viernes, 24 de julio de 2015

La otra historia de Juárez


La otra historia de Juárez

En una alusión a la actitud de Juárez en diversos hechos de la historia, importantes escritores han plasmado varias ideas, que bien merece la pena de ser analizadas y usted tendrá la responsabilidad de creerlas o no. 

Cuando en 1850 apareció el cólera en Oaxaca, en forma violenta, segando la vida de los habitantes, Juárez, quien había sido el más implacable enemigo de la Iglesia, se confesó, comulgó y con los brazos cruzados tomó parte en una procesión pública, según lo escribió Mariano Cuevas en su obra: Historia de la Iglesia en México. Juárez, siendo presidente oficializó, como día de fiesta nacional, el día 12 de diciembre en honor a la Virgen de Guadalupe y que después de que le salvó la vida aquella famosa frase de “los valientes no asesinan”, salió huyendo del palacio de Gobierno de Guadalajara, rumbo a Manzanillo, Colima, pero fue alcanzado de nueva cuenta, en Acatlán, Jalisco por sus enemigos, se refugió, sin lentitud alguna y todo temeroso, en un templo católico del que fue sacado, por un cura de apellido Vargas, en una canasta pizcadora de maíz y burlando, de esta manera a sus enemigos.
 

Desde que escaló los primeros puestos de burócrata hasta antes de ser presidente de la República, Juárez manifestó ser siempre católico práctico.
 

Asistía públicamente a procesiones con los brazos en cruz y musitando oraciones tras el santísimo sacramento; no sólo eso, exhortaba a los trabajadores de Oaxaca a que hicieran penitencia y se confesaran y comulgaran para implorar el auxilio divino y se dirigía por escrito a los ayuntamientos oaxaqueños, siendo gobernador, recomendándoles que exigieran a los fieles cristianos el pago exacto a la iglesia de los diezmos y primicias, según Celestino Salmerón en su obra Las grandes traiciones de Juárez.
 

Sigue diciendo Salmerón que: Juárez, con las leyes de reforma, ninguna separación de poderes hizo, sometió brutalmente a la Iglesia al poder del estado, cosa que no es una separación, sino una sumisión de la primera al segundo.
 

Intentó organizar una iglesia católica mexicana, una vez que consiguiera separar al clero de la obediencia de los obispos.
 

Para tal objeto, Juárez, en 1859, colmó de poderes al padre Rafael Díaz Martínez para organizar la iglesia deseada, cuyo jefe o Papa sería el presidente Juárez.
 
No obstante el sonado fracaso que obtuvo, en 1868 “apareció una Iglesia mexicana dirigida por un comité laico”, teniendo como presidente al Lic. Mariano Zavala, magistrado de la suprema corte de justicia… Juárez no quería ninguna separación de poderes, sino una Iglesia sometida a la voluntad y en la que él desempeñara el oficio papal de Enrique VIII o de Isabel de Inglaterra.
 

Juárez hizo educar a sus hijos por sacerdotes católicos y, como dato anexo, cuando su secretario, el cubano Pedro Santa Cecilia, quiso casarse con su hija, solamente por lo civil, Juárez rechazó la proposición diciendo: “Mi hija es una joven decente y el matrimonio civil es un contrato de burdel”.
 

Relato que registra Mariano Cuevas en Historia de la Iglesia en México.
 

(Extractado del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, de Lucio Vázquez)
 

La otra historia de Juárez -II parte-

En la segunda parte de “La Otra Historia de Juárez”, visto desde la óptica de importantes escritores, donde usted tendrá la responsabilidad de creerlas o no. 

Se dice que Juárez, antes de morir pedía, desesperadamente, un sacerdote para confesión.
 

Igualmente se dice que, sus compañeros de ideología... se lo negaron.
 

El tratado de tránsito y comercio entre los Estados Unidos y México, suscrito por Robert McLane, ministro de los Estados Unidos en México, y Melchor Ocampo, ministro de relaciones exteriores de México, en Veracruz, el 14 de diciembre de 1859… fue un negocio propio para obtener el reconocimiento de los Estados Unidos como presidente de México, sin importarle vender la soberanía de la patria.
 

Por ello, don Ignacio Ramírez “El Nigromante”, el jueves 13 de julio de 1871 y en el periódico liberal, “El Mensajero”, escribió: “Juárez, el más despreciable de nuestros personajes”.
 

Pero, don Justo Sierra, su defensor ardentísimo, igualmente escribe en Juárez, su obra y su tiempo (Editorial Latino-Americana, SA p.p. 206 y 207): “El tratado o seudos tratado MacLane-Ocampo, no es defendible; todos cuantos lo han refutado bien; casi siempre han tenido razón y formidablemente contra él.
 

Estudiándolo hace la impresión de un pacto, no entre dos potencias iguales, sino entre una potencia dominante y otra sirviente; es una constitución de una servidumbre interminable”.
 

Don Francisco Bulnes, jacobino y liberal es, quizás, el más honrado de los escritores y quien mejor ha desenmarañado el tratado, dice: “Es ante todo un pacto intervencionista de intervenciones continuas, desde el momento en que se encomienda al gobierno de los Estados Unidos, cuidar a perpetuidad de la conservación de la paz en Méjico, con lo que Méjico quedaba sin soberanía, sin honor y sin una piltrafa de vergüenza”.
 

Textos tomados del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, página 5, del médico Lucio Vázquez.
 

Sin lugar a dudas, dice el notable escritor Carlos Monsiváis, que Benito Juárez, fue el forjador del estado mexicano; un notable estadista; el héroe de la patria; el primer presidente de la república indígena; el hombre, autoritario y enamorado del poder, pero humano, con virtudes y defectos, prodigiosamente terco, doctrinario, inteligente, solemne y austero; fue un orgulloso indio, que nunca aparentó lo contrario; un auténtico liberal, fue un nómada en su famosa carroza; un demonio según el clero, glorificado no sólo en México sino en el mundo, ateo o creyente laico, bueno, eso parece estar en discusión.
 

Ya no se sabe en dónde empieza o en dónde termina su leyenda y sin lugar a dudas, usted tiene la mejor opinión.
 

(Extractado del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, de Lucio Vázquez).
 

 

4La otra historia de Juárez -parte III-


“La presidencia no se deja sino por un gran ideal o por un gran temor, pero cuando el presidente es indio como yo, ni por las dos cosas o por una sola se deja”, dijo don Benito Juárez a uno de sus compadres y ministros que le reclamaba su aferre a la silla presidencial. 

Juárez fue un hombre profundamente católico toda su vida, que vivió de cerca los excesos del alto clero y eso lo motivó a emprender reformas que provocaron la Guerra de Tres Años, la que enfrentó a todo el país. Juárez fue un cristiano ejemplar. Pero como escribe Luis D. Salem: “...Se ha discutido mucho acerca del pensamiento religioso de Benito Juárez.
 

Los adversarios lo señalan como impío, enemigo de Dios y de la Iglesia. Para nosotros Juárez fue un cristiano de altura. Sus luchas no iban contra el cristianismo, sino contra el clero conservador. Juárez no atacó a la Iglesia ni a la fe cristiana, sino a los clérigos que utilizaron la fe como defensa de sus intereses políticos”.
 

Se destaca el legalismo de Juárez, pero no siempre se apegó estrictamente a la ley, cuando esto no le favorecía políticamente. Era más bien un hábil y pragmático político, que por ello escribió: “Querer que un poder extraordinario, creado por la necesidad y por la voluntad nacional, obre con estricta sujeción a la ley, es querer un imposible.
 

Es querer que haya un huracán sin estragos”. Don Emilio Rabasa escribió de Juárez: “Con la Constitución no gobernó nunca”. Y de ahí que lo llamara el “dictador de bronce”. Hizo lo necesario para quedarse en el poder hasta su muerte.
 

El fue el verdadero campeón del reeleccionismo. El legendario nacionalismo juarista es relativo.
 

Lo fue frente a los franceses, pero no tanto con los yanquis, a quienes, invocando el tratado McLane-Ocampo, nunca ratificado, convocó a una pequeña pero decisiva injerencia naval en su ayuda durante la guerra de Reforma, cosa que ocurrió. Y tal intervención contribuyó al triunfo de los liberales sobre los conservadores.
 

La mitología juarista lo presenta como un hombre austero, practicante de la “medianía republicana”.
 

Así fue durante los años de la intervención, cuando el gobierno apenas si recibía algunos recursos para sobrevivir. Tras la caída del Imperio, Juárez mantuvo una imagen de austeridad, se levantaba temprano en la mañana, se bañaba con agua fría.
 

Sus oficinas estaban modestamente amuebladas. Por la tarde terminaba sus labores y paseaba con algún miembro de su familia en un carruaje propiedad del gobierno, viejo y desvencijado.
 

Empero, Juárez no era precisamente un asceta. Don Benito tenía varias casas, una de ellas en lo que hoy es la avenida Madero, en el primer cuadro de la ciudad que era una zona de lo más exclusiva.
 

Compró también a su esposa una casa de campo en la colonia San Rafael. Al morir dejó a su familia una herencia valuada en $151,000 en terrenos y bienes, equivalente a unos 4 millones de dólares actuales, según calculan historiadores.
 

(“Apuntes de Historia de México” -Varios autores- Juan Alberto Vázquez, Constancio Hernández, Manuel Hernández Gómez y José Antonio Crespo)

 

Benito Juárez

La vida de Benito Juárez es fascinante y desde niños nuestros maestros nos la han enseñado cautivando a los más pequeños. 

Fue hijo de indígenas zapotecas, nació el 21 de marzo de 1806, cerca del pueblo de Guelatao, en Oaxaca.
 

Protegido por un sacerdote español, ingresó en el seminario, donde estudió Derecho, y posteriormente en el Instituto de Ciencias y Artes.
 

En 1847 se convirtió en gobernador de su estado, siendo reelegido en 1848 para un periodo de 4 años.
 

En 1854 promulgó el Plan de Ayutla, en el que exigía la creación de una asamblea constituyente en el marco de una constitución federal.
 

Fue encarcelado y desterrado a La Habana en 1853, cuando el general Antonio López de Santa Anna tomó el poder.
 

Deportado a Nueva Orleáns, Luisiana, Estados Unidos, regresó a México en 1855 para tomar parte en la revolución liberal que derrocó a Santa Anna.
 

Más tarde fue secretario de Justicia del nuevo Gobierno e inició una serie de reformas liberales, llamadas leyes de reforma en 1859, que se incorporaron a la Constitución de 1857.
 

En 1858 se convirtió en presidente provisional, tras estallar una rebelión encabezada por elementos conservadores.
 

Poco después, se vio obligado a huir de la capital, estableciendo su gobierno en Veracruz donde inició una serie de reformas radicales, como la reducción del poder de la Iglesia católica mediante el embargo de propiedades eclesiásticas.

Derrotó a las fuerzas conservadoras en 1860, volvió a establecer su gobierno en Ciudad de México y fue elegido presidente en 1861 de acuerdo con la constitución.
 

Para poder afrontar el caos financiero provocado por cinco años de guerra civil, Juárez tuvo que suspender los pagos a los acreedores extranjeros.
 

Francia, España y Gran Bretaña, como medida de protesta, desembarcaron tropas en Veracruz.
 

Juárez alcanzó un acuerdo con Gran Bretaña y España, y sus tropas se retiraron de México, pero los franceses se mantuvieron en el país y tomaron la Ciudad de México.
 

Maximiliano, archiduque de Austria, impuesto por el emperador Napoleón III de Francia a petición de los sectores monárquicos, que organizaron un simulacro de plebiscito, fue coronado emperador de México en 1864.
 

Juárez trasladó su capital al norte del país y prosiguió la resistencia militar.
 

Cuando el gobierno de Maximiliano cayó en 1867, Juárez regresó a la Ciudad de México y fue reelegido presidente, iniciándose la restauración de la República.
 

Sin embargo, había numerosos sectores que se oponían a su gobierno.
 

Entre ellos, Porfirio Díaz, candidato político sin posibilidades frente a Juárez, que encabezó una rebelión en 1871.
 

Juárez pasó los meses que le quedaban de vida tratando de reprimir distintas rebeliones, pero murió antes de lograrlo el 18 de julio de 1872 en la Ciudad de México.

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Las guerras de Juárez

Benito Juárez llegó como Presidente provisional en enero de 1858, cuando Comonfort, asustado en parte y realista en otra, vio la dificultad de aplicar la Constitución de 1857: Juárez, como presidente de la Suprema Corte de Justicia ocupó legítimamente la presidencia en ausencia de Comonfort. Sin ejército, Juárez recurrió a las guardias nacionales de los estados para crear las fuerzas liberales y sostener su mandato. 

Los conservadores tenían las tropas del antiguo Ejército mexicano, de la época de Santa Anna y de la Guerra del 47, y cuyo pasado, repleto de cuartelazos, se remontaba al Ejército realista, proveedor de la mayoría de los oficiales del ejército de aquellos años.
 

La Guerra de Reforma ensangrentó al país por tres años por lo que se le conoce también como Guerra de los Tres Años. Desgarradora y cruel como todas; pero es un capítulo más de nuestro surrealismo, en la que Miguel Miramón ganó todas las batallas, menos una, y... perdió la guerra. Juárez entró triunfante a la capital del país en enero de 1861 y prometió “amnistía tan amplia como la sana política creyera aconsejarla”.
 

La victoria de los liberales no modificó la situación real del país ni sus problemas endémicos.
 

Conforme a las Leyes de Reforma, los bienes de “manos muertas” pasaron a manos vivas, vivas en extremo, que en nada favorecieron los intereses públicos.

Según la Memoria que don Manuel Payno publicó al año siguiente, de los 25 millones de pesos estimados conservadoramente como valor de los bienes de la Iglesia, el Gobierno obtuvo de ellos cerca de seis millones de pesos, la quinta parte de su valor real, absolutamente insuficientes para resolver problemas de fondo. Se vendieron más de dos mil fincas eclesiásticas, rústicas y urbanas, y por ese camino se consumó la revolución política de la reforma, pero la crisis económica se agravó hasta poner en peligro los objetivos de la revolución política.
 

Terminada la guerra, no había pretexto para no convocar a elecciones: Juárez, González Ortega y Miguel Lerdo ansiaban la silla presidencial.
 

Lerdo murió antes de las elecciones y la votación lo favoreció sobre González Ortega, el vencedor de Miramón.
 

El 15 de junio de 1861, durante su tercer año como presidente interino, Juárez, triunfador de las elecciones, protesta como presidente de la República para el periodo 1861-1865. La bancarrota era total.
 

El 17 de julio, a 32 días de su toma de protesta, el Gobierno tuvo que declararse incapaz de pagar su deuda externa y una semana después las legaciones de Francia e Inglaterra arriaban sus banderas; pero Juárez no podía pagar.

Si se había derrochado la riqueza reunida por la Iglesia en 300 años; si para sobrevivir miserablemente tenía el gobierno que expoliar a quienes podía y se dejaban mediante el sistema del préstamo forzoso; si el bandolerismo campeaba a la ancho y a lo largo del país, más valía jugarse el todo por el todo en aquella medida desesperada, de declararse en quiebra, y morir de una vez, llegado el caso, en vez de hundirse poco a poco, como un deudor moroso cualquiera.

 

PLAN DE GUADALUPE


Plan de Guadalupe

A la caída del gobierno de Francisco I. Madero en forma artera, vía el asesinato, producto de la traición de uno de sus generales, Victoriano Huerta se apoderó así del Poder Ejecutivo, convirtiéndose por propia voluntad como presidente de México. 

El entonces gobernador de Coahuila, don Venustiano Carranza, el llamado Barón de Cuatrociénegas, se reveló contra el usurpador Victoriano Huerta y parte de Saltillo el 19 de febrero de 1913, formando así el ejército constitucionalista, que defendería la constitución vigente a esa fecha, que era la de 1857, y en su itinerario, rumbo a Piedras Negras, cruzando el desierto coahuilense, en un peregrinar de lugar en lugar y de la hacienda de Anhelo parte a la de Guadalupe en la cañada llamada de los Tres Ríos, como se le conocía en aquella época a la célebre “muralla” y a las 11:00 horas, del 26 de marzo, en una reunión presidida por el Gral. Lucio Blanco, se aprobaron y estipularon los puntos que conformaron el plan de Guadalupe, que principalmente, desconocía al gobierno espurio de Victoriano Huerta y aunque Carranza, presente en la ceremonia no lo firmó por olvido, lo hizo en la Estación Monclova, lo que es hoy Ciudad Frontera, en el viejo hotel Internacional, resolvió su olvido rubricando el documento con su pluma, misma que según prestigiados historiadores, fue la que utilizó para firmar ya siendo presidente de la República, la Constitución Política de 1917 en la ciudad de Querétaro.
 

Sesenta y seis personas firmaron el plan de Guadalupe, siendo Venustiano Carranza el número 67. El de mayor rango en hacerlo fue el teniente coronel, jefe del Estado Mayor, Jacinto B. Treviño y el de menor, el subteniente Salomé Hernández, y entre los más conocidos sobresale el teniente coronel del primer regimiento libres del norte, Lucio Blanco.
 

Este plan se enriqueció con las adiciones que le hizo el Sr. Carranza en el puerto de Veracruz en 1914, agregándole leyes agrarias que favorecieran la pequeña propiedad, disolviendo los latifundios, revisión de leyes relativas al matrimonio y al estado civil, regulaciones a la explotación de minas, petróleo, aguas, bosques y de los recursos del país para destruir los monopolios.

El plan de Guadalupe fue el antecedente de la constitución actual y los artículos 27 y 123 de la carta magna fueron aportados por este histórico plan, con la finalidad de acabar con las grandes desigualdades económicas, sociales y culturales.
 

Creándose tres tipos de tenencia de la tierra: La pequeña propiedad, el ejido y la propiedad comunal, síntesis de las corrientes ideológicas del norte, del centro y del sur del país.
 

El Plan de Guadalupe Cumplió 102 años de existencia.
 

LA ESENCIA DEL NEOLIBERALISMO


LA ESENCIA DEL NEOLIBERALISMO

El mundo económico ¿es realmente, como pretende la teoría dominante, un orden puro y perfecto, que desarrolla de manera implacable la lógica de sus consecuencias previsibles, y dispuesto a reprimir todas las transgresiones con las sanciones que inflige, bien de forma automática o bien – más excepcionalmente- por mediación de sus brazos armados, el FMI o la OCDE, y de las políticas que estos imponen: reducción del coste de la mano de obra, restricción del gasto público y flexibilización del mercado de trabajo? ¿Y si se tratara, en realidad, de la verificación de una utopía, el neoliberalismo, convertida de ese modo en programa político, pero una utopía que, con la ayuda de la teoría económica con la que se identifica, llega a pensarse como la descripción científica de lo real?



Esta teoría tutelar es pura ficción matemática. Se fundó desde el comienzo sobre una abstracción formidable. Pues, en nombre de la concepción estrecha y estricta de la racionalidad como racionalidad individual, enmarca las condiciones económicas y sociales de las orientaciones racionales y las estructuras económicas y sociales que condicionan su aplicación.

Para dar la medida de esta omisión, basta pensar precisamente en el sistema educativo. La educación no es tomada nunca en cuenta como tal en una época en que juega un papel determinante en la producción de bienes y servicios tanto como en la producción de los productores mismos. De esta suerte de pecado original, inscrito en el mito walrasiano (1) de la «teoría pura», proceden todas las deficiencias y fallas de la disciplina económica y la obstinación fatal con que se afilia a la oposición arbitraria que induce, mediante su mera existencia, entre una lógica propiamente económica, basada en la competencia y la eficiencia, y la lógica social, que está sujeta al dominio de la justicia.

Dicho esto, esta «teoría» desocializada y deshistorizada en sus raíces tiene, hoy más que nunca, los medios decomprobarse a sí misma y de hacerse a sí misma empíricamente verificable. En efecto, el discurso neoliberal no es simplemente un discurso más. Es más bien un «discurso fuerte» —tal como el discurso siquiátrico lo es en un manicomio, en el análisis de Erving Goffman (2). Es tan fuerte y difícil de combatir solo porque tiene a su lado todas las fuerzas de las relaciones de fuerzas, un mundo que contribuye a ser como es. Esto lo hace muy notoriamente al orientar las decisiones económicas de los que dominan las relaciones económicas. Así, añade su propia fuerza simbólica a estas relaciones de fuerzas. En nombre de este programa científico, convertido en un plan de acción política, está en desarrollo un inmenso proyecto político, aunque su condición de tal es negada porque luce como puramente negativa. Este proyecto se propone crear las condiciones bajo las cuales la «teoría» puede realizarse y funcionar: un programa de destrucción metódica de los colectivos.

El movimiento hacia la utopía neoliberal de un mercado puro y perfecto es posible mediante la política de derregulación financiera. Y se logra mediante la acción transformadora y, debo decirlo, destructiva de todas las medidas políticas (de las cuales la más reciente es el Acuerdo Multilateral de Inversiones, diseñado para proteger las corporaciones extranjeras y sus inversiones en los estados nacionales) que apuntan a cuestionar cualquiera y todas las estructuras que podrían servir de obstáculo a la lógica del mercado puro: la nación, cuyo espacio de maniobra decrece continuamente; las asociaciones laborales, por ejemplo, a través de la individualización de los salarios y de las carreras como una función de las competencias individuales, con la consiguiente atomización de los trabajadores; los colectivos para la defensa de los derechos de los trabajadores, sindicatos, asociaciones, cooperativas; incluso la familia, que pierde parte de su control del consumo a través de la constitución de mercados por grupos de edad.

El programa neoliberal deriva su poder social del poder político y económico de aquellos cuyos intereses expresa: accionistas, operadores financieros, industriales, políticos conservadores y socialdemócratas que han sido convertidos en los subproductos tranquilizantes del laissez faire, altos funcionarios financieros decididos a imponer políticas que buscan su propia extinción, pues, a diferencia de los gerentes de empresas, no corren ningún riesgo de tener que eventualmente pagar las consecuencias. El neoliberalismo tiende como un todo a favorecer la separación de la economía de las realidades sociales y por tanto a la construcción, en la realidad, de un sistema económico que se conforma a su descripción en teoría pura, que es una suerte de máquina lógica que se presenta como una cadena de restricciones que regulan a los agentes económicos.

La globalización de los mercados financieros, cuando se unen con el progreso de la tecnología de la información, asegura una movilidad sin precedentes del capital. Da a los inversores preocupados por la rentabilidad a corto plazo de sus inversiones la posibilidad de comparar permanentemente la rentabilidad de las más grandes corporaciones y, en consecuencia, penalizar las relativas derrotas de estas firmas. Sujetas a este desafío permanente, las corporaciones mismas tienen que ajustarse cada vez más rápidamente a las exigencias de los mercados, so pena de «perder la confianza del mercado», como dicen, así como respaldar a sus accionistas. Estos últimos, ansiosos de obtener ganancias a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad a los gerentes, usando comités financieros para establecer las reglas bajo las cuales los gerentes operan y para conformar sus políticas de reclutamiento, empleo y salarios.

Así se establece el reino absoluto de la flexibilidad, con empleados por contratos a plazo fijo o temporales y repetidas reestructuraciones corporativas y estableciendo, dentro de la misma firma, la competencia entre divisiones autónomas así como entre equipos forzados a ejecutar múltiples funciones. Finalmente, esta competencia se extiende a los individuos mismos, a través de la individualización de la relación de salario: establecimiento de objetivos de rendimiento individual, evaluación del rendimiento individual, evaluación permanente, incrementos salariales individuales o la concesión de bonos en función de la competencia y del mérito individual; carreras individualizadas; estrategias de «delegación de responsabilidad» tendientes a asegurar la autoexplotación del personal, como asalariados en relaciones de fuerte dependencia jerárquica, que son al mismo tiempo responsabilizados de sus ventas, sus productos, su sucursal, su tienda, etc., como si fueran contratistas independientes. Esta presión hacia el «autocontrol» extiende el «compromiso» de los trabajadores de acuerdo con técnicas de «gerencia participativa» considerablemente más allá del nivel gerencial. Todas estas son técnicas de dominación racional que imponen el sobrecompromiso en el trabajo (y no solo entre gerentes) y en el trabajo en emergencia y bajo condiciones de alto estrés. Y convergen en el debilitamiento o abolición de los estándares y solidaridades colectivos (3).

De esta forma emerge un mundo darwiniano —es la lucha de todos contra todos en todos los niveles de la jerarquía, que encuentra apoyo a través de todo el que se aferra a su puesto y organización bajo condiciones de inseguridad, sufrimiento y estrés. Sin duda, el establecimiento práctico de este mundo de lucha no triunfaría tan completamente sin la complicidad de arreglos precarios que producen inseguridad y de la existencia de un ejército de reserva de empleados domesticados por estos procesos sociales que hacen precaria su situación, así como por la amenaza permanente de desempleo. Este ejército de reserva existe en todos los niveles de la jerarquía, incluso en los niveles más altos, especialmente entre los gerentes. La fundación definitiva de todo este orden económico colocado bajo el signo de la libertad es en efecto laviolencia estructural del desempleo, de la inseguridad de la estabilidad laboral y la amenaza de despido que ella implica. La condición de funcionamiento «armónico» del modelo microeconómico individualista es un fenómeno masivo, la existencia de un ejército de reserva de desempleados.

La violencia estructural pesa también en lo que se ha llamado el contrato laboral (sabiamente racionalizado y convertido en irreal por «la teoría de los contratos»). El discurso organizacional nunca habló tanto de confianza, cooperación, lealtad y cultura organizacional en una era en que la adhesión a la organización se obtiene en cada momento por la eliminación de todas las garantías temporales (tres cuartas partes de los empleos tienen duración fija, la proporción de los empleados temporales continúa aumentando, el empleo «a voluntad» y el derecho de despedir un individuo tienden a liberarse de toda restricción).

Así, vemos cómo la utopía neoliberal tiende a encarnarse en la realidad en una suerte de máquina infernal, cuya necesidad se impone incluso sobre los gobernantes. Como el marxismo en un tiempo anterior, con el que en este aspecto tiene mucho en común, esta utopía evoca la creencia poderosa —la fe del libre comercio— no solo entre quienes viven de ella, como los financistas, los dueños y gerentes de grandes corporaciones, etc., sino también entre aquellos que, como altos funcionarios gubernamentales y políticos, derivan su justificación viviendo de ella. Ellos santifican el poder de los mercados en nombre de la eficiencia económica, que requiere de la eliminación de barreras administrativas y políticas capaces de obstaculizar a los dueños del capital en su procura de la maximización del lucro individual, que se ha vuelto un modelo de racionalidad. Quieren bancos centrales independientes. Y predican la subordinación de los estados nacionales a los requerimientos de la libertad económica para los mercados, la prohibición de los déficits y la inflación, la privatización general de los servicios públicos y la reducción de los gastos públicos y sociales.

Los economistas pueden no necesariamente compartir los intereses económicos y sociales de los devotos verdaderos y pueden tener diversos estados síquicos individuales en relación con los efectos económicos y sociales de la utopía, que disimulan so capa de razón matemática. Sin embargo, tienen intereses específicos suficientes en el campo de la ciencia económica como para contribuir decisivamente a la producción y reproducción de la devoción por la utopía neoliberal. Separados de las realidades del mundo económico y social por su existencia y sobre todo por su formación intelectual, las más de las veces abstracta, libresca y teórica, están particularmente inclinados a confundir las cosas de la lógica con la lógica de las cosas.

Estos economistas confían en modelos que casi nunca tienen oportunidad de someter a la verificación experimental y son conducidos a despreciar los resultados de otras ciencias históricas, en las que no reconocen la pureza y transparencia cristalina de sus juegos matemáticos y cuya necesidad real y profunda complejidad con frecuencia no son capaces de comprender. Aun si algunas de sus consecuencias los horrorizan (pueden afiliarse a un partido socialista y dar consejos instruidos a sus representantes en la estructura de poder), esta utopía no puede molestarlos porque, a riesgo de unas pocas fallas, imputadas a lo que a veces llaman «burbujas especulativas», tiende a dar realidad a la utopía ultralógica (ultralógica como ciertas formas de locura) a la que consagran sus vidas.

Y sin embargo el mundo está ahí, con los efectos inmediatamente visibles de la implementación de la gran utopía neoliberal: no solo la pobreza de un segmento cada vez más grande de las sociedades económicamente más avanzadas, el crecimiento extraordinario de las diferencias de ingresos, la desaparición progresiva de universos autónomos de producción cultural, tales como el cine, la producción editorial, etc., a través de la intrusión de valores comerciales, pero también y sobre todo a través de dos grandes tendencias. Primero la destrucción de todas las instituciones colectivas capaces de contrarrestar los efectos de la máquina infernal, primariamente las del Estado, repositorio de todos los valores universales asociados con la idea del reino de lo público. Segundo la imposición en todas partes, en las altas esferas de la economía y del Estado tanto como en el corazón de las corporaciones, de esa suerte de darwinismo moral que, con el culto del triunfador, educado en las altas matemáticas y en el salto de altura (bungee jumping), instituye la lucha de todos contra todos y el cinismo como la norma de todas las acciones y conductas.

¿Puede esperarse que la extraordinaria masa de sufrimiento producida por esta suerte de régimen político-económico pueda servir algún día como punto de partida de un movimiento capaz de detener la carrera hacia el abismo? Ciertamente, estamos frente a una paradoja extraordinaria. Los obstáculos encontrados en el camino hacia la realización del nuevo orden de individuo solitario pero libre pueden imputarse hoy a rigideces y vestigios. Toda intervención directa y consciente de cualquier tipo, al menos en lo que concierne al Estado, es desacreditada anticipadamente y por tanto condenada a borrarse en beneficio de un mecanismo puro y anónimo: el mercado, cuya naturaleza como sitio donde se ejercen los intereses es olvidada. Pero en realidad lo que evita que el orden social se disuelva en el caos, a pesar del creciente volumen de poblaciones en peligro, es la continuidad o supervivencia de las propias instituciones y representantes del viejo orden que está en proceso de desmantelamiento, y el trabajo de todas las categorías de trabajadores sociales, así como todas las formas de solidaridad social y familiar. O si no…

La transición hacia el «liberalismo» tiene lugar de una manera imperceptible, como la deriva continental, escondiendo de la vista sus efectos. Sus consecuencias más terribles son a largo plazo. Estos efectos se esconden, paradójicamente, por la resistencia que a esta transición están dando actualmente los que defienden el viejo orden, alimentándose de los recursos que contenían, en las viejas solidaridades, en las reservas del capital social que protegen una porción entera del presente orden social de caer en la anomia. Este capital social está condenado a marchitarse —aunque no a corto plazo— si no es renovado y reproducido.

Pero estas fuerzas de «conservación», que es demasiado fácil de tratar como conservadoras, son también, desde otro punto de vista, fuerzas de resistencia al establecimiento del nuevo orden y pueden convertirse en fuerzas subversivas. Si todavía hay motivo de abrigar alguna esperanza, es que todas las fuerzas que actualmente existen, tanto en las instituciones del Estado como en las orientaciones de los actores sociales (notablemente los individuos y grupos más ligados a esas instituciones, los que poseen una tradición de servicio público y civil) que, bajo la apariencia de defender simplemente un orden que ha desaparecido con sus correspondientes «privilegios» (que es de lo que se les acusa de inmediato), serán capaces de resistir el desafío solo trabajando para inventar y construir un nuevo orden social. Uno que no tenga como única ley la búsqueda de intereses egoístas y la pasión individual por la ganancia y que cree espacios para los colectivos orientados hacia la búsqueda racional de fines colectivamente logrados y colectivamente ratificados.

¿Cómo podríamos no reservar un espacio especial en esos colectivos, asociaciones, uniones y partidos al Estado: el Estado nación, o, todavía, mejor, al Estado supranacional —un Estado europeo, camino a un Estado mundial— capaz de controlar efectivamente y gravar con impuestos las ganancias obtenidas en los mercados financieros y, sobre todo, contrarrestar el impacto destructivo que estos tienen sobre el mercado laboral. Esto puede lograrse con la ayuda de las confederaciones sindicales organizando la elaboración y defensa del interés público. Querámoslo o no, el interés público no emergerá nunca, aun a costa de unos cuantos errores matemáticos, de la visión de los contabilistas (en un período anterior podríamos haber dicho de los «tenderos») que el nuevo sistema de creencias presenta como la suprema forma de realización humana.

Notas

1. Auguste Walras (1800-66), economista francés, autor de De la nature de la richesse et de l’origine de la valeur [sobre la naturaleza de la riqueza y el origen del valor) (1848). Fue uno de los primeros que intentaron aplicar las matemáticas a la investigación económica.

2. Erving Goffman. 1961. Asylums: Essays On The Social Situation Of Mental Patients And Other Inmates[Manicomios: ensayos sobre la situación de los pacientes mentales y otros reclusos]. Nueva York: Aldine de Gruyter.

3. Ver los dos números dedicados a « Nouvelles formes de domination dans le travail » [nuevas formas de dominación en el trabajo], Actes de la recherche en sciences sociales, Nº 114, setiembre de 1996, y 115, diciembre de 1996, especialmente la introducción por Gabrielle Balazs y Michel Pialoux, « Crise du travail et crise du politique » [crisis del trabajo y crisis política], Nº 114: p. 3-4.

Publicado en Le Monde,Francia. Visto en curriqui

 

DÍA DEL MAESTRO


 

Día Del Maestro

A iniciativa de los diputados, coronel Benito Ramírez García y doctor Enrique Viesca Lobatón, se propuso en el Congreso de la Unión en 1917 se instituyera el Día del Maestro, proponiendo fuese el 15 de mayo, el día de San Isidro, el día de los sembradores, propuesta que fue aprobada el 27 de septiembre de ese año y el presidente de la República, Venustiano Carranza, firmó el decreto. 

A partir del 15 de mayo de 1918, México rinde tributo a la persona considerada como el segundo padre: El maestro.
 

El maestro ha llenado grandes páginas de la historia del país, el gobierno ha basado su política en la penetración y capacidad de los mentores en todos los sitios, sin importar credos políticos, credos religiosos, sexo, edad, estrato social, etc., el Gobierno federal se apoya en ellos en casi todos sus programas: Censos, estadísticas, campañas de salud como el de la influenza, campañas políticas, programas sociales, programas especiales, etc., por eso se han invertido cantidades económicas importantes en el renglón educativo.
 

En las escuelas, el maestro con gran paciencia y en ocasiones con grupos sobrecargados en alumnos, brega a diario desarrollando sus programas escolares, corrigiendo errores, marcando normas de conducta, consolando nuestras penas cuando no fue nuestro día, sacrificando en muchas de las veces su situación económica y familiar con tal de cumplir con su noble labor de educar.
 

Maestros que no presumen su vestimenta, maestras que no contrajeron matrimonio porque les faltó el tiempo de hacerlo, porque pensaron que la educación de los pequeños era primordial y prioritaria, olvidándose así de sus propias personas.
 

El magisterio es una carrera de grandes sacrificios, del cual no se espera una buena remuneración y pocos son los que se quedan con este pesado paquete.
 

Hace tres sexenios, el gobierno federal instituyó el sistema de ascensos horizontales mediante exhaustivos exámenes a los mentores, cuya satisfacción no se palpa, porque el bajo presupuesto en este renglón producto de la actual situación económica nacional, presentan contadísimos lugares disponibles, lo que hace desistir al maestro en buscar mejores sueldos.
 

Pero el magisterio es atacado frecuentemente por los medios de comunicación, con la idea de que una manzana podrida afecta a las demás, sin ninguna excepción, cuando no es así, se divulga el “gran aumento salarial” que percibirán los maestros, cuando éste es en todos los casos ridículo y se puede apreciar que no le alcanzó para completar su gasto familiar y tiene que alternar su carrera con otros trabajos para poder sobrevivir y pocos son los maestros que sólo se dedican a una sola fuente de empleo.
 

Al maestro por lo general no le agrada que le lleven obsequios, lo que les gustaría recibir no es el agradecimiento por la enseñanza impartida o por los buenos ejemplos dados, simplemente no le agrada que lo olviden.
 

¿Saben cuánto gana un maestro de los dos primeros niveles? ¿Tienen idea del esfuerzo que realiza un mentor para poder educar correctamente? Difícilmente lo podemos apreciar, como tampoco tenemos idea del resentimiento que llevan dentro por el olvido en que todos nosotros los tenemos.

 

DÍA DE LAS MADRES


 

Día de las madres


M
 eses de espera paciente, se convierten en fruto de amor inigualable...

A ngustia, cansancio y esfuerzo; entregas tu vida, por ellos que son tu sangre

M ilagro de amor sublime, que sin interés desvelas, esperas y guías

Á gil corazón, mente serena, cuando con tus manos envuelves a las mías...

Los orígenes de los festejos de las madres, se remontan a la antigua Grecia, donde se le rendía culto a “Rea”, madre de los dioses, Zeus, Poseidón y Hades, pero esta fecha fue evolucionando, hasta convertirse en la que actualmente conocemos. En Inglaterra, en el siglo 17, se dedicó un domingo para servir a la madre y los criados tenían permiso y el día pagado para ir a visitarlas. 

Esto fue extraordinario, porque les pagaban su día de trabajo, podían volver a la casa de sus familias y pasar el día con sus madres.
 

En Estados Unidos el primer día fue sugerido en 1872 por Julia Ward Howe como un día dedicado a la paz.
 

El origen del día de la madre es la tierna historia de una joven que pierde prematuramente a su madre. Una que concibió la idea de dedicar un homenaje, un día sin igual, para rendirle tributo.
 

La estadounidense Ana Jarvis de la ciudad de Filadelfia, luego de la muerte de su madre en 1905, decide escribir a maestros, religiosos, políticos, abogados y otras personalidades, para que la apoyen en su proyecto de celebrar el Día de la Madre, en el aniversario de la muerte de su madre, el segundo domingo de mayo.
 

Tuvo muchas respuestas y en 1910 ya era celebrado en casi todos los estados de Estados Unidos.

Viendo la joven Jarvis la gran acogida que tuvo su iniciativa, logró que el Congreso de Estados Unidos presentara un proyecto de ley a favor de la celebración del Día de la Madre en todos Estados Unidos.
 

En 1914, luego de deliberar y aprobar el proyecto, el presidente Woodrow Wilson firmó la petición que proclamaba el Día de la Madre como día de fiesta nacional, que debía ser celebrado el segundo domingo del mes de mayo.
 

Posteriormente otros países se fueron sumando a la celebración y Ana Jarvis pudo ver a más de 40 países de diferentes partes del mundo unirse a su idea, que no tenía otro fin que rendir homenaje y enaltecer a ese ser que da parte de su ser para dar vidas, y aún su vida por el fruto de sus entrañas.
 

En México, hace ya algunos años, en 1922, un periodista que laboraba como director del periódico de circulación nacional, el Excélsior de la Ciudad de México, don Rafael Alducín, acogió con entusiasmo la idea que desde un años antes tuvo un obrero de esa casa editorial, cuyo nombre el tiempo lo ha perdido, de señalar un día del año para rendir merecido homenaje a las madrecitas mexicanas, lanzando una convocatoria el 13 de abril de 1922 y como resultado de la misma se escogió el día 10 del mes de mayo.

Siendo instituida en todo el país, por disposiciones del entonces secretario de Educación Pública, el Lic. José Vasconcelos.
 

Diez años después, en 1932, la misma casa editorial propuso la construcción de un monumento en honor de las madres, proyecto que se consolidó durante el gobierno del presidente Miguel Alemán.
 

En 1975, esta casa editorial se dedicó a promover a través de festivales infantiles, cartas de hijos a madres y todo aquello que reforzara el carácter inseparable del binomio madre-hijo.
 

Desde entonces, es una tradición de más 90 años, el festejar en México a la reina del hogar en este día.

 

4 MITOS SOBRE LA POBREZA



 4 MITOS SOBRE LA POBREZA
Comparto una reflexión sobre algunos de los mitos más frecuentes que se suelen escuchar sobre la pobreza, basados en argumentos falaces que se repiten como dogmas sin demasiado análisis y que lejos de ayudarnos a combatirla colaboran para que se reproduzca:

1-“Siempre hubo y habrá pobres”
No es cierto, el porcentaje de pobres en una sociedad ha variado notablemente en distintas épocas y lugares. Encubre que a lo largo de la historia ha disminuído y aumentado la pobreza según las políticas económicas aplicadas. Hay paises como Noruega donde se ha logrado que el porcentaje de pobreza sea cercano a cero gracias a políticas de Estado para redistribuir la riqueza y un sistema tributario que obtiene recursos de los que más ganan para brindar mejor salud y educación para todos. Esto no depende tanto de si el país es rico o no, sino de cómo está repartida la riqueza dentro de un país. Países petroleros como Arabia Saudita son muy ricos pero tienen una gran cantidad de pobres ya que la riqueza petrolera queda en manos de muy pocos.


2-“No quieren trabajar”
Implica suponer que los pobres son pobres porque quieren, que eligen concientemente ser pobres. Además de encubrir la desigualdad de origen, donde no tiene la misma educación un niño de una villa miseria que un niño de una clase alta, un planteo así es perverso porque no solo no cuestiona las políticas económicas que generan pobreza sino que además se culpa de ella a los marginados que son víctimas de esas políticas.  Desconoce también la situación de millones de pobres que aún teniendo trabajo reciben a cambio salarios muy bajos o que aún en la miseria trabajan en condiciones poco dignas, en condiciones de esclavitud en talleres textiles y en ámbitos agropecuarios.




3-“Yo no tengo nada que ver”
Implica creer que es una responsabilidad solo de los gobiernos y sus políticas (“yo pago todos mis impuestos, que se encarguen ellos”).
Esto es parcialmente cierto, pero no podemos desentendernos de nuestra propia responsabilidad. Cada vez que pudiendo ayudar de alguna manera no lo hacemos, cada vez que somos insensibles frente a alguien que sufre o cada vez que elegimos gobernantes solo pensando en nuestro bien individual y no en el conjunto de la sociedad.



4-“La asistencia estimula la vagancia”
Muy presente en las clases medias y estimulado por los medios de comunicación. Claro que sería ideal que todos pudieran tener un trabajo digno. Pero crear fuentes de trabajo es un proceso que demanda años de políticas sostenidas que mejoren una economía de tipo inclusiva. Mientras se generan nuevas fuentes laborales genuinas no se puede abandonar a millones de personas en extrema pobreza a que simplemente mueran de hambre. Por otra parte una correcta política de asistencia social no clientelista ayuda a motorizar la economía general ya que una persona pobre no guarda el dinero que recibe de forma improductiva sino que lo gasta en su totalidad, aumentando así la demanda de bienes y productos, generando así mayor incentivo a la producción que es lo que finalmente permitirá que se creen nuevas fuentes de trabajo. Estadísticamente se sabe además que lejos de desincentivar la búsqueda trabajo, sirve de puente hasta tanto la persona encuentra un trabajo digno. También es falsa la tremenda afirmación de que las mujeres “se embarazan” para cobrar una asignación familiar por hijo. En la Argentina por ejemplo, el 78% de las familias que reciben esta ayuda tienen entre 1 y 2 hijos. Este porcentaje se mantuvo constante a lo largo de los años.
¿Quiénes se benefician con la pobreza y la exclusión?

La pobreza es necesaria para los grandes grupos económicos ya que la existencia de desocupación y condiciones indignas de vida hacen que los salarios que deben pagar puedan ser mucho más bajos (menor “costo” laboral para las empresas). Con tal de acceder a unos pocos recursos un desempleado acepta cualquier condición de trabajo y cualquier salario. Podría pensarse que más pobreza y desocupación sería negativo para las economías de estas grandes empresas ya que implicaría menor poder adquisitivo de las personas y por lo tanto menor demanda para sus productos. Pero ocurre que gran parte de estas corporaciones no obtienen sus ganancias de la venta de su producción al interior del país sino de la exportación de la misma. Ergo, la pobreza y la desocupación no es para ellos un problema. Al contrario, es menor “costo laboral” y por lo tanto más ganancias.

*Texto basado en datos de Chequeado.com y “Los 4 mitos sobre la pobreza”, documental de Bernardo Kliksberg.