domingo, 13 de noviembre de 2016

¿POR QUÉ NOS GUSTA TANTO LA FIESTA Y EL RELAJO



¿POR QUÉ NOS GUSTA TANTO LA FIESTA Y EL RELAJO?
Es propio del mexicano encontrar circunstancias para reunirse. ¿Qué se encierra en este acontecer a veces multitudinario? El mexicano hace fiesta por todo, casi podríamos decir que el mexicano vive para el festejo, pero ¿por qué? En primer lugar, porque las fiestas son divertidas. En contraste con la atmósfera de lo cotidiano, del día a día, el fin de semana aparece ante nosotros como un momento en el que podemos relajarnos, es decir, convivir y celebrar con amigos y compañeros la alegría de ser…¿de ser qué? De ser nosotros mismos. Se impone necesariamente una pregunta: ¿por qué reflexionar sobre este tema en un momento como el actual?
El mexicano hace su día a día en un plano irreflexivo y es este acontecer, este “motivo importante” que es la fiesta, lo que lo revive y reconstituye cada semana. La fiesta y el relajo se oponen a la seriedad que se adueña de nosotros la mayor parte del tiempo; suspenden nuestro trajín y nos colocan cara a cara con nosotros mismos. Llegados a este punto, es inevitable no recordar a Jorge Portilla, el único filósofo mexicano que ha pensado el relajo “con seriedad”. Así describía a sus contemporáneos en La fenomenología del relajo (1966):
Hombres de talento (…) todos parecían absolutamente incapaces de resistir la menor ocasión de iniciar una corriente de chocarrería que una vez desatada resultaba incontrolable y frustraba continuamente la aparición de sus mejores cualidades. Era como si tuvieran miedo de su propia excelencia y se sintieran obligados a impedir su manifestación. Sólo la asumían en diálogo con un amigo o en estado de ebriedad. (…) Era, hoy lo veo claro, una generación (…) Entregada en realidad, a una lenta autodestrucción.[1]
¿Cuántas de estas líneas no reflejan, aún ahora, nuestra realidad? ¿Será el relajo una característica inherente a su generación o algo propio de todos los mexicanos? Me inclino por la segunda opción. La fiesta aparece para nosotros como un “hecho constitutivo” en el mundo, es decir, una acción beligerante frente a lo impuesto por la sociedad.
La fiesta, por otra parte, inaugura una comunidad. Resulta complicado imaginar una reunión entretenida con un solo participante. Esta nueva comunidad inaugura, a su vez, todo un código de convivencia. Surgen, por decirlo así, nuevos códigos de comunicación.
El lenguaje es uno de los componentes humanos más importantes que existen. Sea producto social o fenómeno evolutivo, es innegable que hay más lenguajes que el escrito o el hablado. El mexicano ha formado todo un lenguaje de “lo lúdico”. Gesticulaciones, palabras, gestos de desfogue y gozo son frecuentes en dichos eventos cuya finalidad es extender este momento de suspensión indefinidamente. No basta un chiste o una palabra socarrona para iniciar el relajo, éste debe de sustraer al hombre de su entorno cotidiano. La persona se encuentra y reconoce en aquél que, en constante oposición con su realidad, es capaz de encontrar un momento para jugar. Se equivoca quien crea que los juegos son cosa de niños y criaturas inmaduras. En éstos podemos encontrar momentos de goce puro, ajenos al sistema y desprovistos de intereses.
En los juegos que son parte de la fiesta, el hombre se encuentra en el plano de la realidad que decida. Somos, por un breve momento, dueños de nuestro propio destino. No importan las leyes de la Naturaleza y de la buena o mala fortuna. Hay en el juego una especie de igualdad preestablecida, muy a la manera de los hinchas del futbol, como se escribió anteriormente. ¿El propósito del juego? Pasársela bien. Divertirse.
La asignación de roles que se lleva a cabo en los juegos se basa en las características y aptitudes de los que nos rodean. Así, no sorprenderá saber que aquél con capacidades de liderazgo y que goza de una confianza general, es el encargado de llevar las cuentas o el dinero. Es en el juego donde, libres de todas las máscaras que nos cubren, nuestra verdadera personalidad sale a la superficie. El juego es para el infante uno de los mejores formadores de carácter que existen. Aprenderá a ser educado, a reconocer la derrota, a tener prudencia, a tomar decisiones. ¿La recompensa? Un momento de triunfo que, festejado en común, enseña la importancia de la pertenencia.
Las caras y carcajadas de aquellos que nos rodean, una buena comida, música, aunado a un ánimo festivo y cordial, nos hacen olvidar todo aquello que nos acongoja. Somos, porque estamos allí reunidos. Somos, porque nos encontramos con el otro, nos reconocemos en el otro. Somos, porque a las complicaciones de la vida sabemos responder con una sonrisa.
Para Jorge Portilla, “el relajo es el sentido de una conducta”. Se sabe que todas las conductas tienen un propósito, un fin. Después de analizar brevemente este acontecer recurrente en la vida de los mexicanos, podemos afirmar que la fiesta tiene un propósito que la lleva más lejos del mero “olvido del ser”. El mexicano festeja porque este hecho en sí está plagado de sentido y de rechazo ante su situación actual. Festeja porque haciéndolo se constituye como lo que es. ¿Para qué pensar la fiesta en tiempos trágicos como los actuales? La fiesta no conoce la crisis. Más aún, la fiesta es tal vez un paliativo en medio de tanta violencia, injusticia y dolor. El relajo, en el fondo, es un acto de disidencia política.
No dejemos que se pierda el elemento lúdico de nuestras vidas. Aferrémonos a las risas, el juego y la compañía de aquellos amigos que sacan lo mejor de nosotros en la fiesta, permitiéndonos ser tal cual somos.
Reciban un abrazo de oso.

LEER TE HACE MEJOR PERSONA

¿LEER TE HACE MEJOR PERSONA?
Leyendo a autores como Lev Tolstói o Virginia Woolf uno tiene la impresión de que está aprendiendo a vivir. La literatura ha tenido siempre una vocación pedagógica y moralizante, a pesar de que algunos filósofos a lo largo de la historia han reivindicado el valor supra o infrasensible, por decirlo así, de las obras literarias. Platón expulsó a Homero y a buena parte de los poetas de su República ideal pues los consideraba perniciosos para la salud pública. El veredicto de Platón no podía haber sido más desfavorable: la literatura, según esto, comete el triple crimen de ser fea, deshonesta y malvada. No sólo no dice nada sobre la realidad, sino que nos engaña, poniendo ante nuestros ojos imágenes de objetos en vez de objetos. Pero el tiempo no pasa en balde, y ahora –veinticinco siglos después– podemos oponer a las tesis del divino Platón las tesis de Lev Tolstói o Virginia Woolf, por mencionar sólo a dos de nuestros clásicos. La cuestión no concluye aquí, desde luego. Siempre hay un modo de volver a Platón. Uno puede preguntar, todavía, si los libros sirven para algo. ¿Leer te hace mejor persona? Hombres muy cultivados, cuya vida transcurre única y exclusivamente en el plano espiritual, cometen de buenas a primeras actos rastreros y viles: éste fue el triste caso de Theodore Kaczynski, matemático brillante, terrorista y autor del “Manifiesto Unabomber”. No hace falta acudir a los archivos de la Santa Inquisición para enterarse de la diversidad y los alcances de las perversiones humanas, basta con echarle un vistazo a las biografías de los escritores más prominentes. Me refiero al Marqués de Sade, Guillaume Apollinaire, Georges Bataille, por supuesto, y a los enfants terribles de la literatura, como Baudelaire, Rimbaud o Jean Genet, pero también a William S. Burroughs, que mató a su esposa de un tiro en una casa de la colonia Roma, o Edgar Allan Poe, Malcolm Lowry y Hemingway, conocidos borrachos, o incluso Horacio Quiroga, que asesinó a su amigo, o Agatha Christie, que desapareció de la faz de la Tierra durante once días sin que nadie nunca jamás se enterase de su paradero, o la propia Virginia Woolf, que se suicidó adentrándose a las aguas del río Ouse con piedras en los bolsillos. ¿Son estos los hombres y las mujeres de los que debemos aprender algo sobre la vida? Absolutamente sí.
Los devaneos entre la realidad y la literatura son ricos y muy complejos. No es ninguna casualidad que las obras de los grandes realistas franceses –Zola, Bálzac, Flaubert– coincidan con la etapa de mayor florecimiento de la burguesía. Se ha dicho a menudo que el realismo fungió tanto de testigo como de censor de la sociedad francesa decimonónica. Ambas tareas las llevó a cabo lúcida y escrupulosamente. En su momento, la publicación de Madame Bovary levantó ámpula en el sector más conservador, cristiano y platónico de Francia –el cristianismo, decía Nietzsche, es platonismo para el pueblo–. Lo verdaderamente inmoral y escandaloso de Madame Bovary no era el retrato de una mujer adúltera, sino el talento de Flaubert para penetrar en la psique de la sociedad francesa y sacar a la luz, poniéndolas en palabras, las fuerzas motrices de una vida cada vez más dominada por los valores del capitalismo. Un esfuerzo semejante de reducción de ilusiones o desenmascaramiento lo debemos a los hermeneutas de las sospecha: Marx, Nietzsche y Freud. La Comedia humana de Bálzac puede leerse en esta tesitura: como la sospecha de que hay móviles ocultos e inconfesados detrás de las acciones y el palabrerío de la gente. ¡Cuántos hombres no habrán visto –y todavía ven– la disección de su propia frenética avaricia en las páginas de Eugenie Grandet! ¡Cuántas mujeres no habrán descubierto dentro de sí honduras insospechadas, deseos inefables, leyendo y releyendo –con espantosa avidez– los pensamientos de Emma Bovary! El realismo francés no era una corriente dócil y de “amas de casa”, como suele decirse con tono lapidario y despectivo. ¿Una primera lectura de “El collar” de Maupassant no es suficiente para que nos replanteemos el significado de la existencia como trabajo asalariado, del empeño de nuestras fuerzas vitales a cambio de un collar, o peor aún, a cambio de nada? A pesar del nombre, el realismo francés no se contentaba con la realidad; por el contrario, la repudiaba con una mueca de superioridad burlona, y si le prestaba atención era sólo para denunciar sus males. Francia cuenta con una larga tradición de sospechosistas. Tanto Voltaire como Diderot y Montesquieu fueron críticos implacables del viejo régimen francés, pero también del régimen democrático que apenas despuntaba. Montaigne, el padre del género ensayístico, veía incertidumbre donde los demás sólo veían certezas. Sus dudas sólo son comparables a las de Descartes, el máximo sospechosista.
En México también tuvimos a nuestros escritores realistas, sólo que aquí el realismo compartió lecho con una corriente en principio antípoda, a saber, el romanticismo. No sucedió que algunos escritores se decantaran por el realismo y otros por el romanticismo, como acaso era lo más lógico, sino que un mismo escritor se ejercitó en ambas corrientes. Uno de los mayores exponentes del estilo ecléctico mexicano fue Manuel Gutiérrez Nájera. Gracias al entrecruce de realismo –afán de avizorar– con el romanticismo –afán de sentir y de exaltarse– tuvo éxito en nuestro país la corriente híbrida del naturalismo, desde La Rumba de Ángel de Campo hasta Santa de Federico Gamboa, pasando por la Historia de Chucho el Ninfo de José Tomás de Cuéllar. En todos estos casos –como en Zola, Flaubert, Bálzac–, el libro analiza la realidad al tiempo que forceja con ella, y no nos esconde estos forcejos, sino que los exhibe orgullosamente. De aquí que en las novelas decimonónicas abunden las moralejas que tanto ruido nos causan en la actualidad –cuando decir nada o decir algo con frases crípticas (que es lo mismo) nos resulta muy encomiable y sobre todo vendible–. Sin embargo, ¿este movimiento doble de reduplicación y corrección de la realidad no es el movimiento típico de la literatura? Los libros son los grandes laboratorios de la humanidad, decía Barthes, dando a entender que la literatura es indisociable de su espíritu crítico y reformista. De ser así, toda la literatura, incluidos Homero y los grandes trágicos –Esquilo, Sófocles, Eurípides–, es literatura realista. No hay tal vez libro que no tenga una vocación pedagógica, y esta vocación le viene de la toma de postura que le dio origen. ¿Todo libro surge de un pronunciamiento moral? Probablemente sí. La literatura, como la metafísica, tiene su piedra de toque en la pregunta por el ser. ¿Por qué el ser y no más bien la nada? No fueron pocos los filósofos del siglo XX que lo comprendieron de esta manera. María Zambrano, en su libroFilosofía y poesía, reivindicó el estatuto epistémico del arte, exonerándola por fin de los tres crímenes que le imputara Platón. Paul Ricoeur hizo lo propio en Tiempo y narración, donde recurrió a Proust, Virginia Woolf y Thomas Mann para pensar la cuestión del tiempo. Zambrano, Ricoeur y otros se limitaron a reconocer el hecho, por demás corriente, de que la literatura participa activamente de la vida. Anna Karénina, como el tratado de filosofía que es, enseña a sus lectores a sondear todas las dimensiones de la condición humana –algunas décadas antes del nacimiento del psiconálisis–. Virginia Woolf, por su parte, escribió la meditación que Descartes, Kant o Husserl no pudieron escribir. ¿No acaso la señora Dalloway, con su garbo de señora inglesa, practica la introspección y la autognosis como el más avezado de los fenomenólogos?

¿DÓNDE ESTÁN LOS BUENOS LECTORES?



¿DÓNDE ESTÁN LOS (BUENOS) LECTORES?
¿Dónde están los lectores, en general, y dónde están, en específico, los “buenos” lectores? En otras palabras, ¿en qué radica el carácter “bueno” o “malo”, “pertinente” o “impertinente” de una lectura?
Definamos tentativamente la experiencia de la lectura como el encontronazo entre un libro y un lector, es decir, entre dos mundos, ya que, a mi juicio, tanto libro como lector son portadores de una perspectiva única –históricamente determinada– sobre ciertos valores capitales de la cultura. Entendida de este modo, la lectura sería un diálogo y un intercambio de posiciones. El lector incide en el libro no menos que el libro en el lector. Toma lugar un movimiento doble de reactualización de la obra en la lectura y transformación de la conciencia lectora. El mundo de ficción sale entonces de su confinamiento para trastocar el mundo “real” –el mundo nuestro de cada día–. (Gadamer llamó a este momento en que el libro, arrancado inicialmente del mundo –y puesto en un estante– se reinserta en la realidad, cobrando vida, un plus o incremento de ser: el lector, cuando cierra el libro, no es el mismo: hay en él algo más.)
En resumen, la lectura de un buen libro es por definición una experiencia enriquecedora, pero es, al mismo tiempo, una experiencia subyugante. Para entender mejor este punto, acudamos a Thomas Mann. Cuenta el escritor alemán que una vez adquirió dos libros, más por el gusto de poseerlos que para estudiarlos. Años después, habiéndose ya olvidado de ellos, los encontró por casualidad en un anaquel recóndito de la biblioteca, detrás de muchos volúmenes. No bien los tomó entre sus manos y leyó las primeras páginas, se enfrascó en una ardorosa lectura, “y así leí día y noche, como, sin duda, sólo se lee una vez en la vida”[1]. Se trataba, nada más y nada menos, que de la monumental obra de Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación.
Thomas Mann, desde luego, no es el único que ha tenido este tipo de experiencias arrebatadoras. Yo mismo, más de una vez, he soltado frases del tipo: “¡el libro me cautivó!”, “¡quedé atrapado en sus páginas!” o “¡me sumergí en la historia!”. Todas estas expresiones captan con fidelidad la experiencia de una buena lectura. Thomas Mann, dijimos, se enfrascó en el libro de Schopenhauer, aplicándose con tanta intensidad al acto de la lectura, que no le quedó atención para otra cosa. Cuando afirmo que el libro lo arrebató no estoy exagerando: el libro literalmente se adueñó de él: “una complacencia desconocida, inmensa y grata, me saturaba”. Tampoco exagero cuando digo que ciertos libros me han cautivado o que he quedado atrapado entre sus páginas. En el primer caso me reduje a un cautivo; en el segundo, no fui físicamente capaz de desprenderme del texto.
¿Qué papel juega entonces el lector en la lectura? Parece en un inicio que el lector constituye una entidad más o menos autónoma, capaz de afirmar o rechazar, desde su posición privilegiada fuera del texto, aquello que le presenta el narrador. El lector, parece, es el elemento vivo de la fórmula mientras que el libro, por su misma condición huérfana de autor, es el elemento muerto. A causa de esto último, el libro se nos presenta en un primer momento como una criatura dócil y dispuesta a sufrir todos los ultrajes a que queramos someterla. El lector puede cerrar sus tapas y de esta manera sellarle la boca; puede quemarlo, reducirlo a cenizas, interpretarlo a su antojo, desmentirlo, injuriarlo, y el libro no lanzará ningún reproche. De esto precisamente se quejaba Platón en el Fedro (275d): “Es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están entre nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios.”
Sin embargo, según hemos visto, el libro a menudo toma las riendas de la lectura, hasta el punto de que no se deja sellar la boca, y se aferra a nuestras muñecas, y ansía nuestras miradas, como un amante celoso. En ocasiones al lector no le queda más remedio que enmudecer y dejarse victimizar por el libro. La idea de Juan Villoro de que existen ciertos libros salvajes, esto es, ciertos libros que no se dejan leer por todos, libros huidizos, con fauces, que en cualquier momento nos atacan para no soltarnos, no es una idea descabellada. Algo semejante postuló Umberto Eco en Obra abierta (1962). El libro no aguarda, quieto en su estante, la llegada de un lector que le devuelva la vida. Nada de eso. El libro prevé al lector y lo selecciona; más aún, lo construye. El libro desea ser leído de un modo y no de otro; sólo requiere de la cooperación de un agente externo –una presa– para realizar sus secretas intenciones. De aquí que Umberto Eco llame al libro “una cadena de artificios expresivos que el destinatario debe actualizar”. Y añade: “el texto está plagado de espacios en blanco, de intersticios que hay que rellenar; quien lo emitió preveía que se los rellenaría y los dejó en blanco […] Un texto quiere dejar al lector la iniciativa interpretativa, aunque normalmente desea ser interpretado con un margen suficiente de univocidad.”[2] El libro, consciente de que necesita de un lector para completar su pretensión de decir algo a alguien, marca ciertas pautas interpretativas, se apertrecha, por decirlo así, para que no cualquiera lo lea y menos aún de cualquier modo. Primero elige un idioma. Eso restringe, de entrada, a muchos lectores; utiliza después fórmulas como “queridos niños” (en el caso de un libro infantil) o fórmulas más contundentes como las que introdujo Schopenhauer en su ya mentada obra El mundo como voluntad y representación: “mi consejo [para los seguidores de Jacobi] es de nuevo dejar a un lado este libro”.
Todo libro contiene, pues, a un lector implícito, es decir, una estructura narrativa que acoge al lector empírico –el lector de carne y hueso–. Al respecto, Luz Aurora Pimentel nos dice que “todo lector real está, por así decirlo, invitado a jugar un papel dentro del texto, a ocupar el lugar definido por el lector implícito, aunque es evidente que no estará obligado a ocuparlo de manera pasiva”[3]. El libro traza para el lector varios caminos de lectura, pero cabe la posibilidad de que el lector, consciente o inconscientemente, ya sea por su bagaje cultural o por las premisas particulares que guían su lectura, se salga continuamente de estos caminos. Lo que en un inicio parecía un diálogo entre dos mundos se ha convertido ahora en un forcejeo entre dos mundos. El libro imprime sus expectativas al lector, a la vez que el lector imprime sus expectativas al libro. Ninguno puede hacer lo que le venga en gana. Pese a todo, hay ciertos códigos que constriñen a ambos y que ambos deben respetar. ¿Recuerdan Los pilares de la Tierra, de Ken Follet? El libro sabe que su lector no habita la Edad Media y que, por lo tanto, tiene la perspectiva histórica suficiente para darse cuenta de que la novela narra la construcción de una catedral gótica, a pesar de que los protagonistas no tienen idea de que este estilo, que pronto se difundirá por toda Europa, es, de hecho, el estilo gótico.
¿Dónde están los lectores? Ni fuera del libro ni dentro. ¿Dónde está entonces la parcialidad o imparcialidad de una lectura? Me encojo de hombros. Cabe incluso la posibilidad de que cuando criticamos un libro o hacemos una reseña sólo repitamos lo que el libro quiere que critiquemos y reseñemos de él. Quizás el mejor de los lectores ha de ser también el más frío, o por el contrario, ¿ha de ser el más comprometido con los caminos de interpretación del texto? Dada esta relación dialéctica entre texto, lector implícito y lector, me gustaría saber en qué consiste el arte, oficio o maleficio de ser un Lector. Les recuerdo mi conclusión: la lectura de un libro es una experiencia enriquecedora, pero es, al mismo tiempo, una experiencia subyugante.

AUMENTAR EL SALARIO MÍNIMO



AUMENTAR EL SALARIO MÍNIMO - CARLOS MARX
Trabajamos para vivir pero también vivimos para trabajar, a pesar de que una cierta voz de la conciencia nos dice que la vida no es esencialmente trabajo y que debe haber, por consiguiente, algo más allá de la jornada laboral y el dinero. Algunos creemos con firmeza que este “más allá” de cualquier transacción financiera de la vida constituye lo verdaderamente humano: un ámbito de libertad cuya puerta de entrada, por decirlo así, está custodiada por el can Cerbero. Supongamos por ahora que la vida es de hecho reducible a una jornada laboral. Enseguida nos daremos cuenta de un elemento faltante en la fórmula, a saber, el salario, porque el trabajo es ante todo trabajo asalariado. Si trabajamos es para conseguir dinero pues necesitamos dinero para vivir. El salario funciona de este modo como mediador entre el trabajo y la vida, impidiendo que el uno y la otra se identifiquen plenamente y abriendo al mismo tiempo la posibilidad del conflicto entre ambas.
El aumento al salario se impone como urgente por dos motivos: 1) Si el trabajo asalariado no es capaz de satisfacer los requerimientos básicos de la vida, no ya humana, sino animal, el trabajo ha degenerado en una actividad sin sentido. Éste, al no garantizar la sobrevivencia del trabajador, sencillamente no tiene razón de ser en nuestro país. 2) El patente desequilibrio entre la actividad productiva de los mexicanos y las necesidades de la vida pone bajo amenaza de muerte al trabajador, y junto con él, a la industria toda, dado que ésta utiliza como materia prima a los trabajadores. (Me pregunto hasta qué punto la economía informal y el narcotráfico han sido una manifestación de la impotencia gubernamental para solucionar el antagonismo entre el trabajo y la vida, ¿la discusión en torno al aumento salarial no debería situarse desde ahora fuera del terreno económico pues la ciencia económica es la meta pero no el origen de esta discusión?) Ahora bien, el aumento al salario mínimo no agota el problema del trabajo. Más aún, el problema del salario es sólo un síntoma a través del cual los gobernantes tendrían que abordar el problema de fondo. Digámoslo de una vez: el problema superficial es la injusticia en la distribución de la riqueza; el problema profundo, la perversión del trabajo en un trabajo forzado, tedioso e inhumano que se preocupa por satisfacer las exigencias animales de la vida pero se desentiende de las exigencias humanas de autorrealización.
Un trabajo que sacrifica la satisfacción personal y el bienestar del trabajador como individuo en aras de un mayor rendimiento monetario es ya, de entrada, un trabajo perverso que no sólo pone a las cosas por encima de los hombres sino que a los hombres mismos los cosifica. La mayoría considera su trabajo una obligación. Esto se debe en buena medida a que los trabajos impiden la expresión y desarrollo de las aptitudes personales. Muy frecuentemente el trabajo significa para el trabajador renuncia y pérdida de la personalidad. El trabajador perfecto es aquél que calla y obedece, es decir, aquél que se anula a sí mismo por completo ahorrándole al patrón la penosa molestia de reprimirlo por otros medios. Citemos a Marx: “una aumento de salarios […] no sería más que la mejor remuneración de los esclavos y no devolvería, ni al trabajador ni a su trabajo, su significado y valor humanos” (Manuscritos económicos y filosóficos de 1844).
El problema del trabajo es el empleo. Concebimos al trabajo como la actividad de emplear y ser empleados, usar y ser usados, para vaciar o llenar bolsillos a ritmo vertiginoso, y alimentarnos, pero no mucho, apenas lo indispensable para seguir participando del juego de explotados y explotadores. Por si fuera poco, el trabajo asalariado, así concebido, atrofia nuestra capacidad de socialización: los otros se convierten en meros utensilios, y viceversa, uno mismo se convierte en mero utensilio para los otros. Quien vende sus productos únicamente ve en los hombres a consumidores potenciales: su salud, su familia, su desenvolvimiento individual pasan a un segundo plano invisible. El hombre queda de esta manera despojado de su naturaleza creativa, tornándose en simple pasividad: simple receptáculo o bestia de carga que desconfía de los demás porque se experimenta a sí mismo en primer término como egoísta. Con todo, no sugiero aquí la cancelación del trabajo asalariado, pero sí la apertura y ensanchamiento de un espacio en que ejercer nuestra libertad. Pongamos un ejemplo: el aumento salarial tendría que venir acompañado de una reducción efectiva de la jornada laboral. Ésta dura, al menos en México, más de las ocho horas reglamentarias, si tomamos en cuenta la calidad de la transportación capitalina. Al final del día, al trabajador no le queda tiempo para dedicarse a sí mismo. No tiene ya tiempo de ser persona (con todo lo que esto implica: cosechar gustos, opiniones, proyectos). Aplaudo la iniciativa de aumentar el salario mínimo, pero me consterna que la iniciativa no apunte a un programa de reestructuración social de mayor envergadura.

EDÚCATE TU MISMO

Edúcate tu mismo Por Marcus Garvey
(En la casa o en la calle)
Nunca debes dejar de aprender. Los más grandes hombres y mujeres del mundo fueron personas que se educaron a sí mismas fuera de las universidades, con todo el conocimiento que la universidad da, y tú tienes la oportunidad de hacer lo mismo que los estudiantes de la universidad hacen: leer y estudiar.
Uno nunca debe dejar de leer. Lee todo lo que puedas que sea de conocimiento estándar. No desperdicies tu tiempo leyendo literatura basura. Es decir, no prestes ninguna atención a las novelas de diez centavos, historias del viejo oeste ni a los libros sentimentales baratos. Pero donde haya una buena trama y una buena historia en la forma de una novela, léela. Es necesario leerla con el propósito de obtener información sobre la naturaleza humana. La idea es que la experiencia personal no es suficiente para un humano, para obtener todo el conocimiento útil de la vida, porque la vida individual es muy corta, así que debemos alimentarnos de la experiencia de otros. La literatura que leemos debe incluir la biografía y autobiografía de hombres y mujeres que han alcanzado grandeza en su línea particular. Cuando sea que puedas compra estos libros y poséelos, y mientras los lees has anotaciones con lápiz o lapicero de las oraciones impactantes y párrafos que te gustaría recordar, así cuando tengas que remitirte al libro, por cualquier pensamiento sobre el que te gustaría refrescar tu mente, no tendrás que leer el libro entero.
Utiliza cada minuto libre que tengas en leer. Si vas a un viaje que te tomará una hora lleva algo para leer en esa hora hasta llegar al lugar donde vas. Si estás sentado esperando a alguien, ten algo en el bolsillo para leer hasta que la persona llegue. No desperdicies tiempo. Cada momento que creas que tienes para desperdiciar, pásalo leyendo algo. Lleva contigo un pequeño diccionario de bolsillo y estudia palabras mientras esperas o viajas, o un pequeño volumen sobre un tema particular. Lee al menos un libro cada semana, separado y distinto de tus periódicos y revistas. Esto significará que al final de un año habrás leído 52 diferentes temas. Tras cinco años habrás leído 250 libros. Entonces, podrás ser considerado un hombre bien instruido o una mujer bien instruida y habrá una gran diferencia entre ti y una persona que no ha leído ni un libro. Serás considerado inteligente y la otra persona será considerada ignorante. Tú y esa persona por lo tanto estarán viviendo en dos mundos diferentes: uno en el mundo de la ignorancia y otro en el mundo de la inteligencia. Nunca te olvides de que la inteligencia gobierna el mundo mientras que la ignorancia lleva las cargas. Así pues, aléjate tan lejos como sea posible de la ignorancia y busca tan lejos como sea posible ser inteligente.
Debes leer la mejor poesía para obtener inspiración. Los poetas estándar han sido siempre los más grandes inspiradores creadores. De una buena línea de poesía, tú podrías obtener la inspiración para la carrera de tu vida. Muchos hombres y mujeres grandes fueron primero inspirados por una línea atractiva o verso de poesía.
Hay buenos poetas y malos poetas justo como hay buenas novelas y malas novelas. Siempre selecciona los mejores poetas para tu impulso inspirador.
Lee historia incesantemente hasta que la domines. Esto quiere decir, tu propia historia nacional, la historia del mundo, historia social, historia industrial, y la historia de las diferentes ciencias; pero primariamente la historia del hombre; si tu no sabes que pasó antes de que vinieras aquí y qué está pasando en el tiempo en que vives, lejos de ti, no conocerás el mundo y serás un ignorante del mundo y la humanidad.
Solo podrás hacer lo mejor de la vida al conocerla y comprenderla; para conocerla debes sumergirte en la inteligencia de otros que vinieron antes que tí y han dejando sus registros.
Para ser capaz de leer inteligentemente, debes primero ser capaz de manejar el idioma de tu país. Para hacer esto, debes estar bien informado de su gramática y de la ciencia de esta. Cada seis meses debes leer una vez más sobre la ciencia del lenguaje que hablas, para así no olvidar sus reglas. Las personas te juzgan por tu escritura y hablar. Si hablas y escribes incorrectamente, ellos se predisponen hacia tu inteligencia; y si hablas mal e incorrectamente, aquellos que te oyen, se repugnan y no te prestarán mucha atención, sino que en sus corazones se reirán detrás de ti. Un líder, quien es para enseñar a los hombres y presentar cualquier hecho de verdad al hombre, debe primero ser docto en su tema.
Nunca leas o escribas sobre un tema acerca del que no conoces nada, pues siempre hay alguien que conoce sobre el tema particular para reírse de ti o hacerte una pregunta embarazosa que pueda hacer a otros reírse de ti. Puedes conocer sobre cualquier tema bajo el sol leyendo acerca de él. Si no puedes comprar los libros enseguida y poseerlos, ve a las bibliotecas públicas y léelos allí, o pídelos prestados, o únete a alguna biblioteca circulante en tu distrito o pueblo para obtener el uso de estos libros. Debes hacer eso para que puedas referirte a ellos por información.
Debes leer al menos cuatro horas al día. El mejor tiempo de lectura es en la tarde, después que te has retirado de tu trabajo y descansado, y antes de las horas de sueño; pero hazlo antes de la mañana, de manera de que lo que has leído se convierta a tu subconsciente. Eso es decir, plantado en tu memoria. Nunca te vayas a la cama sin hacer algo de lectura.
Nunca mantengas la constante compañía de alguien que no sabe tanto como tú o no es tan educado como tú y de quien no puedas aprender algo o corresponder tu conocimiento, especialmente si esa persona es iletrada o ignorante, pues la constante asociación con tales personas te causará ser llevado dentro de la cultura peculiar o ignorancia de esa persona. Siempre trata de asociarte con personas de quienes puedas aprender algo. El contacto con personas cultas y con libros es la mejor compañía que puedes tener y conservar.
Leyendo buenos libros mantienes la compañía de los autores o de los temas del libro, cuando de otra manera no puedes encontrarlo en el contacto social de la vida. NUNCA DESCIENDAS EN INTELIGENCIA a la de aquellos que están debajo de ti, pero de ser posible ayuda a levantarlos a tu nivel y siempre trata de superar a aquellos que están sobre ti y ser su igual con la esperanza de ser su maestro.
Continúa siempre en la aplicación de aquello que deseas educacionalmente, culturalmente, o de otro modo, y nunca renuncies hasta que hayas alcanzado el objetivo. Tú puedes alcanzar el objetivo si otro(s) lo han hecho antes de ti; probando ellos al hacer esto que es posible.
En tu deseo de alcanzar grandeza, debes primero decidir en tu propia mente en que dirección deseas buscar tal grandeza, y cuando lo hayas decidido en tu propia mente, trabaja incesantemente hacia esto. La cosa particular que tu puedas querer debe estar ante ti todo el tiempo y lo que sea que tome el obtenerlo o hacerlo posible, debe emprenderse. Usa tus facultades y persuasión para alcanzar todo en lo que determines en tu mente.
Nunca trates de repetirte a ti mismo en algún discurso repitiendo una y otra vez la misma cosa excepto cuando estas elaborando nuevos puntos, pues la repetición es cansosa y molesta a aquellos que oyen la repetición. Por lo tanto, trata de poseer tanto conocimiento universal como sea posible a través de la lectura, para así ser capaz de liberarte de la repetición al tratar de conducir a un punto.
Nadie está nunca muy viejo para aprender. Por lo tanto debes tomar ventaja de cada facilidad educacional. Si escuchases de un gran hombre o mujer que va a dar una conferencia o hablar en tu ciudad sobre un tema dado y la persona es una autoridad en el tema, siempre haz tiempo para ir y escucharle. Esto es lo que se quiere decir por aprender de otros. Debes aprender los dos lados de cada historia, para así ser capaz de debatir apropiadamente una pregunta y mantener tu causa con el lado que apoyas. Si tú solo conoces un lado de la historia, no podrás discutir inteligentemente ni efectivamente. Como por ejemplo, para combatir el comunismo, debes conocer acerca de esto, de otro modo las personas tomarán preeminencia de ti y ganarán una ventaja sobre tu ignorancia.
Cualquier cosa que vayas a retar, debes primero conocer acerca de ella, para así ser capaz de derrotarla. En el momento que seas ignorante sobre algo, la persona que tenga la inteligencia de esa cosa te derrotará. Por lo tanto, obtén el conocimiento, obtenlo rápido, obtenlo estudiosamente, pero obtenlo de cualquier modo.
Conocimiento es poder. Cuando conoces una cosa y puedes sostener tu fundamento sobre esa cosa y ganar sobre tus oponentes sobre esa cosa, aquellos que te oyen aprenden a tener confianza en ti y confiarán en tu habilidad.
Nunca, por lo tanto, atentes contra algo sin ser capaz de defenderte en esto, pues cada vez que eres derrotado te quita tu prestigio y no eres tan respetado como antes.
Todo el conocimiento que quieras está en el mundo, y todo lo que tienes que hacer es ir y buscarlo, y no parar hasta que lo hayas encontrado. Puedes hallar conocimiento o la información acerca de ello en las bibliotecas públicas, si no está en tu propia biblioteca. Trata de tener un libro, y poseerlo, sobre cada pequeño conocimiento que tú quieras. Generalmente puedes obtener estos libros en las tiendas de segunda mano a veces por un quinto del precio original.
Siempre ten un bien equipado mueble de libros. Casi toda la información sobre la humanidad puede ser encontrada en la Enciclopedia Británica. Este es un juego de libros caro, pero trata de obtenerlo. Compra una edición completa para ti y mantenla en tu hogar, y cuando sea que estés con duda sobre algo ve a ella y lo hallarás allí.
El valor del conocimiento es usarlo. No es humanamente posible para una persona retener todo el conocimiento del mundo, pero si una persona sabe como buscar todo el conocimiento del mundo, él le hallará cuando quiera.
Un doctor o un abogado, aún cuando haya aprobado su examen en la universidad, no conoce todas las leyes y no conoce todas las técnicas de medicina, mas tiene el conocimiento fundamental. Cuando quiere un tipo particular de conocimiento él va a sus libros médicos, o a sus libros de ley y se refiere a la ley particular, o a cómo usar la receta de medicina. Tú debes, por lo tanto, saber donde hallar tus cosas y usarlas como quieras. Nadie sabrá de donde las obtuviste, pero tendrás las cosas, y al usarlas correctamente ellos te pensarán una persona maravillosa, un gran genio, y un líder confiable.
En la lectura no es necesario u obligatorio que estés de acuerdo con todo lo que lees. Debes siempre leer o aplicar tu propio razonamiento a lo que has leído basado sobre lo que ya conoces tocante a los hechos de lo que has leído. Pasa un criterio acerca de lo que lees basado en estos hechos. Cuando digo hechos, quiero decir cosas que no pueden ser disputadas. Puede que leas pensamientos que son viejos, y opiniones que son viejas y han cambiado desde que fueron escritas. Debes siempre buscar para hallar los últimos hechos sobre ese tema particular, y solo cuando estos hechos son consistentemente sostenidos en lo que lees, deberás estar de acuerdo con ellos. De otro modo estás titulado a tu propia opinión.
Siempre ten conocimiento a la fecha. Puedes reunir esto de los últimos libros y las últimas publicaciones, diarios y periódicos. Lee tu periódico diario cada día. Lee un periódico mensual estándar cada mes, una revista estándar cada trimestre y por esto hallarás el nuevo conocimiento del año entero además de los libros que lees, cuyos hechos no se han alterado en ese año. No mantengas viejas ideas, entiérralas a como llegan las nuevas.
Si tienes una biblioteca por tu cuenta, asegúrala cuando no estés en casa. Pasa la mayoría de tu tiempo libre en tu biblioteca. Si tienes un radio mantenlo en tu biblioteca y úsalo incesantemente para escuchar lecturas, recitales, discursos y buena música. Puedes aprender mucho de la radio. Puedes inspirarte mucho por buena música (líneas repetidas). La buena música lleva el sentimiento de armonía, y puedes tener muchos grandes pensamientos de escuchar buena música.
SALUDOS

OLOR A MAESTRO



Olor a Maestro
Un alumno me dijo un día:
- “Maestro, cómo hueles agradable”
Y yo le dije:
- “Pero Javier, ¿A qué puedo oler si no uso loción, ni perfumes? Con seguridad no huelo a nada”.
- Te equivocas maestro, hueles agradable, hueles a maestro, me contestó con rostro sonriente.
Esta respuesta me embarga de emoción y me hace reflexionar. Es una respuesta hermosa, llena de amor y de ternura. Hueles a maestro. Yo nunca había pensado en ese olor, no lo había llamado así, nunca supe definirlo, pero ahora se que es mi profesión, huele dulcemente a maestro.
Hueles a maestro cuando surcas las semillas del saber, cuando estás lleno de ternura, de amor, de cariño, de comprensión, de amigo, de facilitador, de intermediador.
Hueles a maestro cuando les dedicas todas tus energías a enseñarles, cuando no comprenden la sesión. Hueles a maestro cuando soportas sus griteríos, su desinterés, su falta de ánimo, cuando les hablas de sus deportes favoritos, aunque tú no entiendes nada.
Hueles a maestro cuando los reprendes a tiempo e impones una disciplina dulce y firme.
Hueles a maestro cuando sabes decir “Si” y cuando sabes decir “No”.
Hueles a maestro cuando juegas con tus alumnos sin importarte que pasó con tu arreglo, cuando con ellos vuelves a ser niño (a) y compartes el juego con el trompo, la pelota, la bola.
Hueles a maestro cuando con ellos cantas y cuentas cuentos, cuando escuchas sus quejas y oyes sus problemas y te haces amigo.
Hueles a maestro cuando alientas, animas, consuelas en los momentos tristes y eres amable con ellos.
Hueles a maestro cuando das tu tiempo enseñándoles la lección.
Hueles a maestro cuando te preocupas por mejorar y aprender a ser maestro, con humildad y sencillez las 24 horas del día.
Hueles a maestro cuando les enseñas a potencializar el aroma de las virtudes humanas.
Hueles a maestro cuando les enseñas hacer el bien y a evitar el mal.
Hueles a maestro cuando eres coherente con lo que dices y haces.
Hueles a maestro cuando les enseñas a perdonar y no a odiar.
Mi alumno me dijo que yo olía a maestro y yo me siento muy feliz. Ojala todos los maestros tuviéramos siempre ese noble y dulce olor a maestro.

ZAPALINAMÉ, LA LEYENDA

Zapalinamé, cuenta la leyenda…
A propósito del muro verde que se está “construyendo” para proteger la sierra Zapalinamé, nuestro gigante dormido representa mucho para Saltillo y el sureste de Coahuila, no sólo desde el punto de vista ecológico, sino incluso histórico y mitológico, dado lo que cuenta la leyenda, recopilada por don Juan Marino Oyervides Aguirre en su libro Relatos y Leyendas del Saltillo Antiguo, aquí se las dejo:
Zapalinamé
A la montaña al oriente del Valle de Saltillo, la voz del pueblo le ha dado varios nombres: del Cuatro, del Muerto o del Dormido; no obstante los antiguos originalmente lo conocieron e identificaron como de Zapalinamé en honor al caudillo de la tribu regional de los huachichiles que dieron batalla a los fundadores de la Villa de Santiago a fines del siglo XVI.
La colonización española en la comarca nunca fue fácil, los historiadores hablan de que incluso algunas veces Saltillo fue abandonado, la resistencia que opusieron los huachichiles y borrados, parcialidades chichimecas fue denodada, muy a su manera, y en ocasiones sin dar ni pedir cuartel.
Guardando las proporciones, aquí también se dieron caudillos que, como Cuauhtémoc, “El Águila que Cae”, prefirieron luchar, o al menos mantener la libertad antes que rendirse a los blancos. Maquisaco, Maquemachichihuac, Cilapán y por último Zapalinamé fueron, entre otros, los que lo hicieron, y si bien aquí no se dieron épicas batallas o lances heroicos en comparación con los que sucedieron en el Valle de México, la gallardía de los caudillos mencionados, por un lado, y el arrojo y la valentía de don Francisco de Urdiñola por el otro, están probados por lo que consignan las crónicas del pasado.
Los alzamientos de los huachichiles y borrados en la región fueron periódicos, entre los que destacan los de 1580 y 1586, en este último año, Zapalinamé y Cilapán asolaron el valle y de plano desbordaron la escasa guarnición de la villa. Después dieron otra batalla en las cercanías, en la que la victoria quedó indecisa y el poblado en gran peligro.
En esos lances se dice que llegaron a destruir un convento franciscano de reciente creación; hay que anotar que la actitud de los indígenas estaba bien justificada, pues los españoles eran muy inclinados a tomarlos como esclavos. Después de aquellos sucesos, don Francisco de Urdiñola y don Diego de Aguirre decidieron partir de Saltillo a abatir a los caudillos, siendo tan dura y difícil la refriega que, aunque el triunfo correspondió a los castellanos, Urdiñola decidió hacer un llamado diplomático y conciliador para los arreglos de la paz, sabedor el hispano de que les había ganado una batalla, mas no la guerra. Los caudillos aceptaron, no obstante Zapalinamé sabía por experiencia que concertar la paz con los blancos era una circunstancia muy volátil, y que así como se acordaba un día, se esfumaba los subsecuentes.
Después del tratado, el líder de los aborígenes trató de vivir en Saltillo a petición de Urdiñola, pero no se acomodaba a la cultura y tradición castellanas por un lado, y por el otro también empezó a ver cómo los españoles tendían a maltratar a su gente, así como a los indígenas de otras parcialidades chichimecas, como los pachos y rayados.
Otro aspecto que no era muy de su agrado era el ver cómo los habitantes del poblado hispano se apoderaban del agua cuyos manantiales regaban y hacían fértil la flora y fauna del valle, y todo eso aparte de alterar la ecología circundante, iba en detrimento de los suyos, pues conocedor del medio, sabía que en adelante las piezas de caza se retirarían haciendo aún difícil la vida a los huachichiles y borrados.
Viendo todo aquello y reflexionando que le era imposible acabar con el poblado de los intrusos, el caudillo un día organizó a los suyos por la noche y con sigilo abandonaron la villa, remontándose de nuevo a las serranías más próximas, prefiriendo vivir libres el resto de sus días en lo agreste de las montañas del oriente de Saltillo.
Cuenta la leyenda que unos años después murió el caudillo en la cima de una de ellas, y que los suyos lo tendieron con la cara al sol, como fue su actitud ante las adversidades, y entonces sucedió un fenómeno particular fantástico: viendo los elementos la gallardía y el orgullo que mostró ante la vida aquel indio, en su honor agigantaron su figura tomando sus formas la montaña cubriéndolo de rocas, de tal manera que aún se aprecian su penacho, su cabeza, su amplio pecho, su brazo derecho, sus pies, en fin, todo su cuerpo tendido; quedando así acompañándonos por los siglos de los siglos, hasta la consumación de los tiempos.