martes, 21 de mayo de 2013

Vivir en la realidad

Vivir en la realidad

Freud, el creador del psicoanálisis, escribió en 1930 una obra maestra titulada, “El Malestar en la Cultura”. En esta obra encontramos una reflexión tan severa como cierta, obligándonos a poner los pies en la tierra; reflexión de Freud que dice:

“El sufrimiento nos amenaza desde tres direcciones: desde nuestro propio cuerpo, que está condenado a pudrirse y disolverse y ni siquiera puede prescindir del dolor y la ansiedad como señales de advertencia; desde el mundo exterior, que pueden encolerizarse en contra nuestra con fuerzas de destrucción abrumadoras e inexorables; y, finalmente, desde nuestras relaciones con otras personas”.

¿Catastrófica o realista, esperanzadora, o pesimista, la reflexión anterior? Quién en verdad quiera tomar en serio la vida y sacar de ella el mayor jugo, tendrá necesariamente que abandonar su mundo de Disneylandia y aferrarse a vivir en la realidad confrontando lo malo y aprovechando lo bueno que las circunstancias nos manden.

La cita de Freud nada tiene de catastrófica ni de pesimista. Se trata de una reflexión apegada a la realidad, por más cruda que ésta nos parezca. Según cálculos de expertos en demografía y estadística, cuando menos ya han muerto más de 50 mil millones de seres humanos a través de la evolución, mientras que solo permanecemos vivos, 6 mil 700 millones de personas.

¿Quien puede dudar que una gripa, una caída, un ligero accidente automovilístico, nos puede causar la muerte? Polvo somos y en polvo nos convertiremos, nos dice la Biblia. Nuestra fragilidad es de un cristal delgadísimo. Y aún, el hombre más fuerte y sano del mundo, difícilmente pasará de los 90 años. ¿Y somos inmunes ante las fuerzas de destrucción abrumadoras e inexorables de la Naturaleza? Las fuerzas de la Naturaleza no piensan ni tienen sentimientos: terremotos, erupciones volcánicas, sequías prolongadas, eras glaciales, gérmenes de todo tipo, maremotos, huracanes, etc.

¿Y las relaciones interpersonales, en un pequeño porcentaje, no son causas de crímenes? ¿Y nuestras deficientes relaciones con personas queridas, no son en cierto porcentaje causa de divorcios, conflictos, ansiedades, depresión?

Todo lo anterior, corresponde a la realidad. Estar conscientes de esta realidad no es vivir en el catastrofismo y en la desesperanza, sino solamente, tomar conciencia de estos hechos para manejarnos con la mayor cautela e inteligencia en nuestro paso fugaz por la tierra. El optimista ciego, que nada quiere saber de las durezas de la vida, inexorablemente se enfrentará, lo quiera o no, a decepciones, enfermedades, muerte de seres queridos, la vejez (si llega a ella), y la muerte, de la que nadie ha podido escapar ni escapará.

Abandonar Disneylandia es, en todos sentidos, lo más aconsejable. No se trata de asumir una posición existencial pesimista, sino realista, abrazarnos a la realidad y sacar fuerzas de nuestra flaqueza. Solamente la verdad nos hará libres, nos dijo Jesucristo. La verdad es la realidad, y quien vive en un realismo puro, podrá tomar las decisiones más inteligentes.

Siempre he pensado que la Naturaleza en toda su crudeza nos ofrece un mundo de enormes riesgos que no podemos controlar, pero también, nos ofrece un mundo lleno de oportunidades.

Si la fortuna es nuestra madrastra, podremos luchar y esperar nuevas circunstancias en que la fortuna nos llegue como madre amorosa. Si la fortuna es envidiosa y destructiva con nosotros, nuestra inteligencia y prudencia podrán sacar de circunstancias adversas los mejores frutos. Como la fortuna es cambiante como las olas del mar, con paciencia y tiento, podremos aprovechar la miel de la fortuna generosa cuando nos toque la puerta.

¡Vivamos nuestra vida con un profundo realismo, severo realismo que podemos aderezar con nuestra creatividad, aguante, y lucha constante por nuestros mejores propósitos y sueños!

¡Por supuesto, que nunca podremos vivir en Disneylandia, pero la mayoría de las personas, podemos obtener ricos frutos a consecuencia de todo lo que se nos oponga, como lo pensaba Goethe!

Dos valores para el buen vivir

Dos valores para el buen vivir

¡No sé porque me insistes tanto en que lea a Shakespeare! ¡Como tampoco sé la razón de que constantemente me estés hablando de éste escritor inglés! –le dijo el Aprendiz a su amigo el Sabio.

Te hablo mucho sobre éste autor –le contestó el Sabio-, por la sencilla razón de que se trata del más grande escritor que ha dado la humanidad; y además, porque solamente Shakespeare nos puede enseñar cómo navegar mejor en la vida, más que muchísimos escritores juntos. Y es que Shakespeare, seguramente, es el autor que más ha penetrado en los secretos de la vida humana, y también, por el hecho de que Shakespeare es el entendimiento más profundo, vasto y universal, que jamás haya existido.

¡Estoy impaciente de que me cites algunas reflexiones de éste genio! – afirmó el Aprendiz. Empecemos, le dijo su amigo. En su obra titulada, “Los dos Caballeros de Verona”, Antonio, uno de los personajes, exclama:

“La experiencia se alcanza con el esfuerzo, y se perfecciona con el veloz curso del tiempo”.

Es necesario considerar –afirmó el Sabio-, que la experiencia es el caudal de conocimientos, especialmente de índole práctica, que uno adquiere en la vida diaria o en el ejercicio de alguna ocupación.

Pero el problema radica –continuó hablando el Sabio-, en que no podemos alcanzar la valiosa experiencia por el solo hecho del paso del tiempo. Decía Goethe, que “El trabajo hace al obrero”, y Nietzsche por su parte, nos aconsejaba que a fin de poder dominar un oficio, era necesario poseer “una robusta conciencia de artesano”. Todos conocemos a personas de edad muy avanzada, que gozan de muy poca experiencia en la vida. Y es que la experiencia no es sinónimo de “tiempo”. La experiencia sólo se alcanza en la medida en que realmente queramos adquirirla. Si nuestra mente está cerrada y sólo habita en ella los prejuicios, la intolerancia, las creencias irracionales, resulta claro, que la persona no puede adquirir Experiencia.

Una sola experiencia puede transformar para bien o para mal la vida de una persona. A lo largo de nuestra existencia, nos suceden una gran cantidad de eventos (buenos y malos) que pueden llevarnos a la sabiduría, o bien, conducirnos a estrechar nuestro entendimiento y nuestro criterio.

La misma vida (lo que hacemos, más lo que nos sucede), se puede convertir en nuestra mejor universidad, siempre y cuando pongamos mucha atención en lo que queremos hacer y en lo que nos sucede, a fin de poder saber cuáles son las lecciones que podemos aprender de los golpes de la vida.

Y esto es lo que precisamente nos dice Shakespeare cuando en voz de Antonio, advierte: “La experiencia se alcanza con el esfuerzo, y se perfecciona con el veloz curso del tiempo”.

Shakespeare vincula la idea de “la experiencia…”, con la idea de “el esfuerzo…”. Es decir, que para Shakespeare, no podrá haber experiencia sin esfuerzo. Y el esfuerzo implica un empleo enérgico de nuestra fuerza física; o bien, un empleo enérgico de nuestro entendimiento y voluntad, a fin de obtener alguna cosa. Además, todo esfuerzo implica que hagamos las cosas y aprendamos con ánimo y valor.

¡Estupenda reflexión! –exclamó el Aprendiz.

Dado tu interés en Shakespeare, te voy a compartir otra reflexión –le dijo el Sabio, y precisamente, de la misma obra, “Los dos Caballeros de Verona”. Uno de los personajes, llamado “Proteo”, exclama:

“¿Qué, se ha ido sin una palabra? Sí, así debería obrar el amor verdadero. No puede hablar, pues la verdad más se enaltece con hechos que con palabras”.

Shakespeare en ésta reflexión señala que “las verdad más se enaltece con hechos que con palabras”. En el trato humano, lo más fácil es decir palabras dulces y ofrecer promesas. “El prometer no empobrece”, nos dice éste refrán tan popular. Podemos hablar muy bien de la verdad, pero hay ocasiones, en que la verdad o ciertas situaciones no las pueden salvar solo las palabras, sino nuestras obras, nuestros hechos.

Un refrán muy popular dice: “Obras son amores y no buenas razones”. Ante una determinada situación, podemos justificarnos y escondernos con palabras. Al igual que Shakespeare decía en otra de sus obras: “Palabras, palabras, palabras…”.

Nuestras “buenas razones”, constituyen en muchísimos casos, solamente el parloteo hueco y excusas que demuestran nuestra falta de interés o de amor. “Hechos, no palabras”, decía una máxima de la Roma Antigua. Y la Biblia dice: “Por sus hechos los conocereís”.

Cuando se necesite, dejemos a un lado las promesas que se las lleva el viento; no demos “buenas razones”, que sólo demuestran nuestra pereza y nuestra falta de interés y de amor. En cambio, mostremos nuestras “obras”, actuando y haciendo de nuestros hechos, la Joya de la Corona. Recordémoslo siempre, siempre: “Obras son amores y no buenas razones”.

LA DIVINA COMEDIA


 

Un grave mal hábito

¡Cuéntame algo de Dante Alighieri!, le dijo el Aprendiz al Sabio. Con mucho gusto. Dante nació en el año de 1265 y murió en el año de 1321. Su obra cumbre la tituló “La Comedia”, y después al paso del tiempo, sus admiradores la titularon con su nombre actual: ““La Divina Comedia””. Esta obra –continuó hablando el Sabio- está considerada como una de las obras más perfectas de la literatura universal. En “La Divina Comedia”, Beatriz es un personaje central. En la vida real, cuando Beatriz tenía trece años de edad, Dante la vio por vez primera y desde entonces quedó profundamente enamorado de ella para siempre. Beatriz Portinari, que era su nombre completo, fue su guía y la inspiradora de todos sus pensamientos. Beatriz le despertó a Dante un amor apasionado, y cuando ésta bella joven murió, se transformó en una veneración mística para Dante.

“La Divina Comedia” –seguía hablando el Sabio– es una obra de tan elevada inteligencia y de tal riqueza de palabras y conceptos, que muchos piensan que la lengua italiana encuentra su completa creación, gracias a “La Divina Comedia”. ¡Estamos amigo –le dijo el Sabio-, ante una de las obras de la literatura más perfectas que jamás hayan existido!

¡Con todas las virtudes que señalas de ésta obra casi “divina”, dame algunas de sus reflexiones!, le dijo el Aprendiz. Con gusto, amigo: te he escogido varias. Empecemos con la primera. Dante en su camino al infierno, guiado por el poeta de la Roma Antigua, Virgilio, y con la protección de Beatriz, de pronto a nuestro poeta se le apareció una pantera ágil (Símbolo de la lujuria), y luego se le hizo presente un león, que le pareció que se dirigía contra él, “con la cabeza alta, y con un hambre tan rabiosa, que hasta el aire parecía temerle”.

El león que se le apareció –le dijo el Sabio a su amigo-, representaba el Símbolo del orgullo y de la ambición, vicios enemigos del alma. ¡Sigue adelante, por favor, le dijo el Aprendiz a su amigo! Dante continuó con su narración de la siguiente manera:

“Siguió a éste (al león) una loba (quiero que sepas, amigo, que la loba era el Símbolo de la horrenda y enloquecida Avaricia) que en medio de su demacración parecía cargada de deseos; loba que ha obligado a vivir miserablemente a mucha gente. El fuego que despedía (la loba) causó tal turbación que perdí la esperanza de llegar a la cima. Y así como al que se deleita en atesorar, que llegado el tiempo en que sufre una pérdida, se entristece y la llora en todos sus pensamientos, así me sucedió con aquella fiera, que viniendo a mi encuentro, poco a poco me repelía hacia donde el Sol se calla”.

¡No debo hacerte ningún comentario del párrafo anterior, le dijo el Sabio a su amigo! Simplemente, léelo varias veces, y te darás cuenta de la forma perfecta en que Dante descubre los gravísimos males que causa una de las pasiones más mezquinas, bajas y monstruosas de algunos seres humanos: la avaricia. En el Canto ll de “La Divina Comedia”, Dante escribe unas líneas prodigiosas sobre ese mal que tanto nos asalta, y que es la indecisión, sobre la que Dante escribió lo siguiente, dijo el Sabio.

“Y como aquel que no quiere ya lo que quería, y asaltado de una nueva idea, cambia de parecer, de suerte que abandona todo lo que había comenzado, así me sucedía en aquella obscura cuesta; porque, a fuerza de pensar, abandoné la empresa que había empezado con tanto ardor”.

Dante, con su inmensa sabiduría –le dice el Sabio a su amigo-, nos advierte, que cuando hemos tomado una decisión y hemos comenzado a ejecutarla, casi siempre lo mejor es continuar con nuestro proyecto. No se trata de aferrarnos, sino de ser prudentes, y si nuestro proyecto es realizable, no tenemos por que abandonarlo por simple temor. Y es lo que nos sucede comúnmente en la vida de cada uno de nosotros: por el mínimo desánimo, abandonamos nuestras ideas, antes de que la realidad nos haya probado que no funcionan. Más adelante, Dante insiste sobre el mismo tema – siguió hablando el Sabio-, al decirnos: “…. tu alma está traspasada de espanto, el cual se apodera frecuentemente del hombre, y tanto que le retrae de una empresa honrosa, como una vana sombra hace a veces retroceder a una fiera, cuando se introduce en la obscuridad”.

Es asombroso el derroche de sabiduría y de perfección del lenguaje que emplea Dante. Éste tema, de abandonar la empresa que habíamos empezado con tanto ardor, constituye una de las causas de fracaso más frecuentes de toda persona. La manera como Dante nos dice que nuestra alma está “traspasada de espanto”, a tal grado que hace que desistamos de una empresa honrosa, es un tema vital en la vida de cada ser humano.

Lo enormemente interesante de lo escrito por Dante, es que estas perlas de sabiduría nos pueden penetrar hasta lo más profundo de nuestro espíritu, gracias al arte deslumbrante y a la enorme inteligencia con que Dante nos las ofrece.

LAS GUERRAS DE JUÁREZ

LAS GUERRAS DE JUÁREZ

Benito Juárez llegó como Presidente provisional en enero de 1858, cuando Comonfort, asustado en parte y realista en otra, vio la dificultad de aplicar la Constitución de 1857: Juárez, como presidente de la Suprema Corte de Justicia ocupó legítimamente la presidencia en ausencia de Comonfort.

Sin ejército, Juárez recurrió a las guardias nacionales de los estados para crear las fuerzas liberales y sostener su mandato.

Los conservadores tenían las tropas del antiguo Ejército Mexicano, de la época de Santa Anna y de la Guerra del 47, y cuyo pasado, repleto de cuartelazos, se remontaba al Ejército realista, proveedor de la mayoría de los oficiales del Ejército de aquellos años.

La Guerra de Reforma ensangrentó al país por tres años, por lo que se le conoce también como Guerra de los Tres Años. Desgarradora y cruel como todas; pero es un capítulo más de nuestro surrealismo, en la que Miguel Miramón ganó todas las batallas, menos una, y... perdió la guerra. Juárez entró triunfante a la capital del país en enero de 1861 y prometió “amnistía tan amplia como la sana política creyera aconsejarla”. La victoria de los liberales no modificó la situación real del país ni sus problemas endémicos.

Conforme a las Leyes de Reforma, los bienes de “manos muertas” pasaron a manos vivas, vivas en extremo, que en nada favorecieron los intereses públicos.

Según la Memoria que don Manuel Payno publicó al año siguiente, de los 25 millones de pesos estimados conservadoramente como valor de los bienes de la Iglesia, el gobierno obtuvo de ellos cerca de seis millones de pesos, la quinta parte de su valor real, absolutamente insuficientes para resolver problemas de fondo. Se vendieron más de dos mil fincas eclesiásticas, rústicas y urbanas, y por ese camino se consumó la revolución política de la Reforma, pero la crisis económica se agravó hasta poner en peligro los objetivos de la revolución política.

Terminada la guerra, no había pretexto para no convocar a elecciones: Juárez, González Ortega y Miguel Lerdo ansiaban la silla presidencial. Lerdo murió antes de las elecciones y la votación lo favoreció sobre González Ortega, el vencedor de Miramón.

El 15 de junio de 1861, durante su tercer año como presidente interino, Juárez, triunfador de las elecciones, protesta como presidente de la República para el periodo 1861-1865. La bancarrota era total.

El 17 de julio, a 32 días de su toma de protesta, el gobierno tuvo que declararse incapaz de pagar su deuda externa y una semana después las legaciones de Francia e Inglaterra arriaban sus banderas, pero Juárez no podía pagar. Si se había derrochado la riqueza reunida por la Iglesia en 300 años; si para sobrevivir miserablemente tenía el Gobierno que expoliar a quienes podía y se dejaban mediante el sistema del préstamo forzoso; si el bandolerismo campeaba a lo ancho y a lo largo del país, más valía jugarse el todo por el todo en aquella medida desesperada, de declararse en quiebra, y morir de una vez, llegado el caso, en vez de hundirse poco a poco, como un deudor moroso cualquiera.

Las elecciones de Juárez

Las elecciones de Juárez

Juárez, triunfante sobre Maximiliano, sobre los conservadores y sobre el Ejército imperial, fue todo menos que un presidente demócrata.

El país azorado veía que el presidente se había ido convirtiendo en dictador. El azoro creció al ver que pensaba reelegirse otra vez. Juárez no vio que si en 1861 pudo justificar su elección para continuar en el poder y que si en 1867 su defensa de la república le daba legitimidad a su reelección, en 1871 no podía esgrimir ni un solo argumento para empeñarse en su nueva reelección.

Pretendía ignorar que, si ganaba las elecciones, sumaría 18 años en el poder. Su terquedad ciega propiciaba indignación y amenazas de levantamientos armados.

El 26 de junio de 1871 se celebraron las elecciones. Los candidatos eran Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz.

Después de todo el proceso electoral se declaró la victoria de Juárez. “Ni los mismo juaristas se encuentran satisfechos de la farsa electoral del domingo” escribía Ignacio Ramírez en el periódico El Mensajero. Varios periódicos capitalinos señalaban la intromisión del ejército en los comicios.

Pero tal vez la mejor editorial fue la de Emilio Velasco, en el periódico El Siglo XIX: “A no ser tan profunda nuestra fe en las instituciones, cualquiera habría encontrado en las elecciones motivo suficiente para proclamar que la soberanía del pueblo es el dogma de unos cuantos ilusos, y que la humanidad está condenada a la
servidumbre...

Fue un día lúgubre en la Ciudad de México. Por todas partes se encontraba el aparato de la fuerza: Las alturas estaban tomadas; las calles de la ciudad eran recorridas por patrullas; su aspecto era el de una plaza amenazada por un
formidable enemigo.

Ese enemigo era el pueblo, usando los derechos del
sufragio”.

El editorial terminaba dirigiéndose a Juárez: “Habéis caído de vuestro elevado pedestal para confundiros con el vulgo de los hombres; erais el hombre de la ley; sois el hombre de la ambición”.

El que había “merecido bien de las Américas”, como había dicho antes el Congreso de Colombia, era ahora quien tan mal había merecido de la democracia, al grado de que, en noviembre de ese año, su más destacado general en la guerra contra el imperio lo tachaba de haberse hecho un adicto incurable a la Presidencia: “La reelección indefinida, forzosa y violenta del ejecutivo federal ha puesto en peligro las instituciones nacionales”; acusaba a Juárez de haber suprimido la soberanía de los estados y la autonomía del congreso, que había convertido en “una cámara cortesana, obsequiosa y resuelta a seguir siempre los impulsos del ejecutivo”.

Lo acusaba también de malos manejos de las rentas
federales.

Decían que Juárez y su gente: “Han relajado todos los resortes de la administración buscando cómplices en lugar de funcionarios pundonorosos.

Han derrochado los caudales del pueblo para pagar a los falsificadores del sufragio.

Han conculcado la inviolabilidad de la vida humana, convirtiendo en práctica cotidiana asesinatos horrorosos, hasta el grado de ser proverbial la funesta frase de ‘ley-fuga’”.

Luego acusa al presidente de que al Ejército, creado para defender a la patria, lo había hecho represor del pueblo. (Extractado del periódico Público del 6 de febrero de 2004 rubricado por el historiador y académico de la Universidad de Guadalajara, Jesús Gómez Fregoso)

La otra historia de Juárez

La otra historia de Juárez -I parte-

En una alusión a la actitud de Juárez en diversos hechos de la historia, importantes escritores han plasmado varias ideas, que bien merece la pena de ser analizadas y usted tendrá la responsabilidad de creerlas o no.

Cuando en 1850 apareció el cólera en Oaxaca, en forma violenta, segando la vida de los habitantes, Juárez, quien había sido el más implacable enemigo de la Iglesia, se confesó, comulgó y con los brazos cruzados tomó parte en una procesión pública, según lo escribió Mariano Cuevas en su obra: Historia de la Iglesia en México. Juárez, siendo presidente oficializó, como día de fiesta nacional, el día 12 de diciembre en honor a la Virgen de Guadalupe y que después de que le salvó la vida aquella famosa frase de “Los valientes no asesinan”, salió huyendo del Palacio de Gobierno de Guadalajara, rumbo a Manzanillo, Colima, pero fue alcanzado de nueva cuenta, en Acatlán, Jalisco por sus enemigos, se refugió, sin lentitud alguna y todo temeroso, en un templo católico del que fue sacado, por un cura de apellido Vargas, en una canasta pizcadora de maíz y burlando, de esta manera a sus enemigos.

Desde que escaló los primeros puestos de burócrata hasta antes de ser presidente de la república, Juárez manifestó ser siempre católico práctico. Asistía públicamente a procesiones con los brazos en cruz y musitando oraciones tras el santísimo sacramento; no sólo eso, exhortaba a los trabajadores de Oaxaca a que hicieran penitencia y se confesaran y comulgaran para implorar el auxilio divino y se dirigía por escrito a los ayuntamientos oaxaqueños, siendo gobernador, recomendándoles que exigieran a los fieles cristianos el pago exacto a la iglesia de los diezmos y primicias, según Celestino Salmerón en su obra Las grandes traiciones de Juárez.

Sigue diciendo Salmerón que: Juárez, con las leyes de reforma, ninguna separación de poderes hizo, sometió brutalmente a la iglesia al poder del estado, cosa que no es una separación, sino una sumisión de la primera al segundo.

Intentó organizar una iglesia católica mexicana, una vez que consiguiera separar al clero de la obediencia de los obispos.

Para tal objeto, Juárez, en 1859, colmó de poderes al padre Rafael Díaz Martínez para organizar la Iglesia deseada, cuyo jefe o Papa sería el presidente Juárez.

No obstante el sonado fracaso que obtuvo, en 1868 “apareció una Iglesia mejicana dirigida por un comité laico”, teniendo como presidente al Lic. Mariano Zavala, magistrado de la suprema corte de justicia… Juárez no quería ninguna separación de poderes, sino una iglesia sometida a la voluntad y en la que él desempeñara el oficio papal de Enrique VIII o de Isabel de Inglaterra. Juárez hizo educar a sus hijos por sacerdotes católicos y, como dato anexo, cuando su secretario, el cubano Pedro Santa Cecilia, quiso casarse con su hija, solamente por lo civil, Juárez rechazó la proposición diciendo: “Mi hija es una joven decente y el matrimonio civil es un contrato de burdel”.

Relato que registra Mariano Cuevas en Historia de la Iglesia en México. (Extractado del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, de Lucio Vázquez)

La otra historia de Juárez -II parte-

En la segunda parte de “La Otra Historia de Juárez”, visto desde la óptica de importantes escritores, donde usted tendrá la responsabilidad de creerlas o no.

Se dice que Juárez, antes de morir pedía, desesperadamente, un sacerdote para confesión.

Igualmente se dice que, sus compañeros de ideología... se lo negaron.

El tratado de tránsito y comercio entre los Estados Unidos y México, suscrito por Robert McLane, ministro de los Estados Unidos en México, y Melchor Ocampo, ministro de relaciones exteriores de México, en Veracruz, el 14 de diciembre de 1859… fue un negocio propio para obtener el reconocimiento de los Estados Unidos como presidente de México, sin importarle vender la soberanía de la patria.

Por ello, don Ignacio Ramírez “El Nigromante”, el jueves 13 de julio de 1871 y en el periódico liberal “El Mensajero”, escribió: “Juárez, el más despreciable de nuestros personajes”.

Pero don Justo Sierra, su defensor ardentísimo, igualmente escribe en Juárez, su obra y su tiempo (Editorial Latino-Americana, S.A. p.p. 206 y 207): “El tratado o pseudo tratado McLane-Ocampo, no es defendible; todos cuantos lo han refutado bien; casi siempre han tenido razón y formidablemente contra él.

Estudiándolo hace la impresión de un pacto, no entre dos potencias iguales, sino entre una potencia dominante y otra sirviente; es una constitución de una servidumbre interminable”.

Don Francisco Bulnes, jacobino y liberal es, quizás, el más honrado de los escritores y quien mejor ha desenmarañado el tratado, dice: “Es ante todo un pacto intervencionista de intervenciones continuas, desde el momento en que se encomienda al Gobierno de los Estados Unidos, cuidar a perpetuidad de la conservación de la paz en Méjico, con lo que Méjico quedaba sin soberanía, sin honor y sin una piltrafa de vergüenza”. Textos tomados del periódico El Informador, del 23 de diciembre de 2000, página 5, del médico Lucio Vázquez.

Sin lugar a dudas, dice el notable escritor Carlos Monsiváis, que Benito Juárez fue el forjador del Estado mexicano; un notable estadista; el héroe de la patria; el primer presidente de la República indígena; el hombre, autoritario y enamorado del poder, pero humano, con virtudes y defectos, prodigiosamente terco, doctrinario, inteligente, solemne y austero; fue un orgulloso indio que nunca aparentó lo contrario; un auténtico liberal, fue un nómada en su famosa carroza; un demonio según el clero, glorificado no sólo en México, sino en el mundo, ateo o creyente laico, bueno, eso parece estar en discusión.

Ya no se sabe en dónde empieza o en dónde termina su leyenda y sin lugar a dudas, usted tiene la mejor opinión. 

La otra historia de Juárez -III parte-

“La presidencia no se deja sino por un gran ideal o por un gran temor, pero cuando el presidente es indio como yo, ni por las dos cosas o por una sola se deja”, dijo don Benito Juárez a uno de sus compadres y ministros que le reclamaba su aferre a la silla presidencial.

Juárez fue un hombre profundamente católico toda su vida, que vivió de cerca los excesos del alto clero y eso lo motivó a emprender reformas que provocaron la Guerra de Tres Años, la que enfrentó a todo el país. Juárez fue un cristiano ejemplar. Pero como escribe Luis D. Salem:

Se ha discutido mucho acerca del pensamiento religioso de Benito Juárez. Los adversarios lo señalan como impío, enemigo de Dios y de la Iglesia.

Para nosotros Juárez fue un cristiano de altura. Sus luchas no iban contra el cristianismo sino contra el clero conservador. Juárez no atacó a la Iglesia ni a la fe cristiana, sino a los clérigos que utilizaron la fe como defensa de sus intereses políticos”. Se destaca el legalismo de Juárez, pero no siempre se apegó estrictamente a la ley, cuando esto no le favorecía políticamente.

Era más bien un hábil y pragmático político, que por ello escribió: “Querer que un poder extraordinario, creado por la necesidad y por la voluntad nacional, obre con estricta sujeción a la ley, es querer un imposible.

Es querer que haya un huracán sin estragos. Don Emilio Rabasa escribió de Juárez: “Con la Constitución no gobernó nunca”. Y de ahí que lo llamara el “dictador de bronce”.

Hizo lo necesario para quedarse en el poder hasta su muerte.

El fue el verdadero campeón del reeleccionismo. El legendario nacionalismo juarista es
relativo.

Lo fue frente a los franceses, pero no tanto con los yanquis, a quienes, invocando el tratado McLane-Ocampo, nunca ratificado, convocó a una pequeña pero decisiva injerencia naval en su ayuda durante la guerra de Reforma, cosa que ocurrió.

Y tal intervención contribuyó al triunfo de los liberales sobre los conservadores.

La mitología juarista lo presenta como un hombre austero, practicante de la “medianía republicana”.

Así fue durante los años de la intervención, cuando el Gobierno apenas si recibía algunos recursos para sobrevivir.

Tras la caída del Imperio, Juárez mantuvo una imagen de austeridad, se levantaba temprano en la mañana, se bañaba con agua fría. Sus oficinas estaban modestamente amuebladas.

Por la tarde terminaba sus labores y paseaba con algún miembro de su familia en un carruaje propiedad del gobierno, viejo y desvencijado.

Empero, Juárez no era precisamente un asceta. Don Benito tenía varias casas, una de ellas en lo que hoy es la avenida Madero, en el primer cuadro de la ciudad que era una zona de lo más exclusiva. Compró también a su esposa una casa de campo en la colonia San Rafael.

Al morir dejó a su familia una herencia valuada en $151,000 en terrenos y bienes, equivalente a unos 4 millones de dólares actuales, según calculan historiadores. (“Apuntes de Historia de México” -Varios autores- Juan Alberto Vázquez, Constancio Hernández, Manuel Hernández Gómez y José Antonio Crespo)

Víspera de la visita de Juárez a Saltillo

Víspera de la visita de Juárez a Saltillo