domingo, 20 de noviembre de 2011

Reflexiones sobre la Revolución Mexicana

Durante el Porfiriato (1877 a 1910) la situación general en la república era muy difícil, en el campo las jornadas eran “de sol a sol”, el pago se esfumaba en las tiendas de raya sin siquiera poder detener la marcha ascendente del crónico adeudo, el abuso patronal se ejemplifica con el inmoral “Derecho de Pernada” que obligaba al contrayente nupcial a ceder su lugar al patrón en la noche de bodas, etcétera; en la ciudad, obreros y empleados eran explotados impunemente, no tenían prácticamente ningún derecho, no podían reunirse para defenderse o exponer sus quejas al patrón, mucho menos para solicitar revisiones salariales o manifestar su desacuerdo con los sistemas de trabajo, no había entidades a las que pudiesen acudir a solicitar apoyo, etcétera; la situación social presentaba también serias limitaciones, no había ni remotamente esperanzas de algún cambio político, el analfabetismo campeaba en la mayoría de la población y el nivel educativo no sobrepasaba el cuarto grado del nivel primario, las condiciones médico-asistenciales eran casi nulas por lo que la esperanza de vida rondaba los 45 años; las viviendas eran de adobe generalmente, muy pocas contaban con servicio de agua entubada y mucho menos con drenaje -la energía eléctrica surgió a finales del siglo 19-, la infraestructura urbana y de comunicaciones de todo tipo era deplorable, en fin, era un cuadro inimaginable, de carencias y dificultades en todos aspectos, cuya solución no se visualizaba de ninguna forma.

Ahora bien, dado que el régimen del presidente Díaz acumulaba 33 años en el poder y sus 80 de edad no auguraban viable el cambio requerido, las ideas democráticas de don Francisco Madero hicieron brillar la luz de la esperanza en un México más justo, con mayores y mejores oportunidades para todos, lo que finalmente hizo realidad el movimiento armado de 1910 a 1921.

Más de un millón de compatriotas, casi todos en edad productiva, perdieron sus vidas, fueron once años que paralizaron la economía lo que indudablemente significó un considerable retroceso en el incipiente desarrollo implementado por don Porfirio y, por supuesto, en el natural avance institucional de la República. Graves pérdidas en vidas, tiempo y recursos que nos obligan a cuestionar: ¿Valió la pena tanto afán?

Sin embargo, debe quedar claro que este movimiento social hizo posible nuestra vigente Carta Magna, ejemplo mundial de apertura sociopolítica en su tiempo, cuyos postulados lograron allanar los senderos hacia una patria más equitativa, donde cada mexicano con deseos de superación encuentra acceso a un porvenir con mejores espectativas. Este solo resultado, opinan especialistas, cubre las esperanzas del cambio anhelado por tanto tiempo.

Estamos conscientes de que aún falta mucho por hacer, que han existido desviaciones que han pretendido alejarnos del objetivo, pero también sabemos de los amplios recursos con que contamos y sobre todo de la calidad de nuestros compatriotas para superar cualquier clase de obstáculos. Ante este escenario que hemos pretendido exponer en forma realista y desapasionada, usted qué opina, estimado lector: ¿Valió la pena la Revolución?

domingo, 13 de noviembre de 2011

El necio y su necedad

“No hay peor sordo que el que no quiere oír”, decimos comúnmente, y La Biblia en los Salmos dejó escrito: “Tienen oídos y no oirán; tienen narices y no olerán”. Estas frases se aplican a toda persona que por lo general es necia.

Toda conducta necia daña a los necios, pero también daña al círculo más próximo del necio, y en ocasiones, la necedad de un hombre de gran influencia, como el que ostenta la máxima autoridad de un país, afecta a millones de personas.

Algunos de nosotros somos por deformación psicológica, necios, aunque jamás lo admitamos, pues necios sólo son los demás. La necedad es prima de la intolerancia, pues a toda persona que no piense como nosotros, la acusamos de necia, porque no podríamos acusarla de intolerante. En este caso, el intolerante padece de una constante necedad. Dice Cicerón que “es propio de los necios ver los defectos ajenos y olvidarse de los suyos”, y a tal grado es así, que en el caso de los errores, toda persona cuando comete un error, procura no volver a incurrir en él, mientras que el necio, conscientemente, lo vuelve a cometer.

Para Cicerón, la necedad es la madre de todos los males. ¿Cuál es el porcentaje de los necios? En realidad no lo sabemos, pero su número ha de ser considerable si nos atenemos a lo que La Biblia dice en el Eclesiastés: “Infinito el número de los necios”. A excepción de los débiles mentales que padezcan una debilidad orgánica o que haya sufrido lesiones cerebrales severas, la necedad de las personas nada tiene que ver con el grado de inteligencia, sino que es el resultado de una deficiente educación emocional. Generalmente la necedad se da en aquellas personas que sufrieron una educación severa e inflexible en su infancia por parte de sus padres. Padres intolerantes y rígidos, causan trastornos emocionales en sus hijos al estrecharles el campo de sus libres elecciones. Cuando un niño no encuentra un buen abanico de opciones dadas por sus padres, sino solamente caminos únicos, rígidos e inflexibles, el niño ya de joven y de adulto tenderá a comportarse rígidamente, al igual que la madre o el padre dominante.

Por lo general, toda persona necia fue castigada severamente, ya fuera de palabra o de manera física por sus padres.

Toda persona rígida muestra comportamientos nada creativos, pues no cuenta con opciones, ya que fue educado de manera estrecha. La persona necia le tiene un gran miedo y respeto a todo lo que signifique una figura de autoridad, pues estas figuras no son más que meras prolongaciones de la enorme figura de autoridad que fue su padre, madre o ambos.

El necio le tiene un miedo difuso a la vida, pues no ha sido capaz de elaborar para sí una auténtica y genuina ciencia de la vida, de su particular vida y de la manera como interactúa en la vida de los demás. El necio padece de una pobre capacidad para detectar y comprender la realidad, pues su realidad interna tan estrecha siempre, la quiere sobreponer a la realidad real. El necio es amante de las reglas inflexibles, de lo igual, de lo repetido y de los esquemas cerrados.

¿Ante tantos sufrimientos y males que padecen y causan los necios, existe alguna esperanza real a fin de que el necio deje de serlo y llegue a ser una persona sensata y flexible?

Pienso que definitivamente todo necio puede curarse casi por completo, y algunos, completamente. El primer factor para la curación de la necedad, es el más difícil: tomar plena conciencia de que se es necio, al igual que la única manera para que un alcohólico permanezca sobrio, es reconocer precisamente que se es un alcohólico. Si no se da cuenta de esto, si no lo admite, y si no está dispuesto a abandonar su necedad, jamás podrá curarse.

El necio no sabe con certeza quién es y qué es, como tampoco sabe quién es y cómo es su prójimo. Una vez que el necio ha tomado conciencia de su permanente necedad, que lo ha aceptado, y que desea curarse, ha conquistado lo más importante. Posteriormente, deberá estar muy vigilante en su conducta con los demás. No será necesario que pase años investigando su desafortunada niñez, sino que tendrá que abocarse a vigilar día a día su conducta, a fin de caer en la cuenta de las distintas maneras como se comporta neciamente.

ésta será una tarea similar al alcohólico que reconoce que lo es y que se propone no tomar en las próximas 24 horas. Igualmente, el necio deberá proponerse esforzarse al máximo en las próximas 24 horas, de ser tolerante, flexible y renunciar a su loca idea de querer tener siempre la razón.

A medida que el necio se conduzca de manera diferente cada día, empezará a formarse por vez primera, una personal ciencia de la vida. Sólo a partir de conductas contrarias a su necedad, podrá dejar de serlo y además, los frutos muy pronto los empezará a cosechar. ¿En cuánto tiempo empezará a cosecharlos? Los empezará a recolectar desde el primer día, y sorprendentemente, muy pronto verá su vida enormemente fructífera en todos los sentidos de su existencia.

La necedad de una persona implica una sordera para escuchar el punto de vista del prójimo. El necio no se ha dado cuenta de que es absolutamente imposible que siempre pueda tener la razón.

Carlos Delessert escribió en su obra, “El hombre ante el misterio”, que “Nunca hubo necio alguno que se reconociera serlo”. En la mayoria de los casos, la afirmación de éste escritor es cierta. Pero por supuesto, que el necio puede curarse por completo, siempre y cuando advierta que su necedad mucho tiene de miedo y de minusvalía personal.

¡Quien renuncia a su necedad, se abre a una vida nueva!

Actitud

¡Todos queremos tener las mejores actitudes, pues sabemos, que de aplicarlas, nuestras vidas mejorarían enormemente!

Seguramente, adoptar la actitud correcta en los momentos precisos y en las circunstancias apropiadas, constituye uno de los instrumentos más poderosos y eficaces de los seres humanos para aumentar muchísimo nuestra calidad de vida en casi todos los sentidos.

Estoy absolutamente convencido de lo que escribió sobre la actitud, el psicólogo y filósofo estadounidense William James, quien nació en 1842 y falleció en 1910. Este psicólogo, uno de los más importantes, padeció durante mucho tiempo de profundas depresiones nerviosas, prolongadas melancolías, y de todo el abanico de emociones que abaten a una persona.

William James trató de suicidarse varias veces, pero logró estabilizar emocionalmente su vida y hacer importantes aportaciones a la ciencia de la psicología. Durante la vida de James, no existían los antidepresivos ni los fármacos contra la ansiedad.

Lo más probable es que sus graves depresiones obedecieran a un desbalance de su química cerebral y no a problemas psicológicos ni existenciales.

A pesar de no contar con los fármacos que su cerebro necesitaba, James, gracias a su profunda sabiduría, logró llevar una vida enormemente productiva. He leído muchos estudios de éste psicólogo, por lo que creo que sus afirmaciones son muy sabias y profundamente científicas.

Me he extendido en dar a conocer algunos datos de William James, en virtud de que lo más confiable e importante que se ha dicho sobre la actitud se lo debemos a este psicólogo y filósofo estadounidense.

En el siglo 19, William James escribió:

“El descubrimiento más grande de mi generación, es que un ser humano puede modificar su vida cambiando su actitud mental”.

Por “actitud mental”, James entendía tanto las ideas como las emociones. Y aquí podemos empezar a coger el hilo por la punta, a fin de poder conocer de qué se compone toda la madeja de la actitud.

¿Por qué razón no adoptamos ni podemos adoptar la actitud correcta que más nos beneficiaría? ¡Esta es la pregunta que no se han planteado ni los psicólogos científicos ni los escritores de libros de autoayuda!

¡En ningún libro de autoayuda jamás he leído cuál es la “naturaleza” de toda actitud, como tampoco la manera, la forma, las condiciones que debemos seguir para “aplicar” la actitud adecuada o que deseamos!

En primer lugar, deseo transcribir íntegramente un corto ensayo que sobre la actitud escribió Charles Swindoll, y que aparece traducido al español en la obra del doctor Don Colbert, titulada “Emociones que matan”, y editada por Grupo Nelson, en 2011, en Estados Unidos.

Este corto ensayo sobre la actitud es el siguiente:

“Las palabras jamás pueden transmitir adecuadamente el increíble impacto de nuestra actitud hacia la vida. Cuanto más vivo tanto más me convenzo de que la vida es un 10% lo que nos sucede y un 90% el modo en que reaccionamos ante ello.

“Creo que la decisión más importante que puedo tomar día a día es qué actitud tener. Es más importante que mi pasado, mi educación, mi cuenta bancaria, mis éxitos o fracasos, la fama o el dolor, lo que otros piensan o dicen acerca de mí, mis circunstancias o mi posición.

La actitud me permite seguir andando o me impide el progreso. Alimenta mi fuego o ataca mis esperanzas. Cuando mis actitudes son las correctas no hay barrera demasiado alta, ni valle demasiado profundo, ni sueño demasiado extremo, ni desafío demasiado grande para mí”.

La importancia de la actitud sobre la que escribe Charles Swindoll es lo mejor que he leído, pero aun así, este autor nada nos dice sobre la “naturaleza” de la Actitud ni de los mecanismos para su adopción y aplicación.

Empezaremos diciendo que toda actitud es una “disposición de ánimo”, y en tal sentido, su “naturaleza” es de orden emocional, aunque esta naturaleza emocional siempre incluye procesos de nuestra inteligencia: valoraciones, ideas, creencias racionales e irracionales, prejuicios, simpatías y antipatías, etc.

Don Colbert, doctor en Medicina de los Estados Unidos, sobre la actitud opina lo siguiente:

“En cierta medida, todas las emociones fatales derivan de nuestras actitudes. Y las actitudes son algo que podemos controlar. Podemos elegir cómo pensar y cómo sentirnos acerca de cualquier circunstancia, evento o relación en nuestra vida. Podemos elegir en gran medida cómo enfrentamos la pena, el resentimiento, la amargura, la vergüenza, los celos, la culpa, el miedo, la preocupación, la depresión, la ira, la hostilidad, y toda otra situación emocional que dispare una respuesta física”.

Actitud (segunda parte)
La columna pasada es indispensable para la comprensión cabal de la presente columna, por lo que no reiteraré cuestiones fundamentales vistas con anterioridad.

Todas nuestras actitudes: obras, comunicaciones con otras personas, pensamientos y emociones internas que no hemos exteriorizado, están formadas por “disposiciones de nuestro ánimo”, y por “decisiones” (equivocadas o acertadas) que deseamos ejercer. No existe ni una sola Actitud “fría”, es decir, sin componentes emocionales, como: enojo, simpatía, optimismo, pesimismo, odio, amor, etc. Nuestra conducta con otras personas podrá ser muy educada y respetuosa, aun y cuando nuestra disposición de ánimo sea de enojo.

Lo más importante es que tomemos conciencia de qué actitudes nuestras “adecuadas”, nos dan resultados deseados; y qué actitudes inadecuadas sabotean nuestros objetivos.

Una de las más equivocadas concepciones es creer que todas nuestras actitudes deben tener un “ánimo” positivo, calmado y triunfante. ¡No es así! Por ejemplo, si vamos a reclamar un derecho que nos han negado, o si hemos recibido una ofensa injusta, nuestra actitud correcta sería la de mostrar nuestra inconformidad y enojo.

Si una persona asiste al funeral de un familiar muy querido de un amigo, la actitud de llegar al funeral con un ánimo alegre, positivo y festivo, sería una actitud desastrosa. Si vamos a entrevistarnos con un posible cliente que queremos tener, y empezamos a expresarnos con desaliento, desconfianza y un ánimo de derrota anticipada, nuestra actitud será totalmente inadecuada.

Con mucha frecuencia, las actitudes que adoptamos ante los sucesos que nos pasan, no están soportadas o apoyadas por las “disposiciones de ánimo” más adecuadas. ¡No nos damos cuenta de esto, y de ésta inconsciencia se derivan muchos contratiempos y daños en nuestro perjuicio y en perjuicio de otros! Por esto, lo más importante que está bajo nuestro control, es preguntarnos en qué “disposición de ánimo nos encontramos” ante la necesidad de decir algunas cosas o actuar de una determinada manera. Derivado de lo anterior, sí podemos (en la mayoría de los casos) “hacernos cargo de nuestras actitudes”. Y por esto, nada más importante que estarnos planteando permanentemente, la siguiente pregunta: ¿Es éste el modo, la forma, la manera como quiero pensar, sentirme, comunicarme y actuar?

El solo planteamiento de esta pregunta nos conducirá poco a poco, a frenarnos ante nuestro primer impulso. “Frenarnos”, será una palabra clave en lo futuro de nuestra vida (esta palabra la podemos escribir en alguna tarjeta que llevemos siempre, por un tiempo bastante largo, hasta que nos acostumbremos a pensar siempre en la palabra, “frenarnos”).

“Me dejé ir”, “no me pude detener”, “me ganó el coraje, la prisa, etc.”, son frases muy frecuentes en personas que dañaron a otros y que ofendieron sin razón alguna.

“Frenarnos”, es el “stop”, el aviso de que sí está a nuestra disposición durante unos días, horas, minutos o segundos “entre” nuestra reacción emocional y nuestra acción, el detenernos. Esos segundos pueden salvar nuestra vida, llevar a feliz término un negocio, conciliar un conflicto, aun y cuando nuestra “disposición de ánimo” sea de odio, vergüenza, tristeza, pánico, etc.

La española María Moliner, en uno de los mejores diccionarios elaborados en la historia de la lengua española (“Diccionario del uso del Español”, publicado por la editorial Gredos de España), nos da el siguiente catálogo de disposiciones de ánimo relativos a la forma de concretarse una actitud, y que son las siguientes, entre otras:

Ademán, gesto, actitud abierta, absurda, amistosa, arrogante, benévola, clara, comprensiva, confiada, desconfiada, desdeñosa, despectiva, displicente, estúpida, gallarda, hostil, humilde, improcedente, incomprensible, inconveniente, prudente, rebelde, reservada, soberbia, sospechosa, sumisa.

Las anteriores son maneras de estar dispuestos a comportarnos u obrar.

La vida la vivimos a “momentos”, y nuestra existencia puede ser excelente en muchos sentidos, en la medida en que sepamos y estemos dispuestos a adoptar la actitud más adecuada que nos exijan esos “momentos” de nuestra vida. Si queremos llegar a ser más amistosos con las personas, nada mejor que adoptar una actitud de empatía. Esto me recuerda lo que dijo la gran estadista de la India, Indira Gandhi: “Con el puño cerrado no puedo intercambiar un apretón de manos”. Nuestros puños cerrados nos revelan una actitud agresiva y no amistosa. Winston Churchil, el enorme Primer Ministro de Inglaterra, y uno de los estadistas que más luchó contra el nazismo y el fascismo, y defensor de las libertades, una vez, afirmó: “Las actitudes son más importantes que las aptitudes”.

¡Claro que nuestras actitudes son más importantes que nuestras aptitudes, y también, que nuestros conocimientos e inteligencia! ¡Las actitudes son lo principal para mejorar nuestra existencia!

Cool… tura Web

A favor de lo mejor

“¿No es verdad ángel de amor, que en esta pantalla fría, hallaremos una guía para pasárnosla mejor?”.

Uno de los principales problemas al que nos enfrentamos en la actualidad es la falta de “cultura tecnológica”.

¡Cómo! ¡Si todo mundo hoy día vive frente a un monitor y hace uso de cuanto avance tecnológico sale al mercado!

Pues sí, pero confundimos la verdadera utilidad que los medios pueden ofrecernos con convertirnos en “esclavos” de ellos.

¿De qué manera podemos hacer uso de la tecnología, sin que ésta haga uso de nosotros?

Una posible solución es contemplar las nuevas tecnologías sólo como herramientas, y no como la única respuesta a todos los problemas. Sin olvidar la existencia de otras fuentes de consulta (libros, periódicos, etcétera) existe la posibilidad de enriquecernos culturalmente con nuestro monitor.

Si tú disfrutas de los adelantos tecnológicos, te invitamos a que aprendas a explotarlos. Utilízalos, aprovéchalos y conviértelos en un verdadero mediador entre las posibilidades de “cooltura” que el ciberespacio brinda y tu “sed de conocimientos”.

En la red encontrarás opciones sobre música, pintura, danza, escultura, teatro, cine… ¡¡DE TODO!! Pero hay que saber buscar. Explora y conoce la nueva manera de cultivar tus conocimientos y de divertirte en línea, con algo más que “trivialidades cibernéticas”.

Nuestras sugerencias culturales son en su mayoría sitios mexicanos. No te quedes sólo con esto, busca y comparte todas estas opciones con tus amigos y familia.

Visita http://www.observamedios.com sitio de A Favor de lo Mejor, en donde encontrarás páginas seguras y recomendadas por la Asociación para todo tipo de gustos y necesidades.

La Universidad del siglo 21

El nueve de septiembre anterior, con ocasión de cumplirse 125 años de la Universidad de Deusto, en Bilbao, el Superior General de la Compañía de Jesús, Adolfo Nicolás, impartió en ella la lección inaugural del curso 2011-2012.

Al margen de la investidura de quien impartió la lección, hay en ella elementos que bien pueden servir de referencia para las responsabilidades de toda universidad, especialmente las públicas y laicas, frente a una nueva era en la que todas las coordenadas científicas y sociales parecen haber dado un vuelco. Diez reflexiones propuso sobre la función histórica de las universidades y de sus perspectivas en el futuro.

La primera se refiere al equilibrio que debe buscarse entre las disciplinas científico-técnicas y las humanísticas, así como al necesario fomento de las investigaciones y estudios que exploren las zonas fronterizas entre esos dos campos del saber.

La segunda, a la necesaria salvaguarda que debe tener lugar del “sentido histórico” de toda universidad, que no es otro que la “búsqueda honesta y colectiva” del conocimiento, su preservación y acrecentamiento, para transmitirlo a las generaciones subsecuentes. Ello, a pesar y aun contra las exigencias del mercado.

La tercera, al deber de propiciar vías y maneras de difusión y de acceso al conocimiento que no sólo no incrementen las desigualdades, sino que las combatan, propiciando propuestas concretas para el desarrollo, comunitario e individual, de los más desfavorecidos.

La cuarta, que me parece clave, consiste en destacar el deber universitario de convertirse en puntal en la promoción y aplicación de modelos más justos en la relación económica, tanto entre las personas como entre los países.

La quinta se vincula con el deber de promover un conocimiento transformador de la sociedad, de la opinión pública y de la propia universidad, conforme a principios éticos de referencia (no hay que perder la brújula, se diría coloquialmente).

La sexta, tiene que ver con el diálogo intercultural, que siempre deberá propiciarse abriendo canales efectivos en ella para que aquél tenga lugar libre, respetuosa y creativamente.

En séptimo lugar y para de verdad promover el desarrollo integral de la persona, además de la difusión de conocimientos y adiestramiento de habilidades profesionales, la formación universitaria requiere del cultivo de una inquietud cultural, humanística, que capacite a los alumnos para ser “ciudadanos conscientes y críticos, sensibles a la verdad, a la bondad y a la belleza”, al tiempo que les permita inquirir libremente acerca del mundo y la historia. Es decir, los objetivos fundamentales de la formación integral de los alumnos tres: adquirir conocimientos (saber); entrenar sus capacidades y competencia profesionales (saber hacer); adquirir familiaridad con la cultura, una conciencia ciudadana y global, y aprender valores éticos trascendentes que inviten a transformar el mundo (saber ser, saber estar y saber convivir).

Deberá fomentar en los alumnos el pensamiento autónomo, dice en octavo lugar, de manera que, con sentido crítico, puedan afrontar la avalancha de información característica de todo tiempo presente y futuro, proporcionándoles criterios de solvencia para la búsqueda y creación de fuentes rigurosas, sin sesgos ideológicos o signados por intereses económicos o cualquier otra naturaleza espuria.

Deberá aprovechar las nuevas tecnologías de la comunicación, con creatividad, para desarrollar a partir de ellas mayores y mejores posibilidades formativas y participativas es el noveno punto.

El décimo, tener siempre presente que cada universidad es en sí misma un “proyecto social” y tiene, por tanto, la responsabilidad de insertarse, de integrarse se diría, en el sistema social de su entorno inmediato, pero también en el nivel global, participando activamente en el debate cultural, científico y ético, para iluminarlo y adquirir luz de él.

Más que la ausencia de vida

En un artículo muy interesante el arquitecto, posgraduado en marketing, Paulo Angelim, comenta que estamos acostumbrados a escuchar la palabra muerte sólo como la ausencia de vida. Sin embargo, existen otros tipos de muerte.

Afirma Angelim que la muerte es algo pasajero, una transformación. “No existe planta sin la muerte de la semilla, no existe el embrión sin la muerte del óvulo y del esperma, no existe mariposa sin la muerte de la oruga”.

La muerte no es más que el punto de partida para el inicio de algo nuevo, la frontera entre el pasado y el futuro.

Sí quieres ser buena universitaria, aconseja Angelim, mata dentro de ti a la adolescente que cree que tiene todo el tiempo por delante. ¿Quieres ser un buen profesionista? Entonces mata dentro de ti al universitario que se conforma con estudiar sólo lo suficiente para pasar los exámenes.

¿Quieres tener una buena relación con los demás? Entonces mata dentro de ti a la mujer insegura, al hombre celoso, al joven amargado, al adulto exigente, al padre inmaduro, al hijo egoísta, a la persona individualista que piensa que puede hacer planes solo, yendo por la vida sin compartir, sin servir, sin apoyar, sin agregar valor a las vidas de los demás.

¿Quieres tener buenas amistades? Entonces mata dentro de ti a la persona insatisfecha, mata la voluntad de manipular a las personas de acuerdo con tu conveniencia. Respeta a tus amigos, sirve a tus colegas de trabajo, haz por tus vecinos lo que te gustaría que hicieran por ti; no esperes a que los demás den el primer paso, dalo tú.

En fin todo proceso de evolución, coincide Angelim, exige que matemos a nuestro “yo” pasado, aquel ser de limitaciones, dudas, miedos, que se ve atrapado en un mundo inferior.

¿Y cuál es el riesgo de no actuar así? No evolucionar. Muchas personas no evolucionan porque se quedan atrapadas en lo que eran, no se proyectan para lo que serán o desean ser. Anhelan una nueva etapa, sin cambiar la forma en cómo piensan o actúan. Acaban transformándose, dice Angelim, en proyectos inacabados, híbridos, adultos infantilizados.

Podemos aún actuar, a veces, como cachorros, de tal forma que nos mantenemos con las virtudes de un niño que también son necesarias en los años de adultos, como jugueteos, sonrisas fáciles, vitalidad, creatividad, tolerancia, etcétera.

Más, sí quisiéramos ser adultos, debemos necesariamente matar algunas actitudes infantiles, para pasar a actuar como adultos, para que la inmadurez dé paso a la madurez, para que la oruga muera y nazca la mariposa, que se sabe libre, pero al mismo tiempo comprometida con los demás.

¿Especialistas en todo?

¿Especialistas en todo?
Hace unos 250 años el economista Adam Smith observó que 10 hombres trabajando por su cuenta en una fábrica de alfileres podían producir cada uno 200 piezas al día, pero cuando estos se especializaban en una línea de producción, ¡podían producir 48 mil! Una economía de expertos puede producir más que una de generalistas o “especialistas en todo”. Cuando la gente se especializa, destacan los economistas Robert E. Hall y Marc Lieberman, se reduce el tiempo no-productivo que implica cambiar de actividad, por lo que existe una mayor productividad. Y existe otro argumento a favor de la especialización, que viene de la observación empírica: quien se especializa en su verdadera vocación, además de ser muy productivo, logra un alto grado de satisfacción personal.

Así, quienes suben a la cima de su profesión no sólo lo hacen debido a sus habilidades técnicas, sino porque disfrutan ampliamente lo que hacen. Su grado de especialización está directamente vinculado a su grado de interés en un tema, vocación, tarea o área específica de conocimiento. Un verdadero experto se consolida no por obligación, sino por gusto. Y como consecuencia de su “maestría”, el experto deleita a su público, a sus clientes, a quienes sirve. Cuando alguien nos presenta un producto o servicio terminado hecho de corazón, la obra nos inspira, porque pasa de ser trabajo a ser arte. No sólo por interés económico, sino por salud mental, es importante especializarte en al menos un área. Te recomiendo los siguientes pasos, independientemente de tu situación personal o profesional. Puedes comenzar incluso en un campo nuevo que represente un reto fresco.

1. Identifica tu tema. ¿Cuál es aquel tema, industria, proyecto, sueño, especialidad, vocación, tarea, actividad, arte, o área del conocimiento que no sólo te interesa, sino que te entusiasma? Realiza una lluvia de ideas de todo lo que te gusta, tal como se te vengan a la mente. Define aquel concepto que más te entusiasme, sin juzgar, ni pensar en el cómo lo vas a hacer. Aquí la clave es identificar “lo tuyo”. Ejemplos: tocar el piano, hornear pasteles, aconsejar empresarios, escudriñar el cielo nocturno, dar terapia, manejar coches de carreras, escribir, pintar, bailar, volar, etcétera.

2. Estudia, investiga, practica, juega. Dedícate a investigar y conocer todo lo humanamente posible sobre tu actividad. Al hacerlo te darás cuenta sobre la amplitud de los conocimientos, por lo que quizá elegirás una subespecialidad... esto está bien. Lee todo lo que puedas, busca en Internet, practica, capacítate, pregunta y, sobre todo, pon en práctica tu espíritu de niño, de curiosidad y experimentación. Piensa que al hacer todo esto estás jugando... y en el proceso aprendes. Sugiero que hagas esto por un mínimo de un mes y un máximo de 3 meses (como fase inicial).
¿Especialistas en todo? Parte 2
En la primera parte de este artículo comentamos que una economía de expertos puede producir más que una de generalistas o “especialistas en todo”. Cuando la gente se especializa existe una mayor productividad. Y existe otro argumento a favor de la especialización, que viene de la observación empírica: quien se especializa en su verdadera vocación, además de ser muy productivo, logra un alto grado de satisfacción personal. Continuamos pues con las recomendaciones:

3. Encuentra a quien servir. Ahora sí es el momento de pasar al siguiente nivel de tu experimento. Dado que ya dominas un área mucho mejor que aproximadamente el 90% de la gente que te rodea, tienes cierta autoridad y sobre todo confianza en tus habilidades. Si por ejemplo, llevas 10 pasteles horneados, o cinco recitales, te darás cuenta que, a prueba y error, has aprendido lecciones importantes. Ahora el paso es encontrar a quien servir, con quien compartir tu nuevo “mundo”. Puedes hacerlo de forma gratuita o cobrando, el objetivo es servir.

4. Continúa con el paso 3. Sin darte cuenta, ya iniciaste un negocio, un oficio o simplemente un pasatiempo que puede convertirse, si aún no lo es, en una actividad remunerada. Sigue sirviendo. Tu negocio crecerá a medida que seas recomendado y que activamente, claro, te promuevas. Lo importante es aportar valor a los demás, siempre. Ponte metas cada vez más ambiciosas, que son solamente “experimentos”, pero más grandes. Utiliza siempre tu creatividad para aportar propuestas nuevas y diferenciarte. Con cada paso incrementa el volumen, los alcances. La clave es reconocer lo que funciona y lo que no, y adecuarte cuando sea necesario. Recuerda, el objetivo es siempre servir.

Cuando genuinamente disfrutas lo que haces buscas compartirlo; deseas abrir tu mundo a otras personas. Esta es la forma natural, genuina, de vender, aconsejando, compartiendo algo que reconoces como valioso. Dependiendo de tu grado de excelencia y especialización en lo que hagas, será también la capacidad para servir y ser recompensado. Esto se logra con la dedicación y el paso del tiempo, así que la paciencia es importante.

La economía ideal es aquella en la que conviven una multitud de expertos, dedicados a sus labores no por obligación, sino por vocación.

Funciona porque nos permite a cada uno enfocarnos en nuestra pasión. El resultado no es sólo mayor calidad y eficiencia en los productos y servicios, sino una sociedad de personas felices.