domingo, 19 de mayo de 2013

El verdadero gozo de vivir

El verdadero gozo de vivir

La presente época pasará a la historia como la de ‘Todos Contra Todos’: Época de guerras y guerrillas entre ejércitos, partidos políticos, estratos sociales, religiones. Guerra entre patrones y obreros, barrios, equipos, pandillas. Entre padres e hijos, entre hombres y mujeres.

Dicen los historiadores que en todas las épocas ha ocurrido lo mismo; sólo cambian los nombres y las circunstancias. Sin embargo, es agradable recordar historias en las que la solidaridad se hace presente para corroborar una vez más que la especie humana es capaz de convivir de otra manera, y que de eso depende su
supervivencia.

Una de las historias más atesoradas por los descendientes de quienes lograron escapar de los hornos crematorios en los campos de concentración nazi es realmente enternecedora. Cuentan que soldados de la Gestapo llegaron de improviso a un sector acomodado de Berlín y a empeñones subieron a un camión a varias decenas de judíos. Después a golpes los apiñaron en el último vagón de un tren con destino a Auschwitz. Todos eran adultos, hombres y mujeres, sólo un bebé de siete meses.

El niño no cesaba de llorar de hambre y de frío. No había pañales para cambiarlo. Con gesto amenazante el guardia ordenó que lo callaran. Aunque la madre cubría su boquita con su mano no podía hacerlo. Justo entonces el tren se detuvo en un poblado casi al amanecer: “Si uno sólo de ustedes escapa, todos serán fusilados en el acto por complicidad”. El guardia bajó y se distrajo con otros oficiales.

La decisión de Hanz fue rápida: Le pidió a la esposa el bolso que llevaba al hombro. Tomó dinero, papel y pluma; escribió una nota. Luego le pidió las joyas que portaba. Por último, sin decir palabra, arrebató al bebé de sus brazos.

“¿Qué haces?” susurraba ella. Con una velocidad de flecha llegó Hans a la puerta del vagón y logró entreabrirla. Saltó y colocó al bebé en la orilla de la calle, al lado opuesto de los guardias. Ella lo vio regresar sin el niño y enloqueció de dolor: Cayó de bruces y ahogaba los sollozos abrazada a los pies del marido.

El tren reanudó su marcha. Nadie delató el hecho. En su silencio, todos fueron cómplices.

Poco después el llanto del bebé fue escuchado por un chico que pasaba en bicicleta. Encontró junto al niño atados en un pañuelo la nota, el dinero y las joyas: “Me llamo Pierre. Soy francés. Mi madre es soltera. No puede cuidarme.

¿Me cuidas tú?” Tomó al niño y lo llevó a la Iglesia Católica. Tocó a la puerta de la sacristía y huyó con el dinero y las joyas. El joven sacerdote, alarmado, comentó al ama de llaves: “El niño debe ser judío, porque está circuncidado. No podemos tenerlo aquí. ¡La Gestapo nos fusilaría!” La anciana tomó al niño en brazos y, sin decir palabra, puso a hervir leche para alimentarlo y rompió una sábana para hacer pañales. El niño creció con ellos. Enviarlo al orfanato hubiera sido condenarlo a muerte.

Los padres de Pierre murieron en el holocausto. Años después, uno de los sobrevivientes regresó al poblado en busca de Hans II, el verdadero nombre del niño que en realidad era alemán. Encontró a un Pierre feliz, criado por el joven sacerdote.

En la cocina de la parroquia mientras tomaban café, el judío desconocido narró la historia de esa noche de invierno en el vagón del tren. Celebraron la vida de Pierre: Un verdadero milagro de solidaridad y fraternidad humana. El padre que sabe exactamente lo que tiene que hacer para salvar al pequeño, y lo hace a pesar del precio de perderlo. La madre que ahoga sus gritos de dolor y reconoce acertada la decisión de dejarlo. La solidaridad de los compañeros de vagón; el valor de guardar silencio. El ama de llaves que sabe lo que tiene qué hacer para salvar al niño; el sacerdote que vence sus prejuicios de raza y religión, y su terror a la Gestapo para criarlo. El chico de la bicicleta que puso su parte: medio ladroncito, pero eso sí, con suficiente bondad en su corazón para llevar al niño a lugar seguro.

En esa mesa de cocina endulzaron el café con la miel de la fraternidad. La fraternidad, cuando deja de ser palabra para convertirse en experiencia, rebasa todos los prejuicios de raza, credo y género para dar a los seres humanos el verdadero gozo de vivir.

Preguntas nuevas

Preguntas nuevas

¿Cómo descubrir qué se quiere decir exactamente, con qué intenciones se dice y, sobre todo, quién lo dice? Cuando los medios de comunicación están en manos de intereses personales, políticos, o económicos, ¿quién nos asegura que las imágenes que nos presentan son fiel reflejo de la realidad? Un mismo acontecimiento manejado por dos fuentes distintas presenta versiones completamente diferentes. Así que, ¿cuál es la verdad?

Los tiempos electorales, más que ningún otro momento, exigen una evaluación.

Todas las imágenes y datos impuestos (la distorsión ‘interesada’ de la realidad) hacen necesaria una conciencia crítica, lo cual implica entrenar la mente a que asuma una actitud reflexiva ante la información: Un escuchar y mirar con detenimiento.

La tarea educativa por excelencia ante la comunicación masiva de televisión, cine, radio, prensa y la red, consiste en formar personas que, una vez recibida la imagen, concepto o afirmación, sean capaces de entender su verdadero significado. Personas competentes para desenmarañar la madeja en la cual el bien, el mal, la verdad y la mentira suelen confundirse en caprichosos nudos.

¿Cuántas veces justificamos la mentira —que se viste de diáfanos motivos— y condenamos la verdad porque es molesta e incómoda? Justificamos la mentira diciéndonos que es lo conveniente y agradable, y condenamos la verdad porque nos exige responsabilidad personal.

Para poseer una conciencia crítica es necesario aprender a leer la realidad, observarla en su conjunto y en cada uno de sus detalles... y prever sus consecuencias. Exige educar la percepción: Cuestionar el cómo vemos, escuchamos y sentimos. Comprender el sentido de los acontecimientos con el fin de hacer una apreciación sana, libre de prejuicios, no malos entendidos. Las nuevas generaciones han sido entrenadas a recibir impactos sensoriales fuertes y rápidos. A ser imitadoras irreflexivas.

Los medios de comunicación evitan temas cerebrales: la reflexión toma mucho tiempo, y el tiempo, sobre todo en los medios de comunicación, es oro ($).

Reflexionar y percibir son actividades difíciles de practicar en nuestros días.

Seducidas por la luz y el sonido de tecnología de punta las personas dialogan no con el mundo y su realidad, sino con símbolos e imágenes. Aceptan pasivamente como verdad una parte de la realidad: Aquella que conviene al comunicador. Y dicen que media verdad es una mentira entera.

La ignorancia de lo que uno quiere, de lo que uno debe, y de lo que uno puede, en lo estrictamente personal, así como en lo político, o económico, es la causa principal de las dificultades de nuestra nación en desarrollo. ¿Quién es el comunicador? ¿Quién dice qué? Tenemos acceso a mucha información, pero no es fácil procesarla. Hemos dejado de construir nuestro propio bien, nuestra propia verdad. Aceptamos la ‘verdad’ impuesta. Imitamos. Se nos ha olvidado pensar.

Pero si nos atrevemos a hacerlo descubriremos que muchas de las condiciones que producen los más grandes peligros, abren también la puerta a fascinantes potencialidades nuevas.

El Bien y la Verdad ciertamente se pueden tomar de la mano y acompañarnos a iniciar un nuevo camino. México es nuestra patria. En medio del conflicto es posible lograr que la sociedad que está surgiendo sea más sana, razonable y defendible, más decente y más democrática que ninguna que hayamos conocido jamás.

Si penetramos bajo la embravecida superficie descubriremos que la gigantesca ola de cambio ya está golpeando actualmente nuestras vidas. El cambio provoca conflicto y tensión a nuestro alrededor en todos los campos, desde la vida personal hasta la política. Pero también puede hacer posible distinguir aquellas innovaciones que son meramente cosméticas –sólo por encimita– o aquellas que son las verdaderas ideas luz en que la pregunta correcta suele ser más importante que la respuesta correcta a la pregunta equivocada. La meta es lograr un acuerdo democrático que suministre respuestas, y plantee también muchas preguntas nuevas. Conceder incluso a los adversarios la posibilidad de verdad parcial, y a uno mismo, la posibilidad de error.

En una época de explosivos cambios en que se formulan las más amplias preguntas acerca de nuestro futuro como nación, las preguntas no son una simple cuestión de curiosidad intelectual. Son una cuestión de supervivencia.

Las madres nunca mueren

Las madres nunca mueren

Una leyenda bretona dice que cuando los barcos naufragan en alta mar y los marineros se ahogan en las profundas aguas, la Dama de Blanco les susurra al oído las mismas canciones y las mismas oraciones que aprendieron de sus madres cuando eran mecidos en sus cunas.

Las poesías hablan de la madre que lo es todo a la vez: sagrada y terrena, piedra y estrella, aurora y ocaso, campana y silencio, milicia y ternura. Una madre buena es como una rosa: da su fragancia a todos los hijos por igual, a los buenos y a los menos buenos. Como una lámpara encendida en un cuarto oscuro, los ilumina a todos. La madre buena es como un árbol que da su sombra inclusive al hijo que corta su tronco, y deja su perfume en la misma hacha que la derriba.

Antes de que el hijo nazca, el amor de la madre ya existe. La hora del alumbramiento se desenvuelve tras la cortina entre lágrimas y risas: todo el heroísmo de la vida de la madre transcurre en profunda sencillez. De noche, vela; de día, cuida. La esperanza de la madre nunca muere. Abriga en su seno la certeza de que el hijo acabará por superar todos los obstáculos de la vida, porque cada hijo que nace en el mundo lleva inscrito en la profundidad de su ser el rostro de Dios, y porta en sí mismo los genes inmortales capaces de sanar todos los errores, vencer todas las dificultades, y que aprenderá a caminar el camino del amor.

No hay nada mejor ni más sano, más sólido y útil para los años postreros que algunos buenos recuerdos, sobre todo si se relacionan con la infancia, con el hogar. Si un niño acumula esos recuerdos a lo largo de su infancia y adolescencia hasta el final de sus días, se sentirá seguro. Y aunque sólo conserve un recuerdo grato en su corazón, incluso ése puede servir en un momento dado para salvarlo. “No tengas miedo, yo estoy contigo.” Las palabras de consuelo que hábilmente administra una madre son la terapia más antigua de la civilización.

El educar en responsabilidad y respeto hacia todos los seres y todas las cosas es trabajo fino y delicado que ocasiona sinsabores, pero… una madre buena sabe que no se puede pulir una gema sin fricciones. Buena es la madre que enseña al hijo a aceptarse a sí mismo porque lo habrá preparado a perdonar a los demás.

Educa al hijo en la generosidad porque el generoso es inaccesible a las ofensas.

Aunque alguien trate de hacerle daño, la ofensa resbala y no llega a él. No se siente lastimado, porque es más rápido en perdonar que el ofensor en ofender.

El lienzo que une a la familia proviene del telar materno. Los hilos amorosos cubren, protegen, remiendan y parchan al entretejerse en la más sencilla y más resistente de las telas: la tela del amor. Sólo el amor puede dividirse una y otra vez sin disminuir y sin desgastarse.

La vigilancia de superficie sólo advierte los aspectos materiales de las cosas y de los seres, pero la vigilancia profunda de la madre descubre más allá de la piel, los sueños, los anhelos, las cualidades y posibilidades únicas de cada hijo. Y también sus temores.

El cofre del corazón de la madre se abre para guardar las dudas, anhelos, dolores, quereres de cada uno de sus hijos. A través de un silencio afectivo crea un estado de comunión con él cuando su conciencia se vuelve atenta para escucharlo. La mayor atención es el mayor amor. A mayor comunicación, mayor entendimiento.

El corazón del hijo se abre al amor cuando aprende a responder con atención. El amor es un estado de atención completa.

Nadie sabe cuánto valen las semillas que se siembran en el corazón de un hijo, ni las ideas que se fijan en su mente, o los principios que se forjan en su espíritu. En el regazo de las madres de hoy se forman los hombres y mujeres del futuro.

La contribución de las madres a la sociedad es una labor callada, silenciosa, que se ofrece gratuitamente. La madre no es consciente del incalculable valor que su trabajo representa en la formación de ciudadanos íntegros. El tiempo, esfuerzo y calidad en la crianza de un hijo no se valora en pesos y centavos; no se puede comprar ni pagar, porque… ¿quién le pone precio?.

¡Sí hay maestros!

¡Sí hay maestros!

Afirman los especialistas en comportamiento humano que aún en las universidades más prestigiadas del mundo se padece una tremenda crisis de valores que se manifiesta en violencia y corrupción extrema. Los chicos de hoy en medio del ruido y el ritmo acelerado viven en distracción: No conducen su vida sino que se dejan seducir por el ambiente. Cuando ven no miran y cuando oyen no escuchan.

¿Cómo rescatar su atención y estimular su capacidad de crear caminos nuevos en los que desarrollen al máximo sus talentos y transiten sin perder su dignidad?

La ciencia ha logrado conocer por medio de huellas dactilares el dibujo de una piel, pero se requiere de la profunda intuición del maestro para penetrar el cerebro humano y abrirlo a la voluntad de discernir. Los especialistas aseguran que las sociedades están en crisis por falta de maestros y, sin embargo, la esperanza de México está puesta en la labor magisterial; en aquéllos y aquéllas que, a pesar de la falta de un debido reconocimiento a su excelsa labor, hacen de la educación más que una profesión, una vida.

¿Cuál es el modelo ideal de maestro o maestra para construir el México Nuevo del Siglo XXI? Una persona enamorada de la educación que sepa conjugar la ciencia con el humanismo, académicamente exigente y humanamente comprensiva, capaz de crear una atmósfera de confianza y libertad; una mezcla de severidad y de dulzura que envuelva la realidad con la esperanza.

La labor del maestro es grande, mística, porque además de la capacitación personal y tecnológica que la educación del Siglo XXI le exige, deberá formar ciudadanos responsables y morales y, para ello, la acción educativa requiere una actitud nueva: La más profunda objetividad tiene que ir unida a una gran capacidad de comprensión humana. Tarea compleja, pero fascinante.

La nueva pedagogía no se centra exclusivamente en la transmisión de conocimientos (eso lo puede hacer la computadora). Conocer ya no es ‘saber’, sino intuir, imaginar, crear. Esto exige educar para la autenticidad y para la convivencia humana. Los alumnos no son meros cerebros para ilustrar, sino seres humanos con originalidad de vida y de destino.

Los maestros pulen, cincelan con paciencia y tolerancia las habilidades de cada alumno, haciendo con ello una obra de arte universal. Construyen, moldean, cimientan, siembran y conducen los conocimientos fundamentales para su futuro.

La dignidad del maestro mantiene su ética profesional y la responsabilidad de su propia actitud como modelo de vida: Un regalo para la sociedad, un estímulo para las familias, y una bendición para los alumnos. Educar es un arte y quien enseña un artista.

Mas ¡ay! qué duro es ser maestro. ¿Quién sabe de la energía, el esfuerzo, la pasión que pone al preparar su cátedra? ¿Quién sabe cuánto se desgasta y se consume tratando de iluminar los cerebros dormidos, perezosos?

Las ideas son frágiles y suelen permanecer en estado latente mucho tiempo antes de dar fruto. Las ideas, como pequeñísimas semillas de mostaza, revolotean, juegan, se esconden, se pierden. Unas caen en cabeza dura y mueren. Otras caen en corazones agrios, resentidos, y se asfixian. Pero unas cuantas ideas caen en cerebros húmedos, cálidos y fértiles y ahí se incuban. Penetran la mente como fina lluvia. Tal vez tarden mucho tiempo en dar fruto pero ahí están. Un día, sin saber por qué, ni cómo, cobran vida, se dispara la chispa vital y visten el cerebro de luz. La palabra del maestro desciende lentamente al corazón: Lo acaricia, lo envuelve, lo posee, lo inflama con su fuego. Luego incendia la voluntad y provoca que palpite con determinación. La palabra se hace acción y —como la minúscula semilla de mostaza— se convierte en frondoso árbol.

El proceso es lento, penoso. La misteriosa y suave maduración de las ideas y de los valores requiere de maestros que tiren sus semillas al aire y no les importe dónde germinen, ni quién recoja la cosecha, ni cuándo. Sus palabras, guardadas, esperan el momento y el lugar apropiados para cobrar vida.

Al maestro lo ilumina su mismo resplandor, y se deja consumir por su propia llama. Él nunca muere: perdura en las mentes, corazones y acciones de los que recibieron el regalo de sus semillas.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Filosofando… cuatro preguntas


1¿Por qué es importante trazar una meta en nuestra vida?
Las metas nos dan una razón de vida, un propósito, algo que te mueve a levantarte por la mañana, son razones para vivir. No es casualidad que muchas personas al retirarse, al no encontrar ya este sentido de propósito a las pocas semanas o meses de jubilarse, mueren o sufren un deterioro de salud muy fuerte. La clave, considero, está en tener metas que te inspiren, que sean un reto, y que tengan un sentido de trascendencia.

He encontrado que las personas más felices son aquellas que dedican su vida a proyectos, que para ellos, valen la pena.

2. ¿Es importante trabajar en aquello que nos apasiona y en donde podamos aplicar nuestro talento? ¿Por qué?

Es fundamental encontrar nuestro nicho. No es fácil, de hecho es lo más difícil, encontrar para qué soy bueno, cuál es mi lugar, para qué estoy aquí, pero creo que es lo más importante. Es difícil porque socialmente el mensaje que hemos recibido es que tenemos que ganarnos la vida, es decir, que necesitamos trabajar para pagar las cuentas, entonces choca, entra en un conflicto con la importancia de buscar la pasión y eso sí, hacerlo negocio.

Cuando encontramos esa pasión profesional, y aplicamos nuestros talentos de forma natural, el éxito viene como consecuencia. Aunque parece paradójico, el buscar el dinero primero no es necesariamente la mejor forma para tener éxito. Los negocios más exitosos nacen de personas entregadas a una vocación, porque sirven de corazón, porque realmente se preocupan por aportarle algo al cliente, en lugar de sólo buscar la retribución económica. Cuando una persona se apasiona y sirve con sus talentos, los demás naturalmente lo premiamos porque nos aporta valor.

De tal forma es importante buscar la vocación, aquello que nos llama, para servir con nuestros talentos de una forma natural, en lugar de hacerlo forzados, por obligación.

4. ¿Por qué es importante tomar riesgos, a pesar de los “fracasos”?

Alguien dijo que toda gran idea de negocio fue un riesgo que alguien tomó. Si revisamos la historia nos damos cuenta que los grandes saltos en tecnología, comercio, servicios, etcétera, fueron desafíos a la norma, a la tradición. Un “fracaso” es la forma de no obtener un resultado deseado bajo una circunstancia determinada, es decir, es muy relativo.

Lo importante siempre es preguntarse: “¿qué lección puedo aprender?”. Siempre podemos extraer una lección, algo positivo, aún de los momentos más difíciles.

Si se actúa de una forma responsable, cada riesgo tomado es una oportunidad de lograr un beneficio o aprender una lección.

Yo recomiendo hacer experimentos, pruebas controladas, de forma paralela al trabajo o negocio actual, que de resultar exitosas se pueden desarrollar en algo mucho más grande. Lo importante es actuar a pesar del miedo y actuar con la mente y el corazón conectados.

5. ¿Hay una fórmula para la infelicidad? Querer complacer a todos.

Consejo de sabios


Cierto mercader envió a su hijo a aprender el Secreto de la Felicidad con el más sabio de todos los hombres. El muchacho anduvo durante 40 días por el desierto, hasta llegar a un bello castillo, en lo alto de una montaña. Allí vivía el sabio que el muchacho buscaba.

No obstante, en lugar de encontrar a un hombre santo, nuestro héroe entró en una sala en la que se deparó con una enorme actividad: mercaderes que entraban y salían, personas conversando por los rincones, una pequeña orquesta tocando suaves melodías, y una mesa muy bien servida con los más deliciosos platos de aquella región del mundo.

El Sabio conversaba con todos, y el muchacho tuvo que esperar durante dos horas hasta que pudo ser atendido.

Con mucha paciencia, el Sabio escuchó atentamente el motivo de la visita del chico, pero le dijo que en ese momento no tenía tiempo para explicarle el Secreto de la Felicidad.

Le sugirió que diese un paseo por su palacio, y regresase al cabo de dos horas.

-De todas maneras, voy a pedirte un favor –añadió, entregándole al muchacho una cucharita de té en la que dejó caer dos gotas de aceite-. Mientras estés caminando, lleva contigo esta cuchara sin derramar el aceite.

El joven empezó a subir y a bajar las escalinatas del palacio sin apartar la mirada de las gotitas de aceite. Dos horas más tarde, regresó ante la presencia del Sabio.

-Entonces – preguntó el sabio- ¿ya has visto los tapices de Persia que están en mi comedor, y el jardín que al Maestro de los Jardineros le llevó 10 años concluir? ¿Y te has fijado en los hermosos pergaminos de mi biblioteca?

El muchacho, avergonzado, confesó que no había visto nada de eso. Su única preocupación había sido no derramar las gotas de aceite que el Sabio le había confiado.

-En ese caso vuelve y conoce las maravillas de mi mundo –dijo el Sabio-. No puedes confiar en alguien hasta que no conoces su casa.

Ya más tranquilo, el joven muchacho tomó una vez más la cucharilla y volvió a pasear por el palacio, pero esta vez fijándose en todas las obras de arte que colgaban del techo y las paredes. Vio los jardines, las montañas de alrededor, la delicadeza de las flores, el refinamiento con que cada obra de arte había sido colocada en su lugar. Por fin, una vez más ante la presencia del Sabio, le contó pormenorizadamente todo lo que había visto.

-Pero, ¿dónde están las dos gotas de aceite que te confié?- preguntó el Sabio.

Mirando a la cuchara, el joven se dio cuenta de que las había derramado.

-Pues este es el único consejo que puedo darte – dijo el más Sabio de los Sabios-. El secreto de la felicidad está en saber mirar todas las maravillas del mundo, sin olvidarse nunca de las dos gotas de aceite de la cucharilla.

Vito Alessio Robles


La vida y el pensamiento de don Vito se conjugan en torno de un libro, en el periódico, en la vida militar o en la vida civil, en la cátedra, la prensa, el parlamento y la relación amistosa, fue un ilustre ciudadano mexicano.

Así lo describe el Lic. Salvador Azuela en su interesante trabajo “El ciudadano Vito Alessio Robles”, de donde entresacamos algunas de sus ideas. Vito Alessio nació en la antigua villa de Santiago de Saltillo, donde estudió hasta llegar al Ateneo Fuente, de donde salió a los dos años de estudios para construir una vida limpia y laboriosa.

Pasa al ilustre Colegio Militar, de alumno a catedrático, se gradúa en ese plantel de ingeniero y luego sirve lealmente en el Ejército.

Después de sus primeros combates, se incorpora a los revolucionarios. Francisco I. Madero lo envió a Italia como agregado militar.

Al regresar, su carácter insumiso, inconforme con el régimen de Victoriano Huerta, le acarrea prisiones en Santiago Tlatelolco, en San Juan de Ulúa y en la penitenciaría de México, hasta que se incorpora a las tropas de Alberto Carrera Torres.

Derrotada la convención revolucionaria, al promulgarse la Constitución de 1917, tiene la probidad de escribirle una carta a don Venustiano Carranza, en la que reconoce que las demandas fundamentales de carácter social, válidas para su época, han sido recogidas en el texto constitucional.

Pronto se fue a la oposición. Su temperamento era el del fiscal, del crítico que habla y escribe abiertamente.

Periodista de combate en El Universal, en El Demócrata, diario capitalino que dirigió varios años; fue diputado por el Distrito Federal y senador por Coahuila. En el orden político, el momento estelar de su vida abarca esta etapa, intentó un empeño cívico destinado a la derrota, sin preocuparle el desenlace fatal. La muerte del general Álvaro Obregón fue el epílogo.

El grupo que se le enfrentó puso empeño en la batalla por la no reelección. Se recuerda su valor extraordinario al recoger los restos del general Arnulfo Gómez, candidato presidencial fusilado, en aquella cruenta etapa en la que fueron asesinados el general Francisco Serrano y sus compañeros.

Don Vito localizó el cadáver de Gómez, lo veló en su domicilio, en un ambiente de terror, para luego conducirlo, con un cortejo valeroso de antirreeleccionistas, al cementerio y despedir al candidato con aquellas palabras memorables: “el alma joven de un viejo luchador remonta el vuelo”.

Continuando con la semblanza de Vito Alessio Robles, según la visión del Lic. Salvador Azuela en su trabajo “El ciudadano Vito Alessio Robles”, en enero de 1924, cuando se desempeñaba como senador por Coahuila, tuvo aquella actuación parlamentaria, equiparable a la de Belisario Domínguez.

Amenazados los senadores de la República, que se oponían a los convenios de Bucareli que los juzgaban inconvenientes para el interés nacional por el Partido Laborista, se consuma el asesinato de don Francisco Field Jurado. En la tribuna del Senado, con entereza excepcional, reclamó enérgicamente el castigo de los responsables.

Don Vito, periodista y parlamentario, no renunció a su personalidad combativa. Partió como ministro plenipotenciario a Suecia.

Retornando a la lucha política en 1927 y 1928. Se presentó como candidato anntirreeleccionista a la gubernatura de Coahuila, fracasando en su intento.

Desterrado en los Estados Unidos, se dedicó en la biblioteca de la Universidad de Austin al estudio de documentos históricos, sobre todo de los que se referían a las provincias internas de oriente y a Francisco de Urdiñola.

Acumuló entonces materiales para escribir libros de obligada consulta, en que el historiador cobra cuerpo cabalmente. Regresó como catedrático a la Escuela Nacional Preparatoria y a la Facultad de Filosofía y Letras de la ciudad de México. Fue miembro fundador del Seminario de Cultura Mexicana, recorrió la provincia en misiones fecundas.

Amó profundamente a su ciudad de mito y de leyenda: a Saltillo. Perteneció a la primera generación romántica de revolucionarios y pensó y soñó abrir posibilidades cívicas al pueblo mexicano.

La historia no era para él un museo poblado de reliquias polvorientas; no era un panteón con lápidas y losas funerarias, era una ciudad con sus foros y sus comicios, sus debates, sus tribunos y sus partidos.

Fue un ciudadano ejemplar, fue un cronista que escribió muchas páginas de sus libros como lo hizo Bernal Díaz del Castillo, con tinta empapada en la propia sangre. Manejó con la misma dignidad la pluma y la espada, que sirvió con denuedo en las armas y en las letras.

Con Vito Alessio Robles, el más importante historiador que ha tenido Coahuila, parece que soplan sobre nuestras frentes las alas de la historia.