domingo, 19 de mayo de 2013

¿Por qué Francisco?

¿Por qué Francisco?

No es el destino o la naturaleza, ni es la voluntad de Dios que existan en el mundo ricos muy ricos y pobres muy pobres. ¿Por qué los ricos se vuelven más ricos, y los pobres más pobres? No es sólo por falta de oportunidades; la causa la encontramos en las estructuras económicas, sociales y políticas que operan a nivel internacional.

La pobreza no es sólo un problema moral, de conciencia, sino fundamentalmente es un problema político, muy político. No es suficiente condenar la pobreza extrema, sino que ésta exige un esfuerzo concreto para remediarla: Una verdadera revolución en la arena de las relaciones humanas. La pregunta es: ¿Cómo lograr el desarrollo sin
esclavitud?

El nuevo Pontífice Francisco pertenece a la Compañía de Jesús. Los jesuitas promueven una agenda de justicia social y una labor profunda con los pobres de Latinoamérica. El Papa Francisco se ha pronunciado contra un sistema económico y social injusto, contra la trata de personas, contra el aborto y la eutanasia y, particularmente, contra la explotación laboral.

Muchos preguntan: ¿Por qué seleccionó el nombre de Francisco? Todo parece indicar que San Francisco de Asís encarnaba las virtudes que más atesora el nuevo Papa: La benevolencia, el cuidado y el amor. Dice que esas virtudes crean un universo de excelencia; tienen un significado existencial por todo aquello que es de valor e importancia, y que vale la pena sacrificar: El tiempo, la energía, y la vida misma.

San Francisco decía que el amor es el poder de dar, de rendirse, la capacidad para aceptar al otro como otro. El amor y el poder no son mutuamente excluyentes; mantienen una relación dialéctica entre ellos: “El amor necesita el poder para ser algo más que sentimentalismo, así como el poder necesita el amor con el fin de no convertirse en manipulador”. Se ha comprobado que la razón no explica todas las cosas. La razón no es el primero o el último momento de la existencia humana: Está abierta al plano superior e inferior. Del plano inferior emerge algo antiguo, profundo, elemental y primitivo: El afecto. En el plano superior la razón se abre a la experiencia espiritual que es el descubrimiento de la totalidad presente en el ego más allá de lo concreto, donde no existen estructuras, sólo sentimientos gratificantes, simpatía y ternura.

Encontrarse con San Francisco de Asís siempre ocasiona una conmoción antropológica porque nos confronta con lo más exigente, lo más elevado y lo más radical. En este sentido, es un santo incomparable, o como otros lo han llamado “el primero después de Jesucristo”. Sobre el sentido de pobreza, él vivió más que nada la pobreza como una forma evangélica de practicar la disponibilidad total, y la pobreza como una expresión de amor por el pobre, y contra su pobreza. La disponibilidad total la expresaba siendo siempre el último para poder servir a todos, y jamás disputar una posición de poder. Esto no era una forma de masoquismo, sino la forma más elevada de amistad, que genera libertad en el otro.

Para los desposeídos, sin protección alguna, la comunidad significa todo. La vida de esta fraternidad franciscana, que era pobre, pero muy alegre y muy humana, sólo deseaba reunirse y juntos eran felices, las ausencias eran dolorosas, las separaciones amargas, y las despedidas desgarradoras. El desprendimiento de lo material produjo una enorme liberación de amor y fraternidad y el gozo desinteresado de todas las cosas. El único que puede probar el mundo, sin desnaturalizar su realidad, es aquél que renuncia a poseerlo. Sólo entonces deja de ser una amenaza y puede ser introducido a la arena de la fraternidad humana.

Lo que hace inhumana la pobreza no es sólo que impide la satisfacción de las necesidades básicas, sino que el desprecio, el rechazo, la exclusión de la vida humana en su conjunto, el permanente lavado de cerebro de imágenes negativas de los desposeídos tomadas por aquellos a quienes todo les sobra, producen un sentimiento de inferioridad o de rebelión. Sienten que nadie está de su lado: La buena suerte de la vida y de los otros está contra ellos.

San Francisco, siendo un joven rico y educado, en la flor de la edad en la sociedad de Asís, lo dejó todo para vivir con los desvalidos. Creó una fraternidad de hermanos abierta al mundo de los pobres: Una protesta y un acto de amor –protesta contra la sociedad que los expulsa y esconde en lugares inhumanos e insalubres fuera de la vista-. Curaba sus heridas y las llagas de lepra, los abrazaba, comía, reía y lloraba con ellos. Humanizaba su miseria regresándoles el sentido de la dignidad humana, siempre negada por la sociedad a los desposeídos.

Hasta los ángeles

Hasta los ángeles

Antes de convertirse en Satanás, se llamaba Luzbel. De extraordinaria belleza e inteligencia era el príncipe de los ángeles. Dicen las Sagradas Escrituras que Luzbel y algunos de los ángeles, espíritus puros dotados de una inteligencia más aguda y facultades superiores a las de los seres humanos, un día se sintieron como dioses y se rebelaron contra el Creador. Desde entonces Luzbel dejó de ser ángel y su nombre fue cambiado por el de Lucifer, o Satanás. Desde entonces también la soberbia ha sido el principio de todo pecado. El relato de Adán y Eva en el Paraíso en que comieron la fruta prohibida del árbol del Bien y del Mal desobedeciendo el mandato de Dios habla de quienes, a semejanza de los ángeles, se dejan morder por la serpiente de la soberbia, y tratan de actuar como dioses.

Dicen que la soberbia intelectual es más gruesa que la coraza de un buque de guerra. Al principio es imperceptible. Un simple aleteo que acrecienta en demasía la seguridad en sí mismo y agiganta la autoestima. Poco a poco, si no es detectada, va cobrando fuerza hasta convertirse en una pasión arrolladora más fuerte que el amor o el odio. Se instala en el cerebro y en el corazón con sus poderosas tenazas y es tal su fuerza que oscurece la mente, robándole toda objetividad. El orgullo y apetito desordenado de la propia excelencia, la excesiva estimación de las propias cualidades e ideas con menosprecio de las de los demás, el exceso de pompa, son algunas de sus manifestaciones.

La persona soberbia llama sabiduría a lo que ella sabe, e ignorancia a lo que saben los demás. Habla con prepotencia porque ignora la realidad. No la conoce porque es superficial. Es superficial porque juzga los hechos sin profundizar.

Pega la nariz a la pared y no ve lo que hay tras ella. Cuidado cuando una persona soberbia ocupa un puesto público. Experimenta un gozo desordenado. El poder de modificar las vidas de los ciudadanos y hacer cambios que repercutan en el futuro de la Nación debe ser una experiencia embriagadora. Un momento que se sube a la cabeza aunque los dolores de cabeza vengan después.

En realidad el poder es una alucinación. Lo que se tiene no es precisamente el poder, sino la autoridad. El poder implica la capacidad y la posibilidad de realizar lo que se planea. La autoridad, en cambio, significa que se puede MANDAR que se haga lo que se ha planeado. El tiempo y los medios que la orden toma para filtrarse hasta el campesino en los campos de trigo, o el minero en las galerías subterráneas de carbón, le resta gran parte de su fuerza y también de su sentido. Las órdenes dependen de otros para su ejecución. La autoridad que se delega es limitada, y las fórmulas son estrechas, incapaces de contener y de remediar la agonía de un pueblo en crisis.

Si el gobernante se instala en un pedestal, difícilmente encontrará quién se atreva a acercarse a él con la verdad o con información que él no desee oír, porque sería tanto como reconocer un error, o un fracaso en su gobierno. Y el error o el fracaso jamás han sido reconocidos por una persona soberbia.

Los que estamos muy lejos del poder gustamos de crear ídolos de nuestros gobernantes. Somos responsables de convertir en tiranos a nuestros líderes: las alabanzas de las multitudes suelen hacer un pastor soberbio de un rebaño sin rostro. Los grandes hombres y mujeres son en ocasiones peligrosos. Cuando sus sueños fallan, los entierran bajo las cenizas de las que fueran las ciudades de aquellas muchedumbres que otrora los vitorearon.

La pluralidad que recién estrenamos confirma que es difícil vivir en la arena política y hacer funcionar un gobierno democrático. A menudo se es tentado hacia alguna forma de dictadura o manipulación: el consenso implica mucho tiempo, reflexión y respeto. Sin embargo, aunque parezca paradójico, el gobierno democrático requiere –entre otras cosas– fuertes dosis de humildad. Ser humildes para reconocer errores y modificar el rumbo. Humildad para aceptar puntos de vista de otros que resuelvan mejor los problemas. Humildad para trabajar en equipo y dejar para la historia el gobierno de un solo hombre, de un semidiós.

El gobierno democrático requiere de líderes convencidos de que el fin de toda actividad política debe ser asegurar el bien común. El Paraíso de la Democracia suele perderse cuando es mordido por la serpiente de la soberbia. Y la soberbia anida hasta en las alas de los ángeles.

Se hizo palabra

Se hizo palabra

¿Quién era el carpintero hebreo nacido en Belén, aquél que enseñaba a los Doctores de la Ley en Palestina? El que resucitaba muertos, limpiaba a los leprosos, hacía ver a los ciegos, oír a los sordos y caminar a los inválidos, ¿quién era? Cuando llegó a Jerusalén, la inmensa multitud lo proclamaba: lo recibieron con ramas de palmeras. Pero luego buscaron motivos para condenarlo.

Unos decían que era profeta. En aquél tiempo todo profeta llamaba a una conversión. Una profecía significaba predecir algo que sucedería en el futuro.

Una profecía era una advertencia y una promesa a la vez: si el pueblo no cambia, las consecuencias serán desastrosas, pero si cambia, habrá abundancia de bendiciones. Otros aseguraban que era el Mesías, pero muchos dudaban: para los judíos de Palestina, el Mesías habría de ser un Rey poderoso que despedazaría con una vara de hierro a los gobernantes injustos y, por temor, obligaría a todos los hombres a realizar las obras que la justicia social exige por medio del temor y de la fuerza.

Jesús de Nazaret hablaba con autoridad tranquila, como la de aquél que sabe, aquél que dice cosas que ha experimentado en un universo diferente pero a partir del cual todo queda iluminado en este mundo. Jesús hablaba de ir más allá de la aparente claridad de las formas y de las leyes. Él hablaba del Reino del Amor que trasciende los límites del mundo de superficie; amor y perdón a un pueblo que por milenios se había regido por el principio de ojo por ojo, diente por diente. Se atrevía a hablar de justicia social a un pueblo que en el circo romano se divertía viendo a los leones comer vivos a los hombres.

¿Quién era? Jesús de Nazaret era un misterio desconcertante y paradójico: proponía vivir en paz a un pueblo que siempre había buscado la guerra. Sus palabras provocaban una paz enorme, pero a la vez, una paz inquieta. La paz de la que hablaba no era la de mantenerse al margen de todos los conflictos y problemas para asegurar la propia tranquilidad. Jesús se colocaba en el centro mismo de las pasiones religiosas, sociales y políticas de su tiempo para morir crucificado en medio de ellas. Cristo, al hacer la paz, tuvo necesariamente que vivir en medio de guerras, entre combatientes a quienes quería reconciliar. ¿Cuántas veces hay que perdonar?, le preguntaron: “Has setenta veces siete”.

En la época de los Césares, Cristo fue un revolucionario sin armas. Echó por tierra las doctrinas que esclavizan al hombre y trajo la fe que le devuelve su libertad y responsabilidad social. Cristo no impone una opción política determinada: supera todas las perspectivas. Él habla de un cambio radical de gobernantes y de gobernados. Al superar el conjunto de deberes religiosos de la antigua Ley, y al implantar el amor a los semejantes, Cristo revoluciona las relaciones humanas: desea transformar los espíritus hasta el punto de exigir la transformación de todas las personas y de todas las instituciones.

El reino del que hablaba Jesús no era un reino de poder material, sino un reino de fraternidad, de amor y de servicio, en el que todo ser humano debe ser amado y respetado por el hecho de ser persona. Existe un poder misterioso que está más allá de la persona, pero que no está totalmente fuera de ella. El poder que permite realizar lo imposible puede ser llamado fe, porque libera en el interior del ser una fuerza que está más allá de sí mismo.

La fe es creer que el bien es más poderoso que el mal, y que la verdad es más fuerte que la mentira. Creer en Dios es creer que al final el bien y la verdad habrán de triunfar sobre el mal y la falsedad. Es estar convencido de que existe un poder para el bien en el mundo, un poder que se manifiesta en las más profundas energías y fuerzas de la persona de fe. Un poder que es irresistible.

Tener fe en el reino del que Cristo hablaba es estar convencido de que, suceda lo que suceda, el reino habrá de venir. Un reino en el que todas las personas puedan vivir juntas en solidaridad y justicia: no es posible la fe sin compasión o compromiso social: la fe no es un modo de hablar o de pensar, sino un modo de vivir y de morir. Cristo quiso morir con los brazos clavados en un abrazo para manifestar su amor por la humanidad. “Amaos los unos a los otros”, nos dijo.

“Amad a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo.” “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.” En la cruz, Jesús de Nazaret con sangre selló sus palabras.

El verdadero gozo de vivir

El verdadero gozo de vivir

La presente época pasará a la historia como la de ‘Todos Contra Todos’: Época de guerras y guerrillas entre ejércitos, partidos políticos, estratos sociales, religiones. Guerra entre patrones y obreros, barrios, equipos, pandillas. Entre padres e hijos, entre hombres y mujeres.

Dicen los historiadores que en todas las épocas ha ocurrido lo mismo; sólo cambian los nombres y las circunstancias. Sin embargo, es agradable recordar historias en las que la solidaridad se hace presente para corroborar una vez más que la especie humana es capaz de convivir de otra manera, y que de eso depende su
supervivencia.

Una de las historias más atesoradas por los descendientes de quienes lograron escapar de los hornos crematorios en los campos de concentración nazi es realmente enternecedora. Cuentan que soldados de la Gestapo llegaron de improviso a un sector acomodado de Berlín y a empeñones subieron a un camión a varias decenas de judíos. Después a golpes los apiñaron en el último vagón de un tren con destino a Auschwitz. Todos eran adultos, hombres y mujeres, sólo un bebé de siete meses.

El niño no cesaba de llorar de hambre y de frío. No había pañales para cambiarlo. Con gesto amenazante el guardia ordenó que lo callaran. Aunque la madre cubría su boquita con su mano no podía hacerlo. Justo entonces el tren se detuvo en un poblado casi al amanecer: “Si uno sólo de ustedes escapa, todos serán fusilados en el acto por complicidad”. El guardia bajó y se distrajo con otros oficiales.

La decisión de Hanz fue rápida: Le pidió a la esposa el bolso que llevaba al hombro. Tomó dinero, papel y pluma; escribió una nota. Luego le pidió las joyas que portaba. Por último, sin decir palabra, arrebató al bebé de sus brazos.

“¿Qué haces?” susurraba ella. Con una velocidad de flecha llegó Hans a la puerta del vagón y logró entreabrirla. Saltó y colocó al bebé en la orilla de la calle, al lado opuesto de los guardias. Ella lo vio regresar sin el niño y enloqueció de dolor: Cayó de bruces y ahogaba los sollozos abrazada a los pies del marido.

El tren reanudó su marcha. Nadie delató el hecho. En su silencio, todos fueron cómplices.

Poco después el llanto del bebé fue escuchado por un chico que pasaba en bicicleta. Encontró junto al niño atados en un pañuelo la nota, el dinero y las joyas: “Me llamo Pierre. Soy francés. Mi madre es soltera. No puede cuidarme.

¿Me cuidas tú?” Tomó al niño y lo llevó a la Iglesia Católica. Tocó a la puerta de la sacristía y huyó con el dinero y las joyas. El joven sacerdote, alarmado, comentó al ama de llaves: “El niño debe ser judío, porque está circuncidado. No podemos tenerlo aquí. ¡La Gestapo nos fusilaría!” La anciana tomó al niño en brazos y, sin decir palabra, puso a hervir leche para alimentarlo y rompió una sábana para hacer pañales. El niño creció con ellos. Enviarlo al orfanato hubiera sido condenarlo a muerte.

Los padres de Pierre murieron en el holocausto. Años después, uno de los sobrevivientes regresó al poblado en busca de Hans II, el verdadero nombre del niño que en realidad era alemán. Encontró a un Pierre feliz, criado por el joven sacerdote.

En la cocina de la parroquia mientras tomaban café, el judío desconocido narró la historia de esa noche de invierno en el vagón del tren. Celebraron la vida de Pierre: Un verdadero milagro de solidaridad y fraternidad humana. El padre que sabe exactamente lo que tiene que hacer para salvar al pequeño, y lo hace a pesar del precio de perderlo. La madre que ahoga sus gritos de dolor y reconoce acertada la decisión de dejarlo. La solidaridad de los compañeros de vagón; el valor de guardar silencio. El ama de llaves que sabe lo que tiene qué hacer para salvar al niño; el sacerdote que vence sus prejuicios de raza y religión, y su terror a la Gestapo para criarlo. El chico de la bicicleta que puso su parte: medio ladroncito, pero eso sí, con suficiente bondad en su corazón para llevar al niño a lugar seguro.

En esa mesa de cocina endulzaron el café con la miel de la fraternidad. La fraternidad, cuando deja de ser palabra para convertirse en experiencia, rebasa todos los prejuicios de raza, credo y género para dar a los seres humanos el verdadero gozo de vivir.

Preguntas nuevas

Preguntas nuevas

¿Cómo descubrir qué se quiere decir exactamente, con qué intenciones se dice y, sobre todo, quién lo dice? Cuando los medios de comunicación están en manos de intereses personales, políticos, o económicos, ¿quién nos asegura que las imágenes que nos presentan son fiel reflejo de la realidad? Un mismo acontecimiento manejado por dos fuentes distintas presenta versiones completamente diferentes. Así que, ¿cuál es la verdad?

Los tiempos electorales, más que ningún otro momento, exigen una evaluación.

Todas las imágenes y datos impuestos (la distorsión ‘interesada’ de la realidad) hacen necesaria una conciencia crítica, lo cual implica entrenar la mente a que asuma una actitud reflexiva ante la información: Un escuchar y mirar con detenimiento.

La tarea educativa por excelencia ante la comunicación masiva de televisión, cine, radio, prensa y la red, consiste en formar personas que, una vez recibida la imagen, concepto o afirmación, sean capaces de entender su verdadero significado. Personas competentes para desenmarañar la madeja en la cual el bien, el mal, la verdad y la mentira suelen confundirse en caprichosos nudos.

¿Cuántas veces justificamos la mentira —que se viste de diáfanos motivos— y condenamos la verdad porque es molesta e incómoda? Justificamos la mentira diciéndonos que es lo conveniente y agradable, y condenamos la verdad porque nos exige responsabilidad personal.

Para poseer una conciencia crítica es necesario aprender a leer la realidad, observarla en su conjunto y en cada uno de sus detalles... y prever sus consecuencias. Exige educar la percepción: Cuestionar el cómo vemos, escuchamos y sentimos. Comprender el sentido de los acontecimientos con el fin de hacer una apreciación sana, libre de prejuicios, no malos entendidos. Las nuevas generaciones han sido entrenadas a recibir impactos sensoriales fuertes y rápidos. A ser imitadoras irreflexivas.

Los medios de comunicación evitan temas cerebrales: la reflexión toma mucho tiempo, y el tiempo, sobre todo en los medios de comunicación, es oro ($).

Reflexionar y percibir son actividades difíciles de practicar en nuestros días.

Seducidas por la luz y el sonido de tecnología de punta las personas dialogan no con el mundo y su realidad, sino con símbolos e imágenes. Aceptan pasivamente como verdad una parte de la realidad: Aquella que conviene al comunicador. Y dicen que media verdad es una mentira entera.

La ignorancia de lo que uno quiere, de lo que uno debe, y de lo que uno puede, en lo estrictamente personal, así como en lo político, o económico, es la causa principal de las dificultades de nuestra nación en desarrollo. ¿Quién es el comunicador? ¿Quién dice qué? Tenemos acceso a mucha información, pero no es fácil procesarla. Hemos dejado de construir nuestro propio bien, nuestra propia verdad. Aceptamos la ‘verdad’ impuesta. Imitamos. Se nos ha olvidado pensar.

Pero si nos atrevemos a hacerlo descubriremos que muchas de las condiciones que producen los más grandes peligros, abren también la puerta a fascinantes potencialidades nuevas.

El Bien y la Verdad ciertamente se pueden tomar de la mano y acompañarnos a iniciar un nuevo camino. México es nuestra patria. En medio del conflicto es posible lograr que la sociedad que está surgiendo sea más sana, razonable y defendible, más decente y más democrática que ninguna que hayamos conocido jamás.

Si penetramos bajo la embravecida superficie descubriremos que la gigantesca ola de cambio ya está golpeando actualmente nuestras vidas. El cambio provoca conflicto y tensión a nuestro alrededor en todos los campos, desde la vida personal hasta la política. Pero también puede hacer posible distinguir aquellas innovaciones que son meramente cosméticas –sólo por encimita– o aquellas que son las verdaderas ideas luz en que la pregunta correcta suele ser más importante que la respuesta correcta a la pregunta equivocada. La meta es lograr un acuerdo democrático que suministre respuestas, y plantee también muchas preguntas nuevas. Conceder incluso a los adversarios la posibilidad de verdad parcial, y a uno mismo, la posibilidad de error.

En una época de explosivos cambios en que se formulan las más amplias preguntas acerca de nuestro futuro como nación, las preguntas no son una simple cuestión de curiosidad intelectual. Son una cuestión de supervivencia.

Las madres nunca mueren

Las madres nunca mueren

Una leyenda bretona dice que cuando los barcos naufragan en alta mar y los marineros se ahogan en las profundas aguas, la Dama de Blanco les susurra al oído las mismas canciones y las mismas oraciones que aprendieron de sus madres cuando eran mecidos en sus cunas.

Las poesías hablan de la madre que lo es todo a la vez: sagrada y terrena, piedra y estrella, aurora y ocaso, campana y silencio, milicia y ternura. Una madre buena es como una rosa: da su fragancia a todos los hijos por igual, a los buenos y a los menos buenos. Como una lámpara encendida en un cuarto oscuro, los ilumina a todos. La madre buena es como un árbol que da su sombra inclusive al hijo que corta su tronco, y deja su perfume en la misma hacha que la derriba.

Antes de que el hijo nazca, el amor de la madre ya existe. La hora del alumbramiento se desenvuelve tras la cortina entre lágrimas y risas: todo el heroísmo de la vida de la madre transcurre en profunda sencillez. De noche, vela; de día, cuida. La esperanza de la madre nunca muere. Abriga en su seno la certeza de que el hijo acabará por superar todos los obstáculos de la vida, porque cada hijo que nace en el mundo lleva inscrito en la profundidad de su ser el rostro de Dios, y porta en sí mismo los genes inmortales capaces de sanar todos los errores, vencer todas las dificultades, y que aprenderá a caminar el camino del amor.

No hay nada mejor ni más sano, más sólido y útil para los años postreros que algunos buenos recuerdos, sobre todo si se relacionan con la infancia, con el hogar. Si un niño acumula esos recuerdos a lo largo de su infancia y adolescencia hasta el final de sus días, se sentirá seguro. Y aunque sólo conserve un recuerdo grato en su corazón, incluso ése puede servir en un momento dado para salvarlo. “No tengas miedo, yo estoy contigo.” Las palabras de consuelo que hábilmente administra una madre son la terapia más antigua de la civilización.

El educar en responsabilidad y respeto hacia todos los seres y todas las cosas es trabajo fino y delicado que ocasiona sinsabores, pero… una madre buena sabe que no se puede pulir una gema sin fricciones. Buena es la madre que enseña al hijo a aceptarse a sí mismo porque lo habrá preparado a perdonar a los demás.

Educa al hijo en la generosidad porque el generoso es inaccesible a las ofensas.

Aunque alguien trate de hacerle daño, la ofensa resbala y no llega a él. No se siente lastimado, porque es más rápido en perdonar que el ofensor en ofender.

El lienzo que une a la familia proviene del telar materno. Los hilos amorosos cubren, protegen, remiendan y parchan al entretejerse en la más sencilla y más resistente de las telas: la tela del amor. Sólo el amor puede dividirse una y otra vez sin disminuir y sin desgastarse.

La vigilancia de superficie sólo advierte los aspectos materiales de las cosas y de los seres, pero la vigilancia profunda de la madre descubre más allá de la piel, los sueños, los anhelos, las cualidades y posibilidades únicas de cada hijo. Y también sus temores.

El cofre del corazón de la madre se abre para guardar las dudas, anhelos, dolores, quereres de cada uno de sus hijos. A través de un silencio afectivo crea un estado de comunión con él cuando su conciencia se vuelve atenta para escucharlo. La mayor atención es el mayor amor. A mayor comunicación, mayor entendimiento.

El corazón del hijo se abre al amor cuando aprende a responder con atención. El amor es un estado de atención completa.

Nadie sabe cuánto valen las semillas que se siembran en el corazón de un hijo, ni las ideas que se fijan en su mente, o los principios que se forjan en su espíritu. En el regazo de las madres de hoy se forman los hombres y mujeres del futuro.

La contribución de las madres a la sociedad es una labor callada, silenciosa, que se ofrece gratuitamente. La madre no es consciente del incalculable valor que su trabajo representa en la formación de ciudadanos íntegros. El tiempo, esfuerzo y calidad en la crianza de un hijo no se valora en pesos y centavos; no se puede comprar ni pagar, porque… ¿quién le pone precio?.

¡Sí hay maestros!

¡Sí hay maestros!

Afirman los especialistas en comportamiento humano que aún en las universidades más prestigiadas del mundo se padece una tremenda crisis de valores que se manifiesta en violencia y corrupción extrema. Los chicos de hoy en medio del ruido y el ritmo acelerado viven en distracción: No conducen su vida sino que se dejan seducir por el ambiente. Cuando ven no miran y cuando oyen no escuchan.

¿Cómo rescatar su atención y estimular su capacidad de crear caminos nuevos en los que desarrollen al máximo sus talentos y transiten sin perder su dignidad?

La ciencia ha logrado conocer por medio de huellas dactilares el dibujo de una piel, pero se requiere de la profunda intuición del maestro para penetrar el cerebro humano y abrirlo a la voluntad de discernir. Los especialistas aseguran que las sociedades están en crisis por falta de maestros y, sin embargo, la esperanza de México está puesta en la labor magisterial; en aquéllos y aquéllas que, a pesar de la falta de un debido reconocimiento a su excelsa labor, hacen de la educación más que una profesión, una vida.

¿Cuál es el modelo ideal de maestro o maestra para construir el México Nuevo del Siglo XXI? Una persona enamorada de la educación que sepa conjugar la ciencia con el humanismo, académicamente exigente y humanamente comprensiva, capaz de crear una atmósfera de confianza y libertad; una mezcla de severidad y de dulzura que envuelva la realidad con la esperanza.

La labor del maestro es grande, mística, porque además de la capacitación personal y tecnológica que la educación del Siglo XXI le exige, deberá formar ciudadanos responsables y morales y, para ello, la acción educativa requiere una actitud nueva: La más profunda objetividad tiene que ir unida a una gran capacidad de comprensión humana. Tarea compleja, pero fascinante.

La nueva pedagogía no se centra exclusivamente en la transmisión de conocimientos (eso lo puede hacer la computadora). Conocer ya no es ‘saber’, sino intuir, imaginar, crear. Esto exige educar para la autenticidad y para la convivencia humana. Los alumnos no son meros cerebros para ilustrar, sino seres humanos con originalidad de vida y de destino.

Los maestros pulen, cincelan con paciencia y tolerancia las habilidades de cada alumno, haciendo con ello una obra de arte universal. Construyen, moldean, cimientan, siembran y conducen los conocimientos fundamentales para su futuro.

La dignidad del maestro mantiene su ética profesional y la responsabilidad de su propia actitud como modelo de vida: Un regalo para la sociedad, un estímulo para las familias, y una bendición para los alumnos. Educar es un arte y quien enseña un artista.

Mas ¡ay! qué duro es ser maestro. ¿Quién sabe de la energía, el esfuerzo, la pasión que pone al preparar su cátedra? ¿Quién sabe cuánto se desgasta y se consume tratando de iluminar los cerebros dormidos, perezosos?

Las ideas son frágiles y suelen permanecer en estado latente mucho tiempo antes de dar fruto. Las ideas, como pequeñísimas semillas de mostaza, revolotean, juegan, se esconden, se pierden. Unas caen en cabeza dura y mueren. Otras caen en corazones agrios, resentidos, y se asfixian. Pero unas cuantas ideas caen en cerebros húmedos, cálidos y fértiles y ahí se incuban. Penetran la mente como fina lluvia. Tal vez tarden mucho tiempo en dar fruto pero ahí están. Un día, sin saber por qué, ni cómo, cobran vida, se dispara la chispa vital y visten el cerebro de luz. La palabra del maestro desciende lentamente al corazón: Lo acaricia, lo envuelve, lo posee, lo inflama con su fuego. Luego incendia la voluntad y provoca que palpite con determinación. La palabra se hace acción y —como la minúscula semilla de mostaza— se convierte en frondoso árbol.

El proceso es lento, penoso. La misteriosa y suave maduración de las ideas y de los valores requiere de maestros que tiren sus semillas al aire y no les importe dónde germinen, ni quién recoja la cosecha, ni cuándo. Sus palabras, guardadas, esperan el momento y el lugar apropiados para cobrar vida.

Al maestro lo ilumina su mismo resplandor, y se deja consumir por su propia llama. Él nunca muere: perdura en las mentes, corazones y acciones de los que recibieron el regalo de sus semillas.