se aplicaran a sus proyectos, por más modestos que sean, cosecharían excelentes frutos. Pero su envidia los detiene, y siempre se quedan rezagados.
¡Es increíble, pero el que nunca tuvo y de pronto tiene, loco se quiere volver! Todos conocemos a personas que vivían de una manera estrecha económicamente, pero que se comportaban con sensatez. De pronto, la Fortuna los encumbra, y pretenden una casa más grande y artículos de lujo. Meten a su casa muebles sin la menor utilidad ni buen gusto.
Estas personas a las que la Fortuna las ha encumbrado de pronto, anteriormente se dirigían a las personas con respeto y sobrada cortesía. Ahora ignoran a la mayoría de los que antes saludaban. No se percatan que sus desplantes presuntuosos son causa de risas y burlas. Cambian de costumbres en cuanto la Fortuna los encaramó en sus hombros: su ropa es costosa aunque sea de pésimo gusto, tratan de relacionarse con personas que ellos consideran de mejor posición social. ¡Total, que se la pasan de ridículo en ridículo sin advertirlo!
Me asombra –dijo el Asombrado– cómo en todos los países que visito, el hombre repite los mismos vicios: al miserable y al pobre no tienen quien los invite a comer. En cambio a los ricos les sobran invitaciones de todo tipo de convenencieros y aduladores. Los pobres no tienen parientes ricos que los hereden, y los ricos son heredados con hartura. “Tienes, tendrás”, dice un refrán popular. Y que cierto lo que dice la Biblia: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará”.
En todos los lugares que he visitado –dice el Asombrado-, que a las personas sencillas y sabias como son los maestros de escuela y personas humildes pero muy prudentes, la sociedad no les dan el reconocimiento que merecen. Y a los que ocupan cargos en el gobierno o gozan de riquezas, la gente los respeta y adula, aun y cuando se trate de personas injustas, inmorales y arbitrarias.
¡Me cuesta creer en tantas locuras de los hombres, dijo el Asombrado! Por ello, es lógico que el hombre ande de tumbo en tumbo, confundido y permanentemente desvariado.
Nuestro espíritu controla el cuerpo
Palabras de Poder
Jacinto Faya Viesca
Nuestro espíritu controla el cuerpo
Una de las características de nuestra sociedad del hiperconsumo es el bombardeo en la prensa y televisión, de que estamos “obligados” a gozar de una “salud perfecta”, ofreciéndonos esta publicidad todo un catálogo de productos “maravillosos” para nuestra salud.
Es conveniente, por supuesto, que cuidemos nuestro cuerpo, pero nada más desastroso que tratar de arreglar lo que no está descompuesto (y esto se aplica a cualquier área de nuestra vida). Si nuestro cuerpo funciona bien, nada peor que caer en la mercadotecnia de la “salud perfecta”, pues quedaríamos atrapados en las redes de la hipocondría: empezaríamos a sentirnos mal, pues no estaríamos a la altura de las figuras perfectas de hombres y mujeres que nos muestran los anuncios publicitarios.
Como nuestra sociedad del hiperconsumo es totalmente materialista, nuestro “espíritu” no tiene cabida. Padecemos de ciertas limitaciones físicas y ante ello, nada mejor que ser benevolentes con nosotros mismos. Derramamos nuestra generosidad sobre nuestras limitaciones y padecimientos físicos; hacer las paces con lo que no podemos cambiar. Si una persona padece de una enfermedad crónica como la diabetes o la artritis reumatoide, sólo por señalar dos ejemplos, lo más sabio es que se cuide, pero que acepte que tendrá que vivir toda su vida con estos padecimientos.
Nuestra paz interior, seguramente nuestro anhelo más profundo, sólo podremos lograrlo si empezamos a aceptarnos “íntegramente tal y como somos”. Esta aceptación solo podría brotar de nuestra más pura generosidad; y ésta conformidad con nosotros mismos nos permitiría acercarnos lo más posible al “ideal de la salud”.
Antes de querer “arreglar” lo que no está descompuesto en nosotros, debemos mirar con paciencia nuestros males físicos, comprender nuestras limitaciones de salud, y de ahí en adelante comportarnos con una gran calidez con nosotros mismos, tomando una profunda conciencia en el sentido de que siempre estaremos afectados físicamente “por algo”, pero no hay remedio, pues solamente somos seres humanos.
Las personas que hayan logrado esa conformidad consigo mismo, que hayan aceptado los padecimientos que no pueden curar, que hayan alcanzado librarse de esa actitud perfeccionista y falsa de la “salud perfecta”, habrán neutralizado en su vida cotidiana un sinfín de incomodidades físicas, a tal grado, que muchas de ellas ya no les molestarán. Sus emociones gozarán de un equilibrio del que jamás pensaron que podrían disfrutar.
Y es que las afecciones del cuerpo cuando son aceptadas con generosidad, producen un enorme incremento en la salud mental y emocional. Las personas con padecimientos físicos logran una sensibilidad y tal grado de salud mental, que son inaccesibles a quienes gozan de una “salud de hierro”, propiamente animal. Aun con padecimientos físicos crónicos, se puede gozar de lo que para un medico sería un “perfecto estado de salud”, del que no gozan muchas personas que en realidad están sanas, pero como siempre están ansiosas por mayores niveles de salud, su psiquismo está tan perturbado, que se sienten enfermos crónicos, sin serlo. Podemos convertir nuestro desequilibrio físico en un equilibrio integral. Y ésta sería la ecuación: sí, padezco estas enfermedades y molestias físicas, pero las he aceptado en mi corazón; he logrado que mi generosidad permee toda mi vida; gracias a esto he eliminado una gran cantidad de perturbaciones emocionales, y el aumento de mi fuerza espiritual me ha conducido a una paz de mi espíritu. Así, el desequilibrio físico se convierte en un equilibrio más integral. Muy arriba de los grandes descubrimientos en el campo de la salud física, la generosa aceptación de que somos imperfectos por naturaleza, crea las condiciones óptimas para todo tipo de tratamiento y cuidado de nuestra salud. Con ésta aceptación nacida del corazón, no exigimos “de más”, nos conformaremos con lo que esas medicinas o cuidados puedan producir en nosotros, y no más.
Creo firmemente que los seres humanos somos mucha más que meros cuerpos físicos. El que seamos capaces de amar y compadecernos de otros, nos convierte en “sujetos” y no en meros “objetos”. El hecho de que seamos capaces de tener conciencia de nosotros y del mundo, nos sitúa en la Naturaleza como seres en los que tiene una influencia decisiva las expresiones de nuestro espíritu.
Con nuestro espíritu tomamos conciencia del mundo, somos capaces de decidir por lograr valores constructivos. Nuestro espíritu es la enorme fuerza capaz para que podamos asumir nobilísimas actitudes ante nuestros padecimientos físicos. Actitudes que pueden ennoblecer nuestras vidas, no solamente mejorando nuestros padecimientos físicos, sino además, asumiendo grandes responsabilidades, como formar a nuestros hijos, y luchar por ideales que siempre mantengan el fuego encendido en nuestros corazones.
Jacinto Faya Viesca
Nuestro espíritu controla el cuerpo
Una de las características de nuestra sociedad del hiperconsumo es el bombardeo en la prensa y televisión, de que estamos “obligados” a gozar de una “salud perfecta”, ofreciéndonos esta publicidad todo un catálogo de productos “maravillosos” para nuestra salud.
Es conveniente, por supuesto, que cuidemos nuestro cuerpo, pero nada más desastroso que tratar de arreglar lo que no está descompuesto (y esto se aplica a cualquier área de nuestra vida). Si nuestro cuerpo funciona bien, nada peor que caer en la mercadotecnia de la “salud perfecta”, pues quedaríamos atrapados en las redes de la hipocondría: empezaríamos a sentirnos mal, pues no estaríamos a la altura de las figuras perfectas de hombres y mujeres que nos muestran los anuncios publicitarios.
Como nuestra sociedad del hiperconsumo es totalmente materialista, nuestro “espíritu” no tiene cabida. Padecemos de ciertas limitaciones físicas y ante ello, nada mejor que ser benevolentes con nosotros mismos. Derramamos nuestra generosidad sobre nuestras limitaciones y padecimientos físicos; hacer las paces con lo que no podemos cambiar. Si una persona padece de una enfermedad crónica como la diabetes o la artritis reumatoide, sólo por señalar dos ejemplos, lo más sabio es que se cuide, pero que acepte que tendrá que vivir toda su vida con estos padecimientos.
Nuestra paz interior, seguramente nuestro anhelo más profundo, sólo podremos lograrlo si empezamos a aceptarnos “íntegramente tal y como somos”. Esta aceptación solo podría brotar de nuestra más pura generosidad; y ésta conformidad con nosotros mismos nos permitiría acercarnos lo más posible al “ideal de la salud”.
Antes de querer “arreglar” lo que no está descompuesto en nosotros, debemos mirar con paciencia nuestros males físicos, comprender nuestras limitaciones de salud, y de ahí en adelante comportarnos con una gran calidez con nosotros mismos, tomando una profunda conciencia en el sentido de que siempre estaremos afectados físicamente “por algo”, pero no hay remedio, pues solamente somos seres humanos.
Las personas que hayan logrado esa conformidad consigo mismo, que hayan aceptado los padecimientos que no pueden curar, que hayan alcanzado librarse de esa actitud perfeccionista y falsa de la “salud perfecta”, habrán neutralizado en su vida cotidiana un sinfín de incomodidades físicas, a tal grado, que muchas de ellas ya no les molestarán. Sus emociones gozarán de un equilibrio del que jamás pensaron que podrían disfrutar.
Y es que las afecciones del cuerpo cuando son aceptadas con generosidad, producen un enorme incremento en la salud mental y emocional. Las personas con padecimientos físicos logran una sensibilidad y tal grado de salud mental, que son inaccesibles a quienes gozan de una “salud de hierro”, propiamente animal. Aun con padecimientos físicos crónicos, se puede gozar de lo que para un medico sería un “perfecto estado de salud”, del que no gozan muchas personas que en realidad están sanas, pero como siempre están ansiosas por mayores niveles de salud, su psiquismo está tan perturbado, que se sienten enfermos crónicos, sin serlo. Podemos convertir nuestro desequilibrio físico en un equilibrio integral. Y ésta sería la ecuación: sí, padezco estas enfermedades y molestias físicas, pero las he aceptado en mi corazón; he logrado que mi generosidad permee toda mi vida; gracias a esto he eliminado una gran cantidad de perturbaciones emocionales, y el aumento de mi fuerza espiritual me ha conducido a una paz de mi espíritu. Así, el desequilibrio físico se convierte en un equilibrio más integral. Muy arriba de los grandes descubrimientos en el campo de la salud física, la generosa aceptación de que somos imperfectos por naturaleza, crea las condiciones óptimas para todo tipo de tratamiento y cuidado de nuestra salud. Con ésta aceptación nacida del corazón, no exigimos “de más”, nos conformaremos con lo que esas medicinas o cuidados puedan producir en nosotros, y no más.
Creo firmemente que los seres humanos somos mucha más que meros cuerpos físicos. El que seamos capaces de amar y compadecernos de otros, nos convierte en “sujetos” y no en meros “objetos”. El hecho de que seamos capaces de tener conciencia de nosotros y del mundo, nos sitúa en la Naturaleza como seres en los que tiene una influencia decisiva las expresiones de nuestro espíritu.
Con nuestro espíritu tomamos conciencia del mundo, somos capaces de decidir por lograr valores constructivos. Nuestro espíritu es la enorme fuerza capaz para que podamos asumir nobilísimas actitudes ante nuestros padecimientos físicos. Actitudes que pueden ennoblecer nuestras vidas, no solamente mejorando nuestros padecimientos físicos, sino además, asumiendo grandes responsabilidades, como formar a nuestros hijos, y luchar por ideales que siempre mantengan el fuego encendido en nuestros corazones.
Las tinieblas de la soledad
Palabras de Poder
Jacinto Faya Viesca
Las tinieblas de la soledad
¡Soledad es mi nombre, y soy capaz de inundar de tristeza y melancolía a aquellos que sienten la ausencia de alguna persona o cosa! ¡Conozco mis poderes: Puedo enloquecer a personas, si los aíslo de toda comunicación!
Sí, siguió hablando la Soledad: Que los corazones humanos son capaces de soportar martirios físicos y muchos sufrimientos emocionales por muy variadas causas. Pero sé también, que muchos corazones se destruyen si los invado y llegan a sentirse profundamente solos.
¡No es cierto que mi Soledad guste a algunos! Los hombres tendrían que parecerse a Dios o ser hermanos de las bestias para poder soportarme. Me equivoco: Más bien, tendrían que parecerse a Dios, pues a las bestias les gusta mucho la compañía de sus semejantes. Y aun, hay bestias que pueden romper su soledad si las acompañan animales de especies distintas. El perro y el gato, enemigos ancestrales, prefieren vivir juntos, que cada uno por su lado.
Para mí misma –dijo la Soledad-, no cometo males contra nadie, aunque debo reconocer, que una vez que alguna persona me invitó a que invadiera su corazón, esa persona ya está dispuesta a cometer todo tipo de males. Por ello, no debe extrañarnos que monstruosos criminales hayan sido seres solitarios. Su soledad los enloquece y llegan a sentirse tan inferiores o superiores, que fácilmente sienten que ellos nada tienen que ver con la especie humana.
Como Soledad, soy la primera en aconsejar a los hombres: Siempre les digo que se cuiden mucho de vivir solos, pues cuando caigan en éste vacío, no serán compadecidos por nadie, y permanecerán derrumbados en el suelo sin que alguien les de la mano.
Sí, es cierto, -le dijeron unos solitarios-, pero tú conoces el refrán popular que dice: “Más vale solo que mal acompañado”. Pero ese refrán no es ningún pretexto –contestó la Soledad-, pues pueden rechazar toda mala compañía, y eso no impide que gocen de compañías buenas. ¡Déjense de excusas, y decídanse a romper el espinazo a su maldita soledad! Y fíjense bien quien se los dice: yo, la Soledad que soy capaz de crear en sus imaginaciones de solitarios, espantosos monstruos que los devorarán: La soledad les secaran el alma, y los harán presa de imaginaciones horrorosas, sin fin.
Entonces, ¿la Soledad significa que estemos solos? ¡No siempre, les contesto! Recuerden, que si su alma es bondadosa y capaz de amar, jamás conocerán la soledad; y cuando estén solos, lo será en un sentido muy distinto: sus ratos en que estén solos gozarán de una excelente compañía: La de ustedes mismos. En cambio, el que rechaza a los seres humanos porque ni ama ni goza de un alma bondadosa, podrá estar rodeado de multitudes, pero se sentirá irremediablemente solo, odiando al género humano.
Quizá no lo sientan, porque ya se acostumbraron a su crónica amargura –les dijo la Soledad a esos solitarios-, pero ustedes bien saben, que permanentemente su corazón siente el dolor de los alfilerazos de su vida solitaria; y sienten y saben, que sus capacidades mentales cada vez son menores, y lo que una vez fue miel de su espíritu, ahora es hiel de su corazón.
El hombre no nació para la soledad –les siguió diciendo-, y la mejor prueba de ello, es que gracias a los amigos, a la compañía de otros, ustedes, seres humanos, han podido sobrevivir como especie a lo largo de cientos de miles de años. Y además, han triunfado por completo: Ahí están las familias donde reina el amor; y qué decir de tanta alma generosa que se entrega al cuidado de otros.
¡Ya no hay que darle vueltas a éste asunto!, dijo la Soledad. Los solitarios están locos o van a la locura. Los solitarios se niegan a amar y a dar, y será imposible que maten su soledad si no buscan la compañía de otros. ¿Te sientes solo, triste y resentido?, pues bien, busca la compañía de otro, y al instante tu tristeza será disuelta. ¡Miren!, les dijo la Soledad, ustedes saben, que el estar solos les roe el corazón. ¿Por qué no, entonces, odiar su soledad, buscar la compañía de otros, de uno solo aunque sea? Empezando a buscar la compañía de otros, será el único camino para comenzar a amar. Y cuando el amor a otros se inicie, yo, como Soledad, me iré para siempre, y tus actos de amor y bondad ocuparan todo el espacio de tu corazón.
Jacinto Faya Viesca
Las tinieblas de la soledad
¡Soledad es mi nombre, y soy capaz de inundar de tristeza y melancolía a aquellos que sienten la ausencia de alguna persona o cosa! ¡Conozco mis poderes: Puedo enloquecer a personas, si los aíslo de toda comunicación!
Sí, siguió hablando la Soledad: Que los corazones humanos son capaces de soportar martirios físicos y muchos sufrimientos emocionales por muy variadas causas. Pero sé también, que muchos corazones se destruyen si los invado y llegan a sentirse profundamente solos.
¡No es cierto que mi Soledad guste a algunos! Los hombres tendrían que parecerse a Dios o ser hermanos de las bestias para poder soportarme. Me equivoco: Más bien, tendrían que parecerse a Dios, pues a las bestias les gusta mucho la compañía de sus semejantes. Y aun, hay bestias que pueden romper su soledad si las acompañan animales de especies distintas. El perro y el gato, enemigos ancestrales, prefieren vivir juntos, que cada uno por su lado.
Para mí misma –dijo la Soledad-, no cometo males contra nadie, aunque debo reconocer, que una vez que alguna persona me invitó a que invadiera su corazón, esa persona ya está dispuesta a cometer todo tipo de males. Por ello, no debe extrañarnos que monstruosos criminales hayan sido seres solitarios. Su soledad los enloquece y llegan a sentirse tan inferiores o superiores, que fácilmente sienten que ellos nada tienen que ver con la especie humana.
Como Soledad, soy la primera en aconsejar a los hombres: Siempre les digo que se cuiden mucho de vivir solos, pues cuando caigan en éste vacío, no serán compadecidos por nadie, y permanecerán derrumbados en el suelo sin que alguien les de la mano.
Sí, es cierto, -le dijeron unos solitarios-, pero tú conoces el refrán popular que dice: “Más vale solo que mal acompañado”. Pero ese refrán no es ningún pretexto –contestó la Soledad-, pues pueden rechazar toda mala compañía, y eso no impide que gocen de compañías buenas. ¡Déjense de excusas, y decídanse a romper el espinazo a su maldita soledad! Y fíjense bien quien se los dice: yo, la Soledad que soy capaz de crear en sus imaginaciones de solitarios, espantosos monstruos que los devorarán: La soledad les secaran el alma, y los harán presa de imaginaciones horrorosas, sin fin.
Entonces, ¿la Soledad significa que estemos solos? ¡No siempre, les contesto! Recuerden, que si su alma es bondadosa y capaz de amar, jamás conocerán la soledad; y cuando estén solos, lo será en un sentido muy distinto: sus ratos en que estén solos gozarán de una excelente compañía: La de ustedes mismos. En cambio, el que rechaza a los seres humanos porque ni ama ni goza de un alma bondadosa, podrá estar rodeado de multitudes, pero se sentirá irremediablemente solo, odiando al género humano.
Quizá no lo sientan, porque ya se acostumbraron a su crónica amargura –les dijo la Soledad a esos solitarios-, pero ustedes bien saben, que permanentemente su corazón siente el dolor de los alfilerazos de su vida solitaria; y sienten y saben, que sus capacidades mentales cada vez son menores, y lo que una vez fue miel de su espíritu, ahora es hiel de su corazón.
El hombre no nació para la soledad –les siguió diciendo-, y la mejor prueba de ello, es que gracias a los amigos, a la compañía de otros, ustedes, seres humanos, han podido sobrevivir como especie a lo largo de cientos de miles de años. Y además, han triunfado por completo: Ahí están las familias donde reina el amor; y qué decir de tanta alma generosa que se entrega al cuidado de otros.
¡Ya no hay que darle vueltas a éste asunto!, dijo la Soledad. Los solitarios están locos o van a la locura. Los solitarios se niegan a amar y a dar, y será imposible que maten su soledad si no buscan la compañía de otros. ¿Te sientes solo, triste y resentido?, pues bien, busca la compañía de otro, y al instante tu tristeza será disuelta. ¡Miren!, les dijo la Soledad, ustedes saben, que el estar solos les roe el corazón. ¿Por qué no, entonces, odiar su soledad, buscar la compañía de otros, de uno solo aunque sea? Empezando a buscar la compañía de otros, será el único camino para comenzar a amar. Y cuando el amor a otros se inicie, yo, como Soledad, me iré para siempre, y tus actos de amor y bondad ocuparan todo el espacio de tu corazón.
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EL ARTE DE VIVIR LA VERDAD
La inteligencia del corazón
Palabras de Poder
Jacinto Faya Viesca
La inteligencia del corazón
Soy la Comprensión, y mi principal facultad consiste en entender y penetrar las cosas; entender los móviles y los intereses de las personas, penetrar en los secretos de la naturaleza y descifrar grandes misterios de la vida, y a tal grado, que soy un instrumento poderoso de las ciencias.
Además, cuando deseo en realidad comprender alguna situación de una persona, mi actitud es de benevolencia hacia los actos, comportamientos o sentimientos de otros. En consecuencia, no solamente hago uso de mi inteligencia y de mi frío razonamiento, sino también de mis buenos sentimientos de benevolencia y tolerancia. Si las personas me conocieran mejor se ayudarían unas a otras para tratar de comprenderse, y al mostrar esta disposición, harían esfuerzos adicionales para explicarse mejor.
Es tan importante para los seres humanos la comprensión, que “lo que no comprendemos no lo poseemos”. Por ejemplo: si atravesamos por un determinado problema y no comprendemos una parte o la totalidad de las causas de ese problema, no poseemos la luz y la claridad que podría llevarnos a su solución. Y todo esto se deriva por el contundente hecho de “lo que no está en nuestra conciencia no nos pertenece”.
Una de las conductas más negligentes y absurdas que he observado en las personas –habla la Comprensión–, es la facilidad y ligereza con que niegan las cosas cuando no las comprenden, en vez de esforzarse en entenderlas. Y lo peor de todo, es que de esta flojera mental se derivan muchos perjuicios para ellas. Si observamos bien, nos daremos cuenta de que las personas de mayor éxito y con mejor buena suerte, son aquellas que antes de negar lo que no comprenden, con toda diligencia se aplican para comprenderlas.
Todos sabemos que es un verdadero tormento que una persona viva con otras que la odian (cónyuge, hijos, socios), pero como Comprensión que soy, estoy absolutamente segura que es mucho peor que esa persona viva con otras que no la comprenden. Y es que en una relación de personas, aun dándose el odio, pueden existir muchos aspectos de comprensión. En cambio, cuando la Comprensión no se da, se produce un vacío y un doloroso aislamiento que incomunica y aparta a las personas. Por esto, esforzarse en la Comprensión rinde provechos sin fin, y produce el milagro de la comunicación, la identificación y la compañía.
Uno de los tormentos más dolorosos y silenciosos de los seres humanos –dice la Comprensión–, es la falta de comprensión entre personas cercanas. Es tan amargo, que el incomprendido abandona la esperanza de llegar a ser comprendido por las personas que desea serlo, y prefiere vivir con su tormento a seguir intentando que se le comprenda: “para qué, si no me comprende”, es una frase que resume su intenso sufrimiento.
Los seres humanos no conocen mi esencia: no saben, que prefieren ser comprendidos a llegar a ser amados. Los literatos, maestros y científicos prefieren ser comprendidos que admirados. Y es que el ser admirado es un sentimiento de aprobación, sabiendo el admirado que la gran mayoría de sus admiradores no lo han entendido. En cambio, cuando es comprendido, la satisfacción le llega hasta el fondo de su ser, pues sienten que la comprensión está vinculada con la inteligencia y la verdad, y no solo con un sentimiento de simpatía, como sí sucede con la admiración.
Cuántas antipatías, odios y malos entendidos surgen de la incomprensión de unos a otros, y solamente porque no estamos dispuestos a abrir nuestra mente y nuestro corazón. Nuestros prejuicios, fanatismos, conocimiento parcial de las cosas, nos impide ver hasta el fondo de lo que el otro siente y piensa.
La incomprensión ha constituido una de las fuentes de mayor sufrimiento en la historia de la humanidad. Desde tiempos inmemoriales, naciones enteras se han enfrentado a otras dejando una estela de mortandad y sufrimientos. A veces, lo hacían argumentando que su dios era el auténtico, y el dios de los otros, era falso. La rivalidad entre religiones tiene convulsionado al mundo de hoy en día.
En las relaciones entre cónyuge y entre padres e hijos, la incomprensión es la principal causa de divorcios y de odios entre ellos y de suicidios entre adolescentes.
Cuánto mejoraría la relación entre cónyuges y entre hijos y padres, si hiciéramos esfuerzos muy concretos para tratar de traspasar lo superficial y entrar a los sentimientos y pensamientos de nuestros seres queridos. Si deseamos ir más allá de lo que es invisible a nuestros ojos, tratemos de tocar con nuestro corazón los corazones de nuestros seres queridos.
Jacinto Faya Viesca
La inteligencia del corazón
Soy la Comprensión, y mi principal facultad consiste en entender y penetrar las cosas; entender los móviles y los intereses de las personas, penetrar en los secretos de la naturaleza y descifrar grandes misterios de la vida, y a tal grado, que soy un instrumento poderoso de las ciencias.
Además, cuando deseo en realidad comprender alguna situación de una persona, mi actitud es de benevolencia hacia los actos, comportamientos o sentimientos de otros. En consecuencia, no solamente hago uso de mi inteligencia y de mi frío razonamiento, sino también de mis buenos sentimientos de benevolencia y tolerancia. Si las personas me conocieran mejor se ayudarían unas a otras para tratar de comprenderse, y al mostrar esta disposición, harían esfuerzos adicionales para explicarse mejor.
Es tan importante para los seres humanos la comprensión, que “lo que no comprendemos no lo poseemos”. Por ejemplo: si atravesamos por un determinado problema y no comprendemos una parte o la totalidad de las causas de ese problema, no poseemos la luz y la claridad que podría llevarnos a su solución. Y todo esto se deriva por el contundente hecho de “lo que no está en nuestra conciencia no nos pertenece”.
Una de las conductas más negligentes y absurdas que he observado en las personas –habla la Comprensión–, es la facilidad y ligereza con que niegan las cosas cuando no las comprenden, en vez de esforzarse en entenderlas. Y lo peor de todo, es que de esta flojera mental se derivan muchos perjuicios para ellas. Si observamos bien, nos daremos cuenta de que las personas de mayor éxito y con mejor buena suerte, son aquellas que antes de negar lo que no comprenden, con toda diligencia se aplican para comprenderlas.
Todos sabemos que es un verdadero tormento que una persona viva con otras que la odian (cónyuge, hijos, socios), pero como Comprensión que soy, estoy absolutamente segura que es mucho peor que esa persona viva con otras que no la comprenden. Y es que en una relación de personas, aun dándose el odio, pueden existir muchos aspectos de comprensión. En cambio, cuando la Comprensión no se da, se produce un vacío y un doloroso aislamiento que incomunica y aparta a las personas. Por esto, esforzarse en la Comprensión rinde provechos sin fin, y produce el milagro de la comunicación, la identificación y la compañía.
Uno de los tormentos más dolorosos y silenciosos de los seres humanos –dice la Comprensión–, es la falta de comprensión entre personas cercanas. Es tan amargo, que el incomprendido abandona la esperanza de llegar a ser comprendido por las personas que desea serlo, y prefiere vivir con su tormento a seguir intentando que se le comprenda: “para qué, si no me comprende”, es una frase que resume su intenso sufrimiento.
Los seres humanos no conocen mi esencia: no saben, que prefieren ser comprendidos a llegar a ser amados. Los literatos, maestros y científicos prefieren ser comprendidos que admirados. Y es que el ser admirado es un sentimiento de aprobación, sabiendo el admirado que la gran mayoría de sus admiradores no lo han entendido. En cambio, cuando es comprendido, la satisfacción le llega hasta el fondo de su ser, pues sienten que la comprensión está vinculada con la inteligencia y la verdad, y no solo con un sentimiento de simpatía, como sí sucede con la admiración.
Cuántas antipatías, odios y malos entendidos surgen de la incomprensión de unos a otros, y solamente porque no estamos dispuestos a abrir nuestra mente y nuestro corazón. Nuestros prejuicios, fanatismos, conocimiento parcial de las cosas, nos impide ver hasta el fondo de lo que el otro siente y piensa.
La incomprensión ha constituido una de las fuentes de mayor sufrimiento en la historia de la humanidad. Desde tiempos inmemoriales, naciones enteras se han enfrentado a otras dejando una estela de mortandad y sufrimientos. A veces, lo hacían argumentando que su dios era el auténtico, y el dios de los otros, era falso. La rivalidad entre religiones tiene convulsionado al mundo de hoy en día.
En las relaciones entre cónyuge y entre padres e hijos, la incomprensión es la principal causa de divorcios y de odios entre ellos y de suicidios entre adolescentes.
Cuánto mejoraría la relación entre cónyuges y entre hijos y padres, si hiciéramos esfuerzos muy concretos para tratar de traspasar lo superficial y entrar a los sentimientos y pensamientos de nuestros seres queridos. Si deseamos ir más allá de lo que es invisible a nuestros ojos, tratemos de tocar con nuestro corazón los corazones de nuestros seres queridos.
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